El Risco de la Nava - Nº 169
Fecha Viernes, 06 junio a las 22:56:11
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 169 – 3 de junio de 2003

SUMARIO

  1. Preámbulo de la futura Constitución Europea
  2. ¿Qué guerra?, por Emilio Álvarez Frías
  3. El Tejo: Nuevas apuntaciones sobre José Antonio, por Antonio Castro Villacañas
  4. Un elefante silencioso, por Miguel Ángel Loma


PREÁMBULO DE LA FUTURA CONSTITUCIÓN EUROPEA

Este es el Preámbulo de la futura Constitución de Europa, si Dios no lo remedia, ese Dios que el señor Giscard d’Esataing trata de eludir, remontándose a la cultura helenista, dando el salto hasta el siglo de las Luces y olvidando dos mil años de cristianismo. Podríamos entrar más detenidamente en hacer consideraciones sobre este documento pero preferimos que sean nuestros lectores los que reflexionen al respecto.

Consciente de que Europa es un continente portador de isposicione; que sus habitantes, llegados en oleadas sucesivas desde los primeros años de la humanidad, han desarrollado aquí isposicionesd los valores que fundan el humanismo: igualdad de los seres, libertad y el respeto a la razón;

Inspirándose en las herencias isposicio, religiosas y humanistas de la Europa que, alimentada en primer lugar por las isposiciones helénica y romana, marcadas por el impulso isposicio que la ha recorrido y que está siempre presente en su patrimonio, y luego por las corrientes filosóficas del siglo de las Luces, que han anclado en la vida de la sociedad su percepción del papel central de la persona humana y de sus derechos inviolables e inalienables, así como el respeto al derecho;

Convencidos de que la Europa ahora unida quiere continuar esta trayectoria de isposicione, progreso y isposicion, por el bien de todos sus habitantes, incluidos los más isposic y desfavorecidos; que ella quiere continuar siendo un continente abierto a la cultura, el saber y el progreso social; y que desea profundizar en el isposic democrático y transparente de su vida pública y trabajar por la paz, la justicia y la solidaridad en el mundo;

Persuadidos de que los pueblos de Europa, al mismo tiempo que siguen estando orgullosos de su isposici y de su historia nacional, están decididos a superar sus antiguas divisiones, y, unidos de modo cada vez más estrecho, decididos a forjar su destino común;

Seguros de que, «Unida en su isposicio», Europa les ofrece las mejores isposiciones para continuar –en el respeto a los derechos y con la conciencia de sus isposicionesdes de cara a las generaciones futuras y de la Tierra- la gran aventura que la convierte en un espacio privilegiado de la esperanza humana;

isposicione a los miembros de la Convención Europea de haber elaborado la presente isposicione en nombre de los ciudadanos y de los Estados de Europa; (...) han convenido las isposiciones siguientes:

Tras la reflexión pedimos a nuestros lectores envíen un correo mostrando su rechazo a este propósito y al señor Valery. Las señas son:

M. Valery Giscard d’Estaing <>
 

¿QUÉ GUERRA?
Por Emilio Álvarez Frías

¿Quién no está en contra de la guerra? A ver, que lo diga. Lo preguntaremos más directamente para que se enteren los torpes que se empeñan en interpretar torcidamente palabras, gestos, actitudes y decisiones de otros: ¿quién está a favor de la guerra? Que lo digan claramente los que cogen esta opción con el fin de que el resto lo sepan.

