Altar Mayor - Nº 84 (38)
Fecha Sábado, 01 marzo a las 16:29:13
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

¿ADÓNDE VAMOS EN EUROPA?
Por Enrique Hermana - Dr. en Ciencias Químicas

Estamos en la Unión Europea una quincena de Naciones. Y vamos a estar otra quincena más, del Este y del Sur. Esto es la realidad. Una realidad que desde 1962 ha sido procurada por nosotros, los españoles, que nos ha sido beneficiosa en diversos aspectos, sobre todo los materiales, y de la que no cabe marcha atrás, al menos en el futuro previsible. Sería un desastre que afectaría seriamente a nuestra posibilidad de supervivencia con las condiciones materiales y seguridad que hoy consideramos indispensables.

Es decir: Hemos descubierto que la apertura al mundo y el consiguiente desmantelamiento de barreras proteccionistas nos ha resultado beneficiosas. La apertura comercial nos proporciona riqueza, porque nos espabila y hace que nuestros productos y servicios sean atractivos, y consecuentemente vendibles, en el extranjero. Con ello se incrementa nuestra riqueza y nuestro bienestar material. Es el beneficio indiscutible de la, por algunos tan denostada, globalización. Nos ha supuesto una serie de transformaciones que han implicado sacrificios, temporales o permanentes, tales como prescindir del control de la moneda y la reserva de privilegios para connacionales, pero consideramos que el conjunto merece la pena. No hay propuestas políticas respetables de dar marcha atrás en esta senda emprendida hace décadas.

Todo ello parece indiscutible; pero anejo a ello se plantea una serie de interrogantes acerca de nuestro futuro y, con ellos, acerca de nuestra personalidad propia como Nación diferenciable. Salvo que queramos diluirnos en una personalidad exclusiva de ciudadanos mundiales, que no es el caso de la mayoría de las personas, nos enfrentamos a la tarea de cómo mantener esa personalidad diferenciable en el mundo de comunicación instantánea y de tendencia homogeneizadora que estamos creando. Porque la tendencia clara de la situación es favorecer esa homogeneización. Los intereses económicos vigentes lo aconsejan. Cuanto más uniforme sea nuestro comportamiento vital tanto mayor será la previsibilidad de nuestras apetencias y consumos, y el tamaño del mercado a considerar. Todos los intereses económicos procurarán reducir incertidumbres en sus previsiones de mercado, para reducir consecuentemente los costos de todo tipo.

Frente a esa situación, que por ahora tiene el aspecto bien detectable de procurar que todos nos comportemos como los norteamericanos, ¿qué fuerzas se oponen, o es previsible que se opongan?

La primera respuesta que parece adecuada es, por supuesto, la diversidad cultural actual, tanto en lenguaje como en consciencia histórica diferenciada. Esa diversidad cultural, consecuencia de diversas vicisitudes históricas, está siendo protegida hasta ahora por el propósito deliberado de mantener una diferenciación política. Pero ¿en qué va a parar esa diferenciación política una vez que se desarrolle la Unión Europea hasta reducir la capacidad política independiente sólo al ámbito local? (E, incluso en este caso, con esa libertad enmarcada en las disposiciones generales de la Unión). Resulta evidente que esas disposiciones serán responsabilidad también de los políticos que ahora denominamos nacionales, pero es obvio que estarán condicionadas por el resto de las Naciones de la UE. Nuestra capacidad de autogobierno quedará restringida de esa forma. Y la tendencia será creciente hacia esa integración supranacional.

Parece evidente que esa capacidad para mantenerse como grupo diferenciado será tanto mayor cuanto mayor sea la conciencia de grupo. Y eso es algo que está siendo socavado en España desde hace décadas (por no decir siglos). Somos uno de los cinco países punteros de Europa y tenemos la única lengua que puede competir con el inglés, a escala mundial, pero nuestro concepto nacional está sufriendo un ataque feroz, más interno que externo, y está siendo puesto en cuestión continuamente. Ello socava nuestras posibilidades, no ya las de prevalecer como componente primordial de la cultura europea, sino las de la mera supervivencia tras la fusión de culturas en la que estamos inmersos.

Todo intento de prospectiva futurista es fútil, por la indeterminación que plantea, salvo si se dedica un enorme esfuerzo para medir la evolución previsible en muy diversas facetas de la realidad. Pudiera definirse algo aproximado en tendencias económicas. Y aún en ese caso, con el interrogante permanente del efecto de los grandes saltos tecnológicos posibles. Pero parece evidente que en los ámbitos cultural y político, los resultados dependerán de los esfuerzos, éxitos y fracasos de personas o grupos decididos. Y su predicción no resulta fácil. La proliferación actual de partidos calificados como de extrema derecha en toda Europa, y sus éxitos electorales, no estaba prevista hace diez años. Las tendencias culturales compiten continuamente y los esfuerzos de sus propagadores condicionan la prevalencia de las que se imponen sobre las que resultan postergadas, o derrotadas.

Ello sirve para recordar que, como siempre, el futuro en la Europa unida será el que nosotros consigamos crear. Y que si no lo hacemos nosotros, serán otros, posiblemente nuestros adversarios, en el campo que sea, por lo que debemos decidir previamente qué deseamos procurar como personas, como Nación, o como grupo cultural, pues los tres ámbitos habrá de tener siempre nuestra actuación.

