El Risco de la Nava - Nº 165
Fecha Lunes, 12 mayo a las 07:33:26
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 165 – 6 de mayo de 2003

SUMARIO

  1. Por el reconocimiento final, por Enrique de Aguinaga
  2. El Tejo: Los exiliados, por Antonio Castro Villacañas
  3. Preston fugitivo, por Ángel Palomino
  4. Soberanía y soberanías, por Edmundo Gelonch Villarino


POR EL RECONOCIMIENTO FINAL
Por Enrique de Aguinaga

No hace mucho, en un artículo titulado «¿Quién se ha reconciliado conmigo?» y publicado por la ejemplar liberalidad de Luis María Anson, proponía como prueba de reconciliación nacional el tratamiento que se diera a José Antonio Primo de Rivera en la conmemoración de su centenario, no tanto respecto a las formas, como respecto al estricto derecho a la libertad de expresión.

Los hechos no favorecen la idea de la reconciliación. Un Servicio Filatélico que deniega una emisión; una Televisión que retira un guión elaborado desde una conciencia crítica; una Academia que rechaza la propuesta de dos de sus miembros para disertar sobre José Antonio, visto desde el Derecho y desde la Universidad; una Universidad que ataja un breve curso de verano a cargo de catedráticos; un Departamento que boicotea una tesis doctoral sobre José Antonio, la derecha y el fascismo. Son pruebas suficientes que llueven sobre mojado. La prohibición del curso organizado por estudiantes en la Universidad de Salamanca, con una matrícula de cuatrocientos (1999); el cese-dimisión de un funcionario, que, ante un auditorio íntimo, osó decir de José Antonio español admirable y ejemplar (1998); la retirada del retrato que figuró en la galería del Ateneo de Madrid hasta el año 2000; la publicidad de la pretendida censura socialista sobre mi conferencia en el ciclo «Madrileños del siglo XX»; el rechazo de mis réplicas sobre lo joseantoniano en grandes periódicos; la destrucción de sus Obras Completas editadas en 1977. Estos ejemplos verifican el aserto del historiador Luis Suarez: José Antonio es el gran ninguneado y hace falta valor cívico para citarle en público.

Lo grave es que tal censura, invisible y asfixiante, opera sin argumentos, desde el apriorismo, desde la ignorancia de José Antonio, que sigue siendo el gran desconocido, al que se le niega el menor análisis público, del que deduciblemente se teme que, después de tantas tergiversaciones, salga esclarecido, como arquetipo español, adalid de toda reconciliación, a partir de la síntesis de derecha e izquierda, que abrocha su admirable testamento, monumento de grandeza ante la muerte, con esta plegaria: «Ojalá fuera la mía la ultima sangre española que se vertiera en discordias civiles».

En medio de una catarata de recuerdos inoportunos y agresivos, que ocupan nuestra información de cada día, se ha dicho, a propósito de la censura de José Antonio, que su centenario es incómodo. Seguramente es un buen modo de celebrarlo, en lo que su excelsitud tiene de incomodidad. Él mismo, en su ejemplar desgarradura personal, dice cómo tuvo que renunciar a las comodidades, al descanso, incluso a amistades y afectos muy hondos (1935). Él mismo anima a los estudiantes: «España nos tiene que ser incomoda. ¿Dios nos libre de encontrarnos como el pez en el agua en esta España de hoy!» (1935).

Incomodo y positivo centenario, si pensamos que se proscribe lo que importa. ¿Tendría sentido una proscripción de este grado si la figura de José Antonio fuese insignificante, como suele decirse, con animo de aniquilación? ¿Por qué, si no, se prohíbe la prueba de que el joven de hoy, aprendiz, estudiante, hijo mío (¿Eugenio d’Ors!), acceda al pensamiento de José Antonio, que hace escribir a Rosa Chacel, en Buenos Aires: «Dos cosas son increíbles: una, que todo eso haya podido pasarme inadvertido a mí, en España, y, otra, que España y el mundo hayan logrado ocultarlo tan bien».

Contra la opresión de las censuras, en este centenario, se pide, sencillamente, lectura, conocimiento, análisis, incomodidad intelectual, en suma, para que cada uno pueda contrastar libremente el juicio de Unamuno: «Le he seguido con atención y puedo asegurarle que se trata de un cerebro privilegiado. Tal vez, el más prometedor de la Europa contemporánea».

