Altar Mayor - Nº 95 (18)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:12:06
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

LIBROS Y REVISTAS  

LA FIEL INFANTERÍA
Edición de Rafael Ibáñez Hernández
Actas, 2004. San Sebastián de los Reyes
Rafael García Serrano

Cuando La fiel Infantería vio su luz primera en 1943, la crítica y los lectores acogieron favorablemente la novela; no en balde obtuvo el Premio Nacional José Antonio Primo de Rivera frente a La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, futuro Premio Nobel. Este reconocimiento provocó el malestar en medios clericales, escandalizados por «el relato de numerosas escenas obscenas y las blasfemas expresiones» empleadas, lo que llevó al secuestro de la novela. No será hasta los años ochenta cuando esta novela esté a disposición de los lectores sin enmienda alguna, después de una segunda edición marcada por las mutilaciones de la censura. Ahora la editorial Actas ofrece íntegramente este título para ser leído sin prejuicios, en una edición que ha cuidado con esmero Rafael Ibáñez Hernández.

En su imprescindible introducción, este historiador relata no sólo la peripecia de La fiel Infantería sino la del mismo autor, un entonces joven universitario que empuñó por vez primera casi de forma simultánea pluma y arma. Recogiendo, sin duda, la propia experiencia de García Serrano, no es La fiel Infantería una novela de guerra acomodada al cliché, aunque en sus páginas se recogen las primeras semanas de nuestra última Guerra Civil, no tan exenta de escenas puramente bélicas como plagada de reflexiones al hilo de las diferentes propuestas argumentales.

Es sin duda alguna ésta de García Serrano una de las mejores novelas basadas en la experiencia de la Guerra Civil, lo que no debe sorprender para nada cuando la pluma ha sido portada por uno de los mejores escritores españoles del pasado siglo XX.

Gustavo Morales
 



EN DEFENSA DE LA VIDA HUMANA
EDICEP
Julio Gonzalo

Divorcio, aborto, eutanasia..., eslabones de una cadena analizados, en especial el segundo, en este libro (150 Pags.) cargado de datos fidedignos y citas autorizadas. Expuestas con claridad por su autor llevan al lector a conclusiones sobre la situación en nuestra Patria.

El gobierno de UCD dio paso al divorcio y abrió puertas al propósito ya formulado entonces por el PSOE de legalizar el aborto si llegaba al poder. Así ocurrió. Los dos mandatos recientes del PP no han movido un dedo para frenar que el socialismo, en el segundo embate que ahora padecemos, lleve a término su proyecto abortista.

Los argumentos del autor sobre las consecuencias fatales a que conduce el divorcio se basan en datos sociológicos comprobados. Las cifras sobre el progreso de tendencias y prácticas abortistas en España son dramáticas. Ambas realidades se hacen aún más tenebrosas cuando hay que reconocer que la propia jerarquía de la Iglesia española no ha sido tan valiente, suficientemente clara siquiera, como requería la situación. Siempre, como es natural, con alguna excepción honrosa para los pocos que las protagonizaron. Con tales excepciones, la defensa de la vida parece haber sido batalla confiada a los seglares.

Los Medios de Comunicación Social, hábilmente manejados y a veces ante vergonzantes componendas económicas, han sido coadyuvantes. ¿Quién si no ha logrado variar las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas que hace tan sólo 25 años arrojaban un 95 % de rechazo al aborto, para pasar a las tendencias y realidad actuales?

Manuel Mª Carreira, S.J., afirma en su prólogo del libro: «El autor, acostumbrado al rigor de pensamiento y a la honradez de la investigación científica, no permite subterfugios dialécticos para negar lo que todo biólogo reconoce: que la vida humana tiene un desarrollo continuo desde la primera célula con su programación genética únicas hasta los 100 billones de células del organismo adulto. Una estructura que se autoconstruye sin pausa, con una complejidad verdaderamente incomprensible, es una nueva realidad humana en que nadie puede marcar cambios sustanciales ni en un día ni en un mes ni en un año. Llamar asesinato a causar la muerte en un momento cualquiera y decir que no lo es en otro, anterior o posterior, es una hipocresía vergonzosa y criminal».

