Altar Mayor - Nº 88 (02)
Fecha Domingo, 19 octubre a las 16:11:50
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

Fundadores de Europa (2)
I. CAMBIOS EN LA ESTRUCTURA DE EUROPA
Por Luis Suárez Fernández - Catedrático

Imperio cristiano

Desde la muerte de Constantino el Imperio romano se cristianiza; durante más medio siglo la vieja idolatría, considerada por sus adeptos helenismo, pasará a ser una actitud simplemente tolerada, pero el 385 se prohibirá. Partiendo de esta fecha la ciudadanía romana se identifica con el bautismo; esto significa, entre otras cosas, que los judíos, aunque se siga practicando con ellos la tolerancia, han pasado a convertirse en meros huéspedes al lado de una sociedad que se declara oficialmente cristiana. Puede decirse que todos los pueblos englobados dentro de la estructura cristiana cuentan con iglesias. En Hispania el Concilio de Ilíberris, poco después del año 300, reúne ya unos cuantos obispos. Al mismo tiempo se detecta la asistencia de tres obispos bretones, el de Eboracum (York), Londinium (Londres) y Colonia civium Lindinensum (Lincoln) al Concilio de Arles (1314). En ambas Iglesias no tardaron en surgir disidencias: Pelagio es un bretón y Prisciliano un hispano. Aunque no estamos suficientemente informados, conviene destacar que en ambos movimientos había una tendencia acusada a acentuar el protagonismo del hombre sobre la acción de la gracia, los sacramentos y, en definitiva, la Iglesia.

El Cristianismo experimentó, especialmente en el siglo IV, un proceso de romanización. El hecho de que Roma y no Jerusalem, donde naciera, fuese ahora la Cabeza, está cargado de profunda significación. Un cambio sustancial se había producido en la concepción del hombre y su naturaleza, como anunciara San Pablo, judío al tiempo que ciudadano romano: ya no puede explicarse simplemente desde el ius y en relación con la ciudad: ahora la principal relación se produce con Dios. Sin embargo la sociedad, al hacerse cristiana, conservó muchas de las cosas que anteriormente la caracterizaran. En lugar de destruir las directrices esenciales del helenismo, como Juliano denunciara, trató de hacer en él una especie de depuración a fin de incorporarlo, siguiendo la norma explicada por San Gregorio Nazianceno: «se toma todo lo que es bueno, dondequiera que se encuentre, pues el bien pertenece a la verdad». Los Padres de la Iglesia y los escritores más tardíos, como San Isidoro, hicieron grandes esfuerzos para salvar la cultura pagana, mientras que en el nivel de las costumbres, muchos lugares y fiestas típicas del paganismo, se cristianizaron. Había tras esto un riesgo que pronto advirtieron los grandes directores espirituales: una «paganización» del Cristianismo ofreciendo a imágenes y reliquias un verdadero culto.

Las conversiones a la nueva fe se aceleraron, en la medida en que ésta se convertía en oficial. Aunque todavía sobreviviesen los cultos antiguos, éstos iban quedando relegados a zonas marginales, especialmente campesinas; es la razón de que sean calificados de paganos (pagus = campo). La persecución contra este paganismo fue dura en Oriente, donde sus estructuras eran más sólidas, y poco significativa en Occidente donde la caída del Imperio y la ruina de las ciudades hizo desaparecer muchas de sus estructuras. Pero la Iglesia hubo de enfrentarse con otro problema. Muchos de los que acudieran presurosamente a recibir el bautismo lo hacían movidos por razones políticas: ¿cómo medrar en un Imperio cristiano sin serlo? Esto significaba, en el fondo, que no estaban dispuestos a modificar sus costumbres y modo de vida. Empezando por los emperadores. Encontramos en el siglo IV una repetición de violencias, usurpaciones y gestos políticos que no se acomodaban al nuevo orden moral. Muchos pensaban que el cristianismo estaba corriendo grave peligro de adulterarse.
 

Recurso a la anajoreusis

Ante una situación tan erizada de peligros, consecuencia de haberse incardinado el cristianismo en los esquemas políticos, muchos pensaron que la única manera de vivir con plenitud la fe consistía en retirarse fuera del mundo. Es lo que los griegos llamaron estrictamente anajoreusis, haciendo de este modo posible la oración contemplativa. Había dos formas, una eremitoria, de aislamiento personal, considerada más perfecta pero también más difícil, otra formando comunidades (koinobion) que permitía la prestación de recíprocos apoyos. De este modo y ya en el siglo IV, se conformó el monacato como una de las dimensiones esenciales a la cultura europea. Respondía a dos aspiraciones naturales del hombre: la ascesis o impulso a la purificación de los pecados, y la contemplación, tendencia a elevarse hasta la presencia directa de Dios.

