Altar Mayor - Nº 95 (13)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:30:16
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

FASCISMO EN ESPAÑA (1)
Por Gustavo Morales  [1]

Los avances de los grupos de extrema derecha y fascistas en buena parte de Europa contrasta con la nula presencia pública en España. Lo peculiar de esa nación es que en ella el fascismo no fue derrotado militarmente en 1945. Franco muere en la cama en 1975, tres décadas después. Ese dato cronológico puede explicar la fuerza de las organizaciones nacionales calificadas de fascistas[2] como Le Pen en Francia y Heider en Austria, con muestras significativas en la Holanda del asesinado Pim Fortuyn y en otras zonas de Europa. Incluso en Estados Unidos, a una distancia vertiginosa de los dos grandes, un partido totalitario es el tercero más votado. Sin embargo, en España, la extrema derecha es un residuo electoral. Hasta la muerte de Franco en 1975, las organizaciones fascistas apenas comienzan su tarea de forma independiente, treinta años después que en el resto del continente europeo. El resultado es que en 2004 apenas superan los cincuenta mil votos sumando las heterogéneas cuatro formaciones que se han presentado bajo el yugo y las flechas.

El MSI estuvo presente en las primeras elecciones italianas tras la II Guerra Mundial. El partido de Le Pen se ha presentado en la segunda vuelta de unas elecciones presidenciales francesas. Si en el resto de Europa la reconstrucción de organizaciones autoritarias tiene lugar a partir de la derrota del Eje en 1945, la comodidad de los aledaños del poder demora la construcción de organizaciones de extrema derecha no gubernamentales en España hasta los años setenta.

España post 1975

Son familias directamente implicadas en el régimen de Franco las que obtienen las siglas históricas FE de las JONS y recogen el suficiente electorado para, en coalición con Fuerza Nueva, tener el único diputado ultra de la democracia de la reinstauración de 1978 en la persona del notario Blas Piñar. Raimundo Fernández Cuesta, en la secretaría general del partido histórico, con el apoyo de José Antonio Girón, David Jato, Reyes y algunos veteranos más, instala el local falangista en la Cuesta de Santo Domingo de Madrid y a su partido en la marginalidad política que decretan las urnas a principios de los años ochenta. El principal problema es que el mensaje es confuso, basado en un retorno al pasado, no hay claridad en las propuestas y en alguna ocasión el partido de Fernández Cuesta se retira para recomendar el voto a la derecha de Manuel Fraga.

Por su lado, los hedillistas, herederos de la Falange Auténtica del coronel Tarduchy y de Patricio González de Canales, constituyen FE de las JONS (auténtica). Sus tesis y su praxis son las más interesantes del mundo azul entre 1975 y 1979. El aire jacobino y la necesidad de desandar hacia la izquierda tantos pasos como se habían dado a la derecha durante el franquismo, generaron una organización eficaz con un fuerte componente militante que consiguió eco en la prensa mediante acciones espectaculares; desarrolló una intensa actividad en enseñanza media y universidad, a través del Frente Sindicalista Unificado, con escarceos en el mundo laboral a través de la CONS.

Dada la disparidad de las familias que se arropan bajo el manto azul, no está de más mirar atrás y analizar brevemente los orígenes del nacionalsindicalismo y su llegada a España. Velarde Fuertes señala una frase de Adolfo Posada: «¿Habremos hecho fascismo sin saberlo los krausistas españoles?»[3].

El fascismo, una revisión del socialismo

El mundo procedente de la revolución industrial y del parlamentarismo se tambalea en los primeros años del siglo XX. Dos doctrinas movilizadoras, con un mismo tronco hegeliano, crecen en Europa: el comunismo y el fascismo. Al individualismo burgués le responden dos concepciones colectivas, una en torno a la nación como espacio de la solidaridad y la otra basada en la clase económica, pero ambas propugnando la conquista del Estado como instrumento esencial del cambio. La revolución desde arriba. Europa se debate entre estas dos doctrinas totales, la juventud del continente se alinea en dos extremos, extranjeros de sí mismos. La Segunda Guerra Mundial fue un conflicto civil europeo con repercusiones en las colonias. Dio fin a la lucha histórica por conseguir la hegemonía continental que intentaron Roma, Toledo, París y Berlín. La victoria final no la obtuvo ninguno de ambos contendientes extremos, el fascismo cae derrotado militarmente en 1945 y el comunismo pierde el imperio en 1989. La victoria la obtiene el pensamiento débil liberal, el capitalismo financiero y económico cuyo fin había predicho Marx, el consumo que facilitó la revolución de John Ford, el parlamentarismo abominado por Michels. Se sujeta sobre el Estado del Bienestar que inicia Otto von Bismarck[4].

