Altar Mayor - Nº 87 (19)
Fecha Viernes, 25 julio a las 19:03:19
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

LIBROS Y REVISTAS  

   

JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
Ediciones B. 2003
Enrique de Aguinaga y Stanley G. Payne

Dentro de su colección Cara y Cruz, Rafael Borrás ha encargado a estos dos autores sus visiones personales de la biografía y personalidad de José Antonio Primo de Rivera. Ese encargo demuestra una cierta simpatía del editor por el personaje, pues Payne, encargado de dar la versión menos simpatizante, no puede ser clasificado dentro de los detractores del mismo. Y se evidencia así una de las facetas más destacables del biografiado: su empatía y capacidad de comunicación con diversas generaciones de españoles, incluso las que sólo le hemos conocido como personaje histórico.

Por supuesto, Borrás hubiera tenido a su disposición diversos historiadores complacidos en cargar con tintas negras la biografía. Autores que en sus obras califican al Fundador de la Falange como el responsable principal de la Guerra Civil, capaces de acumular informaciones tendenciosas y opiniones descalificatorias en un planteamiento doble, contradictorio y confuso: Que José Antonio fue un personaje menor, sin relevancia en la historia de la 2ª República Española, pero que fue el principal responsable de su desaparición. Tussell, Vidal, Cardona, García de Cortazar, Southword y otros se hubieran prestado a repetir en esta obra sus puntos de vista en ese sentido. El primero de ellos ha escrito recientemente en la revista La Aventura de la Historia, en un artículo referido al centenario, que este libro, del que descalifica la parte de Aguinaga «por no ser un historiador», se refiere a lo que no ha sido sino «un espejismo político» en la vida española

El que «no es un historiador» escribe su versión simpatizante, acorde con su producción y ejecutoria anterior, con 446 referencias, prácticamente tres por cada página de texto. Con ellas construye su versión de una persona que decidió cumplir un servicio político a su Patria, en contra de sus apetencias personales, y en un entorno que no favorecía sus propósitos. Un hombre que puso lo mejor de sus brillantes condiciones personales en ese servicio y que, combatido por todos los bandos del espectro político, se sintió irrevocablemente comprometido por las entusiastas adhesiones personales que suscitó. Hasta el extremo de perder la vida en su tarea política, tras una sarta de ilegalidades hoy olvidadas. Aguinaga ha escrito su parte con coherencia respecto a su adscripción temprana dentro de esa pléyade de adhesiones personales, en el abundante sector de esas adhesiones que podemos calificar como póstumo, suscitadas tras la muerte de José Antonio. Lo ha escrito con amor. Sin necesidad de emplear calificaciones personales para ello, pues ha dispuesto de abundantes calificaciones favorables de una multitud de fuentes.

Todos los temas conflictivos sobre el biografiado: fascismo, violencia, señoritismo, indefinición estructural de su política, etc. son tratados por Aguinaga sin eludir su importancia para la biografía. Procura, en unas circunstancias culturales actuales dominadas por los «oponentes», considerar todos los temas dentro de las circunstancias de aquellos momentos. Para ello recurre al argumento, que a él le gusta recordar en conversaciones, de que muchas de las cosas que dice las ha gustado personalmente «en caliente». No porque viviera aquellos tiempos, sino porque los vivió próximos, y con temperatura política hoy desconocida. Y ello le permite percatarse de la verdadera dimensión de las virtudes y defectos, aciertos y errores, del biografiado, enmarcándolos en su tiempo.

Payne, por el contrario, es un historiador que tropieza con el personaje dos décadas después de su fusilamiento, y desde el entorno y condicionamientos de un país extraño. Sus trabajos de Tesis Doctoral sobre un político conflictivo de un país lejano le llevan a publicar en 1963 su obra más famosa Falange. Historia del fascismo español, curiosamente no citada en las referencias de la solapa del libro actual. Aquella obra tuvo la frescura doble de utilizar documentación oral, primaria, y ser el primer intento de explicar el fenómeno político de la Falange Española apartándola de la debacle de los fascismos. En aquella obra traslució una fascinación por la persona de José Antonio. Fascinación similar a la experimentada por la mayor parte de quienes le han descubierto por sí mismos, y con un mínimo de frescura intelectual. Y que, dada la brillantez expositiva de los textos joseantonianos, es tanto más probable cuanto más joven sea el descubridor. Lo era entonces Payne, que publicó su libro sin haber cumplido los veintinueve años.

