Altar Mayor - Nº 88 (03)
Fecha Domingo, 19 octubre a las 16:05:51
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

El Dios de Jesús (y 5)
El NUEVO ROSTRO DE DIOS
Por Antonio Salas, OSA - Dr. en Ciencias Bíblicas

1. El triste sino del pobre

No resulta fácil resumir los aspectos novedosos de esa divinidad que nos invita a descubrir Jesús. Existen, al respecto, un sinfín de hipótesis e intentos. Personalmente siempre he sintonizado con cuantos apelan al compromiso de Dios con el pobre como rasgo más emblemático en la oferta de Jesús. Y creo que vale la pena bucear en este tema. Mas, para que la reflexión rebase los parcelismos, se impone examinar, desde una óptica bíblica, el triste sino del pobre. Sólo así podremos valorar las implicaciones de esa visión de la divinidad donde el desvalido se erige en protagonista.

Ante todo debe advertirse que toda pobreza ha de verse como un baldón. Si el ser humano hubiera explotado de forma adecuada cuantas posibilidades le brindó Dios, el mundo carecería de pobres. Estos abundan porque quienes vivimos en el planeta tierra no regimos nuestra existencia por el designio divino. Los expertos en la temática no se hartan de repetir que nuestro mundo contiene recursos suficientes para que nadie se suscriba de por vida a la pobreza.

La historia de la humanidad es un libro abierto donde queda consignado que el pobre se halla de ordinario expuesto al desprecio. Tal constante invita a formular la pregunta: ¿acaso todo ser humano no ha de verse como auténtica imagen de Dios? Así lo sugiere la revelación bíblica (Gn 1,27) cuyos postulados nos ayudan a apuntalar nuestra fe. De ello se infiere que, cuando menos en principio, cada persona tiene pleno derecho a vivir acorde con su dignidad creacional.

El hombre se ha regido, no obstante, por una escala de valores donde prima la apariencia. Y ello le ha inducido a sacrificar el «ser» en aras del «poseer». En la antigüedad, quien disponía de una excepcional fuerza física venía acatado sin más por cuantos compartían normalidad. Hoy, aun modificándose los criterios, la praxis continúa siendo igual. Cuantos poseen riquezas, poder, fama, ciencia... ejercen incuestionable liderazgo.

Pero ¿es válido tal planteamiento? La reflexión bíblica invita a decir que no. De hecho, todo ser humano, hecho a semejanza divina, debería disponer de cuanto precisa para vivir sin agobio. Y no ocurre tal porque el orden primigenio se ha trocado en caos a raíz del pecado. Éste ha de verse, pues, como el responsable de cuanta pobreza acosa a un sector mayoritario de la humanidad.

Ante la obstinación de los humanos ¿cuál es la reacción de Dios? La tradición bíblica muestra cómo la divinidad defiende los derechos de cuantos la sirven con entereza, aunque no les sonría la fortuna. Mas aun así, el pobre sigue gimiendo desde el pozo de su angustia. De ello se infiere que la providencia divina choca con la arrogancia del hombre, ávido de regirse por un orden de valores acorde con su estupidez.

Los pobres siempre se han visto abocados a la marginación. Y es que su sola presencia resulta ofensiva para cuantos rinden culto a la apariencia. Estos pretenden, en efecto, que el mundo sea patrimonio exclusivo de quienes ostentan poder. En sus planes no tienen, por supuesto, cabida quienes comparten pobreza. Mas ¿acaso los pobres son culpables de ser lo que son? Quien formula la pregunta desde una óptica de fe, ve claro que tal encuadre no se adecua al designio divino. Éste quiere que toda persona goce de su oportunidad para ser en verdad feliz. Y el pobre ¿acaso la tiene? En muchos casos se impone responder que no.

