Altar Mayor - Nº 86 (14)
Fecha Viernes, 30 mayo a las 20:30:48
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

MIS RECUERDOS
Por Capitán Bebb

La persecución padecida por la Iglesia Católica durante los tiempos de la ominosa II República, culminó salvajemente tras las elecciones del 14 de febrero de 1936 que dieron el triunfo del Frente Popular.

«Necesitamos una revolución gigantesca. Ni siquiera la rusa nos sirve. Queremos llamaradas que enrojezcan los cielos y mares de sangre que inunden el planeta», clamaba Margarita Nelken, diputada del PSOE, en febrero de aquel año.

Iniciada la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, la persecución de todo lo que fuera una idea religiosa no tuvo nada que envidiar a la que padecieron los primeros cristianos. Se inició la búsqueda y captura de sacerdotes y religiosos de ambos sexos con el fin de exterminarlos e incluso se gratificaba a las personas que daban noticias de su paradero.

Las acciones violentas fueron unánimes, y se dio muerte a religiosos, monjas y sacerdotes así como a católicos que se hubieran significado. Se saquearon templos, se ocuparon para todo tipo de usos y se quemaron imágenes religiosas de incalculable valor, incluidas varias tallas de Salzillo. Se robó hasta el «lignun crucis» auténtico de Caravaca e incluso asesinaron al juez que lo investigaba. Las sospechas apuntaron a una logia local que teledirigió tanto el robo como el asesinato del magistrado.

El procedimiento empleado por los denominados «comités» para eliminar a los religiosos y/o enemigos políticos se denominó «paseo nocturno», por ser en la noche cuando se perpetraban los asesinatos. Se elegía a la víctima y los milicianos de los comités se personaban en su casa o en donde se hallara y le «invitaban» a acompañarles para tomarles declaración, quedando detenidos. Anochecido, eran conducidos al lugar del martirio, en un descampado, en donde los cadáveres eran fácilmente localizados. Era «el paseo».

El Puerto de la Cadena (en el llamado Pilón del Agua), la Venta de la Paloma y otros lugares próximos a Murcia eran los lugares elegidos por los asesinos pertenecientes al PSOE, PCE y CNT/FAI, Izquierda Republicana y Juventudes Socialistas Unificadas.

Un testigo contó, tras la Liberación, cómo vio correr la sangre muy de mañana por la cuneta de la carretera, y junto a ella yacían varios cadáveres horriblemente martirizados. Habían sido degollados.

En cada pueblo de la provincia se formó un «comité revolucionario» señor de vidas y haciendas. Era suficiente tener ojeriza a alguna persona o deberle dinero, acusarle de fascista o simpatizante de los sublevados para que lo asesinaran. Más de un centenar de eclesiásticos de la diócesis de Cartagena/Murcia fueron muertos violentamente.

La «checas» prestaron colaboración a los comités revolucionarios en su siniestro quehacer. Eran éstas prisiones secretas que tenían establecidas los partidos políticos de izquierdas, en las que se martirizaba con los medios más sofisticados a las personas que juzgaban enemigas o sospechosas de profesar ideas más o menos religiosas o de significación falangista o derechista.

La existencia de estos lugares de represión era notoria pese al sigilo con que se los quería ocultar. En Murcia las hubo en el Palacio Episcopal, controlada por la UGT; en la Escuela de Comercio, controlada por el Partido Comunista; en el huerto llamado de D. Pedro Lorca, usada por el PSOE, en el callejón sin salida que existía en la calle de la Frenería y en el convento de San Antonio, controlados por la FAI/CNT. También la hubo en los sótanos de la Iglesia de San Pedro, controlada también por el Partido Comunista y/o las Juventudes Socialistas Unificadas, que venía a ser lo mismo.

A los prisioneros se les sometía a toda clase de torturas físicas y morales. En primero lugar, palizas durante los interrogatorios. Después se les introducía en «la jaula», especie de celda de madera en donde había un pequeño asiento inclinado. Entre las piernas habían colocado una tabla soldada a la puerta que obliga a separarlas y que imposibilitaba cualquier movimiento. Sobre la cabeza otra madera ajustada a la talla de la víctima le impedía estirarse y levantarse. Delante de los ojos estaba permanentemente encendida una bombilla eléctrica frente a un espejo metálico que deslumbraba y hería los ojos.

Entre los tormentos estaba el fusilamiento fingido con el fin de minar la voluntad de preso. Era conducido al lugar, creía que iba a morir y procuraba afrontar el trance con entereza. Llegaba hasta al pie de la fosa que previamente habían abierto, y tras mandar al piquete cargar, apuntar y disparar, no sonaba disparo alguno y se le decía que le habían concedido otra «oportunidad», dejando su muerte para otro día.

Era frecuente colocarlos en un estrecho armario frente a frente con un esqueleto humano, introducirles objetos punzantes en las uñas, etc. Una conocida señora de Murcia, madre de mi cuñado, fue sometida a este tormento y sufrió el fusilamiento fingido. Las buhardillas o celdas en donde eran introducidos eran de muy pequeñas dimensiones y de escasa ventilación e iluminación. El piso era de ladrillos empinados y separados entre sí para dificultar el caminar sobre ellos. La comida era una bazofia, acompañada generosamente de tremendas palizas.

