Altar Mayor - Nº 86 (20)
Fecha Viernes, 30 mayo a las 20:16:46
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

HISTORIA DE MI CHAMBERGO (3)
Por Ignacio Fernández García

5’30 horas...: diana

Una sombra se pierde en la penumbra de la tienda de Jefatura. Son las 5'15 horas de la mañana. Es el acampado que está de centinela durante el último turno que anuncia el día con quince minutos de adelanto a los que llevan la máxima responsabilidad en la acampada y, por lo mismo, tienen como norma ser los primeros en levantarse para así comenzar la faena ya lavados, los sentidos despejados y abiertos a lo nuevo de la joven jornada.

Siempre pasa lo mismo: por la noche se prolonga la hora de dejar la charla y el día viene rápido y con él la obligación de abandonar la colchoneta. Sin pereza, pues no hay tiempo para ella, el más rápido despierta al más pesado y juntos bajan al río para regresar al rato con la toalla mojada y la cara fresca en este lugar serrano, que goza de exagerado calor durante el día y frío en la noche y amanecida.

Pocos podrán olvidar la impresión del nuevo día en una acampada como la nuestra. Todo es quietud, las sombras empiezan a ser vencidas y los perfiles de las cumbres se van presentando poco a poco allá, a lo lejos; en el valle el río que se despereza aunque no se le oye; las tiendas van tomando blancura, los chambergos y los ponchos en las cabezas y hombros de los acampados de la guardia les hacen parecer dioses de las alturas que envían la amanecida.

Despacio van surgiendo las piedras encaladas que bordean los nuevos caminos. La pareja de golondrinas que tienen su nido en el tejadillo que hace de visera en la Casa Forestal cantan a la mañana y vuelan rápidas luchando contra el frío, el buche vacío y el misterio del nuevo día.

Por el sonido de los cencerros se adivina los rebaños vacunos que anuncian su caminar en la otra vertiente. Un cernícalo mira desde lo alto sin entender, creo yo, la mutación del paisaje, pero presintiendo comida diferente a sus saltamontes del ayer pasado. Los cardos y los zarzales se animan con los jilgueros que cantando agradecen la luz que vuelve de levante. Las herramientas dan guiños de acero mientras que el oro y la plata de los guiones se hacen ver en sus vaivenes impulsados por el viento.

Qué bien huele a esas mil cosas diferentes que guarda el campo mientras suavemente la luz se lleva en jirones de plata a las sombras. Ya se distinguen más las cosas. Ya está aquí el día. Ya no está la noche.

Han pasado quince minutos, un sonido alegre ha roto el silencio y ha surgido el encanto. La paz se ha convertido en bullicio juvenil. Las puertas de las tiendas se abren y depositan el tesoro inmenso que quedaba de las sombras. La juventud sale alegre por ellas y habla, corre, grita, mientras busca en la bajada el río.

¿Qué piensan, qué dicen?

-No puede ser, Luis. Te despiertas como si un autobús de dos pisos te buscase por la acera.

-No exageres; lo que ocurre es que el corneta ha tocado tan cerca que parecía que me dedicaba en solitario la primera diana y uno tiene sus nervios. Pero no ha pasado nada, ¿no?

-Hombre, pasar -dice Antonio- no; pero porque hemos cerrado la boca a tiempo, pues en caso contrario sí que hubiera pasado la tierra por nuestra garganta. Al sacudirte has levantada un hongo de polvo como una bomba atómica.

-Seguir así y nuestro amigo Carlos nos mencionará en la Orden del Día por polemistas matutinos -dijo Ricardo, Jefe de Escuadra-. Y lo mejor que podemos hacer es rezar un Padrenuestro por el día que creo yo que llega, pues por la luz más parece que se ha despistado el corneta.

-No, Ricardo, son las cinco y media con un par de minutos.

Cada uno en silencio iba levantando los faldones de la tienda, sacando las colchonetas y mantas, abriendo la puerta, colocando en orden las piedras que durante la noche habían permanecido encima de los pudrideros para evitar que entrase el frío y el viento. Apenas terminada la oración, se pusieron en posición de descanso delante de la tienda, pues habían tocado llamada a los cinco minutos de diana y Carlos les daba jovialmente los buenos días desde el centro de la plaza que ellos, como río desbordado, le respondían.