Pero ¿qué es la guerra? Ahí, probablemente, ya empiezan las diferencias, pues hay multitud de guerras, una gran variedad de supuestos en los que se está en situación de guerra aunque los ociosos consideren que sólo existe una: la del enfrentamiento de los países con armas. En el diccionario de la RAE, en su versión de 2001, vemos que la docta Institución ha ampliado considerablemente la descripción de las situaciones de guerra. Entre ellas extraemos las siguientes: Lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación; diferencia entre una o más personas; lucha o combate, aunque sea en sentido moral; oposición de una cosa con otra; enemistad, hostilidad declarada; de nervios/psicológica, tensión nerviosa que produce una situación límite; preventiva, la que emprende una nación contra otra presuponiendo que ésta se prepara para atacarla; psicológica, enfrentamiento sin violencia física, en el que se intenta por diversos medios desmoralizar al enemigo; santa, la que se hace por motivos religiosos, especialmente la que hacen los musulmanes contra los que no lo son; sucia, conjunto de acciones violentas que se sitúan al margen de la legalidad y combaten a un determinado grupo social o político. En concordancia con las definiciones del diccionario de la RAE, el María Moliner sitúa otras raíces como «beli-» (bélico, beligerante) o «polem-» (polémico, polemizar). No vamos a extendernos más en estas precisiones, pues no es nuestro objeto. Sólo acudimos a los dos últimos diccionarios de la lengua española en demanda de escrupulosidad para no incurrir en error. Por lo mismo, aunque sugestivo, no vamos a entrar en el análisis de cada uno de los grupos que el diccionario describe, pues la intención que nos guía se limita a centrar el vocablo para que el lector siga nuestro modesto discurso discurriendo por el mismo camino que nos guía.

Mas es preciso concretar un tanto la cuestión por cuanto hemos llegado a la conclusión de que hay un elevado número de formas de mostrar que existe una guerra. ¿Acaso no es una guerra sucia y psicológica la que practican los terroristas contra la población de un país por el hecho de querer imponer sus ideas por la fuerza, para lo cual acuden al asesinato, a la extorsión, a la amenaza, a la provocación, etc.? ¿Acaso no es guerra sucia la incitación y práctica del aborto de un ser que se está moldeando en el seno de la madre desde el mismo momento en que se produce el encuentro amoroso entre esperma y óvulo en el útero en el que va a tener lugar el proyecto de un nuevo ser? ¿Acaso no son guerra los enfrentamientos entre personas en la calle, en las instituciones, en la familia por causa de la irritación originada por la mala convivencia? ¿Acaso no se ha de considerar como guerra la manipulación que determinados estamentos ejercen sobre la sociedad y cada uno de sus miembros con la perversa intención de privar al individuo de la libertad de ejercer el libre albedrío? ¿Acaso no cabe dentro del término guerra la utilización que se hace de los medios de comunicación para influir aviesamente sobre las personas que confían en la veracidad de lo que se les ofrece? ¿Acaso…? Podríamos extendernos mucho más, mas no es el caso hacer un examen exhaustivo de qué puede comprenderse en el vocablo guerra.

Antes de seguir hemos de hacer una manifestación irrefutable: somos unos hipócritas. Por aquello de que «tire la primera piedra el que esté libre de pecado», incluimos a todos los hombres, sin excepción. Porque en estos últimos tiempos nos hemos dado en gritar «No a la guerra» sin entrar en matizaciones, calificando de asesinos a otros que como nosotros no quieren la guerra pero lo demuestran de forma diferente, actuando violentamente (lo que es guerrear), insultando y calumniando (lo que es guerrear), no escuchando otros razonamientos (lo que es guerrear), olvidando comportamientos anteriores de ellos mismos y sus grupos (lo que produce rubor y es hacer guerra sucia),…

Es doloroso presenciar cómo esa mayoría que se manifiesta contraria a la guerra lo hace atendiendo a lo que dictan quienes mueven los hilos de este guiñol desmesurado que recorre los «países libres» del mundo «a tiempo real», creando los eslogan fáciles y manipuladores para las conciencias sensibles, diciendo no a una guerra que no analizan ni comprenden, a una guerra que manosean repugnantemente persiguiendo objetivos distintos a los que ingenuamente «defienden» los coríferos.

Es repulsivo que países como Francia se declaren en oposición a una guerra que, lejos de reportarles intereses, les puede ocasionar perjuicios. No dice su presidente que en Costa de Marfil mantiene un ejército de 30.000 soldados custodiando sus inversiones, con actuaciones violentas más frecuentes de lo deseable; ni dice que chalanea con Marruecos en contra de España, su aliado en la UE y en la OTAN, porque busca, entre otras cosas, el petróleo de los yacimientos saharianos; ni que en el tema de Iraq defiende la fuerte inversión petrolera y armamentística realizada por Francia alli, por ejemplo.

