Altar Mayor - Nº 89 (04)
Fecha Miércoles, 03 diciembre a las 19:25:38
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 89 – noviembre-diciembre de 2003

LA MUJER EN EL PROFETISMO (3) (Israel, antes y después de la monarquía)
Por Constantino Quelle - Teólogo

DÉBORA: LA PALABRA PROFÉTICA DE UNA JUEZ

Débora personifica a la mujer «salida de madre». Ella representa un estar «no propio de su género»: juez y profeta. Algo «impropio» para su sexo. Sin embargo, no tan impropio si observamos que en esta época de los jueces es cuando sobresale la figura de Rut, cuando, asimismo, vamos a encontrarnos con Débora, o con el profeta Eliseo y aquella sunamita, mujer principal que vive tan feliz sin tener descendencia alguna (2Re 4,8-37), etc.

Si en una historia escrita por hombres y para los hombres, aparecen tantas mujeres que se «salen de madre», ¿no será porque, de hecho, no era tan extraño el proceder de las mujeres? Cierto que la sociedad patriarcal al historiar su devenir, trató de minimizar el eco de su actuación. Ni entonces ni hoy lo conseguirá. El hombre de fe vuelve a resaltar la verdad allí donde surja. El libro de los jueces ha dejado constancia de una mujer que, al igual que Abraham es llamado padre de Israel, ella, como Rut, es llamada madre de Israel (5,7).

Una historia matriarcal habría resaltado esta figura tanto como habría silenciado en lo posible la historia de Abraham. Posiblemente su nacimiento habría sido motivo de alguna teofanía, de una anunciación previa. ¿Ha observado el lector que en el mundo bíblico jamás se narra una intervención divina para anunciar el nacimiento de una mujer? Pues bien, en un mundo matriarcal, Débora habría provocado una divina anunciación.

No es el caso. No obstante, Débora aparece en la historia del pueblo elegido como consecuencia del clamor de los israelitas: «Entonces los israelitas clamaron a Yahvé» (4,3). Dios hablará por boca de esta mujer, que aparece en la historia de una forma tan natural que difícilmente podemos pensar que su caso fuera único, antes bien todo lo contrario; su naturalidad es tan grande que pareciera que todos los días de Israel fuera una mujer quien pusiera voz a la palabra de Dios.

Es más, esta mujer regentaba la confederación de tribus previa a la incipiente monarquía. «En aquel tiempo, Débora, una profetisa, mujer de Lappidot, era juez en Israel. Se sentaba bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraím; y los israelitas subían donde ella en busca de justicia» (4,4-5).

Desde la época en que sucedieron estas historias, hasta que fueron puestas por escrito habían pasado aproximadamente 500 años. El mundo patriarcal había consolidado su estrategia. Débora, sin embargo, no pudo ser silenciada. ¿Por qué? Porque el pueblo conocía la existencia de «la palmera de Débora». Esta historia viene a responder y a confirmar la existencia de grandes mujeres en la historia del pueblo de Dios.

Vamos a estudiar lo ocurrido partiendo de una hipótesis que sometemos a mejor criterio. Dicha hipótesis la realizamos desde la perspectiva de que la palmera de Débora era conocida y ubicada en un lugar bien concreto, según informa el texto, y de que en ella, como si de un buhda se tratara, Débora instruía a su pueblo.

La instrucción de esta mujer se recuerda en una historia y en el canto que sobre ella se compuso a fin de que no fuese olvidada. Tres preguntas surgen en el transcurrir del texto que son las que conviene trascender para hallar el valor religioso del mismo. Situémonos como Débora bajo la palmera. Intentemos meditar sin pensamiento alguno lo que la historia cuenta por sí misma. Sin intentar mediatizarla. El canto, como oración o como mantra se introduce en la mente del creyente y nos sugiere, a modo de respuesta, estas tres preguntas:

¿Acaso no te ordena esto Yahvé...? Primera pregunta.

¿No es cierto que Yahvé marcha delante de ti? Segunda pregunta.

