Altar Mayor - Nº 87 (16)
Fecha Viernes, 25 julio a las 19:09:45
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

SOBRE EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Por Juan-Luis Beceiro García

Aún todavía, a más de 500 años del descubrimiento de América, hay cierto número de sociólogos y antropólogos americanos –que no historiadores- que siguen hablando mal de la acción civilizadora (que no colonizadora) de España en América.

En un libro publicado tres años antes de cumplirse el quinto centenario del Descubrimiento, tocan algunos de los temas que trataré a través de este trabajo.

El «etnocidio» es una palabra que no se les quita de la boca a la mayoría de los autores en él reunidos. ¿Qué es el etnocidio? Su definición es clarísima: no hay hecatombe presente ni holocausto acusador. Aceptamos plenamente la definición del antropólogo francés Robert Jaulin, quien denomina así a «todo acto que conduce a la degradación o desaparición de la cultura indígena de cualquier región del mundo». Esto es el famoso etnocidio que algunos autores confunden con genocidio. Así, Juan de Vos (La paz de Dios y del Rey, Méjico, 1988) nos dice que su «libro trata de un etnocidio. La víctima fue una pequeña tribu indígena de la Selva Lacandona [...] Es imposible precisar el lugar y el momento de la matanza, puesto que [...]» (menos mal que no dijo «masacre»).

La palabra etnocidio es moderna y una semiderivación de la de genocidio, nacida por el año 1946, aproximadamente cuando, una vez finalizada la 2ª Guerra Mundial, los vencedores juzgaron a los vencidos. Uno de los primeros usuarios de la palabra, el profesor Lemkin, proponía tres clases de genocidio: el físico, el biológico y el cultural; este último es al que modernamente se definió como etnocidio y es aceptado por la inmensa mayoría de los autores.

La cuestión es que España, en la conquista, arruinó las distintas culturas de los indios conquistados, y no podría ser de otra forma; por ello sorprende esta insistencia machacona y ya hasta pueril. Dice Guillermo Bonfil que «la razón de fondo, pienso, está en la contradicción no resuelta entre la civilización occidental dominante y la civilización india, sojuzgada pero no muerta». Es evidente, y todos los antropólogos y filósofos de la Historia saben que «cada cultura tiene su civilización propia» (Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, Madrid, 1966) y que en el choque de dos culturas disímiles la más inferior es la que queda destruida o asimilada por la superior. La Historia es así. Los conquistadores de unas tierras terminan, por lo general, con las formas culturales de los conquistados, excepción hecha cuando estos últimos son de una mayor cultura, como en el caso de la invasión de los godos en España, quienes sucumbieron ante la superior cultura de los hispanoromanos. Así nos lo expresa claramente el filósofo de la Historia, Christopher Dawson, al precisar «como ocurrió con la destrucción de la civilización peruana por los españoles, y en los innumerables ejemplos de las culturas primitivas que se marchitaron al entrar en contacto con la civilización moderna». Ya por eso nos dice Bernard Moses (Spain overseas, New York, 1929) que, para elevar la cultura de un pueblo a un nivel más alto, es preciso la destrucción de antiguas formas y prejuicios sociales. «Sin este trabajo preliminar, el proceso de reconstrucción es imposible», dice textualmente.

Es el choque de culturas («clash of peoples», en la terminología inglesa), tan estudiado durante estas últimas décadas por los especialistas. Pero hay que recordar que en ese eterno encuentro de culturas, si las penetraciones se efectúan solo a través de las armas -como nos acusan- el contacto no será fusionante y solamente durará hasta que la cultura sometida pueda liberarse del cerrojo, deshaciéndose las pautas culturales impuestas, pudiendo quedar sólo componentes secundarios. Pero este no fue el caso de España en América: Una vez producido el encuentro, ¿podía España desentenderse del encierro ético circunstancial y dejar a esos hermanos en el espíritu librados a un futuro de dudosa evolución?, se pregunta el intelectual argentino A. Insúa. ¿Podrían propiciarse formas de evolución separada, tal como ensayó Sudáfrica en este siglo veinte? ¿Podría extremarse aún más esta postura y legislar prohibiendo la mezcla y hasta disponiendo la eliminación de toda raza considerada inferior, tal como hizo después la colonización inglesa, cuyas secuelas y resabios permanecen todavía en los Estados Unidos de América respecto del hombre de piel negra y razas aborígenes? En este sentido podemos decir con José Martí, «el apóstol», «que toda obra nuestra [...] tendrá inevitablemente el sello de la civilización conquistadora [...] que la mejorará y adelantará».

