Altar Mayor - Nº 92 (02)
Fecha Martes, 06 abril a las 12:02:06
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 92 – Marzo-Abril de 2004

Fundadores de Europa (5)
III. GREGORIO PAPA, LLAMADO MAGNO
Por Luis Suárez Fernández

La vocación de un monje

Si de Benito de Nursia hemos podido decir que su obra es más grande que la de cualquier fundador de Imperios, más difícil resulta calificar la de Gregorio I ya que su actividad se extendió a los más diversos campos. Probablemente lo más acertado sería destacar su calidad de gran maestro de vida espiritual. Vive a caballo de dos mundos, aquel que le llegaba, por sangre y educación, de la romanidad, impregnada ahora de cristianismo, y el de las nuevas naciones anglosajona y germana que se propuso seriamente bautizar. Propagador, el más entusiasta, de la Regla benedictina, debemos definirle, ante todo, como un monje, ya que no otra cosa pretendió ser: en el palacio de Constantinopla o en San Pedro de Roma, siendo Papa, se esforzó por llevar a cabo las normas que completan esa vida monástica. Conocemos muchos datos acerca de su vida y se conserva un amplio volumen de su obra literaria. Entendía que, como Vicario de Cristo, ninguna tarea resultaba para él tan importante como la custodia de esa Tradición. Los sesenta y cuatro años que, con toda probabilidad, enmarcan su vida, fueron, para quien los contemplaba desde Roma, especialmente duros. Las esperanzas de restauración que algunas familias de alto rango, como la suya, conservaran, se habían disipado con el retorno de los soldados de Justiniano. La guerra que se creyera concluida, rebrotó. Basta leer las pocas páginas que dedica al encuentro de San Benito y Tótila para comprender que en su memoria quedaba la fulgurante imagen del saqueo de Roma por este bárbaro, cuando él contaba poco más de seis años. Y, a partir del 568, cuando aún no estaban enmendados los daños, un nuevo y siniestro peligro se cernía sobre la Ciudad Eterna, los lombardos, que iniciaron sus depredaciones ese año. De ahí que en sus Diálogos y en algunas de sus cartas aparezca la noción de que se trataba de un tiempo final. El fin de Roma, desde luego. Y sin embargo, desde muy pronto, Gregorio prescindirá del odio: estos germanos deben ser convertidos, integrados en la preciosa herencia del cristianismo.

Gregorio nació en torno al año 540 en el seno de una familia senatorial muy vinculada al servicio de la Iglesia ya que contaba, entre sus miembros, con el Papa Félix III. Su padre, Gordiano, y su madre Silvia, que sería tenida después por santa, como las hermanas de aquél, Társila y Emiliana, se acomodaron a lo que estaba empezando a ser norma en aquel tiempo: apartarse del mundo al final de sus días para preparar el tránsito a la eternidad. Por eso podemos decir que la condición cristiana fue herencia firme, de la que no era posible abrigar la menor duda. Las noticias recogidas por Gregorio de Tours nos permiten afirmar que, de acuerdo con la trayectoria familiar, fue educado para el servicio público, destacando por su inteligencia y calidad en los estudios, algo que puede comprobarse leyendo sus escritos, en los que emplea exclusivamente el latín, según entonces se hablaba. Manejaba con igual seguridad el Derecho romano y la Escritura.

Entre los años 572 y 574, aproximadamente, desempeñó una de la magistraturas importantes en la ciudad: prefectus urbis, subordinado al prefectus pretorii y ambos sometidos a la autoridad del hexarca de Ravenna. En calidad de tal le alcanzaban tres competencias, hacer reinar el orden en la misma, tomar las medidas pertinentes a la defensa y dictar sentencia en causas criminales. En una de sus cartas a San Leandro le explica cómo, aunque deseaba abandonar esta magistratura, contraria a su vocación, hubo de esperar un tiempo por razones éticas, ya que las circunstancias eran muy difíciles y no se podía desertar. La oportunidad llegó, sin embargo, con la muerte de su padre, que le permitió disponer absolutamente de sus bienes.
 

Años de retiro

Sucedía la «conversión» de Gregorio, cuando aún duraba el Pontificado de Juan III († 13 de julio del 574). Procedió de acuerdo con el consejo evangélico de vender sus cuantiosos bienes a fin de dotar con ellos siete monasterios, que diesen cabida a cuantos, por aquellos días, trataban de elegir el «camino de perfección». Uno de ellos era precisamente la casa que habitaran sus padres en el Clivus Scaurius, que pasó a ser San Andrés en Celiomonte, siendo hoy la iglesia de San Gregorio. Vistió, en adelante, hábito de monje y sujetó sus horas al ritmo que marcaba la Regla de San Benito. Nunca quiso ser abad, ni tampoco sacerdote, aunque, señalándole ya como uno de los instrumentos del poder romano, el Papa Benedicto I (575-579) le ordenó diácono a fin de incorporarle a su servicio. Los monjes que habían tenido que huir de Cassino, al ser éste arruinado por los lombardos, hallaron en San Andrés cumplido asilo: en adelante el benedictismo encontrará, en Gregorio y en su casa, la plataforma eficaz para el cumplimiento de la norma. Nadie tan entusiasta como él. En la Regla veía el instrumento de renovación de la vida cristiana.

Aunque reinaba una gran confusión en el orden social y político, la segunda mitad del siglo VI contemplaba, en las naciones de Occidente, una especie de estabilización en el catolicismo que afirmaba la fe niceno-constantinopolitana. Para Gregorio, pese a la obligada estancia en Constantinopla, estos tres lustros que anteceden a la elección como Papa, son años de retiro, de paz interior, de introspección por medio de la oración contemplativa. Seguramente esto no le impedía prestar la debida atención a los grandes sucesos que acaecían fuera de las paredes de San Andrés. Desde la época de Justiniano, que cerró la Escuela de Atenas, otorgando al cristianismo la exclusiva, Bizancio se sentía verdadera cabeza de la Cristiandad, reservando a Roma, tumba de Pedro, un papel significativo en la memoria, pero muy secundario en el gobierno. La presencia de los lombardos, que habían penetrado muy al sur, tornaba realmente insostenible la posición del Pontificado, recluido en aquella ciudad cuya santidad era una especie de valla protectora.

Mediante esta profunda y prolongada introspección, San Gregorio llegó a descubrir los tres medios de los que era preciso valerse para lograr la reconstrucción de Europa. Era preciso unir en un bloque cristiano a las cinco naciones, desterrando el arrianismo que aún subsistía y llevando la fe a los territorios aún no evangelizados a fin de crear una cristiandad latina, fuera del Imperio. La Regla de San Benito tenía que ser propuesta no sólo a los monjes sino a todos los cristianos como forma de vida, siendo estos el modelo acabado y existencial capaz de educar a las nuevas generaciones. Roma y su ducado tenían que ser dotados de administración propia, dependiente del Papa pero no del Imperio. Una idea que tardará más de un siglo en realizarse.

