Altar Mayor - Nº 95 (15)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:20:58
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

LA MONTAÑA DE LOS MUERTOS (Un día en la vida de Kaminal Juyú)
Por Juan Eduardo Iriarte Seigné [1]

Guatemala

Desde hace pocos siglos, el complejo espacio geográfico situado entre montañas, barrancos y otros accidentes geológicos, que ahora ocupa la ciudad de Guatemala, la Nueva Guatemala de la Asunción, desbordada ya a lo ancho de una gigantesca área metropolitana, ha sido conocido como Valle de la Ermita, Valle de las Vacas, o desde una época más reciente, aún, como Valle de la Nueva Guatemala de la Asunción. Pero anteriormente se llamaba también Kaminal Juyú, es decir, en idioma Chol de los Mayas, en español La Montaña de los Muertos. En realidad no se trata de una montaña física. Es más bien un símbolo. La verdadera montaña que se alza en el centro de este valle es también un lugar muy emblemático: es el Cerro de San José del Naranjo, donde, con toda seguridad, había también mucha vida en tiempos de los cholanos. Y aunque el nombre de la Montaña de los Muertos impresiona, su verdadero sentido era más amable para sus antiguos habitantes. Para el habitante actual de esta ciudad de Guatemala, estos que hemos mencionado son los nombres más familiares, y no siempre sabe que se trata del gigantesco complejo maya funerario de Kaminal Juyú. Contando con su enorme área de influencia urbana actual, para el hombre y la mujer de hoy éste es el espacio en el que desarrolla su tenaz lucha diaria por la existencia, con las cosas en favor o en contra, en medio del bullicio ensordecedor de sus calles, plazas y paradas de autobús.

Este habitante moderno, que con frecuencia voltea la ruta circular de las hojas de la encrucijada de «El Trébol», puede estar en riesgo de olvidar que, cuando pasa por allí, se haya circulando justo en el extremo sur oriental de lo que fue una enorme ciudad, que yace, silenciosa, debajo de sus pies: Kaminal Juyú. Y el afanoso viajero que recorre las arterias de las calzadas, la Franklin Delano Roosevelt, la Liberación, José Martí, José Milla, Raúl Aguilar Batres, o la San Juan, entre otras, quizá no esté totalmente consciente de que por allí mismo transitaban, sobre esas mismas rutas, otros viajeros, sólo que hace veinte o veinticinco siglos.

Ellos venían del resto de Guatemala. Por allí pasaban hacia el sur, hacia el norte o hacia el oriente o hacia el poniente. Exactamente igual a como se hace hoy. Ya que Kaminal Juyú, «La Montaña de los Muertos», además de ser un centro ceremonial de culto religioso, y homenaje a los antepasados, era la gran encrucijada de Guatemala. En esa enorme encrucijada y nudo de una compleja red de caminos, había un punto sagrado de referencia: el inmenso cementerio maya, al que se le debe que la ciudad se llamara Kaminal Juyú, «La Montaña Sagrada de los Muertos», «La Montaña de los Muertos», o «La Colina de los Muertos». Así la conocían sus habitantes. Así la llamaban en su idioma Chol, un dialecto del espacio sur de los mayas, sus habitantes de hace dos milenios. Y así la llamaban todos los caminantes que por una razón u otra la recorrían.

Gracias a las tenaces investigaciones científicas actuales, «La Montaña de los Muertos» emerge lenta y pausadamente al escenario de la historia contemporánea, y su brumosa imagen se comienza a formar, también lentamente, en la mente de los actuales habitantes del valle.

Los habitantes de Kaminal Juyú hablaban el idioma «Chol». El Chol o Cholano es un dialecto que se practicaba entre los habitantes del extremo sur del mundo maya. Sobre esta gente que hablaba el Chol, lo más importante que se debe recordar es la enorme dimensión de la ciudad-estado que ellos formaron, alrededor del Lago de Miraflores.

El lago de Miraflores, bautizado con ese nombre en la época colonial española, era el centro de la vida de Kaminal Juyú, y por lo mismo, era la corazón de todas las encrucijadas de Guatemala. La Laguna de Miraflores se secó en el año 250 de la era cristiana.

En la reseca superficie del valle sólo quedaron las redes de canales, que partían de la laguna, y daban vida a la ciudad. La ciudad sagrada del corazón de Guatemala, estaba muriendo. Gracias a la laguna Miraflores, y a los canales de irrigación construidos por los choles, se cultivaban los productos de mayor consumo en el valle: calabazas, cacao, chile, maíz, aguacate, y frijol.

¿Cómo era la vida común de los habitantes de la gigantesca Kaminal, que idearon este orden de cosas en este lugar sobre el que nos movemos?, se adelanta uno a preguntarse a uno mismo.

