Altar Mayor - Nº 95 (16)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:18:41
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

Año Santo Compostelano
A UNOS 600.000 PASOS (5)
Por Juan José Alonso Escalona  [1]

Viernes 15 de agosto: Alto do Poio-Triacastela-Samos

La etapa de este día la decidí durante la noche, si bien en Triacastela tuve serias dudas sobre el término de la misma, que luego cuento.

La mañana se presentaba con niebla y el Hostelero do Poio, durante el desayuno, me comentó que esa noche había helado y que el termómetro marcaba 2 bajo cero. La madrugada anterior había llegado a nevar. Estas advertencias me vinieron muy bien para salir abrigado con el jersey.

Conforme avanzaba la mañana, la niebla iba subiendo del valle hasta donde yo me encontraba. En mi caminar, tanto el bordón como el sombrero de paja se empaparon de agua y ésta caía por delante de mí como si estuviera lloviendo.

A eso de las once empezó a aclarar, dejando ver el azul del cielo, enjaretado con crespones de blancas nubes.

El descenso era cómodo y en menos de una hora pasé por Fonfría; poco que ver o lo acostumbrado a ver, es decir las vacas, saliendo del establo. La niebla, todavía, era espesa y me costaba adivinar lo que se escondía tras la bruma.

A pocos metros adivinaba bultos oscuros, que iban apareciendo al ritmo de mi marcha. A veces creía ver un grupo de personas, que finalmente resultaban ser unos matorrales de la cuneta; lo que pensaba ser un camión, parado en mitad de la carretera, era un recodo del camino rematado por un árbol; lo que me parecía una carreta, que se acercaba lentamente, se convertía de pronto en una majada de vacas caminando hacia el prado.

Por lo demás, este marchar entre la niebla era tan auténtico en aquella tierra galaica, que me sentía identificado con «la Santa Compaña»; esperaba que, de un momento a otro, surgiera de entre las sombras, en procesión gimiente y con las antorchas encendidas. (Puede que sea un romántico, pero yo disfruto mucho dando rienda suelta a la imaginación).

Un poco más adelante, un cartel anunciaba la entrada en el Concejo de Triacastela. Desviándome a la derecha, me adentré en el Camino descendente hasta llegar a Viduedo, pequeña aldea de cuatro casas. Ahora el descenso, por una pista en buen estado, rodea la montaña, pasando por encima de arroyuelos y vegetación típica de monte bajo, para dejar a la izquierda la sierra de Ouribio. Al quedar el barranco oculto por la niebla no pude disfrutar de su imponente belleza.

Me sorprendió encontrar en aquel paraje, pegado a Filloval, frente por frente a la bajada del Camino, una máquina expendedora de bebidas. Aún me faltaban tres kilómetros para Triacastela.

Entre Filloval y As Pasantes se ve la cumbre del monte Ouribio de 1.443 m. Como a doscientos metros de la salida de Filloval se cruza la carretera para hundirse el peregrino en una corredoira, encerrada entre bosque muy húmedo, que le conduce en poco menos de kilómetro y medio a As Pasantes.

Seguí por la izquierda, con gran dificultad a causa del agua y barro; salvando charcas a través de rocas y piedras, colocadas para facilitar el paso, y saliendo por fin a espacio abierto en cuyo entorno aparecieron las casas, que forman el poblado Ramil.

A pesar de ser una mañana gris el verdor del prado en el que se encuentra el Albergue de Triacastela, resultaba gratificante y acogedor. Desde la carretera ofrecía al peregrino un reclamo de relevante atractivo.

Está construido al final de una extensa pradera. La nobleza de los materiales de construcción le otorga el aspecto de un gran Parador de Turismo. Bajo esta percepción me dirigí al Albergue.

Antes de llegar a la puerta me saludó una pareja, sentada sobre la mullida hierba. Me acerqué y reconocí a los hijos del matrimonio con quienes compartí la mesa en Alto do Poio.

Tenían los pies con bastantes ampollas y se los estaban curando. El Hospitalero les había proporcionado todo lo necesario para la cura y conversamos un largo rato. Ellos habían bajado andando ayer por la tarde y se quedaron en el Albergue a dormir.

Reconocieron que sus padres tenían razón al pensar que no estaban preparados, porque en tan pocos kilómetros ya se les habían formado ampollas.

Yo traté de animarles y hacerles ver que aquello era normal, si no se tenía costumbre de andar. Era cuestión de que se quedaran en el Albergue descansando y, al día siguiente, ya verían cómo se encontraban en forma. Me miraron muy seriecitos y con cara de duda.

A continuación busqué al Hospitalero, que me selló la Credencial y me preguntó si iba a pernoctar en el Albergue; le dije que no, que iba a seguir camino.

La parejita hizo lo posible para que me quedara, pero al verme tan decidido, sólo añadieron que ellos se quedarían, porque apenas podían andar.

Al preguntarme por dónde iba a continuar el camino, les dije que no tenía claro si ir por Samos o continuar por el antiguo camino a San XII.

El Hospitalero me preguntó si conocía Samos y, al decirle que no, añadió que entonces no lo dudara. El no se perdería la oportunidad de conocer Samos.

Le expliqué que me parecía más jacobeo el ir por San XII, pero que, por otra parte, tenía necesidad de hospedarme en el Monasterio para disfrutar del rezo y canto gregoriano.

Tanto el Hospitalero como la parejita, me recomendaron lo último. 

Así es cómo se decidió mi etapa de hoy. Deseándonos lo mejor, me despedí.

Mi descenso hacia la salida de Triacastela lo hice lento, tratando de sentir su historia y meterme en ella. Por la calle principal, por donde transcurre el Camino, fui recordando lo que tenía leído sobre esta población.

Nadie supo decirme dónde se encontraba el monasterio-castillo, dedicado a San Pedro y a San Pablo, fundado por el Conde Gatón, ni tampoco dónde se encontraba la cárcel para peregrinos díscolos. Según tengo entendido, en su interior existen numerosos grafitos pintados por los reclusos, entre los que destacan varios gallos. Este símbolo hacía referencia a los francos.