El año 579 el nuevo Papa, Pelagio II le pidió un sacrificio: que abandonando la paz serena de su retiro, fuera a explicar al emperador Tiberio II cuál era la situación de Italia, perturbada de arriba a abajo por las incursiones de los lombardos. Aquí permaneció hasta el invierno del 584/85 agotando la compañía de San Leandro. Y fue entonces cuando nacieron dos grandes proyectos literarios, el Comentario al Libro de Job (Moralia) y la Regula pastoralis que habría de servir para la reforma del clero secular. No pasaría mucho tiempo sin que Leandro le comunicara la gozosa noticia, por ambos esperada: los wisigodos habían entrado en la Iglesia católica. Con alegría y esperanza Gregorio había vuelto a San Andrés de Celiomonte poniéndose de nuevo en la obediencia del abad Máximo.

Es en este momento cuando Beda coloca el episodio de los esclavos anglosajones. Hay algo de realidad tras la leyenda, pues sabemos que Gregorio había ordenado rescatar prisioneros de esta nación en las Galias a fin de convertirlos en ayudantes en la empresa que personalmente estaba dispuesto a asumir. Las protestas que en Roma se desataron ante el anuncio del viaje movieron a Pelagio II a negar el permiso. En esos años finales de este Pontificado, Gregorio se había convertido ya en el más firme apoyo para el gobierno de Roma y, desde el punto de vista de la población amenazada, en suprema esperanza.
 

Gregorio, Papa

Cuando Paulo Diácono, en tiempos de Carlomagno, recuerda la Historia de los lombardos, todavía idólatras, hace una terrible descripción de los males que, como consecuencia de las copiosas lluvias del año 589, se desataron sobre gran parte de Italia: desbordamiento de los ríos, pérdida de las cosechas y, al final, la epidemia. En noviembre se desbordó el Tíber llevándose por delante los graneros de la Iglesia, que permitían el sustento de la población romana. El 15 de enero del 590, como consecuencia de la peste, murió Pelagio II. Se alzó el clamor del pueblo aclamando a Gregorio como Papa. Estuvo dispuesto a aceptar, pero solicitando previamente la confirmación del emperador Mauricio, con quien había llegado a trabar amistad durante su estancia en Constantinopla.

Era, sin duda, la Voluntad de Dios y no la suya. Sabemos por su cartas que había escrito a Mauricio y a su hermana Teoctista y tal vez a algunos otros de los personajes que en Bizancio cultivara, pidiéndoles que no le confirmaran. Más expresiva es la carta en que comunica el evento a su amigo Leandro: lamenta en lo más profundo que no se le permitiera cumplir el propósito firme que se hiciera de ser monje y no otra cosa. A principios de septiembre tomó posesión de la sede de San Pedro. A la ceremonia de consagración, celebrada el día 3 de septiembre, pudo asistir Gregorio de Tours; había ido a Roma y demoró el viaje de regreso para hallarse presente. También Mauricio respondió a la comunicación enviada en términos muy calurosos. No puede dudarse que, en el momento de su elección, Gregorio gozaba de amplio prestigio.

Juan Diácono tuvo ocasión de contemplar un retrato que se conservaba en San Andrés de Celiomonte, y le describe como de mediana estatura, pálido y débil de cuerpo, moreno y de frente amplia, bajo la que destacaban dos ojos capaces de lanzar agudas miradas. Todos los testimonios que de él poseemos coinciden en señalar la débil salud que le acompañó toda su vida y la prudente energía de su espíritu. Su preparación para el gobierno de la Iglesia le permitiría resolver asuntos muy espinosos en una época de extrema dificultad. Vuelto a su sede, Gregorio de Tours, que escribía una Historia de los francos, incluyó en ella el escueto juicio: «era tal su instrucción en Gramática, Retórica y Dialéctica, que no había en Roma quien le aventajara». Trataba de hacer extensiva a toda la Iglesia la dirección espiritual que San Benito estableciera como eje de la vida monástica. Para ello, además de la Regula pastoralis que hemos mencionado -la coincidencia de nombre con la de San Benito no es casual- reunió tres Sínodos de las iglesias que dependían directamente de Roma y en ellos, tras analizar las deficiencias que una religión oficial presentaba, estableció como condiciones esenciales para formar parte del clero la preparación intelectual y la práctica de las virtudes. Era consciente de que muchos ingresaban en el clero buscando el medro personal. Esto mismo explicaría a San Leandro al enviarle un ejemplar de esta obra.

La peste y el hambre seguían atormentando a Roma. Dispuso que siete procesiones salieran de las siete basílicas romanas para confluir en Santa María la Mayor. Y la peste cesó. Alguien dijo entonces que se había visto al arcángel san Miguel en lo alto de la Mole Hadriana envainando una espada de fuego. Por eso seguimos llamando castel Santangelo a este edificio tantas veces modificado. Pero el hambre y las calamidades continuaron. Inició entonces una predicación incesante a fin de levantar los ánimos. En la homilía correspondiente al II domingo de Adviento, del año 591, muy próximo a la ceremonia de su consagración, tomó pie en el Evangelio (Lc. 21, 10-11) -«se levantará nación contra nación y reino contra reino; habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo»- para anunciar que el fin estaba próximo e invitar a todos a un magno esfuerzo de conversión. Tenemos que anotar este dato. En las primeras semanas de su Pontificado, Gregorio pensaba que estaba en una especie de término de llegada. De ahí la prisa por escribir y predicar.

¿Fin de qué? En otra de sus homilías, correspondiente al año 594, nos lo aclara: «Roma, vacía y desierta, está ardiendo». Estamos, desde luego, en los años duros del reinado de Agilulfo entre los lombardos. Años de saqueos, violencias e incontables sufrimientos para la población italiana. Definitivamente, y aunque a Gregorio, romano hasta la muerte, le arrancara lamentos, se había llegado al fin de la romanidad en Occidente. Ezequiel proporciona palabras y argumentos para esta constatación: rodeados de espadas, amenazados de muerte, los romanos están sometidos o destruidos. Pese a todo, de esas mismas cenizas, el Papa se proponía sacar la nueva Europa, aquella precisamente que debía entregar a los germanos el protagonismo. Ante la noticia que viene de España (III Concilio de Toledo y lo demás) se muestra exaltado. Vencer el temor; llevar a los bárbaros la luz de la fe. Ahí está la misión. O para decirlo en otros términos, la segunda de las raíces de la europeidad.
 

