Altar Mayor - Nº 85 (04)
Fecha Lunes, 31 marzo a las 19:41:25
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

UNI-EUROPA: DE SEIS A VEINTICINCO O DEL MIEDO A LA ESPERANZA
Por Carlos Robles Piquer - Embajador de España. Presidente Fundación Canovas del Castillo

No debemos olvidarlo: la raíz de la Unión Europea es el miedo.

Fue el miedo a las guerras: entre Sedan y la destrucción del bunker de Hitler pasaron sólo 75 años; menos de los que la vida ofrece como promedio a un europeo hoy. En ese tiempo, sin duda breve, franceses y alemanes lucharon tres veces entre sí; en la segunda de ellas arrastraron a otras naciones europeas a una sangría que Remarque describió con crudeza en aquella tremenda novela, Sin novedad en el frente; en la tercera, los involucrados fueron la mayor parte de las naciones entonces soberanas del planeta, incluidos algunos Estados hispanoamericanos que no tenían motivos serios para pelear contra el Eje. Al reflexionar sobre esa trágica historia, algunas mentes más lúcidas de lo habitual decidieron que tal monstruosidad no debería volver a producirse. No es sorprendente que fuese un lorenés, el Ministro Robert Schuman, quien, desde su puesto de mando, lo viera así enseguida; pues Alsacia y Lorena habían sido campo habitual de batalla en aquellas peleas y cambiaron varias veces de manos. Al hacer suya la propuesta de su consejero, Jean Monnet y empezar a negociarla con otras potencias, encontró enseguida el apoyo de Adenauer quien le dijo que llevaba tiempo esperándola.

La manera de evitar las guerras de entonces, las de mediados del siglo XX, era sencilla: las potencias no deberían mantener su control sobre sus cañones y sus tanques. Como éstos se fabricaban con acero, lo más sencillo era despojarles del poder soberano de producirlo; lo que equivalía a desposeerles, también, del carbón que alimentaba a los altos hornos que fabricaban ese acero. La gran operación, la madre de todas las que vinieron, aquella que es esencial en la vida actual de la Unión Europea, medio siglo más tarde, es la renuncia de los Seis Estados fundadores a seguir siendo dueños absolutos de su carbón y de su acero. Todo lo demás es secundario. Es secundario aunque sea importante, como lo son el Consejo (de los Gobiernos), el Consejo Europeo (de los Jefes del poder ejecutivo), el Parlamento Europeo y lo demás. Pero lo fundamental es que a la Comisión ha sido traspasados algunos poderes supranacionales, unos retazos de las soberanías. Y, por eso, quitar poder a la Comisión es debilitar a Europa.

¿Por qué Seis? En primer lugar, porque Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, ya unidos en el Benelux, habían sufrido la misma guerra y estaban en la misma zona generadora de esas herramientas bélicas; en segundo, porque Italia estaba gobernada por un inteligente ex diputado en Viena y ex funcionario del Gobierno austriaco, llamado De Gasperi, que se entendía con gran fluidez en alemán no sólo con Adenauer sino con el lorenés Schuman y cuya obsesión era atar su país al nuevo motor europeo que empezaba a nacer al norte de los Alpes. Otros, como la España de Franco o el Portugal de Oliveira, no era democracias y no fueron ni siquiera invitados; y alguno, como el Reino Unido y los escandinavos, prefirieron desafiar a lo que nacía mediante una forma de unión laxa, antigua, aferrada a la plena soberanía de cada Estado, una unión que se rompería más tarde como se rompe el cántaro de barro al chocar con cualquier vasija metálica.

Pues bien: el miedo no sólo ha guardado la viña sino que la ha fecundado y ha proporcionado a los viñadores una evidente prosperidad. No de otro modo se explica que los pueblos que emigraron en masa a las Américas o a las colonias africanas y asiáticas sean hoy receptores de oleadas de inmigrantes que mueren a menudo, trágicamente, ante las costas mediterráneas, se agolpan en las fronteras alemanas, en los Consulados europeos en Sudamérica y en el canal de la Mancha o se arriesgan a congelarse en el tren de aterrizaje de los aviones que cruzan el Atlántico. No estamos ante un bienestar libre de problemas, morales muchos de ellos, materiales otros; y las páginas de esta revista hacen bien en inclinarse a menudo sobre los primeros, que son los esenciales. Pero repartir y administrar con tino una riqueza, siempre relativa, es perfectamente compatible con cultivar los valores del espíritu, conocer cuán frágil es el goce de los bienes materiales y pensar, en fin, que la prosperidad sólo perdurará si puede ser extendida a los carentes de ella, fuera de nuestras fronteras y más allá de nuestro tiempo.

Conviene tener siempre presente una convicción que la realidad documenta: el camino europeo es un camino de unidad, no de disgregación. Trátase, en esencia, de unir lo que ya estuvo unido, es decir, los Estados nacionales que han generado la larga y agitada historia del viejo mundo. Fingen creer algunos que el mejor modo de construir Europa es el de destruir, primero, esas piezas que la fundaron. Es obvio y notorio que se equivocan. Grandes como Alemania, pequeñas como Luxemburgo, las naciones europeas que componen la actual Unión han llegado al siglo XXI con una historia a veces agitada y hasta sangrienta; suelen ser, en el caso de las grandes, el fruto de un proceso secular al que aportaron su esfuerzo los héroes epónimos que dan nombre a la Historia y los ciudadanos anónimos que trabajaron en los cimientos, desde los viejos reinos, ducados, señoríos o ciudades libres que compusieron el rompecabezas previo. Sólo un colosal error histórico, al que la Unión no fue ajena por presión alemana, permitió que una Nación-Estado a medio hacer, Yugoslavia, se fragmentara después de apenas setenta años de existencia. No es un ejemplo que haya entusiasmado a los otros europeos ni que esté llamado a crear escuela.