Pero ¿qué clase de culturas eran aquellas con las que se encontró el Conquistador español? Dice el autor del prólogo que «claro que había tribus que dormían en la llamada Edad de Piedra, pero también grandes civilizaciones...». Veamos la cuestión francamente: Frangois Chevalier dice, sobre el grado de civilización en que se encontraban los aborígenes americanos a la llegada de los españoles, que «estas poblaciones nativas estaban, como mucho, en la Edad del Bronce». No vamos a suponer que todas estaban en el mismo plano, no obstante. Sin embargo escuchemos la voz de dos americanos sobre esta cuestión: Dice Carlos Rangel al respecto (Del buen salvaje al buen revolucionario, Barcelona, 1976): «Lo cierto es que ni siquiera las civilizaciones Inca y Azteca (y mucho menos todavía las demás culturas aborígenes americanas) tuvieron ni remotamente la importancia y el brillo que legendariamente se les ha atribuido, y que ahora se pretende tomar como un dato indiscutible para el propósito de convencer a los latinoamericanos de que somos descendientes de aquellos indios, y víctimas, junto con ellos, igual que ellos, de Occidente; cuando la verdad es que somos sobre todo herederos biológicos y culturales de los presuntos invasores».

Y el historiador mejicano García Icazbalceta (Cristóbal Real: La gran siembra de España, Madrid, 1944) dice así: «Veríamos si pueden llamarse tan civilizados unos pueblos que aun cuando en ciertos ramos del saber humano conservan restos de una antigua cultura, carecen de instrucción pública, no conocen las bellas artes, ni el alfabeto, ni los animales domésticos, ni el hierro, ni las pesas y medidas, ni la moneda; pero conocen la esclavitud, la poligamia, los sacrificios humanos, y se mantienen en perpetua guerra, no ya para ensanchar sus dominios, sino que la emprenden periódicamente, sin odio ni ambición, con el único fin de proveerse de víctimas para saciar, sin conseguirlo nunca, la sed de sangre de sus mentidos dioses». A poner fin para siempre a toda esa barbarie fue España al Nuevo Mundo.

José Mª Arboleda Llorente escribe que, «No hay que olvidar que ningún pueblo americano, aun el más adelantado, como el Maya-Quiché, habrá traspasado los umbrales de la barbarie: apenas conocía los primeros metales y usaba la escritura jeroglífica; pero su cultura, desconocedora del hierro, por más avanzada que fuese, jamás se podía equiparar a las que se han sucedido en esta edad de la civilización en que ya vivían los españoles».

Aunque bien es verdad que para Lewis Hanke los españoles se encontraron en el Nuevo Mundo con muchas clases de indios cuyas civilizaciones comprendían desde casi la Edad de Piedra hasta grupos muy avanzados culturalmente, y según el análisis de Laurette Séjourné, el mundo mexica de 1500 era algo así como la Galia de los últimos merovingios, y este último autor dice con toda claridad de los indígenas americanos que «Mientras unos se encontraban en un neolítico, otros se hallaban en condiciones infraculturales. Mientras unos poseían una organización estatal definida, otros se aglutinaban en tribus nómadas, sin nexo alguno a nada ni a nadie. Mientras unos gozaban de una civilización agrícola y permanecían unidos por una lengua y común religión, otros carecían de esto y arrastraban una vida contraria a todo avance».

