Altar Mayor - Nº 90 (02)
Fecha Sábado, 20 diciembre a las 18:21:57
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 90 – Enero de 2004 (Extraordinario)

Apertura
OCCIDENTE O EL NUEVO ORDEN MUNDIAL
Por Luis Suárez Fernández - Catedrático. De la Real Academia de la Historia

El tema que habíamos previsto este año es una cuestión de mucha actualidad. Se habla de mundialización o de globalización. El término globalización se aplica preferentemente con un criterio económico para indicar que en este momento ya no hay economías independientes; todas forman una unidad de elementos interrelacionados, como acaba de demostrarse con la guerra de Iraq, en donde el problema del petróleo ha sido el factor fundamental. Muchos otros problemas políticos hay en el mundo sobre los que no se toman decisiones de una manera tan drástica. Por ejemplo el caso de Cuba, porque desde el punto de vista económico no se plantea un problema tan grave, tan serio como este.

Pero los historiadores, no economistas, tenemos tendencia a hablar de mundialización. Queremos decir con ello que a partir de mediados del siglo XIX, y gracias al extraordinario desarrollo de las comunicaciones, la historia ha dejado de suceder como antes, en espacios cerrados, contiguos, un poco relacionados entre sí pero independientes. La historia hoy es historia mundial. Quiere decir esto que los problemas que se plantean en cualquier lugar del globo afectan a todos.

¿Cuáles son los principales problemas que en este momento hay planteados? Yo quisiera llamar la atención fundamentalmente sobre tres.

Un problema moral. El mundo ha experimentado una transformación de tal naturaleza que la ética ha sustituido a la moral. Y este es uno de los fenómenos más importantes a los cuales tenemos que prestar atención.

El segundo fenómeno es la resurrección del Islam, esa tercera parte de la humanidad. Es preciso tener en cuenta -y yo no voy a hablar de este tema que corresponde tocar mañana, aunque sí conviene adelantar algo- que el Islam no constituyó, desde el primer momento, una unidad doctrinal, sino una divergencia en dos direcciones: aquella que trataba de hacer del Islam la religión de Dios, no la religión del Libro, sometiendo el Corán a un análisis racional y por consiguiente abriéndose a las culturas exteriores, que es lo que se ha denominado con el término sunnismo, porque sunna quiere decir tradición oral interpretativa; y la otra tendencia, que convierte el Islam en una religión del Libro, invirtiendo los términos, y exigiendo el cumplimiento del Corán al pie de la letra y todo lo demás serían consecuencias o aditivos.

Durante los primeros siglos de historia del Islam, hasta el siglo XI, la primera corriente fue en absoluto dominante porque de la primera manifestación religiosa, el primer mensaje, se hizo cargo una nación árabe, los árabes, y trataba de poner ese mensaje al servicio de esa misma nación, el arabismo. Entonces el Islam se convertía en la proyección divina sobre un pueblo, el pueblo árabe, al cual quedaba sometido. Y esto es lo que dura hasta el siglo XI con los dos grandes califatos que se suceden, el Omeya, que tendrá una segunda parte en España, el Abasida. De ahí que se haya creado entre los historiadores una idea que ya no responde a lo que sucedió después: la idea de la Córdoba del siglo X, o la idea de la Bagdad del siglo X, en donde la ciencia grecorromana encontraba su albergue y las grandes bibliotecas de Medina Azahara tenían montones de volúmenes.

Pero en el siglo XI se produce un relevo dentro del Islam: el elemento árabe es sustituido en occidente por los berberiscos, los almorábides, y en el oriente por los turcos, primero los etuquíes, después otomanos. Y ellos tienen que invertir el término: para ellos el sentido nacional carece de razón de ser. ¿Arabizarse?, de ninguna manera. El Islam es una cosa suya, lo importante no es ser árabe, lo importante es ser musulmán. Esta situación creó un estado de guerra muy fuerte entre la civilización occidental y la civilización islámica, que echó a perder todo lo que se había producido en términos de relación hasta aquel momento. Venció el mundo occidental, y acabó imponiendo a lo largo de los siglos XVIII y XIX un sentido de protectorado o de dominio sobre el mundo islámico. Pero cuando vino la liberación de este mundo, entonces, en esa coyuntura que es en la que ahora estamos viviendo, el siísmo tiene todas las de ganar en relación con el sunnismo. Es muy probable que contemplemos pronto en Iraq un fenómeno parecido al de Irán, al de la antigua Persia, o al de otros lugares semejantes.

Pero el tercer aspecto importante, que es el que fundamentalmente voy a tratar aquí, es: hay una crisis de la conciencia histórica; es decir, el mundo occidental experimenta una crisis de la conciencia histórica, y eso ha tenido tremendas consecuencias para nuestros días.