Aquella primera obra le abrió un campo profesional de historia de los fascismos europeos, en los que encuadró progresivamente a la Falange. Eso le llevó a su obra más importante Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español. En esta obra llegaba a la conclusión de que José Antonio, y con él la Falange que fundó y mandó hasta su muerte, eran fascistas «a pesar de ellos». A pesar del talante liberal de él y sus colaboradores más importantes, a pesar de sus intentos de integración nacional, a pesar de la paciencia inicial para soportar violencia sin devolverla, a pesar de su mentalidad católica primordial, a pesar de sus declaraciones expresas y escritos en contra. Payne sostenía que José Antonio se equivocaba al mantener lo contrario. Y que los resultados fueron desastrosos para España, pese a que reconoce la buena intención del objeto de sus trabajos. Esa seguridad de opinión le hace aventurar alguna con frivolidad inapropiada, como cuando afirma que «acaso sea equivalente o incluso mayor (al número de asesinados falangistas) la cantidad de izquierdistas asesinados por los falangistas». O cuando afirma que la España de entonces «ostentaba una de las mayores tasas de crecimiento del mundo». En este último caso, refiriéndose a que la recesión del 29 aún no le había llegado.

En este libro sostiene la misma opinión insistente, el fascismo de José Antonio, como clave de su parte. Y no se molesta en citar ninguna referencia, dando por sentado que su crédito demostrado como historiador le exime de la necesidad de autoridad ajena. Y esa tranquilidad le hace abundar en opiniones personales sobre lo que trata. Algunas de ellas son claramente rechazables, por gratuitas o malévolas, tales como entrecomillar las alusiones a la «palabra de honor» por parte de José Antonio, o preguntarse si era sincero al prometer que volvería tras su misión de mediación para la que se ofreció; o afirmar que ninguna otra persona, aparte de Franco, ha sido más adulado en España (¡no lo dirá por la adulación que recibió en vida!). En algún caso, posiblemente achacable a la traducción, dice que «no era tan memo como para pensar que…», en expresión poco afortunada para referirse a quien Unamuno llegó a considerar «…un cerebro privilegiado. Tal vez el más prometedor de la Europa actual».

En resumen, un libro más, encomiable, para conmemorar el centenario del nacimiento de alguien que hoy es deliberadamente ignorado por los medios oficiales españoles. Alguien «sin relevancia alguna en la historia de la 2ª República» pero que acumula más textos sobre su persona que los dedicados a todo el resto de los personajes «de relevancia», aparte de Franco. Lo cual no es mala ejecutoria para una vida política de tres años «culminada con el fracaso y la muerte». Prueba indudable, por supuesto, de que tiene interés para los autores y para los lectores que consumen las ediciones. Resulta interesante responder a la cuestión de qué motiva el deliberado silenciamiento oficial actual. Parece que sea una venganza de los partidos políticos que él repudió. ¿Les hizo tanto daño que quieren vengarse? ¿Temen un resurgimiento de su postura política? ¿Se sienten vulnerables en comparación con un estilo ejemplar de actuación en política?

E. Hermana
 

LOS PRIMO DE RIVERA
La Esfera de los Libros, 2003
Rocío Primo de Rivera

Que la familia Primo de Rivera merece el reconocimiento de la Historia es algo que a estas alturas resulta innegable, y la autora aporta la trama imprescindible para urdir la historia familiar. Pero su pertenencia a la misma gens supone una primera traba de no fácil superación. Habrá de reconocérsele la valentía de afrontar el pasado familiar y el justo orgullo de su apellido, al tiempo que consideramos el menosprecio en que se ha tenido a los Primo de Rivera a la hora de mal juzgarlos atendiendo sólo a intencionadas interpretaciones de las palabras y hechos de algunos de ellos.

