Altar Mayor - Nº 85 (11)
Fecha Lunes, 31 marzo a las 19:24:34
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

JESÚS Y EL PODER CIVIL (1)
Por Constantino Quelle

1. Introducción

Con el fin de encuadrar el marco histórico en el que vivió Jesús, bueno es conocer algunos aspectos de la sociedad civil en la que enmarcó su mensaje.

La actuación de Jesús no puede ser asimilada en profundidad si desconocemos cómo eran socialmente hablando sus contemporáneos. Sus afirmaciones, sus parábolas, sus sentencias, únicamente encuentran su fuerza genuina cuando se las estudia desde el contexto histórico en el que fueron formuladas.

Cierto que no es tarea fácil separar en la actuación de Jesús los poderes civiles y los religiosos. ¿Por qué? Porque Jesús fue un hombre que «religó» la existencia auténticamente humana (de ahí la palabra religión); una vez religada no se puede desligar lo que ya está unido, pues hacerlo sería un barbarismo antropológico (Mt 19,6b).

Jesús no vio una sociedad civil al margen de la religiosa. Todo, para él, procede del Padre. El hombre procede Dios. Jesús sólo quiere salvar a ese hombre cuyo origen es divino, aunque a veces olvide tal paternidad. Él recuerda a sus contemporáneos que fuera de Dios no hay nada. ¿Cómo pretender ver la sociedad civil al margen de la religiosa? Imposible. ¿Cómo acatar el poder civil cuando todo poder emana de Dios?

Con esta premisa previa, estudiaremos brevemente cómo era la sociedad civil en la que Jesús vivió. Posteriormente, recogeremos alguna sentencia de Jesús donde comprobaremos, como hemos indicado, que Jesús aúna, religa, tanto lo civil como lo religioso, dando una respuesta auténtica de justicia y libertad donde la ley, que emana de los poderes civiles, queda supeditada, esclava, de la realidad humana. La ley es buena si está por debajo del amor. Los poderes civiles regulan el acontecer humano tratando que la sociedad sea cada vez más libre, caso contrario la libertad se convierte en libertinaje. No obstante, cuando la ley no está supeditada al amor, la libertad social se convierte en esclavitud individual.

Jesús supedita todo al Todo. Desde esta visión «regula» su mensaje. Por esta razón, la religión para él es la base sobre la que vive su experiencia de Hijo de Dios. Los poderes civiles, políticos y religiosos forman una unidad indivisible, sin fisuras ni dicotomías posibles. En el nuevo hombre que él muestra, la sociedad, tanto civil como religiosa, no tiene razón de ser. La nueva sociedad de los hijos de Dios está regida por el amor. Y, desde esta perspectiva, afirmamos con San Agustín: ama y haz lo que quieras. Ciertamente, Jesús se «saltó» buena parte de las reglas y costumbres de su época. Hizo lo que quiso porque su quehacer, como el nuestro, es hacer la voluntad de Dios. Una y otra no son distintas.

Precisamente para unificarlas y demostrar que Dios quiere lo que nosotros queremos, nos señaló el único camino válido de salvación: el amor. Y desde el amor todo queda unido sin posibilidad de separación: lo civil y lo religioso están al servicio del hombre. No se ha hecho el hombre para el sábado... (Lc 6,5). El poder está en el hombre y no fuera de él. Para estudiar esta verdad universal, veremos cómo era la sociedad en la que vivió Jesús. Cómo actuaban los poderes civiles en dicha sociedad. Y, por último, cómo actuaba Jesús ante semejantes poderes.
 

2. La sociedad en la que vivió Jesús

Palestina, en la época de Jesús, vivía bajo el imperio romano. Cierto que Roma no se metía contra los judíos en aquellos asuntos que tocaran directamente las prácticas religiosas, pero existían ciertas normas legales que el pueblo tenía que acatar para hacer posible la convivencia. Dentro de esta sociedad había una doble jerarquía: la romana y la judía. Los roles sociales, como en toda época, tenían sus peculiaridades: el papel de la mujer difería considerablemente del que desempeñaba el hombre; los pobres vivían con unas connotaciones religiosas que impregnaban su status social y viceversa; el clero y los intelectuales pesaban, a veces, más que los poderes civiles, etc.