Moralia, un Comentario al Libro de Job

Fruto de su amistad con San Leandro fue esta obra, que comenzó a componer en Constantinopla, aunque hubo de interrumpir su trabajo varias veces, entre otras cosas por la mayor urgencia que reclamaba la Regula pastoralis. Hasta el año 595, en uno de los pocos barcos que mantenían los contactos difíciles con Cartagena, no pudo enviar a su amigo sevillano el ejemplar que le había dedicado. Son los años en que Muhammad, empleado primero y marido después de Jadisha, recorre caminos que le llevan a Siria. En su carta a Leandro, Gregorio se dolía de su mala salud, que no le permitía trabajar como él hubiera deseado. También le explica que no se trata de una investigación sistemática; emplea los textos que llegan a sus manos, tratando de obtener lecciones de ejemplaridad. Job puede ser el gran modelo que ayude a los cristianos de entonces a soportar las calamidades. En una de las homilías sobre Ezequiel había dicho claramente: «hemos sabido que Agilulfo, el rey de los lombardos, ha rebasado el Po, apresurándose con todo empeño a ponernos cerco».

Lo que San Gregorio buscaba, con esta obra, era el efecto de la ejemplaridad. Por eso escoge el libro de Job, que es una meditación acerca del infortunio, que Dios permite a fin de probar a los hombres. Y, por eso, finalmente, la obra recibió el titulo con que ahora se le conoce. Tuvo una gran difusión, especialmente por Italia y Francia. Por eso se han conservado abundantes manuscritos. Tenemos constancia de que, desde el 593 estaba ya trabajando en los Diálogos que algunas veces han sido llamados Milagros de los Padres de Italia. Se trata de cuatro libros, de los que el segundo está íntegramente dedicado a la vida de San Benito de Nursia. Ve en los santos un modelo cuya enseñanza principal no se encuentra en sus escritos o palabras, sino en la conducta y, de modo especial, en los prodigios y milagros que acompañaron su existencia demostrando así la intervención y presencia de Dios. El mensaje principal que mediante esta obra trataba de transmitir no era otro, sino éste: en medio de las perturbaciones de un tiempo calamitoso, como el que acompañó al fin del Imperio, Dios está demostrando por medio de estos santos, que no ha abandonado a los hombres. Al no ser un testigo directo de estas vidas, Gregorio se vio obligado a recurrir a los obispos pidiéndoles que transmitieran noticias y se mostró muy receptivo ante los relatos legendarios porque los trataba como parábolas, utilizando además el procedimiento literario que Cassiano y Sulpicio Severo emplearan antes que él.

El Papa Zacarías traducirá luego los Diálogos al griego, asegurándoles de este modo una mayor difusión. Gregorio insiste, mediante ellos, que no es el milagro la medida de la santidad sino la práctica de la virtud. Es ella, además, la que da eficacia a la comunión de los santos, permitiendo incluso ayudar a las almas que se purifican en el purgatorio. El propio Papa estableció que mediante el ofertorio de treinta misas había conseguido liberar el alma del monje Justo, que había pecado al conservar escondidas tres monedas de oro. De ahí nace la costumbre de dedicar a los difuntos esas treinta misas que se llaman «gregorianas».
 

Regula pastoralis

El año 591, suspendiendo otros trabajos, San Gregorio compone la Regula pastoralis que Melquiades Andrés define como «un código de santidad sacerdotal tanto como un tratado de pastoral». Parte de una experiencia: del mismo modo que San Benito consideraba necesario disponer de una Regla para guiar la vida de sus monjes también es necesario disponer de una norma a la que el clero secular deba ajustarse. Constituía un programa de reforma de la Iglesia y por eso estaba dirigida a los obispos, a fin de que dispusiesen de adecuadas directrices para el gobierno de sus diócesis respectivas. Explicó personalmente algunos de estos aspectos en la carta que escribió a San Leandro en esta oportunidad. Resulta imprescindible para entender este objetivo tener en cuenta la copiosa colección epistolar que de este Papa se ha conservado así como las otras obras, Sacramentarium y Antiphonarium, llegadas a nosotros en peores condiciones de fiabilidad, pero que resultan esenciales en otros aspectos. Hay una noticia fidedigna, transmitida por Juan Diácono, que sirvió a las órdenes de San Gregorio y fue arcediano de San Pedro, que nos informa de cómo éste hizo «compilar, para comodidad de los cantores, un centón Antifonario». En otros términos otorgaba mucha importancia, como ya hiciera San Benito, a una ordenación del culto y a un desarrollo adecuado de la liturgia.

La administración de sacramentos se sometía, desde mucho antes, a un ritual preciso que garantizaba a los fieles la eficiencia de la recepción. También se acostumbraba, desde el principio, a acompañar las distintas partes de la misa de cantos que, en algunas ocasiones recordaban los himnos militares. Fue San Gregorio quien tuvo la idea de recoger todo esto -no era necesario crear- convirtiendo así su Antifonario en un elemento esencial. Desde entonces llamamos canto gregoriano al que se emplea especialmente en la liturgia benedictina. El éxito que, en nuestros días, acompaña a estas manifestaciones corales es una demostración de la calidad que llegaría a alcanzar. El canto gregoriano es la primera etapa en la música europea que se desenvolvería sin solución de continuidad hasta el siglo XIX.

Doctor de la Iglesia, San Gregorio se insertaba en la trayectoria de los Santos Padres, buscando en las Sagradas Escrituras su principal fuente de inspiración. Su propósito fundamental consistía en enseñar al pueblo cristiano qué se desprende de esa Palabra de Dios; de ahí que el instrumento favorito fuesen las homilías, intercaladas sobre todo en la liturgia de la Misa. No es fácil descubrir cuáles eran los autores en que se inspiraba, ya que cualquier enseñanza, aun recibida indirectamente, le servía para enriquecer su experiencia. Fáciles de manejar, transparentes en su mensaje y claras en el estilo literario utilizado, sus obras perduraron durante siglos porque respondía a un propósito por encima de cualquier otro: desde las ruinas de la antigüedad clásica era preciso levantar el nuevo edificio de la cultura cristiana europea.

A fin de cuentas no estaba haciendo otra cosa que seguir los pasos de su admirado San Benito, de quien se sentía discípulo y continuador. Podríamos resumir nuestro comentario diciendo que en todas sus obras no aparece otra cosa que el resultado de la «lectio divina» practicada cada día a las horas prescritas por la Regla. Trataba de poner en marcha ese adoctrinamiento cristiano a que debía someterse Europa a fin de alcanzar una reconstrucción. Dios habla a los hombres por medio de la Escritura, pero es necesario recibirla y ponerla en práctica. Roma debía tener presente otros ejemplos para comprender el amargo destino que le aguardaba si no respondía positivamente a ese llamamiento. La Palabra no es sólo un imperativo, también ilumina el camino que los fieles deben recorrer.