Produce aversión la postura pacifista de una Alemania que con su incitación a Croacia y Eslovenia a romper la federación e independizarse prematuramente dio pábulo a la ruptura de la antigua Yugoslavia que produjo miles de muertos.

Es comprensible la actitud de la Iglesia católica al pedir la paz; otra postura resultaría incomprensible. Pero no podemos olvidar que en el caso de Croacia y Eslovenia, en contraste con el ortodoxo Servia y el islámico Bosnia, el Vaticano vio con buenos ojos la separación. Y aunque con posterioridad reconoció su error, no por ello se pudieron enmendar los sangrientos horrores que se produjeron en aquella desgarrada e inmisericorde guerra. Todos cometemos errores, sin duda. Pero hemos de calificar de deplorable que la Iglesia se sume al clamor del «no a la guerra» con actitudes confusas como el hecho de que distintos lugares de culto españoles mezclen la religión con actitudes políticas, como es el caso de la catedral de Santo Domingo de la Calzada en la que, en los días cruciales de la guerra de Iraq, pudimos ver en la capilla del Santísimo una pancarta con la reproducción del «Guernica» y la leyenda de «No a la guerra», planteamiento sin duda desconcertante para los feligreses.

Ocasiona desasosiego presenciar cómo un país como Rusia se declare opuesto a la guerra cuando todavía no ha renunciado a su tétrico ayer y se vale de un veto heredado de un pasado de millones de muertos para encubrir los negocios armamentísticos y de petróleo que mantenía con el régimen de Bagdad.

Produce nausea asistir al desmelenamiento de los dirigentes del PSOE contra el Gobierno de la nación por su posicionamiento ante una guerra en la que no participa, olvidando su turbia trayectoria a lo largo de sus más de «cien años de honradez» en los que fueron responsables de la revolución de octubre de 1934, preludio de nuestra Guerra Civil; o de los miles de asesinatos que tuvieron lugar durante ésta; o de la incitación a la perversión de la sociedad española hasta casi dejarla de forma que «no la conociera ni la madre que la parió» como dijera uno de sus máximos «intelectuales» de los últimos tiempos; o que tiene a sus espaldas la implantación en España de la cultura de la corrupción, conocida como del «pelotazo», hasta hace menos de una década; o un largo etcétera que se puede verificar con solo acudir a las hemerotecas.

Es motivo de repulsión que el esperpéntico coordinador de IU, junto con sus acólitos, fomente la subversión de la población española desde su escaño en el Parlamento de los Diputados, calificando de asesinos a los miembros del Gobierno por el solo hecho de haberse alineado, junto con otros muchos países, contra el peligro que para el mundo representaba la dictadura de Sadam Husein; olvidando este disparatado político los antecedentes de su partido de origen (el PC) y de la ideología que representa, con miles de asesinatos a sus espaldas, de los que como muestra ahí está el camposanto de Paracuellos del Jarama que el proceloso Santiago Carrillo se ocupó de colmar.

Produce perplejidad que en las manifestaciones celebradas contra la guerra se arbolen banderas tricolores republicanas, banderas multicolores de los colectivos «gays», banderas de los nacionalismos montaraces, signos de los movimientos «okupas», banderas rojas de la izquierda radical; y no menos asombro produce que los sindicatos pagados por el presupuesto nacional se pongan a la cabeza de manifestaciones que no tienen origen en reivindicaciones laborales; o que políticos vascos culpen al Gobierno de meter a España en una guerra (lo que no es cierto), cuando su partido, el PNV, mantiene una guerra larvada contra esa España que ahora tanto le preocupa, a la vez que el partido en cuestión es compañero de viaje de los asesinos de ETA que hacen el trabajo sucio en pos de la independencia de las provincias vascas; o causa sobresalto ver cómo los ciudadanos del gremio de actores, que en gran medida son amigos del régimen cubano, y por lo tanto cómplices de todos sus desmanes, se desgañitan pidiendo un «no a la guerra» contra un país que nada les importa, mientras silencian las ejecuciones sumarísimas del dictador Fidel Castro; o es incomprensible que tanto defensor de aluvión adopte posturas tan radicales ante una guerra concreta e ignoren todas las que existen en países de África, de Asia, de Hispanoamérica y se desentiendan frente a la noticia de que en un solo día han sido degolladas mil personas en el Congo, o de las informaciones que hablan de las guerras permanentes de todo tipo en África Central, o de las guerras de religión de Filipinas con cientos de asesinatos, o en Indonesia, o las macabras acciones de los guerrilleros en Ecuador y Colombia, o de la actuación de bandas callejeras de niños en Brasil y Perú que matan por un pedazo de pan, o de tantas y tantas otras guerras de diferentes signos que tienen lugar en cuantiosos lugares del planeta, dando origen a que, en un solo día, haya más muertos que en toda la guerra de Iraq, sin tener en consideración que esa macabra contabilidad la acrecentaba el propio Iraq masacrando a los kurdos o represaliando a su propia población.

