Altar Mayor - Nº 86 (18)
Fecha Viernes, 30 mayo a las 20:21:34
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

EL CRISTO QUE NACIÓ Y CRECIÓ EN LA TIERRA DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Por Manuel Sainz Pardo

LOS ANTECEDENTES

Cuando en noviembre de 1962 escribía en la revista de campamentos Mástil una propuesta para que entre las actividades culturales que en ellos se desarrollaban pusieran en práctica la de «buscar el arte entre las ramas y raíces de los árboles», es decir la belleza y las obras de arte que existen de forma natural en ellas, no podía imaginarme que algún día descubriría yo la más expresiva, la más artística, la más emotiva y valiosa para mí: un precioso Cristo con los brazos extendidos como si estuviera en la Cruz. Exponía entonces una experiencia puesta en práctica en uno de mis turnos de campamento que me dio excelentes resultados educativos.

Consistía en que, durante las marchas por el bosque, al paso por la orillas de los ríos, en las proximidades de la zona de acampada o si al cruzar algún pueblo se encontraban con viejas vides arrancadas para quemar en la chimenea, trataran de buscar, o mejor, descubrir, «las formas naturales de belleza que los misterios inescrutables de la Providencia ha puesto en ellas para nuestra recreación artística». Desde entonces he seguido promocionando esta interesante y muy educativa práctica entre la juventud que realiza actividades de aire libre, que desarrolla la imaginación creadora y estimula el sentido artístico del niño, con cuyos descubrimientos fuimos montando fugaces museos campamentales de la Naturaleza y creando aficiones de coleccionistas con múltiples piezas que tenían formas «de», o se parecían «a», que eran las obras de arte que el descubridor había visto en aquellas ramas o raíces y que unas veces eran aves, peces, reptiles o monstruos, otras tenían formas humanas y podían ser vírgenes, bailarinas o atletas, y si su estructura no podían identificarse con lo conocido, lo clasificábamos como «bonitas formas abstractas»; pero todas tenían un apreciable valor artístico. Lo importante era admirar la obra natural de arte que «estaba» implícita en aquel trozo de madera que se veía con la fuerza de una imaginación creadora y que, hasta el momento de su descubrimiento, sólo era un trozo de madera tirado en el suelo. Así, lo que hasta entonces estaba olvidado como algo inútil o, a lo sumo, destinado al fuego, estaba ahora expuesto en el museo clasificado como obra de arte para la contemplación y asombro de todos.
 

MIEMBRO DE LA HERMANDAD

Por desconocimiento de su existencia, hasta la primavera del año 2000 no hice la inscripción en la Hermandad y desde entonces he participado en todos los actos que se han convocado. El Vía Crucis de septiembre de aquel año lo recorrí con verdadera devoción y entusiasmado por moverme de nuevo en aquel ambiente de aire libre en el que se realizaba el acto religioso, pero-también tuve oportunidad de escrutar el camino con ese espíritu curioso y observador que me domina cada vez que me encuentro en situaciones similares.

También al andar por el camino enlosado de granito, al subir y bajar los 2.292 escalones, además de ir meditando en los contenidos de los textos que se iban leyendo en cada una de las estaciones, tenía tiempo para pensar en muchas cosas; por ejemplo, echaba en falta, en cada uno de los templetes en que nos deteníamos, una cruz y el ordinal de la estación a la que pertenecía; que no llevábamos una cruz procesional como la que lleva el Santo Padre en el Vía Crucis de Semana Santa en Roma, que no tiene por qué ser ostentosa ni llamativa, sino sencilla, hecha con dos ramas de las muchas que nos encontramos en el camino. Estos y algunos otros pensamientos y sugerencias tuve ocasión de exponérselas a nuestro Secretario General, y a todas y cada una de ellas me dio suficientes y cumplidos razonamientos de dificultades y competencias, que comprendí perfectamente.
 