Por eso dice José Vasconcelos en su Breve Historia de Méjico (citado por Venancio D. Carro), que «nada destruyó España, porque nada existía digno de conservarse cuando ella llegó a estos territorios, a menos que se estime sagrada toda esa mala hierba del alma que son el canibalismo de los Caribes, los sacrificios humanos de los Aztecas, el despotismo embrutecedor de los Incas».

Esas fueron las grandes civilizaciones destruidas por los españoles. Entonces me pregunto, ¿por qué se acusa a España de etnocidio? Por odio o por ignorancia, nada más.

Pero los anatemas no terminan aquí. También somos culpables de la «conquista espiritual» de los indígenas. Para el Sr. Colombres, la conquista espiritual «configura el núcleo conflictivo del tema de los 500 años». Para Ticio Escobar, esa misma conquista «fue tan fundamental para colonizar América como la militar y la civil. Admite que «los misioneros actuaron a menudo como un freno para la hiperexplotación civil de la colonia [...] y brindar al indio un derecho de igualdad». Claro está que esto sirvió para generar dependencia; al menos los españoles, según esta opinión, hicimos algo, porque los misioneros serían españoles..., ¿o acaso serían italianos?

Es verdad que la evangelización fue en gran parte decisiva para ayudar a la permanencia de la conquista de los pueblos indígenas. Fue lo primero que hizo España, y esa conquista inmaterial de las poblaciones nativas «fue un esfuerzo extraordinariamente tenaz, se juzgue como se juzgue, desde un punto de vista más secular y relativista», dice la Enciclopedia de Latinoamérica de la Universidad de Cambridge (1987). Y así, Octavio Paz, mejicano de fama universal, considera que precisamente lo que distingue a la conquista española de la de otros pueblos europeos es la evangelización. Y como dice el famoso historiador británico Arnold Toynbee (Estudio de la Historia, Buenos Aires, 1967), «Los conquistadores españoles del Perú y de las Filipinas estaban tanto más ansiosos por impartir su religión que por divulgar su lengua, que proveyeron a las lenguas nativas de los pueblos conquistados con los medios para hacer frente al castellano, medios que permitieron que estas lenguas se desarrollaran como vehículos para la propagación de la liturgia y la literatura católica».

Y para él, como para tantos otros historiadores, esto nada tiene que ver con el etnocidio de que se nos acusa.

Por otro lado, hay que decir que admitir universalmente la maldad de la civilización hispana sería renegar del Cristianismo y de la evangelización, cosa que ninguna persona puede admitir, sea o no cristiana, pues la superioridad de la doctrina cristiana deberá ser admitida -aunque sólo sea desde el punto de vista sociológico- comparándola con las mil y una religiones allí encontradas. Y hay que decir, a modo de anecdotario, que el Catecismo, ideado por los misioneros españoles como instrumento de difusión popular de ideas religiosas era tan eficaz que en el siglo XVIII lo secularizaron y lo aplicaron a la propaganda política.

Tal es el caso del Catecismo de los filósofos (1788) o el Catecismo del ciudadano (1793), contestado por Villanueva en su Catecismo del Estado según los principios de la religión (1793). También se difundieron ciertas ideas regionalistas, como lo demuestra la Doctrina catalana (1705) o el intento de Bonaventura Serra (1728-1784) con el Catecismo Balear.

De todas formas, y como ha escrito el P. Constantino Bayle (España en Indias, Barcelona, 1939), «No es verdad, como se ha escrito, que de caer América en manos de otros pueblos, ahora sería protestante. Sería adoradora del Sol o de Huichilobos o de Bachica, o de las culebras: lo que los indios hubieran escogido. Aunque lo más probable, lo casi seguro, estos serían lo que son en las antiguas colonias inglesas: un recuerdo».

iY qué gran verdad! Por eso parece un tanto grotesca la afirmación del Sr. Colombres cuando dice que la defensa de la integridad de las culturas indígenas «es fundamental para todos los que anhelamos desarrollar aquí una civilización propia, a partir de nuestras fuentes más originales...». ¿Qué civilización, la del Sol o de Bachica?

