El Risco de la Nava - Nº 161
Fecha Viernes, 11 abril a las 17:47:13
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 161 – 8 de abril de 2003

SUMARIO

  1. «No me arrepiento de nada», por Miguel Ángel Loma
  2. ¿Excomunión para Aznar?, por Antonio de Oarso
  3. Un personaje histórico, por Enrique Hermana
  4. ¿Quiénes fueron los culpables de nuestra Guerra Civil?, por Mario Tecglen


NO ME ARREPIENTO DE NADA
Por
Miguel Ángel Loma

Hace algunos años estas fechas de Cuaresma significaban un tiempo de reflexión, tiempo para detenerse, hacer un alto en el camino, echar la vista atrás, analizar lo andado, arrepentirse de los errores cometidos, y consecuentemente, para rectificar y corregir, coger fuerzas y afrontar el futuro. Hoy muchas cosas han cambiado y no todas para mejor, ni mucho menos, por más que nos machaquen con el sosegador eslogan de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, una época felicísima, si no fuera por la guerra, claro, una cantinela que nos recuerda a esas canciones catetas del viva mi tierra, viva mi gente, vivan nuestras mujeres, que son las más guapas, vivan nuestros hombres, que son los más valientes, viva el santo de mi pueblo que es el más milagroso, viva yo, y viva la madre que me parió. Hoy en la sociedad española se han perdido muchas cosas y entre ellas, el significado religioso de la Cuaresma, que a los ojos puramente sociales y mercantiles no tiene más significado que una semanita de vacaciones que coincide con algunas procesiones por las calles. Esta pérdida del sentido religioso es fruto de varias causas, y una fundamental es la que nace del ataque de la progresía de izquierdas y derechas a los valores cristianos, que encuentra uno de sus objetivos prioritarios en la desaparición del sentimiento de culpa moral, que a ojos de «los nuevos moralistas» vendría a ser como una especie de lacra anímica, fruto del sedimento de la cultura judeocristiana que tras siglos de opresión y lavado de cerebro nos hizo creer que la vida era un valle de lágrimas, cuando en realidad se trata de un Parque Temático de experiencias superguays; siempre, eso sí, que no hayas tenido la mala suerte de haber nacido en Iraq o encontrarte trabajando la mañana del 11-S en las Torres Gemelas, o ser Guardia Civil en Vascongadas, o demasiados otros etcéteras.

La pérdida del sentido de culpa y de pecado ha generado la huida de la responsabilidad personal, que se diluye en una genérica y anónima responsabilidad social: la culpa es de la sociedad, de las estructuras, del barrio donde vivo, de la vecina del quinto, de mi padre o de mi hijo... Circunstancias todas ellas ajenas a nuestra voluntad, y que determinan casi de forma inevitable nuestras conductas. Un engaño con el que justificamos y tranquilizamos nuestras conciencias, siempre inocentes de toda culpa.

Una de las frases habituales que manifiestan muy directamente la pérdida del sentido de culpa y de pecado, es la cada vez más repetida del «No me arrepiento de nada». Algo obvio y hasta coherente, porque si no existe una conducta a la que hay que ajustarse, no existe el error ni el sentimiento culpable, y por tanto tampoco habría nada de qué arrepentirse. Oír la consabida frase no es siempre garantía de que nos encontremos ante un consolidado pasota o un cretino furibundo, porque la frasecita ha pasado a ser una muletilla más que se repite sin pensarlo demasiado, sobre todo en las entrevistas a famosetes de nuevo cuño que la suelen pronunciar seguida de un discurso parecido a «porque todo lo que he hecho me ha servido para aprender y ser yo mismo». En estos casos ese «No me arrepiento de nada» significa falta de criterio, nula capacidad de introspección, e ignorancia absoluta sobre el valor de la humildad, virtud que siempre acompaña a los grandes de espíritu, y que tanto molesta a muchos de esos que hablan de la castradora moral judeo cristiana.

