Altar Mayor - Nº 88 (01)
Fecha Domingo, 19 octubre a las 16:13:41
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 88 – septiembre-octubre de 2003

LA ESTATURA DEL HOMBRE
Por Emilio Álvarez Frías

Desde la observación, da apuro ver cómo se comportan los hombres, sobre todo cuando les domina la ambición, sea de poder, sea de tener, sea de mandar.

Si algún privilegiado consigue mantenerse al margen del devenir de cada día, y sube a un otero desde el que ver sin apasionamiento cómo se mueven sus semejantes, y en la pureza del ambiente que respira en el altozano escucha las palabras destempladas, chirriantes, taimadas, incluso obscenas, que abajo se pronuncian, seguramente le invade la tentación de no bajar, de permanecer aislado en lo alto contemplando el lento navegar de las rapaces, gozándose en la admiración de la naturaleza, buscando y esperando la caricia de Dios que, a fin de cuentas, es lo que realmente vale, lo que impele al amor, ayuda al perdón, impulsa al encuentro con la paz y la tranquilidad.

Y si desde aquel hito privilegiado ha asistido al bochornoso espectáculo de los ambiciosos que quieren asaltar la Asamblea y el Gobierno de la Comunidad de Madrid valiéndose de cualquier marrullería, descalificación, insulto, incluso injuria; o a la conducta de los ediles del Ayuntamiento marbellí; o a las proclamas desde los más variados podios de elites aspirantes al Gobierno de la Nación; se sentirá inclinado a anclarse allí por los tiempos como un nuevo estilita, pues alcanzaría a ver cuán difícil es llevar a los hombres por la ruta que conduce al bien, a la justicia, a la comprensión, a la ayuda generosa a los demás, a la entrega a sus semejantes, pues lo único que en ellos aflora es la ambición de dominio o de dinero o de mando, y ello está insito en lo más indigno e innoble del ser creado por Dios, aunque una y otra vez, reiteradamente, machaconamente, diga que busca el bien de los demás, del «ciudadano» próximo al que evita llamar hombre por las connotaciones teológicas que la palabra tiene con los designios del Creador.

Y ese hombre, al que desde lo alto se ve pequeño en tamaño, por propia decisión se hace pequeño en cuanto a su mística interior, enano, apenas nada, pues su proceder, sus pautas de actuación, sus modos de presentarse ante los demás, sus maneras de decir no lo engrandecen, no lo elevan sobre la mediocridad, no trasciende, no ejemplifica. Visto desde arriba, ese hombre pequeño en lo físico y parvo en los caminos del espíritu que llevan a lo bello, no ofrece ninguna garantía de que ha de servir para los asuntos públicos. Pues da la sensación de estar carente de ideas nuevas, incapacitado para aportar proyectos frescos, y no genera claridad en su trayectoria, ni exhala pureza a la hora de confiar en su actuación y, para mayor duda, no manifiesta orden en sus filas.

Ante ese hombre que vemos desde la perspectiva del águila, ¿qué esperar? ¿Confiamos en él? ¿Es merecedor de que le otorguemos nuestra representación para los asuntos de estado? ¿Ejercerá con eficacia y honradez el compromiso que contrae con la sociedad, con quien le otorga su confianza? ¿Será capaz de no ejercer su sacerdocio con olvido de sus propios intereses, de los intereses de su grupo? ¿Acaso no usará el poder conseguido para turbios manejos, para influir perniciosamente sobre sus semejantes?

Todas esas dudas y otras muchas invaden al hombre aupado en la paz que impera en el alcor. Tiene la intención de ver a su prójimo revestido de los mejores ropajes, cubierto con las mayores virtudes, lleno de las más eminentes intenciones. Pero por su comportamiento duda.

Tengamos esperanza.









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