Antes de ver cómo era la sociedad judía en tiempos de Jesús, observemos cómo ejercía Roma su poder sobre Palestina.

2.1. Roma

Alejandro el Magno conquistó en el siglo IV a.C. gran parte de los territorios que componían el Mediterráneo oriental. Israel, como el resto de los pueblos, se abrió a la cultura helena. Más tarde, cuando en el siglo I a.C. el imperio romano se anexionó esos territorios, Palestina se vio sometida a Roma, aunque la civilización helena duró y se conservó en parte varios siglos después.

El pueblo judío asumió esta civilización antes de sucumbir ante Roma. La creencia en una vida más allá de ésta era conocida por Grecia cuando todavía el pueblo judío no acertaba a creer en tal evento. La rebelión macabea en el siglo II a.C. fue uno de los pocos reductos judíos que defendió con su vida los excesos de la culturización griega. Pero la filosofía griega, con su ideal humanitario, sirvió de base para que, años después, proclamara Jesús el amor al prójimo.

Bajo el reinado de Octavio Augusto (del 30 a.C. al 14 d.C.) nace en Judá un niño al que ponen por nombre Jesús. Con el nacimiento de Cristo, Occidente recompuso el calendario. De hecho, no hizo otra cosa que imitar a Roma. Octavio en el año 12 a.C. se autoproclama pontífice supremo. Años después y puesto que los poderes civiles y religiosos están unidos en Octavio Augusto, se cambia el calendario y éste comienza en la fecha de su nacimiento. Fue nombrado «Padre de la patria». Y de él puede leerse una inscripción encontrada en la actual Samsún:

«La providencia ha suscitado y adornado maravillosamente la vida humana dándonos a Augusto, colmado de virtudes, para convertirlo en el benefactor de los hombres, en nuestro salvador, nuestro y de aquellos que vendrán después de nosotros, para hacer cesar la guerra y establecer el orden en todas partes. El día del nacimiento de este dios ha significado para el mundo el comienzo de las buenas nuevas recibidas gracias a él».

¡Comienzo de la Buena Nueva! ¿Cómo no pensar en el título que va a dar un tal Marcos a su pequeño libro menos de un siglo más tarde? ¿Cómo no oír también en estas palabras el eco anticipado del anuncio hecho por los ángeles a los pastores de Belén, en la pluma de Lucas? (2,10-11).

Si apacible fue el reinado de Octavio, no fue así con Tiberio, su yerno y sucesor, ya que las divergencias entre el senado y su gobierno fueron notorias. Hizo prevalecer, incluso con el terror, el bien común sobre los intereses de las principales castas sociales. Esto benefició a Palestina y a otras provincias que vivieron una cierta autonomía, especialmente religiosa. Jesús vivió bajo el poder de estos dos hombres.

Roma no exigió de los judíos culto a su soberano; por otra parte, se mantuvo alejada y respetuosa con el monoteísmo judío. Jesús pudo predicar en su tierra gracias a este respeto mutuo entre ambos poderes. Tal respeto fue especialmente decretado por Augusto al convertir a Judea en provincia imperial de tercera clase. Cuando la cultura del reino conquistado era distinta de la romana, se le concedía este estatuto de carácter extraordinario. Las discordias y problemas que se evitaban al imperio merecían tal prebenda. Roma nombraba un prefecto para gobernar. Así fue designado Poncio Pilato.

En tiempo de Poncio Pilato, incluso la justicia está regida por las leyes judías. Roma se reserva, entre otros derechos, los asuntos fiscales y las sentencias de muerte. Esta es la razón por la cual, aunque Jesús fue condenado por el sanedrín, para ejecutar la sentencia, se necesitó el visto bueno de Roma (Mt 27,1-2). Una Roma, al parecer, más benévola que Israel, pues si bien no defendió suficientemente la inocencia de Jesús, se lavó las manos ante semejante «crimen legal».

2.2. Palestina

En tiempo de Jesús, los decretos romanos no afectaban, en la convivencia social, radicalmente a la sociedad judía. No se produjeron sublevaciones como las macabeas de tiempos pasados. Roma hacía pero dejaba hacer. Incluso con sus impuestos ganaba pero dejaba ganar.

