Altar Mayor - Nº 87 (06)
Fecha Viernes, 25 julio a las 19:40:43
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 87 – julio-agosto de 2003

LA MUJER EN EL PROFETISMO (1)
(Israel, antes y después de la monárquica)
Por Constantino Quelle, Teólogo

«Mujer, tú eres la otra orilla que encauza el río de mi vida».

1. A MANERA DE PRÓLOGO

Los signos de los tiempos van mostrando ayer como hoy el lenguaje en el que nuestra fe ha de releerse. Esta revista vuelve a ocuparse de un tema tan antiguo como actual: la mujer. Ella exterioriza la realidad del ser desde su particular antropología. El varón hace lo propio desde la suya. La relectura que nos marcan los tiempos del inicial milenio viene, desde la óptica religiosa y social, señalada por la consolidación del resurgir feminista. La sociedad patriarcal que ha mantenido nuestro sistema de valores intocados e intocables, reclama un nuevo paradigma.

El paradigma naciente está emergiendo con fuertes dolores de parto. La nueva humanidad se religa en un útero donde el sexo es, simplemente, la manifestación del ser. Ser manifestado como varón o como hembra. Equivocar el ser con el estar pertenece a la antigua economía. La nueva humanidad que emerge, ya estaba anunciada por Pablo en su vivencia crística: «En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 27-28).

¿Qué ha sucedido para que este anuncio profético haya quedado en el olvido? ¿Por qué varón y hembra siguen diferenciándose en lo que son iguales, en el ser, y pretenden ser iguales en lo que son distintos, en el estar? La sociedad patriarcal que nos ha precedido y sigue imponiendo su paradigma puede responder a estos interrogantes. Aquí nos interesa mostrar que desde el campo teológico la relectura no sólo es posible, sino necesaria.

La relectura crística implica trascender en cada situación lo concreto del estar para alcanzar el ser que nos equipara en la filiación divina. El hijo de Dios que somos en Cristo trasciende cada religión concreta (el estar), para alcanzar la perfección de la religiosidad (el ser). Los evangelios no son el nacimiento de una nueva religión, sino el camino que nos muestra la forma y manera de trascender y religar el estar en el ser.

Trascender cada situación nos obliga a reencarnar el mensaje ya que es la religión la que nos permite conocer cómo en el pasado han sabido otros alcanzar su genuina religiosidad. Cristo reencarna su estar en Jesús, y a través de Él hemos de conocer el camino que nos permita aprehender nuestra particular reencarnación. Él, como primogénito, nosotros como nuevos Cristos (cristianos), en el devenir de la historia.

El Espíritu aletea desde los orígenes, y estos presupuestos religiosos si bien no han sido formulados con esta sintaxis, desde el alfa de los tiempos se han reencarnado con otra palabra, con otro verbo, ya que el Espíritu (que es Ser), se concretiza en la Palabra (que es estar). Y así el Espíritu (Ruah), que es Dios, hace posible la creación del nuevo reino que sí es de «éste mundo», aunque se culmine en el «otro».

Esta tensión de lo trascendente fue, es y será en el Ser, en cada ser, en todo ser. La relectura de los textos que vamos a realizar implica la asunción de esta verdad tan genuinamente cristiana, pero tan antigua como el propio universo. Pablo sabía bien lo que decía cuando exigía, a sus lectores, trascender los conceptos antropológicos de hombre y mujer. Quien se queda en ellos, no alcanza su genuina «yoedad» en cuanto «hijos nacidos de lo alto». La carne en la que «estamos», nace de lo «bajo», aunque ella forme parte del todo en el que nos manifestamos. No se trata de retornar a ciertos angelismos trasnochados, sino de asumir nuestra condición sarxquinosa (carnal) para transformarla en cuerpo glorioso y resucitado.

Esta intuición o rumoreo de lo infinito, recorre la historia desde los orígenes. De ahí que, y para el tema concreto que nos ocupa, «la mujer», nos interese, de forma especial, saber releer entre líneas los textos bíblicos que vamos a presentar. Sólo así, sabremos hallar el genuino pensamiento que la persona de fe ha tenido sobre la mujer y ello, a pesar de los condicionamientos patriarcales y machistas donde ha sido formulado.

