Altar Mayor - Nº 87 (09)
Fecha Viernes, 25 julio a las 19:33:51
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

EL ADN DE CRISTÓBAL COLÓN
Por Manuel Parra Celaya

Por fin vamos a saber si Cristóbal Colón está enterrado en Colombia o en Sevilla. Los medios de difusión social me informan de que se van a realizar las pruebas de ADN de los distintos restos en litigio, comparándolos con los de sus hijos Diego y Fernando, lo que llevará a una conclusión científica, posible fin de una polémica.

A uno se le ocurre que, en realidad, tanto da que los restos de Colón reposen en un lugar o en otro del mundo hispánico, al igual que tanto da que fuera genovés, catalán o andaluz, o si procedía o no de familia de conversos... Incluso me trae al fresco el hecho de que no llegara a enterarse de que había descubierto un Continente nuevo, en lugar de llegar a las costas de Cipango. Lo importante es que su hazaña fue sufragada por los Reyes Católicos de una España reunificada o en trance de reunificación, reyes que sí creyeron en su proyecto, que en el siglo XV era como una «locura sagrada» (que se podría asemejar a la de don Quijote dos siglos después), en la que no creyeron por cierto otros «cuerdos» reyes europeos; lo importante es que las naves ostentaban la Cruz, que esa misma España se encargó de plantar en tierras, corazones y mentes a lo largo y ancho de su imperio americano; y que con los viajes de Colón dio comienzo la empresa humana más prodigiosa de toda la historia, aquélla de la que se ha dicho que «si no estuviera comprobada, creeríase mitológica».

Por tanto, es anecdótico que los restos del Descubridor reposen en un lugar u otro; me atrevo a decir, con singular irreverencia, que parece más bien el argumento de un capítulo de la exitosa serie «CSI», naturalmente norteamericana, que con tanto desparpajo se ha propuesto imitar la española «El Comisario» (a la que al parecer no le basta el buen hacer del espléndido actor Tito Valverde). Desde el punto de vista histórico me interesa más la Categoría de los hechos; al resto suelo aplicar la sentencia evangélica: «que los muertos entierren a los muertos».

Pero las técnicas y recursos del «CSI» parecen estar de moda en España, y con más fervor oportunista y sectario que las indagaciones sobre la autenticidad de los restos de Colón. Andamos buscando restos de muertos en una guerra civil que tuvo lugar hace sesenta y cuatro años. Lo que podría ser una lógica y sentimental actitud de descendientes de aquellos españoles parece tener el tufo de una maniobra de alcance político retrospectivo, destinada a exhumar los bandos en lucha; se olvida o silencia que hubo «desaparecidos» por las dos partes, en el aluvión de pasiones, a veces más personales que ideológicas, que ensangrentó España, como pocos años después -no lo olvidemos para no ostentar solos el calificativo de cainitas- ensangrentaría Francia e Italia, por ejemplo.

Da la impresión de que alguien está interesado en que las familias españolas se arrojen mutuamente los esqueletos ocultos en los armarios, según el popular dicho anglosajón, y no para lucimiento de investigadores, prurito de historiadores o piedad de nietos y bisnietos...

También en este caso elijo la Categoría sobre la Anécdota. Las danzas de números macabros sobre muertos en el frente, o en la retaguardia (lo que es mucho peor), queden en los libros especializados; los restos humanos -todos ellos, independientemente de bandos y ejecutores- que reposen bajo la tierra que los vio nacer. Y, sobre todo, que reposen los vivos, los que tuvieron la suerte de no conocer una guerra entre hermanos.

Pertenezco a una generación que oyó hablar muy poco de la guerra; y es curioso, porque entre 1960 y 1975 los únicos ecos que llegaron a mis oídos de aquel suceso histórico estaban llenos de ideas de paz, reconciliación y perdón; las pocas películas que se referían al tema en esos años ostentaban igual visión en su intencionalidad; no crecí entre vencedores y vencidos; sí era consciente de que en mi familia había recuerdos de ambos bandos... Muchos de los jóvenes que acampaban conmigo procedían de familias «rojas» o «nacionales», indistintamente. Tuvo que sobrevenir la paradójica palabra «reconciliación» para que los mediocres encontraran un filón literario o cinematográfico en la mala leche y la «demonización» (¿se dice así?) de un bando sobre otro; ahora, al parecer, ya no basta con el discurso de los mediocres encumbrados: se pretende que toda una sociedad vuelva al odio a través de la anécdota.

Pero no estamos asistiendo a un episodio de la serie «CSI»: nos estamos jugando la salud mental y espiritual de una juventud. Posiblemente, si analizáramos el ADN de los promotores de la campaña envenenadora nos encontraríamos con bastantes sorpresas...









Este artículo proviene de Hermandad del Valle de los Caidos
http://hermandaddelvalle.org

La dirección de esta publicación es:
http://hermandaddelvalle.org/article.php?sid=4414