Un poco triste por no poder visitar estos vestigios, fui hacia la Iglesia; la estaban arreglando. Es la Iglesia Parroquial de Santiago. Conserva la cabecera románica. Se reconstruyó en 1790 y en su torre se conserva la heráldica de los tres castillos.

En su interior puede verse la talla del Apóstol en el retablo Mayor y una cruz procesional del San XII.

En la salida de Triacastela se encuentra un notable monumento, erigido el Año Compostelano de 1965, con fondo de pallozas y a orillas del río Ouribio.

Este monumento se hizo en conmemoración de los peregrinos, que al pasar por Triacastela, cogían una piedra que transportaban hasta Castañeda, donde estaban los hornos de cal, que proveían para la construcción de la catedral compostelana.

Dice el Codex Calixtinus: «Triacastela, en la falda del mismo monte, ya en Galicia, donde los peregrinos cogen una piedra y la llevan hasta Castañeda para obtener la cal destinada a las obras de la Basílica del Apóstol».

Esta anécdota histórica me gustó tanto que, si bien no hice yo lo mismo que aquellos peregrinos, entre otras cosas, por no ser necesario, prometí dejarlo escrito para recordarlo siempre que leyera este diario.

En este mismo punto me encontré un señor, más bien grueso, que por su forma de calzar las zapatillas supuse que se trataba de otro peregrino con los pies lacerados. Le saludé y pregunté por su estado de salud. Efectivamente, le habían tenido que hacer una cura en el Hospital ya que las ampollas se habían complicado con el hongo de «pie de atleta» y le estaban tratando con antibióticos.

Le dije que tuviera paciencia y que lo importante era llegar. Le encomendaría para que pudiera continuar cuanto antes su Camino.

Crucé un afluente del Ouribio y en compañía de este singular río caminé por la carretera LU-634 . Hacer el camino por carretera nunca es agradable, pero, al tratarse de una local, el tráfico es menos intenso.

Discurre por medio del desfiladero de Pena Partida, cuyo paisaje es de lo más hermoso. Continúa entre montañas y curvas hasta volver a pasar el río. A mi derecha e izquierda fui dejando poblaciones como San Cristobo do Real, Renche, San Martiño do Real, donde hice una breve parada para apagar mi sed.

Esta ruta pasa rozando la Casa Grande de Lusio. Llama poderosamente la atención, ya que se asemeja a castillo-fortaleza-pazo y palacio. Su construcción es muy sólida y de muy bella factura, toda en piedra de sillería y tejados de pizarra.

En el cruce con la carretera, que conduce al parque natural de Lóuzara me detuve para ver el cartel turístico del Camino, realizado en azulejos. La carretera iniciaba el descenso a Samos, pero yo preferí bajar por el camino de Lóuzara, que me pareció más rústico y solitario.

Desde la altura se divisa la vieja urbe de Samos y la Abadía Benedictina. Esta panorámica bien merece una foto.

Entré a Samos por el puente de los peregrinos sobre el río Ouribio, mi fiel compañero de esta etapa. Gozoso y con una energía que a mí mismo me extrañó, recorrí la calle principal hasta el Monasterio.

Había una boda y un benedictino, que estaba en la puerta, no me permitió entrar. Ante mi insistencia y aclarándole que lo que yo quería era unirme a la celebración eucarística ni me lo permitió ni me lo impidió.

Por supuesto que entré. Lo único que resultaba chocante era ver mi vestimenta, llena de polvo y sudor, con la etiqueta de los invitados a la boda.

Ocupé un sitio en un banco lateral y Dios me premió, una vez más, con su Banquete divino. Me venía a la mente la parábola del invitado, que entró al banquete sin el vestido adecuado; pero sentí, como si una mano acariciase mi torso sudado, y en mi rostro el cálido aliento de  Jesús que, sentado junto a mí, sonreía.

Finalizada la Misa, todavía me entretuve admirando la imaginería, retablo y arquitectura de la Iglesia. Como hay mucho escrito sobre este Monasterio, sus claustros, sacristía e incendios y reconstrucciones, prefiero dejar mi llegada a Samos con la celebración de la Misa y continuar con la vivencia de mi estancia en este lugar de belleza, paz y reposo.

Salí de la Iglesia con una alegría especial y, pasando por medio de los invitados a la boda, que ocupaban toda la calle, me acerqué al Albergue.

Éste forma parte del Monasterio. Parece que se ha habilitado en las caballerizas del mismo. Dentro estaba el Hospitalero, Javier, curando los pies a una joven. Me dijo que tendría que esperar, porque no quedaba ni una sola cama, pero que no me preocupara porque enfrente mismo había un Hostal con el que se mantenía muy buena relación y que me atenderían muy bien y, casi seguro, me harían un precio especial.

Salió para indicarme dónde estaba y me dijo que por la tarde había vísperas a las que se podía asistir. Le dije que volvería luego para que me sellara la Credencial.

La verdad es que en el Hostal Victoria, así se llamaba, a pesar de que estaban sirviendo las comidas y había mucha gente, me atendieron enseguida. Me entregaron las llaves y me dijeron que por la puerta central subiera a la primera planta; a la izquierda estaba el recibidor y mi habitación.

Subí y, aunque me había parecido un tanto extrañas sus indicaciones, pude comprobar que era verdad. Primero se abría una puerta que daba a un hall y, al fondo, otras dos puertas; la de la derecha correspondía a mi habitación.

Al abrir quedé gratamente sorprendido tanto por las dimensiones como por el lujo de detalles, servicio y decoración. Aire acondicionado, grandes ventanales con doble cristalera, cortinaje para aislamiento total de la luz, visillos y cortinas de pasamanería, televisor, nevera, teléfono inalámbrico, amplio armario empotrado; un lujo. Pero lo que ya me dejó atónito fue al abrir la puerta del cuarto de baño.