En la primera mitad del siglo XX la decadencia del liberalismo produjo un vacío que se llenó de palmas y puños; en la segunda mitad de ese siglo el liberalismo había vencido militarmente al fascismo de las palmas y económicamente a la Unión Soviética de los puños.

La vía nacional al socialismo

La fusión del nacionalismo emergente de finales del siglo XIX, Europa gesta a Italia y Alemania, con las corrientes revolucionarias heréticas del marxismo, en especial la sindicalista, dará lugar a una nueva doctrina que, en las dos más conocidas de sus diferentes versiones, se alza de puntillas sobre sus mitos nacionales: Roma y el socialismo nórdico. Trataremos poco el segundo porque es en esencia un determinismo racial ario, como el marxismo es determinismo histórico económico. Pero dejamos constancia del uso del rojo en la bandera del Reich y la proclamación del socialismo nacional.

El fascismo primigenio nace de una ruptura del marxismo. La historia como motor abandona el carácter economicista y retoma las rutas imperiales del pasado. Ernesto Giménez Caballero habla de una «comprensión italiana de Lenin» en el primer número de La Conquista del Estado.

Movilización

En Sorel[5] el marxismo se convierte en un mito movilizador de carácter heroico. El trabajador toma el papel del guerrero y a través de los sindicatos genera una nueva sociedad que surge del choque contra el viejo mundo. «Somos actuales» proclamará Ramiro Ledesma desde La Conquista del Estado. Ese medio vitorea la Rusia soviética, la Italia fascista y la Alemania nazi. No se trata de su corrección científica como concepciones del mundo sino de la capacidad para generar una nación en pie, movilizada, igualitaria por lo nacional. Ledesma no busca la verdad del marxismo o del nacionalsocialismo sino su capacidad de movilizar como instrumento revolucionario. Sorel «esbozaba, pues, una teoría de la revolución en la que los sindicalistas adquirían el papel de héroes homéricos, el sindicalismo revolucionario se revelaba como la nueva virtud o religión que sostendría a la humanidad, y la huelga general, como el mito del proletariado y manifestación de la fuerza de las masas»[6]. La movilización de los trabajadores en los sindicatos, el alejamiento del parlamentarismo y del consenso.

Los sindicalistas sorelianos se alejan del mundo corrupto de los políticos y de los intelectuales burgueses, distinguiendo entre conspiración y revolución, la única que da vida a una nueva moral. Sólo los trabajadores más militantes –dice Sorel– son sindicalistas: El obrero de la gran industria sustituirá al guerrero de la ciudad heroica. Por tanto, los valores de ambos son comunes y el ascetismo y la eliminación del individualismo suponen características compartidas por el soldado-monje y por el obrero-combatiente. «Los planteamientos sorelianos aparecerían en las formulaciones anarcosindicalistas, lo que supuso un punto de contacto entre este movimiento y el movimiento nacionalsindicalista»[7]

Mitos

Las enseñanzas de Bergson permiten amputar el racionalismo del marxismo y potenciar los mitos revolucionarios, dirigirse a los corazones y no a las mentes, el mito pasa del intelecto a la afectividad. Corneliu Zelea Codreanu aparecía en los pueblos rumanos montado a caballo y vestido con el traje nacional. Si tenía detenidos asaltaba las comisarías con los hombres de la Legión del Arcángel San Miguel. El gesto. La marcha sobre Roma, imperio mítico que movilizaba a Italia en África. Mussolini proclama: «Los ingleses llevaron látigos, nosotros llevamos palas y azadas».