San Gregorio define a la Iglesia como una comunidad de fieles asistida por el Espíritu Santo. Son esos mismos fieles, en la concepción de los monarcas godos y luego de Carlomagno, los que constituyen la sociedad política, ya que hay una coincidencia entre súbdito y bautizado. Los no cristianos, aunque por circunstancias diversas residan en el espacio que abarca el reino, nunca podrán ser considerados como una parte de éste. En sus homilías, el santo descubre que le importa menos la estructura jerárquica de la Iglesia e incluso el poder de las Llaves, que esa doble dimensión espiritual que la caracteriza como Reino de Cristo, es decir, la fe y el amor. Amor al prójimo sin paliativos ni disyunciones: por eso insiste en que el mayor bien que puede y debe hacerse a los germanos es entregarles ese tesoro de la fe. No enfoca el problema de Inglaterra o de Frisia como una transformación externa. Beda lo explica muy bien en su libro: las instrucciones del Papa se orientaban a conservar las costumbres, incluso el calendario de fiestas o los lugares sagrados, pero sustituyendo la idolatría, un mal, por ese bien supremo que está constituido por la presencia de Dios.

Adquirida la nueva dimensión del monacato podía considerarse a los fieles como divididos entre tres definiciones: clérigos, monjes, laicos. Todos tienden a la misma meta, la salvación eterna que permite la identidad, pero en ese camino no hay más remedio que establecer distinciones. Sólo los monjes son capaces de alcanzar la vida contemplativa, porque han respondido plenamente a la demanda que, en la parábola del Evangelio, el propio Jesús hizo al joven rico: vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme. Los laicos permanecen en la vida activa y los clérigos son el instrumento mediático que permite recibir la gracia a través de los sacramentos.

Gregorio vivió en un tiempo en que los cristianos procedentes de la Romanidad, se sentían impulsados en dos direcciones contrapuestas: en un extremo se hallaba la nostalgia del pasado, incluyendo el Antiguo Testamento; en el otro la incoación en la tierra del Reino de Dios. En el centro de toda la trayectoria -diríamos del proceso histórico acomodándonos a la mentalidad de hoy- se encuentra Cristo. Se trata de una doctrina que el Concilio Vaticano II volvería a repetir para nosotros. Cristo es el centro de la Historia. No se trata de un eslabón pasivo sino de una plenitud de los tiempos: tanto el pasado como el futuro se tornan incomprensibles cuando no se proyecta sobre ellos la luz que procede de la doctrina de Jesús. Así pues, de las calamidades del tiempo, que él exponía con entero rigor, no quería extraer actitudes pesimistas. La nueva Cristiandad romano-germánica, hablando latín, tenía que ser evangelizada. Una misión que incumbe a todos, clérigos o laicos, pero de una manera especial a los monjes para los que reservaba la primera línea en la batalla que, con el siglo VII, iba a comenzar.

Continuando la tarea ingente de San Benito, el autor de ese minucioso comentario al Libro de Job, invitaba, sin hacerlo de manera expresa, a un cambio radical: sustituir los valores que hicieran fecundo al helenismo -el hombre es la medida de todas las cosas- por estos otros que corresponden al hombre «nuevo»: Cristo es la medida universal.

Sólo de este modo se podrían superar los desastres de aquella hora, sirviéndose precisamente de los germanos, que destruyeran Roma, para levantar la nueva Ciudad que iba a ser cabeza de la Cristiandad y, por ella, del mundo.
 

Patrimonium Petri

Spearing y Leturia, que fueron grandes conocedores de este Pontificado, sostienen que San Gregorio fue el creador de esa plataforma de independencia para la Sede romana que se conoce como «Patrimonio de San Pedro». El Epistolario conservado no permite dudar. Fue él quien organizó las extensas propiedades que la Iglesia había llegado a reunir en un dominio de extraordinarias dimensiones ejerciendo, como era norma en todos los latifundios del Imperio, funciones de autoridad en muy diversos campos. Una ley promulgada por Constantino (324) había reconocido a la Iglesia personalidad jurídica para la posesión de bienes. Los Papas entendieron que estos bienes eran tesoro de los pobres y comenzaron a asumir funciones de beneficencia y de repartos de aprovisionamientos, a medida que los funcionarios imperiales las desasistían. Los nuevos cristianos, comenzando por el emperador, que hizo el magnífico regalo de Letrán, catedral de Roma, acudieron con sus donativos esperando una remuneración divina. La tumba de Pedro ha resultado siempre atractiva para el ánimo de los cristianos. Las rentas obtenidas por estos dominios, que se extendían a lugares de Sicilia, Cerdeña y otras partes de Italia, obligaron a los Papas a asumir cada vez mayores responsabilidades.

La reconquista bizantina, operación en precario, influyó para que este dominio se transformara en parcela de poder. El representante del emperador no se instaló en Roma sino en Ravenna, que ya había acogido a la Corte imperial en el siglo V, con título de exarca. El Papa, «longa manus» en más de un aspecto del basileus lejano comenzó a ejercer funciones políticas y aun militares. Pero la preocupación fundamental seguía siendo la de asegurar los suministros de Roma, una ciudad que había perdido la mayor parte de los recursos. Muchas grandes familias sobrevivían en la pobreza. Gregorio contaba con la ventaja de sus posesiones en Sicilia, que permitían disponer de recursos para el aprovisionamiento, siempre que el pretor se mostrase dispuesto a colaborar. En sus cartas insiste en un punto de vista que coincide con el expresado por San Benito en la Regla: él no era dueño sino administrador de esas grandes riquezas, dándolas el destino adecuado conforme al espíritu cristiano: una larga lista de necesitados hubo de redactarse a fin de que la ayuda quedara bien distribuida y regulada. Acudían los pobres a las puertas de San Pedro a recibir lo que se les asignara y un día alguien creyó ver a Cristo entre ellos; de este modo se explicaba, por medio de prodigios, un espíritu. A diferencia de lo que harían luego sus sucesores, San Gregorio dedicó pocos recursos a la construcción o reparo de las iglesias. La urgencia de aquella hora no permitía fijarse más que un objetivo: sobrevivir. Y evidentemente Roma sobrevivió. Ahora toda la vida de la ciudad dependía exclusivamente de la Iglesia; se conservaron de este modo técnicas artesanales y tareas artísticas. Durante muchos años sería Roma el núcleo casi único, al respecto, de todo el Occidente latino.

Cuando comprendió que llegaba la hora de su muerte, acaecida tras cinco años de penosa enfermedad, el 12 de marzo del 604, dispuso que se le enterrase delante de San Pedro, bajo el pórtico, pero fuera de la iglesia, en signo de humildad. Beda, que ha transcrito el epitafio -algunas parcelas de la lápida sepulcral se han conservado- señala al mismo tiempo la profunda humildad: «recibe, tierra, un cuerpo que fue tomado de ti y que tendrás que devolver el día en que Dios lo vivifique de nuevo». Es inútil tratar de comprender la obra de estos hombres que pusieron los cimientos de Europa si no tenemos en cuenta la fe profunda que les sostenía. Esto se torna difícil en nuestros días de secularidad. Pero un historiador no tiene más remedio que explicar los hechos «wie es eigentlich gewessen» (Ranke), como sucedieron en realidad.
 