Otra tienda y otros comentarios:

-Oye, Juan, creo que han tocado -dijo Manuel-. Pareces una marmota.

Quien daba motivos a tal comentario abrió un ojo, seguramente el izquierdo, pues dormía apoyado en su lado derecho, mientras se volvía al contrario, lo que originó que sus camaradas le dejasen sin mantas, pues sus intenciones no parecían las de levantarse.

-¡Bueno, que ya voy! ¿Queréis que coja una pulmonía? Trae mis mantas, Manuel -se levantó aunque sin abrir del todo los ojos-. Vaya horas. ¡Pero si hace nada que nos hemos acostado!

-Hombre, nada no, siete horas desde las 10'30 de la noche que tocaron silencio, que por cierto, no oímos ninguno.

-Pues no lo parece. Oye, se duerme de primera, me río yo del «flex» casero.

-Napoleón ya lo dijo: para dormir, sueño. Y el día da ayer fue de prueba.

-Hay que darse prisa en arreglar esto -dijo Virgilio, Jefe de Escuadra-. Mirar la tienda de al lado, ¡qué digo, todas!, están ya en relativo orden. ¡Venga, levantar los pudrideros!

-Desde luego yo quisiera saber la fórmula que usa Virgilio -dijo dormilón- para estar dispuesto a todo, hasta a no dormir.

-Nada más fácil -contestó Manuel-. Primero saber lo que se propone, segundo intentar cumplir con más voluntad que nadie, porque no olvides que por mucho que lamentes la falta de horas de sueño no vas a dormir ni una más, así que no hay otra solución que o no haber venido o cumplir como el mejor.

-Está claro, Manuel, pero no me discutas que el sueño…

José Luis, Jefe de los «Españoles», tenía su tienda dispuesta para airearse y andaba dando ánimos a sus escuadristas queriendo adivinar el estado moral de los mismos.

En la acampada de la izquierda, mirando al río, un Jefe de Tienda estaba preocupadísimo, pues después de trabajar los cinco en ordenar las cosas de los seis, veía llegar el momento de dar la novedad y faltaba Jesús, buen escuadrista, pero un tanto despistado según sus camaradas.

-Esto sí que es bueno -se lamentaba Carlos-. Si le vamos a buscar la tienda se queda sin arreglar y Serafín, con razón, nos pone de haraganes hasta qué se yo dónde, y si no vamos y le ha pasado algo... No quiero ni pensarlo.

-¡Pero quién iba a pensar que Felipe, que duerme pegado al palo de entrada de la tienda, no le iba a sentir salir!

-Claro, como no tenemos sueño...

-Se acabó, faltan tres minutos. Felipe, Aurelio y Pepe, volar a buscarlo por todas partes. Natalio y yo terminaremos de arreglar la tienda.

Cómo juegan nuestros sentidos en razón del tiempo. No son muchos tres minutos, pero cuántas cosas pensó Carlos en ellos. Dejaría de ser Jefe de Tienda, no tenía facultades según él, y debía haber previsto tal contrariedad. Por lo mismo, si él durmiese en la entrada seguramente, con sueño y todo, lo habría oído. Aquello era un fallo y gordo. Luego no se había decidido a tiempo a mandar a la mitad de la escuadra a buscarlo. Por otro lado, el orgullo de su tienda no le aconsejaba bien, pues aunque se comentase en toda la acampada, debió comunicárselo a Serafín. Claro que eso era algo así como ponerse al borde de coger el equipo y regresar a su casa; pero más sabe el Jefe de los «Caballeros» que él, y tal vez Jesús ya estaría con ellos.

-¿Qué le habría pasado a Jesús? Se habría caído y estaría sin sentido colgado sabe Dios dónde, o tal vez le habría picado algún bicho. ¿Cómo se habrá levantado antes del toque de diana? Nada, me voy a ver a Serafín y a soportar lo que sea. Natalio, te quedas solo, procura arreglar lo que puedas. Yo voy a ver al Jefe.

-Que haya suerte, Carlos.

Serafín estaba rodeado de sus «mandos menores», enfrascados en unos arreglos del sombrajo que quería hacer para celebrar las reuniones fuera de la tienda cuando vio a Carlos caminar hacia él con cara un tanto compungida.

