Altar Mayor - Nº 85 (06)
Fecha Lunes, 31 marzo a las 19:36:51
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

El Dios de Jesús (2)
EL DIOS ENCARNADO EN JESÚS
Por Antonio Salas OSA - Dr. en Ciencias Bíblicas

1. El misterio de la encarnación

La humanidad, desde sus orígenes, ha mostrado el más vivo afán de remontarse al plano divino para compartir los privilegios de los dioses. El hombre antiguo pensaba que, en caso de conseguirlo, podría ahuyentar la muerte y ser por ende feliz. Sin embargo, la tradición bíblica jamás sanciona tal actitud. Más bien la supone fruto de una arrogancia que sume a los humanos en los dominios del caos.

Cierto que, para afrontar cuantos problemas plantea la vida, el hombre precisa la ayuda de la divinidad. Y ésta ¿no reside en las alturas? Tal convicción, erigida en doctrina por los antiguos, invitaba a acortar distancias entre el plano humano y el divino. La religión bíblica ofrece, al respecto, pistas de indudable interés. Muestra, en efecto, cómo Dios injiere en la historia humana, hasta el punto de regir el destino de cuantos configuran su pueblo.

Esa cercanía de lo divino colma de esperanza a quienes, vibrando al ritmo de una misma fe, pugnan por ser del todo felices. Bajo tales auspicios se fue gestando la andadura de aquella colectividad, siempre ávida de ahuyentar desventuras. ¿Cómo lograrlo? Precisaba para eso la ayuda de Dios, pues sin ella mal podía afrontarse el futuro con garantía de éxito.

La historia bíblica se muestra cuajada de intervenciones divinas, las cuales fueron abriendo camino a su pueblo, librándolo a su vez de un sinfín de peligros. Incluso en las situaciones más dramáticas, Dios dejaba sentirse cercano. No obstante, ni aun así conseguiría el pueblo romper las bridas de su infortunio. ¿Qué hacer? Para infundirle esperanza, mandó Dios a los profetas. Y éstos se aprestaron a garantizar que en el futuro la divinidad irrumpiría de forma más incisiva en la trayectoria del pueblo. Tal intervención pondría de una vez fin a su desconcierto, adentrándolo en un plano de plenitud.

El planteamiento no podía ser más retador, pues invalidaba todo desvelo humano por infiltrarse en el plano divino. La solución se intuía muy otra. Era, en realidad, Dios quien, sin renunciar a su trono empíreo, irrumpiría en la historia para colmar la inquietud de quienes se ajustaban a sus designios. Mas esto ¿cuándo iba a ocurrir? Tal era la incógnita que todo creyente suspiraba por despejar.

Pues bien, la presencia de Jesús iba a resolver el enigma. No en vano Dios actuaría humanizándose en él. Y esto ¿cómo podía entenderse? La mente humana se supo desbordada por el solo supuesto. De hecho, fue incapaz de asir que la grandeza divina quepa en la pequeñez de Jesús. Se trata, en realidad, de un misterio que sólo la fe consigue avalar. Y en ello consiste la encarnación de esa divinidad que el hombre, aun sabiéndola cercana, precisaba sentirla en su mismo plano para entablar diálogo con ella.

Jesús rompe, pues, todo esquema. Cierto que la tradición bíblica llevaba siglos augurando una singular irrupción de Dios en la historia. Pero nadie había jamás intuido que decidiera asumir forma humana. Y es comprensible, pues el hombre siempre orientó sus esfuerzos hacia el plano divino con la esperanza de adentrarse algún día en él. ¿Cómo imaginar, por tanto, que la solución estuviera no en el endiosamiento del hombre sino en la humanización de Dios?

