Altar Mayor - Nº 95 (02)
Fecha Sábado, 02 octubre a las 21:05:22
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

Fundadores de Europa (y 8)
VI. SAN BONIFACIO
Por Luis Suárez Fernández  [1]

Winfrid, el monje

Hace ahora medio siglo uno de los mejores conocedores de este tiempo, Schieffer, le atribuyó ser fundamento de cristiandad en Europa [2]. Y es la definición más correcta. Estamos en condiciones de penetrar en algunos aspectos de su pensamiento porque, como en el caso de San Gregorio, se han conservado ciento cincuenta cartas [3]. Nació en Crediton, junto a Exeter (Devonshire) en una fecha que, con toda probabilidad, hemos de situar entre el verano del 672 y el otoño del 673. Para hacernos una idea correcta del tiempo debemos recordar que, en España, acababa de morir Rescesvinto e iniciaba Wamba su reinado, que sería fuente de conflictos. Los Omeyas, dueños del Islam, estaban haciendo de Damasco una gran capital; sus soldados dominaban en Oriente y en el norte de África, sometiendo a Constantinopla al primero de sus asedios, trampa de la que pudo escapar merced a la invención del «fuego griego». Dagoberto había desaparecido y sus descendientes merecían muy bien el calificativo de «reyes holgazanes», ya que en su nombre gobernaban los mayordomos de palacio. Devonshire es comarca marítima, húmeda y brumosa, situada entre Cornwall, tierra celta, y los pantanos de Somerset que no tardando mucho serían refugio para Alfredo el Grande, buena para los ganaderos que aprovechaban sus pastos para rebaños de vacas y también de ovejas. A sus moradores atraía, entonces como ahora, el horizonte merino.

El niño pertenecía a una familia de propietarios libres, dos condiciones que proporcionaban el acceso al nivel mínimo de nobleza. Por eso Winfrid se calificó siempre de adel o ethel, términos idénticos aunque en lenguas distintas. Conviene recordar que el término noble, en este como en otros muchos casos, no indicaba todavía opulencia sino simplemente que tenía libre disposición de su persona, derecho a usar armas y, en consecuencia, a combatir con ellas. No era este el destino señalado al niño por la familia. No siendo el primogénito, convenía entregarlo a la Iglesia para no perturbar la unidad del patrimonio que no era abundante. Pasó a ser, pues, un «puer donatus», según la expresión de entonces y en calidad de tal fue entregado al monasterio de Exeter.

El abad Wulfhard, que le recibió, siendo niño, se ocupó de sus primeros pasos. No tardó en descubrir que se hallaba ante una inteligencia excepcional, a la que se unían, con igual vigor, la capacidad de trabajo, energía sin límites y voluntad de servicio al Señor. Hubo de ser trasladado a Nursling, situado entre Winchester y Southampton, cuyo abad Winberto disponía de mejor Escuela y biblioteca. Aunque no se observaba en él la Regla de San Benito, eran evidentes las influencias. Fue en Nursling, durante más de veinte años, donde se cumplió esa amplia vocación que le llevaba hacia los libros, alcanzando una madurez cultural que más tarde transmitiría a Alemania. Se estaba preparando para ser un maestro en aquella Escuela, un experto en las disciplinas literarias. Poeta ambiguo y, a veces, de difícil interpretación, pudo escribir una Gramática que esperaba emplear como libro de texto y mostraba gran capacidad para volcar en sus cartas toda clase de observaciones. Mientras crecía su fama, dentro y fuera del claustro, a Nursling iban llegando, como a los demás monasterios británicos, noticias que venían de lejos, de aquellas amplias regiones germánicas en donde otros monjes, también salidos de las Islas Británicas, se hallaban entregados a la tarea dura de la evangelización.

Es fácil imaginar las conversaciones con Winberto y también con los huéspedes que venían de lejos en aquel monasterio de Nursling, que aún obedecía al modelo que para sus cenobios establecieran los bretones: pobres paredes de piedra y techos más pobres aún de paja argamasada con barro, que evitaba la lluvia. Y, más allá estaban los amplios horizontes de Europa, que aguardaban el sacrificio de los discípulos de Cristo para convertir las vastas poblaciones. No sabemos si llegaron también las noticia de lo que acababa de suceder en España. Como Beda, los monjes de las inmediaciones de Winchester, pensaban más en Europa.
 

La llamada de Frisia

Inglaterra, con Galicia, el extremo del mundo: sendas puntas salientes llevan el mismo nombre de Finisterre (Land's end). El Océano robusto, cuyas olas asaltaban las rocas de los acantilados, era desconocido. La vida estaba a Oriente y hacia allí afluía la corriente humana de los misioneros. Las primeras grandes regiones alemanas, Renania, Franconia y Turingia, ya habían sido evangelizadas porque pertenecían a la Monarquía de los francos [4]. Pero en las riberas del mar y en la vasta llanura que se extendía hacia el Este, los misioneros comenzaban a encontrar una fuerte resistencia, porque allí no había sobrevivido una población romana, como en España o en Francia, capaz de mezclarse con los germanos, y atraerlos a su cultura. Vista desde la perspectiva en que se situaban los francos, que pronto tendrían que librar la batalla decisiva para evitar que también Francia se perdiera, como España, la frontera oriental se presentaba como un arco que, de sur a norte, iba registrando nombres: Baviera, donde se incluían el Nórico y Retia, que un tiempo fueran romanas; Alemania, que comprendía las comarcas que hoy llamamos Suiza, Alsacia y Lorena; Franconia, porque era la tierra de las raíces salias, con Turingia, siempre siguiendo el curso del Rhin. Y allá en el lejano norte, Frisia, donde el mar parece hermanarse con la tierra baja.

Baviera, que incluía entonces el territorio que ahora llamamos Austria, había tenido algunas sedes episcopales en la época romana, aunque había vuelto después a la idolatría. Superados los efectos de la invasión los discípulos de San Columbano, contando con la ayuda de los francos, habían comenzado a restaurarlas. Pero hasta finales del siglo VII no había conseguido San Ruperto de Worms convertir al duque Teodo, de quien dependía también la posibilidad de restaurar las comunicaciones con Lombardía, a través de los Alpes. Gracias a este santo, a la sangre vertida por San Fridolino en sus expediciones por las selvas germanas, y al denodado trabajo de San Emerano y San Corbiniano, cuatro nombres radicales habían venido a inscribirse en el católogo de la Iglesia: Salzburgo, Augsburgo, Ratisbona y Freisinga. Baviera iba a ser una de las bases de adhesión al Papa. Pero aún quedaba, en ella, abundante tarea a realizar.

Entre los alamanos, que no estaban todavía incorporados al reino de Francia, San Fridolino y San Columbano habían encontrado no pocas dificultades. Pero ambos y su equipo de colaboradores, en otras páginas mencionados, habían conseguido que los cimientos de Cristiandad fuesen bien sólidos. A veces se tiene la impresión de que la antigua provincia de Germania estaba reviviendo: Maguncia, Spira, Worms, Tréveris, Colonia, Metz, Toul y Verdun estaban restablecidas como poderosas sedes episcopales. La línea que los mayordomos de palacio se habían trazado, al apoyar los esfuerzos de los misioneros, no eran desinteresados. Un avance cristiano hacia el Este era, también, una oportunidad para extender su dominio sobre aquellas nuevas tierras. Es el plan que recoge Carlomagno, llevándolo a sus últimas consecuencias. Cabía preguntarse si en la mente de Bonifacio y de los otros grandes creadores de europeidad, esto podía calificarse de un bien o de un defecto.

Allí en donde comienzan los que luego veremos llamar Países Bajos, se registraba únicamente una diócesis, Maestricht, servida por San Amando. Después venía Frisia.

