Altar Mayor - Nº 84 (39)
Fecha Sábado, 01 marzo a las 16:27:15
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

IDEAS DE EUROPA. ORTEGA Y BUENO
Por Francisco Díaz de Otazu

Si mirásemos al mapa con ojos sin contaminar, de ser posible, no veríamos eso que se llama «Europa». Podríamos descubrir una península al oeste de Asia, con tanto derecho a ser llamada continente como, en términos relativos, la Península Ibérica lo es respecto a Europa. Precisamente iberias había dos para el mundo helénico, y ambas estaban a ambos extremos de los mares conocidos. Y es que el alcance de la vista, en el tiempo y en el espacio determina la percepción de las cosas.

Si seguimos con lo helénico, sabemos que, mitológicamente, Europa es «hija de Asia», en cuanto su padre era Agenor, el rey de Fenicia. Seducida o raptada por un toro blanco, disfraz del rijoso Zeus, tendrá tres hijos; Minos, rey de Creta, padrastro a su pesar del Minotauro, y que acabará de juez en el Hades, Sarpedón, rey de Licia, muerto al servicio de Troya, y Radamantis, cuya justicia le valió ser designado rey de los infiernos. Así pues, es destino de la prole europea en el mito la división y la muerte, en algún caso, tras optar por el lado asiático del conflicto matricial de la épica griega. Cerca de Vigo, en la playa, una vigorosa escultura del toro y la ninfa me hizo evocar la especulación de Vintila Horia, en la que el toro representaba a la España futura, el único país que le queda al toro para seguir evocando a la fertilidad minoica. Una tierra que ya no es la del ángel mateico de las cruces ovetenses, ni el león marquiano e ibérico reconquistador, ni el águila joánica de imperio, pero que quizá albergue en sus toriles lucanos larva genesiaca y dignidad tanática sobre la arena y frente al sol.

Europa fue una realidad religiosa, en la medida en que, durante la Edad Media, se identifico con el cristianismo, casi con exactitud; al poco de penetrar los turcos por el este son batidos sus correligionarios en Granada. El Mediterráneo se convirtió en frontera teológica.

Europa es también una imagen histórica, la tradición de la imagen del hombre portador de derechos y valores de Sócrates, Séneca o San Pablo, que resiste al colosalismo oriental de los grandes despotismos, de la propiedad concentrada, de las masas famélicas, del totalitarismo del libro, sea éste político o religioso. Frente a ella está la polis, siempre en discordia, pero capaz de acudir unida a Marathón y Salamina, a Los Campos Cataláunicos, a Jerusalén, Lepanto o Viena. De siglo en siglo, una ingente horda de caballos y arqueros ha venido sobre Europa. Un «muro de madera», en el mar como la flota ateniense en la profecía de Delfos, o de piedra sobre la tierra, como en las Termópilas, Bizancio, las Navas, los más diversos alcázares e, incluso, los pasos de Rohan en la fértil imaginación de Tolkien.

Europa es también una idea política, que el profesor Miguel Ayuso explica a partir de la paz de Westfalia, como sustituto laicista del ideal de Cristiandad, por el que se había desangrado España. La división religiosa fue el embrión de que el Imperio Sacro y bicéfalo fuese suplantado como utopía última por otros imperios revolucionarios, liberales o raciales. En ese sentido, Europa fue apuntada por Bonaparte, combatida por Inglaterra e inventada por Hitler, y útil sobre todo a la hora de combatir a Moscú.

Europa es, finalmente, una idea filosófica. Lo es en Hegel, Husserl y Ortega. Para Ortega «Roma» es una Idea fundamental de su filosofía. Sin embargo, pese a su proverbial dialéctica con el iberismo hispanista de Unamuno, «España es el problema primero, plenario y perentorio», aunque si «España es el problema, Europa es la solución». Ahora bien, mientras que en el raciovitalismo orteguiano la Idea de España sólo se concibe como tal en el seno de Europa, en el materialismo filosófico de Bueno sólo se concibe disociada de Europa. «La conexión de España con la historial universal -dice este autor-, tendría lugar a través de la definición de España como un imperio católico, contradistinto del Sacro Imperio Romano Germánico, núcleo de Europa». En este terreno, Bueno coincide con el pensamiento tradicionalista español, con Menéndez y Pelayo, García Morente, Maeztu y Unamuno, y Ortega con el predominantemente liberal-ilustrado, tanto conservador como progresista, así como la corriente neofalangista pro eje de Tovar. La condición de no creyente católico del primero no le determina en este caso al segundo, junto a la formación germánico-krausista.

Ortega está en la tradición hegeliana al situar a la Idea de Europa entre la Naturaleza y el Espíritu. Incluso en sus Obras Completas, como ha demostrado Pelayo Sierra, se ocupa personalmente de atenuar, sobre los originales, los matices raciales de sus reflexiones. El vitalismo original de Ortega, fuertemente biologicista, se modifica tras descubrir a Dilthey, a un espiritualismo historicista. Será éste el que influya en personalidades tan dispares como Marías y José Antonio. Germánicos contra bereberes, recientemente aparecido texto de aquél, debe ser leído en esta clave.

Para don José, «España no ha sido lo que pudo ser». Esa dialéctica de la potencialidad la refleja en sus comentarios a un cuadro de Zuloaga, el enano Gregorio Botero, que para él representaría a España. El pintor, como «enemigo de la doctrina europeizante [...] es nuestro enemigo». Ortega nos dice que Europa es el Espíritu, España, separada de Europa, aproximada a África, es la barbarie, la Naturaleza. Desde la filosofía redunda en la tesis de los afrancesados pesimistas, del tipo Larra, que también se dieron en la región rioplatense, véase Facundo, la novela nacional argentina de Sarmiento, y que murieron de tortícolis de tanto mirar hacia París.

