Altar Mayor - Nº 88 (10)
Fecha Domingo, 19 octubre a las 12:06:32
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

FRANCO, PALOMINO Y PRESTON
Por Juan Luis Calleja

(Palabras de presentación del libro Francisco Franco)

En el Eclesiastés, vienen pensamientos, repetidos desde siglos, que no sé si en nuestro tiempo los mantendría Salomón, a quien se atribuyen: Que todo es vanidad de vanidades y que no hay nada nuevo bajo el Sol.

La Tierra tiene, hoy, bajo el Sol muchas novedades jamás vistas hasta hace muy poco tiempo. No sólo los portentosos inventos y hallazgos de la Ciencia sino, sobre todo, otras originalidades que le habrían importado más al Eclesiastés: El cambio de la forma y el fondo, puestos al revés, en las artes, la moral, los juegos, la política, etc. El arte, en sus diversas formas, no es ya el hombre añadido a la naturaleza, como decía Bacon, sino la sustitución de la naturaleza por los vacíos del hombre. Hoy, lo moral es el cinismo. El deporte ya no es un juego sino un oficio y su jerga consiste en un vocabulario triste, laboral, económico. No digamos sus gestos. No hay jugadores donde se ven hasta huelgas.

Pues bien: Ángel Palomino no se ha apuntado a nada de esto. Habiéndose puesto de pie, bien firme, en el mediodía de todo lo actual, como persona, como escritor y como español, no hay en su obra una sola concesión al mal gusto, a los dogmas de la fealdad imperativa, a las maniobras del oportunismo. Nunca se ha puesto a favor del viento, con rumbo mercachifle. Prefiere el pairo, al que hoy quieren sujetarle algunos, y lo prefiere a las velas hinchadas por el huracán hacía la mentira.

Lo suyo, pese a ser muy suyo, tiene la belleza variada de la Naturaleza. Y la gracia. A mí, los diferentes estilos de los escritores, cuando andan con su imaginación por los interminables campos de la literatura, me recuerdan modos de caminar. Los airosos artículos de Pemán, el paseíllo torero. Azorín escribía a pasitos, a unos pasitos que curioseaban lo grande y lo pequeño de España; y de España nos hacían enamorarnos. Los pasos de Cela son como los de una gran manifestación en la que sólo va él. Valle Inclán caracolea, baila como una jaca de alta escuela y ajena al hipismo. Ortega sube y baja enormes escalinatas conservando el ritmo. García Serrano avanzaba a paso de carga.

Ángel Palomino escribe a paso ligero, si esta marcha es la del tema donde se ha metido. O caracolea. O se mueve a pasitos silenciosos. O se merienda escalinatas solemnemente, para arriba o para abajo. O salta. Alguna vez he dicho que Palomino me recuerda a Goya porque hace con su pluma lo que Goya pintando: lo que quiere. Goya pintaba a la condesa de Chinchón que sólo tiene en común, con los caprichos o con los horrores de la guerra, el genio. Palomino escribe como quiere. En broma o en serio. Con la sorpresa de la verdad, en que consiste el humor, o con la grandeza natural que le inspira un desierto. Tiene todos los pinceles y todos los colores.

Y, con esos andares diversos, visita, recorre y nos cuenta parajes sociales. No pondré su obra al tamaño de la Comedia Humana de Balzac, pero sí diré que la recuerda, por la variedad, el poder descriptivo, la gracia creadora, el poder satírico. El César de papel, la primera novela de Palomino que leí, es un estupendo retrato de las escaseces de abastecimiento de nuestra postguerra y de los problemas de una posible superproducción excesiva. Es una novela divertida, ocurrente y a la altura de la imaginación de un H. G. Wells. Otras novelas suyas radiografían el turismo, la hotelería, el señoritismo de izquierdas, las partidas políticas dentro de los partidos políticos, las calles famosas, los juegos de moda... Como sus nutridos desfiles de artículos, cuentos, conferencias.

