Altar Mayor - Nº 95 (12)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:37:54
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

JOSÉ ANTONIO, MEMORIA Y REFLEXIÓN
Por
José Utrera Molina [1]

Siento hoy, quizás con más apremio que nunca, el deber ineludible de rendir mi modesto homenaje a José Antonio Primo de Rivera al cumplirse su centenario. Lo hago rodeado de un ambiente de turbiedad, atónito ante tanta escandalosa falsificación histórica y amenazado como muchos españoles por el avance de las más variadas técnicas de envilecimiento que progresivamente están socavando los cimientos de España, resucitando antagonismos que parecían superados pero que hoy rebrotan de manera incansable hasta el punto de que alguien que no lo conoció ni de lejos se permita afirmar que José Antonio sólo fue un espejismo político en la vida nacional española. ¡Menudo espejismo y ridícula afirmación! cuando lo cierto fue que su estela brillante luminosa y cegadora arrastró la ilusión y el martirio hasta la muerte de miles de españoles.

Por exigencias cronológicas no pude conocer personalmente a José Antonio, no escuché su voz acusadora y dolorida, no pude oír su llamada estimulante y cálida, pero he de declarar sin embargo, que su vida, su ejemplo, la fuerza idealizadora de su pensamiento, influyeron decisivamente en mi existencia hasta el punto de dar completo sentido a mi ya largo itinerario vital

Empecé a saber de él recién liberada Málaga, cuando su figura por entonces aparecía envuelta por el fulgor inseguro de un clima de ausencia, motivado en parte para evitar la desmoralización de los grandes contingentes falangistas que combatían en los frentes de batalla y cuando la fascinación, el misterio de aquél alejamiento, se extendía a lo largo y a lo ancho de toda España convirtiéndose en un mito, en un desesperado e imposible deseo de regreso, y también en un vivo e ingenuo clamor romántico que fue sombra, suspiro y sueño y también una ola de emoción que soliviantaba una parte muy importante del alma española. En carteles, en editoriales, en artículos, a José Antonio, le conocíamos como El Ausente.

Tengo un recuerdo puntual que arranca precisamente de ese tiempo. Yo había cumplido, por entonces, 11 años. Era el mes de junio de 1937, acudí con unos compañeros de mi edad (entonces los niños nos hacíamos hombres muy pronto) a un hospital de sangre situado en el antiguo seminario de Málaga. Allí un célebre rapsoda malagueño que se llamaba González Marín recitó unas poesías impregnadas todas ellas de un gran fervor patriótico. Pero una de ellas, la que me impresionó más profundamente, se refería, a José Antonio. La he conservado en mi memoria y creo que desvela el ambiente en el que el fundador de la Falange aparecía por entonces representado. Aquellos versos, cuyo autor hasta hace días no recordaba y que precisamente un nieto mío me ayudó a descubrirlo, era Federico de Urrutia, en ellos se encerraba una angustiosa interrogación y decían textualmente, «¿dónde fuiste José Antonio que te busco y no te encuentro?, todas las noches rezando con los rosarios del sueño, le pregunto a las estrellas si estás vivo o si estás muerto». Aquella especie de enigmática referencia nos conmovió a todos, al tiempo que se convertía en una atracción inesperada. Mas, esta incertidumbre terminó pronto y oficialmente se declaró la muerte de José Antonio, anunciada en un bello discurso por Raimundo Fernández Cuesta ante una concentración juvenil en Sevilla. Por cierto que conservo en mi memoria cómo su autor recordaba con admirable exactitud los párrafos más importantes de su intervención y sobre todo uno de ellos que me recitó con una corrección envidiable y sin que se advirtiera la menor duda en su pronunciación fue el que al referirse a la muerte de José Antonio la describió con lírico y épico acento afirmando que había caído «sin casco y sin coraza, a cara descubierta al asaltar el castillo de sus ilusiones». Era una clara alusión a Garcilaso, poeta por el que José Antonio sentía una especial predilección y cuya muerte temeraria engrandeció la trayectoria personal del poeta, envolviéndole para siempre en la leyenda.

De aquellos días hasta nuestro tiempo media una distancia considerable. Han ocurrido muchas cosas, nuestra historia ha estado llena de múltiples acontecimientos y por eso entiendo que enfrentarnos hoy a la memoria de José Antonio tiene sin duda muchos riesgos y pienso que también muchas dificultades. Envuelto en una torpe hojarasca retórica, rodeado de apologistas inconscientes, muchos hicieron ayer literatura de su vida y negocio de su muerte, para caer más tarde en la abjuración cobarde y en la contrición tardía. Pienso que los contornos de su figura se fueron deformando paulatinamente y he de confesar que muchos de nosotros caímos alguna vez en la tentación de sepultar inconscientemente, con nuestra palabra, todo lo que había de auténtico y de esencial en su figura.

Hoy, cuando la dictadura del silencio y la más escandalosa manipulación cubre la historia de un tiempo reciente, cuando se califica de imprudente al gran escritor actual Juan Manuel de Prada, negándole la dimensión heroica que le otorga en su novela Las mascaras del héroe y cuando el olvido se produce de forma habitual, la imagen de José Antonio o bien aparece falsificada por sus detractores, o mitificada por los escasos supervivientes que escucharon el primer acento de su voz. Hemos de confesar que el mundo ha cambiando vertiginosamente y ha conseguido en parte destruir muchos esquemas sobre los que se asentaban la validez de muchas de sus afirmaciones políticas. Urge pues, situar a José Antonio en nuestro presente y desde esta plataforma pensar seriamente en lo que hubo de perdurable en su pensamiento y de permanente en su carácter y estilo, en definitiva en la validez actual de su entrega y de su sacrificio.

Como afirmaba al principio de mi intervención, no tuve la suerte de conocerlo personalmente y por ello quise indagar a través de otras personas que vivieron su cercanía los datos precisos para completar y definir su imagen. Quizás el testigo más importante de todos ellos fue Raimundo Fernández Cuesta, su primer Secretario General, su amigo y también su leal consejero a quien José Antonio admiraba profundamente. Durante los tres últimos años de su vida, ya enfermo, tuve con él un trato muy frecuente, que se convirtió en sincera y profunda amistad. Me hacía objeto de sus confidencias, de sus dudas religiosas, de sus temores y comentaba los acontecimientos de la actualidad política con extraordinaria lucidez. Sus pronósticos nunca dejaron de ser acertados. Le visitaba por las tardes tres veces en semana y esta relación se acentuó en los meses que fueron víspera de su fallecimiento. Estuve presente en la hora de su muerte y escuché como un susurro su última palabra «Dios, Dios» y que interpreté como una señal inequívoca de que sus viejas dudas habían sido vencidas por una nueva y definitiva esperanza.