Pivota la obra en torno a la figura del general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, segundo marqués de Estella, jefe del gobierno, en virtud de la Dictadura por él mismo provocada —no es éste lugar para juzgar el papel del monarca Alfonso XIII—, entre 1923 y 1930. Pero se remonta hasta el siglo XVII, recuperando la memoria de Enrique Primo de Rivera, «monárquico por obligación, honrado por convicción», soldado en los tercios de Flandes que acaso mereciera un lugar en las crónicas del capitán Alatriste. Hacia el presente, sin olvidar al ministro y embajador Miguel Primo de Rivera y Sáenz de Heredia —«Aparte de su vida privada, Miguel se tomó muy en serio su misión»—, Rocío Primo de Rivera se detiene en la inolvidable Pilar —cuya obra al frente de la Sección Femenina reconoce, aunque su descripción se detenga más en lo superficial—, con apenas una leve mención a la figura de su padre, Miguel Primo de Rivera y Urquijo, cuya sombra se adivina en la gestión de estas páginas. No lo decimos en demérito de la autora, que ha afrontado un ejercicio que quizá todos debiéramos realizar alguna vez en la vida, por cuanto interesarnos por nuestros ancestros nos ayuda a ubicarnos con más serenidad en el presente, por mucho que haya quien encuentre en esto una práctica fascista (profesor universitario hubo que sufrió por proponer tal ejercicio). Tal sombra se adivina en determinadas actitudes personales que se reflejan en el texto del libro y aún determinadas carencias.

Al relatar el origen mismo de Los Primo de Rivera nos descubre la autora estas máculas que en cierto modo desdice lo que por otra parte la honra: «Cuando me sugirieron escribir la historia de la familia Primo de Rivera lo dudé, y mucho, para empezar porque desconocía la efeméride por la cual me llamaban (el centenario de "José Antonio", lo mismo que cualquier fecha de nacimiento de mis antepasados). Por otro lado, a ese "José Antonio", nombre por el cual ha sido conocido el hermano mayor de mi abuelo, nunca lo hemos considerado en la familia como un miembro de ella. Entre otras cosas porque siempre se le ha llamado José».

Decíamos al comienzo de esta nota que la familia Primo de Rivera merece el reconocimiento de la Historia, mas esto no significa que se la ignorase. El nombre de alguno de sus hijos está ligado de forma indeleble a la Historia de España, y ello a pesar incluso de que su memoria no parezca haber salido del desván de la familia. En esta obra, la autora proyecta sobre todos los personajes de su drama familiar la figura del Dictador, sin duda gran pater familias de las generaciones posteriores. Pero lo hace en detrimento de la otra gran figura, su hijo José Antonio, a quien incluso sitúa por debajo de su hermano Fernando (el abuelo de Rocío Primo de Rivera, a cuyo padre le arrebataron en agosto de 1936 la oportunidad de conocerle).

Ciertamente, puede la familia estar dolida por la manipulación que durante muchos años se hizo de la memoria de este joven, pero no tiene derecho a reclamar para ella de forma exclusiva su memoria. Por mucho que les duela a algunos, José Antonio Primo de Rivera pasó a ocupar un más que digno lugar en la Historia cuando fue capaz de impregnar con su ilusión a toda una generación, y aún después de muerto, alzar los corazones de centenares de miles de jóvenes españoles e hispanoamericanos que hallaron en sus palabras y en su actitud un digno norte. No comprendemos que la familia Primo de Rivera —dando por bueno el testimonio de la autora— tome como una usurpación lo que es una más que merecida exaltación. Si el traslado de los restos de José Antonio desde El Escorial al Valle de los Caídos —pongamos por caso— no pudo ser una mera ceremonia privada debióse a que su memoria no era ya patrimonio familiar, y hoy lo es de todos los españoles de cierta edad, incluso de aquellos que aún lo denuestan. Si en su momento el propio José Antonio encontró en la muerte de sus camaradas un obstáculo insalvable para burlar la responsabilidad asumida y retirarse a una vida privada carente de aquellos sinsabores, ¿qué le cabe hacer a sus herederos?