El Dr. Julio Gonzalo, autor de esta obra, es Catedrático de Física en la Universidad Autónoma de Madrid y tiene publicados numerosos libros en inglés y español. De entre estos últimos los más recientes son Pioneros de la ciencia, Los últimos trece mil millones de años..., El fenómeno del ateísmo contemporáneo y un breve trabajo de 20 páginas pero enjundiosas, editado por Ciencia y Cultura con motivo del centenarío de José Antonio Primo de Rivera bajo el título Si España quiere suicidarse nosotros lo impediremos.

J. M. T.
 

ADIÓS, ESPAÑA. VERDAD Y MENTIRA DE LOS NACIONALISMOS
Encuentro, 2004. Madrid
Jesús Laínz

Posiblemente sea muy difícil encontrar en las bibliotecas un compendio tan exhaustivo de las sinrazones que impulsan y justifican los nacionalismos que amenazan la integridad de España, mérito al que se suma la condición de su autor, llegado al análisis político desde sus facetas letrada y empresarial. Ajeno a las sesudas fórmulas de tantos analistas que -al uso- pululan por los medios, Laínz se ha pertrechado con cuantos datos y argumentos ha hallado a su paso para esforzarse en su afán por alumbrar la verdad sin importarle un ápice la corrección política. Y bate sus armas con seguridad y tesón, algo que es sin duda digno de reconocimiento.

El pormenorizado repaso que el autor efectúa de las construcciones históricas sobre las que el nacionalismo vasco ha alzado la gran mentira que -junto con el terrorismo- ha dado pábulo a una futura EuskalHerria independiente y soberana es todo un dechado de paciencia lectora y claridad expositiva, situando al lector ante la verdad desnuda de un mito trascendental para el nacionalismo vasco. No es tanto demérito de los nacionalistas vascos el recurso al mito como su empeño por convertirlo en verdad absoluta que justifique sus propósitos, haciendo así de una simple referencia un inmenso embuste. Las fábulas de Túbal o Aitor ya sólo caben en mentes ignorantes, pero aún con ellas se pretende señalar el pretérito origen del supuesto pueblo vasco diferenciado de otros pobladores de la Península. Más compleja es la manipulación que de la foralidad realizan los nacionalistas vascos, quienes desean ver en este objeto jurídico medieval el núcleo de una forma política moderna como es el Estado. Ignoran a sabiendas —además— la vinculación real de Castilla con su mítica EuskalHerria, no ya sólo conforme el manido argumento en torno al Señorío de Vizcaya, sino mediante la relación del antiguo condado con el reino navarro y la repoblación vasca de diferentes territorios a medida que se expandían los dominios de la corona castellana.

Estos y otros muchos argumentos utiliza Laínz para reducir a su verdadera dimensión las pretensiones separatistas del nacionalismo vasco: mendacidades, fraudes, mentiras y tergiversaciones con las que se ha ido moldeando desde los púlpitos, las aulas y los medios de comunicación la concepción de toda una sociedad en beneficio de los intereses de los propios nacionalistas. Más aún, se atreve a señalar las incoherencias que abundan en el propio discurso nacionalista, contradicciones no obstante mantenidas con una persistencia digna de mejores empresas, y los falsos paralelismos en que se empeñan los nacionalistas vascos (caso irlandés, por ejemplo).

La responsabilidad del PNV ante lo que se nos avecina queda meridianamente patente en estas páginas, aunque su autor no desatiende los nacionalismos separatistas catalán y gallego, con los que en el período constitucional algunos dieron pie para la invención de las nacionalidades históricas.

El gran reproche que se le puede plantear a esta obra es su desmesurado tamaño, que -por otra parte-, sobre desanimar al lector medio, oculta no pocas reiteraciones textuales y documentales. No podemos sino invitar desde aquí al autor a la reelaboración de su trabajo con miras a una mayor brevedad, quizá aún más provechosa que la exhaustividad de la presente. Aún con todo, el esfuerzo de su lectura se ve recompensado por el indiscutible valor de la obra, que sin duda superará la habitual brevedad de la vida editorial.

