El Risco de la Nava - Nº 202
Fecha Domingo, 25 enero a las 14:41:01
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 202 – 20 de enero de 2004

SUMARIO

  1. Los silencios y sus causas, por Ignacio San Miguel
  2. Sumar a los excluidos, de lanoticiadigital.com
  3. Cucaña electoral, por Ismael Medina
  4. Comentarios, por Españoleto
  5. La reforma de la Carta Magna y la voladura de España, por Álvaro de Diego


LOS SILENCIOS Y SUS CAUSAS
Por Ignacio San Miguel

En un artículo de El semanal digital se expone como causa del silencio que se observa sobre el tema del aborto, los intereses económicos que hay en juego.

Por supuesto, existen esos motivos puramente materiales para silenciar el tema del aborto, ya que se trata de una industria que mueve muchos millones, como acertadamente se señala en el artículo. Pero existen otros motivos aparte de los materiales.

La parquedad informativa que se observa en Europa, y concretamente en España, no rige en Estados Unidos, donde se está dando una apasionada guerra cultural entre dos modelos de sociedad: la «progresista», disolutoria de valores tradicionales, que posee desde hace tiempo los resortes culturales que aleccionan al pueblo, y la cristiana tradicional que pugna por recuperar los valores perdidos. En esta guerra, de la que aquí apenas tenemos información, el tema del aborto es preeminente. Tanto es así que hace poco un político republicanos declaraba: «Las cosas están claras. En este país la política nacional se resume en una cuestión: aborto sí, o aborto no».

En Europa una reacción similar no se está dando hoy por hoy. Si nos atenemos a España, donde se realizan anualmente 70.000 abortos legales, es raro encontrar en algún medio de comunicación alguna referencia a esta cruenta realidad.

Motivos de orden dinerario, ciertamente. Pero hay otras causas. No hay que olvidar que en España, así como en prácticamente todo el mundo occidental, los medios de comunicación y de forja de pensamiento están mayormente en manos de liberal-izquierdistas, tributarios de las ideas que eclosionaron en los años sesenta del pasado siglo, años de contracultura. Estos medios son defensores del derecho al aborto, del que son los fautores. Y una vez conseguida su implantación práctica, es natural que eludan polémicas sobre este asunto. Mejor callar.

Los motivos crematísticos no son incompatibles, sino al contrario, con esta posición ideológica. El gran capital y la izquierda están muy relacionados hoy en día. Tanto es así que se puede hablar de un capitalismo de izquierdas, comparable, si no superior, al de derechas. Se acabó el tiempo de la enemistad irreconciliable de la izquierda y el capital.

Por otro lado, existe en España entre los católicos una tendencia a criticar al gobierno del PP por su inhibición en el problema del aborto. Es más, piensan que la Iglesia ve con malos ojos esa posible pasividad. Creo que estas críticas son equivocadas e injustas. No quiero decir con esto que piense que el Gobierno sea inmune a la crítica, pero tendríamos que hacernos la siguiente reflexión: Un partido político en un régimen democrático liberal, busca sus votos pulsando el estado de opinión del pueblo que le vota. Si llega a gobernar, no tiene la pretensión de modificar un cambio profundo en el pensar de los ciudadanos, pues no dispone de tiempo para realizar esa obra. La servidumbre de las democracias es que los gobiernos no tienen una perspectiva muy larga ni segura de funcionamiento, por lo que no se afanan en ejercer una función reeducadora de la moral y las costumbres del pueblo, lo que, aparte del tiempo que llevaría, podría perjudicarles en sus ambiciones electorales. En resumen, y aplicando lo dicho al PP: Es mucho pedir que este partido gobernante se rompa los cuernos con posiciones antiabortistas cuando percibe que no existe un estado de opinión que lo demande.

Lo que ya resulta menos justificable es que el estamento clerical, que oportunamente y justamente ha condenado la práctica del aborto, disponiendo como dispone de tiempo sin límites, al no rezar con él las circunstancias anejas a los partidos políticos, y teniendo los púlpitos como medio de expresión pública continua, no emplee este tiempo y estos medios para crear ese estado de opinión que los partidos políticos se verían obligados a considerar. No hay duda de que el PP dejaría de ser indiferente al tema si comprobase una actitud beligerante en gran parte de su potencial electorado; y esto último sólo lo puede conseguir la Iglesia.