En ello consiste la encarnación. La divinidad, en un esfuerzo supremo por aliviar las dolencias del hombre, optó por humanizarse en Jesús. ¿Podían desaprovechar los hombres oferta tan generosa? Nadie creyó jamás viable descubrir a Dios en un hombre. Se comprende, en consecuencia, que la estrategia divina desbordara los cálculos humanos. Sin embargo, con ello se colmaban las aspiraciones de cuantos, a pesar de su desventura, seguían confiando en Dios. Y es que Jesús lo hacía presente en el mundo para que toda persona pudiera dimensionarse con él.
 

2. La encarnación: perspectiva sinóptica

No resulta fácil admitir que en el desvalimiento de un niño se oculte la inasible grandeza de Dios. Se trata -ya lo dije antes- de un misterio que sólo la fe consigue arropar. Ello no obsta, sin embargo, a que el cristianismo naciente formulara al respecto las más acuciantes preguntas, cifradas en justificar que Dios se hizo presente en Jesús.

La tradición evangélica se afanó por serenar los ánimos de la comunidad. Y es que ésta no acababa de explicarse cómo Jesús, aun siendo un judío normal, pudiera albergar dentro a Dios. Todo creyente tenía, por supuesto, claro que su condición de mesías lo erigía en el gran enviado de la divinidad. Pero, en el fondo, ¿cuáles eran los nexos reales entre Jesús y su Dios? A esta pregunta tratan de responder los sinópticos en los «evangelios de la infancia» (Mt 1-2; Lc 1-2). Su tesis no puede ser más simple: ¡Jesús viene de Dios! Mas tal aserto ¿cómo traducirlo a doctrina?

Quien se adentra en los relatos de la infancia tarda poco en comprobar que el origen de Jesús se supone distinto al resto de los mortales. Nosotros somos concebidos por la fuerza de nuestros progenitores. En cambio con Jesús no sucedió así. La teología sinóptica no puede ser más explícita al respecto. Supone, en efecto, que su madre quedó fecundada por la fuerza del propio Dios. Y tan singular evento recibe el nombre de concepción virginal. Con ella quiere connotarse que la gestación de Jesús es fruto del aporte humano (=María) y divino a la vez (=Espíritu).

En el curso de la historia, muchos teólogos han impugnado la legitimidad de tal formulación por suponerla producto de un mito. ¿Cómo admitir -así se argumenta- que una doncella quedara encinta sin la intervención de un varón? La mente humana, esgrimiendo criterios racionales, se niega a suscribir el supuesto. Para hacerlo, se impone apelar a la fe. Y ésta, apostando por la sencillez, invita a aceptar que Dios no se rige por nuestros mismos esquemas.

Nada impide, por tanto, suscribir que en la concepción de Jesús la fuerza divina se adentrara en la doncella de Nazaret, convirtiéndola sin más en madre. ¿Acaso tal energía no se antoja del todo fecunda? Siendo así, resulta coherente admitir que Jesús venga de Dios. Mas éste, para activar tal proyecto, precisa el concurso de una creatura que -aportando su propia carne- haga viable su humanización. Cierto que la divinidad podría en principio haber actuado de forma distinta. Pero los hechos, tal como los atestigua la historia, avalan que decidió hacerlo así.

La doctrina de la concepción virginal de Jesús sirve, pues, de soporte a la tradición sinóptica para explicar que Dios, en un alarde de condescendencia, decidiera asumir forma humana. Jesús ha de verse, en realidad, como la humanización de Dios. Así pues, sin dejar de ser humano como el resto de los mortales, reivindica una carga divina que sólo él puede ofertar. Tal supuesto, traducido a doctrina, proclama que en Jesús se oculta la divinidad.

Ésta se halla, por lo mismo, tan cercana al hombre que en cierto modo se identifica con él. Siendo así, ¿cómo no tornarla alteridad? Jamás habían pensado los humanos tener tan cercano a Dios. Sus aspiraciones, al respecto, se cifraban en adentrarse en el plano divino para compartir sus privilegios. Pues bien, Dios decide infiltrarse en el plano humano para hacer suya la poquedad. Tal porte ¿puede no enternecer al creyente?

