Altar Mayor - Nº 88 (16)
Fecha Domingo, 19 octubre a las 11:47:39
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

HISTORIA DE MI CHAMBERGO (5)
Por Ignacio Fernández García

13'30 horas.- Primera comida

Dos razones principalmente hicieron que se comiese a las 13'30; la primero el madrugón diario y la necesidad de remediarlo mediante una siesta y tiempo libre de tres horas, que a la vez que daba reposo suficiente al cuerpo, justificaba la segunda razón: protegernos de las horas de más calor.

Si nuestros Campamentos cuidan con verdadero interés la sana alimentación, tanto en calidad como en cantidad, hay que reconocer que el Servicio de Intendencia de Gibraltar, el enlace perfecto con la Central instalada en Cercedilla, puso tal esmero por estar a la altura necesaria que difícilmente se podrá superan. Diariamente llegaba el camión de suministro trayendo la totalidad de los artículos precisos para la confección de los platos necesarios en el diverso y completo menú.

El equipo de cocina, elegidos entre los hombres más veteranos de la campaña veraniega, hacía verdaderas maravillas en aquellas cocinas de «Fortuna», sin filtraciones molestas y antieconómicas. Las cocinas estaban instaladas en la parte trasera de la Cara Forestal y cada Certuria tenía su menaje, colocado en mesas largas en la forma ya clásica lo que hacía fácil y limpio el reparto.

El toque de proveedores o media fajina, era acompañado por gritos de júbilo y antes de que el Corneta tocase fajina, ya estaban camino de la cocina los encargados diarios de recoger la comida y trasladarla a sus lugares de reparto. Corno el sitio era muy accidentado y un tanto alejado de los Campamentos parciales, se puso en práctica una especie de angarillas que mantenían la horizontal de los peroles y paelleras evitando pérdidas e incomodidades.

El Jefe de Día vigilaba el reparto más por deber que por necesidad, pues el orden era bueno hasta repartiendo el vino, y en cinco minutos escasos eran servidos todos los pelotones, lo que hacía que a las dos menos cuarto los acampados estuvieron en plena faena, después de haber bendecido los alimentos.

El sitio elegido para Comedor era tan particular como el terreno lo permitía. Pronto las Escuadras excavaron con los azadones e hicieron mesas y bancadas donde, a la sombra de las matas o rocas, se improvisaba un rústico comedor que para sí quisieran muchas ventas. Luego los mismos proveedores –que sabido es se turnan todos los días- limpiaban y regaban el lugar, teniéndolo siempre en estado de exagerada limpieza. Los desperdicios se enterraban en cada acampada en hoyos con cal que se iban cerrando tan pronto se hacía necesario abrir otro. Los proveedores repartían el alimento el día que les tocaba de servicio, y difícilmente se puede encontrar equidad mayor en su distribución.

No era fácil encontrar acampado que no comiese con verdadero deleite, pues los platos eran apropiados y bien condimentados, sin olvidar que el turno era de «Guías» con toda la barba. Tal vez el tanino tinto y la pez de las botas de vino evitaron las clásicas colitis verdadera plaga de tantas acampadas.

Los Mandos Mayores, corno había mucho tiempo por delante, antes de sentarse a comer visitaban los pelotones de las diversas centurias, comprobando cantidades y calidades, sin olvidar que este era tan buen momento como en el tajo para conocer el carácter y la formación de los acampados.

El apetito mandaba a tales horas y lo hacia bien. El desayuno fuerte pero lejano en el tiempo se había consumido, nadie se acordaba muy bien de cuándo, y por ello la hora era buena para sentarse a la campestre mesa y sentir con gusto recobrar energías hablando lo menos posible y degustando con ganas cuanto aquellos diablos con gorros altos y blancos y chaquetillas del mismo color, elaboraban pegados al fuego que lamía las calderas. Los cocineros trabajaban bien sin aparentar sentir demasiado el mucho calor reinante entre la barahúnda de ollas, parolas, paelleras, sartenes, fuentes, espumaderas, cazos y cacillos. La sencillez junto con la variedad y buena condimentación eran los fundamentos del gran saber en su materia de estos hombres que a la vez eran exagerados en la limpieza.