Egipto, desierto por antonomasia, fue el escenario en donde comenzó a consolidarse, ya en el siglo IV, esta nueva dimensión de la Iglesia. San Antonio fue el gran modelo para los anacoretas, que estudiaron su vida, la rodearon de curiosos detalles acerca de su prodigiosa santidad, y trataron de imitarla. Pacomio (†347), antiguo soldado, en los años inmediatos a la declaración de libertad para la Iglesia, organizó hasta nueve comunidades religiosas, a las que dotó de un reglamento estricto que, en cierto modo recuerda la dura disciplina militar romana. Su regla fue conocida y, siguiendo su ejemplo, se organizaron en Palestina las primeras agrupaciones de anacoretas, llamadas lauras. Contaban con el lejano precedente que significara, siglos atrás, la comunidad de Qumrân. Pero la creación del monaquismo oriental es, sobre todo, obra de San Basilio, que el año 360 se retiró a un lugar próximo a Neocesarea, en el Ponto. Tomó la decisión de redactar dos Reglas, larga de 55 capítulos, y breve, resumida en 313 artículos, asegurando la vida en común. Las principales novedades, en este caso, consistían en afirmar que la vida en común es más aconsejable que el aislamiento, y que la obediencia a los superiores -patres monuterii en la versión latina- constituye la principal virtud del monje. Los basilios han dado, durante siglos, carácter a la vida religiosa de la Iglesia griega, llegando a constituir familias extensas y poderosas.

El monacato en Occidente fue de desarrollo más tardío y pudo contar con los importantes modelos que venían de Egipto y de Betlehem, donde San Jerónimo llegó a instalarse. Cuando, el año 340, a causa de las tormentas desatadas por el arrianismo, San Atanasio tuvo que viajar a Roma, le acompañaban dos monjes, Isidoro y Ammonio, portadores de la ya muy fuerte tradición egipcia. Él había escrito una Vida de San Antonio que sería pronto traducida al latín y de la que la versión depurada que, el 374 redactó Evagrio de Antioquía, alcanzó enorme difusión. Este impulso desempeña importante papel en la conversión de San Agustín.

La presencia de San Atanasio en Tréveris, en dos ocasiones, y la influencia de San Hilario de Poitiers resultaron, sin duda, decisivas. Pero no podemos considerar esta especie de prólogo a la que será gran obra de San Benito como unidimensional. San Martín de Tours (†397), antiguo soldado como Pacomio, hizo una experiencia directa instalándose en una ermita próxima a Milán, que tuvo, sin embargo, que abandonar para sustraerse a las presiones que estaban ejerciendo entonces las autoridades romanas en favor del arrianismo. Enderezó sus pasos a las Galias, a fin de conocer a San Hilario que, sin duda, le orientó hacia el cenobitismo ya que, al convertirse en obispo de Tours, fundó un monasterio en Marmoutier que llegó a acoger a muy numerosos discípulos. Las leyendas que rodean a su persona, popularizadas por Sulpicio Severo, en la Vida de San Martín le hicieron extraordinariamente popular. Con él entraba, en el espíritu europeo la valoración extraordinaria del desprendimiento, que es uno de los valores capitales en la gran revolución del benedictismo.

Todo este movimiento que presentaba como meta la vida de perfección, en el sentido de cumplimiento radical de los mandatos del cristianismo, se produce en paralelo con la enorme tarea que la Iglesia hubo de desarrollar en defensa de su doctrina acerca de la absoluta trascendencia de Dios frente a los planteamientos de la filosofía griega, que había llegado a descubrir la existencia de un único Dios, pero sin pasar de considerarlo como un primer Motor del Universo. Frente al pelagianismo, la Iglesia, por vía de los Concilios ecuménicos, afirmaba con San Agustín la indispensable asistencia del Espíritu Santo, por medio de la gracia. Frente al arrianismo afirmaba la divinidad de Jesucristo. Y en medio de los extremismos significados por nestorianos y monofisitas, se insistía en la unión sustancial entre ambas naturalezas, de modo que Jesucristo, siendo Dios, comparte plenamente la naturaleza humana.