Naturalmente que nuestros críticos del «V Centenario» hicieron causa común con todos aquellos que denigran la acción civilizadora española en América con el ya conocido cuento de que «obras de arte, quipus, códices, estelas, tabletas y otros registros históricos fueron quemados, enterrados, destrozados, convertidos en lingotes so pretexto de erradicar idolatrías...», según palabras de Adolfo Colombres. Es sorprendente leer esto en el siglo XX hablando de hechos ocurridos en los siglos XV y XVI. Nuestros críticos, tan sabios, tan antropólogos, no quieren darse cuenta de que, como dijo el mejicano García Icazbalceta un misionero no es un anticuario. Se acusa con criterios de hoy día, haciendo caso omiso de la consideración religiosa del problema, obteniendo de esta forma conclusiones inadmisibles.

Como dice Francis B. Steck (Ensayos Históricos Hispanoamericanos, Méjico, 1940), abundantes lágrimas sobre las ruinas de los ídolos y los templos destruidos por la barbarie española; pero esos señores, que así se lamentan, olvidan y omiten decir que aquellos templos destruidos eran reemplazados por templos cristianos dedicados al Dios vivo, y que los misioneros consultaban y tenían en cuenta el gusto y las tradiciones de los naturales para hacer eso. Así lo prueba el hecho de que el estilo arquitectónico, llevado de España a Méjico, fue modificado profundamente en cada región; tanto es así que, como dice Benítez, sería posible hoy día clasificar las iglesias de Méjico según las regiones en que fueron erigidas.

Sobre esto apunta Mariano Picón-Salas (De la Conquista a la Independencia. Méjico, 1958) al decir que es a través de formas españolas como nosotros hemos penetrado en la civilización occidental.

Conviene recordar que la destrucción de valiosos elementos culturales indígenas, como los relacionados por Colombres, sólo es historia respecto de la idolatría, porque la estima y valor a lo indígena por parte de los misioneros lo demostraron en el conocimiento de las lenguas y en la conservación de aquellas culturas que hoy conocemos gracias a sus obras. Fray Bernardino de Sahagún, como un ejemplo entre muchos, es considerado hoy por uno de los fundadores de la Etnología, saber de tanto agrado para los críticos que hoy reseñamos. Y para el estudio de etnias y culturas precolombinas, no solamente docencia e investigación como la citada antes, sino que el estudio de esas culturas y sus lenguas mereció la cátedra en la Universidad de Lima. Todo ello sentó las bases de la lingüística americana. Yo preguntaría a estos críticos si los otros colonizadores de América: ingleses, portugueses, franceses y holandeses hicieron algo semejante. Sin esa inmensa obra cultural de los españoles en América desde 1492, hoy casi todo habría quedado supeditado a la arqueología, epigrafía y a la insegura tradición oral.

«Los españoles no hicieron nada por borrar de Méjico la lengua nativa. Cuando fundaban una ciudad y le daban nombre cristiano, muy frecuentemente conservaban el nombre indio que tenía o le añadían uno nuevo. Así tenemos hoy día las ciudades de San Francisco de Acámbaro, San Jerónimo de Zahuaripa, Santa Fe de Guanajuato, San Pedro Champotón, etc.» (Francis B. Steck, o.c.).

El chileno Jaime Eyzaguirre (Hispanoamérica del dolor y otros estudios». Madrid, 1979), nos confirma lo dicho anteriormente: «lo que los conquistadores destruyeron apenas es comparable con lo que transportaron de cultura, y nadie puede ahora sentir merecida nostalgia por los sacrificios humanos de los aztecas, la antropofagia de los caribes o la magia negra de los araucanos».

En definitiva, no nos escandalicemos cuando en nuestra época se ha destruido el Monasterio de Montecassino, una de las grandes riquezas de la cultura medieval por un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial.