El evangelista Mateo fue un recaudador de impuestos. El pueblo odiaba a estos hombres. Para acceder al cargo había que litigar. Aquél que conseguía el puesto pagaba lo estipulado y tomaba el empleo de recaudador en régimen de arriendo. ¿Cuál era el beneficio del recaudador? Roma no pagaba sueldo alguno por este trabajo, pero permitía que el recaudador incrementase el impuesto con un tanto por ciento que variaba según los casos. Esto hacía que en ocasiones el porcentaje aumentara más de lo debido y que el pueblo viera sus bolsillos mermados por culpa de este proceder. Por otra parte, el recaudador se convertía en el prestamista o banquero del necesitado, que veía cómo la riqueza del recaudador aumentaba con los intereses que cobraba por el dinero solicitado y que no era otro que el entregado vía impuestos. Roma no apreciaba a estos usureros, los judíos los despreciaban. Y, sobre todo, teniendo en cuenta que este impuesto no era el único pues existía una doble imposición: la de la Torah y la de Roma. Aquella se pagaba con la moneda nacional, ésta con la moneda del imperio.

Hemos indicado que Roma dejaba hacer a los judíos en materia religiosa. Con esto no queremos decir que existiera una total libertad religiosa. A título de ejemplo, diremos que las relaciones «iglesia-estado» eran similares a las de algunos concordatos de tiempos no muy lejanos.

El puesto de sumo sacerdote pierde su carácter hereditario. Roma nombra y destituye según su mejor criterio. Anás y Caifás tienen poder sobre el pueblo pero sin olvidar la sumisión a Roma, pues su poder puede desaparecer como de hecho sucedió con cerca de diez sumos sacerdotes en un período no superior a 34 años.

¿De qué vive la Palestina de la época de Jesús? Basta echar una simple ojeada a los textos evangélicos para observar cuáles son sus principales fuentes de riqueza.

2.2.1. La agricultura

Jesús enseña su mensaje a través de imágenes agrícolas. Las parábolas muestran el conocimiento que el pueblo llano tenía del campo, de la siembra, de la cosecha, de los trabajos rurales, etc. Sus pueblos tienen nombres que evocan sus riquezas agrícolas: Belén («Beth-Lehem») es la casa del pan, «Beth-Karem» la casa de la viña, etc. El historiador judío Flavio Josefo describe la zona de Galilea como una región intensamente cultivada sólo comparable al más bello jardín.

Las operaciones comerciales realizadas gracias a la agricultura se traslucen en la parábola del administrador infiel que relata Lucas en su evangelio (Lc 16,1-8). Posiblemente, se efectuaban exportaciones desde Galilea hasta Roma. La bonanza de su agricultura, especialmente de la llamada llanura de Genesaret, tenía un importante factor como aliado: el clima (subtropial y protegido por las montañas).

2.2.2. El comercio y la industria

Si Genesaret era importante por sus recursos naturales, no podemos olvidar que también lo era por ser camino de caravanas procedentes de Damasco a Cesarea marítima. La zona de Cafamaún, debido al continuo movimiento de estas caravanas, pasó a ser zona aduanera con el fin de recaudar impuestos que engrosaran las arcas del imperio.

La zona sur de Palestina (la región de Judea) se especializó en la industria de la lana, mientras la zona norte, la Galilea, se especializó en la seda, no en vano sus tierras recorrían una de las rutas que iban a la India.

El teocentrismo judaico traspasa los estamentos religiosos llegando hasta la médula de los civiles. Es el caso de la industria alfarera que únicamente se podía desarrollar en contadas zonas de Galilea. ¿Cuál era el motivo? La ciudad santa de Jerusalén no podía contaminarse con la impureza que emanaba de los hornos: el humo vuelve impuro a quien lo aspira. Al margen de la pureza legal y religiosa de la prohibición, bien nos gustaría en las ciudades del siglo XX semejante visión ecológica.

Jesús, después de atravesar las tierras de Galilea donde todo era comercio y grandes caravanas para defenderse de los bandoleros, ladrones y gentes que medraban del pillaje y del engaño, al llegar a Jerusalén y ver en el templo el negocio allí implantado, no es extraño que indignado cogiera el látigo y al menos quisiera limpiar de este tráfico tan santo lugar (Lc 19,45-48).

