Altar Mayor - Nº 85 (02)
Fecha Lunes, 31 marzo a las 19:47:05
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

Cristianismo y europeidad
JUBILEO, PEREGRINACIÓN, DIGNIDAD HUMANA (2)
Por Luis Suárez Fernández - Catedrático. Académico de la R. A. de la Historia

7. Hemos dejado atrás el siglo XX que algunos historiadores, con abundancia de argumentos, han calificado del más cruel de la Historia. Al despedirlo, abriendo las puertas de Santa Maria la Mayor, basílica romana, Juan Pablo II dio gracias a Dios porque ha preservado a las generaciones de su segunda mitad, de esa tercera guerra universal que, en ocasiones, pareció inevitable. Naturalmente, al lado de las experiencias negativas, deben recordarse también los esfuerzos creadores. Es muy significativo que los padres de esa nueva Europa nacida en la postguerra y reclamando unidad, De Gasperi, Adenauer, Schuman, que se propusieron como primera tarea la de borrar el odio que separaba a sus respectivas naciones, procedan todos de un catolicismo militante que afirma la necesidad de llevar los valores cristianos también al terreno de la política. Sin embargo, tenemos forzosamente que recordar que los conflictos armados siguen presentes, que el terrorismo es una forma de guerra más cruel e inhumana, que muchos seres humanos viven en condiciones inaceptables y que extensas regiones del globo son víctimas del hambre y de la depauperación. No faltan, pues, motivos para el pesimismo.

En diversos países la Iglesia católica ha tenido que pagar un tributo de sangre que ha resultado superior al de las persecuciones en el Imperio romano. Se han puesto en marcha programas que tendían a erradicarla. Todavía en 1999 tuvo que agregar a esa larga lista los nombres de misioneros que trabajaban en África. A pesar de todo es la Iglesia católica precisamente la que alza su voz haciendo un llamamientos a la esperanza. Muchos logros la acreditan. No se trata de un gesto gratuito ni simplemente de un esfuerzo para alentar y sostener al que sufre. Lo que hace es señalar con precisión dónde están los factores que permiten a los cristianos de hoy emprender una tarea que, sin ser simple repetición de la que se ejecutara en los albores del segundo Milenio, logre su misma eficacia. Desde luego no dice que «tiene» que suceder sino que «puede» suceder ya que los medios no faltan. Tremenda es la responsabilidad de los cristianos si esta vez equivocan el camino.

El Concilio Vaticano II presenta una alternativa al laicismo, que dominara las conciencias europeas en el siglo XIX y posteriormente, hasta desembocar en la incomprensión y en las persecuciones. No basta, para exculpar a los que sembraron la doctrina, con decir que ellos no pedían una persecución violenta: las ideas son factor desencadenante que resulta imposible detener. La alternativa a que nos referimos, se expresa bien en esa reclamación: «no tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo». Consiste en colocarse del lado de Dios tratando de inyectar cristianismo en las venas del mundo. En Compostela, Juan Pablo II hizo una invitación a Europa para que, volviendo a sus raíces, pudiera ser ella misma. No se trata de retornar a formas del tiempo pasado, sino de descubrir el valor auténtico de la libertad, que radica en adherirse a la Verdad, pues sólo ella hace a los hombres libres.

Afirma la doctrina cristiana que el desorden moral se encuentra en la raíz profunda de todas las injusticias. Esto explica el fracaso de las revoluciones que piensan que la solución de los problemas planteados está en el cambio de las estructuras, y que, a menudo, conducen a situaciones mucho peores que aquellas que intentaban remediar

Es urgente realizar un esfuerzo en orden a la profunda reconversión moral sin perder de vista que la ética, dimanando del plan de Dios, se encuentra íntimamente ligada a la conservación de la Naturaleza. Un mundo penetrado de valores morales vería desaparecer muchos de los problemas que le aquejan. En este orden de cosas no pueden confundirse pobreza y riqueza con la carencia o posesión de bienes materiales, que deben ser procurados, sino con el desprendimiento o la concupiscencia. Si los tratamos como medios -que esto son, y no fines- podemos descubrir en ellos un modo de servir a los demás.