Un¡-Europa se prepara, por el contrario, para dar un paso gigantesco en el camino de unir lo desunido. Si supo pasar de Seis a Nueve, luego a Diez, luego a Doce y por fin a Quince, en el nuevo Milenio aspira a dar el mayor salto de su historia: el de cerrar, o casi, su propio mapa. Los Veinticinco significan la desaparición definitiva del Telón de Acero, aquella guillotina de opresión y dolor que separó violentamente nuestras tierras de norte a sur y que, por cierto, fue tan alabada por los stalinistas de siempre como, por ejemplo, aquel nuestro novelista de mediocres vuelos apellidado Benet que un día se atrevió a proclamar que la obra de Solyenitsin justificaba la perpetuidad del Gulag, en el que debería pudrirse el gran autor que se había atrevido a describir tan espantoso archipiélago. (Claro que lo que irritó a Benet and company fue que el ruso explicara con ejemplos cómo la dictadura de su país era mucho más feroz que la española). Por supuesto: integrar a los nuevos candidatos no será fácil; y las impertinencias de alguno de ellos lo hacen más difícil. Pero durante años se les ha estado preparando para que puedan sumarse a los Quince en las mejores condiciones posibles, con el apoyo de unos subsidios que ciertamente nunca recibimos, en esa fase previa, los protagonistas de las ampliaciones anteriores. Ahora mismo, sumas nada desdeñables han sido destinadas a ayudarles en esa transición, lo que es más de agradecer en las circunstancias de parálisis económica o de menor crecimiento relativo que hoy padecemos los un¡-europeos. Como todos los grandes hechos históricos, nada será igual después de esta gran ampliación en la que hay algo de tectónico, algo de la vieja teoría de Wegener sobre los desplazamientos continentales. Habrá disgustos y sonrisas, pérdidas y ganancias, deslocalizaciones de fábricas y nuevas rivalidades agrícolas. Habrá más lío lingüístico en las Instituciones europeas. Se duplicará, al menos, el número de interpretaciones simultáneas que circularán por los canales electrónicos del Parlamento Europeo y que son, en este momento, nada menos que ciento diez; aunque la Ministra Ana Palacio acaba de recordar que la foto del Consejo de Copenhague, con representantes de 28 Estados, estaba presidida por un «un enorme cartel con el lema One Europe en inglés, sólo en ingles», lo que es una advertencia seria a todos los aldeanismos que aún nos inquietan. Habrá más competitividad y un espacio -no sólo un mercado, aunque también- mucho más grande, con muchos más millones de protagonistas. Y será preciso, sin duda, simplificar los mecanismos de gobierno del sistema porque una Comisión con veinticinco Comisarios. Será casi... como el Gobierno de Gabón que cuenta con treinta y siete Ministros, con la diferencia de que allí se sabe que manda sólo el Presidente Bongo.

Algo sabemos ya acerca de lo más difícil: el cambio de mentalidad de quienes vivieron muchos años bajo un sistema comunista que repudiaba las diferencias, proclamaba una igualdad falsa (por la existencia de la nueva clase, la nomenklatura) y permitía ganar poco, pero seguro, a cambio de trabajar mal pero sin riesgo de desempleo. Ya lo han vivido, sobre todo, los alemanes de Occidente, cuando el gran líder que fue Helmut Kohl les forzó a dar el difícil paso de la unificación. No faltaron, entonces, pronósticos optimistas sobre la rapidez de la integración; por desgracia, aún no se han cumplido. Pero el paso dado es irreversible; y esos pronósticos se cumplirán, aunque mucho más tarde. Será, la que viene, una etapa en la que habrá de vencer los nuevos miedos; al declive demográfico, a la asimilación del inmigrante, al deterioro medioambiental, al terrorismo, a nuestras resistencias a elaborar una verdadera PESC, es decir, una política exterior y de seguridad que sea común y que integre todo. Por ejemplo: la ayuda a Iberoamérica y a África, la defensa contra los nuevos bárbaros, la investigación de punta y la acción conjunta en ciertos conflictos que no debemos dejar sólo a EE.UU., único gendarme... Yo no creo que la próxima etapa sea una Federación, aunque todo depende de cómo sea ésta; tal vez, deba ser una Confederación, según el modelo suizo, que funciona bien aunque otra sea la escala.

Por fin: ¿Club cristiano o no cristiano? Al margen de que esto sea, como el Baria, algo más que un club, parece obvio que la fe cristiana, con sus raíces judías y grecolatinas, impregna la vida de los europeos, incluidos los agnósticos y aún los ateos militantes. Todos holgamos los domingos, en Semana Santa y Pascua y en Navidades, nuestro calendario sigue siendo el gregoriano, tenemos en nuestras ciudades una o varias catedrales y muchos templos cristianos, pagamos -si queremos- los nuevos diezmos a la Iglesia de Dios y con más frecuencia que menos nos casamos ante un ministro del Señor. Por otra parte, hemos logrado practicar un cristianismo tolerante, lo que no ocurre con otras confesiones monoteístas o politeístas. Son valores arraigados, que a nadie excluyen, y que desde luego merecen ser recordados de algún modo en los textos de la Convención en marcha. Bueno es que Dios esté otra vez entre los pucheros.









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