Es comprensible que si alguien inicia un viaje por el supuesto placer de viajar y sin trazarse de antemano ningún trayecto, al no fijarse una meta ni un camino, no tenga de qué arrepentirse sea cual fuere su destino final. Y si al cabo de seis meses de viaje se encuentra a sólo veinticinco kilómetros del punto de salida, porque resultó ser tan torpe como para estar girando alrededor del mismo sitio una y otra vez, podrá decirnos que no se ha equivocado, que está muy feliz de su viaje y que no sólo no se arrepiente de no haber llegado más lejos, sino que está encantado de conocer sus habilidades de peonza humana. Pero si cambiamos de supuesto y se trata de alguien aparentemente más sensato que el anterior, que decide salir de su ciudad para dirigirse a Roma y acaba finalmente en Mozambique, está claro que algún error habrá debido cometer, por más que nos intentase vender que incluso visitó un palacete mozambiqueño que no tenía mucho que envidiarle a ese otro del Vaticano.

La gran aspiración con la que todos los seres humanos nacemos es la búsqueda de la felicidad, algo que no es sinónimo del jajajá y el jijijí, como sabe cualquiera que lleve un tiempo en este viaje de la vida; una felicidad muy limitada y que depende en gran parte de la que sepamos generar y repartir a nuestro alrededor. Por eso resulta patético oírle el «No me arrepiento de nada» a una de esas personas, principalmente del mundo de la farándula y la , cuyo curriculum vitae lo integran elementos tan enriquecedores como un reguero de fracasos matrimoniales, la incapacidad de amar y ser amado, el miedo a la soledad y el estúpido refugio que les proporciona la silicona, la coca y el alcohol. Si además nos sale con el añadido del «Todo me ha servido, porque de todo he sacado lecciones y he aprendido a ser yo mismo», habría que responderle que sí, que todo le ha servido para amargar a quien se osó cruzarse en su apisonadora trayectoria, y que ha tomado sobradas lecciones para obtener la cátedra de miserable cum laude. Y sobre todo, que en efecto, que por fin ha aprendido a ser él mismo: el mismo imbécil que era la primera vez que besó su imagen en un espejo.
 

¿EXCOMUNIÓN PARA AZNAR?
Por Antonio de Oarso

Sí, esto se ha rumoreado en algunos ámbitos y ha sido reflejado en parte de la Prensa. Existen almas pías e ignorantes que piensan que tal cosa puede ocurrir. A otros seres menos piadosos les divertiría mucho que así fuese, aunque no creo que tengan muchas esperanzas.

Y es que ninguna persona medianamente inteligente puede esperar tal cosa. La última vez que se esgrimió la excomunión contra un gobernante en España fue con motivo del «caso Añoveros», y se trató de un asunto bastante ridículo. Posiblemente, en el caso actual las hablillas hayan surgido de las maliciosas mentes de la izquierda, y han encontrado acomodo en las citadas almas pías de cierta ultraderecha que odia tanto a Aznar que prefiere a Rodríguez Zapatero.

Como apuntaba un articulista en El Semanal Digital: Si Aznar no ha sido excomulgado por la legalización de la píldora abortiva ni por permitir los 70.000 abortos anuales que se producen en España, imposible ha de ser que tal ocurra por su posición en la guerra de Irak. (Habría que preguntarse de paso si la Iglesia está luchando contra el aborto. ¿De veras lo hace?).

Dejando a un lado las connotaciones apaciguatorias pro-musulmanas que se dan en esta cuestión, y centrándonos en su dimensión ética estricta, es obligado preguntarse: ¿Es justa la guerra contra Irak?

Confesaré que, por mi parte, encuentro difícil una respuesta decidida. Pero no puedo menos de comparar este conflicto con otros anteriores. ¿Fue justa la Guerra del Golfo? Parece que sí, puesto que Irak (Hussein) había invadido sin ninguna justificación y con cinismo inaudito la nación de Kuwait. ¡Esta invasión sí que fue por motivo del petróleo, y nada más que por eso! Se le dieron una serie de plazos para que se retirase de la nación ocupada, y en vista de que se negaba y contestaba con grotescas fanfarronerías, una alianza internacional con el respaldo de la ONU expulsó a los invasores.