El monaquismo benedictino no tendrá que entrar en disquisiciones de este tipo. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, tiene en Jesús el modelo a que debe tender. También podrá recoger de San Agustín la conciencia de que la civitas Dei, tan diferente del Imperio, está formada por aquellos que por amor de Dios son capaces de llegar al desprecio de sí mismos. Esta es la piedra clave en que se apoya la virtud de la humildad que, en el pensamiento monástico, no significa rebajamiento, sino obediencia a Dios. La gran plataforma doctrinal en que San Benito va a apoyarse, corresponde a las definiciones de los cuatro primeros Concilios Ecuménicos, especialmente en el de Efeso (431) que definió la maternidad de María, ya que ésta garantizaba plenamente la posibilidad de una comunicación entre la inmanencia, en que el hombre vive y la trascendencia que de modo absoluto corresponde a Dios. El benedictismo no es invento genial de un hombre extraordinario sino síntesis definitiva de un proceso mediante el cual la «romanidad» iba a ofrecerse desde una nueva y sorprendente dimensión: modelo de hombre.
 

Juan Casiano

Muchos, en Occidente, cuando se sentían movidos por vocación cenobítica, pensaban que era imprescindible viajar a Oriente. Eso hizo, siendo muy joven, un escita, Juan Casiano, educado sin duda en ambas lenguas, latín y griego, el cual viajó a Betlehem y, desde allí, al alto Egipto. Recuerda, más tarde, cómo allí descubrió «la cumbre de la vida monástica». Por la vía de Constantinopla llegó a Roma, en donde habría de permanecer varios años, trabando amistad con el futuro Papa León Magno, antes de recalar definitivamente en Marsella. Se trataba de tiempos especialmente duros: recordemos que el 410 tuvo lugar el primer saqueo de Roma por Alarico, cuyos visigodos se dirigirían después a las Galias. En Marsella se le pidió que explicara qué había aprendido y el dio dos respuestas, una oral -aunque la perfección máxima se logra en los anacoretas es preferible, dadas las circunstancias, refugiarse en el cenobitismo- y la otra por escrito: Instituta coenobiorum que equivale a una verdadera regla. Quedaba, de este modo, marcado el objetivo: creó en Marsella dos monasterios, uno para varones y otro para mujeres, a fin de alcanzar, mediante ellos, la vía cristológica de la contemplación.

Poco tiempo después San Honorato, del que disponemos de menos noticias, fundaba un monasterio en la isla de Lérins, en la costa azul, lo que le permitía permanecer al margen de los caminos que seguían entonces las tropas en marcha. Para estos núcleos del cenobitismo galo escribió Casiano esa colección de 25 conferencias que se conocen normalmente como Collationes. A estas obras, a la traducción de la Regla de Pacomio efectuada por San Jerónimo, a la Historia de los monjes de Egipto redactada directamente en latín por Rufino de Aquileia y a las diversas tradiciones hagiográficas recopiladas en los Apothegmata debe el monacato occidental de disciplina romana su primera estructura. Todos estos son materiales que San Benito tuvo a su disposición. También Cesáreo de Arles pudo emplearlos en sus reglas y en las Recapitulaciones. Esto nos lleva a los comienzos del siglo VI.

En los dos siglos de tránsito que constituyen el núcleo esencial de esa «antigüedad tardía», como prefiere llamarla H. I. Marrou, el monacato, en Occidente, aparecía como una excepción, extraña a los propios cristianos, incluyendo a los obispos, que veían en él un peligro para sus iglesias locales que copiaban los esquemas de la administración romana. Fueron necesarios tiempo y esfuerzos para convencerles de que fundando monasterios se aseguraban a sí mismos la fuerza espiritual que necesitaban para superar las enormes dificultades de un tiempo de violencia. La presencia de monjes relevantes al frente de las diócesis a lo largo del siglo V vendría a demostrar que la dicotomía estaba superada. El monacato fue admitido dentro de la Iglesia que, de este modo, se acomodaba al ensayo de crear, para ella, una segunda dimensión, típica de Occidente. Habría, pues, en adelante, junto a las comunidades de clérigos y laicos, predominantemente urbanas, otras monásticas. Los monjes no eran sacerdotes, aunque se tuviese buen cuidado de disponer de cierto número de ellos en cada cenobio, a fin de asegurar el servicio litúrgico.