Produce vergüenza y náuseas asistir a las proclamas abortistas de políticos y feminista pidiendo la legalización sin limitación alguna del asesinato de miles de seres indefensos que no son responsables de haber sido concebidos pero que tienen derecho a la vida. Es ésta una guerra tremendamente sucia y genocida que se practica con total naturalidad sin que la sociedad sienta rubor, sin que se manifieste salvo minorías concretas que, en el mejor de los casos, son tildadas de reaccionarias y obcecadas por los que se colocan la medalla de progresistas.

Y nos preguntamos en nuestro desconcierto: ¿alguien ha pedido la paz?, ¿alguien ha reivindicado la paz para los hombres como nos indicara Jesús de Nazaret? No. Aunque parezca lo mismo, no es igual. Piden «no a la guerra» los manipuladores, los aprovechados, los demagogos que recurren a facilonas fórmulas para enardecer a las masas. Nosotros pedimos paz: paz para todos los hombres de la tierra, derecho a vivir para todos los seres concebidos, legítimo derecho a comer todos los que pueblan nuestro planeta, erradicación de la miseria, libertad de opinión sin que medie la manipulación de las conciencias y para el ejercicio de las culturas naturales y tradicionales de nuestros semejantes.

Para eso sí somos propensos a manifestarnos: aquí con la pluma en la mano, en la calle cuando es necesario, en los templos durante la Eucaristía, en el silencio de la intimidad.

Y también en un lugar de recogimiento como es el Valle de los Caídos, hermanándonos con los que en él yacen como síntesis del encuentro en la muerte de quienes, en un mismo deseo, se vieron enfrentados en guerra fratricida.

Al amparo de la Cruz monumental que abre sus brazos a cuantos siguen el mandamiento del amor, pedimos la paz para todos cuantos pueblan la tierra. Y hacemos manifestación pública de repudio a las guerras, a todas las guerras, pero sin ideas preconcebidas. Buscando la paz, propugnando la paz, rezando por la paz, pidiendo porque no sean necesarias las guerras, porque no se permita ninguna guerra contra la humanidad, contra los hombres criaturas de Dios en ninguna de sus manifestaciones y estado de evolución.
 

EL TEJO
Por Antonio Castro Villacañas

NUEVAS APUNTACIONES SOBRE JOSÉ ANTONIO

El 24 de abril de 1903 nació en Madrid José Antonio Primo de Rivera, una de las personalidades españolas que más han influido en la historia contemporánea de nuestra patria y en la de otros países hispanos, e incluso en algunos del Próximo Oriente. Si España estuviera gobernada por hombres y criterios simplemente normales, tal hecho sería motivo suficiente para que desde distintos ángulos se estudiara crítica y objetivamente su figura, su obra y su posible trascendencia. Pero como por desgracia rige entre nosotros la tremenda necedad de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, surgido desde la nada el año 1978 merced al hábil quehacer de dos o tres prestidigitadores políticos, tanto el gobierno «pepino» como la oposición «rojelia» han decidido que lo más útil para el pueblo español es que se hable lo menos posible de tal compatriota, y que si se habla algo de él procure hacerse de manera que disminuyan al máximo sus posibles valores positivos y atrayentes, con objeto de impedir o dificultar el contagio de su pensamiento y su talante, en verdad situados a años luz de los hoy por hoy políticamente correctos entre nosotros. Por eso, dando muestras de su peculiar espíritu democrático, el gobierno «pepino» ha rehusado emitir un sello con valor postal conmemorativo de este centenario, o pasar por TVE un documental sobre José Antonio, o recomendar que las universidades públicas dediquen o patrocinen la mínima atención académica a esta figura histórica, singular -entre otras muchas cosas- porque sólo en tres años de actuación pública, entre los 30 y 33 de su destrozada vida, consiguió remover la vida pública española e influir en ella y en la de otros países después de su muerte e incluso ahora...