Es de destacar que esta actitud inhibida del clero comenzó también en los años sesenta mencionados, a raíz del último Concilio. Fue entonces cuando decidió abrirse al mundo y no criticarlo como hasta la fecha lo había hecho. Pero la conveniencia y justificación de esta actitud nueva está en entredicho.

De forma que al señalar los silencios (y sus causas) sobre el tema del aborto, no es posible obviar este silencio persistente que alienta a los otros silencios, quizás más ostensibles, pero menos sustantivos.
 

SUMAR A LOS EXCLUIDOS
lanoticiadigital.com

Las Elecciones Generales del próximo 14 de Marzo serán un referendo sobre el modelo de Estado. Una consulta en la que rivalizan desigualmente la España cohesionada y plural frente la España fragmentada y asimétrica. Sólo sobrevivirá la primera con la victoria del PP por mayoría absoluta o con un eventual apoyo de opciones patrióticas sin representación parlamentaria a día de hoy. Un resultado diferente ya sea en forma de triunfo del PSOE o de victoria pírrica de Mariano Rajoy que la obligue a repetir el pacto con CiU y Coalición

Canaria, volvería a dar alas a la sangría nacionalista sobre un cuerpo –España- al que sólo le quedan las competencias básicas de un Estado soberano.

Una victoria popular por mayoría absoluta permitiría el desarrollo legislativo del artículo 155 de la Constitución, necesario para suspender las competencias de las Comunidades Autónomas que han desafiado o consideran desafiar la unidad nacional. Si a tal extremo se llega para hacer frente a la vía soberanista del nacionalismo vasco o a una similar deriva del tripartito catalán, supondrá la quiebra definitiva del Estado de las Autonomías consagrado en la Constitución de 1978. Una senda que habrá que recorrer para mantener la solidaridad nacional sobre la alianza de nacionalistas y partidos de izquierda.

Pero en la defensa de España no sólo basta el voto al PP; su electorado no alcanza a los españoles excluidos de los beneficios económicos asociados a las dos últimas legislaturas. En las manifestaciones del 1º de Mayo y en los conflictos laborales que se mantienen, faltan banderas de España. Es necesario que una opción política galvanice a los excluidos de los réditos del PP en un proyecto nacional sobre la base de que sólo la solidaridad que engloba la Nación les asegura una oportunidad para ellos y su descendencia. En esta ocasión, si la izquierda sigue contando con el apoyo de los menos favorecidos, la traición será doble pues la hipoteca de una alianza con nacionalistas eclipsará cualquier oportunidad para la política social.

Hay que llenar ese espacio político.
 