Bergson explica que en la conciencia profunda conviven religión y mitos. El método psicológico releva al enfoque mecanicista tradicional. Truecan los fundamentos racionalistas del marxismo por la visión de la naturaleza humana que predica Gustavo Le Bon, quien aconseja que «para vencer a las masas hay que tener previamente en cuenta los sentimientos que las animan, simular que se participa de ellos e intentar luego modificarlos provocando, mediante asociaciones rudimentarias, ciertas imágenes sugestivas; saber rectificar si es necesario y, sobre todo, adivinar en cada instante los sentimientos que se hacen brotar». Resume Le Bon que «la razón crea la ciencia, los sentimientos dirigen la historia». Es obvio que las simpatías históricas del nacionalismo vasco por el nacionalsocialismo y del catalán por el fascismo vienen por esta vía del sentimiento movilizador, la generación de símbolos que enardezcan el sentido nacional de la existencia. Con ellos llega el uso de los medios de comunicación como instrumentos de explicación de una realidad y difusión de consignas y de planteamientos asumidos: cine, radio, prensa.

El sindicalismo revolucionario, que convive con un proceso de nacionalización de Europa, niega la posibilidad de la explicación social en términos casi matemáticos, niega el racionalismo, al que acusa de corruptor. De Nietzsche aprende la coherencia del revolucionario, la negación de los valores imperantes y la afirmación de otros nuevos y rebeldes. En Reflexiones sobre la violencia[8], Sorel afirma que los mitos no son descripciones de cosas, sino expresiones de voluntad... conjuntos de imágenes capaces de evocar en bloque y exclusivamente a través de la intuición, previamente a cualquier tipo de análisis reflexivo, la masa de los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra librada por el socialismo en contra de la sociedad moderna. Sorel identifica mito y convicciones, entendiendo éstas en términos de las ideas y creencias de Ortega. Sorel distingue entre la ética del guerrero, que apoya, y la del intelectual, que condena: «Ya no hubo soldados ni marinos, sólo hubo tenderos escépticos». Antepone a Pascal y a Bergson frente a Descartes y a Sócrates.

Voceros para la nacionalización de la izquierda

A la corriente con Sorel se suma el sociólogo Robert Michels[9], el economista Vilfredo Pareto y los literatos Giovanni Papini y Filipo Marinetti, entre otros. Michels formula la ley de hierro de la oligarquía, en ella defiende que el liderazgo por sí mismo genera intereses propios distintos de los intereses de los representados, al tener que ser delegada la soberanía de todos en unos pocos dirigentes, la democracia es imposible.

Marinetti en El manifiesto futurista señala el nuevo paradigma: «Queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad. El coraje, la audacia, la rebelión, serán elementos esenciales de nuestra poesía. [...] No existe belleza alguna si no es en la lucha. Ninguna obra que no tenga un carácter agresivo puede ser una obra maestra. La poesía debe ser concebida como un asalto violento contra las fuerzas desconocidas, para forzarlas a postrarse ante el hombre. [...] Queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo–, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere [...] Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo, y combatir contra el moralismo, el feminismo y contra toda vileza oportunista y utilitaria».

En el número dos de La Conquista del Estado, Ramiro Ledesma escribe: «Buscamos equipos militantes, sin hipocresías frente al fusil [...] que derrumben la armazón burguesa y anacrónica». De las palabras a los hechos, las JONS asaltan la Asociación de Amigos de la Unión Soviética.

La teoría de los mitos se vuelve el motor de la revolución y la acción directa su instrumento: La violencia proletaria garantiza la revolución futura, el único medio de que disponen las naciones europeas, embrutecidas por el humanismo, para recobrar su antigua energía. La acción directa es la respuesta a la brutalidad inherente a la explotación del trabajador, camuflada bajo la cortina de humo del sufragio partitocrático. Marx había escrito que la violencia es la única partera de la nueva sociedad. José Antonio Primo de Rivera señala en su única intervención filmada que «el fascismo no es una táctica, la violencia, sino un principio: la unidad».

Sorel piensa que sólo los hombres que viven en estado de tensión permanente pueden alcanzar lo sublime. Reivindica el cristianismo primitivo y el sindicalismo de combate de su tiempo. También la crítica del sociólogo Pareto al parlamentarismo se suma a la de Sorel.

