Altar Mayor - Nº 92 (17)
Fecha Martes, 06 abril a las 11:15:33
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

Año Santo Compostelano
A UNOS 600.000 PASOS (2)
Por Juan José Alonso Escalona

Martes 5 de agosto: Sahagún-Burgo Ranero

En realidad la etapa podría plantearse Sahagún-Mansilla de las Mulas, lo que supondría unas 9 horas de marcha, todo un maratón. Sin embargo, consultada la Guía y saber que en Burgo Ranero había Albergue y que era de los mejores del Camino, me pareció más razonable plantear 2 etapas: una de 15 Km. aproximadamente, hasta Burgo, y otra 18 km. para el día siguiente.

Salí de La Asturiana dando las 7 en el reloj de la torre de San Tirso. Crucé de nuevo, el Arco de San Benito y, enseguida, apareció la primera flecha amarilla indicándome el Camino a seguir. Es bastante impersonal este arranque del Camino.

Pasado el puente del río Cea, lugar histórico de una de las más cruentas batallas entre las tropas cristianas y musulmanas, se sigue por la carretera en dirección a León, y llegados al cruce de circunvalación, se accede al gran «andadero».

El interés por el Camino de Santiago ha hecho posible el acondicionamiento de este sendero, paralelo a la pista de servicio agrícola. A lo largo de unos 30 Km. se han plantado árboles distanciados unos 10 m. el uno del otro y se han situado bancos a lo largo del trayecto, así como mesas con bancos de piedra en sitios propicios para el descanso.

Dejando a mi derecha Calzada del Coto, me fui adentrando en el andadero. Por la pista de servicio agrícola pasaban camiones, tractores y coches dejando tras de sí una polvareda inmensa, que obligaba a sacar el pañuelo para taparse boca y ojos. Un pequeño martirio durante unos 4 km.

Antes de llegar a Bercianos está la ermita de Nuestra Señora de Perales. Me paré para examinarla, sin tener posibilidad de entrar. En este lugar hay una gran mesa de piedra blanca rodeada de bancos del mismo material, así que descargué mi mochila y me senté para tomar un pequeño refrigerio.

Al poco de estar sentado pasaron César y sus amigos. Nos saludamos y les dije que, si querían compartir unas sardinitas, para mí sería un placer. Me agradecieron la invitación pero prefirieron continuar, pues habían decidido llegar hasta Mansilla. ¡Buen camino!

En poco más de un cuarto de hora llegué a Bercianos, que atravesé sin detenerme por no encontrar nada que mereciera la pena de ser visitado.

Saliendo de esta población el andadero empezó a mostrar un paraje más verde que me condujo a un vallecillo, muy bucólico a esas horas de la mañana. En este punto existe otra de las áreas de descanso. Fui encontrando a lo largo del andadero hitos o mojones jacobeos. Esto ya sería muy común hasta cerca de Santiago.

A lo lejos se veía el enorme silo de El Burgo Ranero, pero aún tardaría como una hora para alcanzar esta población.

Antes de llegar, por el mismo andadero, pero en dirección contraria, venía hacia mí una joven con mochila por lo que pensé que también era peregrina. Al pasar junto a ella la saludé y pregunté cuál de los dos iba en dirección equivocada. «¿Por qué?», me dijo. Porque yo quiero ir a Santiago y supongo que tú también, le contesté.

Le hizo mucha gracia mi observación y aclaró que ella no era peregrina, sino que iba de excursión. De todas formas se interesó sobre el motivo de mi peregrinar. Le comencé a explicar el porqué de mi decisión, desde dónde venía andando, cómo había pedido a Dios que me fuera descubriendo, en el silencio y soledad de mi peregrinación, en qué debía ocupar el resto de mi vida; que me señalara el «camino» a seguir en mi nuevo estado de viudo. Según le hablaba se mostraba más confundida y llegó a decirme que me envidiaba. Ella no era capaz de enfocar la vida así. Dijo que, por primera vez, había encontrado a alguien que le hablaba distinto, y que todo le parecía maravilloso. Le prometí tenerla muy presente ante el Apóstol. Me lo agradeció y, dándome un beso, nos despedimos.

Al entrar en El Burgo Ranero, pueblo eminentemente agrícola, pasé primero por delante de un gran frontón, donde jugaban a la pelota unos cuantos jóvenes. A continuación había una era inmensa con grandes parvas de cereales diversos. Unos pasos más allá, se encuentra el Albergue.