En el seminario de San José de Murcia, en una lápida de mármol, figuran los nombres de 135 sacerdotes y 4 seminaristas de la diócesis de Cartagena-Murcia que fueron asesinados tras el 18 de julio de 1936. Los católicos significados, personas de derechas o falangistas también asesinados fueron incontables.

La Iglesia Catedral de Murcia fue el único templo de la ciudad que no fue devastado gracias a la intervención de una «Comisión de Bellas Artes». Tras entrar en el templo, las turbas profanaron copones y cálices defecando en ellos. Luego lo dedicaron a almacén en donde guardaron imágenes de gran valor artístico tanto de la ciudad como de la provincia, entre ellas las de Salzillo.

Al ser liberada la ciudad por la IV Brigada de Navarra al mando del general Camilo Alonso Vega se descubrió que las imágenes, objetos de culto y obras de arte en general, estaban perfectamente embalados en cajas, rotuladas para ser enviadas a Odessa (Rusia). No les dio tiempo a los rojos de regalárselas a Stalin, pues estarían hoy en día expuestas en el Ermitage de Leningrado.

La iglesia de San Andrés Apóstol sirvió de cuartel para las milicias rojas y se llegó a utilizar como garaje. La de San Antolín fue derribada por orden del ayuntamiento. La de San Bartolomé fue asaltada el 21 de julio de 1936 y las turbas destrozaron cuanto había en su interior, incluido un Cristo Yacente de excepcional valor, obra del escultor Dorado. El inmueble fue convertido en garaje y almacén. La parroquia del Carmen sufrió desmanes de las turbas, siendo destrozada. Se pudieron salvar algunos pedazos del Cristo de la Sangre, obra de Bussy, que al terminar la contienda fueron restaurados. La iglesia de San Juan Bautista fue dedicada, tras su devastación, a cárcel de personas desafectas al régimen rojo, entre ellas algunos sacerdotes que fueron posteriormente martirizados y ejecutados. El órgano fue también destruido.

La iglesia de San Lorenzo fue ocupada por gentes que venían refugiadas de los frentes de operaciones, que destrozaron las imágenes, retablos, obras de arte y útiles de culto. Se salvó del fuego milagrosamente una preciosa imagen de Cristo Crucificado de gran tamaño existente en la sacristía. Cierto día cayó sobre la ciudad una gran tormenta que atemorizó a los refugiados en esta iglesia pues retumbaron sus muros. Se postraron de hinojos ante el Cristo implorando que les salvara la vida, cosa que hizo. Existe desde el año 1940 una cofradía que desfila en Semana Santa, en la que la imagen titular es este Cristo, llamado desde entonces del Refugio.

La iglesia de San Pedro también fue asaltada, al igual que la de San Nicolás de Bari, aunque en esta última se salvaron algunas imágenes gracias a un vecino que vivía en las inmediaciones. El templo de San Juan de Dios fue convertido en almacén de material sanitario, y cosas parecidas sucedieron con todas y cada una de las parroquias y templos de la ciudad.

Se emplearon a fondo los rojos en martirizar a los sacerdotes y religiosos, llegando a cortarles los dedos de las manos, las manos enteras, los pies, e incluso les cortaron a dos de ellos las orejas, tras arder rociados de gasolina. Se llegó, incluso, a enterrar vivo a un sacerdote.

Es de señalar que se dieron casos de canibalismo, pues las orejas cortadas fueron engullidas por la chusma como si fuera embutido, con pan, a modo de bocadillo. A otros les extrajeron del cuerpo el corazón y se lo comieron asado en una taberna.

Lo más curioso de toda esta barbarie es que las escenas de terror, asesinatos, incendios, detenciones de sacerdotes y católicos significados, fueron fotografiadas para la prensa roja y publicadas. Sirvieron como prueba en los Consejos de Guerra que se celebraron tras la contienda pues eran perfectamente identificables los autores de los asesinatos y desmanes.

Entregada la victoria a los rojos durante la llamada «transición» fui testigo de una escena que aún me niego a creer. Se había producido un accidente de autobús en el que murieron más de veinte militantes comunistas y se organizó un entierro gigantesco, con estandartes rematados con la hoz y el martillo, puños en alto y demás parafernalia. Presidía la comitiva Santiago Carrillo.

El obispo de la diócesis abrió a la comitiva fúnebre comunista las puertas de la catedral para celebrar una especie de funeral, extrañísimo, con gritos, banderas, hoces y martillos y féretros sin cruz. Se cantó la Internacional en el templo, puño en alto, con el acompañamiento del órgano. Luego, el obispo y el genocida de Paracuellos del Jarama se fundieron en un cordial abrazo entre los gritos de la multitud.

Siempre ocurre igual en esta España nuestra. Las grandes tragedias degeneran en esperpento y acaban en sarcasmo.









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