Desde luego, es de agradecer que quien cuenta con los medios y la oportunidad nos ofrezca la imagen fresca y familiar de alguien que para muchos de nosotros es todo un referente. Pero no es justo que pretenda reducir la memoria de José Antonio simplemente a la del tío abuelo José (Antonio), como habitualmente se refiere a él incluso cuando transcribe las palabras de otros. Con el debido respeto, creemos que es deber de la familia Primo de Rivera dejar en manos de la Historia —en la de los hombres, acaso no en la de determinados historiadores, que no es lo mismo— la memoria de los mejores de sus hijos. Con este íntimo sacrificio demostrarán las actuales generaciones que de veras sigue vivo en ellas el espíritu de los Primo de Rivera.

Rafael Ibáñez Hernández
 

LA PINTURA DE VELÁSQUEZ A DALÍ
Cuadernos de Cultura y Civilización Hispánicas
Editorial Actas
Miguel Ángel Zalama

Una síntesis didáctica de la historia de la pintura de España a lo largo de los últimos cuatrocientos años es lo que nos presenta el Profesor Titular de Historia del Arte y profesor de Estudios Hispánicos Miguel Ángel Zalama. Pone en manos de quienes se acerquen a su libro el arte español desmenuzado y de forma fácil. El neófito encontrará en esta obra una introducción a la pintura española en la que empaparse lo suficiente para después de tener una base, empezar a disfrutar en las pinacotecas de España, siendo éstas un buen lugar para comprender la pintura universal: no se puede amar aquello que no se conoce.

El autor nos enseña centrándose en cuatro artistas geniales de la pintura española: Velázquez, Goya, Picasso y Dalí, cuya obra está por derecho propio entre las principales pinturas de todos los tiempos y de todo el orbe. Los cuadros que a lo largo de los últimos cuatrocientos años han realizado estos pintores españoles se cuentan entre las principales obras del arte universal. Y no sólo lo son, sino que el público en general, como el gran conocedor, así lo reconoce. Seguro que el autor ha escogido a estos genios de la pintura para no perder a quien trata de iniciar en una maraña de un sin fin de pintores, pues los matices diferenciales desbordarían al lector al que va dirigido. Al presentar estos cuatro magníficos pintores, el autor muestra un toque de gran magisterio pues, sin perder rigor científico, consigue mantener la atención del lector por lo fácil que resulta su compresión y, por otra parte, inicia o amplía su conocimiento sobre la pintura española. El profesor Zalama domina el tema y demuestra una gran capacidad de síntesis, acerca de forma pedagógica al conocimiento de una obra enmarcándola en su tiempo. Da en el primer capítulo una lección magistral, breve, concisa y a su vez suficiente sobre España, desde el reinado del césar Carlos, cuando no se ponía el Sol, hasta los tiempos actuales, explicando los porqués de la evolución artística hasta llegar a los días de hoy, donde no existen los estilos, más bien las tendencias son la clasificación posible, y la anarquía el orden que rige nuestro arte.

Cuadernos de Cultura y Civilización Hispánicas consigue adentrarnos en la Historia del Arte con éste, su volumen 19, del profesor Miguel Ángel Zalama, de una forma amena y de fácil lectura, de forma perfecta para aquellos que teniendo lagunas en su cultura general, quieran completar su formación. Tras la lectura de ese centenar de páginas, conocerán de la mano de un experto que enseña, y con la ayuda de las 25 reproducciones fotográficas a todo color fantásticamente seleccionadas, de los pintores españoles estudiados de forma divulgativa en esta obra.