EN EL ÚLTIMO VÍA CRUCIS

Algunos de estos pensamientos se reprodujeron de nuevo durante el recorrido celebrado el pasado día 7 de septiembre, en especial en lo que se refiere a mirar las raíces, a recoger ramas y hasta levantar más de una piedra para observarlas en sus distintas facetas con el fin de ver si tenía ese «algo» que busco. Y este día fui gratificado con creces. Al llegar a la duodécima estación, aquella en la que se recuerda que Jesús muere en la Cruz, situada ya en la carretera que circunda el Monumento, formada por tres grandes cruces, la central más alta y decorada con símbolos cristianos. Tras ellas hay un largo muro con una leyenda enmarcada y con letras góticas en relieve, que dice: Videte si est dolor sicut dolor meus.

Se leyó la meditación, se rezaron las oraciones y emprendimos el camino escaleras arriba en busca de la siguiente estación que se encuentra en la entrada de la Basílica, bajo la escultura de La Piedad que representa la decimotercera estación.

Yo iba de los últimos subiendo con mucho esfuerzo el fuerte desnivel que hay desde la última parada hasta el muro de contención de la gran explanada, en parte por el cansancio lógico por ser el final del recorrido, más el añadido de las dificultades que ponían mis rodillas artrásicas, que bastante bien se habían portado hasta entonces subiendo y bajando los 2.292 escalones y los muchos desniveles anteriores. Al llegar al pie de un enorme pino aislado que se encuentra en un descansillo de la escalera del lado derecho, me detuve apoyando la mano izquierda sobre su grueso tronco para facilitarme el descanso mientras recordaba la frase en latín que había leído y traté de traducir porque hablaba del dolor y necesitaba alivio.

Mientras lo meditaba e intentaba sobreponerme, inclinada la cabeza hacia el suelo, sin intención de mirar, distraído, sin prestar atención a lo que veía, a los pocos segundos observé, sorprendido, sin creer lo que tenía ante mis ojos, cómo en el suelo, junto al tronco, entre las raíces que sobresalían de la tierra, había una imagen de Cristo perfectamente definido. Me arrodillé para verlo con mayor atención, retiré con las manos las acículas secas que parcialmente lo cubrían y, al examinarlo más cerca, con detalle, pude convencerme de que era cierto: allí había unas raíces con la figura de un Cristo con los brazos abiertos, extendidos hacia arriba, la cabeza redondeada, suelta, un poco levantada, esto es, no enterrada como lo estaban los brazos y las piernas; éstas se encontraban juntas, un poco dobladas por las rodillas y ladeadas hacia la derecha e introducidas en la tierra. Era el verdadero «vía crucis», el camino de la cruz el que me había llevado hacia el Cristo que surgía de la tierra.

Cuando pasados unos minutos pude rehacerme de la impresión recibida, lo cubrí todo con tierra y hojas para ocultarlo bien, tomé notas del lugar y situación en que se hallaba y subí a la gran plataforma; luego me dirigí hasta los arcos del lado derecho de la puerta de la Basílica donde ya estaban mis compañeros caminantes rezando las dos últimas estaciones. Y digo que allí rezamos las dos últimas estaciones, porque la decimotercera es la que corresponde bajo la escultura de La Piedad y la última en el interior de la Basílica, en la capilla derecha del crucero, en la que sobre el altar, está colocada la imagen de Cristo yacente, labrada en alabastro y a uno y otro lado las imágenes de la Virgen y tan Juan.

En aquel momento no lo comenté con nadie porque deseaba volver para asegurarme, pero ya no lo pude borrar de mi cabeza. Pensé que muchas personas habían pasado por encima y lo habrían pisado sin saberlo; que yo mismo, en las muchas ocasiones que había ido al Valle, había pasado por allí sin verlo, muy especialmente en los últimos años que he hecho el mismo recorrido del Vía Crucis; pero en esta ocasión tuve que detenerme sobre él y fijarme que estaba allí. ¿Por qué? Esta y otras muchas preguntas me he hecho, pues todavía hay más coincidencias inexplicables.