Hablaba al principio de que es necesario establecer una diferencia entre moral y ética. Ha triunfado la ética, de ésta hablan ahora todos los partidos políticos.

La moral afirma que existen una serie de principios objetivos que Dios ha establecido en el universo, como ha establecido las leyes físicas, de cuyo cumplimiento depende la conservación y desarrollo de la humanidad. El sexo, por ejemplo, desde el punto de vista de la moral, no es sólo un elemento gozoso, un verdadero regalo de Dios, es el instrumento a través del cual se está continuando la vida humana. Pero viene la ética y dice: las relaciones entre los hombres que deben guiar las conductas son establecidas por los propios seres humanos: nosotros nos reunimos y acordamos, del único modo que se puede acordar, por mayoría, cuáles son las normas a que deben sujetarse las costumbres. Y esto es lo que en esta civilización mundial triunfa. Ningún partido político se atreve a hablar de moral, todos hablan de ética. Y no es lo mismo. Nos confunden a veces porque llegamos a creer que están hablando de las mismas cosas. Una ética puede apartarse de la moral y de hecho se aparta. Por ejemplo, la ética actual no sólo admite el hecho antinatural de la homosexualidad, sino que pretende reconocer a los homosexuales aquellas funciones que eran propias únicamente del orden moral tal como Dios lo estableció. Podrán casarse (¿cómo casarse?) y podrán adoptar hijos (naturalmente no tenerlos). Los esfuerzos que se han hecho hasta ahora para una fecundación sin intervención de los cromosomas ajenos han fracasado, pero la ética acude en su auxilio y afirma el derecho a una adopción para poder constituir familias antinaturales.

Ahí es donde está el tremendo peligro. Pero sobre todo hay que prestar mucha atención a la crisis de la conciencia histórica que ha llegado a producirse, no digo en nuestros días, sino en los tiempos que van desde el siglo XVIII hasta hoy. Y de esto está hablando el documento más reciente que se ha dado a conocer, todavía un borrador, el borrador del preámbulo de la Constitución de la Unión Europea encomendado a una comisión que preside el señor Giscard d'Estaing, el cual, entre otras cosas, es grado 33 de la masonería. ¿Y qué es lo que dice en este preámbulo? Lo que dice es que Europa invoca dos tradiciones: una, el helenismo, es decir, lo que había antes del cristianismo; y otra, el Siglo de las Luces, es decir, la propuesta de Voltaire de reconocer que Dios no existe, que no es otra cosa que una creatura de la imaginación humana que la ha fabricado a su imagen y semejanza. Este es el tema. De Dios y del cristianismo no se habla. Y de Europa, que fue llamada cristiandad antes de ser llamada Europa, y que hasta mediados del siglo XVIII vivió inmersa -nos guste o no nos guste, esto es absolutamente indiferente- en los principios del cristianismo, debe borrar todo ese patrimonio para edificar desde la nueva ética, y no desde la moral, el futuro.

Nosotros utilizamos una misma palabra, Historia, para designar dos funciones distintas en la investigación humana. Una es el suceder, las cosas que suceden. El suceder humano en la tierra es muy corto. Solemos recurrir a una curiosa comparación: imaginemos que desde la presencia del hombre en el mundo hasta ahora hubieran discurrido 24 horas; pues de esas veinticuatro horas 23 horas y tres cuartos el hombre habría vivido en la prehistoria y la Historia es apenas un cuarto de hora, el último cuarto de hora en el desarrollo de la humanidad.

¿Qué quiere decir esto? Que lo que nosotros conocemos no es más que una parcela, y pequeña, de ese saber histórico. Pero ese saber histórico crea una conciencia, crea un modo de ser, crea un patrimonio. Los alemanes utilizan dos palabras para expresar estos dos conceptos, más rico a este respecto el idioma alemán que el nuestro: Geschichte es para ellos el conocimiento, la conciencia; Historie, es para ellos el suceder. Entonces surge automáticamente una pregunta. ¿Cómo discurre este suceder? ¿Es una línea recta o es un círculo? Se han formulado las dos respuestas y naturalmente cada una de ellas tiene unas consecuencias que debemos tomar en consideración porque son muy importantes. Las respuestas vinieron, una del mundo helénico, aquél que ahora invoca nuestra próxima Constitución para la unidad europea y concibe la historia, el suceder histórico, como un círculo. ¿Qué es una sociedad? Simplemente un ser vivo y por consiguiente este ser vivo, aunque sea un ser colectivo, está sometido a la ley de la existencia a que todos los seres vivos se hayan sujetos: tiene un nacimiento, una infancia, un desarrollo, una madurez, una ancianidad y una muerte. Esto fue explicado ya por Platón y después por Polibio. Pero desde otro punto de vista, desde Israel, desde el judaísmo, se presentó una visión de la historia completamente distinta: la historia es una línea recta, sin duda alguna con altibajos, pero una línea ascendente que parte de una desdicha de la humanidad, el pecado original, que rompió un estado previo de perfección, pero se va desarrollando a través del tiempo mientras el hombre recupera poco a poco las condiciones que Dios había querido que tuviera. El cristianismo toma esta noción y afirma: naturalmente esa trayectoria lineal empieza en nuestra conciencia hace ahora aproximadamente 5.000 años, empieza en el momento en que Abraham y su padre salen de la tierra de Ur. En eso hay un punto central que es la redención, que es la llegada de Cristo. Por eso el Concilio Vaticano II dice que Cristo es el centro de la historia, no sólo la razón de la historia, el centro de la historia en la que esta línea recta con altibajos va marcando el progreso del hombre, la posibilidad del progreso del hombre. Pero entonces es cuando viene también la disyunción.