2.2.3. La ganadería

El judío no es gran comedor de carne, la importancia de su ganadería estriba especialmente en el número de sacrificios necesarios para la expiación de los pecados. La cantidad de corderos que se sacrificaba únicamente para la celebración de la pascua ascendía a varias decenas de miles. Pero también aquí se mezclaba comercio y religión. La zona más rica de crianza bovina era Galilea, pero era también la más alejada del templo. Para llegar hasta él, había que atravesar el valle del Jordán y Jericó. Lo lógico era tomar el camino más corto atravesando Samaría. Pero los samaritanos eran odiados por los judíos, especialmente a raíz de la construcción de su templo dedicado a Yahvé en el monte Garizim. Pasar por estas tierras significaba contaminarse de su impureza.

Esta perspectiva socio-religiosa hay que tenerla presente cuando leemos el diálogo de Jesús con la samaritana. Jesús el judío, es más, el rabino, no sólo pasa por Samaría, sino que se para, solicita agua y todo ello a una mujer. ¡Inconcebible! (Jn 4,4-44).

Los temas ganaderos apenas aparecen en los evangelios, si bien Jesús parece conocerlos bien cuando narra la parábola del buen pastor (Jn 10,1-8) o de la oveja perdida (Mt 18,10-14).

2.2.4. La pesca

El mar de Galilea o largo de Tiberíades era muy abundante en pescados que, debidamente salados, se exportaban a todas partes. Pedro era pescador al igual que otros apóstoles. La pesca se practicaba, asimismo, en el Mediterráneo, aunque al igual que en otros segmentos civiles de la población, las prohibiciones religiosas no permitían pescar todo lo que caía en las redes. La ley de Moisés sólo consideraba puros, es decir, comestibles, los peces con aletas y escamas (Lv 11,9-12).

Los pescadores galileos formaban importantes cooperativas que manejaban el comercio de este sector. Un comercio floreciente que les permitía vivir holgadamente y tener un porvenir bien asegurado. La imagen paupérrima que a veces se ha presentado de este sector no guarda relación con la que realmente tenía en tiempos de Jesús. Los pescadores no eran gente primitiva y sin cultura. La sencillez que reclama el mensaje nada tiene que ver con la ignorancia que, a veces, se presupone tenían estas gentes.

Al igual que con la agricultura, nos encontramos con diversos toponímicos que nos hablan de su importancia: Betsaida significa «la casa de la pesca»; Sidón se traduce simplemente por «pescadería», etc.

Estimamos que con estas breves pinceladas el lector podrá hacerse una sucinta idea de cómo era la sociedad judía en el principio de nuestra era. Los judíos tenían una fuerte cultura monoteísta, aunque ello no significaba que no fuesen acoplando su filosofía de la vida a otras formas de pensar. Los griegos, especialmente, remodelaron e introdujeron conceptos nuevos en la idea tanto del prójimo como de Dios. Asimismo, los romanos supieron adaptar y respetar al pueblo judío de forma que, socialmente hablando, el trauma de la ocupación fuera lo más llevadero posible. Por supuesto que el trauma existía; el nacionalismo de Israel no podía admitir que el extranjero mandase en su tierra. Veamos seguidamente cómo actuaban los poderes civiles en la sociedad en la que vivió Jesús.
 

3. Los poderes civiles ante la sociedad judía

La primera consideración que debemos tomar en cuenta es que Israel no podía tolerar que poder alguno estuviera por encima de Yahvé. Por lo tanto, toda forma de sometimiento al extranjero era vista con odio. La degradación nacional y religiosa que implicaba estar sometido al imperio romano no podía aceptarse pasivamente.

Roma no entendía la cultura hebrea, su fanatismo religioso, su monoteísmo exacerbado. De ahí que en temas religiosos, especialmente, dejara hacer. Sin embargo, esto no era suficiente para el creyente israelita. El opresor tenía que desaparecer de la tierra dada en heredad desde los orígenes por el propio Yahvé (Gn 12,1). El poder que emanaba del extranjero era malo por naturaleza. Aunque sus leyes fueran justas, no podían considerarse santas. Y el pueblo judío se consideraba un pueblo santo (Lv 44s). Sus leyes tenían por origen a Dios (Ex 20,1-21). ¿Cómo aceptar leyes cuyo origen provenía del hombre?