Rafael Ibáñez Hernández
 

LA VUELTA A LA CAVERNA. Terrorismo, guerra y globalización
Ediciones B
Gustavo Bueno

No me extrañaría si algún lector de Alfa y Omega se sorprendiera al leer esta reseña del, hasta ahora, último libro de Gustavo Bueno. Y, sin embargo, desde una profunda y consistente divergencia en perspectiva de pensamiento filosófico -y no digamos nada teológico, o, para él, ateológico o gnoseológico-, la última producción del filósofo afincado en Asturias tiene alguna idea, y algunas ideas que bien merecen una glosa en clave y ejercicio de libertad, algo así como el reconocimiento que se ofrecen entre sí los habitantes de las ínsulas baratarias. Le tengo dicho y comentado a mi dilecto arzobispo ovetense don Carlos, preclaro en la acción y en el pensamiento, que la fe fecundará la cultura que campea por los predios del reino de las Asturias a partir de un diálogo sereno con Gustavo Bueno y con su escuela, o con los que de su escuela permitan este diálogo sereno.

A estas alturas de su vida, y de su tiempo, a Gustavo Bueno parecen importarle pocas cosas, o pocas cosas accidentales. Se ha convertido en algo que ya era: un filósofo de la naturaleza del pensamiento social, manifestando, en muchas ocasiones, con ardua ausencia de claridad, y con una libertad envidiable, única en muchos aspectos. Sus recientes denuncias sobre la censura periodística en nuestro país -antes llamado España-, su egresiva y agresiva dialéctica, y su reciclado materialismo, algo más que dialéctico, sigue dejando a más de uno con la boca abierta y el pensamiento cerrado. Y, sin embargo, Gustavo Bueno escribe lo que pocos se atreven. Por ejemplo, ante el fenómeno de la globalización, y de la guerra, en su nueva forma de terrorismo, establece, metodológicamente, la diferencia entre el fenómeno y la interpretación del fenómeno, entre el canal de los hechos y el de las ideologías, que son construcciones históricas y mentales sobre las que generar el cambio social y la movilización. Es la ideología de la globalización, después de la caída de los regímenes comunistas del Este, la única forma, presente y operante, de la ideología comunista, una nueva metamorfosis de una utopía social, y antropológica, volcada en manifestaciones y en efectos hoy lacrimógenos para muchos. La tradicional lucha del comunismo con el anarquismo, como sistema de desorganización, se mantiene dentro de los parámetros del movimiento antiglobalización, como tubo y turbo escape de miedos atávicos de sociedades subyugadas. Deslegitimar la globalización, en lo que tiene de ideología manipuladora, es un amplio y arduo trabajo que Gustavo Bueno realiza en este texto de no siempre fácil lectura. No se trata de describir la globalización evidente que vemos y vivimos desde nuestro lugar, sino plantearnos «desde dónde vemos nuestro lugar» en el mundo y en la Historia.

Es éste un libro que da que pensar, muy recomendable para los perfiles de los cristianos globalizadoramenteantiglobalizados, que han estado, y seguirán estando, a la cabeza de las manifestaciones, en Davos, en Génova, en Barcelona, en Porto Alegre, en Cancún, en Bombay..., y en el Paseo de la Castellana, enarbolando la pancarta de la solidaridad, amnesia de aquella Caritas Christiurget nos...

José Francisco Serrano

Alfa y Omega
 

¿QUÉ HAN HECHO CON MI PAÍS, TÍO?
Ediciones B, 2004, Barcelona
Michael Moore

Que Michael Moore es fundamentalmente un provocador ya no se escapa ni siquiera a quienes se han mantenido alejados de sus producciones. En los últimos tiempos es relativamente fácil toparse en la prensa -al menos, en cierta prensa- con entrevistas a este peculiar personaje o artículos trufados con alusiones a su satírico libro Estúpidos hombres blancos o a su documental BowlingforColumbine, galardonado con el Oscar en su edición del año 2002. El reciente estreno de Fahrenheit 9/11 ha redoblado su presencia en ciertos medios, acrecentándose aún más si cabe su popularidad.

