El Risco de la Nava - Nº 166
Fecha Domingo, 18 mayo a las 21:46:03
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 166 – 13 de mayo de 2003

SUMARIO

  1. El Tejo: Apuntaciones sobre Castilla, por Antonio Castro Villacañas
  2. El mensaje de amor, por Antonio de Oarso
  3. Evaluación de una visita, por Enrique Hermana
  4. «Somos rojos, y a mucha honra», por Emilio Álvarez Frías


EL TEJO
Por Antonio Castro Villacañas

APUNTACIONES SOBRE CASTILLA

¿Es de verdad Castilla, alguna vez lo ha sido, mística y guerrera? ¿Ha estado alguna vez, lo está acaso ahora, absorta en sí misma, satisfecha de ser lúcida? ¿Se encuentra hoy, lo estuvo antaño, voluntariamente apartada del resto del mundo porque este se transforma y ella desea quedarse como está, fiel a sí misma? ¿De veras alguien cree que Castilla desprecia hoy, desdeñó otras veces, cualquier paso adelante -propio o ajeno- por el mundo de la cultura, de la ciencia, del arte? ¿Alguna vez fue, lo es ahora, sembradora, cosechadora o acaparadora de espiritualidades? ¿Sueña, soñó ayer, con un Imperio capaz de librarla de su tradicional hambre, de sus seculares harapos?

Vale la pena mirar de frente, bien abiertos los dos ojos, tanto a la Castilla de hoy como a la de siempre, por encima de las absurdas divisiones autonómicas creadas por esa broma de inocentes que llamamos Constitución.

Merece la pena apreciar y despreciar los tópicos que han ido configurando su personalidad, por si acaso algún día resulta necesario que Castilla vuelva a ser la salvadora de España o que España salve a Castilla como último remedio contra un cúmulo de tontas inocentadas.

¿No es Castilla hoy, no lo fue antaño, una tierra, un pueblo, ajustado a su tiempo, protagonista consciente de la época que le corresponde vivir? ¿De verdad alguien desconoce que en otros tiempos supo, como ahora mismo sabe, progresar de acuerdo con lo que necesita y está al alcance de sus posibilidades? ¿Se la ve, como siempre fue, como ahora es, fiel diferenciadora de lo religioso y de lo laico? ¿Se comprende ahora, mejor que se comprendió ayer, cuál es su idea y su ambición de Europa?

Castilla no inventó el nacionalcatolicismo, ni lo practicó o sufrió mejor o peor que otras partes de España. Tampoco fue la cuna o la tumba de ninguna clase de fascismo. No se contagió más que otras partes de España de esa extraña enfermedad europea llamada totalitarismo. Su regionalismo, su exacta versión del nacionalismo, carece de raíces dañinas y no se alimenta de prédicas seudoreligiosas marxistas o ultraconservadoras. Más allá de tontas ensoñaciones comuneras, hurgando en su identidad republicana, Castilla me parece hoy de verdad progresista, europea, laica, abierta, precisamente porque está como siempre celosa de su personalidad propia, religiosa, fielmente arraigada en su historia...

A Dios le pido de todo corazón que no la afecten mucho las tentaciones autonómicas y que se mantenga libre de cualquier otra clase de semejantes innovaciones foráneas.
 

EL MENSAJE DEL AMOR
Por Antonio de Oarso

No hay duda de que los que tienen cierta edad habrán observado un cambio en el mensaje eclesial desde los tiempos en que tuvo lugar el Concilio Vaticano II. Las duras aristas y los rigores de tiempos anteriores fueron suavizándose paulatinamente hasta conformar un discurso ciertamente más amable. Las admoniciones dieron paso a los suaves consejos; las advertencias de una posible condenación, a las promesas de una feliz acogida en el seno del Padre. Una religión de trazos severos fue sustituida por otra de rasgos dulces y amorosos. Dios dejó de castigar para exclusivamente perdonar.

