Altar Mayor - Nº 84 (42)
Fecha Viernes, 28 febrero a las 12:31:16
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

EUROPA, MAL CARTOGRAFIADA
Por Arturo Robsy

Siempre me gustaron los escritos orteguianos de El Espectador. Aquel filósofo era único para mirar las cosas y los hechos, la historia y las ficciones, desde ángulos inesperados y de ellos sacar visiones universales. Con su ejemplo por delante propongo un salto: Dejemos atrás las oleadas de pobladores con los que llegaron los que, algo después, fundarían Europa. Olvidemos, por el momento, a los pueblos indoeuropeos, a los Hurritas, los Hititas, los Filisteos, los Aqueos, los Dorios y esa multitud anterior que fueron los Pelasgos, Pueblos del Mar.

Cumplida la parcial rotura de la historia, es el momento de hacer la primera pregunta fundamental: ¿Existe Europa? Hoy, tan mencionada, es más que nunca un concepto geográfico y económico creado, hace demasiado, por cartógrafos que encerraron –sería cosa de estudiar desde la Gestalt- hombres y culturas en límites como los mares o los Montes Urales. Si se piensa en Nueva Guinea, en Madagascar, en las Américas, en África, en España, se nos representa, sin querer, el contorno de esos lugares, su forma y localización. Son, sin duda, islas, penínsulas, continentes, llamados así por todos, pero también son «la piedra dura que no siente». Se repite, pues: ¿Existe Europa como nos la enseñan los atlas, las fotos desde el espacio, los profesores, los sociólogos incluso? Llega el primer disgusto: No.

Pero Europa está ahí, innegable, histórica, física, universal. Si no por continente, ¿cómo existe Europa? ¿Es asunto de raza? Hay demasiadas. ¿Es cosa de religión? ¿Y de unidad? ¿Exactamente qué compartimos los europeos? ¿Instituciones? ¿Historia, vagos recuerdos de más de dos mil años de todos contra todos? Pero veamos los mapas primitivos, los de Ptolomeo mismo, y prestemos atención al mundo que dibuja: Un mar rodeado de tierras con formas diversas. Dibuja «El Mundo» nada menos, y ese mundo está alrededor del Mediterráneo. Asia, Egipto, «La Libia (toda África)». Aquellos antiguos, que, mucho antes de Ptolomeo, ya sabían que la tierra era esférica, nos cuentan a menudo que el mar está en medio del mundo, y es verdad. No lo dicen así exactamente sino con la Odisea, con Herodoto, con Platón.

El universo (en su vieja acepción española) es el mar y sus riberas. Los cretenses, antes de Evans, convierten esa cosmología en una práctica de poder: la Talasocracia: quien domina el mar, impera en el mundo. Los viejos mitos de Egeo, Minotauro, Ariadna o Teseo, muestran una Grecia sometida a los tributos cretenses. Los mismos Pueblos del Mar, los Hicsos, parecen hablar de lo mismo: el mar es el camino, la enorme autopista. Lleva a todas partes. Los romanos, que no han pasado a la historia como navegantes, dijeron y repitieron que vivir no es necesario, pero navegar sí. Y gastaron oro, barcos y hombres en su Mare Nostrum, asegurando las rutas, destruyendo a piratas y a pueblos piratas (los baleares, por ejemplo), y aplastando a los fenicios del Este y del Oeste, Fenicios y Cartagineses. Con Cartago en el mar, Roma jamás lo hubiera sido. Las guerras púnicas son un asunto marino, vital, contra una nación, Cartago, cuyo poder era superior y que tenía cerrado el Estrecho de Gibraltar, el paso a Tartesos, a las Canarias, a las Casitérides.