Los cuatro grandes creadores de «europeidad» a que estas páginas se refieren, esto es Benito, Gregorio, Isidoro y Bonifacio, compartieron esa condición esencial del monacato. Partían de la idea de que sin plena entrega al servicio de Dios era difícil llevar a cabo esa otra tarea de servicio a los demás, atrayéndolos a la fe en Cristo, y de transformación de la sociedad. Es importante, en la coyuntura actual, insistir sobre este punto capital: en las raíces mismas de la europeidad encontramos el orden de valores que el benedictismo haría suyo y que apreciaba como una herencia de Roma, una vez que el helenismo había sido superado por el cristianismo. El amor al prójimo como a uno mismo constituía la base de la nueva moral.
 

Primeras brechas fuera de Roma

A mediados del siglo IV el cristianismo parecía identificarse con Roma; ningún esfuerzo se había hecho para llevar la fe más allá de las fronteras del Imperio. Los germanos, por su parte, consideraban la nueva fe como contraria a su propia identidad. De hecho sólo se convertirían en la medida en que fuesen tomando la para ellos dramática decisión de abrazar la forma de vida romana. En aquel momento las autoridades imperiales, replegadas detrás de un largo limes, se mantenían en tensa y difícil actitud defensiva. Contemplaban, al otro lado de la frontera, dos mundos distintos, el de los pueblos próximos y el de aquellas estepas lejanas en donde se estaban produciendo movimientos de nómadas que, todavía, no consideraban amenazadores. Con los próximos se mantenían intercambios que daban lugar a influencias que no se traducían aún en cambios decisivos. Celtas en Irlanda, pictos y scotos junto al muro Hadriano, francos, alamanos, jutungos y quados a lo largo del Rhin y del alto Danubio y junto a este río, hasta el mar Negro, los más importantes, sin duda, godos, divididos en dos fracciones: tervingos (ostrogodos) y greutungos (wisigodos).

Dos brechas iban a producirse como consecuencia de lejanos cambios: en el Este entre los godos y en el lejano Oeste en el mundo celta. Ulfilas o Wölflin (†383) fue consagrado obispo por el patriarca de Constantinopla el 341. Eusebio, como todas las autoridades del Imperio en aquellos momentos, eran arrianos. Ulfilas pudo traducir la Biblia a su lengua tratando de inducir a su pueblo a abrazar el cristianismo. Al principio fue rechazado y hubo de refugiarse en Constantinopla, donde murió. Algunos discípulos continuaron su obra. El arrianismo por él practicado y extendido no era el riguroso de quienes rechazaban radicalmente la divinidad de Jesucristo (anomeanos) sino aquel que admitía semejanza en la voluntad y las acciones, aunque no en la sustancia. Como otros pueblos germánicos aceptaron la nueva fe, siguiendo la línea de los wisigodos, al tiempo que el Imperio, por acción de los Concilios, tornaba a la ortodoxia, pudo llegar a considerarse el arrianismo moderado como signo de identidad de los no romanos. Abrazar el catolicismo era tanto como renunciar a la germanidad.

De hecho la conversión no tuvo lugar hasta que, tras la victoria de Adrianópolis (379) los wisigodos fueron instalados por Teodosio en suelo romano de acuerdo con la lex de hospitalitate. Durante algún tiempo Alarico pareció aceptar el papel que se les asignaba como ejército de cobertura en las fronteras amenazadas; esta circunstancia implicaba una adaptación a los usos y costumbres de Roma. Las opiniones de los caudillos del pueblo no eran a este respecto unánimes. Durante quince años se tuvo la impresión de que Alarico no proyectaba otra cosa que el saqueo de las provincias, como sus antepasados del siglo III ya intentaran, aunque sin fortuna. Invadió los Balkanes, expolió el Peloponeso, aceptó el cargo de comandante en jefe en Iliria y, al final, saqueó Roma (410) cerrando un tiempo mítico. Esta vez los gansos del Capitolio no pudieron poner en alerta a los empavorecidos habitantes.