Yo no puedo, por muchas razones, dedicar aquí y ahora más tiempo y espacio que el presente a este tema. Por eso me limito a decir dos cosas: una, que desafío a mis lectores -y a los políticos de cualquier signo- para que me presenten otro español de 30-33 años, vivo o muerto, que haya influido tanto como él en la transformación de España, y a que muestren otro político que haya, a esa edad, expuesto su pensamiento con tanta elegancia y tanto respeto a sus contrarios. Y otra, para mí definitiva: «tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un español tan claro, tan rico en aventura». Yo me enorgullezco de haberlo conocido a través de sus escritos, de haber difundido su pensamiento, de intentar seguir su estilo y ejemplo, y de continuar, mientras Dios me dé vida, en este menester activo y militante.
 

UN ELEFANTE SILENCIOSO
Por Miguel Ángel Loma

Cuestiones trascendentales que hace unos años provocaban debates afrontados con un mínimo rigor en los medios de comunicación, aparecen hoy tratados con la misma frivolidad con que se abordan las actividades copulares de cualquier personajillo elevado a la categoría de estrella mediática de la telebasura. Con cuatro lugares comunes y un capotazo demagógico se despachan hoy «las nuevas conquistas de la libertad y el progreso», ya se trate de la clonación de seres humanos, la distribución gratuita de píldoras abortivas entre adolescentes, las bondades de la eutanasia que viene, el matrimonio entre homosexuales y su derecho a adoptar menores, o la equiparación de los embriones humanos con una cosecha de champiñones transgénicos.

En este ambiente de absoluta trivialización, un claro exponente de la descomposición de los fundamentos cristianos que construyeron y cimentaron Occidente, es el silencio impuesto sobre el aborto criminal y la permanente demagogia con que se aborda este genocidio que nunca contará con película-denuncia de Costa Gavras, ni de cualquier otro director comprometido con la defensa de los cada vez más torcidos derechos humanos. Muy al contrario, la defensa del aborto o la pasividad y el silencio absoluto ante la vigencia y expansión de las leyes que lo amparan y multiplican, suele ser el marchamo progresista con que se acreditan los voceros del llamado pensamiento débil, débil sólo en sus fundamentos porque en sus medios de comunicación y difusión resultan harto poderosos. De este modo, la opinión favorable al aborto o la indiferencia absoluta ante su escalada criminal es la prueba de fuego, más bien de sangre, con que se supera el examen del progresismo y se accede a la elite del pensamiento políticamente correcto.

