El Risco de la Nava - Nº 215
Fecha Martes, 20 abril a las 21:39:38
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 215 – 20 de abril de 2004

SUMARIO

  1. Portada: «Dialogando se entiende la gente», por Emilio Álvarez Frías
  2. Terrorismo como abuso del corazón ajeno, por Arturo Robsy
  3. La reflexión necesaria, por Antonio de Oarso
  4. Al-Aqeda y ETA, por Miguel ángel Loma
  5. Programa máximo del Partido Socialista
  6. Nuevo Talante, por Miguel Rivilla San Martín
  7. En el nombre de Alá, de Libertad Digital


Portada
«DIALOGANDO SE ENTIENDE LA GENTE»

Por
Emilio Álvarez Frías

Es posible que el contenido de esta frase tenga visos de verosimilitud. Quizá. Probablemente en algunos casos la gente llegue a entenderse dialogando. Incluso hemos de tener fe en que pueda llegar a ser verdad, y desde luego hemos de creer que se puede conseguir.

Mas, por lo que vemos, es un propósito digno de encomio, una frase acuñada en la mejor de las intenciones, pero que rara vez se llega a hacer realidad.

Porque la primera premisa que ha de darse es el propósito de las partes de estar dispuestas al diálogo sin apriorismos, sin ánimo de imponer a otro sus planteamientos en una postura inamovible con clara intención de hacer quebrar los postulados del oponente en beneficio propio. Dialogar es platicar, exponer, razonar, pero no tratar de imponer. Quizá se quiere dar a la palabra un mayor alcance del que tiene y por ello hace aguas en el momento de ser puesta en circulación.

Y es que, ¿acaso se puede dialogar con la banda terrorista ETA, la que con su comportamiento asesino intenta imponer una dictadura nada clara? Es absolutamente imposible establecer un diálogo donde no se dan las circunstancias precisas para el intercambio de puntos de vista, de opiniones, de deseos incluso, con disposición de ánimo para encontrar lo más conveniente, razonando planteamientos, posiciones, para, al final, encontrar lo mejor para lo pretendido.

Como asimismo hay que decir que el diálogo que se pretende mantener con el ejecutivo vasco acerca de su plan es un intento fallido antes de iniciarse, pues, de entrada, surge la exigencia de ruptura de la nación desde posturas propias y desde la imposición de quienes representan a la banda criminal ETA. ¿Cómo es posible dialogar con quienes mantienen a los terroristas en las instituciones y quiebran el orden constitucional, y sólo aspiran a romper, junto con ETA, la unidad nacional, amparándose en delirios trasnochados inventados en momentos de desvarío de visionarios enloquecidos?

Ni tampoco resulta posible dialogar con los diferentes nacionalismos catalanes, que se mueven en espacios similares a los vascos, con intenciones reflejas, unos con mayor esquizofrenia que otros, haciendo uso de desfachatez y chulería al plantear al futuro gobierno de la nación su exigencia de coparticipar en sus decisiones pero sin que éste tenga opción a opinar sobre aquella región. Es difícil establecer en este espacio de contradicciones un diálogo que no sea de besugos, como admite y define el María Moliner.

¿Acaso se puede dialogar con algunos sectores laborales como el reciente caso de los empleados de Izar que plantearon una lucha revolucionaria todavía no resuelta por reivindicaciones que comprendemos pero con cuya forma de hacerlo no coincidimos? ¿No puede ser calificado de terrorista este comportamiento?

¿O no ha de ser considerado también como terrorismo la acción de los célebres «piquetes informativos» que destrozan bienes públicos y privados en tumultos callejeros o dentro de la empresa cuando intentan forzar, por medios evidentemente ilegales, que ésta se pliegue a sus deseos o planteamientos sin antes sentarse a hablar o rompiendo el diálogo sosegado para ser sustituido por la lucha revolucionaria, en cuyos comportamientos participan de forma decisiva los líderes sindicales y los esbirros pagados, unos y otros subvencionados por las arcas del Estado a las que contribuimos todos para fines más lícitos?

No puede haber diálogo incluso entre los partidos políticos ya que renuncian a estudiar e intercambiar puntos de vista, a discurrir conjuntamente hechos y fórmulas para el mejor gobierno, sustituyendo la actitud constructiva por el enfrentamiento público con engaños, insultos, supercherías, traiciones, golpes bajos y sucios, denigrando al oponente. Sin duda esto no es dialogar.

Como no es dialogar otro considerable número de comportamientos y situaciones planteados por los hombres y que renunciamos a seguir enumerando para no ser excesivamente largos y reiterativos.