Que una vida tan breve, en la que brevemente incoa un pensamiento político, sea objeto de este terco debate, al cabo de casi setenta años de su muerte, es señal de su pervivencia en valores trascendentales. El esclarecimiento de tales valores, abiertos como patrimonio de lo español y no cerrados como bandería, es la misión que debe deducirse del centenario de José Antonio, en una verdadera reconciliación.

Sirva de incitación estos juicios urgentes, tomados de un libro que se prepara con la reunión de mil juicios publicados sobre José Antonio: «prodigio de armonía» (Pedro Lain), «¿qué alma tan limpia!» (Gustave Thibon), «inefable» (Azorín), «realizador de la doctrina de Ortega» (Pío Baroja), «señalado por Dios» (Camilo José Cela), «inmenso filosofo» (Cándido), «una de las personalidades más nobles y atractivas de nuestra Historia contemporánea» (J. M. García Escudero), «quizá hubiera podido cambiar la Historia de España» (Salvador de Madariaga), «generosa cordialidad frente a los que no pensaban como él» (Gregorio Marañón), «victima inenarrable» (Indalecio Prieto), «la verdad de España duradera» (Luis Rosales), «hijo de la luz» (Antonio Garrigues Walker), «el español más interesante» (y más desaprovechado) de esta terrible centuria» (Fernando Sánchez Dragó).
 

EL TEJO
Por Antonio Castro

LOS EXILIADOS

Empeñados en ganar la guerra que perdieron, muchos partidarios de la España rota y sovietizada llevan ya algún tiempo trayendo al primer plano de la atención pública el tema de los exiliados, por supuesto tratándolo de modo parcial. No quieren contarnos la verdadera historia de cuantos perdieron su casa, su trabajo, sus libros, su cotidiano ambiente, sino utilizar parte de ella como arma o instrumento capaz de reabrir heridas y conseguir hacer daño. Así, por ejemplo, nunca dicen la cifra exacta de españoles que atravesaron nuestras fronteras, y siempre se refieren a una clase de ellos, los que consideran suyos.

Vayamos por partes. La primera de todas es de justicia que sea el reconocer a cualquier clase de exilio como algo del todo lamentable. No puede considerarse legítima ni justa una sociedad que motiva o impone el que uno de sus miembros deba abandonarla. Dicho esto, una segunda parte requiere distinguir entre exilios voluntarios y forzosos. Es evidente que quien deja su casa de buena gana, porque le conviene o apetece, no merece ser considerado igual que quien lo hace a la fuerza. Pero en esta última categoría debemos también distinguir entre quienes son de verdad sacados de sus casillas familiares o laborales sin culpa propia, y aquellos otros que las abandonan para no responder ante sus vecinos o compañeros de los daños o perjuicios que han provocado o protagonizado. Es evidente que nadie en su sano juicio puede considerar exiliado a ningún estafador, narcotraficante o ladrón. El asesino de las niñas de Alcasar nunca ha sido ni es un exiliado.

Nuestra guerra civil forzó a que se exiliaran muchos españoles. En los primeros meses de conflicto, por ejemplo, huyeron de Cataluña por tierra y mar varios miles de gentes que se consideraban despojados de cuanto hasta entonces constituía su legítimo ambiente o medio de vida material y espiritual. Igual sucedió en Madrid con quienes pudieron utilizar los servicios de ciertas Embajadas. Nadie, sin embargo, habla de esta clase de exiliados. El adjetivo se reserva casi en exclusiva para los enemigos -combatientes en su práctica totalidad- de los nacionales. No puedo ni debo tratar aquí con la debida extensión este doloroso problema, pero tampoco me es posible dejarlo sin hacer una referencia a que dentro del exilio rojo debemos distinguir entre el de los años 36, 37 y 38 y el del final de la guerra, como también entre los exiliados «pobres» (simples soldados o gente de a pie) y los «ricos» (altos dirigentes militares, sindicales o políticos), así como entre la gente del exilio comunista, la anarquista y la simplemente republicana. No salieron de España, ni vivieron fuera de ella, igual Prieto que Azaña, la Pasionaria que Rosa Chacel, Negrín que Cernuda, o el coronel Casado que el general Miaja. De modo y manera que si alguien quiere hablarnos del exilio español tenemos derecho a exigirle que cuente toda la verdad, por ejemplo, en orden a cómo los jerifaltes abandonaron en Cataluña y Alicante a «la clase de tropa», o en cuanto se refiere a la distinta clase de ayuda social y económica prestada en Rusia, Francia, Chile o México a unos o a otros...
 