La diferencia de nuestra acampada sobre las denominadas «fijas», se hacía más manifiesta a la hora de la comida. Era un poco como de ejército vivaqueando. La unidad pelotón -o dos Escuadras- se distribuía entre las sombras y hacia ellas avanzaban los proveedores, empezando el reparto al segundo de llegar al grupo, pero no antes de que los ojos de los que esperaban no hubiesen inspeccionado en examen rapidísimo la cantidad de carne de la paella, los huevos duros a la portuguesa, el arroz con leche y el café. El olfato trabajaba intensamente mientras transcurrían los pocos segundos de la bendición.

Con los días se cambiaba los menús, como es natural; los que no cambiaban eran el médico y el Jefe de Intendencia que siempre se preocupaban y conseguían que no faltasen las 4.000 calorías por cabeza. Abundaba el tragón y no era mal recibido, pues la edad, junto con el trabajo y la altura, estimulaban el apetito.

Más de un acampado copiaba el menú del tablón de anuncios de Intendencia y lo mandaba por carta a su madre para que estuviese tranquila: «Hoy hemos comido alubias con tocino, costilla y chorizo. Huevos duros con ensalada de verdura del tiempo y bonito fresco. Fruta, vino, pan y café. Como verás, mamá, no es para adelgazar, y no te preocupes pues ayer fue paella de pescado, huevos fritos con patatas, fruta con vino, pan y café, y cenamos puré de lentejas con tostones de tocino, albóndigas con patatas, la clásica fruta al vino y el café con leche condensada. Te digo que comemos perfectamente, lo que sé que te alegrará. Se me ha abierto un apetito que cuando vaya por casa lo vas a notar...».

Lo más desagradable para todos era limpiar el improvisado comedor, destruir los desperdicios y fregar los platos; y digo platos porque fácil era que se hiciesen turnos: el lunes fregaba los platos de los doce el primer escuadrista, el martes el segundo, etc., y como es natural, los Jefes no estaban exentos de tales menesteres, con lo que se evitaba fregar a diario a cambio de darnos una paliza cuando nos correspondía. Se desterró el sortear el frenado de platos para evitar víctimas propiciatorias.

De los mejores ratos era la charla ahumada por los cigarros una vez terminada la comida. Entonces cada escuadrista hablaba de sus predilecciones y recordaba otros turnos y comentaba los inconvenientes que encontraba en la acampada, pues no todo era grato y pensaba sobre lo diferente que era su vida antes de llegar al Campamento. Exponía el esfuerzo que suponía levantarse tan temprano y la incomodidad de abrir agujeros; pero esto pasaba como nubes con viento y se divertían y reían pensando en lo que contarían a aquellos que no supieron o no quisieron acudir a esta acampada.

Pronto se tocó el medio silencio anunciando que toda actividad física concluía. Es el toque bueno, pues trae el reposo después de la comida, la siesta, placer español sin mitificaciones, tan limpio como reparador.

A esta hora llegó dos jornadas más tarde a la acampada, por motivos familiares, Tercero, que haría las funciones de Jefe de Día permanente, adaptándose maravillosamente a la vida del turno, pues no en balde era un Jefe de Centuria, que sabía tanto de colchonetas y mantas bajo lonas como de colchones y sábanas limpios familiares. Procedía del Distrito de Universidad, lo que le daba un cierto tono que él gustaba de mantener. Poseía el sentido de la disciplina tan acusado como desarrollado el de la crítica más o menos positiva. Su ideal era en pura línea joseantoniana. Por su pelo rubio parecía un germano lleno de virtudes y defectos españoles. Fue mártir del horario y sus largas piernas supieron del bajar y subir por las lomas existentes entre Jefatura y la tienda del Cornetín, entre otras, sin que sus manos se salvasen de las múltiples ampollas del azadón. Como ya hemos dicho, hacía de Jefe de Día permanente y aunque el servicio era duro, resultaba más positivo que añadir a los Jefes de Centuria una carga más, turnando su Jefatura con la de Día y se evitaba poner la buena marcha del horario en manos de Mandos Inferiores al de Centuria, lo que en Campamento tan duro y selecto como el Gibraltar, hubiese sido no muy adecuado. Por otro lado, los problemas diarios eran anotados y llevados a Jefatura para su resolución, sin ese carácter de interinidad que se da en toda función no fija de 24 en 24 horas.
 

