Altar Mayor - Nº 91 (09)
Fecha Sábado, 03 abril a las 10:22:41
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 91 – Febrero de 2004

EL ANTIFRANQUISTA SOY YO
Por Juan Luis Calleja

Carlos Semprún Maura publicó en La Razón un interesante alegato con ese título. Carlos Semprún es un veterano de la izquierda, campo donde ha ido de un lado para otro, un tanto zarandeado por los disparates del propio campo. Fue agente comunista y es ahora pregón anticomunista. Es antifranquista con larga historia que mira y alude de reojo a los que, sin haberlo sido, presumen de ello. Todo eso, y otras cosas, sabe explicarlo con un estilo despierto, hablando de su vida y de su familia.

A Carlos Semprún Maura no lo conozco ni de vista y nada tenernos en común, salvo, esto es curioso, un poco de esa familia: unos sobrinos con apellidos de su madre y de la mía. El actual duque de Maura, por ejemplo, es hijo de un sobrino de Semprún y de una de mis primas hermanas. ¿Cómo, Semprún, pudo hacerse comunista? No lo sé. En cuanto a sus motivos para apuntarse a la coreografía contra Franco, me parecen más teóricos que prácticos, en un sentido; y mucho más prácticos que justos, en otros. No voy a discutirlos. Sólo intentaré replicarle por qué yo, contemporáneo y «recontrapariente» suyo, no he sido, no soy ni seré antifranquista. Me lo impiden la memoria, la gratitud y el entendimiento.

Mi memoria: Al mismo día siguiente de invadirnos la República, 1931, vi cómo se ahorcaba a un enorme muñeco igual que Alfonso XIII, entre chiflas y risotadas. Al mes siguiente, desde un alto balcón de Goya 95, vi las manchas de humo saliendo de iglesias y conventos incendiados. Poco después, un tío carnal, jesuita, fue echado de España, por jesuita. Un día de aquellos, al llegar a mi colegio, creí que habían expulsado también a todos los marianistas porque parecían sustituidos por maestros civiles. Pero no era tanto. La República democrática sólo había prohibido los hábitos religiosos en la enseñanza, generosamente. Tenía yo ocho años.

Un verano más tarde, el de 1932, masas «republicanas» de Santander respondieron al general Sanjurjo apedreando y quemando el Club Marítimo, enfrente de donde yo vivía. Aquellas larguísimas llamas (el club era, casi todo, de madera) nos hicieron huir a casa de mis abuelos.

Octubre de 1934. Madrid. Se refugian entre nosotros los primos Cernuda, escapados de la revolución de Asturias. Ya no nos asombra lo que nos cuentan, aunque es espantoso. También en Cataluña se sublevan contra España. Otro tío mío que trabaja allí preocupa a mi padre, que sufre un infarto de miocardio. Quiso Dios que saliera adelante.

1936: Huelgas, asaltos, tiroteos, muertes. Por si fuera poco, Largo Caballero amenazó con «cerros de muertos y ríos de sangre» si sus planes socialistas se frenaban. Teníamos miedo. Yo iba al colegio llevando en el revés de la solapa una tarjeta con mi nombre y mis señas, algo así corno la chapa de identificación militar en tiempo de guerra. Yo tenía trece años y ya discutía de política, como todos los chicos de mi edad que veían muy claro, y lo decían, que se iba a armar la gorda. Gil Robles, amenazado, se va a Francia.

14 de julio de 1936: Bombazo congelador: Calvo Sotelo ha aparecido muerto a las tapias de un cementerio. Lo han tirado allí los guardias de asalto que lo sacaron de su casa. !Guardias de asalto de la República! Como dijo más tarde Gil Robles, ya no era posible la paz. Lo veíamos hasta los niños.

Rompió el Alzamiento. No pudo cogernos de sorpresa. Algo así esperábamos como inevitable. Pero la reacción de la izquierda radical, crecida allí donde el Movimiento fracasó, fue satánica.

En 1936, mis padres se habían mudado al paseo de Rosales, junto al parque del oeste y no lejos de la cárcel Modelo. Aún tengo en los oídos el estruendo de las matanzas, en la cárcel, y los tiros nocturnos en el parque. Mataron de todo: curas, civiles y militares; monárquicos y republicanos; hombres y mujeres; familias enteras, como la de mi condiscípulo Arizcun.

Gracias a que mi abuelo materno nació en Cuba, mi padre logró el pasaporte cubano para mi madre y sus hijos, que salimos para Alicante, rumbo al «Gipsy», destructor británico que nos llevaría a Marsella. Aún me angustia recordar a mi padre quedándose solo en el andén de Atocha mientras el tren nos arrancaba de su lado. Mi padre nunca se había metido en política. Como editor, había publicado obras de izquierdistas de gran relieve, como Pérez de Ayala y Azaña. Sin embargo, hubo de pedir asilo en la embajada de Méjico (Méjico, con jota) y su casa de Rosales fue saqueada, vaciada, con la fontanería rota por quienes hasta en las tuberías buscaron escondites. No dejaron ni un libro. Y hablando de libros: mientras esto escribo, no voy detrás de literaturas. Sólo me gustaría contar aquello como lo habría hecho el chaval que entonces era yo.

