Altar Mayor - Nº 86 (12)
Fecha Viernes, 30 mayo a las 20:34:30
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

LA NUEVA EDUCACIÓN RELIGIOSA QUE NOS ANUNCIAN
Por Martín Quijano

Se anuncia una reconversión de los estudios religiosos en la enseñanza obligatoria que pretende conseguir que los alumnos se gradúen mejor informados en este tema. Como líneas directrices del nuevo programa educativo se menciona tres: Una exposición del «hecho religioso» como una constante humana, una información acerca del significado de las principales fiestas religiosas y una propensión hacia la convivencia de las tres principales religiones en la escuela, entre los condiscípulos. Las tres consideradas son el cristianismo, el islamismo y el judaísmo. Parece un programa educativo inspirado en las más amables líneas masónicas, conforme a las normas de corrección política vigentes hoy en todo Occidente. Por cierto, ¿cómo consigue el judaísmo, religión de cinco millones de judíos, ser equiparada en interés educativo con el cristianismo o el islamismo, cuyos fieles superan los mil millones?

El intento es presentado por los políticos como un propósito meritorio de nuestro gobierno para sacar la enseñanza religiosa de su actual estado de postración dentro de nuestro programa educativo. Una situación despreciable, como asignatura optativa, en la que se invita a los alumnos que no quieran participar en ella a ocupaciones sustitutivas tales como juegos de mesa. A primera vista, parece una reforma loable de una situación reiteradamente criticada, tanto por los padres que solicitan la educación religiosa para sus hijos como por los que la rechazan. Una consideración seria del caso, teniendo en cuenta sólo esas líneas directrices principales, no hace aconsejable esa loa.

En primer lugar, parece que el «hecho religioso» sea la consecuencia práctica de alguna necesidad de misterio por parte de los humanos, tanto mayor cuanto menor sea la cultura del creyente correspondiente. Es decir, una creencia inventada como consecuencia de la consciencia de poquedad o desvalimiento ante lo desconocido. Con ello parece transmitirse un desprecio básico del objeto del tema: el sincretismo de pensar que todo el hecho religioso es reducible a una aspiración humana de transcendencia a lo desconocido, sea cual sea la forma o concreción que tome, es denigratorio. Particularmente en una Nación como la nuestra, con tantos siglos de historia ligados al cristianismo, y de oposición concreta a otras manifestaciones religiosas. Pero además resulta absurdo en una sociedad cristiana, que mantiene, y lo ha hecho durante incontables generaciones, no sólo que nuestra religión es consecuencia de una Revelación Divina, sino que Dios se hizo hombre en un momento y lugar concreto, viviendo y sufriendo durante un período de treinta años de forma historiada con abundancia. ¿Cómo comparar esos hechos reales, históricos, arqueológicamente tangibles, con cualquier elaboración especulativa del pensamiento humano, por muy alta calidad intelectual que tenga? ¿Con qué criterio se los puede enseñar de forma homogénea con las otras religiones, si no es aguando esa realidad?

La segunda línea parece ser informativa de las fiestas religiosas más importantes. Y es de suponer que se reduzca a las fiestas cristianas o, más específicamente, católicas, que dominan nuestro calendario. Porque no parece lógico entrar en la información de fiestas musulmanas o judías sin repercusión en nuestra vida diaria. Parece planteado en clave folclórica, como una información indispensable para poder formar parte de nuestra sociedad. Pero es de suponer que sin vivencia de las mismas. ¿Incluirán una parte de la asignatura en equiparar el significado de Papá Noel en el día de Navidad? Como mínimo, habría que denunciar eso como un delito de intrusismo. Pero está claro que esa denuncia no podría detenerse en ello, sino que tendría que extenderse a los carnavales, el matrimonio de blanco, las fiestas patronales, los bautizos y primeras comuniones falsas, etc.

La tercera línea, fomentadora de la convivencia en las escuelas, conecta con las anteriores en el planteamiento absurdo. Es evidente que nuestras escuelas tienen alumnos inmigrantes de otras religiones, pero también es evidente que nadie fuerza una objeción de conciencia contra la enseñanza cristiana y también lo es que no existe tensión religiosa que atente contra esa convivencia. Esa línea prioritaria pone la venda sin que haya herida. Quizás con ello fomente que se produzca la herida. Porque una educación religiosa cristiana exige respeto a la persona. Y una faceta fundamental de ese respeto es evitar forzar cualquier convicción religiosa. No hace falta programar expresamente una línea educativa que debe estar incluida en todas las otras.

El conjunto parece un proyecto característico de la clase política que nos gobierna, timorata a la hora de expresar sus convicciones (¿será que no tienen tales convicciones?) y preocupados por la opinión ajena, más que de la propia. Procurando aparentar, y hacerse perdonar delitos previos, imprecisos pero asumidos, más que lograr un reforzamiento de la cultura a la que dicen consagrarse.









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