¿Qué es progreso? Cuando a San Agustín, hace ya muchos siglos, se le planteó esta pregunta como muy urgente, dio una respuesta que curiosamente don José Ortega y Gasset también repitió en el tema de nuestro tiempo y que Juan Pablo II ha vuelto a rememorar en una de sus encíclicas. ¿Qué es progreso? Progreso es, desde el punto de vista cristiano, ser más, crecer. Todos los conocimientos, todos los bienes materiales, todo lo que el hombre está logrando, debería servir para un incremento de la humanidad de ese propio ser humano. Y en la medida en que lo consigue, en la medida en que es más sabio, en la medida en que es más bueno, en la medida en que es más responsable, es más hombre, en cuanto podemos decir que progresa. Ortega y Gasset nos decía que no es tener más sino ser más. Pero hoy, en la globalización mundial la respuesta que se está dando es exactamente la contraria: progresar es tener más, aunque ese tener más sea tener más bombas atómicas, aunque sea tener más elementos de destrucción.

Y ahí viene uno de los grandes problemas que tiene nuestro mundo: la terrible desigualdad económica que hay entre unos sectores de la tierra y otros distintos. Hoy prácticamente la mitad de la humanidad vive en condiciones inferiores, y una parte muy considerable, más del 20 por ciento, vive en la miseria absoluta que conduce a la defunción por hambre. Y este es un tremendo problema que no podemos soslayar porque está ahí: la falta de comunicación de los bienes materiales (son bienes, no nos engañemos, que nadie caiga en el error de creer que no lo son) está acentuando nuestras distancias, y por consiguiente preparando un futuro que por lo menos tendremos que calificar de preocupante. Esta es más o menos la situación.

¿Qué nos pasa a nosotros los europeos? ¿Estamos en el término de una de estas evoluciones como se había dicho? Hace unos años se hizo muy famoso un libro de Oswald Spengler, La decadencia de occidente. Probablemente alguno de vosotros le habréis leído, porque se hicieron traducciones a todos los idiomas y la edición española estuvo ampliamente difundida. ¿Qué es lo que venía a decir Spengler? Así como la vida humana tiene una duración que podemos calcular en torno a los setenta años, la duración de una cultura debe estimarse en una duración de mil años. La cultura occidental europea, continuaba Spengler, ha nacido en torno al año mil; por consiguiente en la medida que nos estamos acercando al año 2000 (él escribía esto entre 1928 y 1933) quiere decir que nos estamos acercando al final de esa civilización. Y se preguntaba (hay que tener en cuenta que Spengler era naturalista, no historiador, se dedicaba a hacer historia pero no tenía formación de historiador): si nosotros comparamos la cultura occidental con lo que significa el imperio romano, la vida romana, que también dura aproximadamente unos mil años, desde el 700 a.C. hasta el 300 d.C., nos vamos dando cuenta de que, en efecto, hay como una evolución interior también desde el punto de vista de los regímenes políticos. Y volviendo sobre Polibio, decía: no hay más que cuatro formas de régimen político; era la ley de Polibio que tiene que hacernos pensar y pensar mucho. Cuando una sociedad empieza su funcionamiento, entonces los hombres que la componen abdican de una parte de su libertad para entregar a uno de ellos el poder a fin de que pueda establecer el orden. Esto es monarquía. Pero naturalmente, como la monarquía forma parte de un organismo vivo, que es una sociedad, una cultura, o una ciudad, una polis o un imperio, tiende a envejecer, tiende a decaer. Y cuando la monarquía decae se convierte en un despotismo insoportable. Y entonces los pocos, la elite, los preparados, toman en sus manos la dirección, suprimen la monarquía y establecen la oligarquía; mantienen a lo mejor la figura del rey, pero como un adorno, pero montan la oligarquía. Y esto da una nueva etapa de descanso. Pero la oligarquía también tiene su proceso inevitable de envejecimiento, y acaba convirtiéndose poco a poco en una ococlacia, es decir, en un dominio de los que están arriba pero que no responden a los principios que ellos habían creado, como sucedió con la nobleza europea. La palabra que rodea a la nobleza es siempre una palabra estimulante. Todavía hoy, en el lenguaje corriente, decimos qué noble, qué caballero, qué dama, cómo juega, cómo cumple la palabra y tantas otras cosas. Mas llega un momento en que se convierte simplemente en los que disfrutan injustamente de un poder. Entonces hay un movimiento de sustitución y entramos en la democracia. Pero la democracia es el fin, de ahí ya no se puede pasar, porque la democracia trae consigo un proceso de decadencia, como todo proceso, que conduce a la demagogia. Y entonces las democracias que empiezan siendo regímenes que reconocen derechos políticos únicamente a una minoría de los más preparados, tienen que acabar al final reconociendo derechos políticos a los idiotas, a los excesivamente jóvenes, a los que no tienen preparación ninguna, y se entra prácticamente en la disolución. ¿Qué pasa con una sociedad que llega a este sitio? Según Spengler esto ha terminado. Y lo único que podemos hacer es resignarnos con esta situación y prepararnos a bien morir.