-Gordillo, ¿qué le ocurrirá a Carlos, parece preocupado.

-Pues es raro en él -contestó.

De pronto el asombro de ambos fue mayor al ver un gesto de alegría y satisfacción grandísima en la cara del mencionado Carlos, al tiempo que una especie de sorpresa reflejada en su forma de correr hacia el lado opuesto al que traía, inundaba todo su ser.

A Carlos se le olvidaron todas sus preocupaciones anteriores y le surgieron otras nuevas. De nuevo hablaba el Jefe de la Tienda:

-¡Hombre, muy bonito, buscándote como un loco y tú tan fresco!

-¿Qué pasa, Carlos, yo no he hecho nada?

-Pues pasa, que nos has tenido preocupados por no estar en la tienda al toque de diana. Además, a qué crees que has venido a Villavieja.

-A lo primero tengo que decirte que por la sencilla razón de que salí antes y a lo segundo a hacer tantos hoyos como pueda. Pero, digo yo, uno ya es responsable de sus actos, y si he procedido mal, te pido me lo aclares.

-Al toque de diana tenemos que arreglar la tienda en cinco minuto para luego dar el parte de la mañana que aquí es de alba.

-Pues eso es lo que ha hecho que yo no estuviese en la tienda al toque de diana, el alba.

-Procura ser rápido y explícalo claramente -dijo Carlos.

-Es fácil: salí involuntariamente y luego no tuve voluntad para volver. Mi colchoneta se deslizó por falta de piedras en la rejilla, y cuando me incorporé tenía medio cuerpo fuera. Me levanté extrañado y quedé mudo de admiración. El silencio de la noche parecía quejarse para dar paso al día que con murmullo de risa rompía la negrura; el Sol, rojo como se pone la Luna cuando es llena, parecía mirar todo mientras subía poco a poco como pidiendo cuentas a la noche de algo que no....

El aire transmitía el toque de llamada por las laderas de la acampada.

-Bueno, a formar en silencio; tu proceder podrá quitarnos puntos en esta primera revista.

Ya estaban formados cuando Serafín, muy rápido, pasó escuadra por escuadra dando la mano a cada Jefe.

Jesús soñaba con amanecidas cargadas de vida y Carlos dudaba entre ser Jefe de Tienda o perderse en el limpio y sencillo escuadrista que puede hasta ver nacer el sol sin mayores preocupaciones. Por fin se decidió y prometió ser Jefe de su Unidad a pesar de los pasares.

Los acampados rompieron filas y desde sus tiendas bajaron corriendo con toallas y bolsas de aseo en busca del agua. Los Jefes de acampada treparon hasta Jefatura, y después de desearse recíprocamente los buenos días, confirmaron que todo transcurría sin novedad.

Portella, «Adelantado», echaba en cara a Del Río, «Consignero», que bien estaba hablar como los ángeles, poro que Fray Ejemplo era el que más trigo daba.

Todo porque el «Consignero» seguía liado en las mantas sacando su nariz y metiendo más sus cuencas negras en el cogote. Disfrutaba de los momentos que podía y se defendía diciendo que él dedicaba radiografías de ambas pulmones con cavernícolas dentro y que por eso no era su tiempo de levantarse.

Reguera, que siempre dormía como un tronco, aunque se levantaba rápido y fresco, aseguraba que lo que tenía el «Consignero» era un poquito de cuento mezclado con complejo de tisis. Los Jefes de Centuria le quitaron las mantas, con lo que soltó un exabrupto al tiempo que se alegraba del procedimiento, pues el frío le despejaba, y de un brinco se puso en pie

-¿No podríamos retrasar el toque de diana una hora por lo menos? -dijo mirando a los que ya corrían hacia el agua.

-Está claro que no, pues en cuanto nos descuidemos un poco nos encontramos con un sol que no hay quien coja un pico.

-Sí, claro, lo que tendremos que hacer es acostarnos antes.

-No -dijo Reguera-, lo que necesitamos es que no cuentes por la noche los hechos y sucedidos de Soria y tu queridísima abuela, pues de esa forma evitaremos que nos impidas pegar un ojo.