En Jesús se oculta, por tanto, un Dios con quien todo individuo puede entablar diálogo. Y éste, más que forjarse con palabras, se ancla en la vivencia. ¿No era tal lo que toda persona anhelaba en su afán de ser feliz? Mas, para colmar tal inquietud, no precisa otear el futuro. Jesús le infunde perspectiva presente. Y en él puede el hombre dimensionarse con Dios. Haciéndolo, ¿cómo no saberse feliz?

Resulta fascinante constatar cómo la teología sinóptica brinda a la comunidad crística las respuestas que el hombre siempre quiso recibir. Le desvela, en efecto, que la procedencia divina de Jesús explica la presencia humana de Dios. Y, para que este aserto se torne catequesis, apela a la doctrina de la concepción virginal. Ella invita a suscribir que, al converger en Jesús lo humano con lo divino, se le abren al hombre las puertas de la plenitud. De hecho, al activar su diálogo con lo divino, rompe las redes que -ya desde su origen- venía trenzándole el pecado.
 

3. La encarnación: perspectiva joánica

La reflexión bíblica lleva siglos acentuando las diferencias entre los evangelistas sinópticos y el autor del cuarto evangelio. Éste, aunque comparta el afán de explicitar la oferta que Dios nos hace a través de Jesús, se rige por coordenadas propias a la hora de justificarla. También él tiene claro que Dios envía a Jesús cuya función mesiánica se cifra en librar al mundo de todo lastre negativo. Y éste -¿cómo olvidarlo?- hunde sus raíces en el pecado.

Ahora bien, Jesús en cuanto mesías que Dios nos manda, ¿cómo se adentra en el mundo? Tal era la pregunta que la tradición bíblica llevaba siglos formulándose. Y compartía la convicción de que el mesías reivindicaría prerrogativas únicas, pero sin detrimento de su humanidad. Sabiéndole por una parte igual al resto de los humanos, se le intuía por otra distinto. Ahora bien, ambos aspectos ¿cómo se podrían armonizar? A ello responde la teología joánica apelando, no a la concepción virginal de Jesús (doctrina sinóptica), sino al hecho inapelable de su preexistencia en Dios.

Tal es, por supuesto, la tesis central del prólogo joánico (Jn 1,1-18). Todo él, gravitando en torno al misterio de la encarnación, pretende justificar que Dios tomó forma humana en Jesús. Mas, para cimentar tal supuesto, se limita a suponerlo preexistiendo en el ámbito divino antes de adentrarse en la historia. Jesús, contemplado desde esta óptica, viene identificado con el «logos» (=palabra) de Dios, tal como lo concebían las más emblemáticas corrientes filosóficas de su época.

El prólogo joánico no escatima esfuerzos para legitimar que tal «logos» se adentró en nuestra historia. Y, al hacerlo, agració al hombre con la presencia de lo divino. Jesús avala tal presencia, ya que -así lo sugiere el autor-. preexistía en los arcanos de Dios antes de acampar entre los hombres. Hermosa forma de plasmar la encarnación: la divinidad, revistiéndose de pequeñez, decide humanizarse en Jesús.

Como puede observarse, la idea joánica coincide con la sinóptica. Ambas proclaman a su manera que Dios se adentra en la historia humana, a fin que podamos dimensionarnos con él. Mas no renunciando a nuestra condición creatural, sino reafirmándonos más bien en ella. Es decir, lo humano dialoga con lo divino desde el plano de su contingencia. Caen con ello cuantos encuadres religiosos clamaban por infiltrarse en el mundo de los dioses para compartir su plenitud. Y es que ésta puede obtenerse en la caducidad, con tal que en ella logre el hombre relacionarse con Dios. ¿No es tal la oferta que le brinda Jesús al irrumpir en la historia?