El poder civil, por tanto, no podía ser aceptado sin claudicar ante la fe recibida de los grandes patriarcas. Para comprender qué repercusiones tenían los poderes civiles en el pueblo, echaremos una ojeada a ciertos grupos judíos que, al igual que los macabeos en tiempos de los griegos, no aceptaban el poder civil que emanaba de los romanos.

Para entender la posición de estos grupos ante el poder civil, estimamos interesante recordar previamente a un personaje de la historia bíblica muy conocido: Herodes el Grande. La forma tan arbitraria de actuar de este rey fue campo de cultivo para el fomento de uno de los grupos más subversivos de Israel: los zelotes.

3.1. Herodes el Grande

La subida al poder de Herodes representó para el pueblo judío perder la independencia que había ganado bajo la tutela de los asmoneos durante su reinado de más de cien años. Herodes era medio judío, de origen idumeo (para los judíos de pura raza, un usurpador). Fue rey de Judea entre los años 37 al 4 a.C.

Este rey, desde un principio, fue partidario y colaborador del imperio. Primero de Marco Antonio y, cuando éste se eclipsó, supo ganarse la amistad de Octavio Augusto. El odio de los israelitas hacia su persona tenía sus motivos: entre las atrocidades que cometió contra el pueblo se encuentra el asesinato del sumo sacerdote Aristóbulo y, posteriormente, de su abuelo Hircano (sumo sacerdote anterior a Aristóbulo). Su esposa Mariamne era nieta de Hircano y las desavenencias matrimoniales con motivo de tales crímenes familiares le llevaron a condenarla a muerte y ejecutarla, cosa que también hizo con su madre Alejandra.

El pueblo no podía soportar tanta crueldad y él, temiendo una sublevación, creó una policía secreta que llevó el terror a todos sus súbditos. Se decía de él que persona que detenía, persona que desaparecía. Su poder no admitía adversario. Y al igual que sucede en las dictaduras de todos los tiempos, si el tirano tiene dotes de organización, el nivel de prosperidad general aumenta. La administración, el comercio, los tributos, la industria, en definitiva, la sociedad judía (tal como se explicó anteriormente), tuvo en Herodes un hombre cruel, pero un rey organizador que consiguió cierto bienestar social.

Creó la ciudad de Cesarea, incrementando el odio entre los judíos, pues Herodes pretendía que fuera superior a la ciudad santa de Jerusalén. Los rabinos de la época decían: Jerusalén y Cesarea no pueden existir al mismo tiempo. Es decir, Herodes y la ley de Moisés no pueden prevalecer al unísono. ¿Cómo acatar el poder de quien, como los romanos, según Josefo, mandaba esculpir estatuas de su persona y edificar templos a su nombre? Para colmo de sus arrogancias religiosas, mandó construir un árbol genealógico que le entroncara con David. De esta forma, se autoproclamó salvador del pueblo, haciendo ver que él era el mesías que proclamaban las escrituras.

A la muerte de Herodes, Roma no dio el título de rey a ninguno de sus hijos. Quizá fue un error, pues las sublevaciones acalladas por el terror de Herodes durante tantos años llevaron al pueblo judío a la insurrección general con uno de los mayores derramamientos de sangre de su historia. ¿Qué actitud tomó el imperio? Nombró procuradores de origen romano; éstos no entendían al pueblo, pero, como se indicó al principio de este trabajo, dejaban hacer y respetaban las creencias judaicas.

Contra esta tiranía en el ejercicio del poder, nació una comunidad de judíos que lo único que deseaba era luchar contra el tirano que, además, quería proclamarse mesías. Este grupo creó una forma de vida llamada zelotismo.

3.2. Los zelotes ante el poder romano

En la llamada «Galilea de los gentiles» fue donde tomó cuerpo el zelotismo. Es curioso observar cómo los fanatismos políticos nacen siempre en los lugares donde la pureza, en todos los sentidos, es menor. Lo lógico hubiera sido que el zelotismo hubiera germinado en el sur, es decir, en Judea, donde la pureza yahvista era mayor, y no en Galilea, que fue siempre más abierta hacia el exterior. Ya mencionamos que sus tierras conocían las rutas hacia las Indias. El paso del extranjero y su aceptación le habían hecho merecedora del sobrenombre de «los gentiles».