Espacioso, todo en mármol blanco, lavabos de dos senos, grifería dorada y sanitarios de última generación; y en la esquina, rodeada por dos peldaños del mismo mármol y empotrada, la bañera con todos los elementos de masaje, burbujas, ducha de seis posiciones, asientos... En fin, sin pensarlo demasiado, puse en marcha todas las opciones de ducha-masaje con baño de burbujas incluido, del que gocé por espacio de media hora. Al salir del baño, me parecía mentira que llevara caminados más de trescientos kilómetros.

Hasta ese momento, lo referente al Hostal estaba saliendo tal y como había pronosticado Javier. Sólo me quedaba la duda de cual sería su comportamiento a la hora de presentarme la factura.

Recogí la ropa sucia y la entregué para que me la lavaran. Me preguntaron que cuándo me iba a marchar y, al decirles que sobre las 7 de la mañana, me aseguraron que no daría tiempo a secarse y mucho menos a plancharla. Les dije que no se preocuparan, porque la única exigencia del peregrino sobre su indumentaria era la de que estuviera limpia.

Pregunté si aún me podrían dar de comer algo. Dijeron que tendría que esperar mucho; que mirara en el Mesón de al lado o, si no, al final de la calle. El Mesón estaba completo, así que me dirigí hacia la salida de Samos.

A la mitad de la calle me encontré con gran parte de los jóvenes peregrinos con los que ya había coincidido en varias zonas del Camino. Estaban sentados en el bordillo de la acera, comiendo bocadillos y al lado de una fuente, porque tampoco ellos habían encontrado sitio donde acomodarse.

Mis jóvenes peregrinas me invitaron a que subiera con ellas al prado que estaba al otro lado del puente y que allí podíamos descansar. Les dije que, si no encontraba sitio en el bar de más abajo, volvería para comer algo con ellas.

El Bar-Casa de Comidas, estaba lleno, pero la dueña se compadeció de mí y me preparó una mesa a la entrada. A continuación, sin mediar palabra, me trajo un primero, luego el segundo y tan solo al postre me preguntó si prefería helado. Después del café, volví al Hostal.

A eso de las seis de la tarde, bajé al Albergue, y tras informar a Javier sobre lo extraordinario del alojamiento, le pedí que me sellara la Credencial.

Cuando me dirigía al Monasterio a visitar los claustros, comprar postales y un CD de canto gregoriano, salió tras mí corriendo para ratificarme que las vísperas serían a las 7,30 por si quería asistir.

Puntualmente nos abrieron las puertas traseras para subir a la Capilla de los monjes, donde celebran las vísperas. Nos dieron un Liber Usualis y empezaron a entrar. Primero se hizo la Exposición mayor del Santísimo y rezadas las últimas preces, dio comienzo el canto de Vísperas.

Me chocó ver más jóvenes que personas mayores.

Por fin había logrado uno de mis sueños, participar en la alabanza al Altísimo, fundido en las oraciones oficiales de la Iglesia, dichas y cantadas, como antiguamente se hacía. Con devoción y fervor religioso, sabiendo a Quién nos dirigimos y quiénes somos ante su Divina Majestad.

Cuando entré me pareció reconocer al Sr. Cano, sacerdote de Madrid, por lo que intenté abordarle a la salida. Al principio no me reconoció, pero al hacerlo mostró una gran alegría. Me preguntó si estaba haciendo ejercicios o retiro espiritual. Al enterarse de que era peregrino me animó muchísimo y prometió encomendarme al día siguiente en la Misa.

Me contó que todos los años venía a Samos para llenarse de Dios en el recogimiento y oración del Monasterio. Nos despedimos con un abrazo muy sincero y emotivo.

Luego paseé por los caminos y senderos naturales del bosque y, sentado a la orilla del río, estuve cerca de una hora contemplando cómo las truchas nadaban corriente arriba y abajo. El río Ouribio circunda Samos y el Monasterio. Durante la noche arrulló mi sueño; sus aguas discurrían rumorosas por debajo del mirador de mi habitación.

Recé el rosario y antes de volver al Hostal, me acerqué al Albergue para invitar a Javier a cenar. Aceptó muy complacido y, durante la cena, dialogamos mucho sobre el espíritu de la Peregrinación, sobre las anécdotas que le habían sucedido desde su dedicación a Hospitalero y sobre lo maravilloso que era el entregarse a esta causa. Trató de convencerme para que, también yo, dedicara mi vida al servicio y atención de los albergues del Camino; hicimos una buena amistad.

Una vez en mi habitación, pensé en la etapa del día siguiente, vi un poco de televisión y, dando gracias a Dios por todo, quedé profundamente dormido.
 

Sábado 16 de agosto: Samos-Sarria

La etapa de este día iba a ser inevitablemente por carretera, a no ser que, en algún punto de ésta, pudiera incorporarme a la ruta que dejé al salir de Triacastela.

El marchar por carretera me deprimía un poco, pero con el recreo de un buen baño y la urgencia de recoger la colada volví a ponerme a tono.

No sin cierta nostalgia dejé la habitación; a saber cuándo podría encontrar otra semejante.

El hijo del dueño me pidió que le acompañara al tendedero, ya que él no conocía la ropa que les di para lavar. Como siempre, aún estaba húmeda, pero le dije que no me importaba; por el camino terminaría de secarse.

Bajamos a la Cafetería y allí liquidé mi cuenta y desayuné. La verdad es que, al entregarme la factura, lo único que realmente sentí fue agradecimiento, tanto por la atención recibida como por la valoración de los servicios: habitación, cerveza y agua de la llegada, las dos cenas, el desayuno, lavado de ropa y teléfono, IVA incluido 7.030 pts.

Al pasar por el Albergue, Javier estaba en la puerta esperándome, para despedirse. Nos dimos un fuerte abrazo y, con el deseo de volvernos a ver, inicié mi 16ª etapa.

Por la izquierda, junto al arcén, fui saliendo de Samos. Estuve tentado de ir por la orilla del río, pero me pareció una aventura injustificada, así que preferí continuar por lo seguro. A mi derecha quedaban las verdes laderas de los montes Da Albela, al otro lado iba dejando atrás la Sierra Do Oribio y el Valle de Lóuzara. Iba metido en un valle de suaves colinas y verdes prados.