El último cuarto de siglo, Palomino ha dirigido sus firmes y españoles pasos a la defensa de la verdad. Lo ha hecho con alusiones y con disparos festivos. Con las estupendas Memorias de un intelectual antifranquista, con sus Cartas a su Majestad, con sus Bosnios, con Caudillo, La defensa del Alcázar, La guerra empezó en Asturias 1934 y con los escobazos de sus artículos contra la calumnia, el error, la desmemoria intencionada y las campañas permanentes. Y todo este esfuerzo casi solitario, impagado, a costa de torvas miradas, sin perder el buen humor ni entristecerlo a sus lectores. Aunque no es historiador, no olvida que la Historia es esencialmente desinteresada, como decía Renan, y con una sola preocupación: juntar el arte con la verdad. HECHOS, SERENIDAD y HUMOR.

Por eso, dice en el libro publicado en la colección «Cara & Cruz»: «No intento en este ensayo descubrir a un Franco desconocido. Tampoco inventar a Franco».

Pero, primero, hablemos un poco de Preston, corrigiendo a la editorial que, contra el sistema procesal, antepone la defensa a la acusación.

Preston actúa de «psicólogo» que inventa para desmerecer. Los mitos del gran manipulador es el título general de su trabajo, en cuyas cuatro primeras páginas descarga ya estos adjetivos: mediocre, ambicioso, astuto, cauteloso, irresponsable, manipulador. Tratando de achicarlo, lo presenta como una fuerza telúrica que maneja los destinos de España para crearse un mito, una carrera única. Su primer «personaje máscara» es el «Héroe del Rif». Se pone la máscara y ya está: ascensos a conveniencia. Luego «adoptó» otro personaje, el de «Salvador de España», «como el Cid». Luego «se inventa la idea del cerco internacional» «adoptando al final de la Guerra Mundial otro tipo de personaje-máscara», que es el de Comandante de Numancia. Se ha montado la historia en su propio adorno; su vida «no ha sido motivada por el patriotismo sino [...] por las sucesivas máscaras [...] que ocultan en cada momento la ambición de Franco». El astuto manipulador.

Es como si explicáramos que Napoleón inventó el cerco de Toulón inglés para lucir su talento artillero. Y la campaña de Egipto para grabar astutamente, en la Historia, que en las Pirámides le contemplaton veinte siglos. Y que el muy astuto resolvió el 18 de Brumario para quedar bien. O que fue cónsul y Emperador y gigante, gracias a los manipuladores cálculos con que buscaba el brillo y la victoria. Y que, al final de su novela deslumbrante, en vez de irse a América como su hermano José; en vez de acabar como éste, de gris y olvidado granjero, añadió otro capítulo trágico, digno de Sófocles, entregándose a los ingleses y forjando el epílogo de Santa Elena, con Colaincourt y Las Cases al lado, para que lo contaran. Todo un montaje.

¿Y Santa Teresa? Muy santa, desde luego. Pero gracias a su cautelosa y calculadora ambición de Dios. Qué astuta. Escribió, enseñó, reformó, fundó, mandó y obedeció. ¡Qué manipulación de la bondad!

El primer mérito del trabajo de Palomino es el milagro reductor. En apenas cien páginas, comprime una vida que, al detalle, implica la historia de medio siglo XX mundial. Por ejemplo, ¿qué asuntos recordamos de las relaciones de Franco con el Japón? Algo, muy somero, sobre Filipinas es de lo que, al menos yo, podría hablar dos minutos. Sin embargo, Florentino Rodao ha publicado un tomo de casi 700 páginas, setecientas páginas, sobre los problemas que Franco hubo de enfocar frente al imperio nipón. Los ocho volúmenes del profesor Suárez, aquí presente, están siendo ensanchados por el autor. Pues bien: el ensayo relampagueante de Palomino contiene todas las esencias fundamentales, las imprescindibles, del Generalísimo.

Declara Palomino que no habla de un Franco desconocido ni inventado. Cierto. Ni halagado. En su trabajo hay muy pocos adjetivos laudatorios. Exactamente ocho, de los que sólo tres son del autor: Cuando dice que estuvo «fino» con Hitler y cuando lo llama impávido y realista. Los otros se encuentran en citas: Famoso y admirado, en frase de Manuel Azaña; valiente y sereno, en otra de Indalecio Prieto; excepcional, en boca de don Juan Carlos I; y alegre en un documento de la Academia, cuando cadete.

En resumen, su trabajo en este libro es, como pedía Renan, desinteresado dentro del arte y de la verdad. Tres notas que acompañan siempre a don Ángel Palomino como estudioso, como novelista y como español.









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