Finalmente, al sindicalismo como instrumento se une la nación, el espacio de la solidaridad. Con este punto de partida, Mussolini creará su teoría de naciones proletarias. «Que hacia esa confluencia nacional-sindicalista basculara por las mismas fechas alguien como Benito Mussolini, hasta entonces uno de los líderes de la izquierda socialista, no era sorprendente. Desde 1911-12, Mussolini, sobre quien Sorel tuvo reconocida influencia, se había situado, aún dentro del Partido Socialista Italiano, en posiciones muy próximas a las del sindicalismo revolucionario, condenando el reformismo del PSI y de la Confederación laboral, instalados en las instituciones. Mussolini defiende el espontaneísmo revolucionario de las masas, la autonomía sindical y la huelga general revolucionaria»[10]

Tercera vía

Con todo ello, los sorelianos abren la tercera vía entre las dos concepciones totales del hombre y la sociedad que son el liberalismo y el marxismo, ideologías presas del racionalismo donde se prescinde de la intuición y del sentimiento en favor de una imposible concepción matemática de las ciencias sociales. El discurso es radical, basado en el poder de los sindicatos pero repudiando el carácter meramente reivindicativo de éstos y su domesticación por el socialismo parlamentario. Los sindicalistas nacionales repudian los pactos y acuerdos con la burguesía, así como el sistema de dominio del liberalismo democratizado: el parlamentarismo. «Asistimos sonrientes a la inútil pugna electoral. Queremos cosas muy distintas a esas que se ventilan en las urnas: farsa de señoritos monárquicos y republicanos»[11]. En 1920, enmarcadas en las huelgas y ocupaciones de Italia septentrional, los nacionalsindicalistas exigen la autogestión de la industria. El primer ministro Giolitti reconoce el derecho de participación de los trabajadores en las empresas. El nacionalsindicalismo italiano obtiene así una victoria épica que describe de forma excelente El nacimiento de la ideología fascista.

Sorel recibió con alegría la revolución rusa, a pesar de haber criticado enérgicamente a los revolucionarios profesionales. Sorel ve en Lenin al genio creador del jefe contra la vulgaridad democrática. Ramiro Ledesma, en abril de 1931, pide al Gobierno español que reconozca al Gobierno soviético. Más adelante escribe que al marxismo hay que darle los honores de haber caído en la lucha revolucionaria.

Sorel asume la frase de Croce y afirma: el socialismo ha muerto, cuando descubre, con amargura, que los fines y comportamientos del trabajador no difieren de aquellos de los burgueses. El carácter pactista del parlamentarismo liberal ha seducido a los partidos socialistas europeos occidentales y los sindicatos, animados por la acción directa y el mito de la huelga revolucionaria, o se amoldan o se separan radicalmente del socialismo parlamentario. Sorel se desentiende de las construcciones teóricas que anteceden a la acción, él cree en el hecho revolucionario. Abandona el marxismo cuando la socialdemocracia se domestica en los parlamentos. Sorel da su posterior adhesión a los procesos de revolución nacional que sacuden Europa.

Fascismo en España

Bajo la etiqueta general de fascismo, sin llegar a esperpentos como llamar a ETA fascista, se agrupan distintas corrientes de pensamiento que se han generado de troncos diferentes pero cuyo fuerte componente nacional y anticomunista, la rivalidad revolucionaria para unos[12] y detener el advenimiento de los bárbaros para otros, llevaron a un punto crucial de la historia de España, 1934-39, y de Europa, 1939-45. La violencia de la época facilitaba la creación de milicias y la radicalización del discurso. «Esta atracción fue muy común entre los nacionalismos radicales que adoptaron la parafernalia exterior fascista [...] Su relación con el fascismo fue variada. En Noruega, Bélgica, Italia y Eslovaquia los nacionalistas y los fascistas llegaron a unirse en una misma organización, mientras en las dictaduras conservadoras de Hungría, Rumania, Austria y Portugal reprimieron los movimientos fascistas por sus reivindicaciones sociales»[13]. Esta es una de las características distintivas entre el fascismo y la extrema derecha. Mientras el primero busca un mundo nuevo, con un sistema económico con fuerte intervención pública, el segundo aspira a mantenerlo todo, el orden establecido y las clases beneficiarias del mismo.