Siempre me impresionó la extraordinaria admiración que Raimundo sentía por José Antonio y que no se había menguado nunca a pesar de la intimidad que los unía, circunstancia ésta que a veces impide una reflexión de mayor calado crítico. Elogiaba siempre su inteligencia, su preparación jurídica, su rigor, porque afirmaba que siempre estuvo enamorado de la norma y enemistado con cualquier clase de temeraria improvisación. A veces, descendíamos a particularidades menos significantes, pero todas ellas envueltas en un tono de ferviente alabanza. Hablábamos de sus gustos, de sus preferencias, de sus aficiones, de que su tendencia a la alegría era inconstante pero que siempre mostraba un fino sentido del humor. Me confesó también que José Antonio era un lector infatigable, dotado de una gran voluntad crítica y que cultivaba sin acidez la ironía cuando en ocasiones comentaba con risueño acento «no nos vayamos a desacreditar antes de habernos acreditado» y que finalmente era un gran conocedor de nuestra poesía clásica, que en ocasiones recitaba con asombrosa pulcritud. Durante muchas horas, a través de anécdotas y de amplias conversaciones, pude así profundizar en el conocimiento de la personalidad de José Antonio como ser humano, como hombre y sobre todo como joven conductor de una empresa poética y revolucionaria llevada a cabo con un temple envidiable y sobre todo con un valor sin jactancia, que él mismo confesaba cuando decía: «tengo estrictamente la dosis de valor que hace falta para evitar la indignidad, ni más ni menos. No tengo ni poco ni mucho la vocación de combatiente».

Recuerdo que le hablé entonces de que otro de los que conocían también a fondo la personalidad de José Antonio era Ramón Serrano Súñer. Raimundo permaneció unos instantes pensativo y fue entonces cuando me di cuenta de que la figura que acababa de nombrar no era precisamente hombre de su simpatía. Es más, los enfrentamientos que tuvo con él condicionaron en muchos aspectos la vida inicial del Movimiento. Nadie puede olvidar que la parafernalia que rodeó la actuación del Régimen entonces era debida a la admiración que por el fascismo sentía Serrano Súñer y por la posición preeminente que entonces tenía en la estructura del Estado incipiente, en el que era entre otras cosas Presidente de la Junta Política de la Falange. Él a mi juicio fue un hombre dotado de una gran personalidad pero que estuvo siempre dominado por la pasión del resentimiento que en los hombres inteligentes suele tener efectos muy dañinos. No pudo olvidar nunca que Franco, que era su cuñado, le pudiera cesar. Yo creo, sin embargo, que Serrano tenía una gran preparación, que era un hombre de gobierno y que fue capaz de transformar el estado campamental en un régimen de derecho. Yo traté a Serrano Súñer solamente en dos ocasiones. En la primera me encontraba en los pasillos de las Cortes escuchando una de aquellas interminables intervenciones que el Presidente D. Esteban Bilbao acostumbraba a realizar con frecuencia al principio de las sesiones. Serrano me preguntó que quién era yo y yo le contesté modestamente que era un Procurador en Cortes elegido como Consejero Nacional por Málaga y que entonces era Gobernador de Ciudad Real. Serrano entonces me dijo que tenía la impresión de que yo estaba pensando algo parecido a lo que él sentía. De momento me quedé confuso y luego le respondí que posiblemente llevara razón. Entones me dijo: recuerdo que en aquél lugar -y señalaba un sitio en el Hemiciclo- «me encontraba yo con José Antonio en las Cortes de la República escuchando una intervención de Indalecio Prieto»; me dijo que «al principio José Antonio estaba distraído pero que a medida que avanzaba su intervención la atención de José Antonio se centró en él de manera muy profunda y que me dijo: “la verdad es que en esta Cámara si las intervenciones pudieran tener efectos en la realidad española como ésta que oímos ahora, el Parlamento sería otra cosa y posiblemente muy útil”». Sin duda alguna José Antonio se sintió impresionado por la calidad del discurso de Prieto cuyo texto elogió con firmeza. Prieto, en su paso por el Ministerio de Hacienda fue sumamente eficaz y hasta Franco en uno de los más difíciles momentos por el que el Régimen atravesó afirmó: «qué bien nos vendría tener a Prieto en estos momentos».

Después, pasados muchos años, cuando velamos el cadáver de Franco en el Palacio de Oriente, se presentó Serrano señalando que a él le correspondía ser de los primeros en guardar el turno. Fue la última vez que pude hablar con él.

Recuerdo que en otra ocasión Raimundo me comentó que con motivo de su canje por el político Azcárate, cuando él llegó a Valencia se entrevistó con Indalecio Prieto que por cierto le ofreció una cena cuyo menú recordaba: melón con jamón y pescado al horno, entonces le dijo «el culpable de la muerte de José Antonio fue el  c... de Largo Caballero». Prieto poseía una malignidad estremecedora y una brutal sinceridad aunque en ocasiones José Antonio había sentido por él cierta admiración, sobre todo después de un discurso que él pronunció en Cuenca y donde sus reflexiones sobre España no distaban mucho de las convicciones que sustentaba el fundador de la Falange, allí precisamente dijo: «a medida que la vida pasa por mí me siento más profundamente español». «No somos un antipartido, somos la Patria con devoción enorme para las esencias de la Patria misma».

Precisamente al referirme a Prieto yo recordé a Raimundo la contestación que le dio José Antonio al tribuno socialista en el Parlamento y que vino a centrar la actitud falangista ante el romanticismo. Yo le leí entonces unas notas en las que había copiado lo que José Antonio dijo en aquella ocasión: «el romanticismo –dijo- es una actitud endeble, que precisamente viene a colocar todos los pilares fundamentales en terreno pantanoso. El romanticismo es una escuela sin líneas constantes» y que al final José Antonio había rubricado su razonamiento con una afirmación rotunda: «no soy ni un sentimental ni un romántico».