Estaba abierto; saludé a unos peregrinos franceses, sentados a la puerta, a César, que al final había decidido hacer la etapa en dos jornadas, y a otros que acababan de llegar en bicicleta. Le pregunté a César si había visto al Hospitalero. Me contestó que no había aparecido nadie. Le dije que si estaba abierto era porque nos dejaban entrar y que, de momento, podíamos ir viendo las literas que estuvieran libres. Así lo hicimos y nos acomodamos en las que no tenían nada encima. A continuación salí para ver lo que hubiera de interés.

Descubrí una Fonda en la que entré; hablé con la dueña, una señora de bastante edad, entrañable y cariñosa. Le dije que olía de maravilla lo que estaba cocinando. Me dijo que «daba comidas, si quería». Le pregunté por el Hospitalero y me dijo que vivía al lado del Albergue, junto a la farmacia; que quizás ya hubiera regresado del campo.

Fui hasta su casa y aún no había llegado. Me reuní otra vez con César y le comenté que la señora de la Fonda daba comidas. Le pareció una gran idea el hacer una comida en regla y allí nos dirigimos. Nos preparó una mesa muy en plan casero.

Dio la coincidencia de que un amigo de César había estado, por un tiempo, trabajando en la zona y que comía en esta Fonda. La señora se puso muy contenta, porque se acordaba mucho de él. «Era muy trabajador y formal, como se veía que también lo éramos nosotros».

Comimos unas excelentes judías pintas y unos filetes de ternera fabulosos. Lo acompañó con una ensalada que nos supo a gloria y un poco de fruta. Tuve el gusto de invitar a César, quien me lo agradeció y dijo quedar deudor para otra ocasión.

De regreso al Albergue vimos llegar al Hospitalero. Muchos de los peregrinos ya se habían acostado y estaban haciendo la siesta. A nosotros nos selló la credencial y nos dijo que mejor darle a él un donativo de 300 pts., porque si lo echábamos en la hucha, luego le resultaba complicado el cálculo. A César y a mí nos pareció que no era correcto, pero la verdad es que muchos se escapaban sin dar nada.

Por la tarde, después de la siesta, salí a pasear por el pueblo. Vi una casa tan llena de flores que parecía un vergel. Me quedé entusiasmado mirando y la dueña me preguntó si me gustaba. Le hice tantos elogios que me pidió que pasara, porque dentro tenía un auténtico vivero. Dentro saludé a su marido, quien también quiso competir en mostrarme todo lo que él hacía. Me invitó a ir a su huerto donde tenía más frutales y hortalizas que nadie; además también tenía muchas flores.

Pasé un rato muy agradable con aquellos viejucos. Les di las gracias y diciéndoles que cada día hicieran el propósito de quererse mucho más, les prometí tenerlos presentes en mi abrazo al Apóstol. Después me fui a un bar frente a las eras a tomar un café.

Como hacía bastante calor aproveché para lavarme la ropa y tenderla; hoy seguro que se secaría. Después fui hacia el Frontón. Allí estaba César viendo jugar a los veraneantes. Estuvimos más de dos horas dialogando sobre todo, principalmente sobre religión.

A la puesta de sol -y ¡qué puesta!- regresamos para acomodarnos en nuestras literas y esperar al nuevo día.
 

Miércoles 6 de agosto: El Burgo Ranero-Mansilla de las Mulas

El Albergue disponía de un lavabo, dos duchas y dos retretes. Por supuesto, todo un lujo. De todas formas yo procuré madrugar para poder asearme antes de que todos nos encontráramos en los servicios. Como siempre, la mayoría pensó lo mismo, por lo que tuve que esperar mi turno. César no solía madrugar, así que se quedó durmiendo, mientras yo terminaba de empacar mis enseres y disponía todo para retomar el Camino.

Antes de salir fui al bar, que se encontraba abierto. Tomé un café con leche con tostadas. Ya en la calle levanté mis ojos al cielo para dar gracias a Dios y empecé a caminar.

Me dio alegría meterme de nuevo en el andadero, esta vez más estrecho. Eran las 7,10 de la mañana. A mi izquierda seguía la hilera de árboles. Dentro de unos cinco años es probable que ya den sombra; hoy por hoy sólo sirven como promesa del mañana y alegres acompañantes de quienes acostumbran a mirar más allá del horizonte.

Un día más los mosquitos siguieron martirizando mi cuerpo. Es increíble el número de ellos apostados en el camino.

Durante más de dos horas el paisaje es aburrido y monótono. No supe calcular bien la distancia, pero creo que, aproximadamente, cada kilómetro y medio se pueden encontrar bancos a lo largo de todo el andadero; estos se alternan con zonas de descanso aprovechando valles y lugares de vegetación más o menos espesa. Estas áreas disponen de mesas y bancos de piedra muy amplios y poco usados.