CUCAÑA ELECTORAL
Por Ismael Medina

Tuve un amigo que ya desde niño demostró una llamativa capacidad para el trapicheo. Lograba engatusar con sus fantasías incluso a quienes le conocíamos. A lo largo de toda su vida se enredó en muy variadas aventuras de las que generalmente salió ganador. Casi siempre a costa de hacer perdedores a quienes sedujo. Una de sus hazañas consistió en convencer a los vecinos de un pueblo para que suscribieran las acciones de una tentadora empresa que les daría trabajo además de sustanciosos dividendos. Pasó el tiempo sin que apareciera traza alguna de que se construyera la empresa prometida ni se pagaran los dividendos esperados. Los vecinos, hartos de esperar, se manifestaron ante el Ayuntamiento. El cabildo, reunido en sesión extraordinaria, decidió interponer una querella por estafa. Pero antes de que eligieran al letrado que habría de presentarla, apareció en el pueblo el promotor de la fantasmal empresa acompañado de un notario y con un maletín repleto de billetes de mil pesetas. Convocó a los vecinos en la plaza mayor y desde el balcón del Ayuntamiento y tras mostrarles el contenido del maletín, repleto de billetes de mil pesetas, vino a decirles que una serie de dificultades burocráticas habían retrasado el comienzo de las obras, pero que ya estaba todo resuelto. A renglón seguido, tras solicitar del notario que diera testimonio de su oferta y de lo que cada accionista decidiera, les ofreció comprarles las acciones con un sobreprecio del diez por ciento en aquel mismo momento como demostración de que no pretendía engañarlos. Reclamó asimismo que renunciaran a toda acción judicial, vendieran o no. La codicia de los vecinos venció sus recelos y sólo seis de ellos renunciaron a quedarse con las acciones. El promotor marchó del pueblo con el maletín lleno y con el acta notarial que le exoneraba. Como era de presumir, la empresa quedó para siempre en agua de borrajas. Me ha hecho recordar aquel suceso la actual precampaña electoral, continuación de una prolongada anteprecampaña que se ha desarrollado durante toda la legislatura. Unos y otros partidos se comportan como mi viejo amigo. Prometen el oro y el moro a sabiendas de que difícilmente podrán cumplir sus promesas. Las elecciones son para ellos una cucaña cuyo premio es el poder. Y el poder, como en muy lejanos tiempos aleccionaba un filósofo cínico, es la más poderosa de las pasiones pues desde el poder se pueden satisfacer con holgura todas las demás. En particular cuando se trata de políticos sin escrúpulos. A los partidos no les son suficientes las subvenciones que legal y gratuitamente les aportan las arcas del Estado y es ridículo el montante de las cotizaciones de su reducida militancia. Para sufragar los desmesurados costes de su estructura han de recurrir a quienes atesoran el dinero, siempre a cambio de sustanciosas regalías otorgadas desde el control partidista de las instituciones. Un toma y daca que convierte a los partidos en deudos de los grandes grupos financieros que, por si fuera poco su capacidad de coacción, están detrás de las redes mediáticas, cada vez más oligopólicas, y de empresarios agiotistas. En algún caso con inaudito descaro. Me refiero, por supuesto, al maridaje entre Polanco y el PSOE, el más ostensible de todos. Es difícil discernir si los medios de Polanco (Polancone le ha llamado en más de una ocasión el diario digítal Hispanidad) se limitan a respaldar al PSOE a la espera de sustanciosos réditos, o si el entorno de éste ha dictado una parte nada desdeñable del programa electorero de la desquiciada quinquicracia zapaterista, especialmente en la desviación capitalista de su propuesta económica, apenas enmascarada por la envoltura demagógica de acciones sociales que conducirían a la quiebra de la economía nacional y de la Seguridad social. Tampoco saldría malparado el grupo financiero polanquista con la fantasiosa reforma educativa zapateril. Ningún serio pedagogo avalaría el engendro. Pero sería un chollo para el sector editorial de Jesús del gran poder. Once insoportables horas diarias de escolaridad y sólo un mes de vacaciones, amén de un ordenador para cada dos alumnos, multiplicarían extraordinariamente la exigencia de material. Y en ese ámbito arrambla ya Polancone. Pero la cubanización de la enseñanza -los niños y los jóvenes son patrimonio del partido-estado- se llevaría la mayor parte del pastel, si no todo menos los adornos, poniendo a la Hacienda pública en trance comatoso. Escribió hace años un politólogo francés -puede que fuera Jouvenel o acaso Revel, pues no dispongo de tiempo para fijar la cita- que una constante de la alternancia política se