Sorprende que, siendo así, se hayan hecho tantos elogios a la pobreza. Para justificarlos, se apela a la bienaventuranza puesta en labios de Jesús por el primer evangelio (Mt 5,3). ¿Qué decir? Ante todo que el hecho de ser pobre no constituye en sí motivo alguno de orgullo. La pobreza evidencia más bien cuán lejos se encuentra la humanidad de instaurar una escala de valores donde impere la justicia. Y sin ella ¿cómo ahuyentar la pobreza?

Si el hombre se confiesa incapaz de resolver el problema ¿acaso no puede solicitar la ayuda de Dios? Tal es el porte adoptado por quienes ansían jugar limpio en sus vidas. Así lo atestigua la religión bíblica. Y ella nos brinda a su vez pistas para evaluar cuál es la actitud de la divinidad con quienes a ella acuden para aliviar sus dolencias.
 

2. El Dios bíblico: ¿soporte de los «anawim»?

El pueblo israelita era muy consciente de su origen nómada. Y éste clamaba por una austeridad rayana en la pobreza. No obstante, su situación experimentaría un cambio drástico tras la conquista de la tierra prometida. Los israelitas, una vez instalados en el país cananeo, vieron aumentar la injusticia. Sobre todo en los núcleos urbanos donde los ricos explotaban y vejaban a los desheredados de la fortuna. Contra praxis tan indignante se rebelaron los profetas.

Su teología se esmeró en evocar las delicias del nomadismo, donde no cabían las diferencias de clases sociales. Aunque un determinado clan acumulara mayor cantidad de bienes, nunca llegó al extremo de oprimir a los menos afortunados. Tal enfoque, una vez traducido a doctrina, clamaba por un orden de justicia integral, pues sólo así velaría Yahvé por los intereses del pueblo. Mientras éste diera pábulo a la explotación, mal podía contar con el apoyo divino.

Esta tesis fue adentrándose en la conciencia colectiva. Tanto que muchos creyentes, para contar con la protección de Dios, adoptaban un porte austero, acorde con el espíritu nómada. Se pretendía con ello poner coto a la injusticia. De hecho, el problema estribaba no tanto en que una minoría se enriqueciera cuanto en que su potencial económico la convertía en explotadora. Y mientras un sector de la sociedad fuera víctima de la codicia ¿cómo tener de su parte a Dios?

Tan retadora pregunta activó un espíritu de repliegue cifrado en recobrar la pureza de los orígenes. Ya en el período monárquico, los recabitas se esmeraron en proclamar las excelencias de la vida nómada. Aun cuando sus denuncias no hallaron gran eco en la sociedad, contribuyeron a sacudirla de su letargo. No faltaron, en realidad, personas que -estimuladas por ellos- depusieron los portes suscritos a la injusticia.

Mayor incidencia tendrían, en la época posexílica, los famosos «anawim». Éstos se autopresentaban como los «pobres de Yahvé», clamando por erradicar del pueblo cuantas praxis, arropándolas los poderosos, marginaban a los desvalidos. Su actitud de renuncia y entrega serviría de revulsivo para que numerosos creyentes se cuestionaran sobre la urgencia de remodelar ese «status» social donde los pobres se veían cada vez más oprimidos. El comportamiento de los «anawim» pretendía ser emblemático. Su situación de pobreza se afanaba por ser integral. Es decir, no sólo renunciaban a la acumulación de bienes, sino que depositaban su incondicional confianza en ese Dios que siglos antes se manifestara en el Sinaí.

La conciencia religiosa del pueblo pronto tuvo claro que Yahvé estaba de parte de quienes, doblegando su espinazo, se ponían sin más en sus manos. Ello contribuyó a convertir en paradigma el ideal de los «anawim». Se suponía que Dios les prodigaba toda clase de atenciones y mimos. Sólo así se explica que, en el judaísmo tardío, emergieran diversos movimientos religiosos, cuyo lema común era el retorno a la praxis del nomadismo. Entre ellos, cabe obviamente citar a los monjes de Qumrân. Éstos adoptarían un género de vida bastante afín al asumido por el cristianismo naciente.

