El Risco de la Nava - Nº 213
Fecha Viernes, 09 abril a las 19:22:59
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 213 – 6 de abril de 2004

SUMARIO

  1. Portada: Tolerancia semanasantera, por Miguel Ángel Loma
  2. El 11-M y la reconstrucción de un pueblo, por José Luis Restán
  3. Desarrollo intensivo, por Martín Quijano
  4. Comentarios, por Españoleto


Portada
TOLERANCIA SEMANASANTERA
Por Miguel Ángel Loma

Para envidia de otras ciudades, en Sevilla contamos con un Ayuntamiento socialista que ofrece un ejemplo de tolerancia religiosa digno de figurar en el libro Guinness. Da igual que los concejales que integran su equipo de gobierno pertenezcan a un partido que aboga por la supresión de la asignatura de religión, por una política de asfixia con los colegios religiosos concertados, por el aborto libre, por el matrimonio entre homosexuales y su derecho a la adopción, por la experimentación con embriones humanos, por la legalización de la eutanasia, y en definitiva: por todo aquello que signifique la erradicación de los valores cristianos de nuestra sociedad. Da igual todo, porque al llegar la Semana Santa esos mismos concejales son capaces de sacrificar sus más laicistas convicciones apareciendo en las primeras filas de los mayores fastos religiosos, en los encumbrados palcos de autoridades y hasta presidiendo alguna que otra Cofradía con caritas de inocentes angelotes. Por un aparente milagro operado en las conciencias de nuestros ediles, ese mismo Crucificado que su partido mantiene desterrado de las aulas públicas, adquiere un significado muy diferente cuando sale en procesión por las calles de Sevilla; tan diferente, que su presencia no sólo es tolerada, sino que cualquier día se nos arranca algún concejal dirigiéndole una encendida saeta de carácter «cívico solidario». Por si alguien no se explica todavía la maravilla de esta extraña mutación que transforma durante unos días un laicismo de combate en un fervoroso catolicismo procesional, desvelaré la regla de oro que rige tan suprema muestra de tolerancia: Toda manifestación religiosa que conecte directa y mayoritariamente con el sentimiento popular, cuya supresión pudiera traducirse en una considerable pérdida de votos, y cuya celebración sea susceptible de rentabilizarse económicamente (para mayor gloria de las arcas municipales), o políticamente (para mayor protagonismo de los políticos), y que además admita una interpretación al margen del aspecto religioso (como manifestación de naturaleza cultural, estética, etc., etc.) no sólo será tolerada, sino que deberá ser protegida y fomentada desde el poder, por muy laicista que éste sea.
 

EL 11-M Y LA RECONSTRUCCIÓN DE UN PUEBLO
Por José Luis Restán

Nueve de la noche del Sábado 13 de Marzo de 2004. España entera llora a los muertos del atentado más cruel de su historia. Pocas horas antes, el Ministro del Interior, Ángel Acebes ha comunicado la detención de cinco individuos relacionados con el atentado, tres marroquíes y dos indios. La pista del terrorismo islámico se ha convertido ya en la hipótesis más segura para la policía, mientras el protagonismo de ETA se desvanece.

Para entonces la tensión en la calle ya es evidente. Decenas de sedes del Partido Popular eran asediadas por numerosos manifestantes que acusaban al Gobierno de haber mentido, y de ser responsable de los atentados del 11-M por su estrecha alianza con la Administración Bush. Este movimiento no tuvo nada de espontáneo: fue alimentado por las declaraciones de los líderes del PSOE y amplificado por la formidable maquinaria del grupo PRISA, el principal grupo español de medios de comunicación, espejo de la cultura radical-burguesa que ha servido de soporte ideológico a la izquierda española en los últimos veinticinco años. Y todo ello en plena jornada de reflexión, cuando se supone prohibida toda propaganda política.

En la sede del PP en Madrid toman conciencia de que el asunto se va de las manos: el miedo y la rabia de una parte importante de la sociedad española han encontrado un cauce eficaz para manifestarse en el castigo al Gobierno del PP, que hasta la víspera del Jueves trágico aparecía en todas las encuestas como seguro y cómodo vencedor. La operación «transferencia de culpa» tiene su amargo reflejo en algunos gritos de los manifestantes: «las bombas que lanzásteis sobre Irak explotan ahora sobre nosotros». En cambio, apenas se escucharon condenas contra el terror de Al Qaeda y sus secuaces. Era el comienzo de una larga noche, preludio de un histórico cataclismo electoral.