Esta actitud de servicio es la que el Concilio Vaticano II reclama para la misma Iglesia, fundando libertad, pues ésta no consiste en que cada uno haga lo que le viene en gana, sino en mover la voluntad hacia el bien, identificándose con él. El mal, tal y como lo definimos en esta perspectiva, no es otra cosa que ausencia de bien y no puede causar sino daño, en el que se incluye la esclavitud el ánimo. Esa capacidad que Dios ha otorgado al hombre como una especie de eje para toda su existencia y que consiste en que es capaz de percibir el bien, aprobarlo y adherirse a él, es precisamente la primera de las razones de la esperanza.

Importa mucho que no confundamos la simple espera con la esperanza. La primera es pasiva: la ejercemos cuando, viajeros en cualquier aeropuerto, aguardamos la llamada que nos indica el momento de subir al avión; la segunda es activa y reclama de nosotros esa tensión anímica que permite trabajar, construir. De dinamismo se halla repleta la esperanza cristiana; sabe muy bien que los seres humanos se hallan provistos de medios que, bien empleados, permiten conquistar metas muy altas; entre esos medios se encuentra, por encima de todo, la ayuda de Dios que se manifiesta no sólo de un modo actual y, por decirlo así, singular y extraordinario -los santos tienen vivas experiencias- sino también de un modo habitual que es como procede el orden de la Providencia. La Naturaleza tiene respuestas previsibles a las acciones humanas. Importa, sobre todo, no errar al elegir el camino. Así lo decía uno de nuestros grandes poetas, Jorge Manrique. Pues Dios escribe derecho, aunque los hombres sientan inveterada tendencia a torcer los renglones.

Muchas veces se nos pregunta, a quienes hacemos oficio de historiadores, si existen motivos para la esperanza, en el tránsito del Milenio. La respuesta es, inicialmente, fácil: tras los dolorosos fracasos cosechados por el neopaganismo -este término fue empleado ya por Pío XI en 1937, respondiendo a aclaraciones que se le pedían sobre la coyuntura de la hora- asoma por el horizonte un nuevo Humanismo. Es bueno recordar que el movimiento del tránsito a la modernidad que conocemos bajo este nombre, tuvo su origen y sus recursos precisamente en la Iglesia católica y fue la primera reacción positiva contra los excesos del nominalismo. Petrarca vivió identificado con la Corte de Avignon -una etapa de reconstrucción interior y no eso que los nostálgicos escritores italianos quisieron descalificar- y Erasmo escribió su De libero arbitrio a requerimiento de Roma y como afirmación de una de las condiciones esenciales que deben reconocerse, a imagen de Dios, en la naturaleza humana.
 

8. Desde principios del siglo XIX, prácticamente desde que el impulso postrevolucionario traído por Napoleón se dejó sentir sobre Italia, las funciones del Papa, en cuanto soberano temporal, que databan de la época de Pipino y Carlomagno, comenzaron a disolverse y acabarían por desaparecer. No se trataba tan sólo de que le fueran arrebatados por la fuerza determinados territorios sino de algo más profundo: dichas funciones -y esto lo había advertido Pío VI- eran un impedimento para el ejercicio de la Vicaría de Cristo que es en lo que consiste el poder de las llaves. Dejó, en consecuencia, de darse la posibilidad de que determinadas personas fueran elevadas a la Sede de Pedro teniendo únicamente en cuenta sus excepcionales dotes políticas. El hecho es que, durante dos siglos completos, el Pontificado ha vivido una experiencia que no tiene par. Nunca, en la vida de la Iglesia, se ha dado una continuidad en la lista de Papas como aquella que une a Pío VII con Juan Pablo II, sin interrupciones o variación. La condición de pastores y guías espirituales les coloca en un nivel inmarcesible.

Esa nueva función de guía espiritual sin aditamentos ni compromisos, se está ejerciendo, además, a través de documentos, no siempre promulgados en forma solemne, que forman un cuerpo de doctrina. Sería posible, analizándolos con detenimiento, construir una síntesis, llena de riqueza, que no sería otra cosa que aplicación de la Verdad que la Iglesia custodia a las circunstancias concretas del mundo contemporáneo, aclarando doctrina y llamando la atención sobre determinadas afirmaciones. Así, cuando se dice que Pío IX o Pío X condenaron el liberalismo, cometemos cierto abuso de lenguaje: dichos Papas, en sus respectivos documentos, definieron los errores concretos que, al amparo de una determinada ideología, se estaban formulando, y propusieron para ellos la adecuada rectificación. Las globalizaciones resultan escasamente útiles en la vida de la Iglesia. Esta trata siempre de mover el ánimo hacia afirmaciones y posturas positivas, reduciendo al mínimo las advertencias negativas.

