El Risco de la Nava - Nº 182
Fecha Viernes, 05 septiembre a las 21:54:35
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 182 – 2 de septiembre de 2003

SUMARIO

  1. Apuntaciones sobre el pasado inmediato, por Antonio Castro Villacañas
  2. Populismo, por Aquilino Duque
  3. ¿Y la alternativa?, de www.lanoticiadigital.com
  4. Galería de pendejos, por Alvarfrías
  5. ¿Comunidad o sociedad?, por Dalmacio Negro
  6. Instituciones y doctrina de la Iglesia?, por Edmundo Gelonche Villarino


APUNTACIONES SOBRE EL PASADO INMEDIATO
Por Antonio Castro Villacañas

«Los recuperadores de la memoria histórica» están luchando también contra la unidad del pueblo español, puesto que se dedican a dividirlo en dos sectores: el inocente y el culpable de la guerra del 36 y de sus trágicas consecuencias iniciales y finales. No tratan de hacer una verdadera historia de lo que sucedió en esos años, sino de reabrir heridas. Es muy curioso, pero altamente significativo, que todos los lamentables asesinatos de la zona nacional se los atribuyan siempre a los falangistas, nunca a los requetés o a los monárquicos, los cedistas o los militares... Y es también curioso que se den cifras -a mi entender muy exageradas- de las ejecuciones de postguerra sin distinguir entre las que corresponden a responsables de crímenes o hechos repugnantes, tipo García Atadell por ejemplo, o a personas simplemente destacadas por sus actividades políticas o militares. De todo hubo, por lo que sin perjuicio de mantener la idea de que todas las sentencias a muerte son rechazables no pueden juzgarse las dictadas en aquellas fechas sin un examen detenido y veraz de cada una, tarea que sólo pueden realizar auténticos historiadores y no memoristas improvisados. En cuanto a la responsabilidad de los falangistas en la represión «nacional» de los años 36 y 37, recomiendo a todos la lectura de Los grandes cementerios bajo la luna, de Georges Bernanos. Es un libro tremendo, sangrante, duro y veraz donde los haya. Salva con claridad a los falangistas verdaderos de las atrocidades y salvajadas que se hicieron en Mallorca, de las que fue testigo. «¿Qué se ha hecho de esos muchachos? -se pregunta, refiriéndose a los falangistas de preguerra, entre los cuales estaba uno de sus hijos-. ¡Dios mío!, yo os lo diré -añade-. La víspera del pronunciamiento, en Mallorca no eran más de quinientos. Dos meses después llegaban a los quince mil, gracias a un reclutamiento desvergonzado organizado por los militares interesados en destruir el Partido y su disciplina. Bajo la dirección de un aventurero llamado Rossi -un italiano salido de no se sabe bien dónde-, la Falange se transformó en la policía auxiliar del Ejército, y sistemáticamente le encargaron los trabajos más sucios, esperando que sus antiguos y verdaderos jefes fueran ejecutados o encarcelados por la dictadura, y sus mejores hombres fueron despojados de sus uniformes e incorporados a la tropa». Esta larga cita describe con suma realidad lo que en general le sucedió a la Falange en toda la España «nacional» a lo largo del verano de 1936 y hasta un año más tarde.

A la gente se le ha hecho y se le está haciendo creer que los asesinos del Bierzo, Galicia, Asturias, Mallorca, etc., fueron los falangistas. Claro está que habría algún asesino entre ellos. ¿Qué organización humana se escapa de tener dentro de sus filas algún personaje siniestro? La realidad fue muy diferente a lo que se quiere hacer creer a nuestro pueblo por El País y sus correligionarios. Ahí está lo que dice Bernanos. También en el bando contrario, en el «republicano», se mató a mansalva desde julio del 36 a marzo del 39. Esta es la desgraciada verdad. ¿Debemos por eso hurgar en las tumbas? ¿Debe y puede el pueblo español estar siempre contándose los muertos y echándoselos a la cara? Yo creo que los españoles deberíamos evitar estas dos cosas: olvidar el pasado y hurgar en él. Para que no sea ni peso ni traba, el pasado sólo debe servir como simple referencia, a fin de emular lo mejor que hubo en él y evitar lo que de malo tuvo.
 