Aquí, como en Sajonia, el método de difusión del Evangelio tenía que ser radicalmente distinto del que permitiera crear la Cristiandad dentro de los límites del Imperio romano. No había una población autóctona que pudiera comunicar, de boca a oído, de amigo a vecino, el mensaje de la buena noticia: la sociedad entera tenía que ser globalmente ganada. Por eso el vehículo no podía ser otro que el monje: su rigor de vida y el cuidado que mostraba hacia los pobres llamaba poderosamente la atención en aquellos seres humanos acostumbrado a ser maltratados. Formaron, desde el siglo VII, una especie de ejército vinculado muy estrictamente a Roma, y buscaban la protección de los reyes, que les proporcionaban un principio de seguridad. No tenemos noticia de cuál era el contenido de sus predicaciones, pero hay motivos para suponer que éstas, muy elementales, se iniciaban siempre afirmando la unidad de Dios y la falsedad de los ídolos inventados por el diablo. Ha llegado a nosotros la fórmula de declaración de fe que, en viejo sajón, San Bonifacio reclamaba de los neófitos:

-«¿Gelobistu in Got alamehtigen fadaer?».

A lo que el candidato al bautismo debía responder:

-«Ec gelobo in Got alamehtigan faeder».

Tras esta confesión fundamental se le administraba el sacramento mientras el nuevo cristiano repetía la invocación a Cristo, Hijo de Dios, y al Espíritu Santo, al tiempo que rechazaba al diablo [5]. Esto significaba que la entrada en la comunidad no era término de llegada sino el comienzo de una instrucción que habría de prolongarse durante varios años. Los frecuentes viajes a Roma permitían recibir instrucciones.

Fue en el curso de uno de sus viajes a Roma cuando Wilfrid, el 678, adquirió conciencia de que en Frisia se abría un campo, duro y difícil, pero importante, a la evangelización y tuvo la idea de instalar en el país algunos monjes, de modo permanente [6]. Escogió para ello a Willibrordo, que había profesado en Ripon, y había estado en Irlanda lo que le permitía tener buenas relaciones con la Iglesia celta. El año 690, aprovechando el tránsito de alguno de los barcos mercantiles, Willibrordo con algunos de los suyos tomó tierra en Frisia donde fue cordialmente recibido. Los frisones estaban aún a medio camino entre comerciantes, piratas o bandoleros. Las viejas leyendas mágicas que se recogerían en el Beowulf formaban parte de sus creencias. Pero temían a los francos mientras que en aquellos anglosajones que les hablaban de ese Dios «padre de todas las cosas» en una lengua que eran capaces de entender, veían parientes. Una leyenda ampliamente difundida luego pretendía hacer pasar esta llamada de Frisia como un descubrimiento: Wilfrid había llegado a ella arrastrado por una tempestad, como si se tratara de un designio de Dios.

Willibrordo comenzó su tarea, partiendo de una isla, el año 692, contando con la colaboración de otros doce monjes. Pero antes de penetrar más a fondo, hizo un viaje a Roma para que el Papa Sergio le consagrara obispo y le diera un nombre latino, Clemente. Su sede iba a ser Utrecht. Cargado con reliquias que necesitaba para los altares que tenía que consagrar, y de cartas de recomendación para los príncipes de aquellos países que separaban a Frisia de Italia, emprendió al año siguiente el regreso. Estos meses de estancia en la Corte del Papa fueron sin duda decisivos para Clemente Willibrordo: pudo asistir a la misa nocturna de la Navidad celebrada por el Papa, en donde se rememora el nacimiento de Cristo; otra cosa estaba naciendo, Europa. En el camino de retorno escribió cartas a los monasterios ingleses, dando cuenta de todos estos sucesos, y pidiendo que le fuesen enviados monjes jóvenes para el cumplimiento de la misión. Pipino de Heristal, mayordomo de Palacio en Austrasia, le recibió con calor.

Pero esto implicaba un peligro: allí adonde llegaban las palabras de los monjes podían llegar las hachas de guerra de los francos que llamaban franciscas. Y el duque Ratbodo de Frisia temió que la misión fuera solamente el anuncio de su eliminación. En consecuencia lanzó un ataque sobre Utrecht, arrasando la ciudad y obligando a Willibrordo a huir. Los misioneros aceptaron la lección: había que valerse de los poderes políticos. De hecho hasta la victoria de Carlos Martel y la muerte de Ratbodo (719) no volvería el santo apóstol a su sede de Utrecht, en donde habría de fallecer el año 739.
 

Los cimientos de un apostolado

A Nursling iban llegando noticias. Y de este modo Winfrid, que rondaba ahora los treinta años, fue ordenado sacerdote decidiéndose por asumir la misión para la que, sin duda, Dios le había preparado. No se trataba de una decisión precipitada sino que era resultado de mucha horas de oración y de estudio. Uno de los mejores conocedores de su obra [7] ha conseguido reconstruir el proceso de su conversión. Winfrid estaba especialmente dotado de ese valor en profundidad que consiste en devanar día a día la entrega de la propia persona. Importante había sido su tarea hasta entonces, buscando la propia madurez. Ahora veía las cosas más claras. El monasterio le había preparado, desde luego, para ser un maestro en Humanidades, pero sobre todo le había enseñado el sentido profundo de filiación hacia Dios, íntima y personal. El monacato le había preparado para una vida en constante oración. Así sus cartas nos reflejan una de las ideas clave: la fe en Dios es la prenda de más valor entre aquellas que posee el ser humano. De este modo cada cristiano, cuando descubre que es instrumento en sus manos no encuentra, para la entrega al prójimo, nada tan valioso como la fe. Es preciso que los historiadores nos demos cuenta de cuál era el orden de valores en que San Bonifacio iba a moverse.

El monasterio, su ámbito de vida desde la infancia, era, precisamente, el que le había formado en este orden de ideas. En consecuencia, la plataforma para la conversión de esa Europa a la que aún no había llegado el cristianismo -y en esto coincidía con San Columbano- tenía que establecerse en el monaquismo, ya que de otro modo faltarían los reductos de esa vida de perfección cristiana capaz de alimentar a los demás. Se trataba de formar hombres «nuevos» que es como se debía construir la europeidad. Winfrid iba a comenzar su obra a una edad avanzada para el tiempo, pues rondaba los 43 años de edad. «Se lanzó a la misión de evangelizar a los pueblos germánicos, no impulsado por un entusiasmo juvenil, característico del pueblo anglosajón de su tiempo, sino con una energía consciente, proveniente de un espíritu maduro» [8]. De esta madurez formaba parte la profunda adhesión y obediencia al Papa, Vicario de Cristo en la tierra. En sus frecuentes viajes a Roma, reinando Gregorio II, Gregorio III, Zacarías y Esteban II no buscaba únicamente un respaldo para la obra que estaba realizando. El juramento que a los cuatro presta no se refiere tan solo a la fidelidad a la persona sino también de evitar e impedir cualquier cosa que pueda provocar daño a la unidad católica.

En resumen podemos decir que las misiones anglosajonas, de las que San Bonifacio marcará el término más alto, fueron de consecuencias decisivas para esa Cristiandad que coincidía entonces con Europa. Crearon, en las Islas Británicas, una especie de reserva o base de operaciones que llevó a grandes extremos la conservación de la cultura latina, en un momento dramático, en que parecía interrumpirse la tradición isidoriana en España. Cuando el anónimo monje mozárabe que escribe la Continuatio hispana acuña el término «pérdida» para definir lo que había sucedido el 711, no se estaba refiriendo a las estructuras políticas sino a algo más profundo, a aquella versión que parecía preparar a España para ser émula de Bizancio, continuación de Roma. Pues bien, eso es precisamente lo que San Bonifacio pretende reparar. Al crear la Germanía Católica, cerraba el circulo de las cinco naciones de la Cristiandad latina.
 