14 horas: Siesta

Las tiendas abiertas estaban frescas, los faldones recogidos al igual que las puertas y las ventanillas traseras, dejaban correr el aire de las cumbres. Los vientos esquinales vibrantes sonaban zumbones con el aire y en su son llamaban al sueño, que apoderándose de toda vitalidad dejaba inertes a los acampados en lo alto de sus colchonetas con la última frase sin terminar.

Antes de que se hiciese dueño de la acampada el sueño, ésta pasaba por ciclos curiosos: Primero la broma entre botijo y pitillo, muy vivaz; después la charla más pausada en la tienda, sin aperas tocar la colchoneta, por miedo a tener que hace de nuevo la cama; alguno escribía sus pensamientos a sus padre o amigos sin que faltasen las cartas a esa novia de 17 años que tiraba más en el recuerdo que el toque de fajina en el estómago; más tarde la conversación parecía animarse ya encima de la manta, para ir declinando sin las zapatillas y aflojados los calzones de deporte con la modorra reinando en el cerebro contestando a destiempo y oyendo en la lejanía trozos no hilvanados; hasta que el sueño se apoderaba del más remolón.

Así era en todas las tiendas sin excluir la del Pater donde si no todo el tiempo, parte de él lo dedicaba al descanso compensando el esfuerzo y el madrugón. Sólo los centinelas ahuyentaban el sueño que se les metía por sus chambergos como viejo en busca de refugio, a base de pasear entre pedruscos.

El Campamento era una ciudad blanca, llena de luz, arrullada por cientos de cuerdas de los vientos que tocaban manos compuestas por brisas de tierras altas. Más de un centinela, de no estar de servicio, hubiese cantado acompañado por el susurro de los vientos, pero sólo las cigarras lo hacían y sin otro ritmo que el sueño pesado y estridente. El tiempo sin ruido era más lento en su caminar permanente.
 

17 horas: Media diana y revista

La media diana devolvía la vida a la acampada. Los cuerpos, todo nervio, se movían, unos rápidos otros lentos, en el interior de las tiendas. El Campamento volvía por sus fueros de actividad y todos se daban prisa en ahuyentar esos segundos de mal humor que deja la siesta, con los clásicos comentarios de que «si a la corneta había que enterrarla, que cuándo se rompería el reloj del Jefe de Día, que otra vez se habían levantado antes que nadie los Mandos Mayores, que la colchoneta se podía doblar sola...». Todo ello mientras se arreglaba lo desordenado, pues cinco minutos más tarde se pasaría revista general.

El tiempo ordenado por el corneta traía el toque de Escuadra y delante de cada tienda formaban en descanso sus ocupantes.

Los Mandos Mayores se distribuían la labor y, turnándose, unos días veían una acampada y los siguientes las otras. Se apuntaba el aspecto general, limpieza de tienda y aseo personal, conocimiento de la consigna, máxima religiosa e instalaciones auxiliares, tales como Comedores, Sombrajos, Letrinas, etc., indagando el estado moral de los acampados haciendo preguntas sobre lo mejor y lo peor del turno, o trato de sus Jefes y Camaradas. La verdad es que todos, sin excepción, vivían en un ambiente mejor de lo sospechado, demostrándolo tanto en el espíritu que animaba a Jefes y Escuadristas como en la limpieza y el aprovechamiento del terreno.