Posiblemente, los descendientes de aquellos extranjeros aceptados en Galilea (y lo decimos como hipótesis histórica que se repite a través de los tiempos) fueron los más feroces adeptos de este partido que no acataba el poder extranjero porque mancillaba la pureza del pueblo.

El zelotismo no puede aceptar políticamente ninguna ley romana porque su único jefe es Yahvé. Ataca tanto a los romanos como a los judíos que no se sublevan contra su opresión. Poco importa que la opresión sea llevadera. Su radicalidad exige por todos los medios a su alcance (incluido el uso de las armas) la desaparición del usurpador: nadie puede situarse en el lugar de Yahvé y quedar vivo.

La única forma de ser fiel a la ley mosaica es atacando la ley romana. El ataque permitía incluso la muerte del enemigo. Los zelotes tenían el sobrenombre de sicarios. Al parecer, tal sobrenombre les venía por el uso de un pequeño puñal que solían llevar llamado «sica». Una de las hipótesis que la exégesis bíblica estudia es la posibilidad de pensar que entre el grupo de seguidores que acompañaba a Jesús existiera algún zelote.

Judas tiene el apodo de Iscariote y este sobrenombre puede venir de una forma hebraizada de «sicario». Lo cierto es que, y al margen de que Jesús tuviera como compañero a algún zelote, el zelotismo permitía defenderse y atacar si la pureza de la ley era contaminada. ¿Podía existir mayor contaminación que pretender que el poder de Roma estaba por encima del poder de Yahvé? La respuesta era clara: morir antes de consentir tal usurpación.

¿Qué hacían entre tanto y en este contexto histórico el resto de las comunidades judías? Sigamos detallando las más relevantes ante los poderes civiles.

3.3. Los fariseos

Los fariseos blasonaban de defender los derechos del pueblo y de manera especial de los oprimidos. No estaban confabulados con el poder civil de la misma forma que la aristocracia sacerdotal (recuérdese que al sumo sacerdote lo nombraba Roma) pero su pasividad ante el extranjero era lamentable.

Predicaban un cambio de situación donde el desheredado, el pobre, el huérfano, tuvieran más justicia y mejor aceptación social. No en vano, el origen de estas personas era, o bien modesto, o de las llamadas clases medias: artesanos, comerciantes, pequeños industriales, etc.

Sus palabras, como denuncia Jesús en el evangelio, eran hermosas, pero sus hechos no. Buscaban la pureza de la ley e imponían al pueblo un legalismo a ultranza (Lc 11,37-53). Pero ¿cómo cumplir sus enseñanzas bajo el poder de Roma? La respuesta era difícil si el camino que se tomaba no era el del zelotismo.

Los fariseos no encontraron otra solución que la de nadar a dos aguas. En el sanedrín denunciaban el conformismo de la jerarquía instalada, pero en el momento que se veían en peligro, echaban marcha atrás y se confabulaban con el poder civil.

A pesar de todo y como exégetas de la ley, tenían cierta apertura en la interpretación de la doctrina que no compartían otras tendencias judías, sobre todo en lo tocante a suprimir o reducir las clases sociales. Por supuesto que este pensamiento tampoco se parecía en nada a su forma de actuar, pues si bien predicaban unión para todos sin diferencias sociales, ellos se separaban del pueblo. De hecho, la palabra «fariseo» significa separado.

Esta separación fomentaba el orgullo de su casta menospreciando con su elitismo al resto del pueblo. Menosprecio que, sin embargo, no les impedía juntarse con el pueblo allí donde fuera oportuno.

Un pasaje de la «Tosefta» dice: «Unos van a una comida de esponsales, otros a una comida de boda, otros a una fiesta de circuncisión, otros a la reunión de huesos; unos van a una comida alegre, otros a una casa mortuoria». En definitiva, «apartados» pero dispuestos a la «unión» en cualquier momento.