Libro que ve la luz para ayudar a disfrutar con el arte en su contemplación y en su estudio.

Quien lea este libro, seguro que la pintura no le vuelve a resultar indiferente.

Ezequiel Ichaso
 

LOS OTROS VASCOS
Grafite, 2003
José Luis Orella

A estas alturas, resulta ya un lugar común que cualquier acercamiento a la reciente historia política de las provincias vascas se limite al nacionalismo. Un estudio como este se había convertido en algo imprescindible para demostrar que, aún condicionada por la presión nacionalista, la historia política de estas tierras tiene otros actores que no deben en modo alguno ser arrinconados.

Pese a ser firmante del Manifiesto por la verdad, la justicia y el perdón en Euskadi con el que salió a la palestra el Foro El Salvador, el profesor Orella ha evitado en lo posible los juicios de valor, aun a riesgo de que el compendio de datos electorales resulte ciertamente árido. Pero su lectura proporciona algunas claves que conviene señalar. Así, resulta evidente que en la vida política vasca convergen hoy tres tradiciones: la nacionalista, un monstruo con múltiples rostros y un único objetivo; la socialista, que teniendo su origen en la industrialización que favoreció la inmigración se ha inclinado en ocasiones hacia el discurso vasquista en detrimento de sus objetivos sociales; y la foral, que a través de las banderas carlistas desembocó en el conservadurismo constitucionalista actual, representado fundamentalmente por el PP y Unidad Alavesa.

Siendo el principal partido nacionalista de corte ultraconservador, se adivina con facilidad que la actual posición de privilegio del nacionalismo vasco se debe más a la incapacidad de las restantes ofertas políticas para articular un discurso atrayente que a sus valores propios. Desde luego, de tal incapacidad no son responsables en modo absoluto los «otros vascos», pues la incidencia de la violencia etarra -quizá auspiciada, desde luego consentida y en todo caso aprovechada por los responsables políticos del nacionalismo vasco- no resulta en este caso vana.

El apresuramiento que se adivina a la hora redactar esta obra explica algunas inexactitudes, tales como considerar a Víctor Legorburu, alcalde de Galdácano y miembro de Fuerza Nueva asesinado el 9 de febrero de 1976, como simpatizante de alguna agrupación de centroderecha (p. 70-71). Pero esta mácula queda compensada con un interesante apéndice documental en el se incluyen la propuesta del PP del País Vasco sobre la pacificación (13 de marzo de 1998), la intervención de Nicolás Redondo Terreros en el parlamento de Vitoria tras los atentados de Nueva York (28 de septiembre de 2001), las reflexiones del arzobispo de Pamplona incluidas en el libro La Iglesia, frente al terrorismo de ETA, o los manifiestos fundacionales del Foro de Ermua (12 de febrero de 1998) y del Foro El Salvador (10 de junio de 1999), textos todos cuya lectura resulta imprescindible para conocer la reacción de los «otros vascos» ante el monopolio nacionalista en su afán reivindicativo de la igualdad de derechos para los ciudadanos vascos no nacionalistas y la defensa del discurso identitario de la unidad de España

Rafael Ibáñez Hernández
 

¿PADECIÓ BAJO PONCIO PILATO?
Edit. Rialp, 1998
Vitorio Messori

El conocido (en el ambiente católico) escritor italiano publicó este trabajo de reseña crítica en 1992. Al año siguiente se editó en España, donde ha alcanzado tres ediciones, y actualmente no está disponible en librerías. Resulta interesante la brevedad del éxito de esta obra, dada su actualidad permanente. Porque no parece que éxitos posteriores de otras obras de Messori hayan tirado de ella de nuevo, y motivado una nueva edición.