¿Fue justa la guerra de Kosovo? Aquí se trataba de todo un pueblo, el albano-kosovar que estaba siendo sometido a una «limpieza étnica» por capricho de los servios, gobernados por un tirano parecido a Sadam Husein: Milosevic. Prácticamente, tuvieron que marcharse todos los albanos de Kosovo, su tierra, aún siendo muy mayoritarios en ella. Aproximadamente un millón fueron expulsados, y antes y durante la expulsión menudearon los asesinatos. La guerra comenzó cuando intervino la OTAN, mayormente los norteamericanos (como siempre), y obligaron a Yugoeslavia (lo que quedaba de ella) a readmitir a todos los desterrados. Para ello hubo que recurrir a bombardeos masivos en los que la capital, Budapest, sufrió lo suyo. Aquella guerra se parece mucho a esta en un detalle muy importante, como es la marginación de la ONU. Como se sabía que Rusia iba a vetar la declaración de guerra del Consejo de Seguridad, porque así lo había declarado, no se presentó este conflicto a la consideración de dicho Consejo. Exactamente igual que ahora. Francia había asegurado que iba a vetar cualquier resolución que significase la guerra. Por tanto, no fue presentada ninguna nueva declaración al voto del Consejo. Un caso muy parecido al de Kosovo, con la diferencia de que la resolución 1.441, aprobada el pasado año, podía interpretarse como amparadora de una intervención militar en el caso de que Irak incumpliese la obligación de desarmarse.

Por tanto, hablar de la ilegalidad de esta guerra implica necesariamente hablar de la ilegalidad de la guerra de Kosovo. No hay caso.

Esta guerra de Kosovo no levantó la indignación popular de la presente. Los medios de comunicación fueron mucho más suaves y comprensivos, cuando no abiertamente favorables. Esta diferencia de tratamiento ¿no contaría entre sus causas el hecho de que Estados Unidos estaba gobernado por la izquierda, por un presidente tan simpático y progresista como Clinton? ¿Y que el secretario de la OTAN era otro izquierdista, Javier Solana? Seguro que algo, o bastante, contarían estas circunstancias. Lo cierto es que recuerdo muy bien cómo decían los socialistas, enfrentándose a la realidad de los muertos de Budapest: «Bueno, ¿y qué se puede hacer? La culpa es de Milosevich».

También el Vaticano fue comprensivo. No hubo ninguna condena tajante y sí la salida a la palestra dialéctica de un concepto: el de «injerencia humanitaria». ¿Influyó en este tratamiento la existencia de esa política pro-musulmana de apaciguamiento que he sugerido? No me atrevo a asegurarlo. Simplemente, me lo pregunto. Aunque prefiero pensar que pesaron únicamente consideraciones de carácter ético, porque el abuso había sido inmenso y brutal.

Y es al ámbito de lo ético adonde hay que trasladar la valoración de esta guerra actual, puesto que, repito, en el aspecto legal no hay reproche que se le pueda hacer que no pueda aplicarse a la guerra de Kosovo, y a esta guerra nadie la ha cuestionado por ilegal.

Lo cierto es que Sadam Husein no ha cumplido ninguna de las resoluciones de la ONU, derivadas de su derrota en la Guerra del Golfo, llegando a expulsar a los inspectores que debían controlar su desarme. Lo cierto es que hay fundadas sospechas de que ha almacenado armas de destrucción masiva, lo cual constituye un peligro para el mundo, sobre todo para el occidental, cuando se considera de qué clase de personaje se trata. Lo cierto es que ha tiranizado a su pueblo, cometiendo múltiples asesinatos durante los largos años de sus tiranía. Se ha hablado de 400.000 personas eliminadas.

¿Constituyen todos estos desafueros motivo suficiente para iniciar una guerra? ¿Un número de crímenes tan grande a través de los años no puede equipararse en gravedad a la «limpieza étnica» de Kosovo? ¿O bien la inmediatez de los acontecimientos criminales en esta región les prestaba mayor gravedad que la que puedan tener crímenes aún más numerosos, pero distribuidos en un lapso largo de tiempo?

También influye en la valoración ética de esta guerra (y de todas las guerras) la proporcionalidad entre la violencia ejercida y el mal que se ha querido subsanar. Pero ya sabemos que los daños que se causan se conocen al final de la guerra, y que bien pueden ser mucho mayores de lo que se preveía cuando se inició la intervención, debido a acontecimientos fortuitos y a equivocaciones inevitables en los cálculos.