Los resultados de las elecciones del 14-M, no dejan lugar a dudas. La dramática situación que enmarcó los comicios, produjo la movilización de dos millones y medio de votos que en las anteriores elecciones no habían acudido a las urnas. El PP perdió un millón de votos y 35 escaños, quedándose con 148; por el contrario el PSOE conquistaba casi tres millones de nuevos votos y alcanzaba la cifra de 164 diputados. Un país apesadumbrado y dividido, presa de viejos fantasmas y de imágenes prefabricadas, necesitado de una especie de catarsis tras el horror de los trenes, había plasmado su grito en un vuelco político inimaginable tan sólo tres días antes. Pero este fenómeno que ha dejado boquiabiertos a los sociólogos de medio mundo, tiene raíces profundas en una nación a la que siempre parece resultar difícil encontrarse consigo misma.

España, siempre amante de las paradojas, era reflejada en el número de Marzo de la revista Time como una nación «fuerte, decidida y con confianza en sí misma»; el prestigioso mensual británico reconoce que «su influencia en el mundo no ha tenido igual desde los tiempos del imperio», y rinde homenaje a su crecimiento económico, su creatividad artística e incluso su poderío deportivo. Curioso: el despegue de este nuevo protagonismo de España, ha tenido lugar durante los años de gobierno de Aznar, esos mismos que una cierta mentalidad progresista ha detestado como años oscuros en los que se habrían reducido las libertades, la crispación habría sustituido al diálogo y el oscurantismo y la reacción habrían frenado cualquier avance. Alguno de sus delirantes voceros, como el cineasta Almodóvar, ha llegado a saludar el resultado del 14-M como una «recuperación de la democracia», pero la realidad de España no tiene nada que ver con este odio a lo propio, tan típico de una franja intelectual de nuestro país.

Sin embargo, la imagen de un país en permanente expansión, con una especie de incansable voluntad de vencer, y un brillo desenfadado y transgresor, esconde la corriente profunda de una debilidad y un desencanto que aprovechan cualquier resquicio para asomar. La tragedia del 11-M ha puesto dramáticamente sobre el tapete estas contradicciones. España crece, bulle y se agita, pero más como reflejo de una raíz vital que aún permanece, que como expresión de una tarea común. No existe una conciencia clara sobre el núcleo de nuestro patrimonio espiritual, cultural y moral sobre el que se puede construir, y que por tanto merece la pena defender. Esto se ha visto claramente en la reacción social frente a los atentados: se ha producido una reacción espontánea de generosidad y solidaridad con las víctimas, pero casi nadie desea llegar al fondo de este ataque al corazón de nuestra identidad: se ha preferido tirar la sangre a la cara del Gobierno, sin comprender que sean cuales sean los errores que éste haya cometido, el terrorismo de matriz islámica nos ha golpeado precisamente por lo que somos: una nación fraguada en el crisol de la tradición cristiana, cuya sociedad se articula sobre el reconocimiento de la libertad y de los derechos humanos. Es lo que ha dicho, por ejemplo, Gilles Kepell, un politólogo francés que se opuso a la guerra de Irak, pero que ahora nos pone frente a lo que no desamos ver.

¿Hay algo por lo que merezca la pena sufrir, trabajar y construir juntos? El actor Javier Bardem ha dicho a Time que lo que mueve la creatividad de los españoles es el deseo de encontrar el máximo placer para librarnos de un sentimiento de culpa que sería producto de nuestra tradición católica. Ahí está de nuevo ese repudio de la propia identidad tan grato a los artistas de distinto pelaje, pero ahí tenemos, sobre todo, la causa de nuestra terrible vulnerabilidad: no hay un horizonte ideal positivo y compartido, no hay un amor por el que merezca la pena asumir un sacrificio compartido. Los terroristas islámicos lo han explicado en más de una ocasión: amamos la muerte, más de cuanto vosotros amáis la vida. Ahí radica la debilidad profunda de Occidente frente a ellos: nuestro amor a la vida (que es muy distinto de nuestro apego enfermizo al bienestar) no es lo suficientemente grande, porque hemos roto los vínculos con el origen que sostiene y afirma que el hombre es relación con el Infinito, y que éste se ha implicado en la historia para salvarlo.