Y todo ello contribuyó a afianzar la convicción de que Yahvé se erigía en protector de quienes, apostando por la austeridad, denunciaban cuantos portes acentuaban la pobreza. Ésta era vista como un baldón para una colectividad que presumía de granjearse las complacencias divinas.

El Dios bíblico se suponía reprobar cuantas praxis de injusticia enturbiaban el horizonte de aquel pueblo en marcha. Por eso los opresores se hacían merecedores de su más visceral repulsa. En cambio, los desvalidos contaban con su apoyo incondicional. Así lo exigía la justicia divina, siempre pronta a recompensar a cuantos se ponían de forma incondicional en sus manos. La pobreza, analizada desde esta óptica, polarizaba las preferencias divinas. Y no porque Dios apostase sin más por los pobres, sino por ser éstos quienes, reivindicando sus derechos, dejaban al descubierto el proceder de cuantos anteponían sus intereses a los divinos.

Dios jamás pacta con la injusticia. Esta convicción inspiraría cuantas praxis clamaban por devolver a los pobres su perdida dignidad. Y es que en los orígenes... ¡no fue así! La experiencia religiosa del pueblo siempre suscribió que Dios, al crear al hombre, no estableció diferencia alguna entre cuantos individuos configuraban la humanidad. De ello se infería que toda actitud de injusticia se oponía de forma frontal a los designios divinos. Mas, para que éstos canalizaran la andadura de la humanidad, era preciso sortear antes un sinfín de obstáculos. Y entre ellos, la instauración de un orden justo ocupaba un lugar preferencial.

Tal planteamiento no se prestaba a equívocos. Sin embargo, resultó ineficaz cara a erradicar las injusticias del pueblo. Cierto que nunca faltaron voces de denuncia apelando a un compromiso integral con Dios. ¿Cómo? La praxis de los «anawim» se antojaba modélica al respecto. No obstante, fue necesario que la divinidad proclamara con mayor rotundidad su simpatía por el «anaw». Pues bien, tal proclama la haría en su nombre Jesús.
 

3. El Dios de Jesús: ¿apuesta en verdad por el pobre?

Jesús se mantuvo fiel al patrón que desde hacía más de un siglo venían marcando los «anawim». Sin alistarse a ninguna de sus cofradías, luchó con denuedo por restaurar ese orden de justicia que -tal como lo atestiguaba el sentir bíblico- primaba en el mundo tras culminar Dios su proyecto creacional. Ello dejaba obviamente al descubierto cuantas injusticias se cernían sobre el horizonte del judaísmo contemporáneo.

Quien analiza de cerca su manera de actuar, constata de inmediato sus preferencias por los desvalidos. Y no porque Jesús se sintiera fascinado por la pobreza. Al adentrarla en su vida, por fuerza tuvo que acusar la dureza de sus aristas. Mas éstas ¿no venían a su vez provocadas por quienes, arropándose en el poder, desestabilizaban esa armonía que Dios infundiera al conjunto creacional? Cierto que las injusticias eran la más lograda explicitación del pecado. Mas ¿cómo atemperar su poder?

El hombre llevaba siglos intentándolo. No obstante, sus esfuerzos siempre acababan chocando con las bridas de su pequeñez. Y ésta era a su vez -¿cómo negarlo?- clara expresión de pecado. Para restaurar el orden creacional, era imprescindible que Dios actuase de forma decidida e incluso drástica. Mas no tal como venía haciéndolo desde que en el Sinaí sellara un pacto con quienes se consideraban su pueblo. La experiencia había demostrado ineficaz tal proceder.

Ello explica que la divinidad, para consolidar su designio en la conciencia del hombre, decidiera explicitarlo en el quehacer de Jesús. Éste se muestra desde un principio del todo cercano a cuantos comparten marginación. Sin embargo, lejos de lanzar soflamas que inciten a la rebeldía, fija las bases para que la sociedad ponga fin a la injusticia. Mas ¿cómo lograrlo si no se respetan los derechos de cuantos comparten la condición de imagen divina?