Nuestro trabajo se limitará a otear la historia de Israel en los comienzos del profetismo. Aquella que rodea la época de la monarquía y previa a los conceptos sapienciales donde los grandes profetas plasmaron su pensamiento. La época monárquica del milenio antes de Cristo no dejó gran huella sobre el pensamiento de la mujer. No obstante, la que dejó fue tan profunda que llegó hasta la genealogía de Jesús. Efectivamente, un hombre tan enraizado en la cultura judía como fue el evangelista Mateo, las nombra al inicio del evangelio.

¿Por qué un hombre judío, y por tanto marcadamente patriarcal, nombra en la genealogía de Jesús a diversas mujeres? ¿Cuál es la intención que encierra su mensaje al respecto? No es el momento de responder a las inquietudes teológicas de Mateo, pero sí el instante en el que podemos aprehender que, dentro del auténtico sentido religioso del hombre de fe, algo importante debió intuir el evangelista para dejarnos constancia escrita del valor de lo genuinamente femenino.

Esa intuición sobre lo femenino es lo que desearíamos destacar en nuestro ensayo. Intuición que hizo que las nombrara en una genealogía fuertemente machista. Una genealogía donde es el hombre quien engendra, aunque paradójicamente Mateo nos señala que es la mujer la que hace la historia. Su genealogía no permite dudas al respecto. La ascendencia de Jesús depende de las mujeres que intervienen en ella, aunque sean los hombres los que parezcan poseer este don.

Dios interviene de forma especial en ellas para cambiar la «historia de los hombres». Parece como si la historia de los varones la escribieran los hombres, con las palabras, y la «historia de las mujeres» la escribiera Dios, con los silencios. Ellas aparecen en la genealogía de Jesús para trastocar la historia del varón.

Resaltamos esta visión feminista de la historia, no como contrapunto del devenir machista en el que está inmerso el mensaje. No deseamos caer en el mismo error histórico. Tratamos más bien de intentar ver lo femenino que la misma sociedad machista resalta de forma especial, cuando es el valor de lo genuinamente religioso el que prevalece. Recordemos que la Biblia, más que ser escrita por hombres, ha sido escrita para los hombres. Desearíamos que en este trabajo se observara el pensamiento de un ser humano que escribe para toda persona pero que, no obstante, tiende al encuentro, como corresponde a mi sexo, de la mujer.

Cada contexto se expresa en los conceptos que le son propios. Sin embargo, el hombre de fe trasciende estos conceptos allí donde le toque vivir. Lo que hemos llamado «genuinamente religioso» no es saber interpretar textos religiosos. La relectura que reclama la fe se encuentra donde hallamos la fuerza que hizo posible su escritura (encarnación), y que tiene que ser la misma (Dios), que hace posible que hoy sigamos escribiendo sobre lo mismo, con nuestros textos propios.

Esta fuerza que es el Espíritu de Dios es la que aquí nos interesa. No la letra en la que se expresó, aunque ella sea la forma en la que la aprehendemos. Hemos vuelto a diferenciar la religiosidad de la religión. Pues bien, esta diferencia que tanto recalcó Jesús en su existencia terrena cuando nos recuerda que la letra mata, es la que de manera natural experimenta el hombre de fe de todos los tiempos. Ella nos hará trascender la letra para encontrar el espíritu que la hace latir.
 

2. LA MUJER

Queremos resaltar el sustantivo expresado como título de este apartado, sin colocarle adjetivo alguno. Nuestra sociedad sigue siendo fuertemente patriarcal. De hecho, cuando hablamos del hombre, nos referimos a la total humanidad, no así cuando lo hacemos sobre la mujer. Más aún, a ella le colocamos adjetivos que resalten las cualidades machistas que previamente le hemos adjudicado.

Nos gustaría saber expresar lo que de ella sentimos. Ella es la otra mitad que nos complementa. El lado o costal (no costilla), que nos falta y al que tendemos. La que nos da la posibilidad de ser hombres. Pensamos que desde la otra orilla de la antropología humana, ella, la mujer, podría decir lo mismo de nosotros.

Habitualmente, cuando ponemos por escrito nuestras conclusiones, como es el caso presente, lo hacemos usando el plural, y es que quienes no sabemos ser hombre sin ella, necesitamos, conscientemente hablando, usar el plural donde ella forme parte de nuestra singularidad. En este ensayo, y dentro de lo posible, no vamos a enjuiciar las escenas desde la visión socialmente entendida como varonil. Quizás no lo consigamos. Al propio Pablo, en la época que le tocó vivir, y por mucho que ensalzó a la mujer, se le tildó de misógino.

