Altar Mayor - Nº 85 (01)
Fecha Lunes, 31 marzo a las 19:48:38
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 85 – febrero-abril de 2003

DEDICARSE A LOS DEMÁS
Por Emilio Álvarez Frías

Posiblemente merezca ser acusado de ingratitud si afirmo que no he pedido a nadie que me dedique su vida, que no he solicitado de ningún político que invierta su preciosa vida y su irreemplazable tiempo a mi humilde persona convertida en ciudadano.

Quizá esa actitud mía responda a que el paso de los años me ha hecho cada día más incrédulo; quizá sea porque he advertido que la mayoría de los políticos hablan y prometen más de lo necesario y luego hacen, en el mejor de los casos, lo que pueden; quizá porque he tenido que resignarme a consentir lo que decía «el viejo profesor» de que las promesas electorales no son para ser cumplidas, es decir, que lo que se promete en tales casos únicamente es a efectos de ganar una elección, no con intención de llevarlo a buen fin; quizá porque he visto llegar a puestos destacados a personas incompetentes y trepadoras, y en algún caso marrulleras, mientras quedaban sumidos en el olvido y la indiferencia otros que realmente tenían capacidad de trabajo, profundos conocimientos, honradez y demostrada actitud de servicio a sus semejantes; quizá porque escuchar aseveraciones como que «considero este cuarto de siglo los mejores años desde Carlos III hasta ahora, es decir, de toda la España contemporánea», pronunciadas por Felipe González, es como para echarse a temblar; u oír a ese joven aventurero que aspira a la presidencia de la Comunidad madrileña que asegura que hay que «devolver Madrid a la zona roja, la del progreso»; o a la no menos joven y aguerrida Trinidad Jiménez, que afirma que «Madrid tiene que volver a la época de Tierno Galván»; o las insensateces de Arzallus, que afirma, sin que le suceda nada, que el País Vasco alcanzará «la independencia en tres o cuatro legislaturas, junto con Navarra y el País Vascofrancés»; o quizá sea por la perplejidad que produce descubrir cómo a estas alturas de la vida todavía se considere a fósiles como Santiago Carrillo libertadores de la opresión a que han estado sometidos los españoles, olvidando Paracuellos; o quizá por la estupefacción sentida al observar a los cobardes que dan la espalda a la defensa de la biografía de sus padres que participaron en la construcción de España en tiempos pasados, sin poner de manifiesto en el Parlamento o en cualquier otro foro las razones por las que actuaron ni lo que, con entrega de la propia vida en ocasiones, hicieron por su Patria y los españoles;...

No necesito, pues, que ningún político me dedique su vida, pues no me fío de la intención que le guía. Pues si su verdad está en la manifestación de José Luis Zapatero de representar «a un partido con 120 años de historia en la que siempre estuvieron en contra de las dictaduras y de las guerras», olvidando sus devaneos con Rusia y países satélites durante años (países asombrosamente democráticos y nada dictatoriales), la quema de iglesias y conventos en la España previa a la Guerra Civil, revolución de Asturias, asesinatos plenamente documentados, así como las proclamas de sus dirigentes durante esos 120 años, de las que son muestra estas palabras de Pablo Iglesias en el número 17 de Vida Socialista: «los republicanos progresistas han sostenido siempre que la instauración republicana no podía ser consecuencia solamente de la lucha pacífica, sino también del empleo de la violencia».

Ahora mismo, en estos momentos, estos días, en los que se aproxima un nuevo tiempo de elecciones, hay que asistir asombrados, y a la vez atemorizados, a las novísimas promesas de políticos con tradición y de políticos bisoños, cuando se acercan al «ciudadano» con ánimo abierto, dispuestos a ofrecer lo que sea, se les pida o no, prometiendo hacer lo que a sus antecesores les ha resultado imposible convertir en realidad; para lo cual no tienen inconveniente en recorrer los mercados, las calles, las fábricas, las galerías comerciales, repartiendo saludos, sonrisas, besos a niños y mayores, cambiando la ropa de marca y la corbata por otra vestimenta más a tono con el «ciudadano» al que van a conquistar.

Parejo con el corretear incansable de un lugar a otro está el no dar descanso a la palabra que salta incontenible con las ideas más peregrinas, más «progres», más avanzadas.