Jesús siendo, pues, igual a nosotros (existencia humana), se antoja a su vez distinto (preexistencia divina). Ello explica que la comunidad crística, activando a fondo su fe, descubra en él la presencia del propio Dios. No creo que el cuarto evangelista tuviera clara la divinidad de Jesús, tal como la proclamaría siglos después el Concilio de Nicea (325). Pero sí acentuó sus nexos con lo divino, hasta el punto de admitir una identidad de criterios a la hora de actuar (Jn 5,17).

Vista así, la teología joánica se erige en la expresión más lograda de la humanización de Dios hecha realidad en Jesús. Ojalá la comunidad cristiana explotara cuantas posibilidades fluyen de un encuadre así. Haciéndolo, valoraría mucho mejor la cercanía de lo divino.
 

4. La paradoja del Dios humanizado

La tradición cristiana ha puesto desde su origen todo su énfasis en acentuar la encarnación de Dios en Jesús. Sin embargo, tal concepto ha de entenderse de forma adecuada. Así lo intentaron de hecho algunos autores antiguos, explotando al respecto la teología de la imagen, válida para realzar la comunicabilidad de Dios, siempre pronto a salir en ayuda del hombre. Parece, en efecto, claro que la divinidad, al decidir encarnarse, pretende desvelar ciertos aspectos que el hombre jamás había logrado asir.

Ante todo debe observarse que, al hablar de encarnación, no se intenta consignar que la carne de Jesús deba verse como divina. Tal aserto aboca al absurdo. Más bien cabría advertir que entre Dios y esa carne concreta se establece un nexo tan peculiar que en el conjunto creacional nada existe con tanta profusión de carga divina.

Por otra parte, el hecho que Dios asuma forma humana no induce a suponer que renuncie a su trascendencia. Y es que, de haber sido así, una vez sumido en la caducidad ¿cómo sobrepasar la barrera de la muerte? La divinidad armoniza, al encarnarse, la trascendencia con la inmanencia. Es decir, sin dejar de ser lo que siempre fue, asume una modalidad nueva que le permite relacionarse con el hombre desde el plano de la contingencia.

La idea de encarnación sugiere el descenso de lo divino. Toda la tradición bíblica había acentuado el designio salvífico de Yahvé, cuya incidencia en la historia jamás cesó de ir en aumento. Sin embargo, siempre se respetaron las lindes entre el «más allá» (=plano divino) y el «más acá» (=plano humano). La andadura del pueblo puso en evidencia que el hombre, para romper las redes de su esclavismo, precisaba una injerencia más incisiva de la divinidad. Pues bien, tal es lo que se supone ocurrido al asumir forma humana en Jesús. Dios desciende al plano humano sin abandonar el divino. ¿Cómo no hablar, pues, de misterio?

Por otra parte, la realidad del Dios encarnado permite asignar forma visible a lo que de otra manera jamás se conseguiría ver. De hecho, la tradición religiosa de la humanidad coincide en suscribir la inasibilidad de lo divino. A lo sumo se logra activar un nexo relacional apelando a formas visibles que, en virtud de una teología de la imagen, evocan la presencia de lo invisible. La ortodoxia bíblica repudió tales subterfugios por creerlos idolátricos. Pues bien, Jesús conjura el hechizo. No en vano Dios se hace visible en él.

Nuestra fe nos invita a descubrir en ello la expresión más señera del designio divino cifrado en liberar al hombre de las redes de su angustia. Cierto que, para lograr tal objetivo, la divinidad podría haber activado otro sinfín de resortes. Mas la historia se forja en base, no a lo que pudo haber sucedido, sino a lo que en verdad sucedió. Y la presencia de Jesús, analizada desde la fe, garantiza que plugo a Dios compartir nuestra condición humana para brindarnos la máxima expresión de su amor. ¿Puede concebirse forma más certera de amar que fusionándose con el ser amado? Tal es lo que Dios brinda a la humanidad al encarnarse en Jesús.