La cultura del nihilismo en sus diferentes versiones, ha hecho estragos gracias a instrumentos como la escuela estatal (vaciada de propuesta ideal e invertebrada tras las reformas socialistas) y a buena parte de los medios de comunicación, que han hecho suyo el combate contra una tradición considerada antimoderna e incapaz de permitir el avance de una España, que según sus mitos, habría permanecido demasiado tiempo anclada en el pozo oscuro de la historia. Hay una «vanguardia iluminada» que ha hecho de esta cultura difusa un verdadero ariete en el debate político, discutiendo desde el primer momento (año 1996) la legitimidad del centro derecha aglutinado en el PP para gobernar la democracia española. Son los mismos que han repetido hasta la saciedad el tópico de que el Ejecutivo Aznar ha reducido las libertades, ha provocado el enfrentamiento civil y nos ha traído de nuevo los aromas de la inquisición. Munición gruesa contra un gobierno que hizo del «centro reformista» su divisa. Naturalmente esta vanguardia tiene diferentes voces: entre otras la del tándem Cebrián-González en el puente de mando, y la del grupo de cineastas que dirigieron el video panfletario «Hay motivos», para convencer a la sociedad de que el Gobierno Aznar no era sólo un adversario político, sino un peligro latente para la democracia. Y así, los atentados del 11-M han sido la mecha brutal que ha prendido un líquido inflamable que llevaba tiempo vertido.

Naturalmente, la Iglesia tenía que estar de una u otra forma en el punto de mira de este proceso ideológico, por más que situara en el «no a la guerra» y que sus relaciones con el PP hayan pasado por momentos muy duros. No es extraño que el laicismo en sus diversas maifestaciones, haya sido una de las claves del programa de la izquierda en esta última campaña. También llama la atención la censura sobre el sentido religioso que ha tenido lugar en los días posteriores a los atentados. El cuadro de inmensa conmoción que nos dibujaban sin descanso los diferentes medios, se ha reducido a la solidaridad afectiva con las víctimas y a la vendetta política, sin que se abriera paso, siquiera débilmente, la pregunta sobre el sentido último, sobre el significado sin el que resulta imposible el coraje para reconstruir y para luchar. La dimensión religiosa de toda vida humana y de toda sociedad, que tan presente estuvo tras el 11-S en Nueva York, apenas se ha hecho notar en la crónica de estas jornadas amargas, privándolas así del recurso más profundamente humano para encarar la tragedia. Incluso se ha intentado poner sordina a la presencia de un centenar de sacerdotes en la improvisada morgue del Parque Juan Carlos I, para acompañar con el testimonio de la esperanza cristiana a las familias de las víctimas.

La intensa y espontánea solidaridad de miles de españoles, demuestra que hay una raíz viva, que hay un germen de pueblo que permanece vivo. Pero se echa en falta una guía, una tarea educativa que abra las conciencias al significado de la vida, a su postividad radical, al valor irreductible de la razón y de la libertad. Decía Hannah Arendt que el germen del totalitarismo aparece cuando ya no se distinguen la verdad de la mentira, ni la realidad de la ficción. Y debemos reconocer que el terrorismo nos ha herido también en esto.

Hace poco más de un año, después de meses de dura crispación tras el hundimiento del Prestige y la guerra en Irak, la presencia de Juan Pablo II en Madrid supuso un inesperado punto de unidad para la sociedad española, un momento de intensa conciencia sobre el bien común que hemos sido llamados a custodiar, una pista para identificar el camino de crecimiento de nuestro pueblo. Aquella experiencia cobra ahora singular valor, pero hace falta un sujeto que la tome entre sus manos para traducirla en principio educativo.