Para Jesús nadie es más ni nadie es menos. Es falso suponer que, al proclamar su mensaje, lo dirija únicamente a los pobres. Jesús, al no pactar con los parcelismos, lo oferta a cuantos lo quieran escuchar. Mas la experiencia atestigua que los poderosos le respondieron con el rechazo. Y es comprensible, pues su proclama postulaba una revisión integral de su forma de proceder. ¿Cómo ahuyentar la injusticia si antes no se instaura en el mundo la primacía del amor? No obstante, un porte así mal viene suscrito por quienes, detentando el poder, canalizan por él su existencia.

Fueron, pues, las circunstancias las que adentraron el anuncio de Jesús en quienes compartían marginación. Si los poderosos no querían escucharlo, sólo le restaba orientar su oferta hacia cuantos, víctimas de una sociedad corrompida, sufrían los envites de la vejación. Por eso los pobres catalizarían en la práctica sus actuaciones y enseñanzas. Para constatarlo, basta hojear los evangelios. No obstante, sería falso restringir la pobreza al plano de lo económico, político o social. Y es que Jesús muestra a un Dios pronto a brindar su auxilio a quienes soportan el peso de la injusticia.

De ello se infiere que el porte de Jesús queda polarizado por cuantos comparten marginación. Y, entre esos, ocupan obviamente un lugar preferencial quienes se hallan suscritos a la miseria. Mas ¿cómo olvidar que Jesús se afana asimismo por aliviar la situación de quienes no cesan de acumular angustia, soledad o vacío existencial? Todos ellos quedan englobados en el mapamundi de la pobreza, tal como la contempla la religión bíblica.

No sólo son pobres quienes carecen de bienes materiales. También lo son cuantos, viendo depauperada su existencia, se sumen en la postración. Mas para que un pobre se haga merecedor de las preferencias divinas es preciso que -encarnando el ideal de los «anawim»- se postre de hinojos ante Dios solicitando su protección. Sin tal requisito, ¿cómo granjearse sus complacencias?

El Dios de Jesús exige, por tanto, que todo pobre se deje guiar por su soberana providencia. Sólo así podrá sublimar su indignante situación, trocándola en potencial de plenitud. En tal marco debe encuadrarse la famosa bienaventuranza mateana, donde Jesús -hablando en nombre de Dios- garantiza la felicidad a quienes comparten esa pobreza. De esta forma la entendieron los primeros cristianos, cuya máxima ilusión se cifró en activar el ideal de los «anawim», si bien depurándolo con el mensaje que ofreciera al respecto Jesús.

Dios ama, pues, a los pobres. Así viene a enseñárnoslo Jesús. Cierto que ya la tradición bíblica había dado signos inequívocos de tales preferencias divinas. No obstante, fue necesaria una estrategia más incisiva para que el hombre reaccionara, apostando por una sociedad donde no tuviera acceso cuanto conlleva opresión.
 

4. La comunidad crística: ¿cómo ha de optar hoy por los pobres?

Por fortuna la teología actual, arrancando del último concilio, se esfuerza por descubrir vestigios divinos en cuantos comparten pobreza. Y ello se traduce en proyectos donde las ideas cristalizan en ayuda. Así lo proclama sin ambages la teología de la liberación con el lógico recelo de quienes se sienten obligados a velar no sólo por la ortodoxia, sino también por la ortopraxis.

Sin embargo, tras varios años de debate, se llegaría a suscribir en la conferencia de Puebla (1979) la famosa «opción preferencial por los pobres». Se ponía con ello fin a una praxis plurisecular donde la iglesia hablaba en favor de los pobres y actuaba en favor de los ricos. ¿Cómo olvidar que, en el ocaso del medievo, se seguía considerando a los pobres como una bendición de Dios que permitía a los ricos acumular indulgencias conforme iban prodigando limosnas?