Con más fuerza que el alba penetró en la tienda la blanca sotana del Pater y él en ella, y tras los buenos días deseados mutuamente, nos dijo:

-Al romper el alba, y desde mi tienda, he oído vuestra conversación que, francamente, me agradó, por lo que quiero echar mi cuarto a espadas y celebrar vuestro comportamiento, ni frío ni vacío, sino ardiente y lleno, como ya os dije el primer día que nos vimos. Y perdonar la intromisión.

-¡Por Dios, Pater! Lo imperdonable sería que anduviéramos como sombras, sin tener contacto real entre nosotros.

- Gracias y no esperéis eso de mí pues nuestra meta es la misma y el camino actual idéntico, lo que hará que lo andemos muy juntos si Dios quiere.

-A las seis hay que oír la Santa Misa y todos menos tú estamos preparados, así que... -dijo mirando al «Consignero».

-¡Yo al río! ¿Esa es tu insinuación? Ahora mismo me doy un botijazo y cuando sea de día, con sol, me terminaré de arreglar, como los señores.

Y nadie pudo evitar que se lavara con el agua del botijo. Serafín y José Luis se reían porque el «Loro» se había mojado el pijama con el agua que salía del agujero que debajo del pitorro tenía el botijo y que la noche anterior había hecho Carlos.

El «Consignero» dio un respingo, pues el agua estaba helada, y después de empaparse bien aseguró que ya se había percatado antes.

Charlamos de lo bien que se había dormido y lo problemático que sería que Andrés y Romo preparasen adecuadamente la operación de hacer hoyos. Empezamos a fumar, que era lo peor de madrugar, y desde lo alto veíamos a los acampados meterse en el agua y lavarse. Más de un veinte por ciento se bañaban a tales horas. Al rato subieron cada cual a su acampada, haciendo recuentos de jabones, cepillos de dientes, peines y toallas perdidas.

Pronto una campanilla sonó por las acampadas recordando que el tiempo entre diana y la Santa Misa iba a concluir.

Así serían, con leves variantes, las horas primeras del sol en aquellas tierras que se sentían sacudidas por brazos fuertes y regadas por sudor caliente de estas juventudes que la ocupaban con deseo de posesión.

Así era aquella madrugada que el pitar del centinela transformó en distinta porque por la senda, con la luz del día, aparecieron doce sombras de una vacada brava, los «cabestros de estribo». Pegados a los costados de la jaca de mayoral levantaban sus cabezas de «corniveletos» y husmeaban la mutación del terreno tantas veces igual y ahora diferente, sin apartarse de sus puestos. Ya para entonces el «cabestro de cola» había bramado, pero siguió más atento sin despegar su testuz de la cola de la jaca y los «cabestros de tropa» ensancharon su campo de acción para evitar que los toros bravos saliesen de la senda enmarcada por ellos. El pastor de a pie llamó al mayoral de la jaca y éste gritó al centinela: «que nadie se cruce ni mueva, que el encierro tenía paso obligado por el centro de donde acampábamos, camino de Segovia». Y nunca vimos mayor esfuerzo colectivo al luchar unos con el miedo, otros con el duende torero bailándole por el cerebro y todos con el sentido de obediencia al borde de romperse para demostrar que tenían que aprovechar tal coyuntura y hacerse los valientes entre sus camaradas.

Pero pasaron con sombras sangrientas en sus astas, arropados por los cabestros y un poco por las miradas de admiración y asombro de los acampados. Y antes de que se rompiese la tensión transmontaron la vertiente con ese trote montaraz que dejaba ver su limpia estampa mientras se iba perdiendo la voz del mayoral que guiaba la conducción por esos campos otrora quietos.

Qué oportunidad ver pasar tan cerca reses tan bravas, qué sonido tan específico el golpear de sus pezuñas en la tierra seca, qué mezcla la de las frases cariñosas del mayoral y el son de los cencerros colgados de los mansos.

Así hasta el día 4 de agosto que, como final, la amanecida también sería diferente.
 

6 horas: Santa Misa

Una vez más los clarines y las campanas clamaban en honor del único Señor, pretendiendo que Dios escuchara fundidos los sonidos que desde nuestro campo se alzaban hacia Él.