Recuerdo que a propósito del tema romántico tuvimos Raimundo y yo una larga conversación. Yo le exponía que a mi juicio el romanticismo no se podía despachar de una manera simplista y que no me atrevería a decir del todo que José Antonio no era romántico, puesto que para mí el romanticismo, aunque adolecía de muchas contradicciones, había puesto en órbita entre otras cosas: el lenguaje musical al que nunca fue ajeno la Falange y que en último término, el romanticismo era sin duda el predominio de los sentimientos, pero que a mi entender, del sentimiento arrancaba a veces una noble rebeldía, una voluntad de acción y que por lo tanto no era una actitud que pudiera considerarse decadente de manera absoluta. Le recordaba que Ortega había encontrado en el romanticismo «potencias abundantes de sana vitalidad». En definitiva, que yo estimaba que en el lenguaje y en el estilo del fundador de la Falange había sin duda determinadas impregnaciones románticas que lejos de ser rechazadas eran motivos de admiración y constituían un atractivo importante sobre todo en las filas juveniles que eran la fuente nutricia de la organización y en las que despertaban una emoción naciente y en este sentido yo le referí una anécdota que no se ajustaba precisamente al furor de sus condenas románticas. Le comenté que José Antonio con sus amigos acostumbraba a visitar los domingos el campo y que también se desplazaba a las viejas ciudades. Que una tarde, acompañado de Agustín de Foxá, fueron a la Granja y leyeron los versos de aquél bello jardín bajo unas velas encristadas, que daban cita a todas las mariposas de los pinares de Valsaín. Conduciendo José Antonio un automóvil, se acercó bajo la luna a contemplar el Alcázar. A José Antonio se le caló el motor y sus acompañantes Eugenio y Agustín de Foxá le dijeron en broma: «cuando triunfes no te pondremos llamar Duce o conductor porque lo haces bastante mal». «En efecto, contestó José Antonio, no es mi fuerte».

Daba la luna en las torres de pizarra del Alcázar y a sus pies el río y el frescor frutal de los árboles. Comentaba Agustín de Foxá que aquello parecía un dibujo de Gustavo Doré. Entonces, José Antonio ganado por el ambiente, traicionó sus tendencias clásicas y dijo: «en el fondo, esto es lo nuestro. El Partenón está demasiado lejos y es simplemente arqueología». Raimundo entonces me dijo, en relación con todo aquello, que en momentos determinados era lícito sentir la emoción ante un paisaje, pero que aquel comentario de José Antonio no quebrantaba en modo alguno la línea de rigor y de reflexión, de profunda gravedad y de solidario compromiso con su tiempo y con sus circunstancias y que incluso su entendimiento del patriotismo no se mantenía como meras referencias telúricas, como una dimensión sensitiva sino como una verdad tan inconmovible como las razones matemáticas. Pero, sobre todo, él aceptaba que, efectivamente, el modo expresivo de su lenguaje tenía sin duda acentos líricos. Quizás algún desbordamiento romántico pero que su palabra, firme y limpia, tenía un clasicismo inextinguible que se proyectaba sobre su mundo y sobre su vida. José Antonio, afirmó Raimundo, era la claridad y la disciplina y prefería siempre el roble al sauce llorón y que sobre todo su actitud ante la muerte estuvo alejada de cualquier género de sentimentalismo romántico: fue clásico y riguroso, valeroso y anti-retórico en la hora final. No hubo en él ningún género de clamor ante el desengaño sino palabras que constituían una expectativa serena de plenitud y de trascendencia.

Siempre insisto en la inexcusable necesidad de distinguir la anécdota de la categoría, pero estimo que hay anécdotas que son reveladoras de una mayor entidad de conocimiento y que significan penetrar en el trazado íntimo de una personalidad, indagar la señal inequívoca de su entidad humana al tiempo de lograr la proyección de su figura en una determinada etapa histórica con la consiguiente valoración de espacio y de tiempo.

Como fruto de aquellas conversaciones recuerdo tres anécdotas ciertamente significativas y que tal vez después de tanto tiempo nos ofrezcan una imagen poco conocida de José Antonio. La primera se produce después de la situación creada en España por la revolución de octubre. No hay que olvidar que Largo Caballero, el líder socialista había dicho textualmente en un discurso: «que había que crear un ejército revolucionario con hombres que hicieran promesa de obediencia». Luego se produjo la revolución en Asturias. Después de la declaración de huelga general, Cataluña proclama la república catalana y en Asturias las milicias armadas ocupan Mieres, Langreo y Sama, proclamando la república socialista. Las huestes revolucionarias entran en Oviedo y hay más de cien asesinatos. Se resquebraja de forma escandalosa la unidad de España; pues bien, en esta circunstancia la Falange de Madrid, después de que el gobierno de la República presidido por Lerroux respondiera con coraje y con energía en octubre de 1934, sale a la calle en defensa de la unidad de España. Al principio son muy pocos pero cuando la manifestación llega a la Puerta del Sol ya son miles. Pues bien, cuando se acercaban sus componentes a la Plaza de Cibeles, súbitamente un hombre bastante joven se aproximó a José Antonio intentando agredirle, y naturalmente los que acompañaban al Jefe Nacional, trataron de repeler enérgicamente su actitud. José Antonio se adelantó, lo abrazó y lo libró de aquella justa cólera pronunciando palabras que conmovieron al propio atacante, cuando José Antonio le dijo: «si nos conocieras, estarías con nosotros», a lo cual el atolondrado joven no supo responder, permaneció silencioso y bastante aplacada su furia inicial abandonó su actitud ofensiva. Sin duda alguna, José Antonio con su abrazo le había salvado de un serio incidente.