Ya era hora que la comunidad crística tomara conciencia de su compromiso con cuantos comparten vejación. ¿No fue acaso tal la praxis de Jesús? Y no se objete alegando que, por principio, jamás se enfrentó a los ricos. Es cierto. Mas ello no le impidió adentrarse en el ámbito de la pobreza, pues sólo en él hallaban eco sus ofertas y proclamas.

Quizá por eso se celebren hoy con esperanzada alegría cuántos proyectos evangelizadores se centran en aliviar la situación de pobres y desvalidos. Sobre todo si éstos, activando los resortes de la fe, dejan que Dios canalice su existencia. ¿No fue tal el lema de los «anawim»? Con él sintonizaría el Dios de Jesús.

Hoy un amplio sector de quienes comparten la fe crística acusa los envites de la injusticia. Sobre todo en ese controvertido «Tercer Mundo» donde una mayoría silenciosa se mece en la indigencia, mientras una elite privilegiada cada vez afianza más su poder. Quienes vibran al mismo ritmo que Jesús no pueden suscribir por más tiempo esos portes conformistas que la tradición cristiana ha inculcado durante siglos. Y con ello engarza a su vez la teología de la liberación.

¿Qué decir? Ante todo me parece obvia la siguiente reflexión: si la teología no ayuda a que los hombres se liberen ¿para qué sirve en realidad? Todo encuadre teológico debe activar, a mi entender, un claro potencial liberador. Mas de ello no se infiere que hayan de suscribirse encuadres socio-políticos no acordes con el evangelio. Quien tal hace, no engarza con el Dios de Jesús. Éste clama por liberar a cuantos sufren vejación. Mas ¿qué estrategia esgrimir al respecto? Jesús nos ofrece la respuesta, mostrando que sólo el amor y la tolerancia atemperan la injusticia.

Comparto, pues, el sentir de cuantos se afanan por situar a Dios en la periferia de una sociedad cuyas lacras no cesan de gestar vejámenes. Y éstos siempre inciden en los desvalidos. ¿Cómo no solidarizarse con ellos, si así lo hizo Jesús? Sin embargo, lejos de incitar a la rebeldía, fomentó un inconformismo que clamaba a gritos por la liberación integral. ¿Puede ser el hombre feliz si antes no rompe las bridas de su cautiverio?

Hoy se cuentan por millones las personas cautivas en una enorme cárcel sin rejas. Cierto que nadie las priva en principio de libertad. Pero son tantas las coacciones que no pueden ejercitarla. Ello, si no se canaliza a través de la fe, es el mejor caldo de cultivo para el desencanto y la amargura. Y sobre tales pilares ¿puede acaso cimentarse ese ideal de realización que con tanto énfasis proclamara Jesús?

Éste nos invita a descubrir en su vida un Dios cuyas entrañas de misericordia vibran con ímpetu donde se huellan los derechos de quien -siendo imagen suya- reivindica vivir con un mínimo de dignidad. Tal es el caso de millones de creyentes cuyas convicciones religiosas jamás deberían impedir una lucha abierta por sacudirse el yugo de la injusticia. A ello intenta animar la reflexión teológica, ávida de ofertar a los pobres de hoy el reto que hace ya veinte siglos lanzara el Dios de Jesús.
 

5. La pobreza: ¿sólo económica o más bien integral?

Esta es sin duda una de las incógnitas más acuciantes en el momento actual. Y únicamente despejándola, se podrán ofertar proyectos evangelizadores acordes con el Dios de Jesús. No se me oculta que en los países latinoamericanos, donde la fe crística se halla tan hondamente enraizada, la penuria económica cataliza de ordinario la pobreza. Más aún, los ricos cada vez se hacen más ricos y los pobres cada vez van siendo más pobres. Tan dramática realidad ¿no clama a gritos por un drástico revisionismo?