POPULISMO
Por Aquilino Duque

Cuando a los demócratas les sale el tiro por la culata o, como decimos en México, el chirrión por el palito, ponen el grito en el cielo y dicen que eso no es democracia, sino populismo. El proceso de descomposición inevitable en las democracias de climas cálidos lleva aparejado un asilvestramiento de la llamada «ciudadanía» que puede llegar al escandaloso extremo de romper los cauces de la «corrección política». Es uno de los riesgos de considerar la libertad un fin en vez de considerarla un medio. Y es así cómo la «ciudadanía» se toma las libertades que le niegan las listas cerradas, mientras los beatos de la partitocracia ven alzarse el fantasma de la «democracia directa». Un sociólogo de esos que ven el Berlusconi en ojo ajeno mejor que el Polanco o el Gil en el propio, achacan el «populismo» a la falta de educación democrática durante el último medio siglo. Puede que tenga razón, pero se queda corto, a menos que llame educación democrática a los desmanes del Frente Popular y de todos los pronunciamientos y algaradas del siglo XIX.

La educación no es democrática ni populista; es buena o es mala o, mejor dicho, es o no es, y uno de los dogmas del actual «Estado de derechos» es la dejación, en nombre de la «neutralidad ética», del deber de educar al ciudadano.
 

¿Y LA ALTERNATIVA?
www.lanoticiadigital.com

Al menos en España, pocos trabajos resultan tan inútiles como los de una comisión de investigación parlamentaria. Nada irrefutable sale a la luz. Sólo excepcionalmente alguien tiene la vergüenza de dimitir. El resto es sólo desgaste fruto de las acusaciones cruzadas de unos diputados, cuya legitimidad efímera deben a los votos y al tiempo que arrancan de la sociedad.

En la Comisión de investigación de la Asamblea de Madrid entraron PP, PSOE e IU con sus preconcepciones acerca del «tamayazo» y salieron -150 horas de interrogatorios después- igual que entraron. Décadas enteras predicando la necesidad del diálogo y las virtudes del consenso para acabar con otro corte de mangas a la soberanía popular. La misma soberanía que ha seguido con interés las retransmisiones de las comparecencias por Telemadrid; lo que demuestra que España vive más allá de los calzoncillos de Andrés Pajares y el «shopping» de Victoria Beckham. Aún hay esperanza.

Bien es cierto que una esperanza con reservas. La moción de censura en el Ayuntamiento de Marbella ha apuntado un filón mediático que a punto está de explotarse comercialmente. Nos referimos a la posibilidad de trasladar el circo político al plató de «Salsa rosa» ¿o es que Julián Muñoz es menos que Tony Hernández o Tamara más que Isabel Guerra Marcos?

La soberanía popular reside en el pueblo, naturalmente. Naturalmente siempre que ante el pastel de la democracia se sienten los mismos. De nuevo un corte de mangas pero esta vez también a los muertos.

Jamás se disolvió un ayuntamiento porque lo gobernase una panda de criminales. Tampoco se disolverá algún consistorio catalán que acaba de retirar la bandera de España de su balcón -también aquí se vulnera la ley-. Ha habido que esperar al espectáculo marbellí de peineta y ladrillo para echar mano de la Ley de Bases del Régimen Local y estudiar su disolución.

No ha faltado quien en medio de tanta confusión «constructiva» ha visto algo de luz. Se trata de Javier Aroca, secretario «nacional» de comunicación del Partido Andalucista. Aroca ha llamado la atención sobre el peligro de aquellos que piden la disolución del Ayuntamiento de Marbella ya que después pueden pedir la disolución de los partidos. Que Dios conserve en la poltrona a este iluminado; sin duda una sagaz observador de los riesgos que acechan a la democracia.

Coincidiendo con los veinticinco años de la Constitución, ni la democracia en España ha llegado a menos ni la necesidad de nuevas opciones políticas a más. Este y no otro es el reto de las organizaciones políticas que proponen otra forma de servir a la «res-pública» española.