Esta tendencia tuvo sus inicios en aquellos años sesenta en que surgieron corrientes seculares paralelas en pro de la paz y el amor. La Iglesia, que había decidido «abrirse al mundo», acogió en su seno estas tendencias, así como ideologías en boga, como el marxismo, al que pretendió cristianizar. De lo que se huía era de quedarse arrinconada, marginada, desplazada del curso de la Historia. El precio que creyó que debía pagar fue el abandono de todo lo que pudiera considerarse una crítica a las costumbres que el mundo iba paulatinamente asumiendo como normales y justificadas.

Fue una ironía que la Iglesia se abriese al mundo cuando éste transitaba por caminos desviados. Es decir, la apertura se hizo en el peor de los momentos. Y la falta de crítica subsiguiente supuso la eliminación de un freno en la ruta errada de la sociedad.

Y no puede decirse que los resultados prácticos hayan sido satisfactorios: Sobre la disminución drástica de las vocaciones sacerdotales, la cada vez menor afluencia de seglares a las prácticas religiosas. Todavía en 1970, en España, el número de personas que se confesaban católicos practicantes, sobrepasaba el 80%. En la actualidad, las últimas estadísticas indican un 18’5%. Todo parece indicar que a la gente no le atraen mayormente la dulcedumbre, los sermones almibarados, el recurso sistemático al amor como panacea.

No sólo en España ocurre esto, sino en toda Europa y en América. Y no se limita el fenómeno a la religión católica. Ha ocurrido lo mismo con las sectas protestantes. También éstas, y antes que el catolicismo, se amoldaron al mundo moderno con el consiguiente frenado a toda crítica o condena. El resultado ha sido el mismo. Las últimas estadísticas en Estados Unidos muestran un declive persistente de las confesiones protestantes tradicionales: metodistas, presbiterianos, episcopalianos, etc., mientras que los movimientos evangélicos, considerados como fundamentalistas que no claudican ante la sociedad moderna, crecen imparablemente. Alguna débil analogía de esto último puede encontrarse en España, donde el Seminario de Toledo, considerado tradicionalista, ve aumentar el número de seminaristas en proporción muy superior al resto de Seminarios, exceptuando el de Madrid.

Pero la tónica general no es esa. Se sigue pensando, debido a la inercia del movimiento surgido en el último Concilio, que la forma de poder subsistir y eventualmente influir en el mundo es acomodándose a él. Y esta misma es la opinión reinante en las confesiones protestantes.

El resultado de esta predominante directriz es notable. Los males morales que acucian a esta sociedad occidental son muy graves. Está el aborto legalizado, que se ha convertido en auténtico genocidio de enormes proporciones. Está el libertinaje sexual, aceptado como norma respetable en la sociedad, y extendido a edades tempranísimas, que conduce a multitud de embarazos que acaban en las clínicas abortistas. Está la pornografía libre y omnipresente, que es causa y efecto del libertinaje sexual. Está el homosexualismo, constituido en un colectivo cada vez más poderoso, y por tanto mimado por todos: partidos políticos, hacedores de opinión, religiones. Está la droga, cuya vasta extensión en la juventud no merece grandes atenciones. Está el terrorismo, que sí preocupa a la gente por la cuenta que le trae, pero que tiene una sólida base a la que luego me referiré.

Pues bien, de todos estos males no existe referencia, crítica ni condena algunas en la predicación eclesial; es decir, en las homilías eucarísticas, que son la palabra que llega al pueblo, la que puede influir. Estos sermones se reducen a la exposición exhaustiva del amor de Dios y del amor fraterno entre los hombres; con lo que se da de lado a la doctrina oficial de la propia Iglesia, que contiene muchas exigencias sobre los temas citados, pero que se omite con medrosidad. Consecuencia inevitable, naturalmente, del afán compulsivo por acomodarse al mundo y sus costumbres.