La carretera, según se abría el panorama, restaba poco encanto a tanta fertilidad. La mañana era más bien fresca y esto ayudaba a caminar.

El tránsito de vehículos crecía según avanzaba el reloj. Al poco avisté un cruce a mi derecha que señalaba Pascais. Dudé un momento, pensando que, quizás, por ahí daría con la otra ruta jacobea; sin embargo continué por donde iba.

Más adelante, cuando llevaba hora y media de camino, decidí probar fortuna por otro cruce a la derecha, que tenía todo el aspecto de ser una pista o camino rural. Al principio, me encontré a gusto; era como volver a sentirme vinculado al Camino. Al cabo de otra media hora me detuve al ver un ramal, que salía por la derecha en franco ascenso. Lo tomé, pensando que, con seguridad, me conduciría a la alternativa dejada. Entre castaños y maizales seguí ascendiendo, cada vez en pendiente más pronunciada; no se veía a nadie. Por fin, al coronar la fuerte pendiente, me encontré en Lier; allí interrogué a una moza sobre lo acertado o equivocado de mi camino por la Ruta Jacobea en dirección a Sarria.

Como me vio muy fatigado dijo: «¡ay, pobriño!; no era falta que se desviara de la carretera. Ahora debe volver a ella. De todas formas, ya todo es bajada».

Le di las gracias y renegué de mi osadía: la ignorancia es atrevida. Mi error supuso 6 kilómetros más de esforzada marcha. Di gracias a Dios de haber encontrado a alguien que me sirviera de guía, ya que de otro modo ni sé a dónde habría ido a parar. Aproveché el momento para continuar hablando con Dios.

El último promontorio, tras el cual se ocultaba la LU-634, fue también una dura prueba, pues en poco trecho subía casi cien metros. Al salir a carretera, volví a notar la nostalgia de los senderos y corredoiras entre los verdes prados y bosques de castaños.

Un poco más, tan sólo a un par de kilómetros, ya avisté Sarria. Mi primera impresión fue la que se siente al entrar en una gran ciudad. Semáforos, coches, mucha gente, edificios altos, comercio, terrazas, bares, cafeterías, restaurantes,... al final la estación de ferrocarril. No me hizo muy feliz esta primera toma de contacto.

Como me encontraba con una pinta muy poco noble, decidí buscar el Albergue. Para llegar a él tenía que ascender a la parte antigua de la ciudad, encaramada en un otero que, en mis circunstancias, se me antojó poco menos que inexpugnable.

Según me adentraba por la calle principal de Calvo Sotelo, me paré en el Hostal Londres, por ser el más próximo a la entrada. Ajusté el precio para habitación individual y subí para ducharme y cambiar de ropa. Con otra presencia bajé al comedor y pedí el menú. No lo recomendaría a nadie, que me pidiera opinión; posiblemente la Carta mejorara la cantidad, calidad y servicio.

Necesitaba descansar, por lo que subí de nuevo a mi cuarto y traté de dormir un poco. No fue posible; hacía bastante calor y tenía que mantener la ventana abierta. El ruido de la calle y un fuerte dolor de muelas me impidió relajarme.

Decidí salir a comprar algo de comida para la cena y desayuno y algún calmante para el dolor. Si lograba recuperarme subiría para ver la ciudad antigua y saludar a los peregrinos que estuvieran en el Albergue.

En mi recorrido, al llegar a la rúa Real, me encontré con el matrimonio joven del Alto do Poio. Se alegraron de verme. Les felicité por haber logrado una nueva etapa, cosa que yo nunca dudé. Era cuestión de programar el Camino en «pequeñas dosis» y la práctica e ilusión hacían el resto.

Con cierta tristeza, que se adivinaba en sus rostros, me dijeron que los pies los tenían peor y que creían conveniente regresar a su punto de partida. Ya habían telefoneado a sus padres y lo más seguro sería que vinieran a buscarles.

Dije que lo sentía muy de veras, pero que estaba convencido de que, más adelante, volverían a intentarlo; ahora bien, que se entrenaran por lo menos una semana antes. Nos dimos un abrazo y yo continué subiendo por la escalinata del Peregrino.

A su término está la iglesia de Santa Mariña; ésta fue edificada a finales del siglo pasado en el mismo solar de otra del s.XII. Estaba cerrada, pero me enteré de que a las 17,30 se iba a celebrar un funeral. La noticia me alegró, ya que me aseguraba el poder unirme a la Eucaristía.

Salí a la Calle Mayor por donde llegué a la iglesia de El Salvador con ábside románico y nave y portadas de transición (s.XIV). Enfrente está el hospital de San Antonio, pero como ya se terciaba la hora de la Misa, regresé a Santa Mariña.

Se rezó el Rosario y a continuación se celebró la Eucaristía, concelebrada por tres sacerdotes.

Hecha la acción de gracias me fui al Albergue; allí me recibieron gozosas mis «nietas» y animaron para que me quedara.

Les hice ver que era preferible reservar mi litera para otro que lo pudiera necesitar más que yo. Sellé la Credencial y bajé hacia mi Hostal.

En el trayecto compré pan, plátanos, uvas y una botella grande de Cacaolat. En la Farmacia adquirí Tonopan y un tubo de Signal especial, que me recomendaron como muy eficaz para eliminar el dolor de encías y dientes.

En mi habitación hice mi primera cura de boca y me administré la dosis de Tonopan; me tumbé un rato para ver si mejoraba. Los gritos, voces y cantares de la muchedumbre que circulaba por debajo del Hostal, impidieron que me durmiera. Bajé de nuevo a la calle y merodeé por todo el entorno.

Tambaleantes y con aspecto cansino vi llegar a la familia francesa. Nos saludamos; se encontraban muy fatigados. Me preguntaron por el Albergue y si habría plaza para ellos. No les prometí nada, pero les dije que me iba a adelantar para que les reservaran espacio, aunque fuera en el suelo.