Por tanto, se trata de cuestión vidriosa, circunstancia que por sí sola debiera bastar para que nadie con dos dedos de frente especulase sobre necedades tales como una posible excomunión de Aznar. Y suficiente para que, por mi parte, considere que la opción política elegida por éste fue la correcta. Lo que no quiere decir que las cosas terminen bien, pues muchas posturas políticas correctas se han visto frustradas en sus objetivos por factores adversos. En la actualidad, la manipulación mediática es un factor importantísimo, entre otros.

A mí la licitud moral de esta guerra no se me presenta con evidencia incontrastable. De lo que no me cabe la menor duda es de la inmoralidad e hipocresía de los que han promovido y orquestado la oposición multitudinaria a la misma, y se han regocijado, no lo dudemos, de las agresiones a personas y sedes del partido gobernante.

Tampoco me cabe duda de que Aznar no será excomulgado. Me parece tan imposible como descubrir que Rodríguez Zapatero tiene virtudes de hombre de Estado.
 

UN PERSONAJE HISTÓRICO
Por Enrique Hermana

La novela histórica es un género existente desde hace siglos, con plena vigencia hoy. Ha desplazado en el favor popular a la Ciencia ficción, que hace décadas parecía tener la primacía y que hoy, curiosamente, ha quedado desprestigiada por la evolución rápida de la tecnología. Las novelas de espías o político-estratégicas, otras rivales, han quedado un tanto tocadas de ala por la desaparición de la Guerra fría.

Se trata de un tema poco trabajado por los novelistas españoles, al menos en lo que se refiere a tiempos actuales. Salvo unas pocas excepciones notables (son destacables Pérez Reverte y Sánchez Adalid) los temas de la antigüedad no son favorecidos con la atención de los novelistas españoles. Y menos los relacionados con la figura de Jesucristo. Es indudable que la Divinidad del personaje no es asunto con el que se atreven nuestros novelistas. La sociedad actual proscribe a los confesores de todo tipo, calificándoles de intolerantes. Confesores son, a su manera, los autores de tres novelas recientemente editadas, o reeditadas en España, ambientadas en la Palestina que vio a Dios en carne mortal. Dos mujeres, una inglesa afincada en América y una francesa y un hombre, inglés, han encontrado inspiración en narrar peripecias humanas en el entorno de Cristo. La más antigua de ellas (Medico de cuerpos y almas, de Taylor Cadwell, reeditada por Martínez Roca en 2002) describe la vida de san Lucas, desde su nacimiento, que supone en familia de libertos, en Siria, hasta que conoce a y entrevista a la Virgen. Otra (El centurión, de John Stewart, Ed. Martínez Roca, 1999) narra una conspiración anti Tiberio en el entorno de Palestina en que se desarrolló la Vida Pública de Jesucristo. La tercera (Las memorias de Poncio Pilato, de Anne Bernet, Salamandra 2002) es justamente lo que indica su título, siguiendo la vida y convulsiones personales de tal patricio romano, desde el desastre de Teotoburgo ante los germanos hasta que se encuentra próximo al martirio como cristiano bajo Nerón.

Las tres son novelas, no relatos históricos. Las tres imaginan personajes ficticios alrededor de personajes históricos de los Evangelios. Las tres crean la ficción que consideran conveniente alrededor de los entronques reales que usan. Y las tres coinciden en hacer destacar como personaje primordial de sus tramas al Centurión de Cafarnaún. La persona que, en un momento histórico concreto, fue dotada con la Gracia Divina suficiente para expresar la dimensión de su Fe en una concisa y elocuente frase. Una frase que los católicos repetimos y hacemos propia en todo lugar como declaración previa a la Comunión. Los tres autores se inventan nombres y trasfondos diferentes para el personaje, sobre el que el Evangelio es tan escueto. Los tres expresan su respeto y admiración, e intentan describir algo entrañable al tratar una persona tan conmovedora e intrigante. En los tres casos, la trama está servida a disposición del talento del autor. El representante local de un poder terrenal hegemónico, un militar de grado intermedio, formado para la eficacia y la obediencia como criterios esenciales de su comportamiento, choca con la Trascendencia que, sin enfrentarse con su vida anterior, le abre una nueva dimensión vital. El conflicto jerárquico de valores resulta interesante para cualquier autor con imaginación. Y los tres mencionados han conseguido escribir relatos amenos, de recomendable lectura, sobre ello.
 