Gracias al estudio del sitio arqueológico Kaminal Juyú, de la actual zona 7 de la ciudad, se ha adelantado mucho en el conocimiento de los hombres y mujeres cholanos que poblaron el valle en la época del esplendor kaminalense. Gracias a distintas y acreditada investigaciones sabemos que los choles de La Montaña sagrada de Los Muertos contaban con un enorme centro ceremonial, que está enterrado debajo del centro comercial y complejo de Miraflores, donde se cuenta con establecimientos como Simán y Tikal Futura, entre otros. Y que, en lo que hoy es el Parque Arqueológico Kaminal Juyú vivía la nobleza real de los habitantes de Kaminal. El actual parque arqueológico de Kaminal Juyú era la sede del poder. Gracias a un montículo que se descubrió durante la construcción del Anillo Periférico, que casi bordea a la ciudad de Guatemala, se rescató una tumba cholana, el panteón de alguien que fue importante en la vida de esta Montaña de los Muertos. A partir de ese hallazgo, creció enormemente el interés científico en torno a la cultura de la Montaña de los Muertos. Ahora Kaminal Juyú ya es un lugar conocido internacionalmente.

El impresionante nombre de esta urbe maya, por muy trágico que parezca, fue puesto por un pueblo que convivía con las flores que cubrían el valle. Alguna dama de alcurnia, entre los pioneros españoles, podría haber sido la que, fascinada por la belleza del entorno, le puso a su «finca» el nombre de Miraflores. Ahora el cuerpo de esa dama descansa pacíficamente entre esas flores, y las tumbas también cubiertas permanentemente de flores, en las cuales los cholanos conmemoraban su apego a los espíritus de los antecesores, lo antiguos, los habitantes anteriores del mundo, las almas de quienes nos han precedido. Las almas de los fieles difuntos, como las llamamos continuamente los católicos. Una hacienda de ganado de las primeras que formaron los españoles, de la que tomó su nombre primero el Valle de las Vacas, habría sido el primer enlace entre el mundo actual y ese mundo milenario de los mayas choles. Cuando los ganadero españoles llegaron, solamente se alzaba, ya, en el valle, la Ermita de la Virgen del Carmen, sobre el pequeño Monte Carmelo de Guatemala, más conocido como Cerrito del Carmen. Los misioneros españoles habían decidido alzar allí también un lugar de enorme significación religiosa. Ese lugar, el Cerrito, y muchos otros, están por conmemorar en los días del Mes de la Virgen del Carmen. Una tradición heredada de los primero asentamientos españoles, y un lugar donde se venera a la Santísima Virgen del Carmen, representada por una imagen obsequiada por Santa Teresa de Avila.

Pero, además, Kaminal Juyú era un centro comercial. La cerámica ejecutada en el valle, con una gran maestría técnica, se exportaba a Méjico. La tecnología era parte vital de la vida de los cholanos de Kaminal Juyú. Era una de las claves del progreso de estos pueblos del valle. Este Cerro de los Muertos se va convirtiendo poco a poco en un lugar muy importante en nuestra historia.

Mientras tanto, La de los Muertos, y su comprensión, se dice, van a ser esenciales en el progreso de construcción, o reconstrucción, de nuestra identidad, y de nuestra sociedad y vida comunitaria. Kaminal Juyú es una pieza imprescindible dentro del conjunto de la identidad nacional de Guatemala.

Estamos pues hablando de hombres y mujeres, ancianos, adultos, jóvenes o niños, de otras épocas, pero con los cuáles seguimos entroncados. Estamos hablando el mismo lenguaje de los cholanos de hace milenios, que realizaban sus ceremonias en este valle, en este lugar, en memoria de las almas de sus fieles difuntos.

Después de los sorprendentes descubrimientos realizados sobre los mayas, falta ahora que nos empeñemos en conocer a fondo la vida cotidiana en La Montaña de los Muertos.

Este pueblo amable y culto que eran los choles, a quienes la historia ha llevado y traído por todo el territorio de Guatemala, a veces en circunstancias completamente ajenas a su propia voluntad. Estos choles son parientes de los Chirtís de la Sierra (los padres del Cristo de Esquipulas junto con el greco-portugués de Kyrio Castaño), y son carnales de los Choles de Baja Verapaz (llevados forcivoluntariamente a Baja Verapaz, desde la última de sus ciudades del sur del Petén, la que probablemente era Tayasal9. Y, de todos los mayas del Petén, lo que quedó, por extinción natural hace unos quince siglos, lo que fue quedando fue la fundación maya efectuada en Karninal Juyú.

De hecho, los choles que poblaron este valle de lágrimas eran, o son, auténticos mayas. Es perentorio pues que el habitante de la ciudad de Guatemala, o de su área metropolitana, tome conciencia de que en nuestro subsuelo yace el recuerdo silencioso de una gran civilización, un mundo perdido, el mundo perdido debajo de nuestros pies y de nuestra amnesia, en cuyo estudio quizá encontremos la clave para entender lo que es Guatemala. Pero un mundo perdido no es un mundo muerto. Permanecen a nuestro alrededor las memorias de las almas de todos los fieles difuntos de diferentes eras, milenios y eones. Quizá bajo nuestros pies esté la clave para comprender la enorme complejidad del mundo que es Guatemala. Quizá el recordar a las almas de los fieles difuntos nos logre hacer comprender que en esa montaña de muertos que constituye nuestra historia, hay unas entrañas de paz, de reconciliación y de perdón. Porque ellos ya descansan. Falta que nosotros compartamos su descanso y su perdón. Porque ellos ya perdonaron.

 


[1] Juan Eduardo Iriarte Seigné es periodista.







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