Los autores del libro se lamentan de que aún ahora, a los casi doscientos años después de la independencia de los países hispanoamericanos, se sigan cometiendo etnocidios por parte de los Gobiernos de esos mismos países. Así, Colombres dice que «el Estado que entrega el cuidado de la salud y la educación indígenas a una agrupación religiosa se hace culpable de etnocidio».

Para Ticio Escobar, la conquista espiritual sigue teniendo plena vigencia y expone los diez puntos del Documento de Barbados (1971) mediante los cuales las misiones podrían apoyar la liberación de los pueblos indígenas (ahora parece que las misiones sirven para algo); y en la medida en que las misiones no asuman estas obligaciones mínimas a que se refiere el documento citado, dice: «incurren en el delito de etnocidio de connivencia con el genocidio». La verdad es que ya podrían haberse ahorrado las críticas a la acción española, porque lo que a ellos en realidad les duele es la presente situación en la que España está exonerada de culpa. Ellos no quieren reconocer el enorme esfuerzo civilizador de España en América y a ella la culpan de la situación actual. Quiero recordar a nuestros críticos una serie de hechos culturales realizados por esta España que tanto se afanan en denigrar. Veamos: España no se contenta con fundar escuelas, enseñar la doctrina cristiana e incorporar a nuevas razas a la civilización por medio del idioma sino que funda universidades (Méjico, Lima, etc.) adelantándose en siglos a sus sucesores ingleses, franceses y holandeses. La Un¡versidad de Méjico, a la que por cierto se otorga el mismo estatuto que tiene la de Salamanca, cuenta en su historial con la práctica de una autopsia en 1579 para investigar las causas de una epidemia. El primer libro impreso en las Indias tiene lugar en 1539, en Méjico. El primer periódico, El Mercurio Volante, aparece también en Méjico en 1693. Música indígena era ya impresa en 1548. El primer periódico que aparece en las colonias inglesas no lo hace hasta el 1704.

Esto es como principio. Oigamos ahora lo que nos dice el alemán Herman Baumhauer y otros en su Historia Universal (Barcelona, 1956): «...cuando todavía no existía en Europa la escuela popular y gratuita en sentido pedagógico moderno, España instauraba establecimientos docentes primarios, para indios, en todos los pueblos en que, a partir del descubrimiento, iban agrupándose los naturales. El lego franciscano Pedro de Gante es considerado por Pereyra como el fundador de la pedagogía en el Nuevo Mundo».

Leamos ahora lo que nos explica el argentino A. Insúa (Obras Completas): «Enseñanza primaria para todos los niños aborígenes, mestizos o criollos, generalizada para varones y mujeres, y también para las criadas de familias. Todo documentado y silenciado. Mientras, señores como José Ingenieros o Juan Mª Gutiérrez, cargaron sus plumas con el prejuicio antihispano diciendo grandes disparates a este respecto que casi todo el mundo creyó. «La enseñanza secundaria contó con más de 500 colegios en Hispanoamérica. En cuanto a la enseñanza universitaria bastaría con decir que desde 1538 -sólo 46 años después del Descubrimiento- en que abrió sus puertas la primera de las que tuvo Santo Domingo, las fundaciones hispanoamericanas fueron vertiginosas, no sabiéndose de país europeo alguno incluido España que en el curso de tres siglos haya igualado la cantidad de universidades por habitantes registrada en la extensión cultural hispanoamericana, debiéndose anotar que muchas de ellas recibieron su acta de nacimiento décadas antes de su inauguración oficial, como la Santo Tomás de Aquino, de Santo Domingo (1511), o la de San Pablo (Méjico, 1533). Encontramos hacia 1600 seis universidades, hacia el 1700 quince más y sobre el 1800 otras doce: lo que hace un total de 33 universidades del mismo nivel (la mayor parte réplicas de las peninsulares en privilegios y prerrogativas) y a veces superiores a las europeas, dotadas con todo el saber actualizado que España se encargó de incorporar nutriéndolas con los profesores y hombres de ciencia más destacados que el mundo occidental podía proveer sin importar su origen».

