Altar Mayor - Nº 84 (41)
Fecha Viernes, 28 febrero a las 12:33:34
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

OCCIDENTE A OJOS DE PATRICK J. BUCHANAN
Por
Antonio de Oarso

Los males que afectan a las naciones de Occidente son de tal magnitud que han de obligarlas a considerar el acervo común y tomar conciencia de la necesidad de luchar por conservarlo.
 

Pat Buchanan, como comúnmente se le conoce, acaba de publicar un libro, The death of de west (La muerte de Occidente), que es importante porque supone una reflexión documentada de los males, ya avanzados, que nos corroen a todos los ciudadanos de las naciones de Occidente.

Preocupado íntimamente por la deriva de los acontecimientos culturales, demográficos y migratorios que vienen dándose tanto en Europa como en Estados Unidos, lanza su voz de alarma y nos urge a tomar conciencia de ellos.

La acelerada tendencia a la baja de los índices de natalidad es un problema acuciante para las naciones occidentales. Buchanan nos ofrece datos, extraídos de la «UN Population Division». En el año 2000 la población total de Europa, incluida Rusia, era de 728 millones. Para el 2050, sin contar con la inmigración, bajará a 600 millones. Y si las tasas de fertilidad se mantienen, a finales del siglo XXI Europa contará con 207 millones, menos del 30% de la población actual. Claro que esta situación podría ser compensada por las sucesivas oleadas de inmigrantes, sobre todo procedentes de África y Asia. Pero, y ése es el problema, serían gentes de otras razas, de otras religiones, de otras culturas. Serían oleadas de gentes no occidentales. El resultado sería el multiculturalismo, la desaparición de los rasgos culturales tradicionales de Europa y una posible predominancia del Islam. Esta situación de multiculturalismo ya se está dando en Estados Unidos con un notable repliegue de las expresiones culturales cristianas, habiéndose llegado al extremo de su prohibición en público para no ofender a las otras culturas.

El principal motivo de esta falta de fertilidad Buchanan lo encuentra en la descristianización de la sociedad. Falta de religión y falta de hijos van unidas siempre, afirma. Hace hincapié en la legalización del aborto, impuesta en las naciones de Occidente, donde la religión ha pasado a un plano muy secundario. Se refiere a los 40 millones de abortos realizados en Estados Unidos desde su legalización. 40 millones de vidas perdidas que son sustituidas por las de los inmigrantes que invaden la nación. Observación esta última que puede aplicarse a Europa igualmente. Los compatriotas que matamos son sustituidos por extranjeros.

En Estados Unidos por cada dos embarazos llevados a feliz término se produce un aborto. En esto son superados ampliamente por Rusia, donde el aborto se introdujo antes, en 1920, bajo Lenin. Allí por cada nacimiento se producen dos abortos. Los 150 millones de habitantes de la actualidad se habrán reducido a 114 en 2050.

Mientras tanto, en África la población habrá ascendido a mil quinientos millones de habitantes. De Marruecos al Golfo Pérsico habrá un mar de 500 millones de musulmanes. A estos habrá que añadir los 700 millones de musulmanes iranios, afganos, pakistaníes y bangladeshios y los 300 millones de indonesios. China e India tendrán cada una mil quinientos millones.

Son cifran lo suficientemente elocuentes por sí mismas para no necesitar extensos comentarios.

Sobre la descristianización, vertiginosa en las últimas cuatro décadas, Buchanan se expresa relacionándola en parte con la nefasta influencia de diversos filósofos marxistas, concretamente los de la «Escuela de Frankfurt» que emigraron a Estados Unidos cuando Hitler llegó al poder en Alemania.

Uno de los fundadores de esta Escuela, el húngaro Georg Lukacs, así como el italiano Antonio Gramsci, percibieron que las previsiones de Marx habían resultado erróneas. Aparte de que la revolución marxista no se había producido en el Oeste, como él había previsto, sino en Rusia, en este país las masas no se habían transformado bajo el nuevo régimen económico, según la teoría marxista señalaba, sino que en gran parte seguían siendo cristianas, apegadas a sus tradiciones.