Primado

Para construir sobre cimientos sólidos la nueva Europa era preciso afirmar una autoridad moral que, situada por encima de los poderes políticos y distinta de ellos, garantizase el equilibrio en el comportamiento. Esta doctrina se encuentra en la raíz misma de los derechos humanos que, a lo largo de la Edad Media, la Iglesia vendrá preparando hasta formularlos primero por Clemente VI, con ocasión del hallazgo de las primeras islas habitadas en el Atlántico y después por la doctrina del «derecho de gentes». Ya desde la época de San Gregorio se estaba afirmando ese principio de autoridad que se apoya en el poder de las Llaves y que no comporta poder sino servicio. El Papa es, ante todo, servus servorum Dei, cumpliendo exactamente el mensaje evangélico: «si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc. 9, 35).

Roma era, además de cabeza que se apoyaba en las dos columnas de fe, Pedro y Pablo, una sede patrimonial metropolitana. Por ahí era preciso comenzar, sirviendo además de modelo a aquellas otras sedes que se hallaban en las mismas circunstancias. Para evitar confusión entre ambas condiciones, creó el oficio de vicedominus que equivale al que hoy desempeña uno de los cardenales, que suplía al Papa en sus deberes estrictamente episcopales y al que el archidiácono quedaba también supeditado; a él iba a corresponder en adelante el gobierno del palacio, la administración y también la dirección sobre todos los oficiales que formaban ya la Curia pontificia. Al mismo tiempo decidió reunir en Sínodo periódicamente a todos los obispos sufragáneos de Roma que, en aquel momento abarcaba también a Nápoles y Sicilia. El que se celebró el 5 de julio del 595 -aún se contemplaban las astilladas ruinas del asedio de Roma- al tomar medidas disciplinarias, demostró cuál era su plan: al obispo corresponde, además de la plenitud sacerdotal, la del ejemplo. Por eso era recomendable que viviera como un monje en medio de sus clérigos ejerciendo sobre estos la dirección espiritual. El Papa temía que aquellos grandes recursos materiales, imprescindibles en cada diócesis para cumplir el deber de la caridad, fuesen un atractivo para quienes trataban de servirse de ellos en lugar de servirlos. Los primeros atisbos de simonía estaban apareciendo como una consecuencia de que la sociedad se hubiera hecho exclusivamente cristiana.

Al lado de esto la disciplina: ¿cómo conseguirla? Además de la Regula pastorales contamos con las decisiones sinodales. Ante todo regulando las elecciones episcopales y manteniendo rigurosamente la dependencia respecto al primado. Conocemos muy bien el caso de Nápoles. De acuerdo con la costumbre, que procedía de los primeros tiempos, cuando llegaba a producirse una vacante episcopal la comunidad, es decir, el clero y el pueblo, se encargaba de escoger la persona idónea. Pero Gregorio fue, a este respecto, mucho más claro que sus antecesores. Tal elección, que debía impedir ingerencias e intereses temporales, no era unívoca ni imperativa; se trataba ya de una propuesta elevada al metropolitano o, en su caso, al Papa, a quien en definitiva iba a corresponder la tarea de examinar al candidato comprobando que reúne las condiciones debidas. Y sólo en este caso procedía, en unión con los otros prelados de la provincia, a la consagración del nuevo obispo.

Además de Roma, Italia poseía en este tiempo otras tres sedes metropolitanas: Milán, sujeta a grandes dificultades por su posición dentro del reino lombardo, Aquileia, de donde saldrá Venecia cuando las islas de la laguna, ahora refugio supremo, llegaran a consolidarse como gran ciudad, y Ravenna que, como ya dijimos, era la sede de la administración bizantina. Cada una de ellas disponía de las mismas facultades que la de Roma, en cuanto a la administración de sus sufragáneas, pero ninguna contaba con la extensión territorial de esta última. Gregorio decidió dar los pasos necesarios para crear, con Sicilia, una quinta provincia pues sólo de este modo podía alcanzarse cabal cumplimiento a su propósito de que, cada año, en la fiesta de San Pedro, todos los prelados «suburbicarios» se reuniesen en un Sínodo. Comenzó asignando a los sicilianos un plazo más largo, quinquenio, pero ya en octubre del 591 nombró a Maximiano, obispo de Siracusa, vicario especial para la isla. Sobraban las palabras: Siracusa estaba destinada a ser metropolitana.

Esta estructura, que sería comunicada después a toda la Cristiandad, facilitaba las cosas: el Vicario de Cristo, suprema Cabeza no necesitaría, en adelante, mantener relaciones directas con todos y cada uno de los obispos, cuyo número iba creciendo conforme se afirmaba la sociedad cristiana. Bastaba con hacerlo con los metropolitanos. Esta solución perjudicaba, sin embargo, a las sedes que se consideraban a sí mismas patriarcales y de una manera especial a Constantinopla, interesada en afirmar que su suprema dirección del Imperio debía reflejarse también en el título «patriarca universal» que Juan «el ayunador» no tardaría en esgrimir. Si la estructura política y administrativa se colocaba por encima de la dimensión espiritual que significaba el poder de las Llaves, resultaba lógico que se aplicara este principio. Contra Bizancio protestaban las otras sedes (Antioquia, Alejandría, Jerusalem), que eran, sin posible duda, de fundación apostólica. Y protestaba la nueva Cristiandad latina que, defendiendo la Tumba de Pedro, también estaba prohibiendo cualquier intromisión imperial. España, que se afirmaba rápidamente, proclamaba ya por boca de Juan de Bíclara, ser otra Bizancio, heredera de Roma, no sujeta a aquella. Y el Papa, desde su autoridad espiritual suprema, era la garantía radical de esta nueva estructura.

Las relaciones con Aquileia y Milán se habían suspendido en la época de Pelagio II. El pretexto invocado por los disidentes era la cuestión abierta en torno a los Tres Capítulos -es decir si debía entenderse o no que los escritos de Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibbas de Edesa contenían concesiones al nestorianismo como Justiniano sostuviera- acusando al Papa Pelagio de haber cedido ante presiones bizantinas, cuando la realidad era que se trataba de un debate abierto. Pero en el fondo lo que se trataba era de abrir un debate en torno a la autocefalia de estas sedes. La provincia de Milán abarcaba toda la cuenca del Po, mientras que Aquileia tenía Istria, región disputada en otro tiempo entre Roma y Constantinopla.
 