Estos afanes secularizadores van acompañados del inevitable temor: el temor a no tener éxito, el temor a que, pese a estos esfuerzos de conciliación, no se consiga consolidar posiciones. Pues el mundo no ignora que la doctrina tradicional católica no es compatible con las costumbres modernas, por mucho que se trate de obviar este hecho con omisiones y silencios. Sabiéndolo así, se redoblan los esfuerzos de conciliación, refugiándose en el amor como monotema. Cualquier cosa, menos admitir la posibilidad de que la solución pueda estribar precisamente en lo que más se teme: el enfrentamiento franco y abierto con una sociedad neopagana, apartada ya del cristianismo. Por tanto, se opta por una huída hacia delante que hasta la fecha está cosechando graves fracasos.

En el País Vasco el mensaje del amor tiene otras connotaciones, aparte de las generales expuestas. Su alcance es doble. El ya señalado, por supuesto. Pero existe otra aplicación que se deriva de la situación sociopolítica específica de esta región. Según estadísticas últimamente publicadas en la Prensa, el 90% del clero vasco es más o menos nacionalista, llegando a un 10% los radicales. Queda un 10% de sacerdotes constitucionalistas.

No hay duda de que la aspiración nacionalista es cumplir con sus fines segregadores, alcanzando al mismo tiempo una situación de paz social. Una amnistía general sería la culminación idónea de este proceso. Recordemos la carta pastoral de los obispos vascos oponiéndose casi sin rebozo a la ilegalización de Batasuna. Y la predisposición amistosa, si no la simpatía, hacia el mundo radical se ha traslucido en muchas ocasiones, no sólo en ésta. Significativo es que la carta pastoral recibiera los mayores elogios de este mundo radical.

El mensaje del amor es particularmente persistente en el País Vasco. Se percibe la búsqueda de una reconciliación general; para conseguir la cual, la existencia de leyes severas y justas constituye un obstáculo. Se predica el amor y se desprecia taxativamente la «justicia humana» oponiéndola a la «justicia divina», que se presenta como completamente distinta y basada en el amor. Antagonismo difícilmente defendible, pues si el hombre ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios, algún parecido ha de tener su justicia con la divina. Pero, en cualquier caso, la justicia humana es necesaria y esto resulta perturbador. El mensaje del amor parece ir destinado a desactivar el espíritu justiciero que anida siempre en el corazón humano. Las continuas llamadas al amor incondicional y al perdón tienden a fomentar el olvido de los ultrajes recibidos por la sociedad. En consecuencia, el olvido de las víctimas.

He dicho antes que el terrorismo tiene una sólida base, y no me refería a apoyo social o ideológico, sino a algo más hondo y espiritual. Este mensaje de amor indiscriminado y este anuncio de un Dios clemente, al eliminar la noción de castigo por parte de tal Dios, y al inducir a pensar que la sociedad también sabrá perdonar, tiene un efecto devastador en el espíritu. Dostoyevsky puso en boca de uno de sus personajes la frase conocida: «Si Dios no existe, todo está permitido». Pero lo mismo podría decirse: «Si Dios existe, pero no castiga, todo está permitido». Y si, además, la sociedad es inducida a perdonar, miel sobre hojuelas. Esta conclusión penetra profundamente en el alma del pueblo, derribando las trabas morales y la coerción que ejerce el temor al castigo.

Pero tampoco el clero nacionalista parece que vaya a colmar con éxito sus aspiraciones. Lo cierto es que la Justicia ha endurecido muy notablemente su función punitiva. Era de esperar, pues cuanto mayor sea la relajación, mayor ha de ser la represión. Entretanto, cada vez va menos gente a la iglesia.
 

EVALUACIÓN DE UNA VISITA
Por Enrique Hermana

La reciente visita del Papa a Madrid tiene muchas facetas asombrosas. Una de ellas es la canonización de cinco santos españoles de una tacada. No ocurría desde 1622, en que se canonizó a santa Teresa, san Ignacio, san Fernando, san Isidro y no sé si san Francisco Javier o san Juan de la Cruz. Aquellos eran otros tiempos, en que España lideraba el catolicismo frente al protestantismo, el Islam y el paganismo. No son los mismos tiempos ahora, con una España oficialmente aconfesional y dominantemente escéptica y timorata. Pero en ninguna otra nación del mundo parece posible que se canonice hoy, de una tacada, a cinco nacionales coetáneos de muchos de los asistentes.