Él también fue fruto de su tiempo. Como el Yahvista de la época monárquica que aquí nos toca reseñar cuando escribió su relato de la creación. El objeto sexual en el que la sociedad patriarcal había convertido a la mujer, únicamente demuestra que desde entonces, quien no tiene asumido el sexo como parte integrante de su expresión humana, lo teme. Este temor aumenta con el transcurrir del tiempo; así la mujer se convierte, para este tipo de hombres, en algo que hay que apartar de la creación metiéndola en celdas o claustros para que se salven (son los que así piensan los que necesitan salvación), o haciéndola madre para que se realice.

Quien les escribe es hombre casado que, como teólogo, ya hemos dejado dicho que el sexo para la creación es de origen animal y el sexo para el amor es de origen humano. Creo que esta expresión recapitula lo que deseamos explicar. La mujer es el misterio hacia el que tendemos para alcanzar, amándola, a aprehender el Misterio. Suponemos que a ellas les pasará otro tanto.

En esta antropología el cuerpo de la mujer posee lo que le falta al del hombre, lo que, siguiendo el pensamiento del Cantar de los Cantares, hemos de amar para intuir la fuerza del amor y en él, a Dios. Así el sexo es tan natural como misterioso. Está ahí, como la comida, como el pan de cada día que trascendido se convierte en el cuerpo de Cristo donde todos somos uno.

No existe temor atávico que haya que extirpar. Simplemente sin ella no podemos hablar de cómo se expresa el ser humano, porque sencillamente ella es el cincuenta por ciento de dicha expresión. Teniendo en cuenta estos presupuestos, oteamos los textos bíblicos y vemos que siempre fue así. Y ello a pesar del machismo que impregna sus páginas. El Yahvista, cuando por primera vez deja por escrito su pensamiento sobre la mujer, aún a pesar de la subordinación en que la sitúa, no puede ocultar su sometimiento.

El hombre dejará cuanto tiene para ir tras ella, su padre, su madre, en definitiva queda sometido a un dictado interior que no puede ocultar. La leyes exteriores las dictará él pero las interiores son tan profundas que se traslucen en cada norma escrita. La mujer atrae, y este sometimiento interno de él hacia ella lo proclama exteriormente de ella hacia él. Desde entonces y hasta nuestros días, ella, con su silencio, y nosotros con la palabra, buscamos la atracción del contrario. ¿Quién atrae a quién? Todo depende en la orilla en la que cada cual se encuentre.

El Yahvista subordina a la mujer haciéndola salir del hombre; no obstante la llama Eva, madre de los vivientes. Adán queda así como prototipo de todo lo existente antes de la toma de conciencia humana y Eva como prototipo de lo genuinamente humano. ¡Qué ironía y qué paradoja tan bellamente expresada! Eva, con el mito de la serpiente, es la que conduce a Adán al conocimiento humano. A saber discernir el bien del mal. Adán representa lo homínido. Eva lo humano. Eva le hace comer del fruto del conocimiento. Ella traduce a la naturaleza, la escucha. Eva sabe escuchar sin palabras. De hecho, la serpiente sería el animal menos idóneo para hablar porque es sabido que no oye. Pero ella, en su apertura al conocimiento, sabe escuchar los silencios de la naturaleza. Adán sólo sabe escucharla a ella. ¡A ella! ¡Cuánto temor oculto desde entonces!

La naturaleza, en este mito, habla a través de la serpiente, y Adán, sordo, tiene que escuchar la traducción de su mujer. Cuando en ella, con ella, y por ella se abre su mente ¡comprende!, y aún la teme más. Se siente desnudo ante su incapacidad. Desnudo ante ella y en esta desnudez interna y mental, comienza su andadura. A partir de este instante original, comienza a ver... y se siente ciego. Él ante ella y ella ante él. Pero como la historia la comienza escribiendo él, será la ceguera de Eva la que resalte en sus escritos. Todo lo que ella posee y él no tiene, será malo, incluyendo la sangre que ella derrocha incomprensiblemente en la menstruación, y que a él le falta cuando muere en las batallas. ¡Impura, impura, mil veces impura a través de la historia!