Lógico que Jesús estuviera de acuerdo en lo que decían, mas no en lo que hacían (Mt 23,1-7). Concluyendo, los fariseos, diríamos hoy, nadaban y cuidaban la ropa. Sus intenciones eran buenas (Jesús estuvo más cerca de sus creencias que de las mantenidas por otros sectores judíos), pero su actuación pasiva ante el poder de Roma era denunciada por el pueblo como colaboracionismo indirecto. Por lo tanto, acataban el poder civil de Roma en el momento en el que veían peligrar su existencia. Por otra parte, esta actitud no dejaba de tener su lógica: al fariseísmo le interesaban los temas religiosos, no los políticos. Para ellos, la salvación de Israel no vendría por la grandeza de los poderes civiles, sino por el cumplimiento de los mandamientos de Yahvé. Esta certeza les anquilosó y perjudicó ante la opinión del pueblo que hubiera deseado encontrar en este movimiento algo de la fuerza que les sobraba a los zelotes. En definitiva, la respuesta del fariseísmo ante el poder civil era diplomática.

3.4. Los saduceos

Antes de hacer comentario alguno sobre la actitud de este sector con el poder de Roma, hay que tener en cuenta que los saduceos estaban representados por la aristocracia sacerdotal judía. A su vez dicha aristocracia tenía toda la consideración y el respeto de la autoridad romana.

Para que se dieran estas dos posibilidades que en el pueblo judío del siglo I se convirtieron en realidades, había que ser fuertemente conservador con el poder establecido. Por lo mismo, su posición ante el hecho religioso no podía ser otra, como ocurre en toda sociedad que es inmovilista.

El enfrentamiento entre fariseos y saduceos era irremediable. El pueblo conectaba mejor con los fariseos (al menos comía con ellos) que con los saduceos. Los saduceos eran mayoría en el sanedrín, por lo que acallaban las voces de sus adversarios. Si las cosas se ponían difíciles, bastaba con insinuar que Roma no veía con buenos ojos tales o cuales afirmaciones para que el opositor enmudeciese por miedo a las represalias. El sumo sacerdote, elegido entre esta aristocracia sacerdotal, era nombrado por el imperio romano. Esta era otra de las causas por las que los saduceos estaban rendidos al poder civil.

El pueblo no tenía apoyo alguno para denunciar al extranjero, ya que sus dirigentes estaban vendidos a su poder. Desde esta perspectiva hay que entender la vía adoptada por los zelotes: arremeter contra todo y contra todos. Judas, si fue realmente zelote, no pudo entender el «pacifismo» de Jesús.

Los saduceos no hacían nuevas interpretaciones de la ley, por lo tanto, no podían admitir la resurrección (Moisés no hablaba ni confirmaba tal realidad). Eran conservadores a ultranza del legado de sus padres. Sólo sin evolución -así afirmaban ellos- podría mantenerse al pueblo quieto en todos los órdenes.

No habiendo nada nuevo en la historia, ¿cómo pedir evolución social o religiosamente hablando a los aristócratas, poderosos, sumos sacerdotes, clero alto, que componían el partido saduceo? Roma les había quitado poder pero, para conservar el que tenían, habían de ser conservadores a ultranza. Siempre se ha dicho que el dinero es miedoso por «naturaleza». Pues bien, la riqueza judía estaba en manos de los saduceos.

La sociedad teocrática israelita ponía en manos de estas personas tanto el poder político como el religioso. De ahí que ostentaran, a su vez, la administración judía, la guardia del templo, la tesorería, el funcionariado, etc. Todo poder civil legado por Roma era cubierto por los saduceos. ¿Cómo no conservar tal prebenda?. Los saduceos con su poder religioso manejaban el poder civil que los romanos les legaban. Y el pueblo callaba, sufría y esperaba la salvación.

3.5. Los esenios

La investigación exegética conoce este grupo gracias a ciertos datos que hace pocos años eran totalmente desconocidos. En el año 1947, se descubrieron al noroeste del Mar Muerto los llamados manuscritos de Qumrân. Las posteriores excavaciones confirmaron la existencia de una comunidad judía que, por los siglos II a.C. a I d.C., habitó aquellos parajes dejando constancia escrita de su peculiar forma de vida.