Dejemos de hablar de diálogo hasta que estemos dispuestos a dar a esta palabra su auténtico sentido positivo. Dejemos de engañar y de engañarnos proponiendo lo que no estamos dispuestos a hacer con honradez. Busquemos las expresiones más acordes con nuestra intención para no confundir al contrario, pero sobre todo para no desconcertar al que escucha sin opción a participar. Intentemos no manipular a los otros con expresiones confusas y engañosas que lleven al auditorio de un lado para otro en función de intereses partidistas, personales, sectarios.

Buen deseo el nuestro que no será atendido. Mas no por ello renunciaremos a repetir insistentemente que el camino por el que vamos no lleva a buen puerto. Estamos convencidos de que es preciso dialogar, aunque bajo otras premisas que las actuales y con la mejor intención de resolver problemas y situaciones, pero, tememos, sólo desde la fuerza será posible convencer a los interlocutores de que es preciso sentarse ante una misma mesa para ejercer tan sana gimnasia.

Y que no se diga que insinuamos un golpe de estado, una involución, una dictadura con apellidos más o menos desacreditados. No, simplemente creemos que el diálogo hay que plantearle desde el poder de la razón, en plena libertad, pero mantenido con energía y respaldado por las instituciones, que para eso están.
 

TERRORISMO COMO ABUSO DEL CORAZÓN AJENO
Por
Arturo Robsy

Se sabe de antiguo que para cambiar radicalmente una sociedad lo mejor es asustarla: conseguir que pierda la certeza de que hace lo que debe y que ese deber contiene un rumbo vital, o sea, una misión histórica. El miedo termina con eso y hace que la buena gente olvide la misión general para atender a la que le dicta el instinto de conservación.

De antiguo se sabe. Cuando Moisés quiso mover el corazón del Faraón, contrario a la salida de Egipto, derramó sobre el Nilo las plagas que, tras la matanza de los primogénitos, provocaron esa punta necesaria para que una sociedad desista de su futuro natural. Quizá el mejor retrato del terrorista consciente y pleno sea el que nos ha quedado de Catilina, un hombre con virtudes ciertas «sed ingenio malo pravoque», como lo resume Salustio Crispo: «pero de talante malo y depravado». Salustio es una especie de periodista de aquella Roma que estaba cambiando de época sin percibirlo bien. Cicerón, que también trabajaba al hilo de la actualidad, engarzaba sus catilinarias en el senado, adonde acudía Catilina, impertérrito, a escucharlas porque no le faltaban ni valor ni cinismo. Cicerón le preguntó: «¿Cuánto tiempo tu furor osará insultarnos?». Le temía, pero se le enfrentaba. Para liberarse del terror que imponía el revolucionario, Roma tuvo que hacer una guerra y matar a Catilina y a sus seguidores en la batalla campal de Pistoya, donde uno de los cónsules murió a manos de aquel valiente «de talante malo y depravado». Pero Roma, tras Sila y Mario, quedó ya a merced de todo el proceso que, tras los triunviratos y César, llegó al Principado de Augusto y a la Pax Romana.

Siempre terror para propiciar el cambio. Siempre tiranía en la base del método. Bien lo supo Robespierre, aquel fanático judío polaco que se llamaba Rubinstein. Bien lo supieron Lenín y Stalin, como Azaña y Largo Caballero; como Hitler; como Truman al lanzar las bombas atómicas; como Rabín y los sabras, terroristas hasta que se les regaló el territorio para su estado de Israel.

El «tempo» histórico es lento, un «largo» musical, pero apenas un soplo entre la revolución rusa y su salvaje terror y la matanza del once de marzo: se trata del mismo instante: el de un mundo que necesita una transformación que le saque de la estela de la revolución francesa, pero cuya debilidad otros usan, como Catilina, para llevarlo al primer gran intento de tiranía universal: de ahí el terrorismo, también universal porque las gentes que debieran hacer el mundo necesario, van siendo encadenadas por el miedo.

¿Miedo a la bomba? Vimos bien en Madrid cómo personas de toda clase se lanzaron al rescate de sus semejantes sin preocuparse de si quedaban más bombas o las conocidas trampas para explotar el éxito. O sea, miedo a la bomba, no mucho. La explosión asesina o el tiro en la nuca son fríos y terribles recordatorios de un miedo más estable y constante que ya está clavado en el corazón de todos.