Primer viaje

Aquel invierno del 715 al 716, Winfrid, que contaba con licencia o mandato de sus superiores, se estuvo informando de los barcos que hacían la travesía hacia el Continente. En la primavera del segundo año pudo hallar acomodo en uno que le desembarcó en Duurstede (Dorestad) que era entonces uno de los dos puertos con que se mantenían relaciones. Quentovic era el otro. Le aguardaban profundas decepciones. Pipino había muerto y la situación interna de Francia no permitía abrigar esperanzas. Willibrordo había huido y el duque Ratbodo, con quien Winfrido llegó a entrevistarse en Utrecht cerró la puerta a cualquier evangelización. Peores noticias llegaban desde el lejano sur: los musulmanes, tras la destrucción de la Monarquía wisigoda, avanzaban dispuestos a cruzar el Pirineo. En consecuencia, convencido de que Frisia era de momento inabordable, antes de que concluyera el año 716, volvió a subir a un barco para regresar a Nursling. Llegó a tiempo de acompañar al abad Winbert en su trayectoria final. Tras la muerte de éste los monjes le eligieron abad. Pero él renunció poco tiempo después a este oficio porque seguía estando convencido de que Dios le reclamaba para otra clase distinta de servicio.

Algunas veces, en sus cartas, Winfrid se describe a sí mismo como aquejado por dos defectos principales: «triste» y «dubitativo». Estas dos condiciones se le hicieron presente en aquel año y medio, un poco largo, que pasó en Inglaterra, estrechando sus relaciones con el obispo, Daniel de Winchester. Es bastante lógico que así fuera: ante él se abría la perspectiva cómoda de una abadía que estaba siendo reputada como uno de los principales centros de saber. Sin embargo rechazó esta holgura y, en el otoño del 718, provisto de cartas del obispo, descendió por el Támesis, cruzó de nuevo el Canal y desembarcó en Quentovic, al sur del destino anterior, un emplazamiento que no podemos fijar con exactitud pues éste sería uno de los puertos arrasados por los wikingos un siglo más tarde. En pleno invierno atravesó Francia e Italia para llegar a Roma, donde reinaba el Papa Gregorio II. Éste le otorgó el nombre de Bonifacio, mártir romano cuya fiesta se celebra el 14 de mayo y, al día siguiente le entregó poderes e instrucciones para un nuevo campo de labor que se le había asignado.

La falta de datos, que ha obligado a su hagiógrafo, Willibaldo, a recurrir a leyendas, nos fuerza también a nosotros a recurrir a su posiciones. No cabe duda de que las conversaciones entre San Bonifacio y Gregorio II tuvieron consecuencias decisivas para el futuro de Europa y de que en ellas, bajo una directa dirección de la Sede romana, se tomó la decisión de ampliar el campo. Pues el abad dimisionario de Nursling fue provisto de amplios y muy eficientes poderes que debían permitirle actuar en cualquiera de las zonas de la amplia frontera. También puede darse por seguro que el Pontífice recomendó a San Bonifacio buscar un entendimiento con el rey de los lombardos y con aquellos que gobernaban en Francia, En todo caso sabemos que Winfrid prometió al Papa absoluta fidelidad; y cumplió escrupulosamente esta promesa.
 

Segundo viaje a Frisia

El Papa recomendó a San Bonifacio que siguiera un camino distinto del que conocía: por Lombardia ir a las tierras germánicas como ya hiciera San Columbano. Desde hacía siete años reinaba en el norte de Italia Liutprando, católico, en quien el Papa había puesto grandes esperanzas, porque, ante las reclamaciones de éste, había devuelto algunos territorios del hexarcado de Ravenna, que usurpara. El monje fue bien acogido; pudo, en esta oportunidad, comunicar las preocupaciones que asaltaban al Pontífice porque, en Oriente, había comenzado a proponerse una radical prohibición del culto a las imágenes (iconoclastia) que era, sobre todo, un medio para combatir al monacato, y Gregorio II temía que, como sucediera con la Querella de los Tres Capítulos, estas disensiones se comunicaran también a Italia. La estancia en Pavia fue breve porque la misión encomendada a San Bonifacio se refería a Baviera. Por la vía de Milán ascendió la pequeña caravana hacia los pasos del Brennero. En una etapa del camino escribió una carta al Papa dándole cuenta de sus gestiones; él tenía también fundada esperanza en que Liutprando llegara a ser punto de apoyo. Pasados los montes la comunicación se hacía difícil y por eso las cartas se tornaron más escasas.

Baviera, mucho má9 extensa de lo que hoy entendemos bajo este nombre, era ya un ducado cristiano. Pero lo mismo aquí que en las otras regiones vecinas el cristianismo era más de nombre que de hecho. La población, siguiendo en esto las decisiones de sus jefes, puramente políticas, había recibido el bautismo, pero no había cambiado en absoluto sus costumbres: las viejas supersticiones seguían guiando la existencia. San Bonifacio entendió que la tarea más importante, a la sazón, era lograr una instrucción más adecuada. Redactó una profesión de fe en bajo sajón, con texto paralelo en latín, que debía ser aprendida y explicada con amplitud. Luego pasó a Turingia y Hesse hasta llegar a Franconia. Aquí tuvo noticia de que había muerto Ratbodo y que San Willibrordo había vuelto a ocupar su sede. Decidió entonces continuar a Frisia, asumiendo la empresa que iniciara el año 716.

Esta vez permaneció tres años en aquel país, trabajando a las órdenes de Willibrordo. Pero los criterios de aquellos dos santos diferían. Para el obispo de Utrecht lo importante era rematar la difícil tarea en que su vida se empleaba sin pensar en nuevos horizontes. Propuso a San Bonifacio, cuya eficacia había podido comprobar, que le sucediera en la diócesis de Utrecht, pero él se negó. No cabe duda de que la estancia en Roma y el segundo viaje le habían procurado un nuevo e importante programa: hacer de toda aquella franja, desde el mar del Norte al Danubio, englobando los Alpes, una nueva Cristiandad germánica, allí en donde el Imperio romano no asentara sus reales.

El hagiógrafo nos dice que la estancia en Frisia duró tres años; precisemos un poco más: desde finales del 719 hasta las primeras semanas del 721. De allí pasó a Hesse, la cual se hallaba bastante poblada y muy dispuesta a acogerse a la salvación que proporciona el cristianismo. No sabemos hasta qué punto el optimismo del cronista está exagerando en ambas notas. Pues Hesse, nombre que a veces se hace extensivo a Turingia, era una espesa zona de bosques, donde abundaban encinas y robles centenarios. Ninguna estructura social ni línea de comunicación: los núcleos de población eran pequeñas aldeas que formaban apenas descansaderos.

Acompañaban al santo, en este viaje, dos hermanos naturales del país que le ayudaban en calidad de intérpretes; no tardó, sin embargo, en descubrir la semejanza todavía existente entre la lengua que allí se hablaba y la suya propia. Tampoco eran necesarios los grandes discursos: bastaban las frases cortas, precisas, contundentes. Lo importante era instalar los núcleos de cristianismo, es decir, los monasterios. A ellos recurrió desde el primer momento. Se comenzaba por abrir en el bosque, mediante roturación, un amplio espacio en que se instalaban rudimentarios edificios, establos y huertas: de este modo también se mostraban a los campesinos nuevos modos de cultivo. Venidos de fuera los primeros monjes llamaban la atención por su vida austera, el canto monódico y la oración. Las fiestas religiosas estaban siempre acompañadas de un esparcimiento, pues se trataba, también, de enseñar a vivir. El primero de los fundados por San Bonifacio, Amöneburg, estaba situado a orillas del río Omh.

