Altar Mayor - Nº 95 (06)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:53:34
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

LA SIMULACIÓN COMO MECANISMO DE DOMINIO
Por Alberto Buela  [1]

La simulación en nuestra sociedad se aproxima cada vez más a la perfecta imitación y, lo grave, es que en muchos casos logra sustituir lo real y verdadero.

Ello se da no sólo en el plano de lo concreto con la simulación de los materiales, el oro, la plata, el mármol, la madera por materiales sintéticos, sino que se da también en el orden espiritual. Así se reemplazan los profundos mensajes religiosos por las cómodas recetas de los pastores electrónicos o esotéricos predicadores del futuro, la profundidad de la filosofía perenne por retazos de pensamiento ocurrente, la función arquitectónica de la política, por una política no soberana. Esto es, por una no-política.

Así, en estos tres campos principalísimos de la actividad humana como lo son: la religión, la filosofía y la política asistimos al reinado del simulacro sobre la realidad, sobre lo que es.

Esta tensión entre lo que aparece y lo que es, que recorre todo el pensamiento tanto occidental como oriental desde que el hombre se puso a meditar sobre sí y el mundo que lo rodea, se inclina en nuestros días, abrumadoramente, sobre la apariencia en detrimento de la realidad.

Y decimos que esta tensión es permanente en todo hombre de toda latitud porque nadie quiere en su sano juicio engañarse o ser engañado, mentirse o que le mientan. Esto lo vio magistralmente Descartes cuando al comienzo nomás de su Discurso del método afirma: «El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual cree estar bien provisto de él, incluso los más difíciles de contentar en cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen».

Detengámonos un momento sobre el análisis de los términos apariencia y simulacro. El primero viene del latín apparentia: cosa que parece y no es. Y el segundo que viene de similis significa falsa semejanza. Como vemos los dos términos se complementan uno a otro. De ahí que en el obrar humano el simulacro se exprese en la frase: actúa como si y su vehículo sea la apariencia.

La religión, específicamente la cristiana, se ha transformado en un gran naranjal donde cada uno se sirve la naranja que más le place. Así bajo la mascarada de la libertad religiosa se desnaturalizó la antigua ascesis como camino a la virtud.

La sana libertad religiosa, según la cual todo hombre puede practicar el culto que más desee, fue reemplazada por el simulacro de libertad entendida como el hacer lo que se quiere. La libertad del loco diría Max Scheler, que cree que es libre porque hace lo que quiere y en realidad es sólo esclavo de sus propias pasiones.

En el plano filosófico hoy padecemos el simulacro de filosofía, los sedicentes filósofos sólo «oscurecen las aguas para que parezcan más profundas». Sus exposiciones son anecdóticas y sus propuestas inviables. Los más profundos terminan en un desencantado nihilismo, entreteniéndose en el debate pseudocultural o culturoso, dejando de lado el debate político.

En cuanto al domino político asistimos, entre otras cosas, al simulacro del régimen democrático. Así, la democracia participativa ha sido reemplazada, más y más, por una democracia procedimental o formal que ha malogrado los mejores esfuerzos políticos de los últimos años. Al respecto observa el politólogo Carlos Strasser: «la democracia parlamentaria se ha extendido por todo el orbe –Africa, Asia, América- pero ha perdido profundidad y es cada vez menos posible» [2].

El ser humano que hoy posee una información sobre sí mismo mucho mayor que en cualquier otra época, se torna, paradójicamente al mismo tiempo, más y más desconocido para sí. Hace muchos años un filósofo mal conocido, Max Stirner (1806-1856), en su solo libro El único y su propiedad, fue el primero que se percató de la singularidad del tema cuando afirmó: «La cuestión ¿qué es el hombre?, viene a ser entonces: ¿quién es el hombre? Y a ti te toca responder comenzando por quién es. La respuesta está personalmente presente en el que interroga: la pregunta es su propia respuesta» [3].