La última de las películas citadas redunda en alguno de los aspectos que conforman el crítico discurso de su precedente libro -¿Qué han hecho con mi país, tío?-, cuyo origen inmediato está en la tragedia del 11-S. Con un estilo incisivo, descarnado y agresivo, Moore pretende desmontar la patraña urdida por la clase dirigente norteamericana en nombre de la lucha contra el terrorismo. Más allá de preguntarse por enésima vez dónde están las armas de destrucción masiva que supuestamente ocultaba SadamHussein, Moore enumera los agentes químicos -capaces de producir ántrax, botulismo, neumonía o gangrena gaseosa- que los Estados Unidos y sus aliados proporcionaron al régimen iraquí durante el segundo lustro de los ochenta, citando expresamente a las empresas norteamericanas que vendieron a los iraquíes tecnología de uso dual: Hewlett-Packard, AT&T, Carterpillar, Kodak… Lejos de desgañitarse contra la evidente mentira de la imposible connivencia del régimen baasista de Iraq con los fundamentalistas de al-Qaeda, Moore hurga en los intereses de la oligarquía industrial y financiera -a la que pertenece la familia Bus- en la esfera de los negocios petrolíferos, afanada en negociar con los talibanes afganos las licencias precisas para construir un preciado gaseoducto que permitiese acceder a las bolsas situadas en torno al mar Caspio; pero estos fundamentalistas resultaron menos manejables que los caudillos bananeros, reventando los propósitos de empresas como Enron, Unocal o Halliburton. Sin necesidad de recurrir a ninguna comisión parlamentaria, Moore es capaz de señalar con precisión los peligros a los que la estulticia del presidente norteamericano y sus acólitos conducen a Occidente al introducirse de este modo en el avispero islámico, donde son -esta vez sí- evidentes las relaciones de numerosos miembros de la inestable familia real saudí con la red de BenLaden, maraña a la que no son ajenos los intereses comerciales de la propia familia Bush a través del CarlyleGroup. Vale decir que la lectura de algunas de las páginas de este libro proporciona la sensación de estar viendo algún episodio de la antigua serie televisiva Dallas, en la que nadie era lo que parecía, todo valía y los intereses comerciales primaban sobre todo vínculo, incluido el familiar.

Por encima de la mentira de Bush II, alzada sobre los cadáveres del Trade World Center, le duele a Moore lo que ésta supone al arrasar la arquitectura jurídica y política de los Estados Unidos, su patria al fin y al cabo. Es éste, desde luego, un libro escrito para norteamericanos, pero para nuestra desgracia los Estados Unidos no nos resultan tan ajenos como pudiera estimarse a simple vista. (Si el lector tiene alguna duda, le bastará con recordar la atención que los medios de comunicación españoles prestan a los procesos electorales norteamericanos). Su lectura, que en algunas ocasiones nos provocará sonrisas y en otras nos hará torcer el gesto con cierto desagrado, en ningún momento nos dejará indiferentes. Y, a poco que reflexionemos, nos sorprenderá ver cuán acertados son los argumentos y críticas que Moore esgrime contra el actual presidente norteamericano. Lo cual tiene su mérito, dado el radical liberalismo del que Moore hace gala hasta cotas a veces nauseabundas.

Porque también hay aspectos ante los cuales hemos de manifestar nuestra discrepancia. En primer lugar -pero menos trascendente-, la fe que Moore tiene en el partido demócrata, como si ignorase que -amén de poner una vela a Dios y otra al Diablo- los oligarcas norteamericanos son capaces de controlar a demócratas igual que a republicanos. Y en segundo lugar, la defensa que Moore hace del aborto en nombre de la libertad de la mujer, un argumento que -además de falaz- sobra en este discurso.

Es cierto que ganar dinero mentando a la patria -aunque sea la norteamericana- no parece excesivamente ético, y en definitiva la compra de este libro incrementará las ganancias de este ácido personaje. Pero, como quiera que su lectura resulta muy recomendable, habrá que recurrir a los servicios de las bibliotecas públicas. Muchas oportunidades tenemos de beneficiar a otros autores.

