Altar Mayor - Nº 92 (14)
Fecha Martes, 06 abril a las 11:21:27
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

GABRIEL JACKSON
Por Jesús Flores Thies

Ser de habla inglesa, «hispanista» y especialista en la Guerra Civil es algo que, aquí en España, se considera poco menos que tocar el cielo con las manos. En este caso se encuentra Gabriel Jackson, en la cumbre como historiador, pese a la «competencia» de nombres como Hugh Thomas, Hill, Bolloten o, últimamente, el bienamado de los «recuperadores de la Historia», el señor Preston.

Hacía algún tiempo que este Jackson no salía en los «papeles», pero no hace muchos días daba una conferencia en Salamanca donde dijo, suponemos que entre otras cosas que no importaban al cronista, que su opinión era la de que los documentos de la guerra civil guardados en el «Archivo de Salamanca» correspondientes a la Generalidad catalana deberían estar en Cataluña. Esta salida a los ruedos nos ha hecho recordar la andadura de este personaje del que dijo Ferrán Monegal que su obra «es hoy ineludible para comprender el siglo que nos mueve (el XX)».

Nosotros habíamos leído hace ya mucho tiempo su libro Breve historia de la guerra civil de España, y el elogio de Monegal nos resulta algo desorbitado. Pero no podemos olvidar que este libro es considerado una especie de Biblia para conocer nuestra guerra y ha sido el centro de seminarios y conferencias.

Para que veamos lo que escribe el «ineludible» vamos a espigar en ese emblemático libro algunos párrafos que, por sí solo, sin necesidad de archivos o documentos, muestran la calidad del personaje.

Su simpatía hacia la «república» la justifica por la «más completa tolerancia política y religiosa...». También escribe que «Las elecciones más honestas que ha tenido España han sido las de la república».

 

En Sevilla, Queipo de Llano vistió a 200 legionarios Además de astuto, Queipo mostraba un astucioso instinto comercial. Mientras que en Madrid...».

Dice que la república tenía «media docena de cruceros». Ni sumándole el «Jaime I», al que considera también crucero, llega a esa cantidad, ya que eran tres los cruceros que quedaron en la república roja.

Las tropas republicanas que combatían en la sierra estaban compuestas por obreros y estudiantes. Y las tropas de elite de Franco la componían moros y legionarios extranjeros.

Los oficiales [de Franco] llevaban en los bolsillos las fotografías de sus compañeros muertos en el cuartel de la Montaña y Barcelona.

4.000 milicianos colocaron ametralladoras en las murallas [de Badajoz]...».

[los defensores del Alcázar] algunos centenares de mujeres y niños, muchos de ellos familiares de conocidos izquierdistas». Nos asegura que hasta el 24 de agosto no se inició el bombardeo artillero sobre el Alcázar, «porque no había proyectiles ni espoletas...». También escribe que los republicanos emplearon «tres minas subterráneas», ya que al parecer hay minas no subterráneas.

mientras que los crímenes, robos y depredaciones de los primeros días fueron cometidos por «

habla de los "tribunales populares"] o para evidenciar la falsedad de un testigo, entonces era muy posible que pudiera regresar tranquilamente a su casa con una guardia de honor después de habérsele invitado a una copa». Claro que en Andalucía «los guardias civiles y los curas fueron fusilados siempre que hubieran estado con los sublevados y lo fueron también a veces aunque el 18 de julio hubieran permanecido quietos...».

«La rúbrica falangista era un disparo entre los ojos». En Navarra falangistas y requetés se peleaban porque los primeros querían fusilar sin confesión a los detenidos y los otros con confesión. Un cura les daba la absolución en masa y todos muertos. Después «llegaron a tiempo para entrar con la procesión en la catedral».

En Castilla se formaba «una comisión de tres miembros: el cura, un guardia civil y un propietario rural importante, si los tres se mostraban de acuerdo, la ejecución era inevitable; si sus opiniones divergían, se imponía una pena menor».

 

En la España nacional se quería «limpiar la retaguardia a "Cristazo limpio", es decir, "golpes de crucifijo" tal como los curas carlistas fanáticos habían rematado a veces a los heridos liberales».

Las trincheras eran «rectas cavadas por mujeres y niños madrileños».