Así es el nuevo Humanismo que presenta la Iglesia: antes de decir al hombre «no peques», le propone: «adquiere la virtud». Habiendo crecido su prestigio en el mundo durante los últimos decenios, el Pontificado está proponiendo un modelo de hombre -que, insistamos, no es programa político ni proyecto económico- en la imitación de Cristo y en el acercamiento a ese origen, que permite abrigar mucha seguridad. El Humanismo cristiano de hoy, como el del siglo XV, no reclama una autonomía absoluta para el hombre, sino la integración de éste en el orden de las cosas creadas. Exige que siga trabajando en la búsqueda de progreso material, pero para colocarlo en actitud de servicio. No rechaza ninguna de las facultades de los seres humanos, pero niega que puedan abandonar su papel de medios. Considera, por ejemplo, que la sexualidad es uno de los grandes dones de Dios, pero que pierde su carácter cuando se aparta de la naturaleza. Sostiene, en definitiva, que todo el secreto de la existencia humana reside en esos dos mandamientos de amar a Dios por encima de todo, y al prójimo como a uno mismo, pero no más ni de distinta manera.

Descendiendo al terreno de la vida ordinaria, comenzando por cada uno de nosotros, descubrimos que nos estamos moviendo lejos de estas ideas y de sus principios. Nos dejamos ganar por el pesimismo, que es una forma peculiar de desánimo, como si no hubiera remedio para los males que contemplamos; y no se trata de ignorarlos o de creer que no existen. Pero ese pesimismo no está justificado, pues el hombre, como recuerda uno de los primeros versículos del Génesis, ha sido creado con un determinado fin: «ut operaretur». Hace años, un gran maestro de juristas e historiadores me hizo notar la diferencia que existe entre dos palabras latinas que a veces confundimos: «operare» y «laborare». La primera indica un esfuerzo de creación y no es simple aplicación mecánica como puede realizar un borrico atado a una noria. El trabajo del asno es sumamente útil pero no puede reputarse como creador.

Es propio de los seres humanos operar sobre la Naturaleza, hacia el crecimiento. En cierto sentido, su trabajo puede considerarse como cooperación a la Creación. Pero también en ello entra en juego la libertad. El esfuerzo creador humano prolongado durante siglos, ha puesto a disposición de las generaciones actuales medios sumamente eficaces pero que pueden ser erróneamente empleados. El uso correcto de los mismos acarrea un incremento de bienes, pero el incorrecto puede convertirse en estremecedor. Un bárbaro, armado simplemente de un garrote, es, con toda seguridad, menos peligroso que si le proveen con armas atómicas. Cuando, como ahora, se insiste mucho en el horror del holocausto judío, que no es un hecho único, no debería olvidarse el progreso científico que hizo posible su ejecución. Bastaría pulsar un botón rojo para enviar partes del globo a la destrucción.

El nuevo Milenio lleva, en consecuencia, implícito un gran desafío, ya que de la respuesta que se dé a los grandes problemas planteados, depende el futuro. Nada está predeterminado. Siempre se halla en juego la libertad. De modo que cuando se afirma, con absoluto fundamento, que son muy sólidas las razones de la esperanza, no se está pretendiendo que su curso ha de ser inexorable, como la marcha del tiempo: cada coyuntura obliga a elegir, a tomar decisiones que pueden ser acertadas o erróneas. En esto reside el gran misterio de la Historia, que no puede ser sustituida por encuestas o cuadros estadísticos. Blaise Pascal nos advirtió que, detrás de cada encrucijada, puede aparecer la nariz de Cleopatra. Muchos ejemplos podríamos aducir.