Rafael Ibáñez Hernández
 

IDA Y VUELTA
Edición de Carlos Caballero Jurado. Actas, 2004. San Sebastián de los Reyes
Antonio José Hernández Navarro

La recuperación de la única novela de Hernández Navarro no es tan sólo un acto de justicia, sino la oportunidad para que nuevas generaciones tomen el pulso a la gesta divisionaria y a la primera y una de las mejores novelas en que ésta se tradujo. Basado en las vivencias de un joven seuísta alistado en la División Española de Voluntarios que combatió contra el comunismo en el Frente del Este, Ida y vuelta es un descarnado relato en el que el rostro humano de la guerra -de hermosas facciones y mirada encendida- predomina sobre el épico argumento que cabe esperar.

Aporta esta edición una enriquecedora introducción del profesor Carlos Caballero, auténtico especialista de prestigio internacional en el movimiento europeo de voluntarios durante la Segunda Gran Guerra. En una cincuentena de páginas sitúa con acierto la figura de Hernández Navarro en la Falange de los escritores divisionarios, al tiempo que ilustra al lector menos versado sobre el verdadero significado de la División Azul.

Rafael Ibáñez Hernández
 

LA UNIDAD DE LA CULTURA EUROPEA
Instituto de Estudios Europeos Universidad San Pablo y Ed. Encuentro. 188 págs.
T. S. Eliot

En esta obra, Eliot parte de lo que es la cultura, para señalar las condiciones en las cuales puede florecer. Para Eliot, no puede identificarse la cultura con la suma de las actividades culturales (p. 69, 70), sino que es el modo de ser de un pueblo, «un modo de vida» (p. 70). Por tanto, «la cultura de un individuo depende de la cultura de un grupo o clase», y ésta, «de la de la sociedad a que pertenece» (p. 41).

Esta idea de la cultura le permite comenzar señalando la relación entre cultura y religión, pues la cultura es «en esencia la encarnación, por así decirlo, de la religión de un pueblo» (p. 51). Y es que cada pueblo tiene una manera de vivir en lo concreto, y de manifestarlo en el arte, la religión que profesa, aun cuando dicha religión sea, en su contenido dogmático, universal. Es decir, la religión se vive con el estilo peculiar (con el taranná, como se dice en Cataluña) del pueblo que la hace suya.

Una cultura así definida «debe ser concebida como la creación de toda la sociedad, siendo, desde otro punto de vista, la que constituye como sociedad (en este sentido, es interesante recordar cómo García Morente señalaba que la nación es un estilo, un modo de ser, Cfr. por ejemplo, Idea de la Hispanidad).

De esta afirmación se extraen consecuencias importantes. En primer lugar, que si desaparece la cultura, cambia la sociedad. Podríamos seguir denominándola con la misma palabra (Inglaterra, España, Europa...) pero ya no designarían lo mismo.

En segundo lugar, y en cierto modo más importante, que sin la sociedad es imposible que se conserve una cultura, o que reviva y ofrezca nuevos frutos. Por esto, no es posible planificar, desde instancias políticas, el surgimiento (o recuperación) de una cultura, por ejemplo la europea. Todo lo más que puede hacerse desde el ámbito de la política es proteger las condiciones sociales que permiten que se mantenga (o resurja, si contemplamos la situación de la Europa actual y no la que tenía delante Eliot) la cultura.

¿Cuáles son esas condiciones sociales? Para Eliot son dos: la división de la sociedad en clases y la persistencia de las peculiaridades regionales.

La división de la sociedad en clases nos lleva a la cuestión de quién debe dirigir una sociedad. En esto, Eliot pone de manifiesto que no le interesa –en esta obra- el tema desde una perspectiva de la justicia política, sino desde la del mantenimiento de la cultura. Las clases, señala Eliot, se diferencian entre otras cosas porque cada una de ellas participa de forma más o menos consciente de la misma cultura.

Conforme sube la clase social, es mayor la consciencia sobre las razones de la cultura de que participa, siendo además más especializada. Recordemos que para Eliot la cultura es obra de toda la sociedad. Dentro de la cultura común, a cada clase le corresponde la salvaguarda de la memoria de una parte de dicha cultura, o mejor, de un nivel de especialización diferente de la misma.