A sabiendas de que en la carrera para el 26 de octubre, unos (los de siempre) volverán a salir con ventaja para hacerse con la Asamblea de Madrid, las organizaciones políticas «alternativas» no pueden mirar para otro lado. España lo merece.
 

GALERÍA DE PENDEJOS
Por Alvarfrías

Muy nutridamente se han encocorado los distintos pendejos de los variados sectores que pululan por estas tierras españolas, tan resecas por los calores del verano y por la falta de ingenio de muchos de sus moradores, y pobladas por una ciudadanía apocada que asiste impávida, nada asombrada, al espectáculo tragicómico que ofrecen los políticos, o al menos una buena proporción de ellos.

¿Que por qué están revolucionados los pendejos? Además de por el asunto del «Prestige» que han ordeñado hasta la saciedad y que al final se les ha escurrido entre los dedos de la mano, y por el fiasco de la Asamblea de la Comunidad de Madrid, ahora, estos días, por el relevo de la cúpula del PP.

Nosotros no nos decantamos por nadie en cuanto a políticos se refiere, salvo por el descarte que hacemos de los que, seguro, postulan todo lo contrario a nuestros principios bajo el espejismo de un progresismo irreal.

De momento, y para que quede claro, nos parece una broma que cualquier español (y lo mismo diríamos de la mayoría de los países mundializados) hable con seriedad de democracia en el sentido que se ejerce hoy día, defina qué es o no es democrático, tilde a los demás de comportarse de forma contraria a lo que desde su óptica es democrático, y se considere a sí mismo el arquetipo de lo democrático. Son unos bromistas que se ponen la toga de estar en posesión del saber y la verdad... democráticos, naturalmente.

Es claro y fácilmente demostrable que la sustitución de los cargos en cualquiera de los partidos es por designación de quien en ese momento goza de la vara de medir servicios, conveniencias, intereses, amiguismo, pago de servicios, expectativas de negocio, defensa de ideologías particulares, etcétera. Por lo tanto, quien diga que en su parcela se ejerce la democracia, miente bellacamente.

Partiendo de este cuasi axioma, digamos que el PP puede designar el relevo en sus estructuras como le venga en gana siempre que lo acepten sus militantes como ha quedado demostrado. Por lo tanto, lo recomendable es que cada cual vigile su propio gallinero, donde tiene tanto que guardar, en vez de entrar intempestivamente en el de los demás.

Habíamos hecho un resumen de las sandeces que han pronunciado la mayoría de los dirigentes políticos de «la oposición», en sus diferentes niveles, pero como nuestros lectores ya los habrás leído en la prensa, les ahorramos esta pérdida de tiempo. Ese resumen justificaba la inclusión en nuestra galería de la ristra de políticos cuyas palabras reproducíamos. Mas como los hemos omitido, y están en la mente de todos, mediante un pequeño ejercicio de memoria cada cual puede hacer una lista bastante completa. Se escapará más de uno, sin duda. ¡Son tantos!

Para terminar, y teniendo en cuenta esas manifestaciones, cabría preguntarse si es que en Mariano Rajoy los «partidos de la oposición» creen encontrar un hueso duro de roer y pocas expectativas para sus respectivos partidos de cara al futuro. Es posible. Con todos los tiquismiquis que podamos poner al candidato del PP habrá que decir que ofrece mayores garantías que cualquier otro de los que pululan por el Parnaso nacional.
 

¿COMUNIDAD O SOCIEDAD?
Por Dalmacio Negro

La Razón, 26 agosto 2003

En el actual pensamiento social contemporáneo, pues apenas hay pensamiento político, ha cobrado fuerza, dicho metafóricamente ya que es débil y se reconoce como tal, la discusión entre comunitaristas y los que no lo son. Es un entretenimiento que puede considerarse de transición a falta de temas mejores y eso que la repolitización, con el cambio en la imagen del mundo mal llamado globalización, el auge de los conflictos internacionales y la búsqueda de un orden nuevo -de un nuevo «nomos» de la Tierra- para la única constelación política existente ahora, recientemente constituida, es una realidad inequívoca.