Al cabo de una media hora se cruza el ferrocarril, quedando la vía a la izquierda. Recuerdo que hasta Reliegos me sentí acompañado por el paso de varios trenes. A las 10,45 entraba en esta población. El calor era intenso y el esfuerzo del caminar exigía mayor tesón y voluntad.

Tan sólo me faltaba algo más de 5 km. hasta el término de la etapa, así que con nuevos bríos ataqué la recta final.

Pasado el tendido eléctrico, junto al cementerio nuevo, hay una pequeña capillita dedicada a la memoria de una peregrina que falleció en el Camino. Estos recuerdos son frecuentes, según pude comprobar a lo largo del mismo.

Pasado el canal y leídas todas las advertencias de prohibido bañarse, me encontré metido en Mansilla de las Mulas.

Fui derecho al Albergue, que aún permanecía cerrado. Me dirigí entonces a la Iglesia de Santa María. Allí me recibió el Párroco a quien me presenté. No recordaba para nada ni a mi madrastra ni a mi padre. Sólo hacía 6 años que había tomado posesión de la parroquia. De todas maneras, al decirle que mi padre había hecho una Fundación de misas cogió el libro de Donaciones y estuvo mirando sin que apareciera nada bajo el nombre de mi padre ni de mi madrastra. Al final pensé que, quizás, se habría hecho a nombre de mi tía Rosa; y así fue cómo pude contactar con el pasado.

Me dio la bendición y me dijo que a las 20 horas había Misa. Me despedí hasta la tarde.

De vuelta al Albergue, ya lo encontré abierto, e inmediatamente el Hospitalero me dijo que subiera y ocupara la litera que estuviera libre.

El local es un tanto destartalado y no muy bien cuidado, pero por lo menos ya podía ponerme cómodo. Frente a mi litera se instaló César, que acababa de llegar.

En un Hostal de la esquina servían comidas. Como carecía de viandas por no haber encontrado dónde comprarlas y ser casi las tres y media de la tarde, decidí entrar y comer lo que hubiera de menú. El comedor estaba lleno y tardaron bastante en servirme.

A continuación fui al Albergue a descansar un rato. Informé al Hospitalero de que a la cama de encima de mi litera le faltaban unas cuantas lamas, lo que representaba un claro peligro para los usuarios de la misma. Quedaron en arreglarlo, pero cuando estaba yo acostado vino el vecino de arriba.

Le dije que tuviera cuidado, pues podía colarse por el hueco y caer encima de mí. Lo miró, no lo dio gran importancia y subió a su cama. Yo con las manos sujeté el colchón, que evidentemente se hundía. Le grité para que se levantara porque corríamos peligro.

Se bajó, miró, me hizo un gesto como de incomprensión y en vista de que no lograba nada le pedí que se acostara con la cabeza al otro lado.

Como no reaccionaba y seguía mirándome con cara de sorpresa, me levanté y le dije cómo debía acostarse para que su cuerpo no se colara entre las lamas. Dijo un ¡Ah! que nos hizo soltar la carcajada a todos.

La siesta fue corta; a las 17 horas ya estaba en la calle buscando dónde comprar un reloj.

El Festina que llevaba y que cogí de casa para la Peregrinación no había forma de mantenerle en hora. Tan pronto adelantaba 10 minutos como media hora o una hora. Otras veces atrasaba o se paraba. Es un gran reloj sumergible, pero que llevaba más de 20 años sin funcionar. Lo quise arreglar antes de ponerme en camino, pero la casa Festina me dijo que no podía hacerse cargo de su arreglo hasta mediados de Septiembre. Me comentaron que al ser automático y llevar tanto tiempo sin funcionar debía estar muy sucio y que posiblemente, durante el viaje, se normalizaría, cosa que no sucedió. Solucionado el tema del reloj, me dediqué a la visita turística.

Esta ciudad posee un recinto amurallado del siglo XII; corre paralelo al Esla. Tiene 6 torres cilíndricas y otra prismática. Visité San Martín donde han hecho una exposición de lo que era Mansilla y la incongruencia de urbanismo de los últimos años. A la vez es Biblioteca y Salón de Actos. Admiré los vestigios de San Nicolás y San Lorenzo y, cerca de las ocho, me dirigí a la Parroquia para asistir a Misa.

Ya de noche, fui a la Pastelería Alonso, donde me tomé un chocolate con pastas y bollos; esa fue mi cena.