En Alicante, unos agentes, de no sé qué, expropiaron a mi madre el poco dinero que llevaba encima. En Marsella, pudo arreglárselas gracias a Maurice Robert, editor francés, para ir en tren a San Juan de Luz, donde nos esperaban mis tíos Peña que habían escapado, a tiempo, de «la que se va a arman». Mi tía Elvira, la estoy viendo en la estación, esperaba un niño que resultó niña y que es, hoy, la duquesa viuda de Maura, madre de los sobrinos que yo comparto con Carlos Semprún Maura.

Gracias a la ascendencia cubana, y al muy previsor transplante a Francia o a las piernas escuetas, Escudo arriba, casi toda mi familia de Santander se salvó. De los nueve que no escaparon, seis fueron asesinados. Seis.

Diciembre de 1936: Paso a zona nacional con mi madre y hermanos. Efecto sedante. La bandera de siempre era otra vez la bandera. Las calles respiraban tranquilas y limpias. Las iglesias abiertas. Curas y monjas, con sus hábitos. Mi tío jesuita, vuelto. Todo funcionaba. Había ya un «Auxilio Social», germen de la Seguridad Social. Fue entonces, en Burgos, cuando nació la ONCE. Mi hermano menor y yo hicimos tres cursos del Bachillerato, de un Bachillerato muy mejorado en plena guerra, con más sosiego y más tranquilidad que antes, en Madrid. La zona nacional parecía en paz. Sólo la variedad y abundancia de uniformes, y los heridos, recordaban la guerra, en la retaguardia. Y, claro es, las noticias; buenas, casi siempre.

Cuando oímos el último parte y, terminada la guerra, volvimos a Madrid, lo encontré como ennegrecido, triste, pobre. Además, todas mis cosas de niño habían desaparecido, robadas de nuestro saqueado piso en Rosales.

Queda mucho sin contar de aquel tiempo. Dejémoslo. Pronto hirvió el de la Guerra Mundial. Y nos libramos de ella. ¿Nos damos bien cuenta? Con Franco, nos librarnos de ella. Sí, ya sé: todo lo bueno que se hizo en su régimen, se atribuye a otros. Franco era un dictador espantoso, terrible, que dejaba de serlo cuando quería entrar en la guerra, o rechazar la industrialización, o frustrar la ONCE o fastidiar al obrero. En casos así, sus equipos, los equipos nombrados por él, no le hacían ni caso y resolvían como les daba la gana. ¡Bueno!

Hay una célebre fotografía de Hitler envejecido, encorvado, con cara de frío y el cuello subido del capote, ante unos soldados, en los finales de aquel horror. Hitler da unas palmaditas en la mejilla de uno de ellos, casi niños de no más de quince años. Alemania se había quedado sin hombres de diecisiete a cincuenta. Y esto habría sucedido aquí, si hubiéramos entrado en la guerra. Es decir que millones de españoles actuales fueron concebidos, paridos y criados gracias a la paz mantenida por aquel hombre que, además, dejó a España en el puesto noveno entre los adelantados del mundo.

La memoria, la gratitud y el entendimiento no me dejan apuntarme al bando de Carlos Semprún Maura, mi admirado y desconocido «recontrapariente».

Tengo en la memoria aquel fantoche ahorcado como Alfonso XIII, la quema de los conventos, los horrores de Asturias y Cataluña, el asesinato por agentes oficiales del Jefe de la oposición, las orgías de sangre en la Modelo, nuestra huida a Francia, los seis asesinados de mi Familia, mi padre solo y amontonado en la embajada de Méjico con otros cientos de refugiados en peligro...

Siento gratitud por el triunfo redentor sobre tanta lágrima; por el pasmoso quiebro torero ante Hitler de un diestro apodado el Caudillo, a quien debieron la vida las quintas de aquel tiempo y se la deben sus descendientes de hoy: millones; y siento pasmada gratitud por la increíble carrera de España hasta el noveno puesto mundial. Sin apenas impuestos.

Con gratitud y memoria, mi entendimiento dice que no, que el antifranquista no puedo ser yo. No me gustan nada los antifranquismos oportunistas que tampoco entusiasman a Semprún Maura, si leo bien sus siempre palpitantes artículos.

A quien mi entendimiento cree comprender es a su Majestad el Rey Don Juan Carlos I cuando nos habla de trabajar y discutir en Democracia, con el futuro en la cabeza y dejando en paz a Franco. Que nadie lo ataque en su presencia. Que le debemos mucho.









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