Los resultados fueron mejores de lo que se esperaba. A diferencia de lo que sucediera en Frisia, la población estaba bien dispuesta a recibir el bautismo. Habría que insistir en la importancia que revestía el hecho de que el paso hacia la Cristiandad se hiciera desde una cultura estrictamente germánica. El domingo 31 de mayo del 722, cuando la Iglesia celebraba la fiesta de Pentecostés, varios millares de personas de todo sexo, edad y condición, estaban reunidas en la explanada delante del monasterio porque se disponían a recibir el bautismo asistiendo después a su primera misa. Había llegado la hora del gran cambio.
 

Bonifacio, obispo

Cuando estas noticias llegan a Roma, el Papa Gregorio II pidió a Bonifacio que regresara a Roma, porque había llegado el momento de trazar nuevos planes. Comenzaba el otoño del 722 cuando culminó este segundo viaje. El Pontífice le acogió con el afecto que cabe suponer ya que significaba, en aquellos momentos difíciles, una ampliación del escenario donde se asentaba su obediencia. De hecho las noticias que el santo pudo recoger eran malas. En los dos últimos años los árabes, instalados en la Narbonense, habían lanzado dos ataques como si intentaran alcanzar el Loire y el Ródano. Carlos Martel, bastardo de Pipino, estaba tratando de reordenar los poderes en Francia, para organizar la resistencia, y el Papa tenía puestas sus esperanzas en él. Por otra parte, las relaciones con Bizancio se habían tornado aún más difíciles: León III trataba de reducirle a la obediencia como si fuera un simple funcionario del Imperio.

En consecuencia Gregorio hizo a San Bonifacio nuevos encargos. Comenzó examinando la fórmula de fe, latina y germánica que aquel redactara, y le dió su aprobación. Luego, el 30 de noviembre del 722, le consagró obispo sin asignarle una sede concreta; iba a ser primado de Alemania, hasta donde fuera posible extender los límites. Al reiterar el juramento de fidelidad, el nuevo prelado empleó la fórmula que usaban los suburbicarios destacando así la íntima y personal dependencia del sucesor de Pedro, una condición que aspiraba a establecer en toda su iglesia. Cuando acudió a despedirse del Papa, éste le tenía preparadas algunas cosas: reliquias, según la costumbre libros y ornamentos litúrgicos. Pero además le hizo entrega de un ejemplar de aquella colección de Cánones que se le atribuía a Dionisio el Exiguo, y una muy expresiva carta para Carlos a quien titulaba «duque de los francos». De este modo la Iglesia pedía a los carlovingios que se asociasen a la tarea de evangelización de Alemania. A ellos iba a corresponder la defensa y expansión de la Cristiandad.

San Bonifacio, antes de reintegrase a su tarea, celebró una entrevista con Carlos, al que los cronistas presentan como una especie de gigante, con pelo tirando a rojizo y ojos azules, muy fuerte. Había acreditado ya su capacidad militar, unificando los tres reinos francos, despropósitos ahora de las limitaciones que les dividieran. Es muy probable que, durante este viaje, en el que eran visibles los esfuerzo para preparar la campaña de defensa contra los invasores musulmanes, se recogieran las primeras noticias acerca de una resistencia que en ciertos rincones septentrionales de la Península Ibérica, se estaba ofreciendo a los invasores. Todas las probabilidades apuntan a que tres días antes del masivo bautismo de Hesse, Pelayo consiguiera una mínima victoria en Covadonga, que anunciaba pese a todo el futuro. También tuvo Bonifacio la ocasión de conocer a Tierry IV, un pálido muchacho, que ostentaba el titulo de rey, aunque sólo el título. El primado de Alemania explicó todas estas cosas al Papa por medio de una carta que aún se conserva. Desde Francia mantuvo también comunicación con su país de origen recomendando que desde allí se enviasen más monjes misioneros.

Carlos tomó a Bonifacio bajo su mundubardium entregándole una carta en pergamino, con el sello correspondiente. Probablemente muchos en los medios latinos carecían de la información necesaria. Pero entre los germanos -y Carlos y Bonifacio coincidían- había la posibilidad de establecer vínculos de fidelidad que eran más fuertes que los que ataban entre sí a los miembros de una misma familia. El fiel, vassi o gassingo, pronunciaba las palabras necesarias y de este modo entraba en una posición que obligaba al señor a tomarle bajo su protección y ayuda hasta el extremo límite. Después volvió a Hesse.

Había llegado la hora de la prueba: la ordalía en el concepto germánico. Había en Geismar, junto a Fritzlar, una gran encina sagrada cuyas ramas eran capaces de proyectar en torno espesas sombras. Allí habitaba Thor, el dios de la guerra, aquel que proporcionaba a las espadas la fuerza que necesitaban para vencer. Un día -no hace falta que estemos muy seguros de los detalles- de aquel mismo año del 724, cuando contaba ya con el respaldo de Carlos Martel, que le ponía a cubierto de cualquier agresión, San Bonifacio acudió allí decidido a probar que Cristo era más fuerte, y derribó la encina. La fuerza de Thor no se manifestó, pero sí la de Cristo, que suscitó el viento necesario para doblegar aquel tronco. Fue luego reducido a vigas de madera que sirvieron para la construcción de una capilla, dedicada a San Pedro y enriquecida con algunas reliquias que el santo trajera de Roma.

Así nació el monasterio de Fritzlar. Aunque lo acaecido no significó riesgo alguno para la persona de San Bonifacio, quedó cargado de profunda significación: un tiempo había llegado en que la Cruz de Cristo sustituiría a los antiguos dioses de los germanos. En Turingia, donde trabajó hasta el 735, fundó el tercer monasterio, Ohrdruf, cuyo abad sería Wigberto, venido de Inglaterra. Se definía paulatinamente ese orden nuevo, al que la Regla de San Benito daba unidad, pero los anglosajones la fuerza. En los monasterios, aparte de la misión de evangelizar, había otra: la de almacenar libros y enseñar. Los monjes recorrían a veces largas distancias para proveerse de nuevos textos.
 

Primado de Alemania

Por todas partes se difundían las noticias de la obra que San Bonifacio estaba realizando y, desde Inglaterra, le llegaban ofertas de nuevas vocaciones. De todo cuanto sucedía informaba puntualmente a Roma. Aparecían también las primeras decepciones. Aquella siembra evangélica que los misioneros celtas de dos generaciones anteriores realizaran, estaba en dificultades porque las nuevas generaciones de eclesiásticos brillaban por su indisciplina; algunos ingresaban en el clero por un afán de medro; otros, ganados por la soberbia, se negaban a acatar la disciplina que el obispo trataba de imponerles; reinaba en todas partes la ignorancia y, entre los fieles, el analfabetismo era normal. Tampoco las cartas que venían de Gregorio II servían para levantar los ánimos. La presión de los emperadores bizantinos sobre el Papa, a causa de las imágenes, alcanzaba nuevas dimensiones. Los Isáuricos pretendían tratarle corno si fuera un funcionario más en el Imperio. Un nuevo exarca, Eutiquio, había llegado a Ravenna con ordenes expresas de acabar con Gregorio, y Liutprando, rectificando su política, había llegado a un acuerdo con él.

