Altar Mayor - Nº 95 (07)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:51:33
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

EN TORNO AL ABORTO
Por
Antonio de Oarso  [1]

I

De vez en cuando, algunos medios informan del número de abortos que se efectúan anualmente, y siempre hay comentarista que manifieste su consternación por la magnitud de las cifras. Hay motivo para ello, pues sólo en Europa (excepto Rusia) se realizan un millón de abortos anuales; en Estados Unidos se llevan a cabo un millón doscientos mil (desde 1973, año de su legalización, ha habido en esta nación cuarenta y un millones de abortos); y en España nos encontramos con seiscientos mil abortos en los diez años de su implantación legal. En la actualidad, tenemos una cifra de ochenta mil anuales, lo que supone un aborto cada diez minutos aproximadamente.

Contrastan estas cifras tan exageradas con la indiferencia popular hacia el tema. Esta aceptación social del aborto es uno de los más grandes males de la época, según Julián Marías. Tal indiferencia no es natural, sino inducida. Si se interpela a la gente sobre este tema, la mayoría dirá que está en contra del aborto por ser un crimen. La ley natural tiene sus exigencias y opera en el fondo de las personas. Sin embargo, una cultura especialmente lúdica y hedonista puede anestesiar las conciencias, de forma que éstas sólo responden si son interpeladas muy directa e incisivamente. Las sociedades occidentales nadan en la opulencia, y la opulencia amortigua las pulsiones morales que podrían generar posturas de rebeldía contra unos hacedores de opinión que imponen la contramoral.

Organizaciones poderosas, colectivos muy bien organizados, han luchado incansablemente en estas sociedades poco alertas, desguarnecidas espiritualmente, tendentes a la muelle indiferencia. Los colectivos feministas consiguieron su máximo objetivo, la legalización del aborto, debido a su agresividad y trabajo en contraste con una sociedad pasiva y cómoda.

Pero el problema no es sólo de carácter ético, pues  su paulatino crecimiento al convertirse el aborto en un método anticonceptivo habitual, afecta seriamente a la sociedad en su demografía y se convierte en asunto político. Baste decir que mientras Europa reduce su población y envejece, el Islam crece imparablemente y va desprendiéndose de población que marcha hacia el norte, a los países occidentales. Resulta simbólico el hecho de que los seiscientos mil abortos legales cometidos en España durante los últimos diez años, han sido compensados (es un decir) con un número similar de inmigrantes musulmanes. Supone un indicio de lo que puede ocurrir en Europa entera a medio plazo si no se detiene este proceso en sus dos aspectos: inmigración y anticoncepción.

Hoy por hoy, es difícil pensar en una reacción efectiva en Europa contra el aborto legal. La aceptación social se presenta con las apariencias de lo irreversible. Existen organizaciones antiabortistas, naturalmente, pero su escaso alcance es la prueba del embotamiento moral de la sociedad.

En Estados Unidos la situación es diferente. Desde que en 1973 se dio luz verde al aborto legalizado, han ido proliferando organizaciones antiabortistas y defensoras de la recuperación de las señas de identidad cristiana de aquella sociedad. Son organizaciones fuertes y ejercen presión considerable sobre el presidente Bush, quien, aún con los condicionantes del político, defiende sus tesis. Y son fuertes porque están sustentadas por una población que todavía es mayoritariamente cristiana, a pesar de que los resortes de la formación de opinión (periódicos, televisión, editoriales, Universidades, cine) están en su mayor parte en otras manos, sin duda.

Estos movimientos religioso-políticos se calcula que engloban la cuarta parte de los votos de Bush y tienen en el Partido Republicano su asiento natural. Los republicanos siempre han sido conservadores, la derecha de Estados Unidos. Sin embargo, igual que en los demás países occidentales, una parte de esa derecha, con la vista puesta en las elecciones y en los votos, ha aceptado los presupuestos morales de la izquierda, es decir la contramoral que surgió en los sesenta: aborto, homosexualismo, etc. Estos neoconservadores tienen fuerza creciente y condicionan la acción del presidente Bush que se ve obligado, como político que es, a hacer concesiones (nombramiento de homosexuales en la Administración, por ejemplo), las cuales son muy mal vista por los auténticos conservadores.

En cualquier caso, y si se tienen en cuenta todas las circunstancias, no hay duda sobre quién conviene que gane las próximas elecciones en Estados Unidos. Entre el metodista Bush, conservador y pro-vida, y el ultraliberal «católico» Kerry, defensor apasionado del aborto, incluido el aborto en nacimiento parcial (partial birth abortion), no hay espacio para la duda. Por muy antiamericano que uno sea, y tienda a declarar que lo mismo da uno que otro, si además de antiamericano es antiabortista, deberá inclinarse por Bush. Tanto más cuanto que, al fin y a la postre, lo que ocurra en Estados Unidos siempre tendrá alguna influencia en nuestra amada y postrada Europa.
 

II

Una pequeña muestra de la anestesia de la sociedad respecto del problema del aborto, esta vez en España, nos la ofrece el resultado obtenido en las últimas elecciones por las formaciones políticas que explícitamente se han mostrado antiabortistas en sus programas: el 0’24% de los votos.