¿QUIÉNES FUERON LOS CULPABLES DE NUESTRA GUERRA CIVIL?
Por
Mario Tecglen

La opinión reinante. El pensamiento único. Esa especie de pacto tácito que tenemos que soportar a diario a través de cualquier letra impresa, nos repiten hasta la saciedad; nos restriegan en cada ocasión, que cuando los españoles vivían la paz de su Idílica República, unos militarones, en connivencia con unos señoritos fascistas, rompieron aquel edén y nos empujaron a una terrible guerra fratricida.

Han insistido tanto, tanto, que hasta mis hijos se lo están creyendo. Pero, mira por donde, un insólito personaje, Pío Moa, comunista activo hasta el punto de ser miembro del GRAPO, se ha dedicado a consultar documentos, hemerotecas y testimonios, y está sacando a relucir hechos concretos que demuestran la realidad histórica dejando con el culo al aire las mentiras al uso y a sus mentirosos. Pero, además, a él, como es comunista con curriculum, se lo publican.

Después de su entrevista en TV con Carlos Dávila el pasado 19 de febrero, se han escuchado en los medios de comunicación las conocidas voces del pensamiento único que lo ponían a caldo. Pero al que suscribe, habituado a soportar la machacona cantinela de omitir, o falsear, o inventar, o tergiversar cualquier tema que entrañe algo relativo a los tiempos pasados, le sorprendió, sí, pero muy gratamente.

Aclara Moa, sin lugar a la menor duda, que en el tristemente célebre bombardeo de Guernica murieron 120 personas, y no 1.300, como han afirmado los más comedidos, ni 3.000, como llegaron a asegurar los más mendaces.

Fue para mi una auténtica gozada cuando escuché por la tele a Pío Moa afirmar que la República, realmente, se acabó el 16 de febrero de 1936, cuando el Frente Popular ganó las elecciones generales. Y su comentario, a raíz de ello, respecto a la forma en que tildaban de «botarates» a los moderados republicanos.

A ello me cumple añadir que en muchos casos a los botarates les consideraron enemigos de la «Dictadura del Proletariado» y los quitaron de en medio; como hicieron con Manuel Rico Avello y con Melquiades Álvarez; ambos conspicuos líderes republicanos, que cayeron en la Cárcel Modelo de Madrid, junto a Julio Ruiz de Alda y Fernando Primo de Rivera, en agosto de 1936.

No estoy, en cambio, en absoluto de acuerdo cuando puntualiza que el número de fusilados en ambas retaguardias fue muy similar.

Sin conocer las cifras, porque, que yo sepa, no se han publicado; pero usando simplemente el sentido común, cae de su peso que los caídos en Madrid, sólo entre Paracuellos, las tapias del Cementerio del Este, la Cuesta de la Vega, La Pradera de San Isidro... etc., más los miles de fusilados en la Playa del Saler de Valencia, más los miles de monárquicos y terratenientes que mataron en cientos de pueblos castellanos, andaluces, y murcianos, más los fusilados en Barcelona, y en Gerona, y en Santander, no admiten una comparación razonable; e inducen a rechazar tal afirmación.

Es doloroso e injusto que una y otra vez así lo afirmen, creando confusión en toda la gente joven y menos joven. Y sería muy deseable que los buenos historiadores cuantificaran estas muertes con cierto rigor, y publicaran su justa realidad.

Pero lo más relevante de su entrevista fue cuando Moa se atrevió a plantear ante las cámaras que los verdaderos responsables de la Guerra Civil fueron Largo Caballero y Alcalá Zamora. (¡Oh! Pero que dice este insensato. Habrán exclamado los del «pensamiento único»).

El tema es de lo más interesante y complejo, y yo también me voy a atrever a expresar mi versión.

La cosa viene de muy atrás. Las injusticias sociales en los trabajadores del campo, con jornadas de diez, once y hasta doce horas, ya desde 1875, exigían salir de la oscuridad en que se encontraban durante siglos. De una población activa de siete millones de trabajadores, tan sólo 900.000 eran industriales. Aquella era una España agraria y rural en la que las consignas de los sindicatos marxistas cayeron como semillas en terreno abonado. Y los trabajadores, entonces, se organizaron y, en consecuencia, comenzaron los enfrentamientos.