El misterio de la humanización divina ha de verse, pues, como clara expresión de amor. Con ello se abre un capítulo nuevo en la historia humana. Ésta siempre había supuesto que la divinidad se solaza cuando se observan sus ordenanzas. ¿Falso o cierto? Más que dirimir el dilema, la presencia del Dios hecho hombre clama por el protagonismo del amor como fuerza desesclavizante. Y sólo rompiendo las bridas del cautiverio, se puede obtener libertad. ¿No venía clamando por ella el hombre desde su origen? Pues bien, Dios sale en su ayuda para colmar sus deseos. Tal ayuda, hecha historia, configura el misterio de la encarnación.
 

5. La paradoja del hombre divinizado

Ya insinué antes cómo el hombre jamás cesó en su afán de remontar la caducidad para irrumpir en el mundo divino y compartir plenitud. Y, en caso de conseguirlo, ¿podría no ser feliz? No obstante, tal porte conllevaba un tácito afán de divinización. Sin embargo, el mito bíblico evidencia que Dios creó al hombre para que, activando su potencial humano, obtuviera la dicha plena.

La historia atestigua un continuo forcejeo entre el designio de Dios y las pretensiones del hombre, el cual, lejos de someterse a los planes divinos, osó retar a su hacedor convirtiéndolo en su rival. Tal porte, analizado desde una óptica religiosa, se antoja la más vívida expresión de pecado. Éste se va gestando conforme los humanos, en vez de acatar los planes del creador, conspiramos para robarle sus privilegios. ¿Cómo tolerar tamaña osadía?

La tradición bíblica es muy explicita al resaltar que el hombre lucha en vano por divinizarse. Por otra parte, ¿cómo olvidar que no es tal el camino a seguir si quiere en verdad ser feliz? Dios desea que los humanos aceptemos nuestra condición creatural. Sólo así podremos alcanzar la dicha plena. No obstante, la historia testifica que el hombre jamás renuncia al endiosamiento. ¿Qué hacer para que deponga tan estúpida actitud?

La respuesta viene dada en el misterio de la encarnación. Él nos invita de hecho a comprender que Dios se hace hombre para que éste renuncie a ser dios. Más aún, conforme encaje su porte humano, se adentrará en lo divino. ¡Misterio insondable! Tanto que hasta parece antinomia. Sin embargo, Jesús demuestra no ser así. No en vano nos abre las puertas para que, adentrándonos en su humanidad, compartamos su filiación. Seremos, por ende, «divinos» conforme nos vayamos haciendo humanos. Aunque paradójico, tal es el reto que Dios nos lanza a través de Jesús.

Con ello, el hombre se sabe invitado a colmar sus más íntimas aspiraciones. Siempre anheló, en efecto, compartir los privilegios divinos. Y jamás lo consiguió por errar en su estrategia. ¿Podía acaso consentir Dios que una simple creatura rivalizara con él? Las leyes de la creación vienen impuestas por quien la gestó. Por eso el hombre ha de acatar su designio, el cual le exige -¿cómo olvidarlo?- aceptar su condición creatural. Sin tal requisito jamás podrá ser feliz.

Jesús, siendo la encarnación de Dios, nos permite descubrir en lo humano ese arcano divino por el que el hombre siempre pugnó. Y con ello ¿no queda acaso colmado su afán de divinización? Quien se integra en Jesús -¡reto de la fe!-, queda convertido en hijo de Dios y, sin menoscabo de su condición humana, saborea la divina. Lo mismo que sucede con la divinidad, sólo que al revés. Mientras Dios comparte la limitación del hombre sin renunciar a su grandeza divina, ésta viene otorgada a cuantos, activando la fe, se sumen en los arcanos divinos sin desprenderse de su pequeñez.