La vieja ciudad del Tíber no perdió su antigua condición. El Papa Inocencio I, ausente aquel aciago día 24 de agosto –no habría de regresar hasta el 412- hubo de hacerse cargo de muchas de las obligaciones que comportaba la recuperación. Algunos miembros del Senado romano, que era ya apenas un fantasma emergiendo de las sombras del pasado, interpretaron el desdichado episodio como una señal de la pérdida experimentada por el helenismo al aceptar la fe cristiana. Siguiendo el encargo de San Agustín, Orosio hizo la réplica con un argumento que explica bien la postura de San Gregorio Magno, siglo y medio más tarde: la pérdida de Roma podría interpretarse, también, como muestra del oculto designio de Dios que se proponía conducir a los germanos a la verdadera fe. Orosio era español y no ignoraba que las limitaciones impuestas por la rigurosa administración imperial, eran un obstáculo para la expansión del cristianismo.

Alarico falleció el mismo año del asalto a Roma. Su sucesor, Ataulfo, pensó que si daba cumplimiento a las promesas y esperanzas de Teodosio, integrando a su pueblo en la legitimidad imperial lograría para él estabilidad y recursos. Era imprescindible reafirmar el cristianismo y, al mismo tiempo, insertar a los suyos en la sociedad romana: casó con Gala Placidia, hermana del emperador Honorio y al hijo que en ella tuvo se impuso, en el bautismo, el nombre del abuelo, Teodosio. Falleció pronto. Una reacción de sus nobles, acaudillada por cierto Sigerico, acabó con la vida de Ataulfo, pero cuando Wallia restableció el orden, las cosas volvieron a su cauce, aunque sin los detalles precisos del tiempo de Ataulfo.

Un pacto solemne fue firmado por el nuevo marido de Gala Placidia, asociado al trono como Constantino III, y Wallia, el año 418. Siglos más tarde los cronistas hispanos lo interpretarían como si fuese la vía por donde se hizo una verdadera y legítima transmisión del poder. Instalado en Las Galias, con buenas propiedades entre el Loire y el Pirineo, los wisigodos, que tomaban a su cargo la pacificación y defensa de Hispania -vándalos y alanos emigraron hacia África y los suevos quedaron reducidos a una parte de Galaecia- pasaban a ser el primer pueblo que, gozando de amplia autonomía dentro del Imperio, accedía a la romanidad cristiana. Las diferencias entre su arrianismo moderado y la ortodoxia en que se desenvolvía la Iglesia española y gala no parecen haber constituido en la primera etapa ninguna dificultad. El 450 también Rechiario, rey de los suevos, recibió el bautismo arriano. Las fisuras políticas eran ya inevitables, pero la continuidad romana era tan fuerte que ni siquiera el nombre pudo ser cambiado: Hispania sería España, no Gotia.

El cambio era importante. Las Iglesias locales se conservaron y el restablecimiento del orden operado por los sucesores de Wallia permitió a los obispos, que ejercían funciones de gobierno en sus respectivas ciudades, consolidar su autoridad continuando la evangelización de las zonas rurales. Los grandes propietarios retuvieron sus dominios. A los germanos, no demasiado numerosos, se les remuneraba con las tierras del fisco, ahora desamparadas, y con algunos despojos consecuencia de la guerra. Los wisigodos se instalaron únicamente en determinadas zonas. El cristianismo ambivalente se convertía en signo de unidad aunque no faltaron los enfrentamientos entre fieles de uno y otro credo. Nacía una nueva romanidad, aquella que Isidoro, un siglo más tarde, haría suya. Pues el rey Eurico (465-484) prescindiendo ya de la existencia del Imperio, tomó en sus manos la autoridad que se asocia siempre a un Estado de derecho. Los godos seguirían rigiéndose, en cuanto a sus relaciones personales, por las viejas costumbres, que implicaban la venganza de sangre y el duelo judicial. Para la población romana el monarca tomó el Código de Teodosio II y lo adaptó a las circunstancias concretas de aquel nuevo territorio: tal fue la lex romana wisigothorum, es decir la forma que adoptaba el ius en manos de los nuevos gobernantes, que abandonaban poco a poco su título de könig para asumir el de rey.

Nacía España. Nuevos problemas iban a plantearse de inmediato, como ya estaba sucediendo en las Galias, aunque aquí faltaban las grandes figuras creadoras del monacato. Iglesia y Monarquía se enfrentaban en torno a la delicada cuestión de la unidad de fe. Durante todavía largo tiempo pareció que los godos ponían únicamente su confianza en que la Iglesia, renunciando a su riguroso símbolo atanasiano, aceptase la fórmula moderada que se le ofrecía. Pero las nuevas circunstancias iban a permitir el crecimiento de una nueva generación de intelectuales eclesiásticos y la maduración de una sociedad que era continuadora de la romana. Por eso los wisigodos acabarían tomando para sí los valores de esa sociedad, renunciando a destruirla.
 