La cuestión lombarda

El año 568 los lombardos, que aprendieran el camino de Italia como mercenarios a las órdenes de Nansés, desencadenaron su ofensiva sobre las tierras fértiles. Aún no se habían convertido y sus devastaciones sumieron al territorio que en adelante se llamaría Lombardía en la mayor miseria. El obispo y clero de Milán tuvieron que buscar refugio en Génova mientras que una parte de la comunidad cristiana se sometía a los invasores. Desde el 573 la sede de Aquileia fue abandonada y sus obispos se refugiaron en Grado. Este traslado no fue tan provisional como al principio se creyera ya que la nueva ubicación iba a convertirse en Venecia. Estos obispos, que reclamaban para sí el patriarcado, entraron en conflicto con Pelagio II, a quien culpaban de apartarse de los cánones de Calcedonia favoreciendo la política del emperador. Gregorio, siendo diácono y por encargo del Papa, hubo de intervenir en la cuestión. Fue entonces cuando estableció la tesis: la doctrina de Calcedonia era la que no ofrecía discusión y a ella todos debían sujetarse porque había nacido del Concilio confirmado por el Papa. En cuanto a la querella acerca de los Tres Capítulos se trataba únicamente de apreciar el riesgo que podía nacer de ciertas expresiones en los tres autores arriba mencionados.

Las querellas eran, en el fondo, pretextos. Lo que las tres sedes metropolitanas trataban de resistir era la expansión del poder de la sede romana. Se ve muy claramente en el caso de Ravenna. Convertida ahora en sede del gobierno imperial en la Península -en la época de Gregorio se ejercía sobre menos de la mitad de ella- sus obispos reclamaban honor y jurisdicción que les colocasen por encima de los demás. Y para ello empleaban el pallium y el título de patriarca. La costumbre establecía que, cuando el Papa enviaba el pallium, esa especie de banda de lana blanca que significaba el vicariato, éste, mostrado en una misa solemne, era custodiado luego en la sacristía de la iglesia. Pero el patriarca Juan alteró la norma, usándolo de modo permanente como si fuera signo de autonomía respecto a Roma. Tanto en el caso de Milán como en el de Ravenna, Gregorio demostró su capacidad de gobierno y la fuerza de su autoridad: consiguió que los clérigos antilombardos se pusieran de acuerdo con los que permanecían bajo la autoridad del rey eligiendo como arzobispo a Constancio, que confirmó la doctrina romana. Cuando murió Juan (593) rechazó las propuestas del exarca y consiguió que fuese entronizado uno de sus monjes de San Andrés en Celiomonte, Mariniano. A éste hubo, sin embargo, de reprenderle: no podía limitarse a ser un monje; tenía, como él, que asumir las responsabilidades que derivaban de su nuevo oficio. Un obispo se debe a su grey, no a sí mismo.

Los lombardos venían guiados por un jefe, Alboino, que supo desplegar su crueldad para romper la voluntad de resistencia. Murió asesinado el 572 y su hijo Clef pudo retener la jefatura apenas dos años. Se trataba de una situación inédita, una especie de retorno a la época y los modos de Átila. Rechazaban el cristianismo y se comportaban como ladrones. Tras la muerte de Clef cada uno de los jefes de banda, a los que se unían también hombres de otras procedencias, atraídos por el botín, trató de tomar para sí una parte de éste. Los lombardos comenzaban a penetrar hacia el sur instalándose en Spoleto, lo que cortaba las comunicaciones entre Roma y Ravenna, y en Benevento. Recordemos que fue entones cuando Montecassino quedó arrasado y sus monjes huyeron a Roma. Pelagio II consideró la situación desesperada y por eso envió a Gregorio a Constantinopla, con dos propuestas a Tiberio II: buscar la alianza con los francos, ya católicos, y enviar un ejército a Italia para rechazar a los invasores.

Hemos aludido, ya, a los cambios que en la mentalidad de San Gregorio, se produjeron como consecuencia de su misión en las Blanquernas: su amigo Leandro le mostraba las esperanzas que despertaban en España, mientras que la situación del Imperio, amenazado en otras fronteras -los ávaros eran como la versión balcánica de la invasión- no estaban en condiciones de prestar a Italia la ayuda que ésta necesitaba. Pese a todo el nuevo emperador, Mauricio, accedió a las demandas que se le presentaran: envió a Smaragdo con un ejército a Italia y pidió a los francos que, desde el otro lado de los Alpes, ayudasen también. Brunhilde (Brunequilda), la hija de Atanagildo, gobernaba en nombre de sus hijos y estaba prestando ayuda a los misioneros. Ante esta situación los lombardos decidieron restablecer la unidad, reconociendo a un hijo de Clef, Autaris, que, inmediatamente negoció su matrimonio con una hija del duque de Baviera, Teodolinda, cubriendo de este modo las espaldas.

Tal fue la situación que Gregorio encontró a su regreso de Bizancio. Teodolinda era católica e inclinada por tanto a defender la postura contraria a Bizancio. Autaris hubo de mostrarse menos duro con los cristianos habitantes en su territorio. Pero advirtió seriamente a los lombardos que el bautismo, entre ellos, seguía siendo práctica prohibida. Teodolinda apoyaría esta política dirigida contra los católicos. Autaris, que había rechazado tanto a los bizantinos como a los francos, murió precisamente el mismo año en que Gregorio era elevado a la cátedra de San Pedro.
 

La defensa de Roma

Motivo de honda reflexión, como nos demuestran los Diálogos, hubo de constituir esta situación creada por los lombardos, desde antes incluso de que la voluntad del pueblo de Roma le convirtiera en sucesor de San Pedro. Ya hemos recordado cómo, en una de sus primeras homilías, evocó los signos precursores del final de los tiempos. Partía, sin embargo, de una experiencia ya incontrovertible: Bizancio no estaba en condiciones de recuperar Italia. El exarca, Romano, bastante tenía con tratar de defender aquel espacio que comenzaba a llamarse las Marcas de Ravenna. Frente a Ariulfo, duque de Spoleto, que significaba un peligro muy serio, no había otro remedio que asumir la responsabilidad de la defensa -ahora los magistri militum, Mauricio y Vitaliano, pasan a la directa dependencia del Papa que nombra además un tribuno para que se haga cargo de la guarnición de Nápoles- y elaborar una nueva política. Esta no podía ser otra que negociar. Pero conviene no equivocarse: esa negociación tenía un objetivo que responde a la gran política asumida en relación con España, Francia e Inglaterra: convertir a los bárbaros al catolicismo sustituyendo así, en Occidente, la vieja estructura del Imperio cristiano por las Monarquías católicas de acuerdo con el modelo wisigodo.

Los fideles lombardos reconocieron, según nos cuenta Paulo Diácono, una especie de legitimidad en Teodolinda cuando ésta quedó viuda el 792 invitándola a tomar un nuevo esposo. Ella, con disgusto de los duques de Spoleto y Benevento, escogió a Agilulfo, que aceptó las condición de respetar el compromiso de ella con la fe católica. Y así, en la Pascua del 603, el hijo de ambos, Adaloaldo, que habría de suceder a sus padres, fue bautizado. Quedaba demostrado de este modo que el programa de San Gregorio no era un sueño sino una realidad. Pero Agilulfo también tenía el suyo. Childeberto II y su madre Brunhilde gobernaban todas las Galias. ¿Por qué no iba él a dominar enteramente Italia? Romano retiró las pocas unidades que aún conservaba en Roma a fin de atender a la defensa de Ravenna, que se había tornado perentoria.