La doctrina marxista dogmatizaba que un nuevo régimen económico (infraestructura) impuesto al pueblo habría de cambiar la mentalidad, el pensamiento (supraestructura) de ese pueblo. No había ocurrido así, y los dos filósofos señalados preconizaron la acción directa sobre la cultura. Había que destruir, dinamitar la cultura cristiana occidental. Si se conseguía este objetivo, el resto vendría por añadidura.

Otros ideólogos de esta Escuela fueron Max Horkheimer, Theodor Adorno, Erich Fromm, Wilhelm Reich y el más joven Herbert Marcusse, quienes, una vez instalados en la nueva «Frankfurt School» en Nueva York, trabajaron activamente en la crítica y demolición de la cultura occidental. Todas sus ideas han alcanzado enorme extensión y predominancia en la clase intelectual que, dominando los medios de comunicación, editoriales, prensa, cine, televisión, tiene los resortes del pensamiento de la sociedad. La libertad sexual absoluta, el feminismo, la homosexualidad, el aborto, la disgregación familiar, etc. fueron preconizados por estos pensadores. La contracultura y la contramoral salieron victoriosas, de forma que Buchanan dice que si bien el marxismo económico fracasó y terminó con la caída del muro de Berlín, el marxismo cultural ha triunfado.

Se hace la pregunta de si estos filósofos fueron imprescindibles para la revolución que se ha dado en la sociedad occidental, y contesta que probablemente no, pero que el hecho cierto es que jugaron un papel sustantivo.

Un aspecto esencial en esta labor de demolición cultural ha consistido en arrojar sombras de vergüenza e infamia sobre el pasado histórico. Se lamenta Buchanan de que hoy en día en Estados Unidos todos los grandes hombres relacionados con su historia son denigrados. Cristóbal Colón es acusado de haber introducido la esclavitud en América. La diabolización de los grandes exploradores y conquistadores españoles como «irredimibles asesinos racistas» es casi completa. La conquista y conversión del Imperio Azteca por Cortés se presenta ahora como un genocidio cultural contra un pueblo amante de la paz. No se tiene en cuenta el horror que produjo en los españoles contemplar los sacrificios humanos de los aztecas (gentes sólo comparables a los antiguos asirios en crueldad satánica, según afirma Octavio Paz en El laberinto de la soledad).

Pero ya centrándose en los inicios de los Estados Unidos como nación, ninguno de los Padres Fundadores se salva, puesto que son considerados como esclavistas sin más. Y así sucesivamente.

De esta tendencia masoquista, derrotista y disolvente, sabemos bastante los españoles. Realmente, cuando se lee a Buchanan mencionar la «diabolización de los exploradores y conquistadores españoles» parece como si se estuviese refiriendo al proceso que en este sentido se ha dado en España. Realmente, es muy parecido lo que ocurre en ambos países en este orden de cosas. Y en todos los países de Europa, se podría añadir, puesto que se trata de un proceso generalizado en Occidente. Cuando Buchanan nos informa del desprecio con que son considerados hoy en día George Washington, Thomas Jefferson o Andrew Jackson, no puede menos de recordarse el paralelo desdén que se muestra en amplios ámbitos intelectuales españoles por los Reyes Católicos, Felipe II o el Cardenal Cisneros.

Se trata de una tendencia antipatriótica y desnacionalizadora que está siendo inducida por grupos interesados.

La crisis de los estados-nación está relacionada con esto. Buchanan juzga a los estados-nación, a través de las palabras de Jacques Barzun, «la creación política más grande de Occidente». Añade que no fueron creados casualmente, sino que cada uno de ellos tiene un sentido de realización humana que enriquece el acervo común de la Humanidad. Ve, por tanto, con suma prevención los movimientos disgregadores de estos estados-nación. Movimientos separatistas en Gran Bretaña, Francia, España, Italia, Canadá... todos ellos un grave error.