La revista se hacía corta, y cuando el cornetín indicaba su final, los mismos Mandos que la presenciaban se quedaban para observar el desarrollo de los 45 minutos que bajo el mando del Jefe Parcial del Campamento tenían que desarrollar.
 

17’15 a 18 horas: Actividades por Centuria

Los temas que se trataban en estos minutos eran los que se habían discutido, comentado y ampliado en la reunión de Mandos Mayores la noche anterior tocaban los aspectos culturales y de actualidad que se consideraban interesantes. Ni que decir tiene que aquellos temas que por su significación religiosa necesitaban una ampliación eran cunsultados con el Pater, el cual aclaraba las posibles dudas y opinaba sobre el mejor enfoque de los mismos. De igual forma eran tratados otros temas de distintos aspectos.

Una tarde eran los «Españoles» los que, sentados bajo la sombra de sus chambergos, en el lugar más fresco de su acampada, iniciaban la actividad cantando aquello de «las vacas en la Primavera cantan sir cesar...» para empalmarlo con «ya no va la Sinda a por agua a la fuente...». Cuando los restos del sueño ya no existían, el Jefe de la Acampada iniciaba la actividad sobre el tema que aquel día correspondiera sobre párrafos literarios que con voz clara y tono grato un Jefe de Escuadra se hacía oír: «... tenemos mucho que aprender de esta tierra y de este cielo de Castilla los que vivimos a menudo apartados de pormenores; la tierra absoluta, la tierra que no es el color local, ni el lindero, ni el altozano [...] esta tierra de cancillería, de ferias y castillos, es decir de justicia, milicia y comercio, nos hace entender cómo fue aquella España que no tenemos ya y nos aprieta el corazón con la nostalgia de su ausencia». Todos gustaban la prosa jugosa y exacta de José Antonio en su canto a Castilla, y apenas se había callado el que leyera cuando otro camarada, dando datos sobre la industrialización de España, aportando cifras de producción, ahorro de divisas, obras de importancia nacional, etc.

Los camaradas tomaban notas y preguntaban sobre aquello que más interés despertaba en ellos. El tiempo pasaba rápido, y para concluir se leían las puntuaciones correspondientes a la Unidad.

Mientras, a la misma hora, el centenar de los «Legionarios» cantaba la Madelón para luego pasar a interesarse por aquellas partes de los libros que tocaban la Leyenda Negra, y los camaradas se sentían orgullosos de haber nacido en España y apuntaban en su memoria datos con los que rebatir a más de uno que aún siguen aferrándose a leyendas negras para empequeñecer a la Patria.

Terminado el coloquio sobre el tema alguien recitaba aquello de: «Delante de la Cruz los ojos míos quédanse Señor, así mirando y, sin ellos quererlo están llorando porque pecaron mucho y están fríos...», de Sánchez Mazas.

El tiempo no les daba para más y terminaban con la marcha de las JONS que comienza con el verso «Juventudes de vida española» y concluye con la consigna «no parar hasta conquistar».