Como persona, procuraremos siempre grados suficientes de bienestar personal, social y de libertad. Parece indudable que el nuevo marco de actuación, a escala europea nos va a permitir mejorar los tres al ampliar el tamaño de amortiguamiento y la capacidad para resistir los embates de diversos riesgos, sean crisis económicas o amenazas a nuestra libertad, sean exteriores o interiores. En estos aspectos, nuestros intereses e iniciativas económicos podrán ser proyectados a un mercado más amplio, el vivero de iniciativas puede ser más nutrido, la panoplia de ayudas disponibles se agrandará, los controles opresivos podrán ser combatidos con más apoyo, la moneda tendrá más solidez... Se trata de diversos puntos de vista optimistas acerca de esa realidad futura, que naturalmente podrán ser contrarrestados con sus réplicas pesimistas (acerca de un mayor frente potencial de contrincantes en nuestras puertas), pero que permiten aventurar la mayor probabilidad de bienestar, como consecuencia del aumento de nuestro entorno geográfico y social.

Preguntarse cuál es nuestro futuro como Nación es más peliagudo. Porque antes de que se plantee un conflicto entre Naciones dentro de la Unión, nos encontramos con la evidente dificultad de ofrecer una política nacional consistente. Está demasiado introducida en nuestro ámbito nacional la disgregación cainita. En el futuro deberemos reforzar nuestra cohesión nacional, ya bastante endeble hoy, procurando evitar acciones socavadoras de nuestros intereses por parte de nuestros alocados nacionalistas o de irresponsables políticos, tan propensos a litigar en Bruselas las batallas perdidas en España. Suponiendo que eso sea conseguible (lo cual es un planteamiento optimista, visto lo visto), no parece que corramos serio riesgo de pérdida de hegemonía en la Unión. La economía moderna no precisa tanto materias primas como capacidad humana, y nuestra posición geográfica nos hace ser una zona atractiva para vivir, por lo que cabe confiar en reunir las personas adecuadas para afrontar el futuro. Nuestro idioma es el único que puede competir con el inglés (¿por qué no diremos «el norteamericano» identificando el origen de su poderío real?) y eso es un factor adicional de atractivo para el conjunto europeo. Nuestros amplios espacios disponibles nos distinguen del resto de Europa con una faceta ventajosa más, por su utilización potencial para el ocio o la inversión. En suma, no parece que nuestras posibilidades como Nación estén seriamente amenazadas por nada más que nuestras disensiones internas. Lo mismo que ahora.

El tercer ámbito a considerar es el de nuestras posibilidades como grupo cultural. Anticipando preguntas, aclaro que entiendo que somos un grupo cultural, con personalidad histórica definida, católico y con entronque en países iberoamericanos, mediterráneos, Filipinas y Guinea. Es obvio que ese entronque es difuso en algunos casos, y que la identidad católica no es asumida por todos nuestros connacionales; pero también lo es que nuestra cultura popular está impregnada de esas esencias y con ellas resuenan, tarde o temprano, todos los españoles. ¿Cuál es nuestro futuro, en este ámbito cultural, dentro de la Unión Europea?

A riesgo de abusar en lo que sigue del calificativo, hay que recordar que ese papel nuestro en el futuro europeo dependerá de nuestra capacidad de creación cultural, de nuestra capacidad de influencia en la población europea con esos productos culturales. Y de nuestra solidez cultural, que definirá nuestra capacidad de resistencia ante, o de asimilación selectiva de, otros productos culturales. El panorama futuro será una pugna cultural, como lo ha sido siempre, aunque condicionado por la mayor permeabilidad que permiten, e imponen, las actuales posibilidades tecnológicas. Las opiniones, libros, películas, canciones y obras musicales de todo tipo, obras de arte y de teatro, estudios históricos y filosóficos, programas de televisión, obras divulgativas de todo tipo, etc. se difunden hoy con una velocidad mayor que nunca, y la capacidad de influencia de una sociedad en otra es consecuentemente mayor que nunca. Los europeos mostramos hoy nuestra preocupación por estar dominados crecientemente por la cultura americana, aunque es verdad que hemos conseguido introducir en la suya (al menos en las clases elegantes) el vino y el aceite. Pero eso es quedarse en la superficialidad de ciertos hábitos. La realidad es que estamos afrontando el reto del mundo globalizado con la cultura social americana y con el distanciamiento de la cultura religiosa y corrección política impuestas por Hollywood.

Hoy, como en el siglo XVII, se enfrenta en Europa la cultura latina, y católica, con la cultura septentrional, protestante. Con la diferencia de que la cultura católica ha perdido el favor explícito de la masa popular y la protestante se laicizó con el tremendo éxito político de la Revolución Francesa. Es decir, lo tenemos crudo. O de otra forma, ¿podemos soñar con vencer culturalmente en la Unión Europea, si no hemos conseguido imponernos ni en nuestro propio entorno nacional? Parece poco probable conseguirlo a corto plazo.

Pero la pugna existe, los bandos están delimitados, los aliados existen, el objetivo está definido… En tanto en cuanto mantengamos claro el rumbo, estamos obligados a mantener la alegría.









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