Porque «cuando un pueblo devuelve su fidelidad a las tierras de que se ha conformado, elites transnacionales empujan en opuesta dirección. La rendición final de la soberanía nacional a un gobierno mundial es ahora abiertamente aconsejada».

Hay que tener en cuenta que Buchanan no es un norteamericano imperialista. Es contrario a cualquier imperio. Uno de sus libros se titula: A Republic, not an Empire, con referencia a su nación, y de nuevo en esta su última obra aboga por este planteamiento. No desea que Estados Unidos intervenga en conflictos internacionales, y se queja de que Europa no haya tenido fuerza militar suficiente para remediar por sí misma conflictos como el de Kosovo. Es lo que sus críticos llamarían un «aislacionista».

Y lo que él comprueba es que todos estos procesos de descristianización, desculturización, desnacionalización, confluyen en un único resultado: el predominio mundial de las grandes corporaciones, con mayor poder ya que los Estados. Lo que él teme como a la muerte es a ese gobierno mundial que se está esbozando y que acabaría gobernando un mundo del que se habrían esfumado los valores cristianos y occidentales y en el que la misma raza blanca sería una pobre minoría. «El capitalista global y el verdadero conservador son Caín y Abel», afirma.

Buchanan se debate en la duda sobre si lo ya destruido puede rehacerse o no; si es posible enderezar los pasos y recuperar lo que se ha perdido. Sus últimas palabras son, sin embargo, para declarar la necesidad de la lucha, del esfuerzo. Expone como necesarias diversas medidas, desde reducir las cuotas de inmigración a promover la enseñanza de la historia y promulgar leyes pro-vida. Sin entrar en más prolijos detalles, es obligado concluir que tales medidas sólo podrán llevarse a la práctica si se consigue que el movimiento de reacción ya generado desde hace tiempo en Estados Unidos avanza imparablemente. En Europa, el mal se presenta más enquistado, pero se perciben algunos signos esperanzadores. El secreto de todo lo que ocurre está en las mentes de los hombres, y en esta época histórica se presenta acuciante como nunca el cambio en el pensar, al que únicamente conviene un nombre: contrarrevolución.

Hay un aspecto de esta obra con el que no podemos estar de acuerdo. Su sensibilidad occidental es anglosajona, y no puede coincidir en todo con la sensibilidad occidental de un latino, concretamente de un español. Buchanan ve con malos ojos el enorme flujo migratorio de los mejicanos a Estados Unidos. Esta emigración se dirige sobre todo hacia las tierras que antes fueron de Méjico y que se perdieron en una guerra que constituyó un gigantesco expolio (nada menos que dos millones y medio de kilómetros cuadrados). A un español no le puede importar nada que en la actualidad el 30% de la población de California sea de origen mejicano y que otro tanto ocurra con Texas, y que esto vaya en aumento en estos y en los demás estados que antes pertenecieron a Méjico. Existen sensibilidades distintas. No se puede estar de acuerdo en todo.

Además, se le podría recordar a Buchanan que los mejicanos, gracias a España, son católicos, como él mismo lo es. Y también que Méjico, como los restantes países hispanoamericanos, forman parte de Occidente. Gracias precisamente a los exploradores y conquistadores españoles a los que él justamente valora y cuyo descrédito deplora.

Hay un detalle en esta obra que dice bastante en favor de Buchanan. A través de sus páginas se citan oportunamente a diversos escritores como Dostoyevsky, Wilde, Brecht, Burke, Chesterton, Diderot, Eliot, Gide, Yeats, entre otros, y uno se sorprende pensando que Buchanan quizás sea hombre de más vasta cultura literaria de lo que suponía. Pero él mismo nos desengaña en la última página, destinada a «Reconocimientos». En ella, agradece a Kara Hopkins, su «intrépida investigadora», que le aportase citas, ideas y argumentos de libros que él no había leído. Es una muestra de franqueza y sencillez por parte del autor.

Buchanan no es un intelectual cultivado. Es hombre sencillo e inteligente, lo cual en no escasas ocasiones resulta de mayor valor.







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