Es bien cierto que la autoridad del Papa permitía abrigar la confianza. Cuando las filas de soldados lombardos se acercaban a Roma, Gregorio, como en un tiempo hiciera León, salió al encuentro del rey montado en una mula blanca. Hablaron y Liutprando se retiró desengañando a Eutiquio. Era el Vicario de Cristo. Esto mismo pensaba y escribía San Bonifacio. Pedro era ejemplo de vida y de gobierno, de modo que la Iglesia que estaba naciendo en Alemania, por su propio interés, debía permanecer estrechamente unida a la cátedra de Roma. Gregorio II falleció el 11 de febrero del 731 y su sucesor, también del mismo nombre, mantuvo la línea heredada.

Europa iba a cambiar. Hacía diez años que los musulmanes, dueños de Narbona, hostilizaban el territorio franco. Llegaban, muy vagas, noticias de algunos exiguos focos de resistencia. Carlos había aprovechado este tiempo para fortalecer su poder: Aquitania, Frisia, Turingia y Baviera eras sus vasallos. Aunque no había querido intervenir en Italia, sin duda para no dividir sus fuerzas, era, sin duda, el poder verdadero de la Cristiandad. Bonifacio, que estaba llegando a su sexagésimo aniversario, veía en él la única barrera posible frente al Islam. El año 731, enviado desde Damasco con título y oficio de 'amir, 'Abd al-Rahman al Gafiqí, decidió dar un nuevo paso adelante en la conquista. Por el camino de Pamplona invadió Aquitania, obligando al duque Eudes a huir. Los soldados musulmanes quemaron Burdeos, cruzaron la Dordogna y pusieron fuego a la basílica de San Hilario de Poitiers. San Martin de Tours, símbolo de Francia, estaba amenazada. Caían las primeras lluvias de otoño cuando la poderosa caballería acorazada de Carlos Martel salió al encuentro del formidable enemigo en un lugar situado entre Tours y Poitiers. Y en el mes de octubre 'Abd al-Rahman perdió la batalla y la vida. Carlos merecía el apodo de Martel (Martillo) que se le diera. Pocos años más tarde un monje que escribía la continuación a la Crónica de San Isidoro, en algún lugar de las afueras de Córdoba, dijo que los vencedores eran «europenses». Europa era, pues, la Cristiandad latina y germánica.

Europa, nombre indoeuropeo, señalaba una nueva conciencia. En busca de unidad, San Bonifacio estaba aumentando la difusión de la Regla de San Benito: humildad y eficacia, castidad y amor, sumisión a la Cabeza y fraternidad eran precisamente las dimensiones que aquella necesitaba. Por eso no erramos el camino cuando le llamamos Padre de Europa. No era él solo. Desde las Islas Británicas estaba llegando la que consideramos tercera oleada formada por parientes, amigos y discípulos. A todos convenció para que abrazasen la regla benedictina. La comunidad de pueblos germánicos, ahora definitivamente a resguardo de las amenazas del Islam, convergía ahora en el establecimiento de una civitas christiana, Reino de Dios que se incoa en este mundo aunque no puede consumarse en él.

Hay una especie de cuadro de honor, que se puebla de nombres de grafía extraña pero sin los que sería imposible entender cómo llegó a consolidarse Europa. Algunos, como Gregorio, franco, abad de Utrecht, o Sturm, el bávaro, podían considerarse reclutados en su propio país. Sturm, que contaba con la protección de Carlmann de Austrasia, recorrió los bosques hasta hallar el lugar adecuado; tras consultar con San Bonifacio, acudió al duque para que, de propia mano, le extendiera el documento de propiedad sobre aquella tierra. Así nació Fulda (744). El Papa Zacarías eximiría más tarde a Fulda de cualquier jurisdicción episcopal. Confluían allí la tradición benedictina de la Regla y la británica de independencia en la jurisdicción. Fulda sería escogida por San Bonifacio para su sepultura.

De Inglaterra vino Lullus, que fuera discípulo de San Bonifacio en Nursling; él sucedería al maestro en la sede de Maguncia y, a la muerte de éste, recogería cuidadosamente las cartas para formar con ellas un volumen. Fue el predilecto. Willibaldo y Wigberto, que conserva sus nombres sajones, eran también parientes del primado. Añadamos a Ebbano, a Wigberto, que dirigió como abad el monasterio de Ohrdruf, a Burchardo, que sería obispo de Würzburgo, a Sola, a Wttan y a Meghinardo. Nombres que hoy nada dicen a los europeos que, sin embargo siguen viviendo de la semilla que aqellos plantaron.

Destacan especialmente las mujeres. Santa Lioba (Leoggytha) abadesa de Tauberbischofsheim se hizo muy famosa; pertenecía con toda probabilidad          al linaje de San Bonifacio. Sus hagiógrafos la describen como bella, dulce e instruida, enseñaba con paciencia la gramática a sus monjas e iluminaba con pericia los manuscritos, usando pergaminos; el paso a la Cristiandad tenía también esa notable circunstancia. Años más tarde, al escribirse por mano que desconocemos, la hagiografía de Santa Lioba para edificación de las religiosas se incluyeron estas palabras: «Bella como los ángeles, cautivadora en sus discursos, sabia en las Escrituras y en los cánones». Es el prototipo de las futuras doctoras de la Iglesia, La colaboradora más importante de Bonifacio es Santa Tecla, fundadora de Kitzingen y de Ochsebfurt. Cunihilda y su hija Bertgita (Birgita), tía y prima respectivamente de San Lull, trabajaron con intensidad en Turingia. También hallamos la mención de Cunitruda y Walburgis, siendo esta última abadesa de Heideaheim, en Baviera, el cual contaba con monasterio masculino que dirigía Wunibaldo, hermano de Walburgis.

Importante fue, sin duda, el trabajo de los car1ovingios para la construcción de Europa, Paro mucho más lo fue la presencia de esos hombres y mujeres, que implantaron el orden de valores que constituye raíz primera de la «europeidad» y que desde el monaquismo, forma de vida, aportaban conciencia de libertad, iniciando el desgaste de la servidumbre, enseñaban que la dignidad humana es consecuencia de la imagen y semejanza de Dios, atesoraban libros, como preciada herencia, e iniciaban la alfabetización.

Cuando estaba a punto de iniciar la gran tarea misional en Hesse, que le convertía de hecho en primado de Alemania, San Bonifacio escribió a su antiguo obispo, Daniel de Winchester, pidiéndole consejo desde su gran experiencia: ¿cómo enseñar a los paganos que sus dioses son falsos y uno solo es el verdadero? El prelado dedicó varias cartas a instruirle sobre este punto. No era conveniente negar de frente las antiguas creencias pues en ellas, aunque desviado a causa de las muchas supersticiones, alentaba un fondo de verdad. Bastaba con decirles que esos dioses, agrupados en estirpes y semejantes a los hombres, no podían tener poder para crear. Por encima de todo se encuentra un Dios creador del cielo, de la tierra y de cuanto contienen. Por eso, como en el caso da la encina de Geismar, no se trataba de destruir la santidad de un lugar sino de transferirla a Cristo,

De modo que 1os métodos de los misioneros, en aquellos diez años, resultaron de importancia decisiva. No se produjo el intento de suplantación de una cultura -su lengua, sus leyes y hasta sus mitos-, por otra extraña, sino de un proceso de enriquecimiento. Los monjes venían a decir de una manera lisa y llana, utilizando palabras que sus destinatarios conocían desde la primera infancia, que estaban dispuestos y decididos a darles lo que a ellos faltaba, pero sin modificar sus estructuras. Los edificios que construían, y las granjas con que se ganaban la vida, no eran diferentes; si acaso, más perfectos, más ricos, más desarrollados técnicamente. Añadían que, además de la suya, había una gran lengua que convenía aprender porque permitía el acceso a los grandes tesoros del saber. De este modo se produjo un dualismo más vivo del que estaba surgiendo en países latinos: en Italia, en Francia o en la Península Ibérica, el latín seguía siendo lengua hablada o, para decirlo con más exactitud, diversamente estropeada. Los clérigos de Inglaterra o Alemania aprendían un latín más puro, más «ciceroniano», pero bien apartado de la lengua coloquial. La alta cultura estaba reducida a un grupo pequeño de personas.
 

