Altar Mayor - Nº 84 (40)
Fecha Viernes, 28 febrero a las 12:36:49
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

El continente que cambió de Dios
Por Francisco Gelonch-Licenciado en Comunicación Social

Córdoba, Argentina

«¿Ve? Por dentro está totalmente seca. Lo mismo le ocurre a Europa aunque esté desde hace siglos sumergida en la Cristiandad» -le dice el Cardenal Albino Luciani a Michael Corleone mostrándole una piedra que acaba de partir en dos luego de extraerla del agua. El diálogo, que pertenece a la tercer parte de la saga cinematográfica «El Padrino», define con singular eficacia la percepción que tenemos algunos del llamado Viejo Continente.

De este tema me invitaron a escribir y antes de proseguir con mi humilde opinión quisiera aclarar algunos puntos. En primer lugar, se hace difícil hablar de Europa cuando, por lo menos los argentinos, recibimos información general sólo sobre algunos países (España, Italia, Francia, Alemania, el Reino Unido de Gran Bretaña) y siempre en forma fragmentaria y difusa, como parece corresponder a la cultura postmoderna, sin llegar a conocer a veces detalles que resultan ser de suma importancia (a esto debe sumársele que actualmente el sistema educativo básico argentino no enseña prácticamente nada). Se nos advierte sobre el avance de la extrema derecha en Francia pero no conocemos a fondo los motivos por los que Le Pen recogió tantos votos; supimos de los crímenes de guerra en la ex-Yugoslavia o en Chechenia mas de sus verdaderas causas y derivaciones escaseó la información. Por dar otro burdo ejemplo, de la República de San Marino sólo sabemos que alberga un Gran Premio de Fórmula 1 y que su selección nacional de fútbol jamás ganó en competencias oficiales.

Hago esta salvedad para que se comprenda que muchos argentinos resumen la idea de Europa a la existencia de unos pocos países con los que estamos emparentados por la historia, por ser origen de inmigraciones masivas a nuestra tierra y últimamente por el deporte. Hay quienes van un poco más allá y asocian a vuestro continente con el concepto de «naciones del Primer Mundo», lo cual remite inmediatamente a enlazarlo con los Estados Unidos de Norteamérica.

Ayer un juramento, hoy una traición: esplendor y ocaso de una civilización

Pero volvamos al planteo inicial: lo que allí quiero decir, con las indisimulables limitaciones que poseo, es que veo a Europa como un suelo donde hizo pie la humanidad para crecer, donde nacieron conceptos demasiado importantes para la vida y el desarrollo de cualquier sociedad (baste mencionar los conceptos de «nación», «política», «democracia» para ilustrar esta afirmación), donde surgió y maduró aquello tan grandioso que llamamos «cultura occidental» y, en fin, donde cimentó su base la Iglesia Católica para desarrollar su misión evangelizadora. Creo que cualquier revisión histórica deberá admitir sin duda el protagonismo que, desde las cuevas de Altamira y pasando por el Imperio Romano, ha tenido Europa en el devenir del género humano.

Sin embargo una lectura más prolija, y tal vez por ello pretenciosamente ambiciosa, de mi percepción sobre vuestro continente me sugiere una particular paradoja ya que junto a las imágenes de un territorio que como centro de nuestra civilización diseminó los gérmenes de una Fe y una cultura inconmensurables, aparece también la visión de un megaestado poderoso que sembró por doquier las semillas de muchos de los males que hoy afligen a gran parte de la humanidad.

El «ius gentium» y el liberalismo, las catedrales góticas y el muro de Berlín, la filosofía aristotélico-tomista y el marxismo, como diría Enrique Santos Discépolo, un músico argentino ya fallecido, en su tango «Cambalache»... «la Biblia junto al calefón».