En el Albergue encontré a César en abierta tertulia con sus amigos y otros cuantos peregrinos. Me senté junto a ellos en el patio y mantuvimos una animada conversación hasta cerca de las diez.

El Hospitalero pasó con el propósito de recoger los donativos. Me despedí y subí al dormitorio.

Mi vecino de arriba roncaba plácidamente, acostado tal y como yo le había indicado, así que procuré meterme en la cama sin hacer mucho ruido.
 

Jueves 7 de agosto: Mansilla de las Mulas-León

Bajé muy temprano a los servicios del patio; aún no había nadie. Me aseé y subí a recoger mi equipaje. Lo puse fuera del cuarto para no despertar a los menos madrugadores y pasé a desayunar a la cocina. Café con leche y bollos. Me eché la mochila a los hombros y con optimismo acometí la nueva jornada.

Es realmente hermoso el puente de ocho arcos u ojos de diferentes siglos. Desde él se divisa una magnífica panorámica del recinto amurallado. Por debajo corre el Esla, caudaloso y bastante limpio. Sus orillas son auténticas riberas rematadas por prados y árboles. A esas horas de la mañana, con la niebla aún pegada a su cauce, más parecía un cuadro romántico que una auténtica realidad.

El resto de la andadura hasta Villamoros se hace por el arcén de la carretera, pero después de haber tenido la anterior experiencia, preferí seguir por la izquierda de la carretera, entre huertos y matorrales. Hubo un momento en que creí que tenía que dar la vuelta, ya que entré en un terreno pantanoso, muy resbaladizo y encharcado. Al final encontré una estrecha repisa menos húmeda por la que pude superar el obstáculo.

En Villamoros salí de nuevo a la N-601. El tráfico era muy intenso y la cuneta muy estrecha; este tramo desde luego no invita a rezar.

Al llegar al Puente de Villarente, sobre el caudaloso río Porma, la dificultad crece por la longitud del mismo -consta de 17 ojos o bóvedas-, y por lo angosto de su trazado. Hubo momentos en los que tuve que refugiarme contra el pretil para que pasaran los camiones. Es una lástima, pues el río Porma ofrece un espectáculo muy parecido al del río Esla.

Abajo, en sus orillas, existe una gran pradera bajo un espeso arbolado, digno de ser visto y gozado.

La densidad del tráfico y lo peligroso de circular por él no permitía el detenerse ni recrearse con su vista. El Codex Calixtinus, al nombrar este Puente, lo califica de «enorme».

La población de Puente Villarente se tarda en atravesar un cuarto de hora.

César, al que ya le viene tirando su tierra -desde Burgo Ranero- me ha dado alcance en el Puente. Ahora, juntos, empezamos a subir hacia el alto del Portillo. Pasamos por detrás de Arcahueja y, al llegar a una fuente, descargamos las mochilas y sentados en un banco sacamos las piedrecillas que se han metido en nuestras botas.

Yo siento hambre y me acerco a un bar donde me sirven un pincho de tortilla y un vaso de vino. Vuelvo con César y reemprendemos la marcha.

En el alto de El Portillo admiramos la panorámica de León. El descenso es rápido y en menos de diez minutos cruzamos la circunvalación para entrar por Puente Castro a León.

César decidió encaminarse al nuevo Albergue, pero yo preferí continuar hacia el de las Benedictinas.

Tras un largo recorrido por la parte antigua de León llegué a mi destino. Aún no estaba abierto el Albergue y tuve que esperar.

En la Plaza de Santa María del Camino hay una fuente; allí descansé y bebí hasta saciarme. El agua es muy fresca y fina.

Abierto el Albergue entramos y fuimos entregando nuestras credenciales. La Hospitalera daba la impresión de seria y un tanto distante. Me indicó dónde estaban las duchas y el lugar para dormir.

En el gimnasio del Colegio, regido por las Benedictinas, había unas cuantas colchonetas. Elegí una y deposité encima mi saco de dormir para reservar mi espacio. Me duché y lavé toda mi ropa, tendiéndola al sol. A continuación salí para comer.

Por la calle de la Rúa, llegué hasta la Catedral. Una vez más, me detuve para rezar ante la Virgen y Santiago y admirar sus arquivoltas, perfecta catequesis del dogma cristiano. Como se hacía tarde, seguí caminando en busca de un lugar donde saciar mi apetito y que estuviera de acuerdo con mi bolsillo. Al fin, junto a la Catedral, en la calle Cardenal Landázuri, encontré el Restaurante Marian que me pareció de buen nivel. Así fue en efecto.