Basta analizar el caso español para comprobar cómo se ha conseguido insensibilizar a la opinión pública en muy pocos años, y cómo la mayoría de políticos católicos y una parte importante de la clerecía, se desentienden de tan fundamental asunto como si se tratase de una cuestión adjetiva que en el fondo ni les concierne ni les inquieta, únicamente les incomoda. Ejercitando la memoria, esa facultad tan aborrecida por el hombre posmoderno, recordemos por un momento que en nuestra nación se aprobó el aborto únicamente como excepción al principio constitucional de respeto al derecho a la vida que tienen «todos» (artículo 15 de la Constitución), y sólo con el objetivo, eso nos decían, de que fuera permitido para unos restrictivos supuestos de naturaleza gravísima. Fue en este sentido en el que se pronunció el Tribunal Constitucional respecto a la llamada Ley del Aborto, limitando su despenalización a tres únicos supuestos: el denominado aborto terapéutico, cuyo objeto era evitar un grave peligro para la salud física o psíquica de la embarazada; el denominado aborto ético, para casos de embarazo por violación; y el denominado aborto eugenésico, cuando se presume que el feto nacería con graves taras físicas o psíquicas. Pero como una cosa es lo que dice la ley y otra muy diferente su interpretación y aplicación, la doctrina sentada por la desgraciada sentencia del TC ha sido tan expansivamente letal con los inocentes no nacidos, que la práctica totalidad de los 70.000 abortos que se ejecutaron en el 2001 en España (último año del que disponemos de datos), se realizaron al amparo del supuesto legal conocido como aborto terapéutico, pero en su vertiente más abierta, esto es: «aborto practicado para evitar un grave peligro para la salud psíquica de la embarazada», que además de precisar la certificación de un hecho menos objetivo que el exigido para los demás supuestos legales, ofrece la «ventaja» añadida de poder ejecutarse en cualquier momento de la gestación, sin límite alguno de tiempo; circunstancia que todavía parece ignorar mucha gente que aún se asombra cuando se le explica cómo funciona la maquinaria legal de asesinar criaturas no nacidas. Y así, de esta manera tan fraudulentamente consentida, el supuesto, y nunca mejor dicho, del «grave peligro para la salud psíquica de la embarazada» se ha convertido en un absoluto cheque en blanco al que se reconduce cualquier petición de aborto. Basta que la embarazada alegue haber oído extrañas voces por los pasillos de su casa invitándola a abortar (o quizás en los mismos pasillos de la clínica abortista), para que el especialista en «graves peligros psíquicos para la embarazada», y absoluto peligro para la integridad física del hijo, firme la correspondiente sentencia de muerte con forma de certificado sanitario. Se manipula el sentimentalismo social alegando la frialdad de las mazmorras y las horribles huellas que dejan en las muñecas y tobillos de las condenadas los grilletes y la bola, cuando es bien sabido que en España nadie va a prisión por un delito de aborto desde hace muchísimos años porque tanto los anteriores gobiernos del PSOE como el actual del PP, han indultado sistemáticamente a todos los condenados por delitos de aborto. Un indulto que en la práctica significa una fraudulenta invasión del Poder Ejecutivo en el ámbito del Legislativo, ya que un órgano incompetente para ello, como es el Gobierno, está despenalizando por la vía de hecho un delito. Y todo esto sin olvidar que en nuestro Código Penal, arrancar una arborescencia protegida o dificultar la reproducción de un lagarto exótico resultan conductas con mayor sanción (prisión de seis meses a dos años, o multa de ocho a veinticuatro meses) que el de «la mujer que produjere su aborto o consintiere que otra persona se lo cause, fuera de los casos permitidos por la ley» (prisión de seis meses a un año, o multa de seis a veinticuatro meses). Con este simple ejemplo comprendemos el lugar que ocupa un ser humano no nacido, en la escala de valores del legislador español.

Paulatinamente hemos llegado a la aberrante situación de que la lucha en defensa de la vida contra cualquier ataque a su integridad, desde su gestación hasta su muerte natural, que debiera ser bandera común con independencia de ideologías, opiniones o creencias (aunque sólo fuera por solidaridad con la misma naturaleza humana que a todos nos une), está quedando relegada a unos pocos, que además son considerados como una especie de trasnochados radicales, fanáticos fundamentalistas, intolerantes e intransigentes. Ni siquiera la autorizada voz de Juan Pablo II es atendida por quienes tendrían la obligación de hacer más eco de ella; es más, alguno hay con graves responsabilidades de gobierno en la Iglesia española que recientemente justificaba la pasiva política del Partido Popular en esta grave materia, alegando que tal actitud no sólo no constituye causa para dejar de votar al PP, sino que «El Gobierno actual está llevando a cabo una defensa del hombre desde su nacimiento hasta su muerte natural», y que con oponerse a lo del cuarto supuesto ya se pueden quedar tranquilos porque «esto es aplicar lo que el Papa dice en la Evangelium Vitae». En fin... No obstante, tras la última Nota Doctrinal de la Congregación por la Doctrina de la Fe, sobre la conducta de los católicos en la vida política, modestamente considero que opiniones tan «comprensivas» como la anterior, quedan gravemente en entredicho, por no decir, claramente desautorizadas.