Aquel mismo sábado, día 7, pensé volver por la tarde para sacarlo de la tierra; pero ni ese día ni los siguientes de la semana me fue posible hacerlo porque diversas obligaciones y circunstancias me lo impidieron. El siguiente sábado, día 14, acudí de nuevo al Valle porque la Hermandad me había convocado en la Basílica para la misa conventual por coincidir con la festividad de la Santa Cruz, con adoración del «lignum crucis». Fui muy temprano para intentar sacar de la tierra «mí» Cristo antes de la misa, provisto con las herramientas que consideré adecuadas para la operación: una tijera podadora grande, un serrucho, la navaja de varios usos, una espátula estrecha para retirar la tierra, un azadillo y una escobilla para limpiar como si se tratara de una excavación arqueológica. Comencé mi trabajo, lo intenté varias veces con diversos instrumentos, pero estaba difícil hacerlo con tantas prisas. Tenía poco tiempo pues la misa empezaba a las 11 y había que entrar con tiempo para tener acceso a los primeros bancos, y lo dejé. También pensé que debía consultar con los demás miembros de la Hermandad por si hacía falta algún permiso.

Al salir de los actos religiosos lo hablé con el Padre Pedro, con Emilio y otros amigos que allí estaban y nos dirigimos al lugar para que lo vieran. Estimulado por las muestras de asombro, sorpresa y satisfacción de lo que tenían ante su vista, con la aprobación general y protegido por todos para evitar los curiosos que ya estaban asomados al pretil del muro, me dediqué con ahínco a cortar las raíces hasta que salió en perfecto estado y completo. Lo besé emocionado, se lo mostré a todos los presentes, seguidamente se lo entregué al Padre Pedro, se lo enseñó al Padre don Salvados Muñoz que también hizo elogios; se lo fueron pasando de unos a otros manifestando sorpresa, emoción y sentimientos personales ante lo increíble que les parecía lo que estaban viviendo y me iban felicitando. Les respondí que el mérito era de todos ya que yo sólo había sido un instrumento del Señor para verlo y sacarlo de la tierra.

Días después, ya en mi taller de bricolaje, le hice una buena limpieza para eliminar el musgo y la tierra, le recorté a las proporciones adecuadas, hice la cruz con una rama elegida en el mejor enebro que hay cerca de mi casa, recubrí la imagen y la cruz con una capa de alkil como protección y, un vez terminado, se lo llevé al Secretario General de la Hermandad para que lo viera y tomara una decisión de lo que debíamos hacer con el crucifijo. Quedamos de acuerdo para que lo llevara el día que se iba a celebrar la misa por todos los Hermanos fallecidos para que, además de mostrárselo a todos para que vieran cómo había quedado, fuera bendecido.

Así se hizo el día 9 de noviembre, y según palabras del Padre Pedro antes de la bendición: «...quedara como símbolo de la Hermandad, ya que la figura del Cristo se había creado y surgido de forma natural y espontánea al pie de un árbol enraizado y desarrollado en la tierra del Valle, descubierto durante la celebración del último de nuestros Vía Crucis y extraído de la tierra precisamente el día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, también fiesta patronal del Valle de los Caídos». Más coincidencias no se podían reunir.

Sí, una más. Antes de la misa pasé por la sacristía donde estaban revistiendo los tres sacerdotes que la iban a oficiar para preguntar dónde debía colocar la cruz en el altar. Me lo indicaron, y al dirigirme a la capilla llevando la cruz en la -mano derecha, al separar el cortinón de terciopelo que cuelga hasta el suelo, tropecé con el primer escalón, caí sin la protección de las manos y mi cuerpo se desplomó de bruces contra el segundo escalón, muy separado del primero, soportando todo el golpe mi costado izquierdo.

En principio, dolor agudísimo con problemas de respiración y dificultades para levantarme por la conmoción. Pasado el primer momento conseguí ponerme en pie con la ayuda de Emilio que se encontraba en la capilla. Me senté en uno de los bancos más próximo y comencé a sentirme alivio, no sólo durante la misa, sino también en la bendición de la cruz, confortado y emocionado por las palabras del Padre Pedro. Incluso al finalizar los actos recibí muchas felicitaciones, respondí a muchas sin recordar el incidente.

Pero las consecuencias vinieron a los dos días, por la noche, pues al acostarme sentí una opresión en las costillas, con fuertes dolores y dificultad para la respiración. Pedí a mi hija que me llevaran al hospital. El diagnóstico fue que había fractura incompleta en las costillas 5ª y 6ª.

Aunque este final sólo sea la parte más anecdótica, más coincidencias no se podían reunir. ¿Solo coincidencias o son «los misterios inescrutables de la Providencia» a los que yo me refería hace cuarenta años en la revista Mástil de campamentos?









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