Altar Mayor - Nº 95 (04)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 20:57:56
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

¡SANTIAGO, CIERRA ESPAÑA!
Por
Severino Arranz  [1]

Antes de entrar en materia, no puedo sustraerme a comentar filológicamente este histórico sintagma porque forma parte de un comentario en uno de mis libros cuyo título,  por razones obvias, no voy a citar y que resumidamente me permito  transcribir:

A la hora de buscar explicaciones sobre el significado de esta histórica frase, uno se pregunta cómo es posible que los investigadores en materia lingüística se hayan resignado durante tantos siglos a admitir un significado tan absurdo en el sentido de pedir al Apóstol que cierre a España.

¿Qué significa eso de cerrar España? ¿Es que España se podía cerrar?

Al menos la versión más leída acerca de la real o supuesta batalla de Clavijo dice que los cristianos derrotaron a los mahometanos a los gritos de Santiago y cierra España.

Más congruente con lo que seguidamente voy a comentar sería que los historiadores se refirieran a los tres gritos más oídos durante la contienda:

¡Santiago!

¡¡¿Cierra?!!

¡España!

Como puede ver el lector, la dificultad radica exclusivamente en la palabra «cierra», para cuyo estudio hay que apoyarse también en la lógica lingüística, que en ciertos casos puede suplir la falta de referencias paleográficas para apoyar la investigación.

Consciente de las dificultades señaladas, me limito a exponer las conclusiones a las que he llegado dejándolas como meras hipótesis para que el lector juzgue y pueda opinar sobre su validez.

Aunque ignoramos la fonética de la medieval [w] germánica, y su correspondencia con la hispánica en el germanismo «werra» (guerra), no sería ningún error atribuirle la pronunciación «berra», que es la que correspondería en virtud del actual valor fonético de la [w] germánica. Por otra parte cabe suponer que el habla vulgar diptongara la [e] en [ie] al tratarse de una [e] abierta y tónica, sobre todo en la región donde parece tuvo lugar la celebre batalla, la Rioja, tan proclive a esta diptongación; quedando una hipotética y castellanizada «wierra» (bierra) a la cual el habla popular quisiera buscar justificación semántica en la palabra fonéticamente más próxima, «cierra», incurriendo así en lo que se conoce con la denominación de «etimología popular».

Así podríamos decir  con mayor propiedad que los cristianos derrotaron a los musulmanes en Clavijo a los gritos de ¡Santiago!, ¡Guerra! y ¡España! que se supone serían los más oídos aunque sin formar un sintagma invocativo.

Es evidente que la exclamación «¡guerra!» no puede faltar en ninguna contienda. Más aún, si esto que digo no fuera cierto habría que inventar la palabra que la representara.

En las escuelas de principios del siglo XX, en célebre poema de Bernardo López («oigo, patria, tu aflicción / y escucho el triste concierto») había unos versos que nos lo recuerdan:

«hasta las tumbas se abrieron

gritando ¡venganza! Y ¡guerra!

Aunque el pueblo se equivocó en lo etimológico, acertó plenamente en el sentido de plegaria que le asignó; porque hoy necesitamos resucitar esta frase con el mismo sentido que aquellas gentes le asignaron.

Ojalá hoy día España se pudiera cerrar, cuando menos por el sur. Pero me temo que sea demasiado tarde, incluso para el Apóstol. ¡Quién nos iba a decir que once siglos después de la célebre Batalla, historia o leyenda, habríamos de necesitar la intercesión del Santo Patrón de las Españas (nunca mejor dicho: las españas de hoy, las diecisiete) contra el «moro invasor»!

Hora es de exonerar al Santo de su injusta fama de exterminador de infieles y de borrar la espada de su indumentaria guerrera. Jesús, su Maestro, no le había enseñado aquello. Sin embargo la Historia se repite obstinadamente y creo que vamos a necesitar algo más que la ayuda de los hombres.

¡Santiago, limpia a España!

Esta debiera ser la jaculatoria al Santo Patrón, sobre todo en un año jubilar dedicado a Él, aunque sin identificar limpiar con exterminar, que es lo que quieren hacer con nosotros estos enemigos que parecen haber salido de sus tumbas medievales.
 

Un tren cargado de infieles

Las noches son el hábitat, el escondrijo donde los malos recuerdos se agazapan esperando el festín de los insomnios en las oscuras simas de la mente, el fondo oscuro de los socavones que producen los odios cuando explotan.

En la noche se oye gemir a un niño. No hay nada comparable, no hay nada tan sangrante. Se clava en las entrañas como un dardo maldito...

Su padre iba en el tren de los infieles, herido por el rayo.

Su madre duerme con un somnífero en el alma partida.

En vano clama, las sombras no responden.

Los psicólogos, que ejercieron de ángeles custodios, le dijeron que respirara hondo y que se relajara, que pensara en las cosas agradables; que la vida seguía y podría ser bella el día de mañana...; los sacerdotes, que fundieron sus lágrimas, que rezara y rezara, que el Señor no abandona a los niños que lloran en la noche.

Las hadas enfermeras han dejado sus besos en la frente como sedante de las noches insomnes.

Pero ese tren maldito, camino de la nada, lleva todas las noches pasando por los túneles negros del recuerdo cargado de mochilas y cargado de infieles hispanos que hace quinientos años cometieron el crimen de recobrar el Ándalus; que además comen cerdo y no sienten remilgos de conciencia de consumir el fruto de las vides de Hispania, ni de otras costumbres que ofenden a las normas islámicas beduinas medievales...

Las conquistas del alma no se logran con bombas. Mirad los misioneros cristianos. Su trofeo de guerra es la Palabra, puesta así con mayúscula, porque es arma divina. Esa sí es ciertamente la guerra del amor, la Guerra Santa. Esa es la inmolación, que no el suicidio.
 

La regeneración de los terroristas

Y aquí estamos, Señor, con la mejilla puesta esperando la cuarta bofetada.

El «arma» de Occidente contra estos desalmados es la Ley garantista, la cárcel democrática bajo el fuerte control de lo que hoy se llama Amnistía Internacional. ¡Que no los toquen! Que nadie ose quebrar los derechos del hombre. Sólo ellos tienen el privilegio y el derecho de la vida y la muerte de los pobres infieles. La cadena perpetua ofende, hay que regenerarlos, que para eso es la cárcel, las cárceles de España donde los terroristas, esos pobres muchachos «violentos» (¡qué mal genio demuestran, qué modales!); son valientes gudaris. (¿Saben ustedes que esta palabra viene de la latina cotarii; o sea, los soldados que llevaban cota de malla? No porque fueran más valientes sino por ser de clases acomodadas que podían costearla).

Alguien tendría que explicarnos las técnicas psicológicas que se usan en la vida carcelaria para regenerar conductas y que los terroristas salgan arrepentidos.

Ese tren que hemos visto reventado cargado de mochilas y de gritos, y que lleva pasando noches, noches, y noches por la mente de un niño que gime en el insomnio, y esa madre que no puede callarle... hay que grabarla en cinta sonora y acaso con imágenes que desgarren el alma, como ese tren rasgado, aturdido de teléfonos móviles que suenan sin respuesta... ¡que responda la muerte! Esa cinta debe ser cada noche de vida carcelaria la música y la letra de la canción de cuna para los asesinos; los maitines, las vísperas; el dies irae de música de fondo y un petate en Guantánamo.

¡Santiago, Boanerges, hijo del trueno, cierra otra vez España!
 



[1] Severino Arranz Martínes Licenciado en Psicología y en Filología Románica.








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