La determinación de Juan Pablo II para hacer el viaje en 30 horas, superando sus minuscapacidades físicas, sobradamente patentes, es un ejemplo egregio de la vocación personal y el sacrificio en el cumplimiento del deber. Organizar un acto para centenares de miles de jóvenes en un espacio abierto se hace cada dos o tres años, prácticamente, en uno u otro país. Pero que asistan a un acto con el Papa de una sola Nación y en tal cuantía dice algo particular de nuestra sociedad y de la empatía mutua entre el Papa actual y los españoles.

La Misa multitudinaria del sábado en el centro de una ciudad de cuatro millones de habitantes, paralizando la circulación en una encrucijada clave durante cinco o seis horas, no parece factible en otra nación europea hoy. La asistencia multitudinaria demuestra que una parte significativa de la población se adhiere al acontecimiento, haciéndolo suyo. La mezcla de personas, nacionales y sudamericanos, jóvenes y ancianos (el Samur atendió una lipotimia de una señora de ¡91 años!), niños y bebés, sentados en sillas de la organización, en taburetes portátiles o en el suelo, junto a quienes lo aguantaron a pié, resulta conmovedora para quienes estuvimos dentro. El Papa, con demostración de su frescura mental, habló en su despedida con texto no programado, agradeciendo el sacrificio a los asistentes, que no abandonaron hasta que él dio su bendición. Demostraba que era consciente del esfuerzo hecho por los asistentes al participar en una ceremonia que quizá hubiera debido ser abreviada (difícil tarea, pues los obispos y los clérigos se extienden hasta rozar la opresión ante asistencias multitudinarias). Nuestro párroco había reiterado claramente que aquél día él «cerraba la tienda» por la mañana, pues el lugar de todo católico consciente en esa mañana era aquella Misa, o delante de la TV, viéndola en casa… o la UVI. La gente cumplió. Y parece ser que el Papa lo entendió así. Y lo agradeció, como se ha dicho antes.

Los Reyes cumplieron asimismo como Reyes de España. No como Reyes Constitucionales, meros intérpretes de un papel aséptico, sino dando sobrada muestra de afecto e implicación personal con el invitado. Fueron los Reyes Católicos, por encima de Jefes de Estado constitucionales. No parece que se haya generado comentarios públicos protestando de tal «desvío». Lo que parece suponer un reconocimiento tácito de la realidad católica esencial de nuestra Patria, incluso por parte de quienes intentan combatirla o silenciarla. Aznar dio muestras también de implicación personal en la acogida. Zapatero, en cambio, no se atrevió a asistir con su familia, como persona, y se limitó a representar su papel de líder político que aprovecha una oportunidad de renombre.

Parece ser que unos días antes había miedo de que la visita transcurriese entre la apatía popular. Y que el éxito de asistencia (no sólo a los actos, sino cubriendo kilómetros y kilómetros de calles por los que la comitiva del Papa pasaba a gran velocidad) le ha supuesto un prestigio al organizador, Cardenal Rouco, que mantuvo en todo momento la confianza en el éxito popular. La organización demostró no tener complejos ni miedos y sí ambición, y confianza en el sentir católico del pueblo. Algo tan encomiable como la eficacia probada en todas sus disposiciones y obras.

Uno de los comentarios publicados en los días siguientes decía que «Juan Pablo II fue a pedir a los españoles que salgan de su cascarón y vuelvan a dinamizar evangélicamente a su país, Europa y el mundo. Lo que nadie sabía era que el cariño al Papa había crecido tanto y que España tenía una reserva de humanidad superior a lo calculado». ¿Cuánto hacía que no se hablaba con tal confianza en las posibilidades de «nuestro pueblo, tan rico en virtudes entrañables»? No es fácil decir si el Papa siente tal confianza, pese a sus exhortaciones; pero, en medio de la autoflagelación cultural a que nos tienen sometidos, es una gran noticia que en España se escriba así.