Papel de Baviera

De todo esto iba informando San Bnifacio al nuevo Papa, Gregorio III, que trató de animarle en la tarea. Para ello le envió el pallium, que le convertía en primado de toda la Iglesia en Alemania. Esta estaba ya formada por cuatro comunidades cuyo grado de evangelización era diferente: Frisia, Franconia, Hesse-Turingia y Baviera. Sobre todas ellas reclamaba Carlos Martel una superioridad. Habiendo muerto Thierry IV el 737 no se molestó en buscarle un sucesor: era suficiente su título de «dux et princeps francorum» para asegurar la unidad. Se trataba de cuatro comunidades bien pobladas pero en muy mal estado. Fuera de los círculos estrictos que controlaban los monasterios, aparecían sacerdotes «falsos, hipócritas y herejes», venidos de Francia, como explicaba San Bonifacio al Papa en una carta extraordinariamente dura y amarga. No cabe duda de que se estaban produciendo muchos casos de indisciplina. Poca preparación y afán de lucro se unían muchas veces.

San Bonifacio conocía muy bien Baviera y a los duques que la gobernaban, pertenecientes a la dinastía de los Agilolfingos. El año 735 recibió una invitación del joven Odilo (Oatilo) que acababa de suceder a su padres en el ducado, y acudió en su ayuda. Odilo pertenecía a una nueva generación interesada en conseguir que sus súbditos fuesen verdaderos cristianos. El informe que el primado pasó al Papa nos permite aclarar bien las cosas. Hubo un tiempo, decía, en que por el esfuerzo de grandes apóstoles como Ruperto y Corbiniano, se sembró la palabra haciéndose cosecha fecunda. Pero, pasados los años, el país se había llenado de sacerdotes indignos, de modo que era imprescindible acometer una reforma. Comenzó visitando las cuatro sedes episcopales, Salzburgo, Freisinga, Ratisbona y Passau, canbiando los titulares de tres de ellos y reclamando de todos un juramento de fidelidad a su condición de prirmado. Si Odilo pensaba que en una de estas sedes, o en otra de nueva fundación se estableciese el primado de Alemania, sin duda quedó defraudado. La idea de San Bonifacio era bien distinta.

Llamado a Roma, emprendió el viaje aunque contaba más de 65 años de edad. Tenía, tras de sí, una gran tarea ya realizada. Permaneció en Roma algo más de un año, conversando con el Papa y ultimando planes. Los musulmanes se replegaban: no eran sólo los francos que llegaban a las lindes del Pirineo; dentro de España, Alfonso I estaba convirtiendo en reino al andén litoral cantábrico. Mientras tanto, en Oriente, la presión bizantina sobre la iconoclastia empezaba a disminuir. Bonifacio tuvo la oportunidad de ampliar y precisar aquellos informes que enviara por escrito. En Alemania, la fe se extendía rápidamente: por millares acudían los germanos solicitando el bautismo. Pero la tierra y el tiempo eran extraordinariamente duros y todo esto podía perderse. Apenas circulaba la moneda. Autoridad y poder se confundían y eran producto del caballo y de la espada.

A la vista de estas circunstancias, Gregorio III y San Bonifacio convinieron en un punto: no bastaba con la misión, había que reparar e, incluso, construir de nuevo las estructuras de la Iglesia. Esto significaba el establecimiento de una sólida jerarquía; los sacerdotes quedarían sujetos a sus obispos y éstos a sus metropolitanos. La ley romana, la liturgia romana, la disciplina sacramental romana tenían que imponerse en todas partes. Había que prescindir de las terribles penitencias de San Columbano, buenas para una minoría sumamente restringida. La Cristiandad occidental tenía que reunir sus propios Concilios, no ecuménicos, pero sí capaces de establecer la norma pastoral y la disciplina. Ahí estaba el nuevo encargo de la Iglesia romana a Bonifacio. A este fin el Papa 1e nombró su vicario, con poderes completos como legado apostólico. Aquello que se dijera en Whitby tenía ahora aplicación en su persona: como delegado de Pedro en la Europa que nacía, se hacían en él realidad las palabras de Cristo: «todo lo que atares en la tierra quedará atado en el Cielo».

Una cosa aparecía clara: Europa tenía que definirse como una poderosa unidad cristiana, edificada sobre fundamentos morales y esto sólo podía conseguirse apretando bien los nudos entre los obispos y su cabeza, el Sucesor de Pedro. Bonifacio regresó a Baviera, donde podía contar con la docilidad afecto de Odilo, el cual le informó de un nuevo peligro que se estaba produciendo en la frontera: los ávaros, que procedían de las estepas de Asia, feroces en sus caballos ligeros habían establecido su ring, círculo de estacas, en las praderas del Danubio y del Tisza, y desde allí amenazaban la tierra alemana; no eran conquistadores sino ladrones; siempre en busca del botín. Esto hacía más urgente la construcción de una estructura organizativa sólida, cuya célula esencial, en esa Cristiandad que quería lltamarse Europa, sería el obispado, unido en estrecha jerarquía. De los prelados que encontrara, Bonifacio mantuvo, como indicamos, a uno, Vivilo de Passau. Abades fueron designados para los otros: San Juan en Salzburgo; Eremberto, hermano de San Corbiniano, en Freisinga; Gawvibaldo en Ratisbona. Creó dos nueva sedes, Eichstaett para su pariente Willibaldo, y Wurzburgo encomendada a Burchardo. La primera de amhas iba a regir el Nordgau, al norte del Danubio, y la segunda Hasse y Franconia.

Al informar a Gregorio III se incluía el proyecto de otras dos fundaciones que no prosperaron. De todas formas era posible hablar de una Iglesia en Alemania, regida de acuerdo con los cánones romanos y estrechamente vinculada al primado de Roma. Cada iglesia catedral generaba en torno una pequeña ciudad y un fuerte capaz de albergar la eficiente guarnición, de modo que los nuevos invasores iban a tener las cosas más difíciles.

En Alemania, y especialmente en Baviera, que llegaría a ser fuerte reserva pare el catolicismo, se había recorrido un camino importante. San Bonifacio no dejaba de reconocer la importancia que tenía el apoyo de los carlovingios. En su correspondencia con Gregorio III, que fallecería poco tiempo después, San Bonifacio insistía en la necesidad de celebrar un Sínodo en que se tomasen los acuerdos pertinentes para la organización de una nueva disciplina. La reforma era recurso imprescindible.
 

El reformador

Constantemente llegaban noticias de Francia, algunas de las cuales eran muy desfavorables. Carlos Martel, a fin de sostener los soldados de caballería que necesitaba, había entrado a saco en las rentas y bienes de iglesias y monasterios. Algunas sedes episcopales permanecían vacantes varios años, a fin de que sus rentas fuesen a parar al tesoro del príncipe. Un sobrino de Carlos era obispo de Rouen, París y Bayeux, titulándose al mismo tiempo abad de Fontenelle y de Jumiègues, lo que quería decir que se quedaba con las rentas de todos estos beneficios. No pudiendo poner remedio a tales abusos, San Bonifacio había optado por no regresar a Francia. Algunos obispos se habían salvado del desastre tomando como vasallos precisamente a tales caballeros. Y esta situación duró hasta el año 741 en que murió Carlos Martel.