La obra es un estudio crítico de la historicidad del relato de la Pasión de Nuestro Señor, discutiendo diversas opiniones sobre el tema de expertos historiadores, tanto cristianos como judíos. Messori reseña con gran calidad divulgativa, las tesis y contratesis acerca de más de una veintena de episodios y personajes de la Pasión: Todo ello está motivado por la tendencia, originada en varios expertos, principalmente alemanes, del siglo XIX y comienzos del XX, de cuestionar la fecha de redacción de los Evangelios, con énfasis particular en los cuatro aceptados por la Iglesia como revelados. Para ello cita opiniones de decenas de historiadores y expertos en tiempos antiguos. Abundan los alemanes e italianos con mínima participación española, excepto en la traca final.

Rastrear la historicidad de los hechos narrados está dificultada por la gran discontinuidad que produjo el sitio y destrucción de Jerusalén en el año 70. Una destrucción de tal envergadura que Adriano decidió establecer allí una nueva ciudad con el nuevo título de Aelia Capitolina. Cabe pensar que varios de los personajes secundarios de la Pasión, ocurrida allí cuarenta años antes, morirían en el sitio, si no lo habían hecho antes. Como tales considera a Nicodemo, José de Arimatea y otros. Aunque parece bastante probado que la Comunidad cristiana de la ciudad abandonó la misma antes del sitio, para establecerse en Samaría, considerando que lo que se avecinaba no era cuestión que los concerniese. Los romanos destruyeron la ciudad y el Templo, deliberadamente o no, y con ello destruyeron o dispersaron lo contenido en él. Ello explica cualquier discontinuidad en documentación histórica o arqueológica

Esa discontinuidad, y la modestia social de la mayor parte de aquellos creyentes en la divinidad de Jesucristo, provoca la carencia de datos evidentes para historiar aquellas primeras décadas tras la Resurrección. Esa carencia induce a los detractores a opinar que los Evangelios, e incluso las Epístolas personales de los Apóstoles, no pasan de ser recopilación tardía de tradiciones orales mantenidas por los creyentes. Con el peligro de que esa recopilación escrita hubiese amañado las tradiciones de forma conveniente para sostener sus ideas. En cambio, una escritura temprana, próxima a los hechos, no hubiera podido tergiversar éstos, porque la memoria personal de los vivientes lo hubiera corregido. Por ello se ha establecido la polémica entre los escépticos, proclives a pensar en la redacción tardía, y los creyentes, que admiten la redacción temprana, cuando no inmediata a los hechos.

Esa polémica es zanjada espectacularmente por el jesuita español O´Callaghan, que en 1972 publica su estudio del trozo 7Q5 de los papiros de Qumrâm. En ese estudio mantiene la tesis de que el texto en griego del trozo de papiro (apenas una veintena de letras en cuatro o cinco líneas) corresponde con unos versículos del Evangelio de San Marcos. Posteriormente mantuvo tesis similares para otros trozos, calificándolos de restos de epístolas de San Pablo. Todos esos trozos fueron asociados a restos de un ánfora contenedora remitida desde Roma.

Esa Tesis implicaba, dado que está probado que las grutas de Qumrâm fueron abandonadas en el año 69, que antes de esa fecha se habían producido diversos hechos:

a) El Evangelio había sido dictado por San Pedro a San Marcos;

b) San Marcos lo había escrito en griego;

c) Copias de ese Evangelio y de Epístolas de San Pablo habían sido enviadas a la comunidad cristiana de Jerusalén, para su difusión;

d) La Comunidad, antes o después de hacer las copias, había depositado el ánfora en «un sitio seguro», las cuevas de la comunidad de los esenios.

Una Tesis tan revolucionaria en 1972 agitaba el plácido dominio cultural del Postconcilio por los escépticos. El P. O´Callaghan fue descalificado como diletante irresponsable. E incluso se disuadió al pobre Paulo VI de anunciar al mundo el descubrimiento, sacándolo del ámbito de la duda académica. Se plegó a ello «por prudencia» ¿o por cobardía intelectual?

Sin embargo, Messori cierra el Libro con ella, afirmando que las adhesiones científicas a esa tesis han aumentado en los treinta años transcurridos. Ello le permite escribir con la alegría de la certeza en la Fe en el Resucitado.

E. Hermana









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