José Antonio había paulatinamente asumido su calidad de jefe con todos los riesgos y dificultades que aquél compromiso comportaba. Había superado su inicial timidez, y entendido el sentido de la jefatura como una suprema carga, que le obligaba a diario a todos los sacrificios con la acongojante responsabilidad de obrar. En muy poco tiempo había madurado su forma de proceder, dominaba los sobresaltos, pero sabía distinguir las circunstancias que le obligaban a mantener un criterio de firmeza y de rechazar también la violencia como método de acción. La frase de José Antonio pronunciada en el acto fundacional sobre la dialéctica de los puños y las pistolas no comportaba en modo alguno un criterio de acción política ni una estrategia deliberada. La Falange, frente a lo que se ha dicho en tantas ocasiones, fue adversaria de la crispación y distante de la agitación ruidosa y vana. José Antonio, por las características de su personalidad, fue siempre ajeno a la bravuconería y, en contra de lo que han proclamado los maestros de la insidia, la Falange nunca fue una fuerza de choque al servicio de una oligarquía reaccionaria; se defendió simplemente cuando era atacada por todos los flancos y ya le era imposible permanecer indiferente al cúmulo de ataques y de agresiones cuando su tarea –llena de riesgos y de dificultades- trataba nada más y nada menos y frente a la claudicante y cobarde derecha española de recuperar el pulso de una nación agonizante, de recuperar una Patria en vías de extinción.

La muerte del militante Cuellar salvajemente mutilado, produjo una reacción muy viva entre la militancia más activa de la Falange y alguien cercano a José Antonio aquella noche le increpó preguntándole: ¿hasta cuando vamos a consentir esto, hasta que estemos cargados de muertos? Raimundo me dijo que José Antonio, haciendo acopio de una casi imposible serenidad le respondió: «hasta que estemos cargados de muertos no, porque los muertos nunca son una carga». Pero hay también algo que añadir sobre este tema, y que de hecho explica la posición política de José Antonio en relación con la violencia. Fue la expulsión del aviador laureado Ansaldo que fue uno de los más decisivos interventores de acciones de represalia en núcleos muy significativos de la juventud falangista y que prueba que José Antonio estaba muy lejos de capitanear unos grupos violentos, demagógicos e incontrolados. La sangre era joven. La temperatura encendida. Apagar la cólera y la ira ante tantas agresiones era a veces una tarea que rozaba lo imposible.

Pero además habría que recordar también que desde el diario ABC en artículos muy concretos se acusó a la Falange de franciscanismo, es decir, de permanecer con evidente pasividad ante los asesinatos de que eran objetos los primeros militantes falangistas: «pagar dos cadáveres con protestas verbales no es fascismo; es franciscanismo». Esto lo dice Wenceslao Fernández Florez, pero también Alcalá Galiano contesta a la oración fúnebre de José Antonio sobre Matías Montero y dice en el ABC que la Falange ha soportado los atentados sin más protesta que la indignación verbal. José Antonio le contesta y dice que la Falange aceptará el combate en el terreno que le convenga pero no en el terreno que convenga a los adversarios. Agrega, Falange Española no se parece en nada a una asociación de delincuentes, ni piensa copiar los métodos de tales organizaciones por muchos estímulos oficiosos que reciba. Insisto, José Antonio mantuvo una actitud de freno y no de estímulo hacia la represalia. Sólo al final la espiral de la violencia hará inútiles sus esfuerzos pacificadores y la sangre dejó de fluir con calma en las venas de los agraviados.

La segunda anécdota sucedió en la ciudad de Salamanca, con ocasión de una reunión de la Junta Política donde se hallaban reunidos la plana mayor constituida por los jefes territoriales y por algunos camaradas de significativa identidad política. Mediada la reunión, alguien avisó a José Antonio que un grupo de jóvenes pretendía hablar con él. José Antonio contestó que no podía interrumpir en aquel momento la reunión que él presidía y que por lo tanto esperaran al final de la misma. Pasados unos minutos, el joven que capitaneaba aquel grupo impaciente insistió una vez más. Entonces José Antonio, que raras veces se dejó llevar por la ira, abrió la puerta de su despacho y resueltamente se encaró con el que lideraba aquel grupo de exaltados. Le cogió por las solapas, lo levantó materialmente del suelo aunque José Antonio tenía una estatura inferior al que le apremiaba y le dijo: «quiero que sepas que tu principal deber es respetar fundamentalmente a quien manda y aquí soy yo quien decide cuándo tengo que recibir y a quién». El entonces muchacho, que por cierto, ocupó importantísimos cargos con brillantez y singular eficacia en el Régimen del 18 de Julio, se quedó silencioso y anonadado y a partir de ahí aumentó su respeto y admiración por él. Precisamente en aquellos días José Antonio visitó a Miguel de Unamuno; le acompañaban Rafael Sánchez Mazas y Raimundo Fernández Cuesta. Este último me señaló que en aquella ocasión Sánchez Mazas estuvo brillantísimo y que José Antonio destacó por la agudeza y profundidad de sus comentarios que impresionaron vivamente a D. Miguel hasta el punto de referirse a él públicamente considerándole como «un  cerebro privilegiado, tal vez el más prometedor de la Europa contemporánea». José Antonio se sorprendió cuando D. Miguel le dijo que quería asistir a su discurso, como así lo hizo, permaneciendo atento e interesado al escuchar sus palabras.

Recuerdo también muy claramente lo que Raimundo me refirió en relación con la muerte de Matías Montero. José Antonio se había desplazado aquel día a una finca cercana a Madrid, concretamente al Castañar, en unión de algunos viejos amigos. Lo había hecho para cazar. Nunca había sentido la pasión por la caza pero sí poseía una estimable afición.

Yo comenté que siendo Ministro Secretario General del Movimiento recibí en mi despacho a un Catedrático de la Universidad Madrileña al que yo estimaba y admiraba mucho, pero en aquella ocasión, y sin que la referencia a José Antonio tuviera alguna interpretación lógica, me dijo de súbito: «por cierto, tu Jefe (refiriéndose a José Antonio) al que tú tanto has admirado, el día que mataron a Matías Montero estaba en un cabaret». Yo me quedé perplejo, no solamente por la índole de su afirmación sino porque, ocupado en asuntos de mucha trascendencia, me costaba mucho trabajo descender a una crispación inútil y a una discusión que ya por entonces me parecía enojosa. Le dije simplemente: «lo que acabas de afirmar no es cierto y te agradecería que abandonaras mi despacho». Así lo hizo. Pasados unos años, recuerdo que acudí al tanatorio donde estaba expuesto su cadáver y recuerdo que tenía unas gafas puestas sobre su pecho, detalle que me llamó la atención y que me hizo recordar ya sin ninguna ira aquel episodio que viví con amargura en mi propio despacho.