Esto quiere decir que el hombre, contando con un sinnúmero de instrumentos adecuados para investigarse a sí mismo, se desconoce más y más porque no puede preguntarse genuinamente por sí. Ha perdido la capacidad de la pregunta antropológica por antonomasia: ¿quién soy? Y en esta pérdida mucho tienen que ver los simulacros de preguntas y lo que es peor aún, las paródicas respuestas.

No estamos acaso atosigados por afirmaciones tales como: el hombre es sujeto, tiene que dejar de ser objeto. Si toda la filosofía moderna desde Descartes para acá sostiene semejante sandez.

La brutal dicotomía entre sujeto-objeto reduce al hombre que es su propia pregunta, a quedar atrapado en su propia apariencia. Lo dice bien Jean Baudrillard cuando afirma: «el objeto es el espejo donde el sujeto acude a atraparse en su propia ilusión» [4]. Se produce el comienzo de la alienación.

El hombre no es sujeto ni objeto, el hombre es hombre y todo lo que ello conlleva. La dicotomía sujeto-objeto nace del dualismo cartesiano entre res cogitans-res extensa. El hombre es sujeto y objeto a la vez. Es una unidad psicofísica. Una unidad de materia y forma; de cuerpo y alma decían los viejos filósofos.

La aparente pregunta del hombre como sujeto, es un (trompe d´oeil) pintado telón de fondo de los teatros. Este último, uno de los sentidos prístinos de la apparentia.

Ciertamente que el simulacro mayor de nuestros días es el que armaron y realizan aquellos que tienen realmente el poder. Ya decía el primer ministro inglés Disraeli: «ignoran los pueblos quienes están detrás de los bastidores». Hoy, personajes como los de la Comisión Trilateral, los Bildelberger, los de la Reserva Federal de USA, o incluso, los de nuestros disminuidos Bancos Centrales, son grandes desconocidos para la gran masa de ciudadanos. No tienen que rendir cuenta de sus decisiones que en algunos casos afectan negativamente a millones de hombres.

No sólo se nos escamotea la información sobre estos temas sino que, lo que es peor, se nos entrega una información totalmente distorsionada: un simulacro de información. La simulación termina transformándose en el mecanismo de dominio de los pueblos.

Por qué no llamar a las cosas por su nombre, por qué no decir la verdad lisa y llana. Porque esto provocaría el alzamiento enardecido de los pueblos esquilmados, hambreados y empobrecidos. Pero ello no es querido ni permitido por los amos del mundo.

Por supuesto que esta opinión nuestra ha sido ya denostada por el pensamiento progresista bajo el nombre de «teoría conspirativa».

Así por el solo hecho de insinuar que el mundo está manejado por personajes a quienes el bienestar general les es indiferente[5], uno se hace acreedor al sayo de troglodita o reaccionario.

El mero ocuparnos sobre el tema del simulacro, la simulación, la apariencia, el disimulo nos ubica dentro de la categoría de «filósofos de la sospecha», denominación que nos torna políticamente incorrectos y nos pone fuera del circuito de la «producción de sentido» de la sociedad liberal democrática.
 



[1] Alberto Buela es Dr. en Filosofía por la Sorbona, ha enseñado metafísica en diferentes universidades argentinas, preside la Fundación Cultura et Labor, ha sido director de la revista cultural bonaerense Disenso y es autor de numerosos libros, ensayos y artículos.
[2] STRASSER, Carlos: reportaje en el diario La Nación, Bs.As. 17-1-04.
[3]  Ibídem.
[4] BAUDRILLARD, Jean: La transparencia del mal, Barcelona, Anagrama, 1991, p. 183.
[5] En Iberoamérica, según datos de abril 2004 del PNUD, el 44% es pobre y el 20% es indigente. Y en Argentina, el 47% es pobre y el 21% es indigente. ¿Qué pretenden los dueños del poder?








Este artículo proviene de Hermandad del Valle de los Caidos
http://hermandaddelvalle.org

La dirección de esta publicación es:
http://hermandaddelvalle.org/article.php?sid=4656