Los «Caballeros» aquel día centraron después de las canciones de marcha su charla sobre un solo tema: Importancia del espíritu de convivencia, y sin otro libro que unas cuartillas, Serafín charlaba sobre la necesidad de llevar al espíritu de todo joven al medio social de que quiera o no forma parte y afirmaba que pocos medios hay tan eficaces como los Campamentos, ya que en ninguna actividad las juventudes estaban más horas juntos, lo que hace que gradualmente vayan amoldándose a la vida en común y que esto se hace más fácil al ser realizado por jóvenes de edad parecida, a los cuales se les respeta más tal vez por estar más cerca física y espiritualmente que de las personas mayores. Por otro lado el ejemplo constante y la vida en común donde no puede haber excesos de ociosidad o hipocresía, pues todo lo que se ve y comprueba hace más limpios a todos y más fácil por lo mismo seguir rumbos más o menos dispares pero convenientes a la comunidad, aportando lo mejor de cada uno a la sociedad que hoy es el Campamento y mañana la ciudad. Todos le comprendían pues prácticamente era lo que estaban haciendo desde que llegaron a «Gibraltar»; pero como en su sencillez dada por la experiencia, Serafín descubría lo que todos pensaban: les hacía más fácil la convivencia. Estaban atentísimos, y cuando hablaba de camaradería, todos se acordaban de los sudores comunes en el tajo. Cuando se hablaba de desterrar el yo y sustituirlo por el nosotros, todos sabían que era más importante que su Escuadra ganase el «Tótem» que pasar por muy buenos individualmente, y mejor aún, que su centenar fuese el primero entre los tres, o su Campamento general calificado de muy bueno. Serafín seguía diciendo verdades como rocas cuando afirmaba que si estuviésemos más unidos en el esfuerzo el resultado sería óptimo. Luego remachaba el clavo asegurando que la convivencia crea amistades y éstas dan satisfacciones, y todos recordaban a los camaradas de su Centuria, pero mucho más a los que estuvieron en su Escuadra, en algún Campamento o marcha volante, con los que aún se escribían como verdaderos amigos sin importarles la procedencia social de sus familiares.

La charla no perdió interés y el Corneta la dejó sin concluir al tocar alto.

Durante los veinte días del turno estos minutos analizaron infinidad de temas: religiosos, pedagógicos, culturales, históricos, económicos, etc., al tiempo que daba opción a interesar al escuadrista por cosas a las que tal vez no hubiese dado importancia nunca o demasiado tarde.

Los Jefes de Centuria recogían al final de estas reuniones las sugerencias sobre temas de interés para sus acampados, y con ayuda de la biblioteca del Campamento y los diálogos de la reunión de Mandos Mayores diaria, se orientaba y daban las mejores soluciones a cada caso.

Era un tiempo muy aprovechado que fundamentalmente servía para fomentar profundamente el espíritu de Centuria y evitar caer en rutinas que en un Campamento de Guías no era nada conveniente.
 

18 horas: Clase de religión

Al toque de alto siguió el de clase y todos en grupos fueron a situarse debajo del sombrajo que existía delante de la «Tienda-Capilla».

El Pater, con menos blancura en su sotana cada día, llegaba y se sentaba en una piedra grande como roca después de rezar un Padrenuestro en común con los acampados, dando por iniciada su charla variada y profunda en su unidad religiosa, apasionada y sosegada con madurez de teólogo, brillante como el sol y entera como la vida, y su voz, exponente de su inteligencia, atraía la atención de la media luna formado frente a él por los acampados.

Aquel día hablaba sobre la fe, y en su argumentación a la vez fácil y difícil, traía las frases que parecían frescas de los labios de Tomás: «Repito que mientras no se me aparezca a mí no creo...». «Y si no veo yo en sus manos las hendiduras de los clavos y no meto en ellas mis dedos, y mi mano en la llaga de su costado, no creeré». Y seguía el Patear: los Apóstoles cerraron puertas y ventanas, temerosos de que alguien los oyera y se dolían de la falta de fe de Tomás, que le tenía ciego sin otra luz que su egoísmo. De pronto, una luz inmensa brilló en la cerrada habitación y el Señor apareció nuevamente y a la grandiosidad de la luz que manaba de todo Él se unía con más fuerza, como torrente luminoso de sus llagas la voz que Tomás oía: «La paz sea con vosotros», así como que le llamaba: «He aquí mis manos». Tomás no huyó porque la voz única de quien él más amaba, le devolvía la esperanza junto a la gran vergüenza, y escuchó: «Pon aquí tu dedo», y Tomás obedeció, y tomando las manos del Maestro las cubrió de besos y de lágrimas de arrepentimiento y fe. Jesús, con infinita ternura, lo miró y le dijo: «Alarga tu mano acá y ponla en mi costado», y fue Jesús el que tomó la mano de Tomás y se la llevó al costado al tiempo que añadía: «Y no seas incrédulo sino fiel»

-Y no quiero cansaros –seguía el Pater-, contándoos qué hizo Tomas, porque además todos lo sabéis o adivináis; pero sí quisiera que fueseis fieles con vosotros mismos y con las verdades eternas y la fe hará que algún día todos escuchemos alborozados la frase: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron», que nos abrirá el Cielo.