¿Por qué tarda en llegar su carro? ¿Por qué se retrasa el galopar de su carroza? Tercera pregunta.
 

A) ¿Acaso no te ordena esto Yahvé?

Como introducción al estudio de esta pregunta diremos que tanto ella como las tres restantes (la última viene duplicada pero su significado es el mismo), son formuladas por mujeres. Las dos primeras están insertas en la historia de Débora, la tercera en el canto.

La pregunta que nos ocupa indica claramente las dudas que tiene la persona a la que Débora se dirige. Ciertamente que ella va a exteriorizar su palabra porque es el pueblo el que la solicita. «Entonces los israelitas clamaron a Yahvé» (Jue 4,3). El oráculo de Débora es la respuesta a esta llamada. Pero la respuesta, tal como se formula, parece no ser aceptada. «Si vienes tú conmigo, voy» (Jue 4, 8).

Baraq es la persona que en representación del pueblo va a escuchar el oráculo. Esta palabra ya ha sido pronunciada por Yahvé. No obstante la única persona que la ha oído ha sido Débora, sentada junto a la palmera. Allí va ahora Baraq y ella pregunta: ¿acaso no te ordena esto Yahvé? Él está sordo y no sabe traducir los signos de su tiempo: «por entonces la guerra en las puertas» (5,8). El canto de Débora nos pone sobre aviso de lo que está sucediendo.

Nuevamente, como en la historia de Rut, se mezclan el camino interior y el exterior. El interior es de Débora, el exterior es de Baraq. Como entonces, sólo hay posibilidad de cambiar el exterior si escuchamos, dentro de nuestra realidad, la palabra de Yahvé, Y ella se realiza sabiendo traducir los signos de los tiempos. ¿Cómo traducirlos? Despertando. «Vacíos en Israel quedaron los poblados. Vacíos hasta tu despertar, oh Débora» (5, 7). «Despierta Débora, despierta. ¡Despierta, despierta, entona un cantar!» (5, 12).

El camino interno lleva al conocimiento. El símbolo donde se expresa este despertar es el árbol del jardín del Edén de Eva, o el árbol del despertar de Buhda, y/o la palmera de Débora. Eva, Buhda o Débora despiertan cuando sabedores de su poder sobre lo creado, se cobijan bajo la creación, bajo la naturaleza del árbol al que aman.

El hombre de fe, inmerso en la cultura patriarcal, conoce que también el patriarca por excelencia, Abraham, se cobijó debajo del árbol, en el encinar de Mambre (Gn 18,1-15). Abraham supo que su conocimiento llegaría hasta los confines del universo gracias al nacimiento de su hijo Isaac. Sara se ríe, no cree. Ahora quien no escucha, quien no cree es Baraq. Débora bajo la palmera sabe escuchar.

El pueblo, como siempre, se entera de lo que sucede cuando el trovador canta. Y ella grita a Israel: ¡despierta! El pueblo tiene la guerra a las puertas y no parece enterarse. Débora pide una rápida acción. «Levántate, porque este es el día en que Yahvé ha entregado a Sísara en tus manos» (Jue 4,14a). Baraq sigue sin creer. Al igual que Sara se ríe de la noticia. «Si vienes tú conmigo, voy. Pero si no vienes conmigo no voy» (Jue 4,8). Sencillamente Baraq no se fía. Es entonces cuando surge la segunda pregunta de Débora.
 

B) ¿No es cierto que Yahvé marcha delante de ti?

Ya han subido todos al monte Tabor. Ya se han levantado. Nuevamente la palabra levantarse, despertarse... ¡resucitar! Baraq sigue dormido. Necesita ser acompañado por Débora. «Iré contigo, dijo ella, sólo que entonces no será tuya la gloria del camino que emprendes, porque Yhavé entregará a Sísara en manos de una mujer» (Jue 4, 9). El camino emprendido por Abraham fue gloria para él y para su pueblo. El camino que emprende Baraq es gloria para ella y para el pueblo.