Liquidados los púnicos, Roma podía ser Roma, y tratar de volver a las viejas Edades: del Oro y de la Plata desde la del Hierro. Era la modernidad y la práctica. Su momento de máxima extensión, con Trajano, señala la más exacta de las Europas y, tras su desaparición, dejó el recuerdo de la Unidad; mito que hoy mismo nos arrastra aunque hemos visto fracasar muchos empeños de unir a Europa. También dejaron los romanos la lógica interna de su idioma y la cosmovisión que comporta. Junto con eso dos levaduras de unidad, la una física y la otra espiritual: Europa fue el territorio mejor comunicado, con más y mejores caminos; y, también, con la misma fe creciente: el cristianismo que, en los finales, fue la verdadera organización del Imperio. Lengua y fe: prendieron donde hubo legiones. ¿Comprendieron esto los romanos? Parece que sí y la existencia de otro mar, el Canal de la Mancha, el Mar del Norte, es previsible que fuera una de las causas primarias de saltar a las islas británicas.

Mientras, durante siglos, el Norte de África es el granero de Roma, y Roma misma. Cuando los vándalos caen sobre el imperio, lo hacen a través de España, de África del Norte y, ya, la península Italiana. Roma pierde el dominio del mar y de esa media Europa africana: ya no se recuperará aunque será suplantada por los bárbaros romanizados y cristianos. Stilicón, del Imperio de Oriente, al restaurar el poder de Justiniano, vuelve a ocupar el norte de África, las tierras ribereñas de Asia, media Hispania, toda Italia y las islas, aún las pequeñas como Menorca.

Luego una fe contagiosa, el Islam, ocupó la Europa asiática, africana y la propia Europa Hispana, fracturando un continente verdadero aunque no geográfico: el entorno mediterráneo que contenía, que contuvo, un mundo poderoso, sabio, rico y desequilibrado. Con exactitud se puede decir y defender que Noruega es menos Europa que Israel, Polonia que Túnez; Finlandia que Libia.

Quevedo, con su lengua precisa, nos habla de cómo los godos pasaron la esfera y llevaron a América el Romano español, la fe en Cristo y la última brasa del Imperio que trató de llenar el vacío de Roma: El Sacro Imperio. Aún hoy se nota más Europea esa tierra que la que, paso a paso, como Roma en su momento, cree que puede dominar el universo y, por ello, está generando una nueva civilización. Poco después de la Independencia de las 13 Colonias, ya había una flota americana destinada al Mediterráneo. Más la inglesa. Y ellos sí veían la importancia fundamental del dominio del Mare Nostrum.

Sólo desde el fin de la II Guerra Mundial Europa dejó de ocupar el norte de África, la costa asiática mediterránea: Inglaterra, Italia, Francia, España y los protectorados franceses y británicos que administraron las tierras de árabes que fueron Imperio Turco hasta que se les arrebataron en la Primera Guerra Mundial. Hay un claro deseo de apoderarse de Europa. Es ancestral, y quienes ahora lo sienten son los Estados Unidos, creador del satélite Unión Europea, e invasor del continente a través de dos guerras mundiales.

Además, en la raíz de lo europeo vive, muy sujeto, el mito de la unidad: la de tierras, la de política y la de fe: no se puede olvidar que la Europa africana y asiática fue cristiana durante siglos y que la Reforma, coincidente con los estertores del Sacro Imperio, quiso, aunque no consiguió del todo, romper la Iglesia, que era desarmar a Europa para mejor ocuparla. Pero ahí está la raíz de Roma, tan eterna como siempre: Carlomagno, El Sacro Imperio Romano Germánico, España con sus Austrias, Napoleón y, hace nada, Hitler y la Urss después. Se citan sólo proyectos y hablamos de gentes de talla descomunal y de mente poderosa y receptiva. Pero ni eso hizo posible unificar, ni a la buena ni a la mala, la vieja Europa.

Es difícil adivinar por qué, tras tanta Historia clarísima, nos han vuelto a llevar al mundo de los sueños, a la restauración de Roma, a la unión del viejo y reviejo Imperio (Principado se llamaba). Tampoco saldrá bien y esperemos que no derrame mucha sangre. Pero, ¿por qué no ha resultado ni una sola vez?

Porque Europa está mal cartografiado. El Continente «Europa» no es la verdadera Europa, congregada en torno al Mediterráneo. Actuar políticamente, fiados en la geografía antes que en la historia, es una fantasía peligrosa.







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