En el angosto llano una tienda de servicio hacia de Capilla. Estaba situada en el centro de las tres acampadas, enfrente de la Jefatura Central, pero en la zona baja. El agua lamía sus vientos laterales y la hierba crecía más fresca. Delante de ella había un gran sombrajo para librarnos del sol los días festivos en los que la Santa Misa se decía ya entrada la mañana. El «Adelantado», con el Pelotón de Servicios Técnicos, habían instalado un Altar rústico y sencillo. Unas banderas dividían la tienda en dos compartimentos: uno hacía propiamente de Capilla y el otro de Sacristía. Los campos de matas silvestres habían proporcionado flores y un Crucificado colocado en el centro abría sus brazos perdiéndose su mirada fuera de la tienda. Encima de la rejilla de madera pusieron una estera, en los extremos de la mesa-altar unos velones metidos entre cristales de farolas para evitar los apagones del irrespetuoso viento. El remate de hierro del palo de entrada portaba una cruz tosca hecha con jaras olientes y pegajosas. A la entrada, con piedras encaladas, se hizo una plaza pequeña, pues para más no daba el terreno, y en cada extremo se colocó una especie de mojón o pilar queriendo recordar las amplias entradas de las Iglesias de Aldea.

El corneta seguía tocando y la campanilla repicando mientras que de todos los rumbos llegaban uniformados y limpios, con paso ligero, los que sabían que a esas horas aquél era el mejor camino a seguir. Casi todos llegaban en silencio y más bien solos, como corresponde a la intimidad del acto, buscando el camino de la verdad.

Con las seis dio comienzo la Santa Misa.

En la Tienda Capilla el Pater, ayudado por dos acampados, comenzaba el homenaje más sublime, el que da más gloria que todos los honores ya que éstos siempre son capaces de limitación, mientras que el honor que Jesucristo tributa a Dios en la Misa tiene valor y mérito infinito. Y no estaba solo el Pater: pasaba del centenar los muchachos que el primer día se acercaron al Gran Sacrificio, dejando para ello sus ocupaciones personales, sacando tiempo, escuchando su corazón para acercarse con fe a la Capilla.

Ya en el recinto, aislados, sin otro ruido que el que salía de los labios que pronunciaban latines, prestando toda su atención al Altar al que acababan de acercarse, pidiendo defensa para su vida, fuerza y luz que los mantuviese jóvenes siempre. Se rezaba el Yo pecador sincero como ellos. Una voz clara pero breve salió de entre los asistentes recitando el Introito: «...alabad, oh jóvenes, al Señor...»; nuevamente imploraban misericordia y la Santa Misa era seguida con un recogimiento solamente vivido en otras acampadas o en aquellas misas de la Capital oídas muy de mañana en un rincón casi solitario junto a alguna imagen del Cristo agonizante.

El aroma de las jaras se mezclaba con el de las velas llameantes. La misma voz repetía en alto la Colecta: «...dichoso el hombre que se compadece y presta al pobre...».

El Sacerdote ha pasado al lado del Evangelio y sus palabras son tremendas, como la tierra y la austera vida que pretendemos: «...si quieres ser perfecto anda y vende cuanto tienes...».

El Credo vino como gota de agua sobre roca de carne afirmando una y muchas veces nuestra fe que quisiéramos fuese fuerte como la de los Apóstoles.

Otra vez la voz: «cuando orabas con lágrimas y enterrabas a los muertos...».

Nuevamente se lee en alto: «...oh Dios clementísimo que destruido en San Jerónino el hombre viejo, te dignaste crear en él otro nuevo según tu corazón...».

Todos de rodillas miramos la Sagrada Forma y pedimos perdón y fuerza, y cuando el Cáliz se elevaba rezamos suplicando a Dios aceptase de manos del Sacerdote el mismo Cuerpo y Sangre de su Hijo. Y promet¡mos continuar el ejemplo de los mártires. Y nos acordamos de José Antonio, de tantos muertos de hace tan poco y de los muchos millones de toda la cristiandad de todos los tiempos. Tal vez entonces, sólo entonces, nos sentimos fuertes y nos deslizamos hacia el rústico Altar a buscar el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Volvimos, y en un rincón nos dejamos caer de rodillas y el alma hablaba sin despegar los labios. Pasó el tiempo, un tiempo diferente, tiempo no terreno, y lloramos con el corazón y reímos con el alma, pues estábamos más cerca del Señor.