Es como si Europa fuera un gigantesco crisol en el que Dios y el diablo se entretuvieran forjando cada uno sus criaturas para luego dejarlas libres. Así se enaltecieron y se consumieron el nazismo y el comunismo, pero dejando sus huellas en el resto del mundo. Así conviven, por decirlo de algún modo, la piedra de un catolicismo que defiende su Evangelium Vitae con una Unión Europea que lucha por imponer una legislación abortista a todos sus estados miembros. Un continente del que emigraron multitudes pero que ahora trata de cerrar sus fronteras a los necesitados del Tercer Mundo. Una cultura profundamente teocéntrica y humanista a la vez que estalló en el Renacimiento reemplazada por adoradores de la frivolidad que viven auténticas bacanales al son de la música tecno y se desviven por imitar el corte de cabello de un jugador de fútbol que costó millones de euros, fruto muchas veces del lavado de dinero, y cuya estatua se erigirá semejante a un David que aniquiló a un Goliat con la camiseta rival.

No obstante, y aquí entro en el terreno de mi opinión más personal, me da la sensación de que hoy por hoy Europa es una higuera estéril, un corazón seco que no da frutos. Y pienso en la cultura de la muerte plasmada en la bajísima tasa de crecimiento demógráfico que presentan varios países, pienso en el nihilismo que expresan las expresiones culturales contemporáneas, en la altísima «calidad de vida» que ostentan Suiza, Suecia, Noruega, los Países Bajos, a costa de un individualismo exacerbado, del reconocimiento de «derechos civiles» como el de la unión entre homosexuales o la adopción de niños por parte de parejas homosexuales.

Me lastima Europa, me duele (y eso que Argentina es una llaga abierta), porque de allí surgió una cultura generosa y sapientísima y ahora parece víctima de una libertad mal entendida que olvida la Verdad y que mira sedienta de sensaciones a Estados Unidos en vez de beber en sus propias fuentes. ¡Ay de ti, Europa, que fuiste un reservorio que dio Vida pero que después exportaste tantas recetas que sumieron a nuestros pueblos en la miseria, en el escepticismo y en el culto a vanos ídolos! Donde ayer un Rey se arrodilló ante un Papa, hoy un Parlamento desconoce al Estado Vaticano. Donde ayer se veneraban las reliquias de un mártir hoy las multitudes se postran ante un Ronaldo, un Zidane, un Michael Schumacher o una Claudia Schiffer. Tu brillo nos encandiló y las falsas luminarias también son adoradas aquí. Tus ejemplos fueron y son tomados como palabra santa, como santo remedio pero muchas veces terminaron envenenándonos. Dicen que Argentina es el país más corrompido de Sudamérica. Dicen también que es el más europeo.

Puede mi juicio estar teñido de impotencia y por ello desconocer o minimizar lo bueno que se está haciendo en Europa. Pero es que la mirada está velada por imágenes de un arte sin esencia, de una juventud existencialista sin esperanza, de una concepción de vida relativista y postmoderna que acepta todo y engorda sin discernir lo bueno de lo malo.

Donde hubo fuego…: una resurrección compartida

Y sin embargo, y aquí se renueva la paradoja, todavía se te admira, Europa. Tu historia, tus monumentos, tu matriz de pensadores, tus fuerzas para resurgir luego de una peste casi bíblica y después de tantas guerras que arrasaron a generaciones enteras, me impulsan a creer que aunque en estado latente hay vida en tu alma. La Fe que emana de las maravillosas creaciones de dinastías de artistas consagrados a la Belleza y a la Verdad debe conmover ese alma seca. Si tal fue el fruto de un grano de mostaza, qué no puede brotar del fértil sendero trazado por tantos santos y sabios. Que ese hito temporal que es el inicio de un nuevo milenio sea también el mojón para tu resurrección. «¡Levántate, Europa, y anda!» -grito yo con Esperanza- «¡Abre tus ojos y consuela esa tu angustia existencial de negar tu espíritu a tu Creador! ¡Sé Lázaro y también Bartimeo!». Pero, como ocurre en la vida diaria, quizás necesites un lazarillo que preste su mano para guiarte hacia la Luz que alguna vez tú hiciste brillar, quizás sea la savia aún joven de América la que esté llamada a devolverle el vigor a tu milenario tronco. Sepamos entonces transformar a las riquezas y a las miserias que nos unen y nos separan en la Pobreza que nos permita descubrir el Tesoro Eterno. Tal vez debamos mirarnos y tratar de compartir lo bueno que tengamos. Tal vez debamos volver a evangelizarnos. El trigo creció y también la cizaña. Tal vez sea la hora de la cosecha. Dios nos salve.







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