«Quiero dedicar mi tiempo, mis horas y mi ilusión a este proyecto y a la tarea política, para dedicarme a los ciudadanos y especialmente a quienes necesitan mayores oportunidades para superar las desigualdades» (Ana Botella). Laudable propósito coincidente con el de otra mucha gente que lo ha prometido sin poder culminar su ferviente deseo. Pero también puede uno dedicarse a los «ciudadanos», a nuestros semejantes, a nuestros hermanos, desde lugares más próximos a ellos, yendo cada día a donde sufren una vida dura con ánimo de consolar, con intención de ayudar, con la solución a los problemas. A los políticos se les olvida que es la sociedad civil, la sociedad, la que de verdad se enfrenta con los problemas desde la realidad; aunque peor es que a los votantes se les olvide que quien de verdad les debe representar son aquellas personas que ya han demostrado dedicación a la solución de los problemas vitales de cada día.

«Haremos que cualquiera que necesite una operación sea intervenido en menos de un mes» (Esperanza Aguirre). ¿Acaso vamos a dudar de que a cuantos han tenido a su cargo hasta ahora la sanidad de los españoles no les ha guiado el mismo deseo, el mismo propósito? De dudarlo, habría que proceder de inmediato a promover las oportunas demandas por la negligencia en que han incurrido. O acaso habrá que hacerlo dentro de unos años contra quien promete y no cumple.

«Soy partidaria de que se regularice la situación de las parejas de hecho y del matrimonio entre homosexuales. También de que éstos adopten niños» (Trinidad Jiménez). Sin duda hay que reconocer que existen patologías que se salen de la normalidad dando lugar a alteraciones congénitas del sexo de algunas personas. Este hecho es una excepción que merece toda nuestra comprensión y ayuda. Mas no por ello la sociedad ha de admitir la exaltación de las desviaciones sexuales por elección personal contra la naturaleza, y menos aún prestar a un «colectivo» minoritario una dedicación tan destacada como la que se les da, atención que no se concede a otros grupos de mayoría abrumadora como es, por ejemplo, el de amas de casa.

Claro que hay quien opina que «la adopción de hijos por homosexuales no es una cuestión moral, sino científica» (Ana Botella). Si hubo un tiempo en el que había que echar siete llaves al sepulcro del Cid, parece que hoy hay que desterrar de la conciencia de los «ciudadanos» todo atisbo de moral, de los principios cristianos que llenaron la cultura de occidente, que reconocieron al hombre su libre albedrío y por ende le hicieron libre, que pusieron en claro los principios naturales existentes desde la creación del universo, sustituyendo todo eso por los dictados de la ciencia. La ciencia reconocerá los problemas endógenos del individuo pero no tiene nada que decir de si un niño puede ser entregado para su formación, para su educación, a dos personas que mantienen una convivencia irregular, ajena a la ley natural y por tanto ajena a la moral.

Pero no son sólo estos los casos que refleja el espejo de la vida respecto a cómo son y cómo actúan los políticos, salvando la honestidad, dedicación, entrega desinteresada, sacrificio en muchos casos, de no pocos que, sin hacer declaraciones ampulosas de «dedicarse a los ciudadanos», lo hacen cada día, o lo han hecho, de forma humilde y callada. A éstos, o no los conocemos porque no se prodigan, o les distinguimos enseguida de entre la pléyade de salvadores de la Humanidad que nos rodea.

Es realmente tedioso el seguimiento de las proclamas de quienes quieren arreglarnos la vida. ¿Alguien no lo pretende? Habría que preguntarles, para seleccionar, qué han hecho hasta ahora y valorar el historial y no las promesas.

Mas la esperanza no ha de abandonarnos. Por eso, en vez de prestar atención a la palabrería banal que nos inunda, lo aconsejable es apercibir lo que por el mundo vayan manifestando filósofos, humanistas, juristas, teólogos (¿por qué no los teólogos?), los realmente entregados a hacer el bien a sus semejantes. Y ahondar en la búsqueda de nuevas formas de ejercer la política, de gobernar los Estados. De tal manera que, posiblemente, se puedan encontrar fórmulas de convivencia ajenas a las que hoy nos dominan sin posibilidad de salir de los estrechos moldes en los que podemos movernos.









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