En mayo del 593 Agilulfo, por el camino de Perugia, emprende la marcha sobre Roma, «matando y decapitando» como dice el biógrafo de Gregorio. Este hubo de buscar la amistad con Spoleto y Benevento, terribles adversarios para evitar la caída del «águila vieja, despojada de sus plumas». La tradición romana, fresco aún el recuerdo de León Magno, describe la salida de Gregorio al encuentro del monarca lombardo, para salvar a Roma. Llegó a un acuerdo con él: mediante el pago de 500 libras de oro, Agilulfo se comprometía a no saquear Roma y a respetar la vida de los cautivos que aún estaban en su poder. La deuda de la ciudad con su Pontífice, que hubo de despojarse de importantes bienes para pagar la deuda, crecía: ahí estaba el escudo capaz de salvarla. En adelante, aunque se sigan haciendo menciones al Imperio, podía decirse que era «su» Roma. Había, en el trasfondo de las intenciones no manifestadas, un segundo alcance: Gregorio tiene ahora la ocasión de tratar directamente con Teodolinda. Algunos de los procuradores del Papa pasaron por Pavía para entrevistarse con ella. El proceso de conversión había comenzado. Faltan muy pocos años para que San Columbano haga surgir Bobbio, esa especie de Montecassino para el norte de Italia.

Ante el hecho de que Gregorio firmara un acuerdo con el rey sin contar con su presencia y participación, el exarca Romano presentó una denuncia en toda regla: el Papa no sólo se había extralimitado en sus funciones asumiendo competencias que no le correspondían sino que había cometido traición pactando con el enemigo. El Papa, que durante su estancia en Constantinopla, anudara excelentes relaciones con Mauricio, sus hermanos, los principales funcionarios de la Corte y los sucesivos patriarcas, Juan y Ciriaco, trató de explicar la situación: los lombardos eran efectivamente el gran peligro pero el ducado de Roma, del que se sentía responsable, llevaba mucho tiempo sufriendo dolorosamente por «la espada» de aquellos. De algún modo tenía que ser defendido. En la abundante correspondencia que, con este motivo, se generó, dos ideas quedaban muy claras: en cuanto Vicario de Cristo y depositario del poder de las Llaves, él era cabeza de toda la Iglesia, en Oriente y en Occidente; pero cuando actuaba en asuntos temporales, defendiendo Roma, lo hacía en calidad de súbdito del emperador.

Un panfleto anónimo circuló por el exarcado, y llegó a conocimiento del Papa, repitiendo públicamente las acusaciones que contra él se dirigían. Comunicó, de inmediato, que el autor debía considerarse incurso en excomunión, a menos que se diera a conocer, presentara disculpas o explicara las razones que le asistían. Mauricio decidió ejecutar el relevo de Romano por Calínico que aceptó, en nombre del Imperio también las condiciones de la tregua firmada por Gregorio. Este, en sus cartas a Agilulfo y Teodolinda, ahora ya ambos católicos, lo expresa con cierta vehemencia jactanciosa: «Si hubiera querido prestarme a la destrucción de los lombardos, hoy esta nación ya no tendría rey, ni duques ni condes y sería presa de irremediable confusión pero, como temo a Dios, no he querido mezclarme en la pérdida de nadie». Aquí aparece, con toda claridad, la que él juzgaba política deseable. Una convivencia entre romanos y germanos, capaz de levantar la nueva Europa y de garantizar a la Sede de Pedro el espacio de independencia que necesitaba. La tregua del 598 no fue duradera, pero las nuevas treguas fueron asegurando poco a poco la delimitación de Italia, en tres partes: el sur bizantino, extendido por el Adriático hasta Ravenna y Venecia; el norte lombardo, con Pavía y Milán como grandes ciudades. En medio el ducado de Roma cuya posesión nadie podía ya discutir al Papa.
 

Enfrentamiento entre la vieja y la nueva Roma

Poco a poco la autoridad directa del Papa se iba extendiendo. La documentación nos permite comprobar cómo, de hecho, la ejercía sobre todos los obispos de Iliricum, que abarcaba entonces los Balkanes y la propia Grecia. De este modo el Primado de Pedro que, en su calidad doctrinal nadie discutía, se iba extendiendo hasta afectar a cuestiones menudas. Pero esto afectaba también al Imperio: ¿dónde se hallaba el límite al poder legislativo del basileus, que el Papa reconocía? El año 592, forzado por necesidades administrativas, Mauricio promulgó una ley que prohibía que los altos funcionarios fuesen promovidos a oficios eclesiásticos, ni que éstos, los curiales o los simples soldados, pudieran ingresar en un monasterio antes de cumplir los años de servicio a que estaban obligados, rindiendo cuentas. En realidad el emperador trataba no sólo de que se redujeran las disponibilidades de recursos humanos sino, sobre todo, que se buscaran subterfugios para eludir responsabilidades. El Papa aclaró: la primera parte de la ley era correcta; ya figuraba en el Código de Teodosio II y había sido aprobada expresamente por el Papa Inocencio I el año 404; pero al entrar en la segunda trataba de recordar que nada puede compararse en importancia a la vocación del monje. Impedir, en consecuencia, el cumplimiento de una vocación, era tanto como oponerse a la voluntad de Dios. Un principio que la Iglesia tratará de imponer en la vida europea: ninguna misión puede ofrecerse al ser humano que supere en importancia u obligación a la de alcanzar el cielo. Por eso ante el hecho de la entrega a Dios cesan todas las consideraciones. El monacato, en su doctrina, pasaba a ser uno de los principales fundamento de libertad.

Desde el siglo VI, desaparecido el Imperio de Occidente, el papel de Roma había quedado definido con absoluta claridad. Su «eternidad» guardaba relación con el hecho de ser sede y tumba de Pedro, custodia de la Tradición entregada por Cristo a su Iglesia; en consecuencia ninguna puede dejar de estar en comunión con Roma y a ésta corresponde interpretar o decidir cualquier duda doctrinal que surja en relación con la Fe, expresada en los Concilios ecuménicos y en el Tomus Leonis. Naturalmente esa intervención en la doctrina no podía quedar al margen de decisiones disciplinarias. De ahí algunas intervenciones de San Gregorio. En cierta ocasión advirtió seriamente al patriarca de Alejandría, Eulogio, que no estaba autorizado a separarse ni un milímetro de la fe de los Concilios ecuménicos ni de la doctrina explicada por San León Magno y todos sus sucesores porque esto habría significado desviarse de la ortodoxia. Y ya hemos indicado cómo en la querella de los Tres Capítulos, insistió en que ninguna clase de debates -siempre hay un espacio para ellos- puede significar que deja de aceptarse con rigor la doctrina del Concilio de Calcedonia. Cuatro Concilios -Nicea, Constantinopla, Efeso, Calcedonia- permitían garantizar en todos sus perfiles el contenido de la Fe.

