Altar Mayor - Nº 86 (10)
Fecha Viernes, 30 mayo a las 20:37:40
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 86 – mayo-junio de 2003

RÓTULOS EQUÍVOCOS
Por Antonio de Oarso

Con la acelerada evolución de la sociedad las etiquetas políticas e ideológicas han adquirido un significado distinto del que tuvieron en el pasado.
 

Es cierto que se ha abusado tanto y tan indebidamente de las clasificaciones políticas que éstas han dejado de tener un carácter nítido para acabar sumiéndose, en la actualidad, en la ambigüedad y la contradicción. La reiteración con que desde distintos ángulos se adjudican a los adversarios políticos determinadas filiaciones ideológicas peyorativas, ha traído como consecuencia que estas palabras-proyectil hayan perdido su virtualidad inicial a la par que su significado primitivo.

Pero no sólo ha sido el uso y abuso de estas palabras lo que ha introducido la confusión. Lo cierto es que las sociedades occidentales han ido evolucionando en las últimas cuatro décadas a impulsos de un progresismo de carácter decadente y, como consecuencia, el espectro político e ideológico ha sufrido alteraciones sustanciales. El desplazamiento de la sociedad en su conjunto hacia la izquierda ha establecido parámetros distintos para las clasificaciones.

Un ejemplo: No hace mucho supe por la revista izquierdista Ajoblanco (ya desaparecida) que el escritor Juan Manuel de Prada era ultramontano. El motivo por el que la revista lo calificaba así era la condena que el escritor había hecho del aborto legalizado en uno o varios artículos periodísticos. Hace cuatro o cinco décadas a nadie se le hubiese ocurrido atribuir ultramontanismo a quienquiera que condenase el aborto. Es decir, simplemente por esta condena nadie podía pasar por ultramontano, pues todo el mundo (todo el espectro político e ideológico) condenaba el aborto y no se podía pensar que algún día se legalizara. Pero actualmente no ocurre así. El aborto está socialmente admitido y legalizado, por lo que oponerse a esta situación tiene una dimensión distinta que antaño. En estos tiempos, ya no resulta tan absurdo como antes que le llamen a uno ultramontano por oponerse al aborto. La sociedad ha derivado hacia la izquierda, y debido a ese movimiento, quienes se han mantenido firmes en sus posiciones morales e ideológicas moderadas y equilibradas, han quedado ubicados en la extrema derecha del espectro.

Extrema derecha: he aquí otra denominación peyorativa. Porque lo cierto es que hay rótulos, denominaciones, que han conservado una carga negativa, aunque ahora se apliquen a personas moderadísimas que lo único que pretenden es vivir y pensar según los principios de la ley natural, cuando menos. Pero no se desplazaron con la sociedad que se hundía en la decadencia, y esta sociedad ha de clasificarles en buena lógica como de extrema derecha. Y, efectivamente, están (estamos) en la extrema derecha de la sociedad decadente.

Al calificativo de retrógrado se le puede aplicar el mismo tratamiento. ¿Qué es un retrógrado? Es alguien que retrograda. Y retrogradar es ir hacia atrás, retroceder. Ahora bien, en los tiempos actuales, retroceder ante un curso inconveniente de la marcha del mundo, no puede ser juzgado sino como actitud correcta y justa. Retroceder ante aberraciones y degeneraciones como el homosexualismo legalizado, el aborto legalizado, etcétera, no es nada vergonzoso, sino al contrario. Y si nos oponemos a estas desviaciones somos necesariamente retrógrados, lo cual no debería entristecernos ni atemorizarnos.

Sin embargo, estas denominaciones conservan su carga negativa de tiempos lejanos y, por lo mismo, son empleadas interesadamente como arma combativa muy eficaz. Eficacísima, puesto que nadie quiere ser de extrema derecha ni retrógrado, lo que coloca a las gentes de carácter mediocre en la tesitura de querer demostrar su corrección ideológica admitiendo buenamente todas las anomalías y los desafueros que se cometen en su derredor, siempre que cuenten con el beneplácito legal.

La palabra reaccionario también es un buen arma de ataque. Pienso que la mayoría de las personas no desea ser juzgada así. Sin embargo, Georges Bernanos, hace siete u ocho décadas, declaraba: «En estos tiempos ser reaccionario significa estar vivo». Con mucha mayor justificación lo diría en los tiempos actuales. Efectivamente, hoy en día no ser reaccionario significa admitir como bueno, como aceptable, todo el proceso de destrucción de valores de las últimas décadas. No ser reaccionario hoy en día significa estar muerto.

El rótulo de fascista está muy desgastado por su uso casi siempre indebido. Todos los partidos políticos lo utilizan para definir a sus contrarios. Sobre todo lo emplea la izquierda, claro está. Es su palabra favorita, aunque signifique ahora tan poco. Para ellos, cualquier actitud de autoridad, disposición impositiva -si bien democrática- que no les guste, encauzamiento coercitivo de determinadas situaciones de desorden, son fascistas. Si alguien les lleva la contraria, debe saber que la palabra «fascista» está ya flotando en el aire a punto de ser proferida.

