Altar Mayor - Nº 84 (34)
Fecha Sábado, 01 marzo a las 16:39:44
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

CULTURA EUROPEA
Por Rafael Ibáñez Hernández - Historiador

Merced a la propaganda mediática, hoy parécenos que Europa es una realidad política y económica preexistente a cualquier Estado y ajena a Nación alguna de los que hoy por hoy pueden distinguirse entre sus límites, tan elásticos como lo exijan determinados intereses, que llevan a incluir en la órbita europea a Turquía e Israel. Se nos vende la idea de la llamada «construcción europea» como si de la revitalización de una añeja materialidad sociopolítica se tratase, para lo que no dúdase en desempolvar de los viejos anaqueles de olvidadas bibliotecas rancias biografías de Carlomagno, de las panoplias arrumbadas en los desvanes, del olvido de espadas de los soldados del César Carlos o de las ornacinas de templos en los que ya no se ora efigies de San Bernardo. Mas con esta actitud, alimentada entre nosotros por la pasión propia del converso, se desdeñan en ocasiones otras dimensiones que suman una certidumbre europea metapolítica.

Entre éstas merece lugar destacado la dimensión cultural de Europa, nacida de un conjunto de sumandos que, como los Mandamientos, se cierran en dos grandes legados. De una parte, la herencia helénica, que nos ofrece la esencia de la Razón y la asunción crítica de determinadas reglas de orden ético y político que armonizan el comportamiento humano. De otra, la herencia romana, que impone la ley como fundamento social, de modo que sean las estructuras jurídicas y no el capricho las que vertebren la sociedad.

La afinidad cultural que sin duda alguna compartimos los diferentes pueblos europeos se ha acrisolado en virtud de una común experiencia religiosa, el Cristianismo. Elemento axial de la tradición monoteísta, es a estas alturas innegable su ancestro hebreo, pero no cabe ignorar el tamiz griego que lo depuró de determinados atavismos ni su relación con la que podríamos denominar herejía islámica, tal es su vinculación originaria. Por otro lado, si la civilización europea debe a Roma el recuerdo de la Hélade, será la civilización islámica la que nos permita recuperar para Europa no poco del acervo cultural de la Grecia clásica tras el derrumbe del Imperio Romano.

Pese a tales comunes orígenes y rasgos, cuando hoy las decisiones políticas en los Estados europeos se hallan predeterminadas por el propósito de alcanzar la fantasmal meta de la «unidad europea», nada más erróneo que creer en la virtualidad de una única cultura europea. Intelectuales de escaso fuste, comunicadores y otros personajes de variado pelaje que ocupan las páginas culturales de la prensa —escasos son los espacios en los que la cultura halla hueco en la radio, y no digamos ya en televisión— dibujan un monótono paisaje acorde con la horizontalidad de sus encefalogramas. Ya sé que no son escasos los movimientos artísticos y literarios que palpitan en el solar europeo; no sólo aquellos sometidos al ordenancismo de lo correcto, sino también los transgresores, conviviendo con las cada vez más abundantes influencias extracontinentales. Pero afortunadamente la riqueza cultural de la Europa actual desborda los estrechos límites del academicismo, penetrando sus raíces más allá de la dermis que la enseñanza trata de igualar. Aún hoy podemos encontrar en Europa un pluralismo cultural de raigambre ancestral que muchos arrinconan por ignorancia propia o supuesta inconveniencia. La mejor demostración de su existencia es la amplitud de la paleta lingüística que enriquece con su colorido el bagaje cultural europeo. Junto a las grandes lenguas nacionales conviven otras muchas, en ocasiones anteriores a la que hoy identifica determinadas Naciones-Estado. Junto al alemán, el principal Estado centroeuropeo cobija numerosas lenguas de variado origen —bávaro, sajón, franco...— que a su vez cuentan con no pocas variantes dialectales. En la Gran Bretaña, referente geográfico de esa lingua franca que hoy por hoy es el inglés, nos encontramos con el gaelico y el galés, mientras en Francia el alsaciano, el bretón, el corso o el occitano —junto con el vasco— enriquecen determinadas áreas del Hexágono, como igualmente determinadas lenguas retorrománicas han sobrevivido en Italia, cuna del latín.

A la vista de tamaña pluralidad, cabe considerar que los artífices de la unidad europea se encuentran ante el reto de evitar el peligro de la uniformidad cultural al tiempo que eluden esa atomización que impediría cualquier avance, un equilibrio que no obstante muchas naciones europeas han alcanzado sin mayores dificultades. No es éste el caso de España, donde en virtud de un mal entendido europeísmo —papanatismo uropeo más bien— nos afanamos en complicar aún más las cosas, convirtiendo valiosos elementos culturales en instrumentos políticos.









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