Tal es lo que se propone la reflexión teológica cuyo apoyo a los «sin voz» tanto inquieta a los poderosos. ¿No ocurrió igual con Jesús? Nada impide aceptar, pues, como válido su enfoque. Cierto que los frutos a veces tardan en cosecharse. Mas sólo sembrando ilusión, logra germinar la esperanza.

No han faltado intentos de aplicar la misma estrategia al continente europeo. Y se alega, para justificarla, que también abundan en él los marginados y los «sin techo». Es cierto. Incluso el paro y el desempleo no cesan de agravar la situación. Son bastante numerosas las personas cuyo «status» social habla sin más de penuria. Sería absurdo negar tan amarga realidad. Cabe preguntarse, no obstante, si los planteamientos de la teología latinoamericana conservan su vigencia cuando se los aplica a la situación del Viejo Continente.

Son cada vez más los teólogos que, activando los criterios evangélicos, invitan a descubrir un nuevo rostro en la pobreza europea. Ésta ofrece, a su entender, una perspectiva no sólo socioeconómica, sino también vivencial. Más aún, es este último aspecto el que más preocupa a los analistas de la sociedad contemporánea. Vivimos de hecho tan atrapados por el consumismo que invertimos casi todas nuestras energías en aumentar nuestro potencial adquisitivo. Y ello no puede menos de perjudicar los genuinos valores del ser.

El continente europeo acusa una alarmante pobreza de vida, lo cual explica el caos y el desconcierto del que hace gala nuestra sociedad. Ésta da la impresión de ir a la deriva. ¿Podría no ser así al deteriorarse sus criterios de identidad? De poco sirve, en efecto, invertir en técnica y ciencia si es a costa de la vida. Cuando ésta se empobrece, las personas acumulan un vacío que se apresta a bloquear toda iniciativa a nivel tanto personal como colectivo.

Tal es lo que -de no entenderlo mal- está ocurriendo hoy en la sociedad europea. En ella campa por sus fueros la pobreza vivencial. ¿Qué hacer? Esgrimiendo criterios evangélicos, se ve claro que el Dios de Jesús brinda ofertas de plenitud. Para hacerlas fecundar, se impone esbozar proyectos donde la vacuidad de las vivencias polarice los esfuerzos. Y es que el hombre de hoy sólo podrá ser feliz llenando antes su vacío. Tan corrosiva pobreza acaba castrando el ser.

Creo, pues, urgente concienciarse de cuán amplios son los horizontes de la pobreza. Sobre todo tal como aflora hoy en nuestra sociedad. Y, para ajustarse al designio divino, ha de afrontarse de forma integral. ¿De qué sirve, en realidad, mejorar el nivel económico de las personas si no se enriquece su acervo vivencial?

El Dios de Jesús no desea tan sólo que los pobres dejen de serlo. Pretende asimismo que todo vacío de vida se trueque en plenitud. Sólo alcanzando tal meta, podrá el hombre ser feliz. Y ¿acaso no apuesta por ello Jesús? Quien analiza su porte de vida, ve claro que no sólo sació el hambre de los famélicos, sino que infundió también ilusión a cuantos rezumaban angustia. Y ésta ¿no fluye de la vacuidad? Pues bien, contra tal virus desea vacunarnos el Dios de Jesús.
 

6. El pobre a quien en verdad ama Dios

Es falso suponer que toda persona, por el hecho de transpirar pobreza, arranque sonrisas a Dios. La tradición bíblica evidencia que las preferencias divinas se centraron en quienes encarnaban el ideal de los «anawim». ¿Cómo? Armonizando penuria y confianza. Es decir, conscientes de su desvalimiento, se doblegaban sin condiciones ante el designio divino. En cierto modo podría decirse que regulaban por él su existencia.

Tales son los pobres amados por Dios. De ello se infiere que no toda actitud de pobreza ha de verse como paradigmática. De hecho, nunca han faltado pobres cuya indigencia no cesa de incubar amargura, la cual queda de inmediato catalizada por la negatividad. Cierto que situaciones así son clara expresión de injusticia. Mas ésta ¿se atemperaría en caso que tales personas acumularan poder?