Muchas veces al día soportamos el abuso de nuestros corazones, abuso permitido y legal, que extiende el miedo: se llama información. Los medios de información nos suministran la dosis constante de tósigo: las guerras, la visión seguida de cadáveres, especialmente de los descuartizados. Los terremotos y, con entusiasmo, sus víctimas; la creciente delincuencia y las suyas; la muerte terrible en la carretera, en el trabajo, en la calle de la ciudad. Los aviones que caen, los trenes que se estrellan, los edificios que arden, la barbarie generalizada que nada respeta.

Así, día tras día, con noticias en directo, con documentales sobre la matanza que es la Naturaleza, con las películas donde se muestran atemorizantes formas de matar, o sea, de morir; las novelas mismas; la propaganda obligada (Ésta, contra el tabaco, las define a todas como productos de psicópatas: Fumar puede ser causa de una muerte lenta y dolorosa). Esa es la constancia, fría y aceptada, que siembra el terror, que obliga a sentir a todos el mundo como lugar inhóspito, peligroso, enemigo. Millones de bombas diarias que mueven el corazón hacia la nada en virtud de un método viejísimo: el hombre atemorizado no puede ser libre en ninguna decisión ni, encerrado en su casa, lleno de desconfianza, hará una sociedad capaz de unirse ante el ataque, precisamente porque no lo percibe como ataque.

Este es el terrorismo mayor. Este es el que ha logrado que las libertades en las democracias de hoy sean menores -y menos exigibles- que las que se tenían hace cincuenta o más años. Como advertía Luis Suárez en el número extraordinario de Altar Mayor, el estado interviene cada vez más en la vida de todos, en lo íntimo del hombre, y hasta decide qué ideas, qué doctrinas podemos o no conocer.

Dios nos puso en una época abocada inevitablemente a la transformación, y eso sucederá. Se trata de saber si el miedo permitirá que triunfe una tiranía universal, no sólo materialista sino enemiga de lo alto. Se trata de preguntarnos, con Cicerón, cuánto tiempo el furor de la despiadada codicia osará insultarnos e impedirnos un mundo más plácido y seguro.

Los terroristas sólo son unos salvajes psicópatas. Quienes les organizan o aplauden son el mal. Quienes no se atreven a destruirlos, los locos.
 

LA REFLEXIÓN NECESARIA
Por
Antonio de Oarso

No había sido todavía investido Rodríguez Zapatero como Presidente de Gobierno, cuando ya estaba anunciando las próximas medidas legislativas: derogación de la Ley de Calidad de la Enseñanza, reducción de la clase de religión a optativa e inevaluable, aborto libre hasta los tres meses de embarazo, matrimonio de homosexuales.

Existe una lógica en esta actitud común a todas las izquierdas, no sólo la española. No se trata sólo de que esta orientación sigue los presupuestos del marxismo cultural, que puede exhibir un gran éxito en la erradicación de la cultura y la moral «burguesas», vía dominio abrumador de los medios de comunicación. Se trata de que, una vez admitida como inamovible la estructura capitalista de la sociedad, después del estrepitoso fracaso de la Unión Soviética, los partidos de izquierda y de derecha carecen de contornos tan diferenciados como en la época en que regía la dicotomía capitalismo-anticapitalismo. No existe una diferencia sustancial entre los gobiernos de un Blair, de un Aznar, de un Schröeder o de un Chirac, en este sentido. Por tanto, las diferencias entre izquierda y derecha hoy en día necesariamente han de concretarse cada vez en mayor medida en materias culturales, de moral y costumbres. Y hay que repetir que la izquierda, en su actual versión progresista, y debido a su gran superioridad mediática, triunfa clamorosamente. Tanto es así que la derecha, en la mayoría de los países occidentales, se encuentra a la defensiva, si no se ha rendido en todo o en parte. Esto se explica, además de por la influencia mediática, por la descarnada realidad de unos partidos que buscan ávidamente los votos y reconocen en colectivos como el feminista y el homosexual unos racimos de ellos que no están dispuestos a despreciar. Se produce, entonces, un seguidismo en estos asuntos por parte de la derecha, que abjura en gran parte de sus valores, y camina en pos de la izquierda. Y esta última se ve obligada a avanzar aún más para diferenciarse bien.

No es extraño, pues, que Rodríguez se haya apresurado a referirse a estos temas, manifestando sus propósitos. Es, sin duda, su vía de escape, pues en otros asuntos se verá obligado, mal que le pese, a seguir las directrices trazadas por el anterior gobierno. Así, pues, golpeemos a la religión, la moral y la Iglesia, que no cuesta nada y no tiene consecuencias.