Esto le produjo a Hitler una reacción tremenda: quiso prohibir el libro. Se había publicado solamente el primer tomo en el momento en que Hitler llegó al poder. Pero intervinieron los consejeros de Hitler diciendo: no, porque esto puede servir también; y llegaron a un convencimiento para pedir a Spengler que hiciera una segunda parte explicando mejor las cosas. Es cuando él publicó un libro que se llama Años decisivos. ¿Cómo podemos escapar de esta especie de trampa, que lleva consigo esta inevitable decadencia de una sociedad?, decía él. Mediante el establecimiento de una sociedad nueva que tiene que partir de un pueblo nuevo: de ahí el racismo. He ahí que Hitler aceptara la idea del fin de la civilización occidental y anunciara que lo que él estaba creando era el nuevo milenio: ahora empezamos un nuevo milenio, empezamos una nueva cultura; ya hemos visto qué sucedió con todo esto; aquellas voces que arrastraban a la gente, de todo eso no queda nada. ¿Qué es lo que queda? Queda Estaing, y según Giscard d'Estaing, queda Voltaire.

¿Qué decía Voltaire? Voltaire es el que por primera vez inventa el término «filosofía de la historia». Y afirma d’Estaing que no se le puede entender si no tenemos en cuenta las dos cuestiones que ahora verdaderamente están en candelero; es decir, a Voltaire no le entendieron sus contemporáneos, pero el señor Giscard le entiende perfectamente: Dios no existe. Bueno, no existe, empezaba a rectificar, Dios es una criatura humana, lo que pasa es que nosotros hemos estado engañados durante mucho tiempo diciendo Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, cuando en realidad lo que queremos decir es que el hombre ha hecho a Dios a su imagen y semejanza. No sabiendo cómo explicar el problema del mundo, el ser humano inventa a Dios y le hace como él quisiera ser, es decir, hace un ser humano perfecto, inteligente, sumamente bueno, trascendente, todo lo que se quiera. Esta es una de las grandes ideas que lanza. La otra de las grandes ideas que lanza en 1756, es: la historia sigue una evolución geográfica: empezó en China (lo cual es completamente falso porque empezó en Mesopotamia, pero es igual), siguió a la India, pasó después al próximo oriente, a Europa oriental, a Europa occidental, y en el futuro no sabemos, pero probablemente tocará a América, que esto es lo que para mucha gente ha constituido como una especie de gran revelación. Es decir, se ha cumplido efectivamente eso porque hoy el poder está en los Estados Unidos de América, que no es solamente una gran potencia mundial, es la potencia mundial, que no es exactamente lo mismo.

Pero una vez establecido este principio viene lo que Hegel trata de llevar a la convicción de la gente: en esa evolución -decía Hegel- que es verdadera y es comprobable por los historiadores, lo que se está produciendo es una evolución dialéctica en el mundo de las ideas. Es decir: el hombre crea una idea y esa es la tesis, esa es la afirmación; pero automáticamente aparece lo contrario de esa idea, la antítesis; es decir, tesis frente a antítesis. Y del choque entre tesis y antítesis nace la síntesis que es la tercera parte. Y esto es aplicable a Dios.

¿Por qué decimos que Dios es la Trinidad? Porque en él se está dando también el proceso dialéctico: Padre, es la tesis; Hijo, es la antítesis; Espíritu Santo, es la síntesis. Así tengo yo explicado todo.

Pero entonces, ¿a qué se reduce la libertad? ¿Qué es la libertad? Y la respuesta a la que llegaba Hegel era decir: No hay más libertad que la que el estado pueda dar, que la que el estado quiera dar. Y así nació una de las grandes ideas que durante el siglo XIX y el siglo XX han venido dominando.