Esto implica que la cultura sea mantenida fundamentalmente en la familia, en la tradición de sucesivas generaciones que se saben vinculadas a lo largo del tiempo. Esta sociedad de clases es compatible con que, dentro de ella, exista una elite que dirija la sociedad. Eso sí, Eliot señala que «es esencial recordar que no debemos considerar a las capas superiores como poseedoras de más cultura, sino como representantes de una cultura más consciente y más especializada» (p. 80).

Frente a esta idea de una sociedad de clases, la mentalidad dominante propugna precisamente la desaparición de las clases, en aras de la justicia social. Las clases serían sustituidas por las elites, esto es, por aquellos que gozando de las mismas oportunidades de principio con su esfuerzo han destacado más sobre el resto de individuos de la sociedad. A juicio de Eliot, la doctrina de las elites, en primer lugar, antes que una rectificación de las posibles injusticias del sistema de clases debe verse como «una visión atómica de la sociedad» (p. 64).

Pero es que, además, una sociedad sin clases, dirigida por elites, haría imposible la libertad social que permite el surgimiento de la cultura. Para Eliot, la alternativa a una sociedad de clases es una sociedad dominada por elites. Eliot señala que sería dominada, y no gobernada por las elites, pues «una sociedad de este tipo no se contentaría con estar gobernada por la gente adecuada. Tendría que encargarse de que los artistas y arquitectos más capacitados ejercieran su influencia sobre el gusto y llevaran a cabo importantes cometidos públicos; tendría que hacer lo mismo con las otras artes y con la ciencia» (p. 75). Es decir, una sociedad sin clases, atomizada en individuos anónimos dentro de la masa, permite el dominio de la elite, dominio que se extiende a todos los ámbitos de la existencia. Es el imperio de la tecnocracia, que decide todo, incluso los gustos de la gente (¿no suena familiar al arte moderno que sólo comprenden los entendidos, por no decir los iniciados?).

Esta defensa de la jerarquización social no implica la defensa de una dictadura. Es más, Eliot sostiene que «ninguna democracia puede mantenerse a menos que contenga estos diferentes niveles culturales» (p. 80), lo cual recuerda al mensaje de Pío XII sobre la Democracia, donde distingue entre el pueblo. En este mensaje Pío XII distingue entre pueblo («que vive de la plenitud de vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales es una persona consciente de su responsabilidad y de sus propias convicciones») y masa (que sigue los dictados que le marca una fuerza ajena a ella misma). 

Esta diversidad dentro de la sociedad no debe estar limitada, según Eliot, a las clases, sino también a los territorios y pueblos que forman una comunidad. Así, sostiene que «un tema constante de este ensayo es que un pueblo, para que florezca su cultura, no tiene que estar ni demasiado unido ni demasiado dividido.

«Un exceso de unidad puede deberse a la barbarie y desembocar en la tiranía; un exceso de división puede deberse a la decadencia y desembocar igualmente en la tiranía» (p. 83). Esta diversidad, que tendrá su consecuencia necesaria en el ámbito jurídico político (tesis cuyo desarrollo queda fuera del objeto del ensayo que comentamos, p. 94), es en todo caso necesaria para que pueda haber desarrollo cultural. Si la cultura es un modo de ser de un pueblo, en grados más o menos conscientes y especializados (desde la lengua, los refranes populares, hasta las obras literarias más «cultas»), es preciso una cierta connaturalidad entre la cultura y el pueblo, esto es, una especie de «lealtad cultural». Y esta lealtad sólo es posible en ámbitos reducidos: familia, regiones... En consecuencia, «para que una cultura nacional florezca es preciso que exista una constelaciónde culturas, cuyos componentes, al beneficiarse entre sí, benefician al conjunto».

La reivindicación de las culturas locales (con sus lenguas propias) no es, para Eliot, una «concesión» de una cultura global, con un ámbito territorial mayor. Es, más bien, garantía para la propia cultura mayor. Traducido para el lector español: la pujanza de la cultura catalana, gallega, vasca... y castellana, no se olvide, no es un riesgo para la cultura española, sino condición de su existencia. Un uniformismo cultural (y también lingüístico) haría una cultura única en España, hecha en castellano, pero que ya no sería genuinamente española. No es casualidad que en momentos de gran vitalidad de la cultura española, con frutos de alcance universal, se hablara de las Españas...