«Baraq bajó del monte Tabor seguido de los diez mil hombres» (Jue 4,15b). Esta frase viene seguida de la pregunta que hemos formulado. Débora ve, ¡es la única que ve!, que Yahvé va delante de Baraq, al igual que Baraq va delante del ejército. «¿No es cierto que Yahvé marcha delante de ti?». La respuesta no la puede dar Baraq porque le falta fe. La fe brota del interior y únicamente Débora sabe ver. Ella sí ve a Yahvé, como Eva, como Abraham, como Rut y Noemí como tantas y tantas personas que al margen de su pecado suspiran por un mundo más humano.

Abraham es patriarca como Débora es matriarca, madre de Israel. Pero la historia es contada por hombres y para hombres. En el cántico de Débora, también aparece Baraq como salvador. «Aquel día, Débora y Baraq, hijo de Abinoam, entonaron este canto» (Jue 5,1). Baraq es loado junto a la salvadora. Sin embargo lo ocurrido nada tiene que ver con el triunfo de Baraq. A él hay que animarle constantemente: «Ánimo, arriba; Baraq» (5,12). Mientras que Débora siga despierta, Israel podrá ver a Yahvé al frente del ejército, gracias a sus ojos. ¿Qué es Israel sin esta visión de Débora?

El canto recuerda que Israel, sin Yahvé, era nada: «no había caravanas, los que hollaban calzadas marchaban por senderos desviados. Desiertos en Israel quedaron los poblados, desiertos hasta tu despertar... oh madre de Israel. Se elegían dioses nuevos por entonces la guerra en las puertas» (Jue 5,6-8). Débora desde el ser, engendra vida y el desierto se convierte en vergel. Ella, como madre de Israel, volverá a parir agua de vida: «gotearon los cielos, las nubes en agua se fundieron. Los montes se licuaron...» (Jue 5,4). Todo volverá a ser como antes, gracias al despertar de Débora.

Todas las tribus de Israel son alabadas, a excepción de las que no participan en la batalla. El cántico las va nombrando, porque «Entonces Israel bajó a las puertas» (Jue 5, 13). Débora vio, y a su llamada, Israel bajó a las puertas, a defenderlas y... «lucharon contra Sísara» (Jue 5,20). «Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada: no quedó ni uno» (4,16).

Seguimos meditando bajo la palmera, y escuchando nada más que lo que el autor dice, lo que el autor quiere decir. Entonces descubrimos la tercera pregunta de esta historia.
 

C)¿Por qué tarda en llegar su carro? ¿Por qué se retrasa el galopar de su carroza?

Nuevamente es una mujer la que formula la pregunta. La madre de Sísara, como es costumbre, espera el regreso del hijo. Ella no sabe lo sucedido, no obstante presiente lo que el lector del texto ya sabe: Sísara ha muerto. ¿Cómo? ¿Luchando y guerreando por los suyos? No, Sísara, el jefe de los ejércitos de los cananeos (Jue 4,1-2), ha muerto en manos de una mujer.

Esta mujer ni siquiera es israelita. Yael es quenita y, aparentemente, amiga de Sísara. Yael engaña a Sísara. Le cubre con su manta por dos veces y le da a beber su leche. Él sólo pide agua, ella le da más, ¡su leche! Al igual que Prometeo ante Pandora, ésta le abre su caja de las sorpresas y el gran jefe de los ejércitos de Canaan, que había mantenido durante veinte años oprimidos a los israelitas, se convierte, bajo la manta de Yael, en Epimeteo.

Este cambio o metamorfosis es el que resaltan las voces de las esposas, cuando absurdamente proclaman «será que han cogido botín y lo reparten: una doncella, dos doncellas... botín de paños de colores; un manto, dos mantos» (Jue 5, 30). Ellas cantan la situación de la mujer en aquel momento histórico: la mujer, simplemente, es un botín a repartir. La madre de Sísara, quiere creerse lo que dicen sus nueras, pero no puede; por esta razón: «ella se lo repite a sí misma» (Jue 5,29). Necesita repetir una, mil veces, lo que dicen sus nueras, mas su corazón conoce, sabiamente, el del hombre, que además, es su hijo.