De regreso hacia el Albergue tuve ocasión de gozar de esa maravillosa calle de la Rúa, calle obligada de todos los peregrinos (los Francos), cuya denominación, en su día, fue la de Rúa de los Francos, quedando abreviada con el paso de los años.

En el patio continuaba la Hospitalera dando cobijo a los peregrinos, que seguían llegando. Me senté junto a ella para ayudarle en su tarea.

Me encontraba cansado y somnoliento por lo que decidí descansar un rato. No habría transcurrido un cuarto de hora cuando entraron cuatro chicos y dos chicas, que habían venido en bicicleta. También una señora italiana con su hija, que se acomodaron cerca de mí. Todos buscamos la oscuridad de nuestros sacos, pero los gritos de socorro y ayuda de uno de los ciclistas nos sacaron de la «penumbra».

El local era un gimnasio, Salón de Actos y cancha de Baloncesto. Del suelo a las ventanas podría haber una distancia de cinco o seis metros. Uno de los ciclistas, tratando de abrir una de las ventanas, había trepado hasta el alféizar y, una vez arriba, el vértigo le atenazó y se quedó agarrotado. El pánico le hacía gritar pidiendo ayuda.

Salí precipitadamente de mi saco y corrí hacia él sin saber bien qué era lo que se debía hacer. Aún quedaban colchonetas por ocupar, así que cogí seis de ellas y las amontoné debajo de donde se encontraba subido.

Me dirigí a él sonriente y tranquilo, tratando de infundirle confianza e invitándole a saltar. Las piernas le temblaban y comenzó a llorar. Le tranquilicé diciendo que yo era de Protección Civil (?) y que no le iba a pasar nada; que confiara en mí y que siguiera mis indicaciones. Este argumento le tranquilizó un poco. A continuación le pedí que observara cómo yo me tiraba desde el escenario a las colchonetas y no me pasaba nada. Él podía hacer lo mismo, porque yo estaría junto a él en su caída e impediría que cayera fuera; es más le frenaría en su caída.

Entre risas forzadas y atención de todos, ya que al final todos le animaban para que me hiciera caso, se decidió, no sin antes insistir en que me acercara a las colchonetas y que no le dejara caer fuera. Se lo prometí y... saltó. Yo hice lo que pude, si bien lo único que pude hacer fue sujetarle para que, tras el golpe amortiguado por las colchonetas, no cayera de bruces al duro suelo. Un estruendoso ¡Bien! y sonoro aplauso remataron la «operación rescate».

Cuando volvía a mi jergón me quedé atónito al ver que la italiana y su hija seguían durmiendo como si nada hubiera pasado.

Totalmente despabilado, me vestí para dar una vuelta por León. Realicé la Ruta turística, incluido un paseo por los Monumentos y calles principales de la ciudad en un típico vehículo arrastrado por un tractor, simulando un trencito a vapor. Resultó muy agradable e interesante.

Compré jabón y útiles de afeitar. Llamé desde una cabina telefónica a mis hijos sin poder conectar con ninguno. Al final encontré en casa a Cuqui con quien mantuve una larga conversación. Se interesó mucho por mi salud y me pidió que llamara todos los días, si me fuera posible, porque se inquietaban por la andadura que estaba realizando.

Me preguntó si había perdido muchos kilos de peso; esto me hizo reír y la tranquilicé y prometí llamar por lo menos cada dos días.

Me dirigí a Santa María del Camino para oír Misa; me dijeron que se celebraba a las 20,30 horas. Aún faltaba media hora y me entretuve charlando en la calle con las personas que me hacían preguntas sobre mi caminar: desde dónde, cuántos días llevaba de peregrinación, por qué había decidido hacer el Camino a pie, etc.

Entré en la Iglesia. Es un templo románico del siglo XII. Se edificó sobre el solar de otro del X. Es de planta basilical de tres naves con otros tantos ábsides semicirculares. Lo más destacable son varias rejas románicas de espirales y los absidiolos. La portada meridional, conocida como Puerta del Perdón, es por la que entraban los peregrinos.

A eso de las 20,20 horas empezaron a entrar feligreses, que se afanaron en retirar los primeros bancos, situar una alfombra en el centro así como un atril. A continuación el Sacerdote saludó a unos y a otros pasando a la Sacristía.

Revestido con casulla blanca salió, y tras dedicar unas palabras de afecto a todos los que nos encontrábamos allí, se sentó en el Presbiterio frente al público.

Uno de los asistentes avanzó hacia el centro de la Iglesia, se acomodó una guitarra sobre el pecho y con una magnífica voz cantó no sé qué poemas. A continuación, salió otro, que hizo lo mismo, pero con menos gusto y menos voz. Tampoco supe lo que cantó.