La tesis etiológica de Ortega es que de la desmembración de Roma, nos tocó el pueblo germano más deformado, «alcoholizado de romanismo». Por ello nuestro feudalismo sería más débil, y por ello no se creó una minoría selecta. La rápida unidad, a fines del s. XV sería consecuencia de esa misma ausencia de minorías de estilo feudal. En España todo lo ha hecho «el pueblo» a diferencia de Inglaterra. Incluido el imperio. Bueno señala que Ortega aceptó la Leyenda Negra, invirtiendo su valoración de los imperialismos, depredador y racista uno, y generador y mestizante otro, con un componente metapolítico y religioso que señalara Oliveira Martins.

Para Ortega, «Lo que Unamuno ha llamado espíritu de España, en una revista inglesa, es sencillamente [...] pathos del sur, movimientos reflejos, instintos, barbarie, fisiología vasca o castellana [...]. Africanos somos, Don Miguel; y lo que es lo mismo enemigos de la humanidad y de la cultura, odiadores de la Idea. Por eso en nosotros perdura Aristóteles y nadie ha comprendido a Platón; por eso somos católicos y por eso el catolicismo odia a Platón...».

Para Ortega América es un ámbito cultural muy distante. «Somos tan distintos, tan remotos...». En palabras de Marías, en Ortega «América brilla por su ausencia». Y África será tó heterón, lo otro, la no Europa. El «kabileñismo» beréber está presente, por ejemplo, en el 2 de mayo. Mientras Unamuno lo celebra Ortega lo lamenta.

Europa es una idea filosófica, que, perdón por una asociación-definición particular mía, responde a las «cuatro H»: Herder, Hegel, Husserl e Hitler. Nadie se extrañe de que el satanizado fhürer sea puesto en la nómina de pensadores de otro status. Al menos desde 1942 esgrimió la Idea metafísica de Europa, y la realizó en cierta romántica medida en el voluntariado de naciones diversas que auxiliaron a Alemania en su batalla contra el comunismo, «Europa rompe albores» canta el himno de la División Azul, actitud y emoción que puede encarnarse acabadamente en el poético León Degrelle. Más tarde, los EE.UU. tomaron parcialmente la Idea con el Plan Marshall, y la OTAN, como dique controlado frente a la URSS.

Esta idea Bueno la denomina «Europa Sublime». Va más allá de las coyunturas socialdemócratas y democristianas, es la ideología de la Unión Europea y su alianza militar. Ortega, en La rebelión de las masas se califica en 1929 como «el decano de la idea de Europa». Pero este entusiasmo no le oculta que «Europa ha perdido su capacidad de deseo». La astenia, es una caída vital que sólo «la construcción de Europa como gran Estado Nacional, la única empresa que pudiera contraponerse a la victoria del plan quinquenal», refiriéndose a la URSS de Stalin. Este proyecto orteguiano entronca con la repetida tesis de la «unidad de destino», que procede de Otto Bauer, que intentó patéticamente compatibilizar el internacionalismo marxista con la «autodeterminación de los pueblos», y alcanzará a José Antonio. Un «Estado federal es un conjunto de pueblos que caminan hacia su unidad. Un estado unitario que se federaliza es un organismo de pueblos que retrograda y camina hacia su dispersión». Ortega, que acuñó el término «comunidades autónomas», enraizado en Tonnies, defiende para Europa un federalismo transitorio que no desea para España. Se comprende que Ortega, aunque enfrentado a la Iglesia, viese en 1937, en carta a Marañón, el caudillo capaz al menos de detener la desintegración de España.

Bueno ve en la Idea de Europa de Ortega a la Leyenda Negra, sólo que invertido su sentido pesimista. España devolvería a Europa la Vida (españolización de Europa de Unamuno), y Europa daría a España el Espíritu (la cultura, la ciencia, la disciplina). Bueno se pregunta en qué idioma, bien es verdad que hasta la Segunda Guerra Mundial el peso de lo anglosajón, merced a una potencia extraeuropea, no se había vuelto tan asfixiante.

La solidaridad no se puede dar salvo contra terceros; URSS, China, USA. Precisamente, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Ortega abandona América porque «se avecina una guerra entre continentes. Yo voy a tomar posición en Europa». Muchos exiliados se lo reprocharon. Tomar posición, aun desde Portugal, en España equivalía, para algunos de ellos, a integrarse en ella, y en la Europa de Hitler.

Ortega no vio nada contradictorio en el proyecto Europeo de «nación de naciones», como tampoco lo vio para España, en el último período constituyente Herrero de Miñón. Las contradicciones nunca son buenas. En este caso las naciones nacen por disolución de las anteriores menores en ellas.

El entusiasmo acrítico de los Españoles por la Unión Europea oculta muchos motivos; unos, nacionalistas, la ven como el modo de librarse de España como «prisión de naciones». El continente bastaría como ámbito de solidaridad frente a terceros. Otros, mundialistas, lo ven como fase para la disolución de toda frontera, y conjuro del peligro de un retorno a una tradición odiada.

En el eterno dilema en el que se ha debatido la España bicéfala, la cabeza que mira hacia el nordeste, representada por Ortega, no ha sabido ver que el canto de su sirena continentalizante, el del liberalismo «francés» y el del idealismo alemán, no soluciona el peligro de desintegración interior de España, ni el de su misión exterior. Posiciones tan dispares como la del tradicionalismo católico, la del materialismo filosófico, la del atormentado Unamuno, ofrecen otra mirada al Océano, menos cercana a la vista en su meta, pero no por ello menos sugestiva en lo Universal.









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