Cuando nos levantamos ya se había pronunciado el Ite Misa est, y nos pareció que todo había transcurrido muy rápido. La Salve subió a los Cielos cantada en castellano, como clamor de llanto y esperanza.

El Pater ha penetrado entre las Banderas al espacio que hace de sacristía. Se ha quedado orando.

Los muchachos regresan pero no solos: van en grupos, contentos, optimistas, fuertes.

Al momento el Pater salió de la «capilla» y se unió al grupo de mandos que le esperábamos. Estaba contento aunque sin demostrarlo e iniciamos el caminar hacia la plaza, pues el corneta había tocado llamada y no tardarían en aparecer las Unidades por la puerta de sus acampadas para dirigirse hacia la «Plaza de José Antonio» para izar banderas.

-Es bonito decir la Santa Misa aquí. El viento mueve la tienda Capilla.y da la impresión de que todos nos elevamos acercándonos más al Cielo.

-¿Le parece bien el montaje o falta algo?

-Es perfecto. Ya quisiera que en las tierras de misión que me esperan pudiera encontrar algo parecido. Habrá que bajar al pueblo para saludar al párroco y pedirle formas; vino habrá bastante con el que mandaron.

-Eso -dijo el «Adelantado»- contando con que al «Consignero» no se le ocurra hacer alguna visita a la Sacristía.

El «Consignero confesó que tenía un hermano cura en una granja (La Ventosilla) de la provincia de Burgos y no sería difícil volviese por sus viejas mañas de aligerar el vino.

Al conocer el Pater que tenía un hermano cura, le miró como si fuera del mismo gremio y hasta comentó que no haría mal párroco.

Mas el «Consignero» soltó no se sabe muy bien qué sobre faldas. Todos nos acordamos de una aventura muy especial que había tenido con una tal «La Guerrero», por más señas soriana.

Algo quiso saber el Pater, pero no era apropiado el momento, y Reguera desvió la conversación diciendo algo sobre lo grande que le estaba la casulla que venía en la «maleta Altar» del Campamento.

Por último el Pater nos manifestó que le había impresionado ver cómo en la Consagración todos los acampados, al toque de atención general y marcha nacional, habían puesto rodilla en tierra, incluido los que no habían acudido a Misa, dejando lo que hacían. E insistió que era la primera vez que lo presenciaba, encontrándolo francamente ejemplar y constructivo.

Ya estábamos en la plaza y las Unidades avanzaban cantando.

Veinte días a las seis de la mañana sería oída la Santa Misa como hoy, con la única diferencia de que cada día que pasaba era mayor el número de acampados que asistían y que los domingos, el día de Santiago y el de San Ignacio, más el 24 de julio, aniversario de la muerte de Onésimo Redondo, la Misa se oficiaba a las nueva de la mañana.

Solamente el día 30 faltó Andrés, y ello porque tuvo que ir a Madrid. El resto de los días, Andrés, castellano viejo mezclado entre nosotros con su pana pegada al cuerpo, se estremecía ante el mayor Sacrificio. Por encima de las solapas de la chaqueta enseñaba una camisa azul nueva que contrastaba con su piel curtida. Al concluir la Misa nos daba los buenos días y marchaba hacia la Casa Forestal pendiente de sus trajines.

Los domingos y días festivos Andrés traía de Villavieja y alrededores nuevos feligreses a nuestra «Capilla Parroquia de Gibraltar». Venían por ver al cura que hablaba muy bien, muy claro, y porque la misa era a mejor hora para unos y estaba más cerca para otros.

La verdad es que el campamento era otro los días de precepto. Resaltaban las blusas chillonas de las mozas frente a los marrones y negros de las chaquetas de pana y las sayas de hombres y mujeres. Luego todos se quedaban a presenciar el acto de izar banderas. Más tarde marchaban contentos a sus casas o majadas, hablando de las nuevas cosas y amistades que habían viso y hecho. Así lográbamos, al menos temporalmente, unir almas entre hombres, tierras y clases diversas.

Andrés se ponía muy contento en tales momentos, pues por medio de la amistad ejercía una obra de caridad y él lo sabía.
 