Hoy la teología tiene claro que la felicidad del hombre no puede ser simple fruto de un cambio de estructuras externas. Para hacerla realidad, se impone revisar actitudes. Y ello exige deponer todo porte negativo (amargura, odio, rencor...) y suscribirse a la positividad (entrega, perdón, apertura...). Sólo así podrá recobrar el mundo ese equilibrio primigenio que el pecado le arrebatara.

Se explica, pues, que no cesen de ir en aumento los proyectos evangelizadores cifrados en destraumatizar a los creyentes. Y es que donde los traumas imponen su ley, aflora sin más la pobreza. Para combatirla con eficacia, nada mejor que colmar de ilusión y estímulo a quienes se presentan como sus víctimas. Tal fue, en efecto, la estrategia de Jesús. Al topar con personas suscritas al trauma, se afanó por brindarles esperanza. Y es que sólo con ella se puede afrontar el futuro.

Comprendo que los estamentos jerárquicos critiquen y desautoricen todo proyecto evangelizador anclado en simples ideologías. Y es que el mundo no logrará sentirse mejor sólo porque cambien sus estructuras. Cierto que el poder tiende a arropar la injusticia con la explotación de los «sin techo» y de los «sin voz». Pero ¿mejoraría la situación invirtiendo únicamente los módulos? Mucho me temo que no. Más aún, me atrevo a augurar que, si los de abajo logran situarse arriba, el mundo seguirá igual o incluso peor. O ¿acaso una mayoría de oprimidos no hermana rencor y frustración? Con tales credenciales mal se alivian las dolencias.

Lógico es, por tanto, que la reflexión teológica -inspirándose en la praxis de Jesús- se afane por enriquecer el complejo mundo de las vivencias. ¿Cómo? Ante todo erradicando de las personas todo porte negativo. Y es que donde prima la positividad, hasta la pobreza se erige en blasón. Debe acentuarse a su vez que sólo con pobres así se solaza el Dios de Jesús. Éste jamás pacta con lo negativo. Brinda en cambio su ayuda a quienes, encarnando el ideal del «anaw» se ponen sin más en sus manos.

El Dios de Jesús no oculta sus preferencias por los pobres. Mas para que éstos se hagan acreedores a su ayuda, es preciso que, a pesar de su penuria, traduzcan su vida en entrega. Sólo la confianza motiva a la divinidad para adentrar en sendas de plenitud a cuantos comparten pobreza.
 

7. Y hoy, ¿cómo dimensionarse con ese nuevo rostro de Dios?

La tradición cristiana no ha cesado de incitar a dimensionarse con una divinidad asentada en su trono celeste. Desde él se supone regir los destinos del mundo, siendo el hombre quien recaba su máximo interés. Tal encuadre sitúa a Dios en una inasible trascendencia desde la que, activando su poder, orquesta la historia humana.

¿Qué decir al respecto? Esta visión, aunque apuntalada por la doctrina cristiana, no se ajusta al Dios que vino a mostrarnos Jesús. Éste invita a pensar en una divinidad tan cercana al hombre que en cierto modo llega a identificarse con él. No en vano el misterio cristiano arranca de la humanización de Dios, el cual pierde así su ancestral hieratismo para adquirir un rostro del todo distinto. Se trata de un rostro hecho hombre en Jesús.

La teología contemporánea se afana por acentuar los rasgos novedosos de la divinidad tal como nos invita a descubrirla Jesús. Y es en su actuación histórica donde afloran con más nitidez sus vestigios. ¿Ignora acaso el creyente que Jesús se solidarizó con cuantos, compartiendo pobreza, solicitaban para ahuyentarla la protección de su Dios?