ha traducido históricamente en que la izquierda desmantela la estabilidad económica y social de las naciones para que luego la derecha la recomponga. Lo ocurrido en España desde el siglo XIX a nuestros días viene a confirmarlo. Y de manera aleccionadora el más próximo contraste entre los resultados del periodo felipista y el aznarista. Exhumo a este propósito la entrevista en 1964 entre el presidente socialdemócrata de Venezuela -creo que se apellidaba Illich- y el ministro español de Trabajo, Jesús Romeo. Después de ardua negociación accedió el presidente a recibir al «ministro franquista» durante cinco minutos en su residencia veraniega. Pero el encuentro se prolongó más de una hora. El presidente había sido anteriormente ministro de Trabajo y de inmediato conectaron. Acompañé a Jesús Romeo y viene a cuento el recordatorio de una de las confidencias presidenciales. Dijo que una política social realista debe abordarse en rigurosa concordancia con la política económica. Y que estaba resuelto a no promover más leyes sociales después de algunas amargas experiencias. Explicó que la demagogia partidista introducía en el trámite parlamentario innovaciones cuyo cumplimiento ocasionaba grave daño a la economía e irrealizables en la práctica los beneficios sociales pretendidos. El programa polanco-zapateril está aquejado de análoga discordancia. Su aplicación conduciría a una ruda regresión económica y social, de la que se beneficiarían exclusivamente los dueños del dinero. Haría más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Sólo cabría la esperanza de que, como aleccionó Tierno Galván -es inevitable recaer en el tópico- los programas electorales se hacen para no cumplirlos. Mejor que sea así, aunque no puede desdeñarse el riesgo de que quienes los proponen crean que son válidos y se empecinen en ponerlos en práctica si acceden al poder. Y temo que Rodríguez Zapatero y su compaña padezcan este tipo de alucinaciones. La mayor alucinación, rayana con lo demencial, radica sin embargo en poner en grave riesgo la existencia de España por la obsesión de tocar poder. El PRISOE es capaz de las mayores atrocidades con tal de abrir el saco de las prebendas. La humillante sumisión al delirio taifal de Maragall, la aceptación del ansia de Pachi López por avenirse con el PNV, las cucamonas en Galicia con el BNG, y tantas otras avenencias de cualquier índole y ámbito están fuera de toda presunción de coherencia política. El futuro de España parece importarles un rábano, si a cambio de desmembrarla se apoderan de la sala de los botones de un estado que han puesto de antemano en almoneda. La más reciente de las incongruencias que nos regala el zapaterismo ha sido la desautorización de Rodríguez Ibarra sobre el sistema electoral. No descubre nada nuevo el virrey de la taifa extremeña al hacer suyo el modelo alemán de una cámara política y otra cámara territorial. Sólo ha errado en la argumentación al decir con claridad meridiana que la aplicación del modelo germano impediría la presencia de los nacionalismos en el Congreso de los diputados. Alemania está configurada como estado federal, aunque sus lander tengan menos competencias que las atribuidas a las taifas secesionistas y las añadidas que arrancaron a los gobiernos de la nación mediante diversos tipos de chantaje. Un principio inexcusable de equilibrio institucional requiere que la representación política en la cámara de los diputados proceda de un colegio nacional para su elección mientras que la elección para la cámara territorial se circunscriba a los lander. El mismo sistema para las dos cámaras sería incongruente y pernicioso. La exclusión de los partidos que no obtengan en el colegio nacional más del 5 por 100 de los votos es discutible si la democracia se concibe como el respeto a los derechos de las minorías. Pero la democracia concebida como oligopolio partitocrático precisa de su exclusión para garantizar mediante un bipartidismo como el norteamericano la ficción de la alternancia. Es consecuente que la frontera del 5 por 100 se haya generalizado dentro y fuera de Europa. Lo absurdo, que Rodríguez Ibarra ha puesto de manifiesto, y a Zapatero en evidencia, es que niegue el colegio nacional para el Congreso de los Diputados el partido que reclama con insistencia la reforma del Senado para convertirlo en cámara territorial. La diferenciación neta entre Congreso y Senado viene exigida por el interés de una España desmedulada al amparo de una constitución hecha de retazos, de cambalaches y de presiones sectarias. Y también el instinto de defensa de una desmadejada y peculiar democracia cuyo andamiaje amenaza con venirse abajo.
 