Los dos hijos de este, Carlman, mocetón pelirrojo, y Pipino, a quien llamaban el Breve por su corta estatura, le sucedieron. Carlman, educado por los monjes, era un hombre piadoso, que sentía la vocación religiosa. Convenció a su hermano para que, restaurando la legitimidad, reconociesen como rey a un merovingio, Childerico III. Un inútil de largos cabellos que servía para que los mayordomos de Austrasia  y Neustria no fuesen tachados de ilegitimidad. Luego, Carlman pidió a San Bonifacio que emprendiera la reforma de Austrasia, ya que en este reino se daban los males de indisciplina que hemos señalado. De este modo se celebró el primer gran Sínodo cuyos decretos se convirtieron en leyes para Austrasia y Alemania, el 21 de abril del 742. Al año siguiente se celebró también una gran asamblea de obispos y abades en Liftinae, que parece corresponder a la actual Estinnes de Hainaut.

Bonifacio tenía ya setenta años, aunque la avanzada edad no parecía afectarle en el vigor de sus miembros y de su salud. Era, sin duda, el eclesiástico más escuchado de Europa; siempre en íntima dependencia del Papa. Trataba de mantener la paz entre Pipino y Odilo, lo que no era fácil pues el segundo reclamaba su independencia mientras que el primero quería reforzar la sumisión. Por eso el reformador veía la necesidad de establecer un código, o un entramado de decretos que garantizasen la paz interna de la Cristiandad. Lo que el Sínodo estaba iniciando, como una nueva andadura, era el establecimiento de aquellos preceptos, complementarios del Decálogo, y que aún llamamos «mandamientos de la Iglesia». No se trataba de indicar lo que debe hacerse, pues esto era ya firme, sino cómo hacerlo mejor.

En primer término se decretó el destierro de todas las supersticiones, reliquias de un tiempo que aún creía en hechizos y cosas semejantes. La Cristiandad debía empeñarse en una guerra contra magias y dragones para entrar en el camino de una racionalidad transparente. Dios, Creador que ama al Universo por Él creado, que ama a los hombres y les ha concedido razón y libertad, no puede ser vencido por el Diablo. La Europa que nacía iba a tener esos poderosos signos distintivos. San Bonifacio, un anti-Merlin, apuntaba a un futuro liberador del hombre. A continuación los Sínodos se ocuparon de la indisciplina de clérigos y monjes, producto en gran medida de la ignorancia y también de la pobreza que trataba de remediarse malversando rentas. Era imprescindible, para llegar a un buen orden dentro de la Iglesia, restablecer la jerarquía y cimentarla en la virtud de la obediencia. Los obispos que tenían talante y rango de metropolitanos, pasarían a llamarse arzobispos, estándoles sujetos los demás; de este modo los presbíteros se acostumbrarían a obedecer a sus prelados. Las nuevas sedes que se iban fundando, estarían desde el primer momento integradas en esa jerarquía. Todos, además en obediencia al Papa.

Se dispuso también que, cada año, las provincias eclesiásticas celebrarían un Sínodo, para corregir las deficiencias que se observasen y tomar las medidas para el crecimiento. Por primera vez se acordó, refiriéndolo únicamente a la Iglesia en Alemania, que los monasterios debían gobernarse por la regla de San Benito y no por otra. Aquellos monjes que hubiesen de ser corregidos por faltas públicas, serían tonsurados a fin de que todo el mundo pudiera comprobar que se hallaban en fase de corrección. La reclusión y el ayuno se reservaban para los pecados. Esto era cuanto iba a conservarse de la dura regla de San Columbano. Ahora Bonifario, con paciencia infinita, sin que se dejara desviar por intemperancias de nobles o de príncipes, estaba tratando de crear una «civitas cristiana» en la que el principio de autoridad se colocaría en manos del Papa, que de Dios mismo recibiera su poder. Esta autoridad se apoyaba en el orden moral, no en la corrección ni en la ordalía, teniendo que acomodarse las leyes consuetudinarias a ese mismo principio. La sociedad quedaría armónicamente repartida en tres sectores, religiosos, clérigos y laicos cumpliéndose de este modo los ideales de Platón.

Pipino el Breve comprendió el provecho que, para su gobierno, podía sacar de este impulso que era, a un tiempo, renovador y restaurador. Pidió a San Bonifacio que acudiera también a Neustria. El 2 de marzo del 744 veintitrés obispos se reunieron en Soissons. Careciendo de las reservas mentales de su hermano, el pequeño duque presidió las sesiones e hizo que los acuerdos que en ellas se tomaron fuesen promulgados en forma de «capitularia per se scribenda», esto es, leyes fundamentales del reino. Con ello significaba que la  reforma emprendida también sería plataforma para el nuevo orden político de la Monarquía.

El Sínodo comenzó condenando las doctrinas de cierto Adalberto que, oponiéndose a las reformas de San Bonifacio, afirmaba que no necesitaba de jerarquía ni de sacramentos pues había recibido directamente de Jesucristo una carta de poder y de un ángel unas reliquias que le garantizaban su poder. Después pasó a examinar otra cuestión más difícil: ¿tenían que ser restituidas a la Iglesia las rentas y propiedades de que se apoderara Carlos Martel? Si la respuesta era negativa se legitimaba un despojo privándose además a obispos y abades de medios materiales que necesitaban para el cumplimiento de sus fines. Pero si era afirmativa, al reino se le despojaba de aquella fuerza militar que demostrara cumplidamente cómo era la garantía de seguridad. Un dilema que puso a prueba la prudencia y el buen sentido de San Bonifaio. Aparece reflejada en sus cartas al Papa solicitando consejo y autorización. Una radical exigencia de justicia podía crear males mayores de los que se trataban de evitar. Era imprescindible garantizar a los vasallos que las rentas de que disfrutaban no iban a serles retiradas. Al mismo tiempo, la Iglesia estaba necesitada de recursos. Halló en el Deuteronomio la respuesta: un diezmo sobre los productos de la tierra acompañado de las primicias de las cosechas. En los mandamientos de la Iglesia, hasta fecha muy reciente, figuraba ese de «pagar diezmos y primicias»; tras el Concilio Vaticano II se prefiere la nueva fórmula de «contribuir al sostenimiento del culto y clero».

Cuando hablamos de Sínodos o de Concilios, no debemos imaginar reuniones tumultuarias, como sucede en las Asambleas de nuestros días. Medio centenar de personas, a lo sumo, debieron de intervenir en el de Soissons, que se consideró extraordinariamente concurrido. Se acordó entonces que Francia occidental, resultado de incorporar a Neustria los antiguos dominios borgoñones, Aquitania y las tierras rescatadas de los árabes, tendría tres provincias eclesiásticas: Abel de Reims, Grimon de Rouen, Ardoberto de Sens y sus sucesores usarían el título de arzobispos, usarían el pallium y podrían ejercer autoridad sobre los otros obispos, sus sufragáneos. Embajadores despachados por Pipino se encargaron de presentar al Papa las conclusiones solicitando las oportunas promulgaciones.

No se hace una reforma como la que San Bonifacio estaba persiguiendo sin atentar a intereses y posiciones previamente establecidos. Una fuerte oposición a su programa, que databa de años atrás, estuvo seguramente alentada por Pipino que temía mucho del rigor con que se reclamaba el sometimiento al Papa. Los embajadores enviados a Roma comunicaron que, a cambio de las bulas que autorizaban a los obispos el uso del pallium se estaban reclamando cantidades de dinero que ellos juzgaban abusivas. Zacarías había sustituido a Gregorio III en la sede de Pedro y este griego no había tenido la oportunidad de contactar estrechamente con San Bonifacio como fuera el caso de su antecesor. Este último envió al Pontífice una carta llena de amargura y podía llegar a creerse que esa exigencia económica venía a ser el equivalente del pecado de simonía, que pendía siempre como una grave amenaza sobre la Iglesia. Zacarías desengañó al primado: nada se pedía pero, como era lógico, la Sede esperaba que los peticionarios proporcionasen el pergamino y los notarios que se necesitaban.
 