Llegó otro Sacerdote, que se situó en los bancos laterales de la nave derecha. Fueron saliendo al «estrado» varias personas, que leyeron epístolas de San Pablo y de otros Libros del Antiguo Testamento.

El celebrante se levantó y bajó al ambón para leer el Evangelio. A todo esto yo no tenía ni idea de lo que se estaba celebrando. En la Homilía dijo que el tema a desarrollar ese jueves era el de Iglesia y que por supuesto no se trataba del aspecto físico del templo sino del Cuerpo Místico de Cristo. Pidió que participaran todos sobre este misterio. Yo seguía sin salir de mi asombro y esperando a que por fin se celebrara el Rito de la Eucaristía. Pero no fue así.

Los feligreses insistieron una y otra vez en que cuando entraban en una Iglesia se sentían con paz y alegría; que el único sitio donde se encontraban a gusto era en el templo. El celebrante repitió, una vez más, que no estábamos tratando sobre el edificio de ladrillo, sino sobre que «todos éramos iglesia».

El otro sacerdote, que se integró más tarde, dijo que él no quería quitar la oportunidad de que otros participaran y que procuraría decir sólo dos palabras. Habló por espacio de más de 15 minutos.

Ya eran las 21,30 cuando el celebrante, levantándose, dio las gracias a todos por su presencia y les invitó a que el próximo jueves asistieran, para seguir tratando temas relacionados con la Doctrina y Dogma cristianos. Los asistentes se levantaron y se fueron charlando sobre asuntos personales.

Yo, un tanto aturdido, pregunté si a continuación habría Misa y me dijeron que los jueves sólo se celebraba la Palabra. En fin, un tanto triste me fui al Albergue para asistir a las Vísperas de las monjas.

La Hospitalera seguía recibiendo a los más rezagados. Me saludó muy contenta de verme y me pidió que le ayudara, porque estaba viniendo gente un tanto rara. Le pregunté sobre si habría Vísperas a las diez y me dijo que las monjitas habían salido a hacer unos ejercicios... ¡Qué se le va a hacer!

Un nutrido grupo de ciclistas, con muy malos modos, pidieron albergarse. Les pedimos las Acreditaciones y ninguno las llevaba. Entre tacos y blasfemias dijeron que ya estaba bien de bromas, que ellos tenían tanto derecho como el que más para alojarse. Les hice ver lo absurdo de su postura y que nadie les había impedido entrar ni tratado con malos modos como para sentirse discriminados. Las normas de Albergue piden la identificación de los peregrinos, ya que la gratuidad va unida al esfuerzo y a la precariedad económica del peregrino, pero con un mínimo de exigencia en cuanto a la conducta, para que la convivencia se haga con respeto y agradecimiento.

La Hospitalera les dijo que se sentaran y rellenaran los impresos de Acreditación y con gran paciencia se las fue sellando y entregando.

Las protestas continuaron, porque los ciclistas que habían entrado en el gimnasio ya no encontraron colchonetas. En fin, que se pronosticaba una noche verdaderamente toledana. El comportamiento, tanto de los últimos incorporados como el del ciclista que subió a abrir la ventana, fue insoportable. Creo que tan sólo lograron dormir la madre y la hija italiana.

Yo, por mi parte, no paré toda la noche de espantar mosquitos y de sentir picotazos como de pulgas.

A eso de las 6 de la mañana me levanté para asearme y salir de aquella incomodidad cuanto antes. Nunca olvidaré aquella desagradable convivencia con el grupo de ciclistas, que más parecían posesos que deportistas y peregrinos. Este episodio me situó en los relatos del Codex Calixtinus sobre los salteadores del Camino y endemoniados al acecho.
 

Viernes 8 de agosto: León-Villadangos

La Hospitalera nos había preparado leche caliente, café, cacao, galletas, pan y fruta de la huerta de las monjas. Comenté todo cuanto tuvimos que soportar a lo que ella añadió que siempre suceden problemas relacionados con el comportamiento de los peregrinos, pero que nunca había padecido tanto como en esta noche. A pesar de ello, no mostró ningún gesto áspero, al contrario trató a todos con dulzura y caridad.

Tras un frugal desayuno me despedí y «calzándome la mochila» salí de nuevo al Camino. Este me condujo primero a la Catedral; allí hice mis primeras oraciones, encomendándome con gran fervor a la Santísima Virgen.

