Altar Mayor - Nº 85 (16)
Fecha Lunes, 31 marzo a las 19:14:10
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

Retazos de una novela histórica (1931/1934)
LOS HERMANOS BERBÉN EN EL CANOE
Por Mario Tecglen

A Guillermo, la consternación que le produjo la muerte de Justo, la amargura acumulada de la boda de Teresa, a la que tanto seguía amando, la muerte tristísima de la Tía Laura y el cese injusto de su trabajo, le habían afectado. Demasiadas contrariedades. Quizá se sentía menos hundido, pero más humillado y, al mismo tiempo, más acongojado. Menos mal que, con todo, no volvió a sentir la terrible depresión anterior. Quizá el brillante aprobado en la Escuela de Obras Públicas o, paradójicamente, la tremenda pena de Marta, influyeron de alguna forma en su ánimo, porque ni siquiera reanudó la terapia de pildorones que Juan del Río le tenía especificado.

Sin embargo, aquel estado de tristeza continua de su hermana le tenía muy preocupado. Y se le ocurrió la feliz idea de llevársela con él al Canoe a nadar y a conocer gente nueva.

Inmediatamente lo comentó con su madre:

-Ya verás cómo el ejercicio físico, el sol y el ambiente deportivo la ayudarán -la razonó.

-A mí me parece una gran idea -le animó Doña Pilar.

Ambos, entonces, se lo propusieron a Marta, y ella, necesitada de un poco de horizonte, se llenó de esperanza.

Empezó por comprarse en los Almacenes Madrid-París un traje de baño de lana negro con una pequeñísima falda, y apareció, muerta de vergüenza, en la piscina de La Isla una mañana de septiembre.

En comparación con los otros bañistas, morenos de todo el verano, su piel era blanca, pálida. Parecía una enferma. Pero, con su excepcional estatura, sus pelos rojizos, sus piernas largas y esbeltas y el resto de sus rasgos naturales nada corrientes, había conseguido que, en todo el recinto deportivo, no hubiera perro ni gato que no se volviera a mirarla.

Guillermo tenía, en un rincón cerca del trampolín, su peña de amigos nadadores que se entrenaban todo el año y allí la fue presentando a todos y cada uno. Marta, ante aquel ambiente tan sano, tan deportivo, en el que imperaba un fino sentido del humor, se animó y volvió a sonreír.

La experiencia resultó de lo más positivo, y al día siguiente se acercó con Guillermo a Jacometrezo 1, que era donde estaban las oficinas del Canoe, para asociarse al Club presentada por su hermano.

Cada mañana los dos hermanos se iban temprano a la piscina y allí nadaban, charlaban con los amigos y tomaban el sol.

Comían tarde. Marta se quedaba en casa con su madre y Guillermo se iba, solo o con su primo Joselito, a dar una vuelta en la moto.

Una tarde de octubre, otoñal y desapacible, que se habían refugiado en la piscina de invierno, apareció José Antonio Primo de Rivera, socio del Canoe, acompañando al campeón de España, Manolo Valdés, con el que le unía una gran amistad.

Nada más acercarse al grupo de nadadores reconoció a Marta y se adelantó a darle el pésame con un abrazo, apretado, respetuoso y cordial, que nadie se esperaba. Marta, entonces, le presentó a su hermano Guillermo e, inmediatamente, quizá abusando del uso de la palabra, José Antonio dedicó unas palabras, sentidas y poéticas, al perfil humano y profesional de Justo San Miguel. Habían sido amigos y compañeros desde la Facultad hasta el Ateneo. Incluso ambos eran oficiales de complemento del Cuerpo Jurídico Militar. A la pobre Marta le volvió a brotar el llanto, y todos reconocieron que aquellos magníficos ojos verdes, potenciados con el brillo de las lágrimas, ofrecían una imagen sublime.

Baldomero Sol -Merito-, que valoraba en alto grado la opinión de José Antonio en cuestiones políticas, cambió oportunamente de tema para preguntarle qué opinaba de la discutidísima Reforma Agraria:

-Pues verás, amigo Merito -le contestó José Antonio-, a mí la Reforma Agraria me ha parecido una ley valiente, redactada con bastante sentido común; pero permíteme que te hable de algo que no te esperas. Te voy a hablar de su autor –y siguió-. Un día de primeros de año, sentado junto a Ramón Serrano Suñer en los escaños del Congreso, escuchábamos un discurso de Indalecio Prieto, precisamente, sobre las tierras, pobres y secas, que había que redimir mediante ambiciosos planes hidráulicos. Enseguida empecé a notar que su voz iba tomando matices cálidos de sinceridad y exaltación ante la idea de un brillante futuro de España. ¡Aquello era otra cosa! Y desde entonces seguí el discurso con la mayor atención.

Tras una pequeña pausa:

-Cuando terminó el discurso, le dije a Ramón: «!Qué lástima!, un hombre que es capaz de exaltarse así cuando habla de la grandeza de España, podría ser el jefe natural de un socialismo español, unificador, que aceptaría la mayoría de la gente de buena fe, y evitaría toda la sangre y los sacrificios que, inevitablemente, se ven venir».

-«Esto se lo tengo que contar a Joselito con todo detalle» –pensaba Guillermo.

Y Valeriano, un nadador de ideas socialistas, que tampoco se esperaba aquella valoración, justa y honrada, de un enemigo político, se levantó nervioso y le dijo:

-Permíteme que te felicite. Lo que nos has relatado demuestra una honestidad de ideales y una hombría de bien que hoy se desconocen. No esperaba algo así.

Años más tarde, Indalecio Prieto, quizá influenciado por sus probados contactos con José Antonio Primo de Rivera, afirmó: «En España no se confrontaron con serenidad las respectivas ideologías, para descubrir las coincidencias y medir las divergencias, a fin de apreciar si éstas valía la pena ventilarlas en el campo de batalla».

Empezó el curso académico.

Guillermo, cada mañana, asistía a la prestigiosa Escuela de Caminos, y se sentía entusiasmado al ir comprobando que casi todas las materias que allí se desarrollaban en profundidad ya las conocía en la práctica a través de sus años en Tortosa y en la II Jefatura de Ferrocarriles. Las tardes las dedicaba a buscar un trabajo compatible y a nadar en el Canoe, aunque fueran veinte minutos.

Marta, en cambio, resultó friolera, y durante la época invernal se dedicó al «basket». En la zona verde, delante de la piscina de invierno, habían dispuesto un campo sobre tierra, pero bien delimitado, y dos veces a la semana, a las dos de la tarde, celebraban partidos mixtos, chicas y chicos, de lo más informal, para después tomarse un par de huevos con jamón en Casa Revertito, frente a la Estación del Norte.

La muchacha, con su excepcional estatura, resultaba un buen elemento, y disfrutaba del ambiente deportivo, siempre cerrada a cualquier insinuación amorosa del sexo fuerte. La imagen de Justo, todavía reciente, descalificaba «a priori» cualquier intento y todos lo sabían y respetaban. La llamaban cariñosamente «la viudita soltera», y vivía así, cómo si su novio se encontrara de viaje, esperando, oníricamente, que se presentara en cualquier momento.









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