El ser humano ve abiertas por fin las puertas de su divinización. Sólo que ésta, lejos de enfrentarlo a Dios, lo fusiona con él, tal como se lo presenta Jesús. De ello se infiere que nosotros nunca somos tan divinos como al pulsar nuestros resortes humanos desde una fe anclada en la vida. Portes así «divinizan» al creyente.
 

6. La encarnación: ¿epítome de la historia?

¡Claro que sí! Al menos tal es la convicción de cuantos activamos la fe crística. Jamás se me ocurriría suscribir que el resto de la humanidad haya de compartir nuestro mismo criterio. Todo colectivo humano debe regular su andadura en base a un compromiso con lo divino hecho realidad en su vida. Y existen, al respecto, un sinfín de ofertas plasmadas en numerosas religiones, brindando cada una a quienes la asumen cuanto precisan para realizarse en plenitud.

Ahora bien, los cristianos canalizamos nuestra existencia mediante un compromiso de vida catalizado por Jesús. Nuestra fe nos invita a descubrir en él toda la grandeza divina «vaciada» en la pequeñez. Obvio es, por tanto, que su presencia histórica suponga para nosotros la oferta más retadora de cuantas nos brinda Dios. Éste no sólo nos permite descubrir su designio, sino que lo vierte en módulos humanos. Siendo así ¿cómo no toparse con él?

La encarnación, analizada desde esta óptica, infunde un nuevo ritmo a la humanidad, invitándola a trocar su búsqueda en encuentro. Cada individuo puede compartir de hecho las delicias de esa «divinización» por la que todo ser humano venía pugnando desde su origen. Mas tras la ineficacia de sus esfuerzos, Dios se la brinda haciéndose hombre en Jesús. ¿Cómo no considerar un hecho así epítome (¡eje!) de toda la historia humana?

Nunca Dios estuvo tan cerca del hombre. Y éste, por su parte, jamás se había sentido tan inmerso en lo divino. Sólo que los arcanos de Dios, al desvelarse en Jesús, permiten a cada persona colmar sus más íntimos anhelos. Éstos -¿quién lo duda?- siempre se habían cifrado en hollar el plano divino para ser así feliz. Pues bien, tal deseo se hace realidad en Jesús. Mas éste oferta felicidad sólo a cuantos, fusionándose con él desde la fe, comparten su proyecto de vida.

Todo cristiano se sabe, por ende, en condiciones de ser feliz. Cierto que no se trata de una felicidad plena, pues ésta queda postergada al ámbito del «más allá». Pero cuando menos toda persona, durante su andadura presente, puede ahuyentar esa frustración que el pecado no cesara de incubar desde el drama del paraíso. Así lo entendía de hecho la tradición bíblica, ávida de realzar los muros que separan al hombre del mundo divino.

Ahora tales muros se desploman sin más, iniciándose una nueva andadura humana que arranca de la encarnación. No en vano, tras la humanización de Dios, éste no precisa ser buscado en un plano trascendente, pues todo ser humano de a pie puede asirlo en la caducidad. Y ¿acaso no se abren con ello al hombre nuevas vías de realización? Jesús no precisa hablarnos de los arcanos divinos. Basta su sola presencia para dimensionarse con ellos desde ese plano humano que tanto nos cuesta aceptar. Mas sin su aceptación, no hay encuentro con Dios. Al menos con el Dios que viene a ofertarnos Jesús.

Nada impide que cuantos militan en otras religiones (budismo, mahometismo) intenten explotar desde ellas sus nexos con lo divino. Y lo mismo puede decirse de quienes apuestan por la increencia. También desde ella es posible dimensionarse con Dios. Sin embargo, cuantos compartimos la fe crística nos sabemos en condiciones de asir en lo humano una manifestación tan vívida de lo divino que nos catapulte a la plenitud.
 