En una Nota titulada «Esperanza frente al terrorismo», los obispos españoles concluyen diciendo que en la dura tarea que espera a la sociedad española, los católicos «aportaremos el ánimo fuerte que se alimenta de una esperanza que no defrauda». Con todas sus limitaciones y deficiencias, la Iglesia puede mantener hoy un tejido consciente de pueblo, dentro de una sociedad invertebrada y confusa, y debería ofrecer un punto firme para reconstruir la conciencia, para retomar la senda de una construcción común, para atisbar un horizonte de esperanza, que a día de hoy, para buena parte de nuestra sociedad, no deja de ser una bonita palabra carente de significado real.
 

DESARROLLO INTENSIVO
Por
Martín Quijano

Estamos inmersos en una campaña de autocongratulación por los importantes avances logrados en el último cuarto de siglo, proclamando que ha sido el más próspero de la historia de España. Eso se presenta con información tergiversada, ignorando los progresos del cuarto de siglo anterior, que nos llevaron a avanzar treinta puntos en convergencia con Europa, quedándonos en 1975 sólo a seis u ocho por debajo de donde estamos ahora. Pero, prescindiendo de esa tergiversación malévola, es un hecho que estamos en un nivel nunca alcanzado antes en cuanto a satisfacción de nuestras necesidades materiales. El bienestar material de los españoles resulta patente para quienquiera que viaje con los ojos y la mente abiertos por cualquier rincón de España.

Ese bienestar, repito que material, ha conducido a una situación en la que las necesidades elementales están cubiertas, por estricto que sea el criterio que se haya elegido para medirlas, y estamos en un mercado de saturación de los productos convencionales. El índice de consumo de alimentos provoca un aumento, ya preocupante, de la obesidad, la mayor parte de las familias tiene un minitaller en casa, el índice de teléfonos móviles, automóviles, lavadoras, etc. está próximo a la saturación. Están lejos las optimistas y alegres estadísticas de décadas atrás cuando esa saturación aún no estaba próxima y se daba cuenta de cómo las familias españolas iban equipándose y aproximándose progresivamente a una sociedad avanzada. Ya lo somos; y las inquietudes comerciales consisten en cómo conseguir que los españoles transformemos continuamente nuestro equipamiento doméstico y personal, adoptando objetos más evolucionados, más que adquiriendo más objetos. O introduciéndonos en un nuevo tipo de consumo superfluo, tal como puede ser calificada la proposición comercial permanente a que formemos una videoteca en casa, o que hagamos colecciones de objetos inverosímiles.

Esa situación supone una saturación del consumo extensivo y el paso al consumo intensivo. Dejamos de adquirir más cosas, pero pasamos a adquirir cosas con mayor calidad. Y eso se refleja en todos los aspectos de la sociedad. Sólo tiene éxito comercial el producto que más calidad ofrece dentro de cada margen de precios. Las empresas, las naciones, compiten con nuevos competidores que ofrecen lo de siempre a precios más bajos. Y han de mantenerse generando productos nuevos, o de mayor calidad. Lo exige paralelamente un aumento del nivel de calidad en los sistemas de producción, los que los diseñan y los que los operan. La calidad se mide ya en múltiples facetas que cubren todos los aspectos del mundo moderno, desde la productividad de cada puesto de trabajo hasta la eficiencia energética o las emisiones de dióxido de carbono por unidad de energía producida.

Esa nueva situación exige cambios importantes en el nivel de formación de las personas. Algo que implicará creciente tensión de cambio, desde la educación primaria hasta los últimos grados técnicos. Pero, sobre todo, exigirá un cambio de mentalidad, que transforme el propósito director de todo el sistema educativo. No se tratará ya de cumplir con una rutina, sino de lograr personas con formación, inquietudes e iniciativas. No se trata de lograr la igualdad legal, algo procurado hasta ahora con la alocada política educativa de que los alumnos pasaran curso incluso con todas las asignaturas suspendidas. Se trata de lograr la mayor excelencia posible, algo esencialmente opuesto a la igualdad. Sin ella no se podrá competir en ninguna actividad humana, sea comercial o cultural. Las distancias anteriores entre naciones y personas, que podían permitir nichos interiores de ineficacia protegidos de la competencia exterior por los costes de comunicación, han desaparecido. Las nuevas condiciones de globalización colocan continuamente en nuestras puertas al competidor más peligroso. Y no podemos eludirlo apelando a proteccionismos de ningún tipo. Sólo nos cabe el recurso de espabilarnos, haciéndonos mejores o más fuertes que nuestros competidores.