El mundo contemporáneo ha podido ampliar con nuevas dimensiones el ejercicio de la libertad: entre otras cosas propugna una equiparación entre hombre y mujer. ¿Quiere esto decir que las virtudes de la femineidad, de que tantas cosas dependen en orden al progreso social tienen que ser abandonadas, buscando una especie de componente masculinoide de alcance universal? Algunos parecen entenderlo así. Los efectos sobre la familia -«hombre y mujer los creó»- aparecen ya como importantes. Pueden considerarse en primer término como beneficiosos pues apuntan a una cooperación más estrecha y equilibrada en relación con ese contenido esencial de transmisión de la vida. En el caso de los seres humanos, insistamos una vez más, no se reduce a los contenidos biológicos sino que se refiere también al espíritu y a la mente. Gracias a estos cambios muchas visiones erróneas acerca de la autoridad se están corrigiendo. No del todo, desde luego, ni de manera universal. La familia sigue siendo célula elemental de toda comunidad humana, en el fondo sociedad natural por excelencia. Y en nuestros días se agrieta y sufre siendo incluso objeto de propaganda adversa.

Nos encontramos ante una coyuntura que presenta dos vertientes: progreso en la equiparación puede significar que desaparezcan muchos defectos que separaban a marido y mujer y a padres e hijos en torno a una línea demasiado rigurosa en la diferenciación; pero puede significar también el abandono de los deberes recíprocos. Y sin el cumplimiento del deber tampoco hay ejercicio de la libertad, pues de nada sirve que se me reconozcan derechos si el otro no está dispuesto a procurar que se me cumplan. Podemos progresar si se logra el acercamiento entre los distintos miembros de una familia, haciendo que el amor sea dimensión primordial para sus relaciones. O retroceder, considerando que el matrimonio es un simple contrato de duración más o menos temporal, pero en todo caso frágil y rectificable. O todavía más admitiendo que las relaciones de convivencia son simplemente un hecho ligado únicamente a la voluntad de quienes se reúnen para ello. Por otra parte se pueden invertir términos muy radicales, olvidando que los padres sólo tienen deberes hacia sus hijos para afirmar en cambio sus derechos, comenzando por el de la mujer cuando quiere eliminar de su seno el fruto no deseado de tal unión.

Tal es la incógnita para un tiempo inmediato. ¿Seremos capaces de construir con los medios admirables de que ahora disponemos, o nos dejaremos arrastrar por el espejismo de una búsqueda de placer? ¿Limitaremos los procesos educativos a la adquisición de técnicas cada vez más avanzadas o los reorientaremos para obtener una mejor formación en virtudes humanas? En el mismo sentido, ¿estarán las generaciones venideras dispuestas a anteponer deberes a derechos? Henri Bergson, judío muy próximo al pensamiento cristiano en un tiempo de persecución, advertía que en la fuente misma de la moral se encuentra un gesto positivo, de modo que aunque los mandamientos comunicados por Dios a Moisés, se expresen normalmente con el sentido negativo del «no mentirás», etc., a lo que tienden es a una afirmación: di la verdad. En suma cuando se prohíbe el odio al prójimo lo que se está reclamando es que se le ame.
 

9. Se atribuye a los siglos XIX y XX el descubrimiento y afirmación de los derechos del hombre. No es exacto. Corresponde a la Iglesia, por voz de sus Papas, haber comenzado a referirse a ellos en una fecha tan remota como mediados del siglo XIV. Para comprender bien la naturaleza del problema debemos comenzar recordando una diferencia de matiz, a la que ya nos hemos referido: que no es lo mismo referirse a derechos del hombre que a derechos humanos, pues en este segundo caso, que es el preconizado por la Iglesia, se quiere decir que pertenecen a la naturaleza del hombre mismo y no pueden ser consensuados ni reducidos: tienen que reconocerse tal y como son. En el primero se les considera el resultado de una especie de acuerdo o contrato que los seres humanos establecen entre sí. De modo que aunque se debe aplaudir cualquier clase de reconocimiento de los derechos humanos, se necesita seguir trabajando para que éstos no se reduzcan con el pretexto de que se ha llegado a un acuerdo sobre ellos.

La Iglesia parte de un punto doctrinal que resulta indudable: todos los hombres, en cuanto criaturas que a Dios deben la vida, son, en su naturaleza, iguales. Las diferencias aparecen en el ámbito de lo accidental y nada tienen que ver con ese destino último de encuentro con Dios en la vida eterna. Esto es lo que importa. Cada persona debe aprovechar las circunstancias que su existencia le depara, incluso las que parecen más adversas, para alcanzar ese fin: «este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar, mas cumple tener buen tino, para andar esta jornada sin errar». Así lo decía Jorge Manrique en vísperas impensadas de su propia muerte. Sólo él colma el ansia de felicidad que todo hombre lleva dentro. Ahora bien, como una especie de signo externo de tal igualdad, es preciso reconocer en todos los hombres, en cada hombre -Clemente VI y Eugenio IV lo explicaron en documentos que sorprenden por su especial claridad- la existencia de tres derechos inalienables: derecho a la vida, a la libertad personal y a la propiedad de aquellos bienes que directa o indirectamente han producido. Tales derechos son, con frecuencia, conculcados: he ahí una de las causas de pecado.