Ya José Antonio, en su discurso fundacional, defendía al socialismo «como una reacción legítima contra el caciquismo liberal», aunque repudiara la lucha de clases.

La República del 14 de abril de 1931 pudo ser la oportunidad idónea para intentar ese deseado equilibrio entre los hombres y entre las tierras de España, y así parecía cuando Manuel Azaña, intelectual frío e inteligente, declaró, rebosando buena fe, que se afanaría para conseguir «Un Marco de Convivencia para una España obviamente escindida». Pero, ¿cómo habían de instrumentar ese deseable Marco de Convivencia? Pues sólo por medio de la Constitución pendiente. Y es entonces, al redactar la Constitución, cuando falla el sistema. Los nuevos republicanos se reúnen prescindiendo de la necesaria representación de la España tradicional y católica que había supuesto más de la mitad de los votos en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931. O sea: La Constitución Republicana de julio de 1931 se aprobó sin consenso.

El principal responsable de esa cojera representativa no cabe duda de que era Alcalá Zamora, presidente de la República. Pero fue Manuel Azaña, presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, el que decretó inmediatamente la expulsión de los jesuitas. Aquello fue un duro golpe a la Iglesia. Una contradicción en cuanto a las libertades y a la convivencia que tanto habían pregonado. Y un ultraje para los miles de padres católicos cuyos hijos se formaban en sus aulas.

Después llegaron otros decretos; como el que ordenaba retirar los crucifijos de las escuelas y un largo etc, que colocaban a Azaña, claramente, como enemigo de la España tradicional y de la Iglesia Católica. Y es aquel sentimiento anticatólico, unido al paro obrero y al hambre que afecta a las clases más adictas a la República, lo que provoca una decepción generalizada, que rápidamente aprovechan los partidos y los sindicatos marxistas.

A Largo Caballero, el Lenin Español, siempre le pareció que sólo mediante la confrontación violenta se conseguiría implantar la República Libertaria que deseaban los trabajadores, y conforme a ese criterio, largamente expuesto, se comportó abiertamente en todas y cada una de sus actuaciones, conducta que recogen, unánimemente, la mayoría de los historiadores.

Son por tanto, a juicio del que suscribe, esos dos personajes: Azaña y Largo Caballero, los que traicionaron la convivencia republicana y provocaron los graves enfrentamientos que acabaron en la Guerra Civil.

Hoy, Pío Moa, a través de sus libros y entrevistas, está realizando un servicio a la Verdad, de la que tan escasos estamos. Por lo que, olvidándome de su pasado y en nombre de ella; o sea de la Verdad, me es grato enviarle mi felicitación expresa.

Pienso que fue Azaña, más que Alcalá Zamora, el principal redactor de la Constitución, no consensuada, de julio de 1931, de la que surgieron los decretos de expulsión de los Jesuitas; la retirada de los crucifijos de las escuelas, y las limitaciones a los colegios religiosos. Fue así como Azaña se enfrentó con un altísimo número de católicos españoles, casi todos tradicionalistas y votantes de la CEDA y, a partir de ahí, es cuando se comenzaron a perfilar, cada vez más claramente, las dos Españas irreconciliables.

Manuel Azaña, quizá de buena fe, quiso llenar de contenido su frase máxima: «Conseguir un marco de convivencia para una España obviamente escindida», y al acobardarse ante las bravatas de los libertarios, dejó los ánimos dispuestos para un enfrentamiento, lo que a Largo Caballero, el Lenin Español, le pareció siempre el mejor camino posible para conseguir sus objetivos.

En cambio, la CEDA, conservadores, moderados, sin apoyo ideológico, llevaban las de perder. El marxismo, dominante en casi toda Europa, resultaba potencialmente triunfador.

Fueron por tanto a mi juicio, Azaña -y no Alcalá Zamora- y Largo Caballero los más directos responsables del conflicto, ante una derecha acobardada que, aún con las elecciones ganadas, no supo, o no pudo, imponerse.







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