¿En qué consiste la revolución? ¿En suprimir el absolutismo del rey? Sí, el absolutismo del rey sí, pero no el absolutismo del estado. Es decir, la sustitución del rey absoluto por el estado absoluto. Y hoy estamos viviendo un estado que es lo más absoluto. El estado ha llegado al extremo de convertir a cada uno de nosotros en un recaudador de contribuciones, con la posibilidad de ser tenido por un delincuente porque al hacer la declaración de la renta se equivoca o trata de engañar, o trata de falsear y por consiguiente se le persigue. El estado es el que determina qué parte de la propiedad que uno ha adquirido con su trabajo debe ser confiscada en beneficio suyo. Y es lo que se está manejando como programa político por determinados sectores. El estado lo es todo: domina y no hay por encima de él ninguna otra instancia superior. Porque la única instancia superior que durante mucho tiempo Europa tuvo era el orden moral. Y ahora hemos sustituido el orden moral por el orden ético, y la ética la marca el estado. Es decir, es el estado quien decide si el matrimonio de los homosexuales es legítimo o no; nadie puede decir otra cosa.

De esta idea sacó Marx la suya. La dialéctica -dijo Marx- no se produce en el campo de las ideas, se produce en la realidad material. Hablando de materialismo dialéctico él también dio un salto atrás porque en realidad Marx no es original sino que está utilizando las doctrinas de Demócrito y de los epicúreos que vivieron en el siglo III antes de Jesucristo. Lo que Marx descubrió es que hay una posición económica, hay un pecado original económico, que es la propiedad de los medios de producción. Esta propiedad de los medios de producción provoca la antítesis que es la revolución que desea apoderarse de esos medios de producción, y la síntesis no puede ser otra sino la desaparición de la propiedad de los medios de producción para llegar a esa sociedad perfecta a que debemos aspirar, que es la sociedad sin clases.

Pero la inversión que introducía Marx era más grave todavía, porque la relación entre tesis y antítesis, cuando se traduce a un terreno económico y social se convierte en el odio. Él lo llamó la lucha de clases, pero, naturalmente, una lucha genera o ha generado previamente un odio entre esas clases, donde la única solución que cabe es que una clase sea destruida por la otra.

Veamos cómo lo dice, por ejemplo Mao Tse-tung: Se nos acusa de que nosotros queremos una dictadura. Es verdad, nosotros queremos una dictadura en donde entre el proletariado, la pequeña clase campesina, la media clase campesina, los funcionarios, que impida todo movimiento a los demás y los destruya. Este es el proceso de liberación.

¿Qué queda de todo esto? ¿Qué es lo que nos ha producido el siglo XX? Cuando pasen los años seguramente todo el mundo utilizará como una frase común y corriente algo que en los libros entre historiadores ya se está aplicando: el siglo XX es el más cruel de la Historia, porque todo aquello que se ofrecía a mediados del siglo XVIII como una convivencia entre los países al entregarle al estado esa voluntad de poder, no produjo otra cosa que una serie de guerras: guerras de Luis XIV, Guerra de Sucesión de España, Guerra de la Pragmática, Guerra de Siete años, guerras de la revolución, guerras del Imperio Napoleónico, Guerra de Crimea, Guerra del 70, Guerra del 14, Guerra del 39. Cada una de ellas presentaba una característica: multiplicaba por diez el número de víctimas que había causado la anterior. Y así es como en un momento determinado, 1947, tres europeos, con una característica que no se puede olvidar, aunque ahora se trate hasta de borrar su memoria, católicos practicantes: Alcide de Gasperi, Robert Schuman, Konrad Adenauer, dijeron esto es el fin, tenemos que cambiar, hay que renovar las cosas. ¿Se están renovando? Yo diría que no. Yo diría que la idea generosa que nació en 1947 para la creación de una Europa que fuera fiel a su patrimonio, ha sido abandonada, ha sido sustituida. En estos momentos lo que se pretende es simplemente una nueva lucha por el poder hegemónico. Un país ha rechazado entrar en la Comunidad Económica Europea mediante la moneda, manteniendo unas relaciones que son verdaderamente extrañas; otro país trata de hacer una Constitución en la que el Siglo de las Luces sea el elemento fundamental a tener en cuenta, y que el cristianismo y Dios sean borrados; y otro país está intentando convertir esto únicamente en un mercado en el que lo mismo da que sean europeos o no europeos los que entren con tal de que yo pueda ganar dinero. Que entre Turquía, ya es la reducción al absurdo. Esta es la situación dramática que estamos viviendo.

Mientras, la mundialización ha conducido a un esquema en el que hay una potencia de poder universal que prácticamente hace lo que quiere e impone su dominio (nos guste o no, podemos ser muy partidarios de Estados Unidos, eso no tiene nada que ver, pero hay que reconocer que esta es la situación), y existe un movimiento subterráneo que abarca la tercera parte de la humanidad que se propone destruir ese orden porque lo considera nacido del diablo, o poco menos.