Como dijo Hégel, «no es la presencia de lo extranjero como tal lo que estorba en el desarrollo histórico de un pueblo». Todo lo contrario, y España hizo en América algo que ningún país del mundo hizo. Y no fue precisamente el cometer un enorme etnocidio.

El mestizaje es una de las glorias de España. Nadie como ella supo asimilar a cuantos pueblos sometió; sin embargo, para nuestros críticos no es así. Empiezan afirmando que el mestizo fue visto como un ser inferior por el racismo. Efectivamente, así es: Ninguno de los otros pueblos colonizadores europeos en América, Asia o África y Oceanía fueron capaces de asimilar a los pueblos conquistados. Claro que para el Sr. Colombres este mestizaje no es el resultado de un acuerdo, de un diálogo, de una relación armónica entre dos sociedades, sino de una violencia. Son dos apreciaciones distintas. Para José Vasconcelos (La raza cósmica, Madrid, 1927), «los del Norte [...] cometieron el pecado de destruir esas razas, en tanto que nosotros las asimilamos, y esto nos da derechos nuevos y esperanza de una misión sin precedente en la Historia». «La colonización española creó mestizaje; esto señala su carácter, fija su responsabilidad y define su porvenir. El inglés siguió cruzándose sólo con el blanco, y exterminó al indígena; lo sigue exterminando en la sorda lucha económica, más eficaz que la conquista armada».

De esta manera los españoles consiguieron crear una sociedad multirracial, sin comparación en la Historia de la Humanidad. Así lo afirma Magnus Mörner con asombro al decir que ninguna parte del mundo ha presenciado un cruzamiento de razas tan gigantesco como el que ha estado ocurriendo en América Latina y en el Caribe desde 1492. Quizás convendría recordar al Sr. Colombres que a los-europeos de arraigó protestante y careta humanitaria les agrada llorar lágrimas de cocodrilo, como a él, sobre la violencia en que se enfangaron los Conquistadores. Pues, por si no lo sabe, vamos a reproducir aquí las palabras del mejicano Leopoldo Zea (América en la Historia. Madrid, 1970), que dice que los españoles en América «se habían empeñado en rebajarse como los miembros de una gran cultura y mezclarse con pueblos inferiores, al mezclarse con hombres cuya naturaleza humana estaba aún en entredicho. Europeos que habían dado origen a un tipo de hombre inferior al mismo indígena: el mestizo. Por ello el prusiano De Pauw, el francés Bufón y multitud de naturalistas sajones insistirán en la baja calidad de los hombres que habían originado a los pueblos de América ibera».

Y resumiendo, es más que conocido que fueron los propios monarcas españoles quienes recomendaron el matrimonio con las mujeres indígenas. ¿Qué otro país lo ha hecho? No fueron todo violaciones, como apunta nuestro antropólogo argentino.

Íntimamente relacionado con el mestizaje está el asunto de la raza hispánica-cósmica, como la denominó certeramente el mejicano José Vasconcelos. Asunto que también preocupa a nuestros críticos. Así, nos dicen con énfasis, en dos ocasiones al menos, que la Conferencia Internacional de Pueblos Indígenas resolvió protestar enérgicamente en contra de los racistas contemporáneos, que todavía festejan y escriben artículos sobre el «Día de la Raza». Esto del «Día de la Raza» le lleva también a mal traer al argentino Abel Posse, quien dice que «hablar de raza, refiriéndose a los hombres de América, es demencial».

Naturalmente, ninguno de ellos conoce lo que significa el «Día de la Raza» para los españoles y para los hispanoamericanos que la festejan. Y es extraño que un diplomático como el Sr. Posse (que ha estado en España) no tenga un amplio conocimiento de ello. Para empezar, el «Día de la Raza» no fue cosa de los españoles: fue precisamente un americano, el inolvidable Presidente de la República Argentina, Hipólito Irigoyen, quien el 12 de Octubre de 1917, instituyó ese día como fiesta nacional con tal nombre; fiesta que fue adoptada por España y gran parte de las restantes repúblicas hispanoamericanas.