Raimundo me escuchó atentamente y me dijo que acusar a José Antonio de frivolidad estaba más cerca de la calumnia que de la mera difamación y que la muerte de Matías Montero, joven de 20 años, estudiante de medicina, fue un poderoso revulsivo en las filas falangistas, que habían conocido con estupor cómo un militante socialista perteneciente a un grupo denominado «vindicación» había sido asesinado por la espalda. Recuerdo que aquél joven llevaba en aquel momento en su bolsillo un artículo en el que se decía: «nuestra causa es la verdad, superaremos las cumbres». Continuó diciéndome que en el depósito del hospital de San Carlos donde estaba el cadáver, Eugenio Vegas Latapié, que era un monárquico fervoroso presidente de las juventudes monárquicas y uno de los artífices de la revista Acción Española, pronunció unas palabras ofensivas para José Antonio acusándole ante un grupo de estar distraído en fiestas y cacerías mientras sus camaradas caían asesinados. José Antonio conoció estas palabras a través de Rafael Sánchez Mazas y seguidamente mostró su desprecio a quien con tan mala intención había sido el autor de este comentario. Desde aquel momento se rompió la relación entre José Antonio y él.

De todas formas la muerte de Matías Montero cambió por completo el carácter de José Antonio. Aquel asesinato le convulsionó muy profundamente y su carácter adquirió desde entonces una profunda gravedad que se dejó sentir siempre en el entendimiento de sus responsabilidades políticas. Raimundo me dijo que nunca había presenciado un hombre tan abatido por el dolor como lo fue en aquella ocasión quien ejercía por entonces la Jefatura Nacional de la Falange. Aquella muerte hizo tal mella en su ánimo y constituyó un desgarramiento tan íntimo que prometió y lo cumplió, que no volvería a perder su tiempo en ninguna clase de frívola ocupación, porque no podía en modo alguno, aunque fuese un instante, desentenderse de la tensión dramática en la que vivían la mayoría de sus camaradas falangistas. Insisto en que este asesinato tuvo para José Antonio una especial significación. Pasado un año, en un mitin en Salamanca, pronunció las siguientes palabras: «el martirio de Matías Montero no es sólo para nosotros una lección sobre el sentido de la muerte sino también sobre el sentido de la vida».

En febrero de 1936, la situación política de España adquiría unos grados de conflictividad social y política verdaderamente preocupantes. Las señales de un próximo enfrentamiento se dibujaban claramente en el panorama nacional. Los que desencadenaron la revolución de Asturias en el año 34, preparaban sin duda el asalto definitivo al poder y el logro, según frase textual de Largo Caballero, de la imposición de la dictadura del proletariado. La necesidad inequívoca de responder a tantas provocaciones que presagiaban un vindicativo triunfo marxista aceleró la preparación del alzamiento y José Antonio, según me manifestó Pilar, su hermana, decidió finalmente la intervención de la Falange comunicándolo al mando militar a través del Conde de Mayalde; y es más, el 29 de junio José Antonio dicta una circular reservadísima dirigida a los distintos mandos territoriales en la que expresa su decisión de colaborar con el ejército. Uno de los párrafos de la circular dice lo siguiente: «La Falange intervendrá en el Movimiento formando sus unidades propias con sus mandos naturales y sus distintivos». Cuando ahora muchos pretenden desvincular a la Falange del Movimiento no hacen otra cosa que mentir con descaro. Todas las posibilidades de diálogo y de entendimiento se habían agotado, se avecinaba pues un terrible enfrentamiento.

Por aquellos días, ya en junio de 1936, se produjo un suceso que no todos conocen y que me refirió también Raimundo Fernández Cuesta. Un grupo decidido y apasionado, perteneciente a la primera línea de la Falange de Madrid, había diseñado un proyecto que consistía en introducirse en el Alcázar de Toledo e iniciar desde allí el Alzamiento Nacional. José Antonio, en principio, consideró aquella iniciativa demasiado temeraria, pero después de una larga meditación encomendó a Raimundo la difícil misión de visitar al Coronel Moscardó, director del Alcázar, para hablarle de aquel proyecto. Raimundo recibió aquél encargo con la natural preocupación, ya que el no conocía de modo alguno al coronel que mandaba en el Alcázar y que realizar una encomienda de aquella naturaleza podría implicar múltiples riesgos. Finalmente, José Antonio le comunicó a Raimundo la orden de visitar a Moscardó. Él lo hizo y, ante su sorpresa, el Coronel escuchó atentamente todo lo que Raimundo le refería y lejos de descartar en absoluto aquél proyecto le comunicó que él no podía decidir por sí solo, que tenía que consultar, y que por lo tanto debería volver días después para recibir una contestación definitiva. Pasado el tiempo requerido, volvió Raimundo a Toledo y Moscardó le dijo que quien tenía la responsabilidad del Movimiento había descartado la eficacia de aquella operación. Posiblemente se trató de una opinión de Franco; al menos Fernández Cuesta así lo aseguraba.

Al conocer todo esto José Antonio, comprendió la ardorosa ingenuidad que una vez más acompañaba la conducta de muchos de sus camaradas, y a la que él no podía oponerse de forma radical sin quebrantar la nobleza y el valor de sus afanes, pero finalmente estimó como razonable y bien medida la contestación negativa a aquel proyecto.

Pienso que a la altura de nuestro tiempo hemos de reflexionar sobre un aspecto que yo considero muy importante: la brevísima gestación de su pensamiento, que no pudo llegar a una situación de madurez y que hoy hemos de contemplarla con la necesaria objetividad y pensar que muchos de los aspectos sobre los que José Antonio había volcado su atención en aquél escaso período, hoy ya no tienen validez alguna. ¿Quién podría decir hoy que la plenitud histórica de España era el Imperio? Por mucho que nos empeñemos en interpretar este pensamiento con referencias espiritualistas más o menos acertadas, lo cierto es que en nuestro presente ya no tienen cabida una expresión semejante y un proyecto político en esta dirección. El mundo está cambiando vertiginosamente y ha corregido en parte muchos de los esquemas sobre los que se ha asentado la validez de sus premisas. Ha sido profunda la mutación de la historia que ha sufrido una aceleración inimaginable, unos giros multívocos, y unos sorprendentes avances tecnológicos. La vida humana consiste en una continuidad en permanente cambio y las grandes transformaciones de nuestro tiempo, lejos de incitarnos a la perplejidad, deben convocarnos a proyectar nuestra mirada con voluntad objetiva y por lo tanto alejada de tendencias simplificativas y tópicas. Es conveniente pensar que a la vista de todo lo que relato nadie puede juzgar de acuerdo con las normas y valoraciones vigentes los acontecimientos pasados.