Subí todo lo deprisa que pude. Efectivamente, el Albergue estaba completo. Le dije a la Hospitalera que venían los tres franceses casi a rastras. Mis nietas y otros ofrecieron generosamente sus literas; ellos dormirían en el suelo.

Les esperé en la puerta; arriba en el balcón estaban las «oferentes» para darles la bienvenida. Muy lentamente, pasito a pasito, haciendo el último esfuerzo, ganaron la pendiente de la calle donde se encuentra el Albergue. Les dije que tenían reservadas literas; al padre casi se le saltaron las lágrimas. Le ayudé a entrar y allí les dejé.

Como aún era temprano para recogerme, di una vuelta por la ciudad. Toda la población estaba en la calle. Los bares atestados, las terrazas llenas, los paseos abarrotados de gente. Al ser fin de semana, todo el mundo había salido de sus casas.

Me acerqué hasta la Estación. Junto a ella está el Hostal Roma. Realmente cometí una torpeza al no haberme hospedado aquí. Se respiraba un ambiente de Balneario de los años veinte, que invitaba al descanso y prometía paz y reposo.

Me tomé un agua de Mondariz y pedí una tarjeta por si tengo que volver algún día. De allí subí de nuevo por la Calle Mayor para visitar el Monasterio de la Magdalena-Convento de la Merced. Tuvo su origen, según parece, en un albergue para peregrinos. Se transformó en Hospital en el s.XII. En 1256 las distintas comunidades de ermitaños aceptaron vivir bajo la misma regla de San Agustín, con lo que comenzó a formarse la Orden Agustina. En el año 1568 este Monasterio fue incorporado a la federación de Monasterios de la Provincia Agustina de Castilla hasta el 1836 en que los frailes hubieron de abandonarlo a causa de la desamortización de Mendizabal.

El Obispo de Lugo, D. Benito Murúa, previo consentimiento de los Agustinos, ofreció el Convento con la Iglesia a la Orden de la Merced, el día 2 de Agosto de 1896.

Goza de un extraordinario Claustro del s.XIV al XVI y una Iglesia en la que aún se encuentra una puerta románica del XIII-XIV. La Capilla del Cristo es la más antigua de la Iglesia. La Capilla Mayor es del año 1485. En ella fue sepultado el canónigo y maestrescuela de Orense D. Nuno Álvarez de Guitan. Sobre el arcosolio figura un escudo de los Balboa, los Somoza y los Valcarcel. Al norte de la Capilla se abre una ventana de estilo manuelino. Sobre ella los escudos de los Castro y patronato de los Condes de Lemos. El Retablo pertenece a diversos estilos en sus varios añadidos. La imaginería ostenta a San Agustín, la Virgen de la Merced, San Pedro Nolasco y San Ramón Nonato. Lo restante del edificio antiguo fue edificado a costa del Obispo Armañá, agustino, en el siglo XVIII.

Regresé hasta el río. A su paso por la Ciudad, está canalizado y se le han practicado desniveles y pequeñas represas, lo que aumenta su encanto. Desde los puentes puede contemplarse el ir y venir de las truchas por su corriente.

Este paseo o rambla se llama Rúa do Peregrino. Al otro lado del río está el Hotel Alfonso IX de tres estrellas, pero que tanto por su entorno, como por su edificio e instalaciones, está a la altura de uno de cinco. Hablé con el Director, quien me presentó a su Directora de Marketing para una posible colaboración.

A eso de las 22 h volví  al Hostal. El ruido de la calle era infernal y, nunca mejor dicho, ya que tanto las conversaciones como los cánticos y gritos no podían ser más soeces, inmorales y blasfemos.

¡Dios mío, la cantidad de blasfemias a voz en grito, como si se tratara de un concurso a ver quién podía decir la mayor barbaridad contra Dios y su Bendita Madre! Las palabrotas y obscenidades quedaban sofocadas por la blasfemia continuada a lo largo de más de diez horas.

Por supuesto que me fue imposible dormir. Era como si la ciudad entera de Sarria estuviera poseída por el demonio. ¡Una noche infernal!

Domingo 17 de agosto: Sarria-Ferreiros-Portomarin

A eso de las siete ya estaba preparado para ponerme en camino, pero el bar del Hostal se encontraba completamente lleno y yo tenía que entrar para liquidar mi cuenta.

En vista de que la gente no se movía, decidí pasar como fuera. Abriéndome camino con los codos, pude acercarme a la barra. Allí no había quien pudiera entenderse.

A mi lado estaba otro peregrino, que pretendía desayunar. Al verme dijo: «estos gallegos son paranoicos».

Yo asentí con la cabeza. Levanté mi brazo, mostrando el dinero, y el dependiente lo cogió y dijo: «en paz».

Salí para respirar el aire fresco de la mañana.

Por la Rúa Mayor subí hasta el alto de La Magdalena; me paré, y quitándome el sombrero, ante el Crucero, pedí perdón a Dios, diciendo: no les tengas en cuenta su pecado. Te ofrezco el sacrificio de esta noche y los esfuerzos y trabajos de esta jornada en reparación de todos nuestros pecados. Madre Santísima, conoces lo mucho que te amo y lo mucho que he padecido con los insultos a tu Virginidad. Madre querida, alcanza de tu Divino Hijo el perdón para este mundo desorientado y enfermo y para mí las palabras de amor y reparación, que consuelen vuestro Corazón de Madre y el lacerado Corazón de mi Señor Jesucristo. Amén.

Mientras rezaba, pasó el peregrino del comentario en el bar, me deseó Buen Camino y bajó por la cuesta, junto a las paredes del Cementerio, que era el punto de arranque de la etapa de hoy.

Hice lo mismo y, como a unos 200 m, me desvié a la derecha por una carreterilla que enseguida abandoné para tomar una pista que cruza el río Celeiro. Ahora iba en paralelo con la vía del tren, que quedaba a mi derecha.

Al fondo veía caminar con cierta dificultad al peregrino que me pasó. En menos de un kilómetro la pista pasaba por debajo del ferrocarril. Cerca está el mojón 109,5 para Santiago. Por un puente artesanal de troncos crucé un arroyo y me adentré en el bosque. Un centenario roble en medio del camino indicaba la proximidad de una fuente.