Por eso está sumamente excitado el pacifismo, que cree a pies juntillas en cosas tan contradictorias como que el hombre sólo es un animal social y por tanto no es libre sino que obedece a mecanismos deterministas como las otras especies animales, y afirma al mismo tiempo que es libre sin querer admitir que precisamente la causa de todos los conflictos es la libertad y que por eso es correcta la idea del hombre animal político a pesar de ser también social. Invoca continuamente los derechos humanos, que son una consecuencia de la consideración del hombre como animal social, agudizando muchos conflictos y promoviendo otros nuevos en una cadena sin fin que aumenta la insolidaridad de la especie. Menos mal que tiene un chivo expiatorio, los Estados Unidos, cuya vitalidad permitirá disponer y disfrutar de esta víctima imaginaria largo tiempo.

El divertimento comunitarista, que comparte su aflicción con el pacifismo, lamenta que en todas partes se aflojen, resquebrajen o se disuelvan los lazos y los sentimientos comunitarios, como se ve fácilmente sin necesidad de escribir largos diagnósticos prolijos. Para contrarrestarlo suele proponer artificiosas triacas intelectuales con las que de paso distraen sus ocios académicos obligados a escribir e intelectuales que tienen que prestigiarse o mantenerse. Su leit motiv principal es la falta de comunicación existencial, un problema más bien psiquiátrico, aunque es verdad que buena parte de las sociedades actuales, igual que ciertos nacionalismos, necesitan tratamientos de esa índole, más bien que sociológicos o políticos. En suma, se ha resucitado el tema de la comunidad como contrapunto de la sociedad, distinción famosa y bastante clara con reparos desde la conocida obra de ese título, de F. Tönnies, Comunidad y sociedad, publicada a principios del pasado siglo.

Sin embargo, ambos contrapuntos son discutibles. Así como la comunidad se refiere a formas de conducta e instituciones humanas naturales, espontáneas, la sociedad es un artificio conceptual: no existe la sociedad, sencillamente porque el hombre no es un ser puramente social como los de las demás especies. De la sociedad no puede darse una definición esencial sino a lo sumo descriptiva, como por ejemplo la que daba Hayek: la sociedad es un orden extenso de cooperación humana. Mas el «comunitarismo» habla de la comunidad como algo que se da en la sociedad. Decía Ortega del Estado que es el gran truchimán, pero hay otro gran truchimán: la sociedad. Pues, efectivamente, el par dialéctico del Estado, otro gran artificio que comparte con la sociedad el mérito de ser los dos grandes mitos modernos, es la sociedad. La sociedad es el contrapunto del Estado. No hay Estado sin sociedad ni hay sociedad sin Estado: su origen y su destino histórico son tan paralelos, que Jouvenel los comparaba a las dos caras de una misma moneda.

Así que la comunidad nada tiene que ver con la sociedad, salvo en que es incompatible con ella. La misión de la sociedad, si tiene alguna misión, consiste en destruir toda vida comunitaria; la sociedad sólo admite individuos; es un conjunto de individuos delimitado por el Estado respectivo. Y la idea política de nación no es más que la de la sociedad como titular ficticio de la soberanía estatal en lugar del monarca. Una y otra, la sociedad y la nación en sentido político son, diría Bentham, dos ficciones útiles del intelectualismo moderno.
 

INSTITUCIONES Y DOCTRINA DE LA IGLESIA
Por Edmundo Gelonch Villarino

Desde Córdoba, Argentina

Es frecuente hallar en algún suelto periodístico, párrafos entresacados de unas declaraciones que se atribuyen a obispos y prelados de la jerarquía argentina de la Iglesia Católica, con juicios acerca de la realidad nacional. Supuestamente -y entre consejos muy claros e indiscutibles sobre la necesidad de volver a Cristo, de conversión y de purificación moral-, suele añadirse que todo ello ha de ser «dentro del respeto a las instituciones, a la Constitución o a la democracia». Recuerdo que al pobre Mamerto Esquiú le han atribuido también todo lo contrario de lo que quiso decir y dijo. Y eso me mueve a intentar algunas precisiones, procurando ser coherente con lo que sé de la Doctrina Social de la Iglesia, sobre todo en materia política.