Pero la derecha debería comprender que su actitud seguidista en el plano cultural y moral supone un triunfo de la izquierda en estos campos que puede resultar definitivo. En Estados Unidos así lo han comprendido y desde hace décadas se ha entablado una guerra cultural de cuya importancia quizás muchos no se dan cabal cuenta. Pues se trata de decidir si la sociedad occidental va a recuperar la pauta de los valores cristianos que mal que bien la rigieron hasta hace unas décadas, o si el adentramiento en una nueva civilización neopoagana y antinatural ha llegado a un punto de no retorno.

El Partido Popular español en consecuencia, ahora que está en la oposición, debería reflexionar si su función ha alcanzado su plenitud al haber gobernado con mayor honestidad y eficacia que los socialistas, a más de defender mejor la unidad nacional, y si su proyección hacia el futuro debe constreñirse a esa línea de conducta, sin duda muy importante; o si no deben tener en cuenta, también, lo que piensan sus votantes respecto de valores tradicionales, en vez de desatenderles fundándose en que ya tienen asegurado su voto; si no ha llegado el tiempo de desembarazarse de inadecuados y pertinaces complejos y, sin estridencias pero con firmeza, manifestar con autenticidad lo que se piensa sobre temas referentes a la familia, la religión y la moral social.

En Estados Unidos, los republicanos, en su mayor parte conservadores, no se avergüenzan de serlo. Antes bien, se vanaglorían de ello y proclaman sus ideas sin atenuarlas, máxime cuando saben que hay muchos votos detrás. Y no por ello su partido es confesional. Está tan lejos de serlo como el Partido Demócrata. Y, además, temas tales como el aborto, la homosexualidad, la pornografía, la manipulación de embriones, etc., si bien objeto de religiones concretas, pertenecen primordialmente a la ley natural. Algo que hay que tener muy en cuenta, pues si la contravención de esta ley se instala definitivamente en Occidente, se puede pensar en la liquidación de nuestra civilización, en beneficio, naturalmente, del Islam.

Sería un acierto que la reflexión del Partido Popular le condujera a una catarsis que le permitiese configurar una ideología con valores más trascendentes y más nítidamente diferenciada de la de los socialistas.
 

AL QAEDA Y ETA
Por Miguel Ángel Loma

Inmaculada Navarrete, jefa de redacción de ABC de Sevilla, intentando tranquilizarnos para «que no cunda el pánico cultural» ante los terroristas islámicos, deslizaba el siguiente comentario en un artículo de la edición sevillana de este diario el pasado 11 de abril: «Al Qaeda está hecha de la misma pasta que la europea y, por tanto, cristiana ETA: sus comandos simplemente se toman al pie de la letra el odio al otro». Este razonamiento es bastante equívoco porque, aunque seguramente no fuera intención de doña Inmaculada, contiene dos ideas erróneas: parece sentar que lo del «odio al otro» es un principio cristiano, y parte de una premisa falsa en tanto que el hecho de que ETA sea europea no significa en absoluto que sea cristiana. Para ser precisos, ETA no mata en nombre de Cristo, mientras que Al Qaeda sí lo hace en nombre de Alá. Cuando unos y otros asesinan, igual de asesinos son y desde luego a las víctimas no creo que les importe mucho en nombre de quién les asesinan. Pero en cualquier caso, apliquémosles a cada cual su auténtico pedigrí para no confundir más las cosas: ETA es marxista leninista a la vez que nacionalista, y Al Qaeda es fundamentalista islámica, con una concepción letal de Dios y de la religión. No lancemos mensajes que induzcan a pensar que ETA es cristiana y que Al Qaeda está hecha de la misma pasta, porque el rumor puede llegar hasta las artísiticas orejas de Pedro Almodóvar y se nos descuelga con una nueva peliculita echándole la culpa del 11-M a los curas de su colegio.
 

PROGRAMA MÁXIMO DEL PARTIDO SOCIALISTA
Redactado en 1888, y no derogado

Considerando:

    · Que esta sociedad es injusta, porque divide a sus miembros en dos clases desiguales y antagónicas: una la burguesía, que, poseyendo los instrumentos de trabajo, es la clase dominante; otra, el proletariado, que, no poseyendo más que su fuerza vital, es la clase dominada; Que la sujeción económica del proletariado es la causa primera de la esclavitud en todas sus formas: la miseria social, el envilecimiento intelectual y la dependencia política;

    · Que los privilegios de la burguesía están garantizados por el poder político, del cual se vale para dominar al proletariado.