COMENTARIOS
Por Españoleto

CONTINÚA LA MATANZA DE MISIONEROS

Veintiséis misioneros cristianos han perdido la vida en el 2003 a manos ajenas en el ejercicio de su misión, según la Agencia Zenit, del Vaticano. Se trata de un dato silenciado a la opinión pública española, a la que se mantiene preferentemente informada de la «agresividad cultural occidental» frente a la «tolerancia» de otras culturas. Y es un indicio de que las misiones tienen vitalidad, al colocar a tantos héroes en lugares de martirio
 

GARANTÍA DE LA UNIDAD DE ESPAÑA

Así califica Rodríguez Zapatero a su partido en la presentación de sus candidaturas para las próximas elecciones nacionales. Afirma también que su partido representa la realidad española y es la mejor fórmula de cohesión de la Nación.

Lo dice al mismo tiempo que está coaligado para el gobierno de Cataluña con alguien que dice querer su independencia y que afirma que España es una Nación antipática, de la que se quiere salir.

¿Quién entiende esto? Es comprensible la táctica del PP de desentenderse de lo que dice el PSOE, al menos hasta que digan algo aprensible.
 

USA APOYA LA CANDIDATURA JAPONESA AL ITER

Los americanos han declarado su convencimiento de que la propuesta japonesa para el ITER es mucho más conveniente que la europea (es decir, la francesa). No mencionan la propuesta canadiense, pero es de suponer que la subordinen. De ello puede vaticinarse que el principal esfuerzo de desarrollo de la Fusión Nuclear irá a Japón, con evidente perjuicio para la UE.

¿Qué hubiera pasado si la candidatura europea no hubiera sido la francesa?
 

PALESTINOS CRISTIANOS

Se hace público que un palestino cristiano ha descubierto que su hija se preparaba como mártir suicida. Aparte de la incongruencia que supone, el incidente sirve apara recordar el acogotamiento al que están sometidos los cristianos entre los implacables israelitas y los locos musulmanes. Mantener su personalidad cultural en una posición minoritaria supone un heroísmo no reconocido por los cristianos del resto del mundo, tan dados a mirar hacia otra parte.
 

IBARRA HABLA CLARO

El Presidente de Extremadura ha propuesto excluir del Congreso a los partidos que no alcancen un 5% del voto nacional. Apunta a los nacionalistas y regionalistas, claro está. La propuesta levanta interés popular y escándalo en los políticos, que no pueden permitirse opinar en contra de la corrección política imperante. Al día siguiente retira la propuesta, con la retranca suficiente para demostrar que sigue considerándola conveniente.

Con todo ello ha demostrado que sigue hablando tan claro como siempre. Y ha puesto en evidencia la cobardía de la clase política española, incapaz de tomar la iniciativa en la lucha contra el separatismo. Lo que se ha logrado con los terroristas es aún impensable contra quienes atacan a España.
 

LA REFORMA DE LA CARTA MAGNA Y LA VOLADURA DE ESPAÑA
Por Álvaro de Diego

Quizá el debate político actual más fructífero y determinante con vistas a 2004, tanto por la trascendencia del asunto como por la amplitud de los participantes en él implicados, es el de la posibilidad de reforma del texto constitucional. Coincidiendo con la celebración del XXV aniversario de nuestra Carta Magna, han aparecido voces partidarias del cambio que describen una amplia curva.

Frente a los partidarios del mantenimiento incólume de la letra de nuestra norma hipotética fundamental (los ponentes constitucionales o el propio presidente del Gobierno, por ejemplo) o a los defensores de la moderada «mutación» (el presidente del Tribunal Constitucional, por no ir más lejos), Zapatero o Fraga han coincidido en su propuesta de modificar el Senado para dotarlo de atribuciones reales en cuanto a la representación territorial del Estado.

Por otro lado, también se han registrado propuestas más o menos atrabiliarias que, de hecho, tratan de socavar los valores defendidos en la Constitución. Aunque absolutamente inane dada la salida del Gobierno catalán de CiU, debe destacarse la petición rocambolesca de Artur Mas a las autoridades de la Unión Europea relativa a un equipo de catalanes integrado en la selección deportiva de Andorra.

Extraordinariamente más preocupante se revela el Plan Ibarretxe, un desafío en toda regla no sólo al Estado, como habitualmente se expone por activa y por pasiva, sino, sobre todo, un desafío en toda regla a la decisión popular que lo funda. Con gracejo y sorna, Rosa Díez ha descrito los devaneos separatistas de aquél a quien tiene por un iluminao: «Va a resultar que somos el único país del mundo en el que el pueblo invadido tiene una renta per cápita más alta que el pueblo invasor».