Resulta sin embargo difícil hablar de José Antonio renunciando del todo a la melancolía, puesto que ella constituye en ocasiones una mirada añorante y dolorida que se ilumina con las luces del recuerdo y que tampoco puede ser siempre una connotación decadente sino más bien una mera descarga de dolor.

Personalmente estimo que, de vivir hoy, nos convocaría a la serenidad frente a la cólera, al compromiso sobre la frivolidad, a la fortaleza frente a la claudicación, a la sencilla naturalidad frente al engolamiento, a la exigencia estética frente al exceso de realismo crudo y sucio y opondría a la agusanada chabacanería que hoy nos invade, al rigor frente a la demagogia, se enfrentaría al patriotismo zarzuelero condenando su voluntad de contacto sustituyéndola por una voluntad crítica de perfección. No abdicaría de su convicción respecto a la Iglesia Católica, a la que consideraría como la clave de los mejores arcos de nuestra Historia, y no dejaría de creer en una España rítmica y clara, tersa y tendida hacia el afán de lo peligroso y difícil, pero mantendría con firmeza su posición política referida a la separación de la Iglesia y del Estado. Este principio suscitó en su día la descalificación y el más cruel ataque de la derecha tradicional. José Antonio fue siempre contrario a una sociedad dogmática y coactiva.

Entendería la acción directa, no como un método violento, sino como una actitud edificante para enfrentarse con la vida con arrojo y esperanza y nos llamaría al inconformismo entendido como una reacción sana desde el punto de vista social y como resultado de una sensibilidad operante y constructiva, exigiéndonos unir la conciencia de eternidad y modernidad para ser seriamente españoles y frente a las llamadas a la disgregación que tan frecuente presencia tienen hoy en la vida de España, nos llamaría una vez más a construir sobre un signo nuevo, una comunidad humana de existencia, instalando sobre ella la conciencia de un destino común, inaugurando estilos nuevos de deliberación y expresión. Insisto en que estamos sufriendo un proceso de indiscutible aceleración histórica. La insolente idea de que el mundo no gira hay que condenarla. Hoy, el concepto de estado territorial y moderno tiende a debilitarse y se encamina hacia espacios mucho más amplios y universales. José Antonio se opondría al nacionalismo totalitario, aldeano y anémico que quiebra sustancialmente el alma de España y constituye hoy una de las más grandes amenazas al sentido de su integridad. Puesto que el rumbo de su política se proyectó en un ámbito de universalidad y su creencia en España era concebida como una unidad de destino, hoy, cuando nos incorporamos al actual proyecto europeo, pienso que este entendimiento de lo español está vivo y que sirve, por tanto, para iluminar el espacio oscuro de nuestras circunstancias actuales.

Pienso que José Antonio estaría de acuerdo con el sentimiento y la realidad económica que comporta nuestra integración en Europa, pero entendiendo lo europeo sin desterrar los valores cristianos de su vida social y política, no como una alianza mercantil ajena a los diversos signos de identidad cultural. Un gobierno mundial asentado tan solo por los intereses de las más altas finanzas internacionales y al margen de las raíces cristianas que aparecen desterradas. Entiendo que sin ellas no puede levantarse sin peligro de derrumbamiento el edificio de la europeidad y por tanto las teorías actuales no estarían en la línea de sus preferencias políticas. José Antonio concibió a España como una de las grandes unidades europeas que atravesó el poder del tiempo a través de los siglos pero con un fundamento muy sólido capaz de resistir todos los embates de muy variada naturaleza. Fue precisamente el gran historiador Domínguez Ortiz, recientemente fallecido, el que escribió: «que si llegase el caso de que las piezas de España pudieran descomponerse, siempre acabarían por seguir formando las unidades que él mismo denominó núcleo duro de Occidente y parte esencial de Europa».

José Antonio reivindicaría el sentido del servicio que hoy ha desaparecido bajo el marco de un falso entendimiento de la democracia, rebajaría por innecesarias la rigidez de los aparatos ortopédicos del Estado para lograr una mayor integración social. La función de gobierno, las esencias fundamentales donde se apoya el quehacer político han sufrido un cambio absolutamente radical y habría que fundar valores y criterios orientadores de un comportamiento público sobre bases distintas, esculpiendo una nueva luz en el rostro de la Patria entendida como realidad suprema integradora de la realidad plural de sus regiones y contraria a la tensión excéntrica manejado en el fondo por oligarquías con bastardas intenciones. José Antonio amaría también las formas representativas eficaces, descartaría las presencias uniformadas, los bloques monolíticos y su posición personal y política no estaría encerrada en un elitismo condenable sino que partiría, vertebrándolo, del impulso del pueblo, constituido en una convivencia democrática, libre y siempre alejada de cualquier genero de partidismo infecundo y no dejaría creer que toda gran política ha de basarse en una gran fe, en definitiva mantendría su creencia fundamental en el hombre como ser trascendente.

Hemos de reconocer que, si bien fue brevísimo el tiempo político que José Antonio ocupó en la sociedad española, y a pesar de que muchos de sus esquemas ideológicos eran embrionarios, fue tal la fuerza arrolladora de su doctrina social aún incompleta y sobre todo del espíritu que de ella se desprendió, que después se tradujo en realidades incontestables en el Régimen del 18 de julio, constituyendo el progreso social más importante que ha conocido la historia de nuestro pueblo. La pasión social de José Antonio fue evidente y estuvo de acuerdo con Donoso cuando éste decía: «el socialismo se ha afianzado porque los ricos han perdido la caridad y los pobres la paciencia».

Finalmente recuerdo un artículo publicado en ABC hace ya muchos años. Lo firmaba el Padre Agustino Félix García. En él  consideraba a José Antonio como el gran protagonista de una «poética del sacrificio».