Al poco di alcance al que me precedía. Nos saludamos y al observar que andaba con dificultad, me interesé por su salud. Entre tacos y alguna que otra blasfemia, me explicó que tenía los pies muy mal. Además de ampollas había cogido la enfermedad del «pie de atleta» y no creía que pudiera continuar mucho más allá del próximo Refugio.

Yo le dije que llevaba botiquín y podía hacerle alguna cura, pero él pensaba que era mejor llegar a algún sitio donde hubiera sanitario y, quizás, quedarse allí hasta su completa curación. Añadió que tal como iba era mejor que yo siguiera mi ritmo. Le dije que no me importaba ir al suyo y anduvimos un rato juntos, mientras le comentaba la «paranoia-gallega de Sarriá».

Aproveché para decirle lo absurdo de la blasfemia y la degeneración y empobrecimiento del lenguaje que suponía el abuso de los tacos.

Como la pista encaraba una subida, él me pidió que continuara sólo, ya que en las subidas y, sobre todo en las bajadas, sufría mucho y tenía que ir más despacio. Nos separamos y le animé diciendo que se le veía fuerte no sólo por su constitución física sino también por su gran temperamento. Que pensara en que iba a llegar a Santiago y que poco importaba el cuándo.

Al salir del bosque seguí por la pista a la derecha; pasado el mojón 108,5 salí a la carretera en las inmediaciones de Vilei.

Antes de entrar en Barbadelo, me paré en el cementerio, que queda a la izquierda, para contemplar su ermita románica del s.XII. Una pequeña maravilla y en muy buen estado. Recé por los difuntos allí enterrados y por mis familiares y amigos.

El Camino cruza este pueblo; en las antiguas escuelas se ha construido un Refugio. Pensé en el peregrino de pies lacerados y me acerqué para preguntar si disponían de atención médica, pero no vi a nadie.

Pasado el mojón 107, la traza histórica vuelve a meterse por medio de las cuatro casas de Rente. A menos de un kilómetro me encontré de cara con el Mercado de Sarria; no me detuve por no tener necesidad de comprar nada. Si hubiera necesitado algo, aquí, en esta población, hay una tienda que lo mismo despacha bebidas que tabaco, ropa, tornillos, etc. La ruta continúa de frente.

Siguiendo mi marcha, a ambos lados fui dejando casas; no se sabe a punto cierto si son agrupaciones con carácter de pueblos o continuidad de una población mayor, pero ¿cuál?, ¿la anterior o la siguiente?

Este tipo de dispersión es muy característico de las tierras gallegas. Tras este laberinto, y ante unas hermosas praderas, crucé la carretera que une Sarria con Portomarín. La siguiente agrupación de casas ya corresponde a Peruscallo.

Como a medio kilómetro localicé el mojón 102 y, pasado Cortiñas, me ocurrió lo que, a continuación narro.

Antes de llegar a Cortiñas hay unas casas de reciente construcción. A la derecha queda Lavandeira y enseguida la aldea de Casal. Tras ellas se inicia una pista, que acorta el recorrido hasta Brea.

En aquella zona, los ladridos de varios perros amenazaban a quienes se atrevieran a circular por ella. La pista bordea vallados y cercas de casas de labranza y huertos.

Al fondo de una de ellas pude ver atados a unos perros mastines que ladraban furiosamente a mi paso por el camino entre cercas.

De pronto, de soslayo advertí que uno de los mastines se había soltado y en veloz carrera se dirigía, saltando setos y cercas, hacia mí. Sentí cómo un escalofrío recorría mi espalda y, encomendándome a mi Ángel y al Apóstol, traté de mantenerme sereno, sin acelerar el paso y esperar con paz la llegada de mi atacante.

Los ladridos eran atronadores y la carrera, que traía, frenética. En unos segundos le tuve a mi espalda y, en su frenada, me cubrió de polvo y tierra, mientras con su hocico golpeaba mis piernas y mano izquierda; en la derecha llevaba mi bordón del que seguí valiéndome sólo para apoyarme en él.

Sus roncos gruñidos, el continuo golpear con su boca mi mano y muslo, la humedad de sus mandíbulas salpicando mis piernas, eran el presagio de un ataque inminente. Pero mi frialdad y desprecio ante su fiereza y, sin lugar a dudas, la ayuda de Santiago y de mi Ángel, apaciguaron al mastín, que se quedó parado en mitad del camino, totalmente desconcertado y, me atrevería a decir, con sensación de haber hecho el ridículo.

Bien, ¡gracias sean dadas a Dios, que tan bien cuida de sus hijos!

Un poco más adelante iba otro peregrino en el que se apreciaban su cansancio y dificultad para andar. Iba despacio y pisando con mucho cuidado. Me aproximé a él y me interesé por su problema.

Efectivamente, tenía los pies lacerados y, como la pista, en ese trayecto, era muy irregular y el descenso se hacía entre piedras, debía bajar mirando bien dónde pisar.

Le ofrecí mi bordón para que se apoyara y me dijo que no sabía cómo usarlo y le supondría un estorbo más. Insistí y aceptó.

Yo le iba indicando cómo debía cogerlo, según los desniveles a salvar, y poco a poco se fue familiarizando, hasta reconocer que era de bastante utilidad. Le dije que se quedara con él y que yo buscaría otro. Se negó en redondo a aceptar mi oferta. Me lo devolvió y me aseguró que él buscaría, más adelante, uno acorde con su estatura.

Dijo que iba a hacer una parada, para cambiarse de vendas y descansar un rato; que, por favor, yo siguiera mi camino. Así lo hice.

A través de una vaguada y terreno pantanoso, pisando por encima de las piedras para evitar el barro y agua estancada, pasé por delante de los mojones 101 y 100,5.

Sobre una cerca del camino estaban sentados un matrimonio ingles, que también estaban haciendo el Camino. Ella era de Escocia. El paisaje que bordeaba la cerca era muy semejante al de su tierra.