El pacto de gobierno para la Generalitat de Cataluña suscrito por Maragall con los independentistas de ERC suscita, cuando menos, recelos por parte de quienes creemos en una unidad de la nación española no sólo compatible sino directamente entroncada con la pluralidad del acervo cultural que la integra. Las credenciales de Carod-Rovira son inequívocas; su formación política declaró, desde el Gobierno autonómico, el Estado catalán dentro de la Federación Ibérica en los años treinta. Pero la clave está más bien en el ambiguo Maragall, forjador del camelo insolidario del «federalismo asimétrico». Mientras el PSOE asemeje mantener diecisiete propuestas distintas de Estado la realidad de un proyecto sugestivo de vida en común será inviable.

Los ponentes constitucionales firmaron una declaración simbólica con motivo del cuarto de siglo de la Carta Magna, en la que solicitaron «respeto» a los valores, principios y reglas de juego establecidos en 1978 como «garantía imprescindible para el futuro». Gabriel Cisneros, Manuel Fraga, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Gregorio Peces Barba, José Pérez Llorca y Miquel Roca, a los que se sumó luego Jordi Solé Tura, ausente del encuentro en Gredos por motivos de salud, coincidieron en resaltar que «permanecen incólumes el espíritu de reconciliación nacional, el afán de cancelar las tragedias históricas de nuestro dramático pasado, la voluntad de concordia, el propósito de transacción entre las posiciones encontradas y la búsqueda de espacios de encuentro«. Los «padres» de la Constitución exigieron que cualquier reforma fundamental se lleve a cabo con «idéntico o mayor consenso» que el que existió entonces.

Por su parte, distintos académicos de la Historia recalcaron igualmente la improcedencia de toda reforma. Profesional tan reputados como Carlos Seco Serrano, Miguel Artola, Gonzalo Anes o Luis Suárez, que han tachado de disparate el Plan Ibarretxe, señalaron también la necesidad de un consenso incluso superior al de finales de los setenta para impulsar todo cambio.

No obstante, a veces parece que ante la ofensiva nacionalista se toman caminos tangenciales. Es muy loable que el patriotismo se exprese en términos de lealtad constitucional, más aún si España disfruta del régimen político, con todos sus defectos (que indudablemente los tiene) más avanzado e integrador de su historia. Pero la propia Constitución no surge por generación espontánea, sino que emana de un constituyente cualitativamente superior.

En el preámbulo del propio texto se indica expresamente que es la «nación española» la que proclama su voluntad de fundar un determinado orden político; y en el artículo primero se asevera que la soberanía nacional reside en el pueblo español. Sólo existen dos caminos para abrogar un sistema de principios jurídicamente dispuestos: la reforma o la ruptura. Toda reforma de nuestro ordenamiento fundamental es absolutamente admisible si respeta la soberanía nacional española. Exigirá únicamente consenso de las fuerzas sociales y políticas. Otra cosa es negar al constituyente, lo que sólo se justifica en que los españoles dejen de sentirse una comunidad de convivencia.

Tocar las bases fundacionales de la Constitución, ya sea abierta o subrepticiamente (Ibarretxe sostiene que su Plan no es inconstitucional), no exige consenso. Exige unanimidad. La clase reformista del franquismo y la oposición al régimen autoritario que hicieron la Transición consensuaron el horizonte del Estado español: estado de Derecho, monarquía parlamentaria, descentralización, etc. Se mostraron unánimes en que sólo el pueblo español era dueño de su futuro.

Coincido plenamente con Gabriel Cisneros en que la reforma de la Carta Magna no debe atender a «preocupaciones de la elite gobernante o de los medios de comunicación» sino al «clamor social» ciudadano, un clamor que al día de hoy no existe. Y no existe, entre otras razones, porque el ciudadano medio desconoce el contenido de la Constitución.

No nos engañemos, el debate sobre la reforma constitucional lo protagonizan esencialmente quienes desean acometer sus proyectos secesionistas de ruptura con una realidad histórica que se llama España.







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