En 1989 se publicaron dos libros muy importantes que quisiera comentar. El de Francis Fukuyama, El fin de la Historia, y el de Paul Kennedy, Auge y caída de los grande imperios. ¿Qué es lo que vienen a decir? En primer término hay que advertir que Fukuyama era -es, pues todavía vive- un alto funcionario del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Cuando empezó a publicar su tesis fue objeto de tres estudios sucesivos: el libro que normalmente conocemos, El fin de la Historia, no es mas que la maduración de dos trabajos previos que había lanzado para provocar una especie de debate para que se aclarasen las cosas. Fukuyama lo que estaba haciendo era la propaganda, la justificación del modelo de vida norteamericano.

Partiendo de Hegel, Fukuyama afirma: no nos engañemos, no existe para el ser humano otra posibilidad de libertad que aquella que puedan otorgar los estados dentro de los cuales viven. De tal manera que si yo soy súbdito de un estado que desea constreñir mis derechos y limitar mi actividad, puede hacerlo; y si yo vivo dentro de un estado que lo que procura es ampliar el espacio para que yo me mueva con cierta comodidad, también puede hacerlo. Por consiguiente, el fin de la historia, la meta de la historia (la palabra fin, cuando la decimos en castellano parece que se acaba la historia; no, fin es el objetivo de la historia), el suceder histórico tiene un objetivo, un fin, una finalidad; esta finalidad, dice, se ha alcanzado, o por lo menos se está alcanzando. Porque no cabe duda de que el modelo norteamericano compuesto de estas dos grandes virtudes: consumo y democracia liberal, ha conseguido proporcionar al ser humano el mayor espacio de libertad que puede darse en una sociedad. Por consiguiente hemos alcanzado ese fin, no podemos ir más allá, afirma Fukuyama.

Entonces, ¿cuál va a ser el futuro de la historia? Porque el suceder histórico no se detiene. Una vez que hemos alcanzado este objetivo en un modelo, en un determinado punto, lo lógico es que este modelo se extienda al resto del mundo. Entonces, democracia liberal y consumo deben ser los dos elementos fundamentales que debemos llevar a todas partes para convertir al mundo en un mundo libre y feliz. Y eso es lo que se está haciendo. A eso responde, indudablemente, la política norteamericana de los últimos tiempos. Primero maniobró con una gran habilidad para destruir la alternativa que podía significar el gobierno comunista, el mundo creado, que era mucho peor y que se derrumbó por su propia debilidad. Pero una vez conseguido esto, yo debo ir llevando el modelo a todas partes.

Para un historiador, cuando lee en la prensa los discursos de los políticos norteamericanos de que hay que llevar la democracia a Iraq, es como si le dijeran ahora que tiene que ser cantante de ópera: no tiene voz, no tiene edad; como si le dijeran que ahora todas las señoras tienen que vestir en bikini, también las señoras gordas y las señoras mayores. ¿Tratar de introducir la democracia liberal de origen calvinista en un mundo islámico? No sabe usted lo que dice. Pero esto es lo que, a través del pensamiento de Fukuyama, se estaba diciendo.

Paul Kennedy (era catedrático en una universidad de Illinois) publica un libro al que llama Auge y caída de los grandes imperios. ¿Qué explica aquí? Vamos a comparar el Imperio Norteamericano con el Imperio de Felipe II y vamos a ver qué es lo que ocurre. Y afirma lo siguiente: Todo imperio nace y se organiza en torno a una idea a la cual otorga valor universal. Está convencido de que sirve para todos y que dará la felicidad a todos. En Roma esa idea fue el Dux, que es lo que trató de llevar a todas partes; en la España del siglo XVI, el catolicismo, que también trató de llevar a todas partes; y en la Norteamérica de nuestros días, la democracia, que reviste -dice Kennedy- entre nosotros todos los valores y caracteres absolutos de una verdadera religión: es el bien indiscutible que debe ser comunicado a los demás pueblos. Esta es la misión, esto es lo que explica el sentido que dentro de la comunidad humana que sostiene a esos imperios despierta en ella una adhesión que a los otros suele extrañar; es decir, la guerra de Iraq, por ejemplo, ha elevado la credibilidad del presidente Bush dentro de Estados Unidos hasta unos límites que parecían un sueño pocos años antes, lo cual es cierto.

En esta misión cada gran imperio entiende que debe emplear los recursos de que dispone. Pero ¿qué ocurre? Cuando esta idea se comunica a otros pueblos inevitablemente va adaptándose a las costumbres divergentes de los mismos y por consiguiente cambia; digámoslo mejor, se deteriora, dice Kennedy. Cuando la democracia se aplica a un país africano, parece una broma. O cuando se aplica en países que tienen una tradición completamente distinta enseguida empiezan a buscar subterfugios para evitar el caer en un callejón sin salida.