No puede decirse que estas situaciones de injusticia estén corregidas. Algunos aspectos, sí. Pero en cambio se han introducido abusos e incertidumbres de nuevo cuño. Por ejemplo se niega el derecho a la vida de los seres humanos concebidos y aún no nacidos o se ponen en relación los derechos del hombre con la ciudadanía. Se trata siempre de decisiones que se presentan al principio como permisos limitados, pero no es necesario esperar mucho tiempo para comprobar cómo esos limites saltan por los aires. También se está declarando legítimo el uso del cuerpo contra las normas de la naturaleza. Y se pretende ya manipular la vida humana mediante procesos de clonación o de influencia sobre el código genético. Los cristianos tienen deber perentorio de combatir tales tendencias, no sólo porque hayan de defender su propia doctrina sino porque de ello depende el futuro de la Humanidad, incluyendo también a los no cristianos.

Un curioso abuso de lenguaje pretende atribuir a nuestros días la «liberación» de la mujer, dando a entender con ello que ha estado siempre sometida al varón, en una posición esencial de sometimiento. Conviene matizar los posibles errores que se deslizan al socaire de esta explicación. Conviene, por ejemplo, recordar que algunos de los límites establecidos en la conducta femenina no obedecían a criterios de inferioridad, sino de dignidad, del mismo modo que el alejamiento de ciertos trabajos y responsabilidades no siempre eran el resultado de una sumisión: ¿es ventajoso para la mujer prestar un servicio militar que los varones rechazan en nuestros días? ¿Debe considerarse como una liberación que puedan bajar a la mina a picar el carbón? La nobleza estaba exenta de trabajos mecánicos y utilitarios, no por sometimiento sino por superioridad. Un ejemplo: cuando los Papas de los primeros tiempos establecieron para las mujeres el uso del velo, estaban indicando que en la Iglesia se reconocía a todas ellas una condición que la sociedad romana reservaba para las de las clases altas. Durante siglos se consideró que sólo las mujeres de baja condición, muy necesitadas, podían asumir trabajos asalariados. Hoy todo esto ha cambio: importa mucho conseguir que los avances no se vean empañados por excesos que priven a la mujer de algunas calidades deseables.

La igualdad natural entre varón y mujer -conviene advertir que cuando se hace una referencia genérica al hombre se incluye tanto a varones como a hembras- es una característica esencial de la doctrina cristiana que se fundamenta en la promesa indistinta de salvación. No sucede lo mismo en otras religiones. En la práctica ha habido una especie de convencimiento de que la vida virtuosa era mucho más abundante entre las mujeres que entre los hombres, aunque ellos hayan tratado de denostarlas poniéndolas en el origen de su propia inclinación. No faltaron predicadores que presentaban a la mujer como responsable de la entrada del pecado en el mundo. La Iglesia no establece diferencia en el modelo de santidad: en determinadas coyunturas históricas la superioridad de la mujer en este ámbito parecía demostrada. El papel que la Virgen Maria, Madre de la Iglesia, desempeña en la doctrina católica, garantiza frente a cualquier equivocación.

Importa, especialmente, desde un punto de vista cristiano, hacer frente a una posible y seria equivocación. La especie humana se presenta en un claro dualismo: los valores masculinos y femeninos no son alternativos sino complementarios. Es importante conseguir que unos y otros no se pierdan en el terreno pantanoso de la promiscuidad sino que crezcan desde su propia identidad, apartando los obstáculos que puedan oponerse a este desarrollo. En éste, como en otros muchos aspectos que hemos pretendido examinar en las páginas anteriores, tiene el cristiano una misión importante que se revela mientras cruza el umbral de la esperanza. Debe contribuir con su doctrina, aplicada en todas sus actividades, con su ejemplo de vida y con su comunicación a los otros hombres, a que el futuro se construya rectamente. Es una empresa que vale la pena.









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