Y en un mundo como el actual, tan exigente, ¿qué papel juegan unos políticos que manejan latiguillos desfasados, propios de situaciones desaparecidas? ¿Qué explica que triunfen políticos separatistas, que esencialmente están diciendo a sus ciudadanos que sus problemas se resolverán, y todo será mejor, cuando corten las comunicaciones de todo tipo con su entorno actual? ¿Cómo pueden pretender que mejore la competitividad de sus gobernados haciéndoles comunicarse en un idioma de ámbito restringido y perdiendo su capacidad de comunicación más amplia que ya tenían? Resulta difícil entenderlos, pues sugieren una ceguera respecto a la realidad que todos afrontamos.
 

COMENTARIOS
Por Españoleto

UNA REFERENCIA A LA DIVISIÓN AZUL

Una revista de Historia publica un reportaje con motivo del cincuentésimo aniversario de la llegada del Semíramis. El reportaje es una prueba de la miserable situación del orgullo nacional. Los que llama soldados «perdidos» de Franco son presentados en un reportaje con cuidadosa emisión de toda faceta satisfactoria. La lucha en torno a Posad es algo marginal, Krasny Borj no es mencionado, la resistencia en los campos de concentración tampoco... Lamentable.
 

REVOLCÓN AL GOBIERNO FRANCÉS

Sólo una de las regiones francesas ha quedado controlada por la derecha que actualmente detenta el gobierno nacional. Chirac reacciona como si no hubiera sido mas que una ocasión para hacer cambios. Resulta evidente que los giros políticos bruscos se imponen en Europa. Uno se pregunta en qué grado son decisiones meditadas y en qué otro grado obedecen a motivaciones impulsivas de enfado social repentino. Como siempre, el conflicto entre el enamoramiento reflexivo y el flechazo. O la inversa.
 

HABLA UN EXPERTO

Un profesor de Granada, experto en terrorismo islámico, afirma en una entrevista que los estrategas de éste saben que Inglaterra no se rendiría si le atacan, y prefieren aislarla atacando a sociedades más débiles.

¡Qué envidia!

Otro análisis, éste de un Grupo de Estudios Estratégicos, GEES, incide en lo mismo, preguntándose por qué han atacado España en vez de atacar el R.U., mucho más implicado y determinado en la acción en Iraq.

Pues por eso, claro.
 

LA REBELDÍA CATALANA Y VASCA

Catalanes y vascos anuncian su desobediencia a la aplicación de la ley de calidad de la enseñanza. Alegan los unos al anuncio del PSOE de su modificación. Los otros, simplemente, a que no les da la gana. El Gobierno en funciones se calla, prácticamente. Y los portavoces del entrante excusan esas posturas diciendo que no son graves.

Ellos (y de rebote, nosotros ) verán. Pero nadie les quita la satisfacción a los separatistas, que piensan que ya han ganado otro tramo hacia la destrucción de España.
 

LA REVOLUCIÓN QUE SE ANUNCIA

El PSOE anuncia, a través de diversos comunicados de sus voceros, aún oficiosos, que se avecina una doble revolución, sexual y social, en España. Además de la revolución política a escala mundial que supone «el retorno a la legalidad internacional». No pecan de modestos.

Cabe discurrir acerca de qué tienen en la cabeza para anunciar una revolución sexual en un país que se distingue ya por libertino. Pero se atisba una mayor presencia homosexual en la vida pública. Incluso han protestado por la «ostentación heterosexual» en el asunto del matrimonio del Príncipe Felipe. Dentro de poco, exigirán su cupo legal en los matrimonios públicos. Y el PSOE estará al quite.
 

EL ACOSO AL CATOLICISMO

Se anuncian malos tiempos para los católicos con el nuevo gobierno. Ampliación del aborto, matrimonios homosexuales, adopción de niños por éstos, eliminación de la opción de educación religiosa,... y lo que se le ocurra a las nuevas lumbreras en el poder.

Quizás ello ayude a revitalizar la Iglesia española. No hay mal que por bien no venga.







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