PRESTON FUGITIVO
Por Ángel Palomino

Ediciones B (Grupo Z) publica una serie de ensayos histórico-biográficos titulada «Cara y Cruz». La idea es de Rafael Borrás, destacado especialista en el género como autor y editor, y consiste en confiar cada obra a dos autores que ofrezcan, en un mismo libro, visiones diferentes y separadas del personaje: «…una imagen contrastada -dice Borrás-, Cara y Cruz, que permita su mejor conocimiento, con sus luces y sus sombras».

El personaje Francisco Franco, nos lo confió al «historiador» y -en cierto modo- «hispanista» Paul Preston y a mí. Preston es autor de una voluminosa biografía titulada Franco, para los ingleses, y Franco, Caudillo de España para el consumo hispanopagano. Yo no me tengo por historiador, mi género preferido es la novela, pero he publicado tres ensayos históricos, uno de ellos titulado Caudillo.

Fue propósito rumoreado, e intentado por la editorial, enfrentarnos en un debate previo para el que no fue posible la colaboración de P. Preston. Se resolvió con un cuestionario de quince puntos -el mismo para los dos- que fue publicado con elegante y generosa composición, en tres páginas de la revista Interviú. Las respuestas del «historiador» revelaban excesiva afición a los tópicos antifranquistas más desacreditados y notable escasez de ingenio.

Se inició la colección con la presencia simultánea en los escaparates de tres obras, Alfonso XIII, Manuel Azaña y Francisco Franco. Preston, requerido para presentar la nuestra, se excusó repetidamente; no se negaba, pero tampoco se comprometía: daba largas y, finalmente afirmó que le era imposible: una operación quirúrgica -además de mucho trabajo en otro libro- le impedían venir a España.

Sorprendentemente, apareció en Madrid -sí podía viajar a España- para eso mismo que le negaba a «Ediciones B»; presentar un libro: una biografía de Su Majestad el Rey. Como de costumbre, la prensa lo acogió con extensos reportajes, portadas de revistas, paseo triunfal por emisoras de radio y televisión, noticiarios y entrevistas. Ello justifica mi calificación de «en cierto modo, hispanista», no porque trabaje a favor de un mejor conocimiento de España sino por lo bien que maneja el mercado hispano-pagano. Investiga España con propósitos de divulgación de mitos y tópicos completamente desechados ya por los historiadores. Le pongo comillas a «historiador» cuando escribo Preston.

La realidad es que no puede venir a defender su parte de Francisco Franco porque está llena de disparates. Si el libro sólo fuese obra suya, hubiese comparecido con el habitual acompañamiento de medios informativos que tanto lo miman. Su Franco (sólo el apellido en la versión inglesa) ha tenido éxito de ventas en España pese a ser un torpe libelo antihistórico. Lo curioso del caso es que lo ha logrado entre los adictos a Franco. Fue una gran idea comercial. Al escueto apellido para ingleses le añadió Caudillo de España con fileteados en oro, encuadernación de lujo y un atractivo retrato del Caudillo en color. Muchos honestos nostálgicos del franquismo cayeron en la trampa, pero sobre todo, sus hijos y sus nietos que lo compraban y aún lo compran, como regalo de Navidad, día del padre o cumpleaños: toma abuelito, ahí tienes a tu Caudillo.

Preston no comparece pero puede hacerlo: la editorial y yo lo esperamos con los brazos abiertos; aún tiene tiempo de venir y presentar nuestro libro como han hecho los autores de Alfonso XIII y Manuel Azaña. Y obligarme con razones, si es capaz de explicarlas, a quitar las comillas de sus falsas etiquetas de historiador e hispanista.

Inexplicablemente, este señor tiene encomendada la dirección de la Cátedra Príncipe de Asturias para el estudio de la España contemporánea en la London School of Economics. Si esa cátedra se sostiene con dinero del Estado Español merece una inspección rigurosa, un estudio analítico de su obra y un cambio total del profesorado sustituyéndolo por personal serio, ajeno a compromisos o sectarias inclinaciones políticas, y que huya del uso de informaciones llenas de desprecio a la historia y al pueblo español que tan poco respeto le merece al «historiador» hispanófago tan celebrado por los profanos como desacreditado ante los verdaderos historiadores.
 