Es un hecho sabido que el voto católico conservador se dirige al Partido Popular, que se puede considerar la derecha de este país. Ahora bien, se trata de un partido que, como sus homólogos en Europa y América, sufre una poderosa influencia en su seno del sector de derecha liberal, cuyos miembros igual que los neoconservadores del Partido Republicano de Estados Unidos, han hecho renuncia de convicciones morales tradicionales, yendo en pos del voto de los colectivos de feministas y homosexuales, con lo cual dan su aprobación en todo o en parte a la contramoral de la revolución de los sesenta. Sus triunfos electorales les han dado la razón, desde el punto de vista estrictamente político, por lo que dominan en gran medida las decisiones programáticas del partido. Y existe otra razón poderosa, derivada de la especificidad de la historia de España, para que el Partido Popular se decida por posturas liberales y permisiva: la necesidad que encuentran de desligarse ideológicamente, cuanto más mejor, del régimen anterior, con el cual la izquierda les relaciona maliciosamente cuantas veces lo estima oportuno.

No es, por tanto, de esperar que del seno del Partido Popular surja una postura beligerante contra el aborto. Únicamente podría esto ocurrir si captaran en la sociedad una fuerte oposición a esta práctica. Pero esto no es así, como queda dicho. Cuentan, por tanto, con el voto católico, por muy poco entusiasta que éste sea, y pueden buscar nuevos horizontes más hacia la izquierda.

Sin duda, pues, lo que falla es un estado de opinión pública fuertemente opuesto al aborto. Pero no es realista pensar que el Partido Popular se vaya a ocupar de crear tal estado de opinión. Más acertado parece pensar que se ocupara de esta labor el estamento clerical. La Iglesia católica ha definido siempre, como era de esperar, el aborto como una gravísima contravención moral, merecedora de la excomunión. Pero una cosa es esta definición, y otra, la predicación consiguiente, la que debería derivarse de ella. No es lo mismo manifestar puntualmente una condena contra el aborto que predicar habitualmente contra él, cosa que no se hace. Y, precisamente, esta predicación habitual podría crear en medida importante el estado de opinión que impulsara al Partido Popular a cambiar de conducta.

Pero existen varios importantes motivos por los que el clero no se involucra de forma beligerante en un combate contra el aborto.

De todos es sabido que en el postconcilio predominaron las corrientes secularizadoras que habían irrumpido impetuosamente en el cónclave. Un deseo de abrirse al mundo predominó. Las consecuencias atañeron no sólo a la liturgia, que se desnaturalizó en gran media, y la dogmática que, imposible de ser revocada, fue dada de lado o considerada en forma poética o simbólica (posición clásica del modernismo condenado por Pío X), sino también a la moral. El resultado ha sido una disposición muy generalizada en el clero de considerar con gran benevolencia las desviaciones en la conducta de los hombres y hallar siempre justificaciones; o, lo que es lo mismo, una renuncia expresa a la menor condena de esas desviaciones. Esto se refiere también al aborto, que no es ni siquiera mencionado en los púlpitos.

A este motivo inhibitorio, se puede añadir otro de carácter económico. De la misma forma que en Estados Unidos hay católicos tradicionalistas que atribuyen la pasividad de los obispos en el problema del aborto al miedo de perder sus exenciones tributarias, aquí en España se podría deducir que algo parecido ocurre cuando se le oye al ministro de Justicia López Aguilar anunciar en tiempo y modo significativos que la financiación de la Iglesia ha de ser revisada. Es la respuesta, posiblemente eficaz, de los socialistas a varias tomas de posición de la Iglesia no satisfactorias.

Pero existe otro motivo, el mismo señalado para el partido de la derecha, el mismo que hace que estas tendencias que existen en otros países occidentales, en España se acentúen. Consiste en el temor del clero a que se le recuerde su firme adhesión al régimen anterior. Es algo que desean evitar a toda costa, por lo que renuncian a cualquier posición rigurosa que pudiera recordar aquellos tiempos en que no tenían reparos, pues se sentían respaldados por los poderes públicos y la sociedad, en proclamar la moral y el dogma católicos (con notables estridencias a veces, todo hay que decirlo). Una disposición de ánimo la actual poco favorable, por tanto, a combatir el aborto con denuedo.

Como resultante, tenemos una derecha inhibida y una Iglesia en la misma situación. Y no sólo eso, sino que se miran con recelo, poco dispuestas a una alianza moral, puesto que la Iglesia no quiere que se le relacione con la derecha por lo antedicho, y la derecha también desea manifestarse independiente de la Iglesia, al moverle el mismo deseo de borrar el pasado.

Es ilusorio pensar en una reacción importante contra el aborto en Europa, y concretamente en España, mientras estas tendencias, estos temores y estas muelles indiferencias no se disuelvan para dar paso al puro sentimiento de la ley natural. Mientras tanto, la situación es muy mala para esos millones de vidas humanas que serán sacrificadas con criminal frivolidad.
 



[1] Antonio de Oarso es escritor.








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