Hay que decir ante todo que, como dice Atilio Del'Oro Maini, profesor de la Universidad de Buenos Aires, los países hispanoamericanos, gracias a la tradición recibida de España, no han tenido nunca un problema racista planteado por la repugnancia física y espiritual del blanco para el indio o negro. Los distanciamientos o separaciones provienen de un concepto de clase y no de raza.

Aclaremos, pues, conceptos: Como muy bien dice Magnus Mörner, es cierto que las palabras de Vasconcelos, que pertenecen a su libro Raza cósmica (1925), se refieren a un hecho abstracto, cultural. Cierto también que «de nuestra raza fueron no sólo Cortés y Balboa, Mendoza y Garay, sino también los mejicanos Hidalgo, Morelos y Benito Juárez, el cubano Martí, el colombiano Sucre, el venezolano Bolívar, y el chileno O'Higgings. Y también lo fue de nuestra raza espiritual José Rizal, el filipino con sangre china pero que pensó, sintió y habló en español» (Unamuno).

Pero hay que alejar de esa fiesta todo imperialismo que no sea el de la raza espiritual encarnada en el lenguaje, lenguaje de blancos, indios, negros, mestizos y mulatos; de cristianos, de no cristianos y de ateos, y de hombres que viven bajo los más diversos regímenes políticos. Y si se entiende bien lo de raza, no está mal hablar de «Fiesta de la Raza», entre otras cosas -como dice Unamuno- «para que rabien los que no se resignan al dominio de la lengua española y los que han inventado eso de América latina, como si se hablara allá el latín».

Para el estadounidense Samuel Guy Inman (El destino de América Latina. Santiago de Chile, 1941), el «Día de la Raza», el 12 de Octubre, es celebrado no para conmemorar el descubrimiento del continente, sino para exaltar, como en una reunión de familia, la consanguinidad de toda la América Hispana con las madres patrias: España y Portugal. Y así es en realidad. Bien que lo saben nuestros críticos. Ya el dominicano Pedro Henríquez Ureña (La utopía de América. Caracas, 1978), decía: «Generosa inspiración la que ha creado esta festividad del Día de la Raza, donde confirmamos, año tras año, la fe en los grandes destinos de los pueblos que forman la comunidad hispánica». Y para confirmarnos en esta idea, terminamos con Ramiro de Maeztu (Defensa de la Hispanidad. Valladolid, 1938), quien dice: «Y tan arraigado está en nosotros este sentido de universalidad, que hemos instituido la fiesta del 12 de octubre, que es la fecha del descubrimiento de América, para celebrar el momento en que se inició la comunidad de todos los pueblos: blancos, negros, indios, malayos o mestizos que hablan nuestra lengua y profesan nuestra fe. Y la hemos llamado "Fiesta de la Raza", a pesar de la obvia impropiedad de la palabra, nosotros que nunca sentimos el orgullo del color de la piel, precisamente para proclamar ante el mundo que la raza para nosotros está constituida por el habla y la fe, que son espíritu, y no por las oscuridades protoplásmicas».

Nuestros afamados críticos no dejan de sorprendernos en ningún momento. Ellos hablan de todo, nada queda fuera de su óptica mordaz, desenfadada y desinformada. Así, cuando se refieren a la legislación española de Indias los que se ocupan del caso vienen a decir lo mismo. Para el prologuista esta legislación «como sabemos, se acató sin cumplirse», y para Eulogio Frites «la legislación indianista, desde Isabel la Católica en adelante, siempre se acató sin cumplirse». ¿Cuál fue la realidad?

La excelencia de la legislación indiana no pudo dejar de reconocerse y admirase en todo el mundo; tan es así que hasta hoy día muchos países se encuentran bastante atrás con respecto a sus normas civiles, penales, laborales e institucionales. Por tanto, para seguir con la inveterada crítica lo más que puede decirse es que no se cumplían sus disposiciones. Era muy difícil creer en su vigencia concreta por todos aquellos que en sus colonias-factorías holandesas, inglesas y francesas, la sola mención de semejante legislación había sonado como broma de mal gusto. ¿Puede recordarse, por ejemplo, el desgraciadamente famoso «Code Noir» para las factorías francesas?