SOBERANÍA Y SOBERANÍAS
Por Edmundo Gelonch Villarino

Como argentino que ha recibido la generosa hospitalidad de estas páginas de El Risco de la Nava, siento el deber de responder sinceramente a D. Antonio de Oarso, por el artículo titulado «Política Soberana». Coincido entusiastamente con la reivindicación de las soberanías nacionales, o el derecho de las naciones a ser idénticas consigo mismas y a reclamar la libertad de serlo, dentro de lo relativo que es todo lo humano con respecto de Dios. Y coincido especialmente con tal reivindicación frente a las regionalizaciones o globalizaciones que pretenden borrar la identidad masificando las culturas en un molde totalitario; coincido en mucho de su artículo, excepto cuando menciona a los hispanoamericanos diciendo:

«Una relación estrecha con Estados Unidos es muy conveniente para España. De por medio está el problema terrorista, que nos une, y en el que la ayuda americana está resultando fundamental, según dicen los expertos. Nuestros lazos con Hispanoamérica, que en estos momentos han dejado de ser mayormente retóricos para concretarse en algo más material (somos el segundo inversor en la zona), nos aconsejan coordinar con Estados Unidos nuestra gestión de ayuda al desarrollo de esta región. El antiyanquismo a flor de piel de estos países no debe ser un obstáculo».

¿Por qué disiento? Por las razones que paso a puntualizar:

1. «Antiyanquismo a flor de piel» es una expresión que parece minimizar la profundidad ética que tiene la reacción hispanoamericana frente a la injusticia de las agresiones yanquis a lo largo de dos siglos: ¿De dónde se cree que provenga la expresión corriente : «¡Pobre México! ¡Tan lejos de Dios y tan cerca de los EE.UU.!», refiriéndose, no al pueblo guadalupano, sino al Estado masónico? ¿Y qué puede sentir un panameño cuyo presidente, malo o bueno, es arrebatado y encarcelado como delincuente común, arrestado por autoridades invasoras, fuera de la jurisdicción de su soberanía? ¿Eso es respeto a las libertades y derechos o es acaso el monopolio de la soberanía mundial? ¿Ya olvidó España, el comportamiento yanqui en Cuba y Filipinas? ¿Acaso quienes fueron autoridades militares estadounidenses cuando la Guerra de Las Malvinas, no han reconocido que combatieron junto a los británicos agresores? ¿Y los ataques piratas norteamericanos durante lo siglos XIX y XX?. Ahondaremos en la ética del asunto.

2. Lo de «ayuda al desarrollo de la región», parece una broma dolorosa. Pero demasiado dolorosa. Las inversiones extranjeras -no solamente las que se nombran españolas- son una de las primeras causas de la fuga de capital; del desmantelamiento del aparato productivo, especialmente de las industrias estratégicas y de la tecnología de punta, en beneficio de la especulación; del cierre de las fuentes de trabajo; del hundimiento del ex-trabajador argentino en la pobreza y en el desempleo. Es cierto que el principal responsable ha sido siempre el gobierno constitucional que oprime y destruye a la Argentina; pero, ¿quién hizo hacer la guerra, en 1851 y 1852, para imponer una constitución mal copiada de la estadounidense?, y ¿quien dirigió la traición contra el gobierno militar durante y después de la Guerra de Malvinas? ¿Acaso no debemos a Estados Unidos y a Margaret Tatcher el restablecimiento de este veneno corrosivo mal llamado democracia? Sugiero a D. Antonio de Oarso que se interiorice de cuantos estudios técnicos analizan la destrucción de las economías hispanoamericanas por obra de los capitales sin patria que nos impone la diplomacia yanqui. ¿No son las escuelas de estudios estratégicos, las que sostienen que los intereses norteamericanos son incompatibles con los argentinos, por ejemplo, o últimamente con los del Mercosur? ¿No les debemos la destrucción de nuestra cultura, de las tradiciones hispánicas, de la moral cristiana, por obra de las sectas dolarizadas y de una industria cultural monopólica? ¿Por terror a quién, los gobiernos títeres hispanoamericanos entregan todas sus riquezas, elaboradas por el trabajo nacional, a capitales extranjeros que las compran hechas y las hacen desaparecer?

3. Y más me asusta el fundamento esgrimido para argumentar: se habla de interés y no se habla de justicia o de derecho. ¿Es esa la tradición hispánica en la que nos criaron, la de juristas como el P. Vitoria? En las dos relecciones sobre ambas potestades, están trazados los límites naturales de lo que hoy llamamos soberanía, y demostrado que, por su origen divino, se subordinan los principados terrenos al imperio del Reino de Dios, único Soberano Absoluto y tal vez uno de los pocos que no obedece a Bush.