¿Esta democracia existe en la España de hoy, en donde al ciudadano lo único que le permiten es votar una lista que una pequeña oligarquía encerrada en un despacho ha redactado previamente? Y sin embargo nosotros decimos que es democracia. ¿Es democracia un sistema en donde los partidos políticos no son otra cosa que apéndices del Estado, lo que impide la constitución de nuevas agrupaciones porque carecen de los medios materiales para llevarlo a cabo? Y sin embargo decimos que es democracia. Es decir, hay un desgaste. Eso ocurrió ya en el Imperio Español con el catolicismo. Pero además lo que ocurre es que conforme se va haciendo un esfuerzo para emplear los recursos de que ese imperio dispone para imponer o difundir o regalar a los demás la ley, va gastando estos recursos y llega un momento en que atraviesa un límite que es el límite de sus disponibilidades económicas.

Felipe II tuvo que declarar tres veces la quiebra del Estado. Eso es una cosa que se suele contar poco en los libros de texto. La primera, inmediatamente después de llegar al trono, porque los recursos de que disponía, aun trayendo la plata de América, ya no bastaban para asegurar una expansión política cada vez mayor que desbordaba las posibilidades del Imperio. Esto está ocurriendo ahora en Estados Unidos, decía Kennedy, y ahora lo estamos comprobando. En este momento la situación económica del Estado americano -no hablamos de las empresas- empieza a ser deficitaria. Para seguir adelante ese imperio necesita aumentar sus propios recursos reduciendo los recursos de sus ciudadanos, y entonces entra en contradicción. En ese momento, decía Kennedy, sobrevienen las tres guerras: la primera guerra es la guerra del paté: Lepanto para España, Corea para Estados Unidos. Es la guerra que no se pierde y no se gana, parece una victoria pero ¡qué clase de victoria! La segunda guerra es la guerra sucia, aquella en la que los valores fundamentales de la persona humana que uno está tratando de defender convirtiendo la guerra en una especie de campeonato noble, se deteriora. Para España la guerra sucia es la guerra del Flandes, para Norteamérica es la guerra de Vietnam, en donde el deterioro moral del soldado norteamericano excedió toda clase de pérdidas. Y luego viene la tercera guerra, la que lo mismo da ganar que perder porque ya se ha roto el equilibrio interno para que crean en ella. En España fue la Guerra de los Treinta años, que empezó con una serie de victorias que anunciaban la desintegración final. ¿Es esa la Guerra del Golfo? ¿Es esa la Guerra de Iraq? ¿Son esas las guerras que amenazan con continuarse?

Esas son las dos opiniones a que yo quería hacer referencia porque vienen del mundo americano. Pero, ¿qué pasa en Europa? No hay ninguna razón para admitir, como Voltaire quería, que Dios es una idea fabricada por el hombre. Más aún. Los últimos descubrimientos científicos están demostrando hasta la saciedad que es mucho más racional la imagen que los hombres de fe poseen acerca del universo que lo que en el siglo XIX se estaba difundiendo.

Todo el positivismo y la enorme confianza en aquella ciencia materializada se basaba en la concepción del universo como si fuera estático, moviéndose en su interior, pero que no puede crecer, que es como un profundo equilibrio sometido a la ley de la gravitación universal. Y hoy se nos dice: el universo ha tenido un principio, el big bang, probablemente hace cuarenta millones de años, y por consiguiente se encuentra en un estado de expansión. La desviación hacia el rojo de la luz solar está demostrando que todavía estamos en un proceso de desviación. ¿Qué ocurrirá si un día se detiene ese proceso, como parece lógico, y empieza otra vez un repliegue? No lo sabemos. Pero si lo primero que ocurrió fue una transformación de energía en materia, entonces, dicen los científicos de nuestros días, no tenemos más remedio, no nos queda otro remedio que aceptar la idea de un Creador, de una Fuerza previa que estableció la energía y permitió ese pequeño salto que es el gran saldo después en la distancia. Cuando leemos la Biblia advertimos que dice que al principio Dios creo la luz, y la luz es la energía. Es mucho más lógico. No quiere decir con esto que sea una demostración de las verdades de fe; pero sí que éstas no tienen nada de irracional sino precisamente lo contrario.

La idea de una autosuficiencia del hombre es también una idea equivocada. El hombre es -y ahora no puede ya nadie dudar de ello a través de los progresos que hemos conseguido por medio de la psicología, del psicoanálisis y de todos estos conocimientos- un ser trascendente, es un ser que no vive en la inmanencia como un animal cualquiera sometido a sus instintos. Se relaciona con el mundo externo y con unas relaciones que son afectivas: quiero, odio, desprecio, todo lo que se quiera; pero no tengo una actitud fría e indiferente como la que lleva consigo el instinto.