6’30 a 6’45 horas: izar banderas

Desde la Casa Forestal, sorteando tres peldaños rocosos, se bajaba a una terraza circular rodeada de piedras en la que se levantaba vertical el mástil de cruceta, clásico en nuestros campamentos, y en él, a poca distancia del suelo, en un palo paralelo a éste, reposan las banderas hasta el momento de ser elevadas, para, con la colaboración del viento pregonar su grandeza desde lo alto a lo cerca y a lo tejos.

Debajo tres estacas marcaban el lugar en que debían situarse los primeros de la derecha de cada una de las Unidades una vez formados en columna de a tres de cada centenar. Otras tres indicaban el emplazamiento de los guiones y Mandos de Centuria, y un bordillo de piedras encaladas determinaba dónde debía formar el «Cuadro».

Arriba, al lado del mástil, como dos púlpitos sobresalían un poco del suelo: uno para el Pater y otro para el «Consignero». Y más arriba, entre la Plaza y la entrada a la Casa Forestal, un pequeño reducto marcaba el lugar donde habían de estar los «números» de la guardia.

Una vez que todos y cada uno ocuparon su sitio, los Mandos Mayores procedieron a situarse mirando al mástil.

El Pater, junto con el Jefe del Campamento y el «Consignero», se adelantan para recibir las banderas. El corneta toca el Himno Nacional y lentas van subiendo hasta llegar cada una a lo más alto del mástil. La Nacional enmedio y más alta, la de la Falange y el Requeté un poco más abajo, a ambos lados, en los extremos de la cruceta. Ya izadas, suena el Cara al Sol que se desparrama por los aires limpios, como son sus estrofas. Los montes traen los ecos del «Una, Grande y Libre».

Luego el Jefe de Día manda descubrirse y, al aire las cabezas, el Pater reza pausadamente la Oración de la Mañana: «Padre nuestro que estás en los Cielos y nos concedes un nuevo día...». Los acampados contestan con buena voz meditando lo que rezan.

Otra vez los chambergos están en las cabezas y el «Consignero» pide permiso y pasa a su púlpito que ahora parece trinchera de paz y de guerra, y dice: «Consigna para hoy: Paso a los Caballeros. Atrás los incapacitados para el heroísmo de vivir con deseos de servicio. ¡Fuera los que confunden los tiempos y piensan más en lo externo que en lo permanente del hombre! A un lado los materializados que miden todo su paso por esta vida en el agujero de la correa que abarca su vientre. Lejos los que creen que estamos cansados de tanto peregrinar descubriendo tierras dando luces a cuerpos y almas. ¡Adelante los preparados para el heroísmo anónimo y diario! Dentro de nuestras filas los que sabiendo que la máquina es precisa, no sueñan mecanizar el alma. A nuestro paso los que siguen por el camino áspero, alegremente, sin transigencias con nadie y menos con ellos mismos en el egoísmo. Cerca los que saben que la dificultad nos seguirá siempre. Paso a los hombres nuevos que actualizando las formas de vida darán el número exacto de caballeros de hoy que conducirán a tantos sedientos de justicia. Paso, que llegan. Y vosotros, atrás o adelante, el lugar no es bueno para las indecisiones».

Las Unidades, que habían bebido palabra por palabra la arenga del Consignero, desfilan después hacia su Campamento. Los Mandos trepamos hacia la Casa Forestal y tienen lugar los comentarios sobre la consigna.

-«Consignero» -dijo el Pater-, venga esa mano más que por lo bien que has estado, porque el joven que hagamos alcance a través del espíritu su condición de caballero.

Las manos se estrecharon y el «Consignero» afirmó que no podía ser de otra forma o tendríamos que reconocer nuestra impotencia ante la historia.

El «Adelantado» aseguró que si no fuera por lo mal que le caía el chambergo al «Consignero», y su cariño por las mantas, irían tras él verdaderas legiones nuevas.

Reguera era de la opinión de que si estuviese más quemado, irían con él por el parecido con Don Quijote el Magro, pues los esqueletos casi siempre son idénticos.

Hasta el Pater soltó la r¡sa mientras el «Consignero», tocándose las nalgas, afirmaba que estaba más gordo y que era un puro músculo.