La matanza de Paracuellos se produjo porque los guardianes «interpretaron las órdenes a su manera» y, según Jackson, sólo ocurrieron en las noches del 6 y 7 de noviembre, cuando las sacas de presos fueron muchas y duraron hasta final de diciembre. Los «mil» asesinados lo fueron por pertenecer a la «Quinta Columna».

La falacia de la falta de armas de los defensores de Madrid la mantiene Jackson a tumba abierta. «Por la noche los cenetistas y ugetistas avanzaron en silencio para recoger las armas y ocupar las posiciones». Y esta otra guinda: «el coronel (sic) Rojo había dado orden de que las reservas sin armas aguardaran a cubierto y al morir en sus puestos los milicianos, las reservas avanzaran para empuñar sus fusiles». También escribe que fue una batalla entre «el ejército de África y el pueblo de Madrid».

«Durante la tarde del 17 de noviembre unos dos mil proyectiles por hora cayeron en el centro de Madrid [...] incendiando barrios obreros».

«Tampoco se sabe si esa "shrecklichkeit" fue recomendada principalmente por oficiales alemanes o españoles». Por lo visto todos los lectores deben saber qué es eso de la «schereklichkeit».

Mete en la batalla de Madrid nada menos que a los «stukas». Y añade en otra parte que los cañones (eran obuses) del 155 «eran capaces de poner fuera de combate a un tanque». Indudablemente, teniendo en cuenta de que no eran antitanques pero sí muy pesados, podrían aplastar a un tanque si se les cayera encima.

Más perlas: «El exiliado y próspero Alfonso XIII...». «Muchos de los oficiales sublevados eran anticlericales y vocingleros». Los carlistas «...alimentaban su orgullo con la memoria de los fueros medievales, con prejuicios de superioridad ética frente a la población "semiafricana" de la España mediterránea...».

En Guernica los Ju-52 «lanzaban bombas explosivas y paquetes de granadas de mano», mientras que los aviones de caza (sic) Heinkel 111 ametrallaban a los que corrían por sus calles y en los caminos. Lógicamente añade un cero a la cifra de víctimas, ya que nos asegura que fue de 1.600 muertos. «Treinta años después todavía era delito decir que Guernica había sido bombardeada».

Dice esto de las enfermeras «nacionalistas»: «En los pueblos próximos al frente, jovencitas que hasta el momento habían sido protegidas de todo conocimiento de la biología humana en sus escuelas conventuales cuidaban en silencio a heridos delirantes y blasfemos».

«...los tanques rusos de siluetas bajas [¡!]...». Más adelante nos asegura que «esos mismos tanques rusos [...] iban a probar su inmenso valor en las ofensivas de 1943 y 1944». «Los tanques [alemanes] eran acompañados de carros blindados y de motocicletas...».

Para el ataque a Valencia, los «nacionalistas» contaban con tantos aviones que en los aeródromos se «tocaban ala con ala», y los camiones, «parachoques con parachoques». Los cañones tiraban terribles «balas trazadoras».

Los italianos lanzaban sobre Barcelona bombas que «explotaban lateralmente (sic) con gran fuerza a pocos centímetros del suelo destruyendo a las personas y a las cosas».

El gobierno español envió a Rusia «algo más de la mitad» de las reservas de oro.

Los nacionales fusilaron a una docena de curas vascos por «espionaje, y por antinacionales, anticastellanos y antimilitares».

Para justificar el asalto a alguna embajada en Madrid, dice que «por la noche se disparaba a veces desde edificios diplomáticos», y que algunos asilados hacían grandes negocios en el mercado negro.

«A fines de 1936 los republicanos permitieron que los delegados de la Cruz Roja ayudaran a las viudas de los asesinados durante las primeras semanas de la guerra».

En la zona nacional la enseñanza religiosa fue obligatoria en las escuelas primarias y secundarias, «con la excepción de Marruecos...».

«Los entusiastas alféreces provisionales cuyas heroicas posturas infantiles...».

En la línea del Segre «los nacionales tenían un cañón por cada 8 metros de frente». Enfrente tenían a 90.000 hombres «semiarmados». Más adelante cifra ese ejército, fugitivo hacia Francia, en 300.000 hombres.

Al entrar en Barcelona, las tropas recibieron cuatro días de «libertad» para el saqueo.

La represión «nacionalista» fue entre 300.000 y 400.000 víctimas, mientras que la «republicana» de 20.000.

Esto es sólo una muestra de la obra de este personaje considerado hoy como el mejor especialista de la guerra civil. ¿Cómo será el peor?









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