Gregorio concedía extraordinaria importancia a Jerusalem. En Roma estaba la tumba, pero en Sión se hallaba la cuna del cristianismo. Mantuvo especiales relaciones con este patriarcado, al que enviaba frecuentes limosnas, y construyó un hospicio para peregrinos, que sostenía a sus expensas y que sirvió como asentamiento para la primera comunidad benedictina. Tierra Santa se estaba convirtiendo, cada vez más, en un lugar de peregrinación a los ojos de los occidentales, pues el contacto con los lugares que presenciaran el paso del Señor y las piedras que sus sandalias pisaran eran un modo de hacer real esa santidad que constituía el objetivo esencial de la existencia humana. Por otra parte era Jerusalem uno de los cuatro patriarcados orientales. Gregorio no veía inconveniente en reconocerles autoridad disciplinaria sobre las diócesis de Oriente, siempre y cuando se mantuviese la unidad de fe garantizada por el sucesor de Pedro. La experiencia reciente -divisiones entre arrianos, monofisitas y nestorianos- venía a demostrar la necesidad de esta unión.

El año 587, cuando Gregorio estaba de regreso en Roma, el emperador Mauricio y el patriarca de Constantinopla reunieron en esta ciudad un Concilio, al que sólo fueron convocados obispos orientales, confirmó a Juan «el Ayunador» el título de patriarca ecuménico, equiparándole, en la práctica, al Romano Pontífice. No era la primera vez que este calificativo se empleaba pero constituía un golpe de sorpresa el alcance práctico que se pretendía darle. En el lenguaje de la época, «ecumene» era el término que se empleaba para designar al Imperio oriental, de lengua griega. Por tanto lo que se pretendía era otorgar al de Constantinopla funciones de patriarca de todo el Imperio, haciendo extensiva a éste su jurisdicción. Pelagio II se negó a confirmar los cánones de este Concilio. Gregorio acudió a los patriarcas de Antioquía, Anastasio, y de Alejandría, Eulogio, los cuales comprendieron bien que para ellos significaba un golpe mortal, pero no se atrevieron a enfrentarse con el emperador. De modo que cuando Juan falleció (595) su sucesor, Ciriaco, ostentó desde el primer momento este título.

En las cartas que San Gregorio envió a Mauricio, a su esposa Constantina, al patriarca y a otras personas, todos amigos que hiciera durante su estancia en la capital del Imperio, explicaba muy bien las razones de su preocupación. No se trataba del honor que aparece siempre ligado a cualquier título -para demostrar esto ordenó que en todos los documentos a él se le mencionara en adelante como «servus servorum Dei»- sino de una bicefalia que amenazaba con dividir en dos a la Cristiandad, supeditándola a los poderes temporales. El Primado de Pedro no obedece a razones políticas, sino a la sucesión apostólica; el que ahora reclamaba para sí Constantinopla tenía precisamente este carácter. El patriarca de Bizancio gozaría de jurisdicción sobre todo el Oriente quedando en todo caso reducida la del Papa a las dispersas iglesias latinas de Occidente, bárbaras en el concepto bizantino.

La querella se agudizó el año 595 cuando, con ocasión de una querella presentada por ciertos clérigos de Asia Menor, Juan «el Ayunador» afirmó que gozaba de jurisdicción en este caso y en cualquier otro semejante. Cuando Gregorio protestó ante Mauricio, éste se limitó a decirle que se pusiera de acuerdo con el patriarca. La réplica de Gregorio, humilde en el tono, amistosa en el empleo de calificativos, fue muy clara: sin la autoridad única que garantiza el poder de las Llaves, de acuerdo con una decisión tomada por el mismo Jesucristo, las desviaciones doctrinales podían hacerse muy graves: Nestorio y Macedonio, ambos patriarcas de Constantinopla, habían tratado de imponer doctrinas que el Concilio declarara heréticas, llegando incluso a provocar divisiones que aún permanecían. Aquel mismo año, el 2 de septiembre, se produjo el relevo, pero Ciriaco tomó desde el primer momento el título de «patriarca ecuménico» mostrándose decidido a seguir en todo los pasos de su antecesor. Envió al Papa la carta sinodal preceptiva confirmando puntualmente la doctrina de los cuatro Concilios. En su respuesta, cálida, pues Ciriaco y él habían sido amigos, contenía sin embargo una advertencia: «la paz reinará verdaderamente entre nosotros si renunciáis a la soberbia de un nombre profano».

A pesar de todo Ciriaco se negó a prescindir del título. Mauricio intervino pero para tratar de convencer a Gregorio de que cediera. También Anastasio de Antioquía intervino en apoyo del emperador. Pero el Papa se negó absolutamente a ceder en este punto: la estructura de la Iglesia, en cuanto comunidad de fieles, no consentía que sobre ella se erigiese un poder, reflejo de la política con pretensiones de universalidad. El sacerdocio católico es un servicio, que se hace más exigente a medida que se avanza en la escala, hasta llegar a esa máxima jerarquía en que se encuentra al «siervo de los siervos» de Dios.

Una revolución interna tuvo lugar en el Imperio en noviembre del año 602. Un oficial subalterno del Ejército del Danubio se apoderó de Constantinopla, dio muerte a Mauricio y a sus hijos y se proclamó emperador. Se trataba de Focas. Por un momento, San Gregorio se dejó llevar por el entusiasmo ante las perspectivas que se abrían: de hecho Focas prohibiría al patriarca usar el título de «ecuménico». Sin embargo hubo un cierto retraso en cuanto al reconocimiento; la enfermedad del Papa ponía trabas. No cabe duda, sin embargo, que el cambio parecía augurar un cambio en las relaciones. Focas estaba interesado en barrer las taras de su ilegítima ascensión buscando el apoyo del Papa y para esto no dudó en enviar a su esposa, Leoncia, a Roma, acompañando los iconos que, como un presente y una promesa de sumisión él enviaba. Gregorio respondió con palabras amplísimas: «que se alegren los cielos y exulte la tierra». No tuvo tiempo para rectificar. La visita de Leoncia tuvo lugar en abril del 603. El 12 de marzo del siguiente año, como hemos anotado, falleció el Papa.

El gobierno de Focas significa un derrumbamiento del Imperio. Los persas en la frontera oriental, los ávaros en los Balkanes hicieron saltar las fronteras. Los sucesores de San Gregorio se enfrentaron con una situación: el Imperio ha dejado de contar. Lo que importa es, ahora, construir la Iglesia de Occidente. Comenzaba ya el gran proceso de misionización que ni siquiera la expansión musulmana podrá interrumpir.









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