Es curioso el destino del fascismo. Fueron las dictaduras fascistas extraordinariamente menos cruentas que las nazis y marxistas. Si nos fijamos en el fascismo por excelencia, el de Mussolini, hemos de saber que entre 1927 y 1933, época del mayor entusiasmo fascista, el número de ejecutados en aquella Italia fue de siete hombres. ¿Tiene esto algún punto de comparación con los veinte millones de seres humanos destruidos durante las dictaduras de Lenin y Stalin? Hubo un fascismo mucho más feroz, el de Ante Pavelic, de Croacia, pero es una excepción, y su subordinación a Alemania lo asimila al nazismo.

Podría uno preguntarse por qué, siendo esto así, el fascismo se llevó la peor parte en las valoraciones. No es arriesgado suponer que el motivo estribe en que fue la ideología que más rivalizó con el marxismo en el período de entreguerras, y ya sabemos de la servidumbre marxista que sufren los intelectuales de toda especie que elaboran el forraje intelectual de las masas.

Estas denominaciones, estos rótulos, provocan temor por la carga negativa que han conservado a través de los años. Y ha sido este temor, añadido a la necesidad de recabar votos, lo que ha desplazado a la derecha de sus antiguas posiciones en el espectro sociopolítico, creando una nueva situación.

Todo ha sido producto de una gigantesca maniobra envolvente elaborada en el contexto de un liberalismo triunfante cuyo fundamento (autonomía total de hombre) es falso. A las sucesivas reivindicaciones sociales que podríamos llamar normales o justas fueron añadiéndose otras de carácter decididamente anormal por ir directamente contra la ley natural. Pero estaban defendidas por colectivos que se habían organizado muy bien. Organizaciones de homosexuales y de feministas trabajaron sin descanso, a la sombra de un liberal-progresismo que entraba en barrena bajo su influencia. Los medios de comunicación de toda índole, hacedores del discurso dominante, asimilaron buenamente estas reivindicaciones anormales, y los partidos de izquierda, por su propia naturaleza, las hicieron suyas. Suponían muchos votos estas organizaciones de tenaces trabajadores. Se podían ganar la elecciones con su ayuda. Do ut des.

La derecha política se vio arrastrada. Era muy arriesgado perder aquellos votos, y se perderían sin duda si mantenían vigentes en su programa los valores tradicionales. Además, los medios de comunicación, en manos mayormente de izquierdistas, no cesaban de desprestigiar a la derecha y a los valores de la derecha, utilizando a troche y moche los epítetos, los rótulos mencionados.

Al fin y al cabo, el dinero y el poder eran los valores supremos. Si siempre habían sido defensores del liberalismo económico, ahora había que convertirse al liberalismo de las costumbres. En España, el líder de la derecha manifestó con clarividencia: «La añoranza de los valores del pasado es un error que no puede conducir a buen puerto». Así, pues, compitieron con la izquierda en despreciar estos «valores del pasado». Para recabar el apoyo de estos colectivos tan interesantes, no combatieron el aborto como algunos ingenuos podían haber esperado de la derecha. Lo permitieron y se decantaron, también, hacia actitudes no sólo permisivas sino exaltadoras del homosexualismo. Se va camino en diversas Comunidades Autónomas (Madrid, País Vasco, etc.) de la equiparación completa de las uniones sodomíticas con el matrimonio tradicional. Y un democristiano ha decidido que las casas cuartel de la Guardia Civil tengan disponibles viviendas para homosexuales. Unos y otros, izquierdas y derechas, se han convertido en la actualidad en lamerones de sodomitas.

El hombre normal, ante esta situación, tiene dos alternativas: Puede sumarse a la corriente general, cerrando los ojos, contrariando su conciencia, buscando justificaciones a los hechos que carecen de ellas, pensando: «¿Quién soy yo para juzgar, cuando los políticos, nuestros representantes, han decidido esto? ¿Cuando no oigo en mi derredor protesta alguna? ¿Cuando ni aún por parte del clero oigo denuncias que podrían confirmar mi sentido moral? ¿Acaso no puede ocurrir que sea yo el equivocado? ¿Que sea un retrógrado, un reaccionario, y que por este camino me pueda convertir en un ultraderechista? ¿Y por qué tengo que pensar en estas cuestiones? Lo mío es trabajar y vivir. Que se arreglen como quieran. Ellos sabrán».

Esta es la opción del hombre de carácter no muy robusto o de convicciones no arraigadas profundamente.

Pero la opción del hombre de fuerte carácter es distinta. Él sabe que estas etiquetas, al provenir de una sociedad descaecida, carecen de un significado negativo. Está seguro de sí mismo y sabe que su sentido moral es el correcto. No se deja influir por el ambiente ni por los medios de comunicación que lo crean. Conoce cuál ha sido y es el juego y las reglas que lo rigen. Por eso, si es tachado de esto y lo otro se satisface pensando que está en el buen camino.









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