Altar Mayor - Nº 95 (05)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:55:19
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

NO HAY PENSAMIENTO AUTOMÁTICO
Por
Arturo Robsy  [1]

La idea de un pensamiento que se piense a sí mismo es constante en la Edad Contemporánea. O sea, la cosa de la dialéctica, que unas veces tiró hacia el monte de la Idea Evolutiva y, otras, hacia el de la materia conformista. Tampoco se puede olvidar esa utopía budista de conseguir el vacío mental, llamado meditación trascendental, del que se supone que saldrán pensamientos acabados y percepciones superiores.

Entiéndase que hablamos de Pensamiento Cierto. Nada nuevo bajo el sol, porque en la lógica griega, en nuestros cimientos, hay un brillante intento de pensar claro usando una mecánica, ya silogismo, sorites o dilema. Se diría que la fascinación consiste en pensar sin esfuerzo, en pensar como no pensando.

Aunque parece que nuestra configuración de serie no apunta en esa dirección y hay pruebas de que tendemos a lo contrario: a pensar sin necesidad, a mejorar por cuenta propia la percepción de cualquier cosa. La psicología de la buena forma la Gestalt, nos enseña cómo la mente completa la percepción y la discrimina de modo automático: vemos una circunferencia completa al contemplar una serie de segmentos circulares separados, en dos perfiles enfrentados observamos un cáliz, la misma línea nos parece más o menos larga si está rematada con «<ý» o con «>», como percibimos convergentes o divergentes dos paralelas con tachaduras determinadas: «///» y «\». Todo esto y mucho más es ya clásico.

Queda más: los animales no cuentan de un vistazo más de uno. Nosotros, de un golpe, percibimos hasta tres sin sumar aritméticamente. Pero si los objetos están ordenados, como los puntos de los dados por ejemplo, de una ojeada podemos saber si hay seis, diez o doce. O sea, a nuestra inteligencia le va el orden. Necesita un orden para rendir más y mejor.

¿Sólo en la percepción? Ver e interpretar es asunto de orden y de memoria. Por ejemplo, no leemos todas las letras de una palabra; normalmente nos basta con la primera y la última para saber qué significa la voz: percibimos la matriz de una palabra escrita, o sea, un todo y no un conjunto de signos: nuestra mente se anticipa a la percepción por partes y salta directamente al total: lo completa como hace con esa falsa circunferencia formada por segmentos circulares. «¿Etsá calro?».

Parece probado que usamos el mismo mecanismo con los sonidos. Incluso llegamos a oír con anticipación la nota siguiente de una pieza que ya recordamos a la vez que la asociarnos con una emoción anterior.

Entonces, ¿qué pasa con el pensamiento, con la descripción de una idea? No está demostrado aún, salvo si razonamos por analogía: ¿Completamos también el pensamiento, es decir, pensamos más de lo que se nos comunica? Saberlo es de extrema importancia en un mundo conducido casi absolutamente por la información y, peor aún, por la información articulada en empresa, o sea, con fines comerciales, económicos: poder. Saberlo puede ayudar a mantener la independencia de cada persona y a transmitir conceptos y noticias honrados. Una noticia honrada será una noticia verdadera o no fabricada.

La tendencia -cada vez más publicada- es la de atribuir el pensamiento a la química cerebral, a los transmisores neurológicos. La idea, nos dirán en breve, es una larga cadena de proteínas. Verdad o mentira esto, es probable que algunos laboratorios trabajen ya en complejas fórmulas que inserten en la mente una o varias ideas dominantes. Lo harán si pueden, al margen de cualquier moral. De hecho, aunque con ratas que sepamos, ya se ha demostrado que un extracto del cerebro de un cobaya entrenado, da al receptor ese entrenamiento que no ha recibido: no otra cosa sabían los cromañones y los caníbales en general, cuando sorbían los sesos de sus enemigos más fieros: se apoderaban de su alma, o sea, de parte de los méritos de sus adversarios. Día llegará en que habrá inyecciones o transfusiones para fabricar médicos, fontaneros o abogados. A eso, al menos, se dirigen.

La conclusión es sencilla: la libertad o la justicia (al menos su percepción) corren peligro de ser un medicamento: también ayer la clonación parecía ser un asunto de las novelas de ficción futurista De ahí la importancia (para nosotros pero también para esos presuntos laboratorios) de fijar cómo pensamos sin más química que la natural y si nuestra naturaleza contiene una mecánica para completar las ideas, para pensar más en lugar de entregarse al mito tozudo del pensamiento que se piensa a sí mismo.

No asombra imaginar que podrán añadir médicamente conocimientos u olvidos, ideas variadas: también ahora lo hacen pero con procedimientos más caros: a todos nos insertan los conceptos dominantes de la época, consideraciones y creencias que no son naturalmente nuestras. El asunto de este artículo es si podrán cambiar lo básico del hombre: no el contenido de su memoria sino el modo en que percibe su mundo y usa esa percepción.

El Gran Juego -por bautizarlo con el mejor Kipling- es hacer inaccesible la verdad, pero el hombre tiene capacidad, al menos, para hacerse inasequible a una notable cantidad de falsedades: establecer un colchón entre los medios de una información que es negocio y la credulidad natural o sea, el instinto de aprendizaje. Ese colchón no es otro que el uso claro de nuestra percepción natural: que el pensamiento complete la idea implantada hasta llevarla a una, última realidad. La verdad, con Hegel, es la realidad -por ejemplo- y, como la mentira es bien real, un hombre normal puede percibir la conclusión lógica de tal elucubración: la verdad contiene la mentira y eso rechina en cualquier mente sana. A menos que sí, que sea literalmente cierto y la verdad actual sea mentira, de donde se deduce que, al menos desde Hegel, la verdad, o sea la realidad, ha sido sustituida por un sucedáneo marcadamente interesado, muy útil para el poder y los negocios.

Pero todo lo anterior es trabajoso: ya se sabe que para tener dinero hay que pensar en él durante la mayor parte del tiempo. Para tener verdad hay que pensar en ella todo el tiempo.
 



[1] Arturo Robsy es periodista y escritor.








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