El temor de la madre se contrapone al que siente el hijo cuando llega ante Yael y ésta le dice: «Entra, señor mío, entra en mi casa. No temas» (Jue 4,18). Y cuando, según el canto de Débora, Sísara deja de temer y como hombre bebe en la copa (caja de Pandora, de Rut o de Yael) de los nobles, más que leche, nata (Jue 5, 25), la madre, como mujer, presiente lo sucedido y comienza a temer.

Las princesas cantan el fuego de Sísara: ¡el reparto de las mujeres! La madre intuye que el fuego le ha abrasado. Su hijo es simplemente (siguiendo el mito griego), Epimeteo (el hermano gemelo de Prometeo, la otra cara del destino del hombre que cae en los brazos de Pandora al abrir ésta su caja). El gozo y el dolor de esta historia se produce en el interior de las mujeres: por una parte, y al principio, Débora, por otra parte y al final, la madre. Y en medio Yael, la «bendita entre las mujeres» (Jue 6,24).

Esta bendición es tan machista como la traición de Dalila a Sansón (Jue 16,4-31). Las mujeres son benditas o malditas conforme a los interés patriarcales en las que son insertas. Pero el hombre de fe ve más allá de estos intereses y escribe la historia...; gracias a estas mujeres y no a los ejércitos israelitas, «el país quedó tranquilo cuarenta años» (Jue 6,31).

Baraq y Sísara aparecen como títeres ante las figuras señeras de estas mujeres. Ellas son portadoras de la vida, más allá de lo que sus matrices engendran. El mundo patriarcal podrá reducirlas a simples parturientas. En el caso de Débora no sabemos si tuvo hijos, pero su fuerza trasciende lo puramente físico. Ella hará brotar agua en el desierto, será madre de Israel aunque pudiera no haber tenido descendencia. Isaías, el gran profeta, siguiendo esta intuición religiosa, que nos acerca al mundo evangélico en el que se mueve María la madre de Jesús, dirá: «Grita de júbilo estéril que no das a luz, rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no ha tenido los dolores; que más son los hijos de la abandonada, que los hijos de la casada, dice Yahvé» (Is 54, 1-1).

La mujer es, principalmente, persona. Madre o no, generará descendencia si, como el hombre, sabe escuchar la palabra de Dios. En la sociedad patriarcal en la que se mueven los textos bíblicos, la mujer es vista desde el uso privativo del hombre. No creemos que esta visión sea la querida por Dios, ya que estaríamos, nuevamente, cercenando el mensaje. Basta abrir los ojos para observar que el ser que todos llevamos dentro no tiene sexo y nos equipara e iguala en el reino de los hijos de la nueva humanidad.

Las historias de Rut y Débora nos acercan al gran rey de Israel: David. Ellas han ido formando desde lo colectivo y social (Débora -juez, profeta-) y desde lo individual y personal (Rut -mujer, madre-), al gran personaje cantado por toda la antigüedad. Judíos y cristianos han obscurecido la imagen de estas mujeres para resaltar al rey de reyes. David es el antecesor, dinásticamente hablando, del Mesías. Mateo, sin embargo, nos las recuerda en su genealogía ¿Qué habrá querido decir sin ser dicho?

Aproximándonos a ellas, tal como lo estamos haciendo, quizás podamos intuirlo. El díptico que hemos formado trata de desvelar la historia bíblica para revelar el mensaje que siempre permanece en sus páginas. ¿Cómo? Encarnándolo en nuestra propia vida. Así la letra vuelve a hacerse espíritu y desde el espíritu, el mismo Espíritu que aleteaba en el principio y que aletea en la meditación, bajo la palmera, reescribir y religar la historia para descubrir nuevos paradigmas.

Las historias mencionadas las presentamos formando un tríptico. Ahora, a la derecha de Rut, dibujamos el paisaje que nos brinda la mujer de Urías. Esa mujer que también reseña Mateo en la citada genealogía de Jesús.









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