Por otra parte:

    · Considerando que la necesidad, la razón y la justicia exigen que la desigualdad y el antagonismo entre una y otra clase desaparezcan, reformando o destruyendo el estado social que los produce;

    · Que esto no puede conseguirse sino transformando la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad común de la sociedad entera;

    · Que la poderosa palanca con que el proletariado ha de destruir los obstáculos que a la transformación de la propiedad se oponen ha de ser el poder político, del cual se vale la burguesía para impedir la reivindicación de nuestros derechos;

El Partido Socialista declara que tiene por aspiración:

    1. La posesión del poder político por la clase trabajadora.

    2. La transformación de la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad colectiva, social o común. Entendemos por instrumentos de trabajo la tierra, las minas, los transportes, las fábricas, máquinas, capital-moneda, etc., etc.

    3. La organización de la sociedad sobre la base de la federación económica, el usufructo de los instrumentos de trabajo por las colectividades obreras, garantizando a todos sus miembros el producto total de su trabajo, y la enseñanza general científica y especial de cada profesión a los individuos de uno u otro sexo.

    4. La satisfacción por la sociedad de las necesidades de los impedidos por edad o por padecimiento. En suma: el ideal del Partido Socialista Obrero es la completa emancipación de la clase trabajadora; es decir, la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores, dueños del fruto de su trabajo, libres, iguales, honrados e inteligentes.
     

NUEVO TALANTE
Por Miguel Rivilla San Martín

Es loable la manifestación por parte del señor Zapatero, al iniciar su mandato de Gobierno socialista, la declaración de intenciones de obrar con un nuevo talante, basado en el diálogo, la humildad y el consenso. Toda la ciudadanía espera que sus intenciones vayan acompañadas de hechos significativos.

Nadie ignora que, según el proyecto socialista, las relaciones con la Iglesia católica se presentan un tanto difíciles por no decir conflictivas, por los temas pendientes: liberación del aborto, eutanasia, clonación, eliminación de embriones, parejas de hecho, adopción de niños por parte de homosexuales, enseñanza religiosa, defensa de la familia etc.

Sabido es que la Iglesia, tras veinte siglos de coherencia en su enseñanza, basada en la naturaleza y revelación, no puede dar marcha atrás en sus principios. ¿Cómo se abordarán estos y otros temas fronterizos? Una muestra del nuevo talante será el nombramiento ante la Santa Sede del nuevo embajador. Confiamos los católicos españoles que no sea otro Puente Ojea, de infausta memoria, cuya elección hizo el señor González, en tiempos no muy lejanos.
 

EN EL NOMBRE DE ALÁ
De Libertad Digital

Hay un plan secreto para reislamizar España por parte de varios países árabes», según Enrique Montánchez, coautor de En el nombre de Alá. La red secreta del terrorismo islamista en España (Planeta, 2002). En 256 páginas, este trabajo de investigación periodística «no es un libro de tesis, ni policial ni política, sino que presenta datos que son las piezas de un puzzle», según sus autores. Montánchez, redactor jefe de Investigación del diario y Pedro Canales, corresponsal en el Magreb del mismo periódico, firman el libro conjuntamente y subrayan que sólo tratan de abrir un debate social acerca de este fenómeno.

En el libro, sus autores llegan a la conclusión de que el mundo islámico busca reconquistar ideológicamente «Al Andalus» (nombre histórico de la España Musulmana). Aportan pruebas y datos para demostrarlo, como los «abundantes» medios económicos facilitados por Marruecos y Arabia Saudí para la construcción de mezquitas en España. Pedro Canales asegura que en el libro también se demuestra cómo España es el único lugar de Europa donde los musulmanes hacen proselitismo y que en los últimos años ya se han convertido al Islam a unos 30.000 españoles. «Hay una reislamización, se busca convertir, ganar terreno», afirma.

Para subrayar este argumento, los autores explican cómo en los años 80 sólo había diez asociaciones islámicas en España, mientras que ahora hay más de doscientas y la mayoría también son financiadas por Marruecos y Arabia Saudí. Pedro Canales, buen conocedor del Magreb, explica también cómo Marruecos se sirve de la inmigración ilegal para suavizar su situación política interna. Con una población empobrecida, el propio Gobierno marroquí tolera a las mafias de la inmigración, que introducen en España a miles de personas desesperadas cada año. Al permitir que se marchen y «hacer la vista gorda con las mafias», Marruecos se evita un estallido social y desvía a Europa a quienes pudieran darle problemas más adelante.







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