7. La encarnación: fundamento del cristianismo

Desde un punto de vista bíblico, cabe observar que toda la experiencia cristiana arranca de la resurrección de Jesús (1Cor 15,14.17). Sin ella carecería de sentido nuestra condición de creyentes. No obstante, es a su vez cierto que su triunfo pascual presupone una existencia histórica cuyo fin marca la muerte. Siendo así, lógico es que el cristianismo se cuestione sobre el genuino arranque de esa singular oferta que Dios nos ofrece a través de Jesús.

Esgrimiendo tales criterios, resulta inevitable adentrarse en el misterio de la encarnación. Cierto que la mente humana jamás podrá comprender que toda la grandeza de Dios quepa en la pequeñez de Jesús. Mas, para dar coherencia al evento, cuenta con el aval de la fe. Ésta le permite vislumbrar que Jesús, sin menoscabo de su condición humana, soporta en su propia carne el peso de la divinidad. Para ello es preciso que ésta antes se «vacíe» de cuanto transpira grandeza. Y tal hace al humanizarse.

La encarnación ha de verse, en consecuencia, como el fundamento de toda esa experiencia cristiana que, tras una andadura de veinte siglos, nos interpela hoy desde la fe. Y ella nos invita a conectar con un Dios caliente, amoroso, cercano y comprensivo. ¿Cómo no va a comprendernos si hace también suya nuestra limitación?

Ninguna religión de cuantas ha gestado el hombre en el curso de la historia ha brindado una imagen tan moldeable de la divinidad. Y no se trata de verterla en módulos de sesgo idolátrico. Jesús conjura, en efecto, todo riesgo de idolización al asumir nuestras limitaciones. En cierto modo es como un eco de nuestra realidad, por una parte tal como la vivimos (=dimensión humana) y por otra tal como la quisiéramos vivir (=dimensión divina). Mas nuestros anhelos dejan de ser en él quimera para tornarse oferta y reto a la vez.

Por fin el hombre puede ver colmados sus deseos. Ya no precisa topar con el absurdo cuando ansía relacionarse con Dios sin frenos ni barreras. Tal nexo resulta viable en Jesús. Éste nos brinda una imagen tan cálida de la divinidad que en ella no tiene cabida el temor. Sólo se teme a lo que no se posee. Y el hombre puede poseer al Dios descubierto en Jesús. ¿Cómo? Activando el potencial de su amor. Ahora bien, quien ama ¿puede dar pábulo al miedo?

Quedan invalidadas así cuantas visiones de la divinidad clamaban por el simple acatamiento. Éste, aunque necesario, se antoja insuficiente para la plena realización. Y el hombre nada ansía tanto como realizarse en plenitud. Sabe que, en caso de conseguirlo, por fuerza será feliz. Mas, para alcanzar tal meta, no le basta acogerse a una divinidad terrible y justiciera, pues ésta sólo sirve para activar el temor. Y quien se limita a temer ¿puede acaso realizarse?

Para ello es necesario activar los resortes del amor. Cierto, pero el hombre, aun sabiéndolo, se confiesa incapaz de lograrlo. ¿Motivos? Sus intentos, aunque nobles, chocan con su limitación. Y ello le permite intuir que sólo con la ayuda divina podrá ver colmado su anhelo. Mas Dios, para ayudarlo, asume su pequeñez. Desde ella resulta viable mantener un singular diálogo donde lo divino y lo humano queden fusionados por el amor. Y éste ciertamente plenifica el ser.

Ojalá la comunidad cristiana estuviera en condiciones de valorar cuánto implica para ella la humanización de Dios. Si lo consigue, se asirá con brío a sus propios límites -¡Jesús los comparte!- para descubrir en ellos toda la plenitud divina. Tal descubrimiento, hecho desde la vida y no desde la mente, se torna para el creyente aval de realización. Y sólo quien se realiza logra ser del todo feliz.









Este artículo proviene de Hermandad del Valle de los Caidos
http://hermandaddelvalle.org

La dirección de esta publicación es:
http://hermandaddelvalle.org/article.php?sid=4359