Se estaban cuidando mutuamente los pies. Les ofrecí mi botiquín, pero ellos iban bien preparados. Se extrañaron de que a mí no se me hubieran hecho ampollas en los pies.

Les comenté que estaba acostumbrado a andar. Se interesaron por mi soledad, mis hijos, trabajo, etc. Es decir, que entablamos una sincera amistad.

Ellos se quedaron todavía un poco más descansando y yo reanudé mi camino hacia Brea.

En medio del laberinto de esta etapa, la ruta ahora se dirigía hacia un caserón, el de Morgade, donde está el mojón 99,5 y una fuente.

Me detuve a beber; ahora debía descender por una estrecha y difícil corredoira, que me llevaría hasta un arroyo, que salvé manteniendo el equilibrio entre las piedras naturales y otras, puestas como ayuda al viandante.

Es esta una zona de prados en los que pasta el ganado plácidamente. En la corredoira también había que salvar la abundante suciedad que, tras de sí, deja el paso del ganado. Por supuesto que, una vez más, debía ascender. Todo lo que se baja, al otro lado hay que subirlo.

La ruta por Galicia es como un tobogán dentro de un laberinto. De hecho aquí es más fácil perderse que por la zona de Castilla. Yo ya lo había probado una vez y, como se verá más adelante, tampoco sería la última.

Cerca ya de Ferreiros, localidad de mayor presencia, con casas monumentales y evidentes vestigios de un afortunado pasado, vi a una señora con una rebeca en el brazo y que subía hacia la carretera. Su aspecto me hizo pensar que iba a Misa y así se lo pregunté. Me dijo que ahora a las 12 había Misa en la Parroquia.

Esta se encuentra ubicada en el Cementerio de Ferreiros, como a unos 300 m Quedé sorprendido de su belleza. Se trata de una pequeña ermita románica del s.XII, dedicada a Santa María.

Mientras nos acercábamos, le dije a la señora que íbamos a llegar tarde, pues eran las 12,15 h; me tranquilizó diciendo que no me preocupara, que el Cura siempre rezaba primero el Rosario, para dar tiempo a la gente que venía de lejos.

Cuando llegamos el sacerdote estaba terminando el rezo del Rosario, pero ya revestido para oficiar la Misa.

La ermita estaba llena, si bien no creo que cupieran más de veinte o treinta personas, vestidos de domingo. Fui rigurosamente analizado por las miradas de todos.

He de reconocer que sentí un poco de vergüenza, aunque también era verdad que mi indumentaria era la apropiada para hacer un largo camino a pie. Esto fue al principio, porque inmediatamente me embargó la emoción al comprobar cómo el Señor salía todos los días a mi encuentro para darme su Cuerpo y Sangre en alimento espiritual para mi alma. La Misa, con este pensamiento, fue una inmensa acción de gracias de mi alma a mi buen Pastor, Padre y Amigo, Jesús nuestro Salvador.

Al salir me esperaba la gente para despedirme; yo les correspondí saludándoles con el sombrero en la mano y dándoles las gracias.

Ahora el peso de mi mochila parecía más ligero y mi andar más cómodo. Aún me quedaban unos nueve kilómetros para llegar a Portomarín.

En menos de diez minutos llegué a Mirallos, sólo unas pocas casas en torno a la Iglesia. En poco más salí de Pena, localidad situada a 600 m de la anterior.

Cogí una corredoira a la derecha en la que se encuentra el mojón 96,5 y, a partir de aquí, inicié el descenso hacia unas casas en la zona denominada Moimentos. Nada especial que ver, por lo que continué hasta Mercadoiro. Esta es una población formada por las casas de Cotarelo y las de Moutrás. Esta circunstancia le da el aspecto de mayor importancia que las anteriores, si bien carece de servicios de atención públicos. Alcanzado el mojón 94 seguí mi marcha hasta Parrocha.

Son poblaciones netamente rurales, que principalmente viven del ganado. Sus tierras son fértiles y en ellas abundan los maizales, castaños y frutales. El paraje es muy hermoso y digno de contemplarse.

En dirección a Vilachá, el panorama se abre ante la progresiva inclinación hacia el valle del Miño, ya próximas las laderas de la otra margen, donde se encuentra Portomarín. En medio de Vilachá se encuentra el mojón 91,5.

Puede resultar curioso estas referencias a los mojones del Camino, mas, para el que lo ha hecho a pie, le es fácilmente comprensible.

A estas alturas de la Ruta Jacobea, el peregrino siente que está muy cerca del final de su peregrinación. Cada paso que da, cada metro que avanza, cada minuto que cae, cada curva, cada recta, cada aldea que gana, siente que en su interior nacen nuevas esperanzas. Son muchas las horas, son miles los pasos, son cientos los kilómetros andados ¿cuánto le falta aún?; ¿cumplirá su promesa?; ¿podrá alcanzar el perdón y la Gracia, prometidos a los que responden a la llamada?

Desde el momento en que coronó con éxito el paso del Cebrero, comenzó su cuenta atrás ¿a qué distancia se encuentra ahora?

Al iniciar este diario lo justifiqué con un título un tanto extraño: «a unos 600.000 pasos». ¿De dónde?, ¿de qué?, ¿de quien? Con este título trataba de comunicar que el peregrino tan sólo consulta el mapa y la guía para no desviarse o desviarse lo menos posible del Camino. Para él no cuenta ni el tiempo ni el espacio. Cada día es una oportunidad que Dios le da para acercarse a Él, la meta última de su Peregrinación. Dios le dará el tiempo necesario para cumplir el proyecto divino sobre su persona.

Este pensamiento, que se lleva en el peregrinar diario sobre el trayecto físico, viene advertido en repetidas ocasiones a través de monumentos, lápidas y pequeños altares, levantados a lo largo del Camino, en los que se leen epitafios como éste: «Prosper Charles Remmy Hic peregrinationem suam peregrinans finivit».

Enseguida apareció el mojón 91 y una serie de curvas; sentía muy próximo el final de esta etapa y la necesidad de poder descansar la alargaba de tal forma que llegué a pensar en que me había vuelto a equivocar. Pero no; ahí, al final de una fuerte pendiente apareció el embalse de Belasar.