Siguiendo las huellas de las conchas de bronce, incrustadas en la calzada, llegué a San Isidoro. Hice un rato de oración ante el Santísimo expuesto, pedí la ayuda del Santo, de Santiago y de todos los ángeles y santos de Dios. Me encomendé a mi ángel de la Guarda y... a devorar kilómetros.

A mi paso por el Hospital de Peregrinos de San Marcos paré para recrearme con toda la belleza de su fachada. Sus proporciones arquitectónicas y sobria ornamentación detienen el paso de cuantos cruzan la plaza en la que se asienta. Tuve que arrancarme de aquel lugar para poder continuar camino.

Antes de entrar en el Puente de San Marcos, me paré y volví la mirada hacia atrás. Dura fue la entrada en León; la salida no ha sido más suave. El peregrino, acostumbrado a los trazados rurales, se siente incómodo con los urbanos. León ha sido una dura prueba en todos los sentidos.

Cruzado el río Bernesga, que llevaba un crecido caudal, busqué escapar de todo lo que estaba relacionado con la vida ciudadana. A esta altura del Camino resulta un fuerte choque confrontar los hábitos y costumbres de la actual civilización con la natural sencillez del peregrino. A pesar de ello y de tener mi mirada pendiente de las flechas amarillas no acerté a cruzar Trobajo del Camino.

Volviendo sobre mis pasos para situarme en el punto desde donde equivoqué el camino, descubrí, al fin, una flecha que señalaba la pasarela a través de la cual se pasa al otro lado del ferrocarril.

El Camino ha sido devorado por la actividad industrial y la competitividad empresarial. Por todas partes barriadas, corredores industriales, carreteras, circulación masiva, semáforos, pasos cebra, gente adusta y seria...; se puede asegurar que la travesía del páramo leonés ha perdido su traza histórica. Al peregrino no le queda otra alternativa que compartir y superar estas vías de comunicación con espíritu de extranjero que busca el «más allá», ¡Ultreya!

Como a unos 4 km. más arriba y a la derecha de la ruta, se alza el Santuario de la Virgen del Camino. Es obra de Subirachs y justo, en el momento en que me acercaba, daban el último toque para la celebración de la Santa Misa en la festividad de santo Domingo de Guzmán.

El Santuario esta asistido por los dominicos, por lo que fue una Misa Solemne y concelebrada por varios sacerdotes. Así me premió el Señor la dureza e incomodidad de este tramo del Camino.

Al salir del Santuario me encontré con las que terminarían siendo «mis nietas». Me miraban con ternura. En sus miradas advertía cierta mezcla de curiosidad y cariño; como si me analizaran, deseando descubrir algo que se les escapaba sobre mi persona. Algo que se les ocultaba y que las mantenía cercanas y distantes. Les deseé buen camino y continué subiendo por detrás de la tapia del Cementerio.

En el cruce de la A-66, Madrid/Asturias, Valverde de la Virgen queda cortado en dos. En San Miguel del Camino, me detuve en una pequeña plazuela. Allí me dieron alcance dos peregrinos.

Curioseando el pueblo descubrí un diminuto bar en el que ofrecían menú y desayunos para el peregrino. Les invité, pero no aceptaron. Cuando salí del bar vi que aún seguían sentados en un banco de la plazuela. Al decirme que ellos iban a descansar todavía un rato, decidí continuar solo la marcha.

Desde que salí de León venía observando que mis piernas se me habían hinchado por las picaduras de mosquitos y de otros insectos; los hombros me picaban y escocían, lo que atribuía a las sujeciones de la mochila, pero me di cuenta de que, también, mis brazos tenían infinidad de erupciones causadas por picaduras de diversos insectos.

El sol apretaba y se hacía muy dura la marcha por el páramo leonés. Aún faltaban ocho kilómetros para Villadangos.

A corta distancia, por delante de mí, veía una pareja de peregrinos que caminaban con mucha dificultad. Según me fui acercando pude comprobar que eran muy jóvenes. Al darles alcance me detuve y les pregunté cómo les iba.

Eran franceses; el chico se llamaba Michel y la joven Anne Marie. Ella tenía los pies destrozados, apenas podía apoyarlos. Les dije que yo tenía un buen botiquín y que podíamos remediar algo su mal.

Nos sentamos y Anne Marie se quedó asombrada cuando miró mis piernas. Michel me examinó las picaduras y ambos dijeron que tenían muy mal aspecto y podían ser malignas. Les tranquilicé diciendo que sólo me picaban y escocían, pero que en Villadangos iría al médico.