Muchos más temas trata Eliot en este libro, de recomendada lectura. Quede lo expuesto como prueba (espero) de la oportunidad de su publicación. En las circunstancias actuales, tanto en la construcción europea como en la llamada cuestión nacional, no está de más recordar que la cultura, que permite el crecimiento de la persona, al servicio de lo cual debería estar la política, sólo es posible desde la diversidad. Unidad en la diversidad

Pablo Nuevo
Forum Libertas
 

HISTORIA DEL ARTE DEL TOREO. INSTANTES CON DUENDE
Editorial Tutor
Fernando Claramunt López

Reputado psiquiatra, Fernando Claramunt es también pluma feraz que viene con regularidad ofreciéndonos sus escritos -de amenidad e interés encomiables- en torno a ese juego y arte a cuyos practicantes puede aplicarse como a pocos la frase del recientemente asesinado sheykhAhmedYasin: «El hombre valiente, muere una sola vez. El cobarde, muere cientos de veces». La mirada del doctor sobre los principales perfiles lidiadores de la historia, filtrada casi siempre por la lente de su apasionado amor a las artes plásticas, nos ha deparado en los últimos años regusto como lectores, a fuer de claves de reflexión sobre la razón de ser de una Fiesta prehistórica a la luz de cuyo fulgor tanto hemos brindado, chupado carretera y debatido tan cordial como apasionadamente.

La pugna de Lagartijo con Frascuelo, el reinado de Guerrita, el de Gallito, la competencia de éste con Belmonte, la Edad de Plata de Fermín Espinosa, Granero y Ortega... De Manolete a Manuel Benítez pasando por Luis Miguel, Ordóñez, los Girón, El Viti... De Paquirri a Ponce, con el currismo y el paulismo como imprescindible mostaza digestiva. Claramunt desgrana una cronología taurómaca que -de Altamira a Botero- se lee de un tirón, como un pasodoble, particularmente sentido en los pasajes aliñados por su trato personal con maestros como Silverio y Luis Miguel, en el que dos ramas tan de sus preferencias -el toreo gitano y el mexicano- ocupan lugar propio y en cuya partitura comparece cada torero bordado sobre los tapices del flujo de su tiempo («Como si los españoles no pudieran prescindir de un rey, tras enviar al exilio a don Alfonso XIII, sientan en el trono del toreo a Domingo Ortega»)... Y es que los tiempos, indudablemente, cambian: «Desde los tiempos de Goya los buenos picadores tenían a gala usar una sola cabalgadura durante toda la corrida y presumían de volver montados en la misma, intacta, hasta su domicilio». Hay un recuerdo para Alfonso Guerra, quien hace sólo unos años «demostró su afición usando un avión del Ejército para llegar a tiempo a una corrida». El festejo se daba en Sevilla, con Paula y Curro en el cartel. Defendimos entonces su gesto desde las páginas de ABC, para indignación de algún lector...

Inspiradas ya por el verde veronés de Zuloaga, las fotos sepia de Pastora o la cámara del Carlos Velo que inmortalizara a Luis Procuna, una docena de líneas de Claramunt dicen más sobre lo esencial de un torero que las tres páginas que se le dedican en muchas enciclopedias. Claramunt va a lo medular. ¡Ah, lo medular! La otra tarde, en un pequeño pueblecito llamado Belvis del Jarama, presenciamos una media verónica y unos leves dibujos para colocar al burel en trance de muerte de José María Manzanares y otra media entera y un cambio de manos de Julio Aparicio que no pudieron menos que recordarnos al Ananda K. Coomaraswamy que esculpiera: «La idea de Providencia se hace inteligible únicamente cuando estamos convencidos de que nada sucede por casualidad», sentencia muy india y muy torera a la vez. No vamos a decir que a ver quién es el guapo que lo discute, pues esto sólo los «feos» lo ponen en cuestión. Lo que sí vamos es a pedir un merecidísimo saludo desde los medios para el autor de este libro. Se lo ha ganado.

Joaquín Albaicín







Este artículo proviene de Hermandad del Valle de los Caidos
http://hermandaddelvalle.org

La dirección de esta publicación es:
http://hermandaddelvalle.org/article.php?sid=4644