Creo que alegró al interesado cuanto se dijo, pues en la risa de conejo se le notaba la cara que tenía de niño avejentado.

Aún seguían escuchándose las estrofas de las canciones que en la marcha hacia sus acampadas respectivas cantaban los muchachos, y si la canción es exponente, que creo que sí, de pureza, optimismo y vida, el Campamento «Gibraltar» parecía un paraíso.

Mientras se tocaba fajina y se repartía el desayuno, la conversación derivó, como siempre, hacia no muy grandes problemas.

Fue el Pater el que abrió el tema sobre la célebre frase de Heine al contemplar la Catedral de Amberes: «Aquellas gentes tenían dogmas, nosotros sólo tenemos opiniones; y con opiniones no se construyen Catedrales», asegurando que tal juicio no tenía validez en nuestra Patria que contaba con tales juventudes.

El «Adelantado», viejo sindicalista, afirmó sin mucha retórica que estábamos a punto de perdernos en la aplicación del ideal por hacer caso con exceso a más de uno que presumía de superdogmático y que lo que pretendía a la larga era un respiro para hacer lo que le viniese en gana en sus no muy limpias vidas.

Mas el «Consignero» afirmó que estaba bien la libertad y que ésta era más necesaria para todo aquél que tuviera algo que exponer y hacer en beneficio de la comunidad.

Se coincidió en ello y alguien puntualizó que si bien la libertad es totalmente necesaria, también habría que ejercerla para hacer pública tanta limitación cerebral, con lo que quienes nada tuvieran que decir lo pensaran dos veces antes de manifestarse, evitando así la frivolidad que adjudica a modas lo que son maneras de ser.

Y cerró el Pater con aquello de Pemán: «Que los montes se hacen llanos cuando son muchas las manos y uno solo el ideal».

Convencidos como estábamos de que lo importante es caminar con un norte claro y apasionándose con él, sin olvidar hacer el recuento reflexivo que evite la petrificación, nos pusimos en pie pues los proveedores se dirigían ya de la cocina hacia sus lugares para repartir el desayuno.

El acto de izar banderas, homenaje merecido a la Patria, se sucedía con los días sin perder su carácter. El Padrenuestro de la oración matutina tenía diferencias infinitas al ser aplicado cada uno por los mil pequeños y grandes problemas personales. El Pater lo sabía, y su voz, siempre con fervor recio, tenía melodías y matices muy distintos. Si hacía viento era su voz más fuerte pero más calmada, si estaba en calma un poco más nerviosa, y si llovía cantarina como el aguacero.

El «Consignero» desglosó en arengas pasionales las virtudes del caballero español actualizándolas y marcando horizontes a cuantos le escuchaban cada vez con más emoción. Las palabras tenían fuerza incontenible de atracción y los vínculos más afectivos nacían escuchando. El día 24 habló de «Castilla y salva a España»; el 25 «Santiago y ¡Arriba España!»; el 31 «Adelante lo ganado»; sin faltar aquello de Gibraltar y tantas otras consignas que parecían muchas, muchísimas, aunque al mismo tiempo pocas, casi ninguna. Y nada importaba su aspecto físico que en otro hubiese sido impedimento. Era más eficaz con aquellas vendas blancas de gasa hasta los muslos que se ponía para evitar el roce más suave, pues no aguantaba ni la brisa debido a que al tercer día su piel se quemó, siendo llaga viva. Había dudado en blanquearse con el producto del doctor al que tanto mortificaba con sus cosas. Pero al final se lo puso y encima las vendas. Hubo quien pensó que había que llevarlo en angarillas como al célebre Antonio de Leiva, Capitán de los Tercios. Pero él se opuso y siempre renqueaba hasta situarse a la derecha del mástil. Yo creo que entonces se le olvidaba la quemazón, pues cuando hablaba se agigantaba, aunque tan pronto el acto de izar pasaba se arrastraba paticojo hasta que llegaba la hora de su charla de Formación Política, momento en el que volvía con sus fueros del Jefe de Centuria soriano que fue.

Así eran los minutos que desde las 6'30 hasta las 6'45 horas pasaban junto la vara florida con Banderas que era el mástil de la acampada Gibraltar.









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