-Ahora -dijo el Pater-, como todos los días, podéis preguntar.

-Pater, ¿quisiera aclararme la postura protestante de que sólo basta la fe?

-Mira, la fe es una virtud sobrenatural que dispone la mente a sentir libremente, con certeza, a las verdades reveladas, porque Dios las reveló. Por lo tanto es un acto del entendimiento y tanto éste, como la voluntad, necesitan gracia espiritual de Dios para que los hombres podamos hacer un acto de fe. Así San Pablo dice a los efesios: «porque habéis sido salvados por medio de la fe y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios». Por lo mismo, para realizar un acto de fe es necesario que la Divina Gracia influya en nuestra voluntad; luego hay que tener fe de corazón, es decir de buena voluntad. Así vemos a muchos que no creen, no por falta de inteligencia sino por las pasiones que influyen en su corazón, ¿lo entiendes?».

-Sí, Pater, no basta decir tengo fe, sino tener el corazón limpio y para ello cumplir con los Mandamientos y entonces la Divina Voluntad nos concede esta virtud.

-Y por lo mismo -siguió al Pater-, los protestantes que no cumplan los dogmas se encontrarán en postura no exacta para esa misma ayuda sobrenatural.

Las preguntas y respuestas siguieron y, como siempre, el toque de alto daba fin a la clase cuando aún tenía pleno interés, produciendo la impresión de que el reloj del Jefe de Día andaba adelantado.

Al toque de alto, y mientras los acampados volvían a sus tiendas, el Pacer y los Mandos seguían la dirección de la Jefatura y la luz sobrenatural en boca del Pater estaba más cerca.

Sus charlas iban conjuntadas con la consigna y lección política para reavivar mediante la religión las virtudes del joven caballero español, lo que hacía que durante el día los muchachos palpasen en todas las actividades parte de alguna virtud universal.

Siempre que terminaba la charla el Pater, ya en Jefatura, se despedía de nosotros y se enfrascaba en su breviario hasta la hora del tajo. Nosotros aprovechábamos el tiempo, incluido el ocupado por la merienda, para redactar la Orden del Día y visitar sanidad, intendencia y cocina.

Andrés seguía con interés infantil todas las actividades del horario, y la clase de Religión era para él tan importante que más de una vez dejo de escuchar a Romo, y medio se enfado con el viverista por venirle a preguntar algo a tales horas. Pues, como él decía: «Tan buenos platicadores no los oía ni cuando llegaba la Misión a Villavieja y a Romo y al viverista los tenía al lado todo el año».
 

18'45 horas: Alto y merienda

La merienda era recogida por los proveedores en cestas y repartida lo más rápidamente posible pues cuanto antes llegasen más tiempo tendrían para charlar de los quince minutos que duraba el comer aquel trozo grande de pan con queso o mortadela y frutas o chocolates o pan de higo, siempre mojado con un poco de vino que los camaradas conservaban fresco en sus botas.

Entonces cerca del torrente pegados a la roca, hablaban de la ciudad. Tal vez era el crepúsculo cercano que adelantaba la paz de la tarde y les hacia nostálgicos en estas horas inmediatas a la huida del sol.

Eran hombres sanos y no faltaba en sus conversaciones los comentarios sobre las chicas que quedaron paseando por los bulevares con sus amigas, esperando ilusionadas la vuelta de ellos, mucho más fuertes y morenos y con la mirada atrevida que las volverían a pasear y sentarse en terrazas en atardeceres parecidos a los actuales. Y cuando se abucheaba al último don Juan por pedante y por profanador de las intimidades femeninas no vividas, llegaba Serafín, o José Luis, o Tercero, o Carlos, recordando que e pocos segundos había que iniciar el camino que conduciría al tajo. Siempre era así.









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