La Iglesia celta

La carencia de fuentes -estamos prácticamente reducidos a la Crónica de Beda el Venerable- nos obliga a recurrir a datos indirectos y sumamente escasos cuando se trata de abordar los orígenes del Cristianismo en las Islas Británicas. Roma se había limitado a ocupar el territorio que hoy corresponde estrictamente a Inglaterra, levantando un «muro Adriano» para defenderlo de las depredaciones de pictos y escotos, moradores en las tierras altas, como aún se las llama. No hizo intento alguno para instalarse en Irlanda. De modo que el cristianismo fue establecido, al principio, únicamente en aquella provincia cuyos moradores se acostumbraron a considerarse a sí mismos bretones. La Iglesia bretona, como ya indicamos, se hizo presente en el Concilio de Arles, el 314, y, también, a través de Pelagio, que tuvo algunos adeptos en su país natal. San Germán de Auxerre tendrá que realizar dos viajes (429-431 y 446-447) para tratar de extirpar la herejía. En el primero de estos viajes le acompañó el joven Patricio. Desde Britannia hubo, desde finales del siglo IV, intentos para llevar la luz de la fe a los otros pueblos celtas que estaban al otro lado de la frontera.

Pero esta labor se vio fuertemente perturbada por las circunstancias políticas y militares. El año 407 las legiones romanas hubieron de retirarse de la isla a fin de proceder a la defensa de las Galias. Britannia, abandonada a sus propios recursos, hubo de asumir su propio gobierno; los recursos humanos y económicos eran insuficientes. El cristianismo tendió a convertirse en el signo principal de identidad. Entre los años 441 y 442 bandas de anglos, sajones y jutos, venidos por mar, iniciaron la invasión por la isla de Thanet, en la desembocadura del Támesis. La batalla, durísima, se prolonga durante más de un siglo y concluyó con el repliegue de los bretones a una franja occidental que corresponde a los actuales condados de Cornwall, Devon, Dorset, Somerset y Gales. Una parte considerable de la población cruzó el mar y fue a instalarse en la península de Armórica a la que cambió su nombre por el de Bretaña. La Iglesia católica en estos refugios supremos, muy deteriorada, se negaba absolutamente a cualquier labor de propaganda cerca de los conquistadores: se resistía a comunicar a enemigos salvajes y despiadados el bien absoluto de la salvación.

La Crónica de Próspero de Aquitania recoge la noticia de que el 431 el Papa Celestino ordenó ya un obispo, Palladio, que con cuatro colaboradores iba a encargarse de establecer la fe en Hibernia, que es la actual Irlanda. Esta noticia es puesta en duda por un importante número de investigadores. Podemos, desde luego, concluir que, en todo caso, este temprano esfuerzo quedó sin resultados apreciables. El verdadero creador de la Iglesia en el Eire es Patricio, familiarmente conocido como Paddy. Parece que nació en Britannia hacia el año 389 en el seno de una familia acomodada. Tenía 16 años cuando fue capturado por piratas que, en condición de esclavo, le llevaron a Irlanda para venderle a un jefe gaélico. Aprendió el idioma y también las costumbres. Seis años duró su cautiverio hasta que pudo huir y, por el camino del mar, llegar a las Galias. Todavía en este tiempo Britannia era una provincia dotada de gobierno autosuficiente.

Primer dato importante. Patricio ingresa en el monacato y recibe una formación completa en Marmoutier y Lérins, de clima suave, vinculados íntimamente tales cenobios a la sede episcopal de Auxerre: estuvo en condiciones de servir a los dos prelados, Amator y San Germán, los cuales decidieron prepararle para reasumir la tarea de Palladio, de quien, el año 432, se tuvo noticia de su fallecimiento. Antes de esto había hecho dos viajes, uno a su patria, acompañando a San Germán, como arriba indicamos, y el otro a Roma, en donde Celestino I estaba librando la gran batalla contra el nestorianismo. En consecuencia, cuando fue ordenado como sucesor de Palladio, había establecido una vinculación íntima con el Pontífice. La Iglesia irlandesa que va a nacer será, políticamente, extraña al Imperio, pero religiosamente muy romana.