Yo creo que nadie antes que él fue capaz de transitar por los caminos políticos engarzando la poesía por encima de la podredumbre sin utilizar en sus actuaciones expresiones desabridas. La poesía era para él la primera palabra y sobretodo un compromiso radical y revolucionario asumido de ese modo. Su actitud intelectual y vital, su propia conducta, fue un quehacer poético. La función del político, habría escrito José Antonio, habría de ser religiosa y poética. Para José Antonio la poesía era acción intelectual y norma vital. Era una palabra más penetrante que la mejor música. Hace ya muchos años el presidente Kennedy recogió unas palabras de poeta Robert Frost: «cuando el poder conduce al hombre a la arrogancia la poesía le recuerda sus limitaciones».

Juan Ramón Jiménez escribió una vez: «todos seremos débiles si nos falta el sentimiento poético». José Antonio sabía que a los pueblos no los movía nada más que los poetas y que de alguna manera habríamos de sentirnos encarnados en ella para poder vivir con plenitud. Sin duda alguna José Antonio tenía un alma poética. Ridruejo en uno de sus sonetos, había dicho: «encendió la luz de las espadas»; y habló también de la empresa personal y redentora «que había prestado raíz a la espiga y a la estrella», y no contento con esta alabanza había escrito también:

«álamo, lanza, torre, valentía,
todo se alegra en ti, todo regresa,
España al fin, tu vertical promesa».

Y Laín en un soneto muy poco conocido afirmaba: «que hizo arquitectura del polvo de la muerte» y que «su voz que vio en torno al sentimiento se dobló ante el mandato de la suerte». Sin duda alguna el lenguaje de José Antonio tenía ritmo y belleza. Era en cierto modo un poeta íntimo y secreto. Escribió a mi juicio unos sonetos excelentes. Era un competente versificador que unía la ligereza con la gravedad y la profundidad con la ironía y quizás una de sus composiciones escritas en el año 1933 tiene una superior categoría, sobre todo aquel en el que escribió:

«frente al claustro de tu torre erguida
tiene la clave de una ley secreta
en órbitas de estrellas aprendidas
sabes que al fin la elipse está sujeta
a retornar al punto de partida».

Debo declarar, por tanto, que sus versos no tuvieron un afán esteticista, ni constituyeron un intento poético con afanes mayores. Había en ellos instinto crítico, retratos irónicos nunca ofensivos, pero destilaban serenidad, buen humor y sentido de la medida. «No ser poeta -le dijo a Bolarque al salir una tarde del centro de la cuesta de Santo Domingo- está reñido con ser falangista».

Me voy a permitir el lujo, antes de entrar en la consideración de la muerte de José Antonio, de recitar varios sonetos suyos. Uno, con indudable sentido del humor fue escrito en el Mesón del Segoviano a finales de 1926 y dice lo siguiente:

Hoy ha comido el Nuncio en la embajada
¡bien debió de cenar su Señoría!
pero yo por su cena no daría
la cena sin igual de esta posada.

¡Oh insigne sopa de ajo! ¡Oh ensalada!
¡Oh cordero que a jara trascendía!
¡Oh rubios bartolillos! ¡Oh judías
con trozos de chorizo decorada!

¡Oh glorioso yantar de hechuras viles!
¡Oh viña castellana y andaluza
de vinos bulliciosos y viriles!

¡Oh aceite venerable de la alcuza
que lo mismo alimenta los candiles
que alimenta al que come la merluza!

Pero hay otro soneto que me deparó una ocasión inolvidable: Hice un viaje a Madrid acompañado de un antiguo profesor mío de Derecho y en aquel momento Magistrado en la Audiencia de Sevilla, Pérez Sánchez. Nos acompañaba en el viaje el Alcalde de Écija, Soto Domecq. Fuimos durante todo el trayecto recitando poesías porque mis compañeros de viaje, a pesar de poseer una fabulosa memoria, conocían a fondo toda la poesía española, no sólo la clásica sino también la que por entonces tenía actualidad. A mi se me ocurrió entonces recitar un soneto de José Antonio que había escrito en el año 25.

El soneto decía lo siguiente:

Hemos bebido el sol disuelto en vino
y sangre de claveles en gazpacho;
a un fauno viejo, vigoroso y macho
he tenido en la mesa por vecino.

Don Pedro es andaluz sonoro y fino
y siempre que pronuncia un dicharacho
tiene risas alegres de muchacho
y experiencias de viejo libertino.

En aquél momento, el alcalde de Écija, que estaba situado junto al conductor, me cogió el brazo y dijo ¿Sabes quién es este D. Pedro? Yo le conteste que lo ignoraba, y él entonces con énfasis me dijo: pues D. Pedro al que José Antonio se refiere en el soneto era mi padre. Y efectivamente, así lo comprobé algo más tarde.

En relación con las cualidades de José Antonio, mi gran amigo Rafael Penagos, excelente y magnífico poeta, Premio Nacional de Literatura y persona admirable, conociendo mi interés en indagar la faceta literaria y poética de José Antonio, me ha hecho entrega recientemente de dos sonetos inéditos suyos. Proceden de un amigo y compañero de estudios de José Antonio llamado César Contreras, Abogado del Estado ya fallecido. Los sonetos están dedicados a D. Lorenzo Benito, que fue profesor de Derecho Mercantil de José Antonio Primo de Rivera. Su hija Elisa, a quien muestro aquí mi gratitud, me ha permitido generosamente su publicación, que añado como colofón de mi artículo.

                I

Calva lustrosa, blanca pelambrera,
barba mefistofélica y picuda,
prominente frontal, nariz aguda,
mirada de rabino sorda y fiera.

Le suelta cuatro «Buonos» a cualquiera
cuando al tomarle las lecciones duda,
sus nociones jurídicas ayuda
con refranes de usanza callejera.

Suele bajar de un tres de mal talante,
después, con el librito por delante,
nos toma la lección desde su trono

y cuando alguien le mete algún camelo
se queda estupefacto, mira al suelo,
cambia la voz y dice: «Buono, buono».

                II

¿Qué tienes en el cráneo, oh gran Benito?
¿Cuál será la materia que se esconda
bajo tu calva olímpica y redonda?
¿Corcho? ¿Tal vez serrín? ¿Tal vez granito?