Anne Marie se descalzó; toda la planta de su pie derecho estaba en carne viva y en el izquierdo la anteplanta era un montón de ampollas. Con el agua oxigenada hice primero un lavado, que sufrió valientemente; a continuación le apliqué un buen tintado con Betadine; con una gasa estéril para quemaduras cubrí toda la planta del pie y se la vendé con un vendaje suave. Anne me miraba con ternura y apretaba fuertemente la mano de Michel. Este me dio las gracias en español, pero le dije que todavía quedaba por curar el pie izquierdo. Dijeron que no me entretuviera, que ellos seguirían despacito hasta el pueblo. Yo insistí y le pinché las ampollas tintando bien de Betadine el pie entero, por encima de los dedos y por debajo. Hice la misma operación de vendaje y se calzó.

Sonriente comentó que era un milagro; que ya ni le escocía ni le dolía. Les di un abrazo y quedamos en vernos en el Albergue. Anne Marie, además, me dio un beso. Se lo agradecí y continué andando.

En el horizonte se advertían las fachadas de unos Hoteles. Esto hizo que recuperara el optimismo y la alegría. Antes de llegar leí con claridad «Hostal Avenida». Llamé y un señor muy amable, al darse cuenta de que era un peregrino y que no debía disponer de mucho dinero, me recomendó que fuera al Avenida III, que era de la misma cadena, pero mucho más económico.

Llegado a este, pedí una habitación individual. Me dijeron que sólo disponían de dobles, pero que ya les habían avisado desde el Hostal para que me dieran una doble al precio de single.

Subí y sentí como si me hubiera tocado la lotería; disponía de todo, hasta de mini-bar y TV. Lo primero que hice fue ducharme y cambiarme y, a continuación, bajar a la cafetería para pedir agua y ver si tenían menú.

En el porche me encontré con mis amigos franceses. Estaban descansando. Se alegraron mucho al verme y me interesé por si habían pedido algo para comer o beber. Me dijeron que no; que ahora seguirían hasta el Albergue, que aún distaba algo más de un Km. Insistí en invitarles y, al final, aceptaron. Repuestos, se levantaron para encaminarse al Albergue.

Al preguntarle a Anne Marie cómo se encontraba, sonriente y señalándome los brazos y las piernas, me dijo: ¿y tu?

Me quedé un largo rato viendo cómo se alejaban; en dos ocasiones se volvieron para decirme adiós con la mano. No sé cómo expresarlo, pero cada vez que atendía a alguien en el Camino sentía que mi alma quedaba inundada de paz y alegría.

Comí en el restaurante del Avenida III el menú, muy rico y abundante por cierto; subí a la habitación y después de lavar mis camisas, calcetines y demás ropa, dormí hasta las cinco de la tarde. Me dispuse a ver un poco la TV que, como siempre, no me sedujo y, a pesar del calor, decidí ir al Albergue a conversar con los peregrinos.

La Hospitalera me selló la credencial y preguntó si iba a quedarme. Le dije que no y, a continuación, pregunté por la parejita de franceses. Estos se habían hospedado en una Pensión, que esta muy cerca del Albergue. Por lo visto habían llegado muy fatigados y no se encontraban muy bien.

La hospitalera me recomendó ir al médico para que me viera las picaduras; podía ser grave.

Me dirigí al centro del pueblo y pregunté por una Farmacia. La farmacéutica me examinó y dijo que, si mañana continuase la hinchazón, sería conveniente que me viera un médico. De momento, me recomendó Alergical Crema para darme un suave masaje tres o cuatro veces al día y, por la mañana y la noche, rociarme todo el cuerpo con un spray ahuyenta insectos. Compré las medicinas y me di una primera untada en brazos y piernas; sentí alivio de la picazón. De camino hacia la Iglesia conversé largo y tendido con unos paisanos.

Villadangos del Páramo es una población bimilenaria. Visité la Parroquia de Santiago, cuyas puertas narran la batalla de Clavijo. En el altar mayor preside la estatua de Santiago Matamoros.

Esperé a que llegara D. Antonio, el Párroco. Le saludé y me informó un poco sobre la historia de Villadangos y de su Iglesia. Se lo agradecí y volví hacia el Avenida III. Deseaba llegar para repetir la cura por todo el cuerpo.

Al quitarme la camisa vi que el pecho, espalda y hombros eran un sembrado de picaduras; a centenares y de todos los tipos. Agrupaciones de diminutos puntos rojizos; abones esparcidos entre estas agrupaciones; granos enormes, hinchazones amoratadas, ¡qué sé yo! Me apliqué un suave masaje con la pomada por todas las zonas afectadas. Casi terminé el tubo, pero mejoré notablemente. Después de cenar, repetí la operación.









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