La fuerza de esta comunidad no era física (como la del zelotismo); su energía emanaba del espíritu, de la oración. Este trabajo no tiene que desarrollar los elementos religiosos de la época de Jesús, sino los civiles, por ello y como hemos venido haciendo, nos limitaremos, en este caso, a decir que la comunidad de Qumrân se alejó completamente de la sociedad judía, pues consideraba que la situación política que estaban atravesando se debía a la infidelidad del pueblo que no cumplía la ley de Moisés.

Los poderes civiles no tenían nada que temer de estos creyentes; por ello, les dejaban hacer. No molestaban y, en consecuencia, no les molestaban. Si los romanos luchaban para conquistar tierras y poseer riquezas, ellos renunciaban a todo tipo de propiedad material por ser considerada espiritualmente peligrosa.

Los esenios estaban convencidos de representar a la comunidad del fin de los tiempos. Sus miembros vivos serían la representación de la última generación. Por lo tanto, eran apocalípticos. ¿Qué valor tenía el poder del imperio romano? Ninguno. Era la transición que les separaba de la auténtica realidad.

¿Qué valor confieren al poder de los saduceos? El mismo que al de los romanos: ninguno. Los monjes del Qumrân (=esenios) son los auténticos discípulos del sumo sacerdote Sadoq (Ez 40,46). Los saduceos profanan el templo igual que el extranjero usurpador (=Roma). Los esenios, para no venderse al poder del imperio, prefieren retirarse a los monasterios. Allí meditan, oran, observan las escrituras y esperan el final de los tiempos.

Los saduceos exigían sacrificios en el templo. ¡Negocio! En Qumrân no existía el sacrificio cruento de animales. El dinero no circulaba ni era necesario para cumplir la ley (Mt 21,12-14). Los poderes civiles nada hacían contra ellos porque ellos nada hacían contra el imperio.

Dentro de esta breve panorámica de la sociedad judía ante los poderes civiles y al margen de estas comunidades, existían otros sectores judíos que podríamos denominar laicales o seglares, que asumían el poder del imperio de la siguiente forma:

a) Los ricos: Aceptan el poder civil de Roma y obligan al pueblo a que con sumisión acate la voluntad de Yahvé (el dinero sólo conoce una cosa: el miedo). Lo único que piden al imperio es el respeto hacia sus bienes raíces.

b) Los intelectuales (=escribas): La mayoría de ellos proceden del sector fariseo. Se distinguen, por tanto, por el conocimiento que tienen de la ley. Su sabiduría les abre las puertas de la administración (los encontramos, especialmente, asesorando al sanedrín). Su enseñanza es esotérica, reservada a los adeptos. El escriba de Jerusalén vive al calor del imperio; el que habita fuera de la ciudad santa vive del respeto y admiración del pueblo, que es quien le sostiene y alimenta. Es decir, si el intelectual estaba vendido a la casta aristocrática sacerdotal que componía el sanedrín, cuyo sumo sacerdote era nombrado por Roma, nada se podía esperar de él; si, por el contrario, vivía alejado de Jerusalén y no buscaba lugares de honor, limitándose a interpretar y comentar las escrituras, el mismo Jesús dice de ellos: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34).

c) Los notables del pueblo: Ricos y además aristócratas. Familias que tenían privilegios parecidos al clero alto. Entre sus privilegios más importantes podemos citar el pertenecer como miembros al sanedrín. Roma escogía estas familias para encargarles la jefatura de la recaudación tributaria. ¿Cuál era su posición ante el imperio? De total sumisión.

d) El resto del pueblo: El resto del laicado lo componían niños, pobres, mujeres, clase media, etc. Nos encontramos con el auténtico pueblo, con el menesteroso que no soporta ni los poderes civiles del usurpador ni los religiosos de los estamentos clericales.

Estas personas claman por una justicia que no viene de Roma, pero que tampoco llega de Jerusalén. Por lo mismo, acatan el poder civil porque no pueden hacer otra cosa, pero suspiran por la llegada de un libertador (=mesías) que les conduzca hacia nuevos cielos y nueva tierra donde el único poder existente sea el de Yahvé.

La plenitud de los tiempos había llegado. Jesús se encontraba ya en medio de esta sociedad. ¿Cómo actuó ante los poderes civiles?









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