Miñana, que domina lo infinito
con su imaginación potente y honda
dice que hay algo en la intricada fronda
de tu cráneo desnudo y monolito,

pero ni Dante, que intuyó lo eterno
imaginando el cielo y el infierno,
ni Calderón, ni Bergamín ni Prida,

cuando contemplan tus craneanos huesos
se atreven a jurar que hay dulces sesos
en su triste oquedad desconocida.

Sin duda, la poética del sacrificio es la clave de la vida de José Antonio y también el supremo ejemplo de su muerte. Morir con 33 años no es precisamente un episodio intrascendente, sino una realidad patética y conmovedora, pero hacerlo con cristiana seguridad, sin pérdida del horizonte de la fe, con temple y con valor, es hoy, ayer y siempre, una lección definitiva. Hay muertes que dan sentido a la vida y contenido a quien concibió la política como una tarea religiosa y poética y no como un mero juego de factores económicos. Sin duda esta era una manera de pensar sin precedente en la vida española. Cabe preguntarnos cómo horas antes de enfrentarse ante el pelotón de fusilamiento, los trazos de su escritura en las cartas que envió a amigos y camaradas permanecieran con una increíble rectitud. Su propio testamento asombra la calidad de su letra, cómo empieza cada línea perfectamente alineada con la anterior y cómo cada palabra guarda la distancia caligráfica respecto a la otra. Su intención testamentaria contenía el ferviente deseo de que España no volviera a incidir en contiendas civiles; está escrito con una letra igual, armoniosa y clara, con una puntualización correcta, sin una tachadura, ni una repetición innecesaria y sin la menor quiebra en sus firmes perfiles. Recuerdo lo que escribe a Carmen Werner: «le pido a Dios que no me falte una decente entereza» y la carta que envía a su tía Carmen que termina diciendo: «dentro de pocos momentos ya estaré ante el divino juez que me ha de mirar con ojos sonrientes».

Horas antes de su muerte, en presencia de Miguel, según me confesó Pilar, su hermana, estaba vistiéndose para acudir al lugar de su fusilamiento. Se despojó de sus prendas con lentitud una vez superada la larga angustia de una noche en la que hasta el final había mantenido una débil esperanza. Entonces, uno de los milicianos que le custodiaban, impaciente, pero con mirada de miserable indiferencia, le apremió a que fuese más deprisa. José Antonio serenamente le contestó: «como sólo se muere una vez, hay que morir correctamente», y a continuación, después de un espacio de silencio, dirigiéndose a su hermano Miguel, en inglés, para que no le entendieran los milicianos presentes le dijo: ¡Miguel, ayúdame a morir con dignidad!

La memoria de José Antonio es edificante, sobre todo teniendo en cuenta que ante la cercana presencia de los que habían de fusilarle, ante sus gestos patibularios, ante la mirada de aquellos mismos que encarnaban un odio cercano, vital y sabroso y a la vista de un propósito asesino de aniquilamiento, no abdica aún de su confianza en las virtudes del pueblo español y no vacila en destacar la riqueza de sus valores entrañables en abierto contraste con el profundo y delirante pesimismo de Cánovas cuando afirmaba -y él no estaba ante ningún pelotón de ejecución sino en los pasillos de Las Cortes- que el español era sólo el que no podía ser otra cosa.

Es conmovedor el temple de José Antonio ante la hora final. Nos imaginamos la fatiga sin nombre de sus últimas horas. Un hombre con desbordante deseo de vivir, en plena y prometedora juventud llena de ilusionadas expectativas hace frente a la muerte con suprema dignidad. No hay en su actitud gesto teatral alguno. Su conducta no se ajusta a las variantes de ningún patrón romántico. Quería, como Machado, que la sombra de Caín dejara de entenebrecer nuestros valles y estepas. A mi juicio, José Antonio fue un profeta de un futuro sin cainismo. Sin duda alguna, el que recibe de la naturaleza dones para ofrecer, tiene siempre un trágico destino: el de ser sacrificado. Oía a la muerte y perduraba su entereza. Palpitaba en él finalmente y sin duda una gran esperanza cristiana y precisamente al tenerla muy honda había perdido el temor a comparecer ante la presencia de Dios. Mantuvo hasta el final su aspiración de siempre, es decir, la de ofrecer su existencia por la esencia, superando sin desgarramiento la tristeza de no ser mañana.

Dicen que la Historia es el retorno de lo eternamente igual, pero estoy seguro que, pasado el tiempo, la figura de José Antonio será valorada por las futuras generaciones, liberadas finalmente de la servidumbre del odio que aún permanece en algunos tratando de borrar sin conseguirlo del todo la ejemplaridad de su vida, su voz de alerta y la conmovedora verdad de su muerte joven. Somos muchos los que pensamos que la desgracia de los decadentes consiste en haber perdido la fe en su pasado. Nosotros no nos arrepentimos y no olvidamos y pensamos también que hoy José Antonio nos llamaría para que amortajáramos el desaliento, él que fue incapaz de devolver con rabia la incomprensión ajena y nos invitaría a reorganizar la esperanza con la firmeza de una nueva comunidad de ánimo, porque creo que las brasas de su fuego no están ocultas bajo sus cenizas. El sacrificio de José Antonio no puede convertirse en causa perdida pero si lo fuera, que no lo es, su defensa narraría una gran belleza, un acto puro que frente al ciclón oscuro de las horas puede justificar con honor toda una vida. No  dejaría de alabar el canto de la espiga pero estoy seguro de que los que hoy nos honramos permaneciendo fieles a su memoria, aunque se marchiten las rosas, se agosten los lirios, lloren las estrellas y muera el laurel, estaremos en condiciones de repetir en su Centenario los versos del «Ariel» de Shakespeare: «nada de él será vano y como milagro del mar, como viento bienaventurado de primavera volverá convertido en algo rico y maravilloso».

Yo así lo espero porque, sobre todo, así lo sueño.

 


[1] José Utrera Molina es abogado, ex-Ministro de la Vivienda y ex-Secretario General del Movimiento. El texto que publicamos  corresponde a la conferencia pronunciada el día 29 de octubre de 2003 en Barcelona, durante el ciclo organizado por Plataforma 2003.







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