Los hagiógrafos posteriores que nos han transmitido noticias de su vida y leyendas acerca de sus milagros, insisten en que las dificultades fueron enormes, pero el tesón y las altas cualidades de aquel singular apóstol le permitieron vencer en la batalla contra el druidismo.

Patricio y su grupos de misioneros, entre los que predominaban monjes procedentes de las Galias, trabajaron especialmente en el norte de la gran isla, Ulster, Leinster y Connaught, consolidando el celtismo en aquella Iglesia naciente. El modelo esencial para la nueva vida cristiana venía proporcionado por ese monacato de origen oriental, pero profundamente arraigado en las Galias en el siglo VI; un modelo que los jefes de los clanes celtas reconocieron como muy superior. Pronto jóvenes de ambos sexos procedentes de los sectores dirigentes acudían a colocarse bajo su dirección y, en ciertos casos, para ingresar en la vida monástica. Pues el apóstol había escogido para esa Iglesia el modelo monástico, de tal modo que cada nueva comunidad iba a poder contar, para dirigirla, con un obispo y un grupo de monjes. El año 444, mientras los anglosajones lanzaban sus asaltos en las costas orientales de Britannia, a la que pronto cambiarían el nombre, San Patricio fundaba Armagh, en donde fijaría su residencia, dispuesto a convertirse en la base de partida para una formidable recuperación de la vida europea. Allí murió el año 461.
 

La panorámica de la desolación

En este momento, muerto Átila y afianzada la dirección religiosa por parte del Pontífice romano, el panorama que ofrecían las cinco naciones de Occidente era desolador. En dos de ellas había vuelto a implantarse la idolatría. Irlanda mostraba una gran efervescencia religiosa, que se extendía ya a Escocia, pero el modelo por ella elegido, de predominio monástico, amenazaba con provocar una disidencia dentro de la Iglesia latina. Algunos de estos monasterios, asociados a la memoria de grandes santos, se hicieron famosos: Clonard (San Fimian), Cloufert y Birr (San Brandan), Ossory y Saigir (San Ciarán) habían llegado a convertirse en centros intelectuales para la enseñanza. El año 490 Santa Brígida comenzaría la erección de monasterios femeninos Todos estos quedarán subsumidos, a mediados del siglo VI, por la importancia de Bangor, que llegaría a contar con tres mil monjes y desde donde partiría la gran misión encargada de recobrar la Europa vuelta al paganismo.

Podríamos dejar volar la imaginación estableciendo alguna clase de comparación entre Bangor y Cassino. Dos fórmulas, partiendo de la misma base, pero dos alternativas también: el rigor penitencial sería característico del primero, la apertura a un nuevo humanismo la del segundo. A la larga el segundo triunfó, pero sin que ello significara demérito para el primero. Los monjes celtas, muy numerosos, alcanzaban niveles muy elevados de santidad y también de preparación intelectual. Habían escogido el latín porque era la lengua imprescindible para manejar libros y documentos. Se acostumbraron de este modo a acumular verdaderos tesoros en sus bibliotecas. Había un gran contraste entre esta vida y la que los obispos de las Galias, que habían recibido a los bretones exiliados, estaban reflejando ya en sus documentos. Muchos sacerdotes operaban ajenos a toda disciplina. Y, entre tanto San Columbano, partiendo de absoluta fidelidad al Papa, «pastor de pastores», estaba a punto de iniciar la gran tarea

No era mejor la situación en Italia. Átila había sido el «azote de Dios», para muchos señal definitiva del derrumbamiento. Y, sin embargo, su paso había demostrado la fuerza de los poderes espirituales: Santa Genoveva, en París, alentando a sus conciudadanos, había visto pasar de largo a los hunos en busca de la derrota. Y San León Magno, el 452 celebró esa entrevista con el khan que aparece confirmada en la carta del Papa Simmaco (519) que venía a demostrar que el poder espiritual es más fuerte que el temporal. Desde el 476 ya no hay emperador en Roma. Pero, en este momento, San Benito de Nursia va a comenzar su andadura.

Esta importante carta dirigida a los obispos orientales fue publicada ya por THIEL, A.: Epistolae Romanorum Pontificul, Braunsberg 1867, págs. 714 ss. Para nosotros es una referencia indispensable.









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