Si ya casi todos condenan la inmoralidad del «modelo económico» neoliberal, me asombra que nadie diga en voz alta que la causa profunda, última, de los males argentinos, es el «modelo político» que nos aparta de Cristo. No entiendo cómo se puede rezar pidiendo la ayuda del Señor para la cosa pública, y a la vez persistir confirmando Su expulsión y sustitución, sin contradecirse.

El modelo político se asienta de hecho en una Constitución Nacional que, desde que la impuso la masonería en 1853, expulsó del texto legal a Cristo Rey como causa de la autoridad y de la ley; sustituyéndolo en el Art. 33 por la vacía «soberanía popular» condenada por León XIII, y que apenas encubre -desde tiempos de Aristófanes o de Catilina-, a la usura como «el Poder Internacional del Dinero» que denunciaban explícitamente Pío IX, Juan XXIII y Paulo VI, y al que alude sin nombrarlo Juan Pablo II (me parece que siguiendo una tradición que comienza en San Mateo 6, 24). Sin Cristo Rey no hay autoridad, y menos si se la hace venir de la soberanía popular, porque de la nada nada sale, y esa soberanía no existe, es hueca, inania: «¿Quare fremuerunt gentes et populi metitati sunt inania?».

Contradicción, términos incompatibles: el Ser o la nada. O Dios, o la causa material como causa eficiente de toda perfección, incluidas la autoridad y el bien común. ¿«Jesucristo, Señor de la Historia, te necesitamos», pero siempre dirumpamus vincula erorum et proiciamus a nobis iugum ipsorum? O Cristo Rex noster, Legifer noster, Judex noster, o la soberanía popular participando autoridad, legislando, rigiendo y juzgando. (No confundir a la democracia, que puede ser lícita en ciertas y determinadas condiciones, con la soberanía popular que es siempre rebelión contra Cristo Rey).

No entiendo que desde esa Constitución, se pueda servir a un bien común que es inconstitucional, como son inconstitucionales la Ley de Dios y la Ley Natural, como lo son la familia fundada en el matrimonio indisoluble, las instituciones intermedias o la función social de la propiedad, etc.

Tampoco lo entendía Mamerto Esquiú -tan calumniado por la masonería y el catolicismo liberal-, cuando en 1853, 1875 y 1880, señalaba el error del primer principio de nuestro derecho político positivo, y le atribuía los males nacionales. Como decía el General San Martín: «El mal está en las instituciones, y sí, sólo en las instituciones». Aunque los hombres lleven recta intención, los «mecanismos perversos» o estructuras de pecado que dice Sollicitudo rei socialis, causarán necesariamente los resultados que estamos viendo.

Creo que no se deben confundir el estado de derecho alabado por SS Juan Pablo II, respetuoso de los derechos de Dios y de los derechos humanos, con el sistema jurídico político vigente entre nosotros. Ya decía Santo Tomás que una norma contraria a la ley natural no es ley. La distinción ha sido muy bien explicada por el Cardenal Joseph Ratzinger en Iglesia y Modernidad, bajo el subtítulo: «¿Qué diferencia existe entre un estado y una asociación delictiva bien organizada?».

Estoy seguro de que no hay solución nacional sin cambio institucional: sin una reforma de la constitución que refleje la verdad de la Doctrina Social de la Iglesia. Y no veo cómo pueda hacerse desde dentro de esta Constitución. Ojalá me equivoque.

Lo de la democracia ya es cosa opinable: si es o no útil al bien común en las circunstancias argentinas. Me inclino por coincidir con San Agustín, en aquello de que solamente en un pueblo virtuoso puede ser justa la democracia; y que es injusta y contraria al bien común cuando la mayoría es corrupta y rebelde a la ley. Pero me molesta que, cuando la Iglesia me deja en libertad para preferir otras formas de gobierno que cumplan los requisitos de justicia y utilidad al bien común, por la insistencia atribuida a muchos prelados, pareciera obligatorio que el católico fuera democrático, tesis condenada por San Pío X.

No digo ya los pobres periodistas -porque parecería una crueldad mandarlos a estudiar-, pero los católicos que enseñamos y debemos hacer apostolado doctrinal, deberíamos repasar un poco las enseñanzas del Magisterio sobre el tema.







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