Al otro lado, Portomarín ofrecía la más bella panorámica de Ciudad histórica, cuya visión invitaba a pasar rápidamente el viaducto, que une las dos orillas.

Nada más cruzar el puente, a la izquierda, vi una gasolinera y a ella dirigí mis pasos para que me orientaran en cuanto a un hospedaje limpio y económico. El encargado del Servicio Estación se veía que no quería comprometerse, recomendando uno en lugar de otro, así que, como buen gallego, me lo puso para que yo eligiera el mejor entre dos, pero sin que pudiera decir que el otro era peor.

Elegí el mejor, efectivamente, por trato y economía: Taberna-Fonda Perez.

Crucé y subí por la escalinata a San Joan y desde allí aún tuve que salvar un formidable desnivel hasta la plaza Aviación Española, al lado del Ayuntamiento.

Entré en la Taberna y el propio José Pérez López me atendió y llamó a un zagal para que me condujera a la casa donde alquilaba las habitaciones.

Dejadas mis cosas en la habitación, me preparé para ducharme. El cuarto de baño lo tenía enfrente y allí hice mi cambio de imagen. Como nuevo bajé para comer en la Taberna, pero, al ser domingo, había que esperar turno.

Pedí una botella grande de agua, bien fría, y me la fui despachando mientras me hacían sitio para la comida. La espera pudo ser del orden de una hora. Evité mirar el reloj. Me sentó muy bien y, despacito, me encaminé a mi habitación, esperando que aflojara un poco el calor. El sol a esas horas abrasaba. Dormí hasta las 18 h.

Como cada tarde, bajé a visitar el pueblo y a los peregrinos del Albergue. Por la calle de Santiago, la Rúa Nueva, Santa Isabel, entré en la gran Plaza, donde se encuentra la Iglesia de San Juan (hoy Parroquia de San Nicolas), Templo-Fortaleza de la Encomienda, románico del s.XII.

Algo más al fondo está la de San Pedro. Detrás de la Calle Mayor se han reconstruido también los Pazos del Conde de la Maza (s.XVI) y de los Pimenteles o de Berbetoros (s:XVII).

Al lado de las escuelas está el Albergue, muy bien acondicionado y allí encontré a mi amigo peregrino, compañero desde Sarria. Se alegró muchísimo al verme. Nos sentamos para charlar un rato. Me comentó que había pensado mucho en lo que le dije durante nuestro corto recorrido por el Camino. Lo primero, sobre las blasfemias y los tacos; él también blasfemaba y hablaba mal, porque no creía en Dios. Era ateo y no daba importancia a las blasfemias, pero que se le quedó muy grabado lo de que las blasfemias solían decirse cuando algo salía mal, insultando a Dios como causante del mismo. Pero si Dios no existía, era absurdo inculpar a alguien que no es real, luego el blasfemo era un ser absurdo e irracional. Y lo de que las palabrotas empobrecen el vocabulario y por lo tanto las personas que abusan de ellas se hacen más incultas, también le había hecho pensar. Es más, me dijo, desde nuestra conversación, había empezado a corregirse.

Mientras me hablaba, como era de esperar, se le escapaban algún que otro taco y alguna blasfemia.

Yo le indiqué que había quienes, al hablar, cada cinco palabras pronunciadas, dos eran blasfemias y tres eran tacos, lo que no permitía mantener una conversación de interés social y ni mucho menos cultural. Se quedó muy pensativo, yo me reí y le dije que no tenía importancia, que lo verdaderamente importante era su actitud de querer cambiar.

Le propuse que fuéramos a algún bar a tomar unas cervezas. Así lo hicimos y por el camino me aseguró que lo había pasado muy mal, con muchísimo dolor en los pies y que pensaba  no continuar el Camino.

Nos sentamos en un bordillo para ver cómo tenía las ampollas e infección. Las uñas de los dedos se la habían clavado en la base y esto era lo que más le molestaba. Le recomendé que con un frasco de Betadine, Yodo o Mercromina, separase un poco las uñas de las yemas de los dedos y los regase generosamente. Luego, que no se calzase y, al día siguiente, repitiera la operación.

Me preguntó si era médico. Yo me reí y le dije que lo mío era la Publicidad y la Psicología. Continuamos andando hasta que vimos un bar con menos gente.

Allí me insistió en que creía que debía dejar el Camino. Yo le apunté que lo mejor era no pensar en ello y, según tuviera mañana los pies, continuara o reposara un día más. Le dije que no hiciera locuras, como la de hoy, porque, entonces, sí podría tener consecuencias más graves.

Quiso que le explicara por qué le había dicho en el Camino que él era también fuerte de temperamento.

Le comenté que, si bien no hay caracteres puros, sin embargo él estaba incluido entre los de temperamento sanguíneo. Correspondía a la categoría de Pícnico. Yo, en cambio, era Leptosomático. Esto le encantó y estuvimos dialogando un gran rato.

Le acompañé hasta el Albergue y, al despedirnos, me dijo que se encontraba bastante mejor, que iba a poner en práctica la cura y que me agradecía mucho la atención que le había dispensado.

Pasé por la Taberna, sin ánimo de cenar; a lo sumo tomaría una ensalada. Sin embargo las atenciones que me dispensaron todos me hicieron cambiar de opinión. Una sopa muy rica, tortilla y ensalada; de postre un vaso de leche fría.

Pregunté a qué hora abrían por la mañana y José me dijo que no me preocupara, que él madrugaba mucho. Si no estaba abierto, que le diera una voz.

A la luz de la luna hice el camino de regreso a casa. ¡Gracias, mi Dios, porque aún significo algo para Ti!


[1] Juan José Alonso Escalona es Lic. en Filosofía y Letras, Dr. en Psicología por la Academia delle Scienze di Roma y publicista en todas sus vertientes. Ha realizado en dos ocasiones en Camino de Santiago, y las reflexiones que publicaremos durante el Año Santo Compostelano de 2004 corresponden a su andadura en 1997.







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