Las corrientes de pensamiento tradicionalistas, con un sensible componente foral y religioso, asumen posturas autoritarias en mimetismo con los aires antiparlamentarios y estatalistas que sacuden Europa. Sus pensadores tienen una piedra de toque en España con Víctor Pradera. Alguien escribió que Pradera es el teórico que más influyó en Francisco Franco. El carlismo tradicional, que había llevado a cabo tres guerras, tenía arraigo y sirvió de punto de encuentro para todos los monárquicos durante la II República española. Las simpatías por el fascismo español fueron escasas en principio, «no en vano el marquesado de Estella que José Antonio Primo de Rivera ostentaba se había creado en recompensa de una acción contra los carlistas»[14]. Con el tiempo grupos de requetés recibirían entrenamiento en Italia aunque el eclecticismo fascista está muy lejos de las imbricadas bases de la tradición[15].

Hay puntos coincidentes con el carlismo: la unidad de España, el sentido de liderazgo y la autonomía de los municipios pero el fascismo tiene un carácter más jacobino y no respeta el orden social tradicional ni el poder temporal de la Iglesia. La tradición tiene un sentido más regional del poder, el Estado fascista es centralista. A esto son una excepción José Antonio Primo de Rivera en España y Codreanu en Rumania por el fuerte componente cristiano de ambas personalidades que no reducían el ámbito de lo religioso a la esfera privada. Rafael Ibáñez señala una «profunda descentralización administrativa y económica articulada a partir de la comarcalización»[16]. En el mismo texto recoge los cinco puntos económicos del ideario jonsista, resumidos en autonomía de los municipios, estructura sindical de la economía, expropiación de los terratenientes, propiedad municipal y sindical y justicia social. Estos puntos les alejaban irremisiblemente del carlismo.

En el caso de España, la atracción del fascismo italiano en el poder hizo que «el Partido Nacionalista Español del doctor Albiñana fue el primero que se proclamó fascista. Aunque no lo era, era un partido de extrema derecha»[17]. La fascistización de las formas, los uniformes, los saludos, las concentraciones de masas son comunes a muchos partidos de la derecha entonces pero no recogen las nuevas doctrinas económicas que airea el fascismo en Europa. José Antonio Primo de Rivera lo describe: «Otra experiencia falsa que temo es la de la implantación por vía violenta de un falso fascismo conservador, sin valentía revolucionaria ni sangre joven. Claro que esto no puede conquistar el Poder; pero, ¿y si se lo dan?»[18].

En todo caso, la primera organización fascista seria, aunque minúscula, son las JONS de Ramiro Ledesma, que se han reunido en torno a la publicación La Conquista del Estado. Ramiro Ledesma traduce filosofía alemana, también recibe influencias del nacional sindicalismo francés e italiano que preceden al español. «La deuda de La Conquista del Estado con el sindicalismo revolucionario puede verse en la publicación del artículo de Hubert Lagardelle», señala Jorge Lombardero[19]. La Conquista del Estado es una toma radical de postura por parte de Ledesma que busca nacionalizar el sindicalismo revolucionario de la CNT. Raúl Morodo define el semanario como «un fascismo de izquierdas»[20].

El fascismo católico

Ni siquiera Payne termina de definir el fascismo, tal es la variedad de los movimientos y organizaciones que se adscribieron esa etiqueta que ha llegado a ser poco más que un insulto universal.

En algunos fascismos, España, Bélgica y Rumania, la influencia católica es determinante lo que reduce la carga anticlerical de sus doctrinas primigenias. En el Círculo Mercantil, José Antonio califica al fascismo de «buñuelo de viento» superada su admiración por Mussolini[21]. Es la capa exterior, mística, milicia, saludo, lo que conlleva la etiqueta fascista. «El fascismo tiene una serie de accidentes externos intercambiables, que no queremos para nada asumir; la gente, poco propicia a hacer distinciones delicadas, nos echa encima todos los atributos del fascismo, sin ver que nosotros sólo hemos asumido del fascismo aquellas esencias de valor permanente que también habéis asumido vosotros [...] ese sentido de creer que el Estado tiene algo que hacer y algo que creer, es lo que tiene de contenido permanente el fascismo, y eso puede muy bien desligarse de todos los alifafes, de todos los accidentes y de todas las galanuras del fascismo, en el cual hay unos que me gustan y otros que no me gustan nada»[22]