Como trasfondo de la visita se ha comentado la decepción de los alucinados que esperaban una condena expresa de Aznar por el papel de España en la Guerra de Iraq, pero ese disparate no merece comentario. Como no lo meren los de Anasagasti, Arzallus, y demás cuadrilla, que han hecho declaraciones que provocan carcajadas a cualquier mente medianamente lúcida. Las facetas políticas de la visita son menudencia, pese a los abundantes comentarios suscitados. Baste recordar que recibió al Papa una asombrosa y desnortada pancarta en la que ponía «Aznar, Excomunión». Quizás sea sólo particularmente lamentable la ausencia de líderes autonómicos, como Pujol, o Chaves, «compatriota chico» de varios de los nuevos canonizados. Pero de donde no hay, no se puede sacar.

Quede la principal reflexión acerca de lo visto para nuestros obispos, mayoritariamente descafeinados, que debieran tomar ejemplo de la vitalidad y fuerza personal de una «ruina humana», afectada de Parkinson e incapaz de moverse sin ayuda. Pero con la fuerza suficiente para decidir que la muerte le encontrará al pié del cañón, sin abandonarlo para tomarse un descanso bien merecido. Y capaz de transmitir esa fuerza interior a millones de personas, demostrando que la persona y sus convicciones esenciales permanecen por debajo de su debilidad física.
 

SOMOS ROJOS, Y A MUCHA HONRA»
Por Emilio Álvarez Frías

No lo digo yo, lo dice el señor Llamazares, el coordinador general de IU, procedente del PCE, ese liquen de rara especie que es conservado por la partitocracia como a toda costa los más puntillosos ecologistas se empeñan en conservar raras variedades vegetales, personaje al que, a partir de ahora, estamos inclinados a apodar «el casposo» por la afición que tiene a la aplicación de tal adjetivo.

Sí, señor, lo ha dicho el señor Llamazares.

El mismo que, lleno de coherencia, no hace mucho calificaba a Juan Pablo II de rancio y trasnochado, al mismo Papa para el que ahora ha pedido la Orden de Isabel la Católica, no sabemos si por el empeño de éste en evitar la guerra de Iraq, o por la canonización del Padre Poveda y la Madre Maravillas el pasado 4 del presente mes de mayo.

Si es por este segundo supuesto, me imagino que la intención del señor Llamazares es pedir la de pedir perdón, en el momento de imponer al Papa la condecoración, por el asesinato del Padre Poveda a manos de sus colegas de 1936 y por haber tenido la Madre Maravillas que abandonar a toda prisa el Cerro de los Ángeles antes de que llegaran sus otros colegas a fusilar las imágenes en piedra existentes en dicho monumento, cuyos restos se encuentran frente al nuevo monumento.

Y como todos los caminos pasan por Roma, digamos que la redacción de la nota dada sobre el Padre Poveda y la Madre Maravillas por la jerarquía eclesiástica no responde a la verdad de los hechos ni a la valentía con la que san Pablo hablaba a los gentiles en su tiempo. Veamos:

· El Padre Poveda fue «mártir durante la última persecución religiosa en España», y, como diría uno de nuestros lectores, parece que es que en España hay periódicamente persecuciones religiosas.

· La Madre Maravillas «en 1936 tuvo que abandonar el Cerro de los Ángeles para partir a Francia, y volvió a España en 1937, en Salamanca», y, como dice nuestro comunicante, parece que se fue de vacaciones a Francia y por algún extraño motivo volvió a Salamanca en lugar de a Madrid, seguramente por prescripción médica, o vaya usted a saber.

¿Por qué ese temor de decir las cosas como son? ¿No dice el señor Llamazares que los de su coalición son rojos y a mucha honra? ¿Es que los demás no pueden decir lo que realmente son o cómo resultan ser las cosas?

Uno siempre ha procurado eludir la denominación de «rojos» por simple cuestión de estética; pero a partir de ahora no sentirá ningún pudor en utilizarla tantas veces como sea necesario.







Este artículo proviene de Hermandad del Valle de los Caidos
http://hermandaddelvalle.org

La dirección de esta publicación es:
http://hermandaddelvalle.org/article.php?sid=4372