Se explica, por tanto, que se busque hoy una imagen divina más cercana al quehacer humano. Y, para perfilarla con nitidez, nada ayuda tanto como la praxis de Jesús. La tradición evangélica es pródiga en relatos donde se acentúa su interés, entrega y compromiso por cuantos comparten desvalimiento. Pues bien, si los creyentes de hoy quieren hacer suyo tal porte, ¿pueden inhibirse ante cuantas situaciones, siendo expresión de injusticia, sumen en la postración?

El nuevo rostro de la divinidad, tal como hoy lo perfila la reflexión teológica, se refleja en cuantos -asiéndose con brío a la fe- se afanan por ahuyentar su angustia. Y ésta viene provocada por las más variopintas situaciones cuyo denominador común es, por supuesto, la pobreza. En ella ha de buscarse a Dios.

Han pasado, pues, a la historia los tiempos en que los creyentes se sabían invitados a verter en puros módulos sacros sus encuentros con lo divino. Jesús mostró falsa tal concepción. Y no porque Dios se ausente del sacralismo, sino porque se deja también descubrir en las realidades profanas. Donde se afronta desde la fe cualquier desventura o conflicto, allí aflora sin más el Dios que encarnara Jesús. Tal divinidad clama por un porte de compromiso con los que sufren y una lucha denodada por aliviar su dolor. Los creyentes saben que, para lograr tan ambicioso objetivo, han de apoyarse en la divinidad que opta por desvelarnos Jesús.

Cada vez se pone más empeño en acentuar los rasgos de esa visión novedosa de Dios. Y se invita, por supuesto, a descubrirlo en el hombre. Éste, si se rige por parámetros de fe, encierra en su interior la imagen de esa divinidad que hace dos milenios se adentrara en la pequeñez. ¿No resulta fascinante saber tan cercano a Dios? El hombre jamás lo hubiera creído posible. Fue Jesús quien se lo descubrió. Sería, por ende, absurdo no explotar los resortes de tan retadora oferta.

Ojalá la comunidad crística se aviniera a canalizar su andadura dejándose guiar por ese nuevo rostro de Dios. Haciéndolo, rompería las redes del sacralismo para adentrarse con paso firme en el complejo mundo de la profanidad. Es en él donde se plantean los grandes problemas del hombre. Sobre todo de cuantos gimen desde el pozo de su angustia. Para tornarla solaz, Dios se hizo hombre en Jesús. Y esa divinidad encarnada lleva dos milenios desafiando desde el desvalimiento a cuantos, arropándose en el poder, rinden culto a la injusticia.

Un Dios así ¿puede no hechizar a quienes luchan por un mundo mejor?

Seria admirable que la comunidad crística consiguiera borrar todo vestigio de ese Dios justiciero tan encomiado por la tradición. Y es que el hombre contemporáneo clama por avivar la ilusión y la confianza. No en vano vive en un entorno donde priman las zozobras, avivadas por quienes ansían atraparlo en las redes de la vacuidad. Desde el imperio del miedo ¿cómo afrontar el futuro?

Ello explica que la religión cristiana, tal como la presenta un calificado sector de teólogos, clame por el protagonismo de una divinidad pronta a infundir esperanza, pues sólo con ella podrán superarse los envites del desencanto. Este campa hoy por sus fueros en amplios sectores de la comunidad eclesial. Y la explicación no puede ser más lógica: siguen aún en pie las imágenes de esa divinidad justiciera que durante siglos ha tenido amedrentados a los creyentes.

El nuevo rostro de Dios, tal como lo presenta Jesús, apuesta por una justicia que se ancle en el amor. Sólo así podrá librarse el mundo del caos. Y es que mientras primen los intereses grupistas (=expresión de egoísmo), mal podrá enraizarse la plenificación del ser (=expresión de amor). Sólo una plenitud compartida puede romper cuantas redes separan al hombre de Dios. Ojalá la divinidad cercana y cálida logre desplazar cuanto antes un sinfín de portes que, aun blasonando de religiosos, transpiran idolatría. Y todo ídolo -dígase lo que se diga- es signo inequívoco de muerte.









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