Reconozco como indudable, que los intereses de los usureros y de los norteamericanos han sido opuestos a todas las otras soberanías nacionales, como lo ha declarado tan explícitamente Tony Blair. Y acepto -ya que no me compete discutirlo-, que puedan existir intereses coincidentes en alguna medida entre la represión española del terrorismo y algunas actividades norteamericanas contribuyentes, pero ¿cómo se relacionan con el derecho natural de las naciones? ¿Se puede apoyar a una agresión éticamente injustificable, como lo es la invasión a Irak previamente desarmado, y canjear ese apoyo a cambio de una ayuda para reprimir un injusto terrorismo, como si se pudiera obrar un mal para conseguir un bien? Aceptando la filosofía del pragmatismo yanqui, estaría bien. ¿Pero lo estaría en el marco ético católico, o al menos jusnaturalista, de los Maestros hispánicos del Derecho internacional?

4. No nos engañen las palabras equívocas. El terrorismo que debe enfrentar España, es una agresión injusta contra el Bien Común de la Nación, cuya naturaleza es principalmente moral, y los caracteres de la injuria recibida justifican la represión por parte de la autoridad competente.

Pero, ¿qué tienen entonces que ver los EE.UU.? No tienen competencia ni autoridad moral, después de haber alimentado el terrorismo en todo el mundo, acompañando a las brigadas rojas en España, y exaltando la «justicia» de las purgas de Stalin, agrediendo a los mercantes japoneses antes de Pearl Harbour, subsidiando a la résistance contra Petain, a los partisanos en Italia, al Viet Minh contra Francia, a los terroristas argentinos amparados por Carter; armando a «Sucesores del terrorista Ben Gurión y Cia», a los Ben Laden y a los Saddam Hussein, etc., como antaño a los bandidos mejicanos, en una perfecta, unánime e ininterrumpida política exterior terrorista explícitamente reconocida. ¿O las bombas atómicas no buscaban aterrorizar a los sobrevivientes japoneses? ¿O no es Norteamérica la que guarda las mayores reservas de armas de destrucción masiva y otras armas prohibidas para los débiles agredidos, pero monopolizadas por los poderosos agresores?

¿O es que hay «soberanías coloniales» o de segunda, que han de inclinarse ante la única Soberanía verdadera? ¡Como si no supiéramos que los EE.UU. son nada más que los sumisos ejecutores de las órdenes del aquel Imperialismo Internacional del Dinero que, desde 1931, denuncian los Pontífices!

5. Y una última pregunta: ¿en qué se diferencian moralmente una agresión injusta, un crimen contra el bien común de una nación, cuando el terror es producido por irregulares y cuando es obra de un Estado? Intervenir en la política interior de un Estado Soberano para cambiar a los gobernantes, asesinando a quienes se le opusieren, y destruyendo sus tesoros culturales, masacrando a la población no combatiente, cercenando artificialmente el territorio, es malo si lo realiza la ETA. Y no cabe duda de eso. Entonces, ¿por qué eso mismo es bueno cuando lo ejecutan los Estados Unidos en países lejanos? Lo que es contra derecho cuando me daña, ¿pasa a ser justo cuando un Estado daña a otro?

Se me dirá que unos son los terroristas irregulares y otro es el Estado; que los primeros no tienen derecho a combatir y los Estados sí lo tienen para hacer la guerra (al menos si se reúnen las condiciones muy restrictivas que enumeró Santo Tomás y recoge el Catecismo ). Pero ni todo irregular es terrorista (¿o no hubieron guerrillas irregulares contra el invasor napoleónico, y eran justas y patrióticas?), ni tampoco un Estado puede llevar adelante cualquier guerra. Algún Padre de la Iglesia enseñaba que a los hombres, desde el pecado original, se los gobierna, o por el amor, o por el terror. Y hoy, el Cardenal Ratzinger pregunta: «¿Qué diferencia existe entre un Estado y una asociación delictiva bien organizada?». Evidentemente, la diferencia es ética y jurídica: está en el derecho, pero en el derecho natural antes que nada. En aquel Derecho cuyos fundadores y Maestros fueron españoles, aunque muchos hoy se pregunten si en España aún se los recuerda.







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