Estamos viviendo un tiempo de crisis, de revisión y de sometimiento a juicio, pero ¿dónde hemos cometido el error? Hace muchos años, Jacobo Durjal, que fue el mejor historiador del siglo XIX, y yo casi me atrevo a decir el mejor historiador de todos los tiempos, llamó la atención sobre que cada generación, cada sociedad humana, recibe un patrimonio que viene del pasado, porque esa es la condición indispensable del hombre. El ser humano se diferencia del resto de los seres vivos en que si no tuviera alguien que le acogiera al nacer y le atendiera, se moriría. ¿Por qué? Porque el ser humano no es una yuxtaposición de alma y cuerpo, no es un agregado que el alma se hace al cuerpo, sino que es una simbiosis perfecta entre el cuerpo y el espíritu, un complejo como ya decía Santo Tomás de Aquino, y por consiguiente cuando unos padres dan la vida a alguien, lo que están haciendo no es darle únicamente una existencia biológica, sino también anímica: están transmitiendo afectos al mismo tiempo que transmiten conocimientos. Entonces, una generación, desde el punto de vista histórico, lo que recibe es un patrimonio que viene del tiempo pasado y que es como una propiedad; cuando yo recibo en herencia una propiedad puedo hacer con ella tres cosas:

1. Tirarla a la basura, gastármela, deshacerla; eso es lo que hace el revolucionario: rompe con todo lo que hay del pasado y empieza a construir un mundo mejor. No se engañe, usted no construye nada, usted lo que hace es una birria de mil pares de demonios donde nadie puede vivir. Y la experiencia nos lo está indicando en los ejemplos que hemos tenido en Europa.

2. Puede tomar la actitud contraria, que es la del tradicionalismo a ultranza: ya está todo inventado, yo voy a conservar esto que tengo, no voy a gastar nada de él. También un gran error, porque eso significa una esclerosis cultural de la cual usted se muere inevitablemente.

3. Por consiguiente no hay más que una actitud sana: coger ese patrimonio y ponerlo a producir. Lo dice el evangelio: coger los talentos y producir con ellos. El que coge el talento y lo esconde bajo tierra es un imbécil que al final Dios rechaza.

Eso es lo que tenemos que hacer. ¿Lo estamos haciendo? No. La tremenda amenaza que pesa detrás de este proyecto de constitución europea de la que nos hemos enterado hace poco es el rechazo de la parte más sustancial del patrimonio que Europa tiene, el cristianismo, para decir: voy a construir de nuevo desde algo que viene de anteayer, del siglo de las luces, de la grandeur de France y nada más. Este es el gran problema. El gran problema de los procesos revolucionarios está precisamente en ese olvido del valor que tiene para todos nosotros esa herencia.

Un hombre debe aprender de sí mismo; nadie nace sabiendo, todo lo recibe de fuera. Imaginemos el hombre más sabio que haya conocido la humanidad nunca: lo que él aporta al conocimiento humano puede medirse por milésimas y nada más. Todo lo demás es lo que ha recibido de fuera. Todo investigador sabe esto muy bien. Cuando yo estoy tratando de explicar Historia no estoy descubriendo una Historia que yo haya hecho por mi cuenta. Lo que estoy es reflejando el estudio que he conseguido realizar de todo aquello que milímetro a milímetro han venido creando otros. Ese es el gran desafío que tiene Europa. ¿Será capaz de recoger todo el patrimonio que tiene en herencia y hacer con él un mundo nuevo?

No quisiera acabar con una nota de pesimismo, pero no puedo evitar pensar que no vamos por ese camino sino por otro distinto.

Europa es la suma de cinco naciones y nada más, y no otra cosa. Europa es Dante, y Cervantes, y Moliere, y Goethe, y Shakespeare. Y fuera de ahí no hay nada. Podemos inventar y sacar de la manga todo lo que queramos; pero ¿qué han producido otras naciones? Nada importante. En cada uno de estos grandes personajes que he mencionado hay una actitud de reivindicación del tiempo pasado, de aceptación del patrimonio y un relanzamiento hacia el futuro. Durante toda la Edad Media esta es una idea que apareció clarísima. En el Concilio de Constanza, que se reúne el año 1412 para resolver uno de los problemas más gordos que Europa tenía, que era el Cisma de Occidente, la división de la Iglesia, se reconoció ya de una manera oficial que no hay más que cinco naciones en Europa; y ahora esas naciones no se unen, al contrario, están tratando de introducir elementos halógenos a fin de poder seguir conservando un predominio económico que es lo que verdaderamente les importa y no subsumirse en lo que podría ser un patrimonio común.









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