El «se obedece pero no se cumple» fue una frase utilizada por algunos españoles (y aprovechada por el crítico, siempre al acecho) pero referida a cuestiones políticas y comerciales de protección estratégica de ciertas zonas de Tierra Firme (A. Insúa). El «se acata pero no se cumple» es una forma sinuosa de la leyenda antiespañola que, como siempre, apoyándose en un hecho cierto lo hace extensible a todos los lugares de la América española y a todo el tiempo que duró el Imperio español allá. Que no siempre se cumplieron, también se dice más suavemente. ¿Se cumplen hoy los «derechos del hombre» reconocidos de boquilla por todas las naciones del orbe? ¿Hay alguna nación que se atreva a negarlo? Ya se ha visto cómo se han respetado esos «derechos humanos» por los países colonizadores en Asia, África, América y Oceanía en el siglo XIX. ¿Quién nos va a poder hablar de «derechos humanos»? Y en el siglo XX, ¿no se ha podido ver lo que ha sucedido entre y desde las dos guerras mundiales hasta la fecha? Y dicen algunos que las leyes no se cumplían...

Dos autores españoles, Lopetegui y Zubillaga (Historia de la Iglesia en la América Española. Madrid, 1965), hablan de un famoso autor colombiano diciendo que «El conocido escritor de las Instituciones jurídicas indianas, Ots Capdequi, estudia la eficacia de las sanciones impuestas a las autoridades coloniales, y dice: "Nadie, por elevado que fuera su puesto, podía sentirse libre de una orden punitiva llegada desde España. Lo mismo se castigó a los regidores y alcaldes ordinarios, que a los gobernadores, oidores de las Audiencias, presidentes y virreyes, sin excluir a las autoridades eclesiásticas. Unos y otros fueron objeto de amonestaciones y reprensiones públicas, de multas en cuantía mayor o menor, de suspensiones de empleo y sueldo, así como de la obligación de reintegrar a la Real Hacienda cantidades indebidamente percibidas o satisfechas indebidamente"».

Y, con una lógica aplastante, explican que «Las leyes y más cuando se urgen periódicamente, acaban por forjar una opinión, una conciencia, una norma de conducta, y esto indudablemente se dio también en las indias Occidentales en un grado apreciable, especialmente cuando, después de las primeras guerras se entró en un período de paz y de prosperidad relativa».

Por eso, como dice Alfonso López Michelsen, ex-Presidente de la República de Colombia: «Las leyes se obedecían porque emanaban de una monarquía católica y obedeciéndolas, se obedecía a la voluntad divina»; pero se admitía que, aún siendo perfectas ciertas leyes, bien podrían ser desobedecidas por las autoridades, en razón de ese Derecho Natural que se impone incluso al propio monarca. De ahí, posiblemente, hayan sacado nuestros críticos la deducción forzada de que no se cumplían aquellas leyes.

Sobre este caso tan controvertido, Levis Hanke dice (H.A.H.R., Febrero 1971) que «Si los españoles estaban en América tan dispuestos a no hacer caso de la ley, ¿por qué tantos de ellos la temían? Quienes se rebelaron contra las Leyes Nuevas de 1642, destinadas a proteger a los indios, lo hicieron porque temían su aplicación y no descansaron hasta conseguir alguna de las más rigurosas. Quienes se opusieron a Bartolomé de las Casas, e incluso le amenazaron con la violencia física mientras era obispo de Chiapas, temía las leyes propuestas por él. Quienes intentaron derogar el Tercer Concilio Mejicano, se oponían a sus conclusiones sobre las leyes relativas a los indios. Naturalmente, algunos españoles residentes en América consideraban que las leyes eran una auténtica amenaza contra sus intereses. No habría hecho ninguna falta combatir leyes "que por lo general no se aplicaron" y que eran "declaraciones piadosas de buena voluntad"».









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