Pero no nos engañemos: la actual aceptación social y pacífica del aborto nos conduce indefectiblemente a una pérdida progresiva del valor vida humana, que resulta relegado y depreciado al enfrentarlo con cualquier otro de menor o ninguna esencia, como pudieran ser el valor «salud psíquica de la gestante», o los supuestos valores de la comodidad, estatus económico, inoportunidad del embarazo o vacaciones de verano en apartamento playero. Y si incoherente resulta la posición que adoptan en este tema las denominadas fuerzas de progreso, olvidando su cacareada dedicación de lustros en defensa de los más débiles, no menos incoherente resultan todos los que callan ante el genocidio abortista, y dan por buena la escandalosa situación a la que hemos llegado. Como sucede con la mayoría de los partidos denominados hasta hace muy poco «de inspiración humanista y cristiana», que no sé si inspirarán cristianismo pero en lo que respecta a esta materia exhalan un gas letal, que con sus melifluas actitudes han contribuido directamente al fomento y desarrollo del abortismo en Occidente, manteniendo situaciones tan injustas y fraudulentas como la del aborto en España. Son los mismos que desde una mayoría absoluta, tranquilizan sus conciencias con el solo argumento de oponerse a la ampliación de un cuarto supuesto, algo que en la práctica no supondría ningún incremento real del número de abortos, porque cualquiera que conozca cómo funciona esto, sabe que se están ejecutando todos los abortos posibles (incluidos los no contabilizados que producen las diferentes píldoras abortivas aprobadas por Sus Señorías del «humanismo cristiano»). Un progresismo que establece como uno de sus objetivos principales impedir el nacimiento de seres humanos, es un progresismo que nos conduce hacia un horizonte muy diferente del progreso de la humanidad; y un denominado «humanismo cristiano» que lo consiente y abdica de su erradicación, ni es humanismo ni es cristiano. (¿Por qué será que las imágenes de un inocente ser humano, muchas veces un niño perfectamente formado, luchando en el seno materno por escapar de la mano «liberadora» de un médico convertido en verdugo, siguen siendo hoy las únicas imágenes prohibidas en los medios de comunicación?).

Como está claro que ninguna mujer aborta por gusto, ayudar a las madres con problemas ante su embarazo y dejar nacer a quienes no son culpables de nada, sí que debiera considerarse una política progresista, sobre todo respecto al progreso de tantos inocentes que acaban sus días en el cubo de basura de los hospitales, o reciclados, terrible sarcasmo, en sofisticados productos de belleza. Hay quienes piensan, desgraciadamente cada vez son más, que la cuestión del aborto es un tributo al que debemos acostumbrarnos; que si bien no es algo bonito, en el fondo afecta únicamente a la embarazada y a nadie más; que mientras la sangre no salpique y no se vea, que cada una haga de su capa un sayo y de su útero un féretro; que con la que está cayendo y con un mundo casi en pie de guerra, no hay tiempo para detenerse en nimiedades que sólo afectan a la embarazada y a su entorno o contorno abdominal. Pero el tema del aborto no es ningún asunto menor, porque se trata del derecho a la vida del ser más débil, y como nos recordaba la Madre Teresa de Calcuta: «El aborto desencadena el odio y se ha convertido en el mayor destructor del amor y de la paz, pues si una madre puede matar a su propio hijo, nadie podrá impedir que nos matemos unos a otros. Cada aborto es un doble asesinato: destruye al niño no nacido y mata la conciencia de la madre... El niño aún por nacer es el más pobre entre los pobres».

Conocida es la pregunta y conocida, la respuesta: «¿Cómo se oculta un elefante en la Quinta Avenida de Nueva York? Llenando la Quinta Avenida de elefantes». El elefante del aborto camina hoy oculto entre tantos otros elefantes que nos salen desde todas las esquinas, pero con la elefantiásica diferencia de que mientras la aparición de los demás es objeto de encendidas manifestaciones de denuncia, alarmas y cautelas, el elefante asesino del aborto es el único que se pasea silencioso sin apenas despertar reprobación. Sus pasos quedan amortiguados por un mullido suelo de seres humanos no nacidos, y por la indiferencia de un mundo incapaz de escandalizarse ya por algo que no nos afecte a los bolsillos, a nuestra tranquilidad y seguridad personal, o al mercado del negro carburante que mueve nuestros vehículos y adormece nuestras conciencias.







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