Ese fascismo católico tenía un liderazgo, en los países citados, que no procedía de los desheredados, como ocurría con Mussolini o Hitler, sino que se asemejaba al carácter revolucionario de nobleza obliga del príncipe Kropotkin, Bakunin o Lenin. En ese fascismo católico el Estado no es un todo ni un cimiento sino un instrumento para alcanzar el desarrollo de la persona, hay una concepción trascendente del individuo al que se le unen valores eternos en línea con lo expuesto por Santo Tomás. La influencia católica hace que el pensamiento de José Antonio carezca del panestatismo que caracteriza a otras concepciones más próximas al original, como es la lectura que hace el jonsismo. También es cierto que en las tres naciones de nuestro caso, el fascismo autóctono obtuvo escaso éxito. Codreanu, Ledesma y Primo de Rivera son asesinados por sus respectivos gobiernos. León Degrelle tendrá que continuar la lucha bajo otras banderas en el frente ruso, almas en llamas.

El catolicismo de los líderes impregna la política de un fuerte personalismo cristiano. El concepto católico de José Antonio y su procedencia social fueron básicos en el desencuentro que provocó la primera escisión de FE de las JONS, en febrero de 1935 y viene recogida en el primer número del diario Ya, publicación de la tarde de la escuela de Herrera Oria con quien Onésimo Redondo mantenía una relación.

José Antonio es un aristócrata que entiende como deber de la nobleza, «imperativo moral», renunciar a los privilegios y generar una nueva sociedad sobre las ruinas del capitalismo, aunque Primo de Rivera usa el verbo «desmontar», impidiendo que el hormiguero marxista lo anegue todo, lo bueno y lo malo. Sobre sí mismo afirma en el parlamento: si una generación se debe entregar a la política no se puede entregar con el repertorio de media «docena de frases con que han caminado por la política otras muchas generaciones, y hasta muchos representantes de ésta. Yo le aseguro al señor Prieto que si, por ejemplo, fuera lo que suponen muchos correligionarios suyos de fuera del Parlamento, si fuera un defensor acérrimo, hasta por la violencia, de un orden social existente, me habría ahorrado la molestia de salir a la calle, porque me ha correspondido la suerte de estar inserto en uno de los mejores puestos de ese orden social; con que yo hubiese confiado en la defensa de ese orden social por numerosos partidos conservadores, los unos republicanos in partibus infidellum (Risas), y por otros partidos conservadores que hay en todas partes»[23].

Ramiro Ledesma extrae su praxis de esas energías revolucionarias socialistas. Opta por el sindicalismo, forma del socialismo a la que Lenin critica por espontánea, para levantar un mundo nuevo donde las masas sean las protagonistas del Estado total. Su influencia procede del sindicalismo italiano y francés. El fascismo es un fenómeno urbano, moderno, actual. Las JONS de Ledesma aportan el nombre de la doctrina: nacional sindicalismo, los símbolos de los Reyes Católicos, el haz de flechas unido tan simbólico como los fasces romanos y el lenguaje revolucionario sin florituras.

Para José Antonio existen las personas, para Ledesma, las naciones imperiales. Es Ramiro Ledesma un jacobino napoleónico. José Antonio cree que «el hombre es el sistema, y ésta es una de las profundas verdades humanas que ha vuelto a poner en valor el fascismo. Todo el siglo XIX se gastó en idear máquinas de buen gobierno. Tanto vale como proponerse dar con la máquina de pensar o de amar. Ninguna cosa auténtica, eterna y difícil, como es el gobernar, se ha podido hacer a máquina»[24].

José Antonio se une a Tugan-Baranowski y Sorel en la crítica del socialismo por su ausencia de «factores morales y sicológicos»[25]. Ramiro Ledesma proclamaba que las juventudes nacionales se han podrido a la sombra de las iglesias.