Su sangre, la de ella, contamina. Su semen, el de él, vivifica, da la vida. Pero él necesita su sangre, y el temor aumenta. Sangre en la que Dios mora y que ella, incomprensiblemente, desperdicia. Desde entonces el temor a la mujer se sublima en el amor a la madre. La madre oculta a la mujer y el hombre silencia al padre. Así la sociedad machista y patriarcal de la Biblia que muchos siguen asumiendo oculta al padre y a la mujer tanto como ensalzan a la madre y al hombre. ¡Nueva paradoja! Nuevo Koan bíblico que nos habla de la letra que hay que trascender en constante encarnación.

La mujer, paradigma del mundo patriarcal, es rechazada tanto como admirada. ¿Será porque, al decir de algunos antropólogos, nuestra sociedad machista proviene de otra de origen matriarcal? Los romanos, cuna de nuestro derecho, proclamaban que el derecho de la madre emanaba de un orden natural, mientras que el del padre derivaba del derecho civil. Uno es natural, el otro social. El origen del matriarcado es creacional, siendo el del patriarcado político y por tanto, partidista e interesado.

En el lar, en el fuego, mandaba ella. Posteriormente en el mito prometéico mandaba él. Así unos mitos y unas sociedades cubren a otras: Brig, diosa de los celtas y del fuego, es cubierta por nuestra Santa Brígida en cuyo convento ardía el fuego eterno vigilado por vírgenes.

Releyendo el pasaje de la creación, nos preguntamos: ¿quién engañó a la mujer en nuestro mito adánico? ¿Satán? No, ¡el hombre! Su engaño queda psicológicamente al descubierto cuando personifica a Satán en una serpiente. La serpiente es el símbolo fálico de los mitos ancestrales. El macho arrastra con su falo a la hembra. Aunque, paradójicamente, la única que se arrastra sea la serpiente. La serpiente, diosa de la fertilidad que engendra vida y la renueva en cada cambio de piel.

Adán sabe por propia experiencia que Eva va tras él, porque él no deja de ir tras ella. El mundo patriarcal engaña con las mismas armas que se siente engañado. Así podemos imaginar que tras el mundo patriarcal se esconde otro igualmente sectario de origen matriarcal. Mundo donde ella, la mujer, asumió la auténtica felicidad. No en vano la fertilidad dependía de la generosidad de la tierra y de las madres. Ellas como una gran diosa de pechos enormes y vientre prominente, representaban a la diosa fértil.

La palabra fertilidad proviene del vocablo «felix», antecesor del castellano feliz. La felicidad era de origen femenino. El paraíso era de ellas. La tierra, símbolo de la gran diosa que paría sin cesar sus frutos, se encarnaba en la mujer que, asimismo, daba la vida a los humanos. El hombre anonadado adoraba a su diosa.

Hasta aquí unas breves pinceladas para demostrar que la mujer también tiene nombre propio en la historia. Ella también la escribió. Su pluma fue otra, quizás más natural. Poco importa, posiblemente, al cambiar la sociedad y volverse más competitiva, ella quedó relegada en la casa y él marchó a por alimentos que, al volverse escasos, había que pelear y conquistar guerreando. Ha nacido el poder patriarcal. Lo político comienza a predominar sobre lo natural.

La historia de la revelación bíblica se genera dentro de este nuevo poder. La visión que nos muestran los textos bíblicos tiene ojos masculinos. No obstante, el hombre de fe, y recalcamos en este caso la palabra hombre, trasciende su propia historia, y aunque la tenga que explicar dentro de unos módulos determinados con el fin de ser comprendido por sus contemporáneos, deja traslucir la verdad que lleva dentro y que le remite a Dios.

Más allá del matriarcado y del patriarcado emerge la nueva humanidad, la única posible de los llamados hijos de Dios donde no hay varón ni hembra, ni esclavo ni libre, hoy podríamos decir desde nuestro contexto nacional, ni español ni vasco, ni catalán, ni gallego. Hijos del reino donde todos somos uno en el Padre y/o la Madre.

Desde el Ser y trascendiendo el estar (varón/hembra), veamos con objetividad algunos textos donde en el esplendor del nacionalismo judío, se deja entrever la verdad, aún a pesar del fuerte machismo imperante.









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