La corta existencia de los tres principales pensadores del fascismo español: José Antonio Primo de Rivera, Onésimo Redondo Ortega y Ramiro Ledesma Ramos, genera buena parte de la confusión doctrinal que cubre a los fascistas españoles de hoy. La urgencia de unos tiempos prebélicos dejó poco espacio a los debates entre la línea tomista y militar de José Antonio; el catolicismo militante y la actividad periodística de Onésimo y el jacobinismo español de Ledesma.



[1] Gustavo Morales es periodista.

[2] Posteriormente entramos a definir con precisión qué es fascista y qué es derecha fascistizada como ocurre ahora en el caso francés y austriaco.

[3] VELARDE FUERTES & AL., Juan: José Antonio y la economía, Grafite Ediciones, Baracaldo 2004, página 19.

[4]Velarde afirma que «Girón, en el periodo que va de 1942 a 1944 pone las bases de unos seguros sociales bismarckianos». VELARDE FUERTES & AL., Juan: op. cit. página 14.

[5] Para más información sobre el autor francés ver MORALES, Gustavo: De la protesta a la propuesta, Fundación José Antonio Primo de Rivera, Madrid 1996.

[6] Época: «Desafío al liberalismo Inicio 1870-1914»: http://www.artehistoria.com/historia/contextos/2719.htm

[7] VELARDE FUERTES & AL., Juan: op. cit., página 185.

[8] Este es uno de los libros que figuraban entre los trabajados por José Antonio Primo de Rivera en sus estudios de doctorado.

[9] Robert Michels, hijo de Julius Michels y Anna Schnitzler, nació en Colonia el 9 de enero de 1876. Amigo de Max Weber, fue profesor universitario en Bruselas, París, Turín, Basilea, Perugia y Florencia. Por sus opiniones socialistas no pudo ejercer la docencia en Alemania. Era un crítico de izquierda de la Socialdemocracia, autodefinido en el campo del sindicalismo revolucionario italiano y francés, terminó apoyando al fascismo durante y después de su acceso al poder. Pareto, de posición más conservadora, también condenaba a la democracia burguesa por desconocer el rol de las elites, y saludó el advenimiento del fascismo como señal del derrumbe del régimen liberal corrompido.

[10] Época: «Desafío al liberalismo, Inicio: Año 1870, Fin: Año 1914»: http://www.artehistoria.com/historia/contextos/2719.htm

[11] LEDESMA, Ramiro: La Conquista del Estado, 11 de abril de 1931, página 1.

[12] En el «Manifiesto político» del número 1 de La Conquista del Estado, 14 de marzo de 1931, se podía leer: «Lucharemos contra la limitación del materialismo marxista, y hemos de superarlo; pero no sin reconocerle honores de precursor muerto y agotado en los primeros choques».

[13] ORELLA, José Luis: Víctor Pradera. Un católico en la vida pública de principios de siglo, BAC, Madrid 2000, página 211.

[14] DIEGO, Álvaro de: José Luis Arrese o la Falange de Franco, Editorial Actas, Madrid 2001, página 35.

[15] El 19 de abril de 1937 Franco fusionaría los dos movimientos por decreto. Nace así FET y de las JONS, presente en distintos aspectos de la vida pública española durante décadas. Uno de sus secretarios generales, Adolfo Suárez, pilotaría la transición tras una intervención de Miguel Primo de Rivera que llevó al Consejo Nacional del Movimiento al harakiri político.

[16] VELARDE FUERTES & AL., Juan: op. cit., página 388.

[17] ORELLA, José Luis: op. cit., página 210.

[18] http://www.rumbos.net/ocja/jaoc_ep6.html

[19] VELARDE FUERTES & AL., Juan: op. cit., página 308.

[20] MORODO, Raúl:  «El fascismo de izquierda de Ledesma Ramos», en El País, 4 de agosto de 1985.

[21] En principio José Antonio ofrece la jefatura de Falange a Indalecio Prieto por su historial obrero tan similar.

[22] Discurso pronunciado en el Parlamento el 3 de julio de 1934: http://www.rumbos.net/ocja/jaoc0059.html

[23]Discurso pronunciado en el Parlamento el 3 de julio de 1934: http://www.rumbos.net/ocja/jaoc0059.html.

[24] Prólogo a El Fascismo, de Mussolini. Octubre de 1933.

[25] VELARDE FUERTES & AL., Juan:: op. cit., página 189.









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