Colonia, sede primada

Pipino y Carlman habían desarrollado sus proyectos políticos hasta alcanzar, el 745, la que parecía ofrecerse como fórmula definitiva: todos los dominios germánicos, desde Frisia hasta el Pirineo obedecían a un único rey, Childerico III, a quien casi nadie conocía, y, en su nombre a los dos poderosos duques y príncipes de los francos. La grandeza de Francia estaba asegurada y ningún otro poder en la Cristiandad podía compararse con ella. El paso siguiente, aquel adonde conducía la reforma, tendría que ser la unidad de la Iglesia en todos aquellos territorios. El Breve buscó, para ello, la estrecha colaboración de San Bonifacio. Un grave acontecimiento permitió, ese mismo año, convocar a los obispos de Francia y Alemania a un Sínodo que el santo presidió: el obispo de Maguncia Gewlieb había dado muerte a traición al asesino de su padre. Se generaba un conflicto de conciencia ya que, de acuerdo con la costumbre germánica el obispo no había hecho otra cosa que ejecutar la venganza de sangre, mientras que de acuerdo, con la doctrina cristiana era un pecado sumamente grave. El Sínodo destituyó a Gewlieb: los mandamientos sustituían a la ordalía. Pipino entonces, contando con el apoyo de su hermano, planteó la cuestión de que debiera erigirse una sede suprema de todo el reino, capaz de resolver estos conflictos, sin que hubiera necesidad de recurrir al Sínodo. Y se escogió Colonia.

Lógicamente San Bonifacio, primado de Alemania, hubiera debido ocupar esta sede. Pero él, por razones que no es posible probar, sin renunciar al pallium ni a la calidad, se hizo cargo de Maguncia. Podernos suponer que, en este gesto, había una nueva afirmación de la fidelidad a Roma. Podía sospecharse que, al otorgar a Colonia este rango, Pipino estuviese pensando en reproducir la situación bizantina, rebajando la dependencia que la nueva Iglesia unida latina y europea, debía mostrar en relación con el Papa, San Bonifacio era la «longa manus» del Vicario de Cristo, pero no la sombra para su autoridad. Contando con la ayuda de Carlman, cuya vocación religiosa se perfilaba día a día, el santo envió a Zacarías un informe completo de lo que sucediera en el Sínodo pidiéndole que, de acuerdo con lo que allí se deliberara, se enviasen desde Roma cánones redactados de obligado cumplimiento a fin de presentarlos a Pipino. El Papa aceptó y, en la primavera del 747 fue convocado un nuevo Sínodo en el que se dio lectura a 27 capítulos, bien ordenados, por los cuales debía regirse en adelante esa jerarquía estructurada en unidad para todos los dominios carlovingios.

Ahora, San Bonifacio podía dar por cumplida su tarea. De acuerdo con los veintisiete capítulos del Papa Zacarías, la Cristiandad occidental -que algunos cronistas como Beda, el anónimo de Córdoba o Nithard preferían llamar Europa- se presentaba como fusión de las Iglesias locales, jerárquicamente ordenada y sometidas a Roma que era la única que podía otorgar el pallium y, con ellos, la correspondiente autoridad. La sociedad cristiana, reforzando en este punto la herencia judía, declaraba que la familia era célula social indispensable, apoyada en un matrimonio único e indisoluble entre no consanguíneos. Era cada familia, en sí misma, una pequeña iglesia local encargada de transmitir, conservar y alimentar la fe de sus miembros. De este modo se establecía también el principio, que durará muchos siglos en Europa, de que la condición de miembro de la comunidad política coincide con la de cristiano; judíos o musulmanes que habitasen en el territorio podían ser considerados y protegidos como huéspedes, no más.

San Bonifacio confiaba en que esta unidad, tan radicalmente afirmada en su estructura jerárquica, fuese el comienzo de una gran época de paz interior en la sumisión al Pontífice. Pero las intenciones de Pipino iban por otro camino: apoyaba la reforma porque veía en ella el modo de fortalecer desicivamente su poder sobre todos los reinos que ahora componían Francia. Ni reconoció la suma autoridad de San Bonifacio, que seguía siendo primado para Alemania ni tampoco que Colonia se convirtiera en una más entre las metropolitanas. Pero no pedía negar que la Constitución de los veintisiete capítulos otorgada por el Papa y confirmada en un Sínodo fuese documento esencial para el futuro de Europa. En este momento Carlman sintió que había llegado al extremo: ¿para qué sirve ser mayordomo de palacio y disponer de ese poder si no se puede alcanzar la perfección cristiana? Buscándola, el mismo año 747 renunció a su oficio y fue a Roma para contar sus cuitas al Papa Zacarías. Este creó para él un monasterio en Subiaro, donde estaba la raíz. Pero como en otro tiempo hiciera San Benito, Carlman acabó subiendo la cuesta para llamar a las puertas de Montecassino. Allí estaba la piedra angular de la nueva europeidad.

Entendámonos: no renuncia sino ascenso en el camino de perfección. Ahora Pipino quedaba solo, junto al pobre fantasma de las largas guedejas. San Bonifacio pudo preguntarse, en aquella coyuntura, con más de setenta años sobre sus duras espaldas, qué faltaba aún por hacer. También quería, como Carlman, despojarse de todo poder volviendo al principio de la misión que le trajera a Europa. Aún faltaba, sin embargo, un acto semejante al del profeta Samuel.
 

Una nueva legitimidad

Retrocedamos un poco en el tiempo. Liberado del poder bizantino, el Papa Gregorio III había llegado a encontrarse en una coyuntura sumamente difícil: su autoridad se extendía a la Iglesia universal, especial y directamente a la latina; pero su poder se apoyaba en una plataforma pequeña y frágil. Spoleto, apenas a sesenta kilómetros de distancia, era tierra enemiga. Liutprando, en sus amistosas conversaciones con San Bonifacio, había dejado transparentar su intención: unir Italia en un reino, como en las otras naciones de Europa se estaba haciendo. Gregorio no había conseguido que Carlos Martel se decidiera a intervenir. Zacarías, imitando a sus antecesores, celebró dos entrevistas con el monarca lombardo, la primera en Narni, el 742, y la segunda en Pavia el 743. Consiguió frenar los impulsos. Pero Liutprando era ya un anciano y tras él asomaba una nueva generación que iba a mostrase más impetuosa.

Mientras presidía Sínodos, legislaba, discutía con los mayordomos de palacio y, en las pesadas carretas, recorría kilómetros de caminos polvorientos, Bonifacio añoraba, sin duda, la paz del monasterio. Para él no había sido el monacato refugio tranquilo y en paz sino el gran ejército que estaba permitiendo construir la que, más adelante, se llamaría Universitas christiana, es decir, comunidad. Pero los cenobios eran calificados en la Regla de San Benito, que él se empeñaba en llevar a los últimos rincones, schola divini servitii, es decir, aquella en que se formaban los futuros cuadros directivos de la sociedad. De cuando en cuando se retiraba a uno de aquellos que sus discípulos fundaran. En medio del silencio contemplativos redactaba algunas de las cartas al Papa que aún se conservan. A sus amigos del otro lado del mar les estaba pidiendo constantemente el envío de libros porque ellos eran como «la antorcha que brilla en vuestra tierra».

Casa de oración, casa de Dios, eso era lo que en principio calificaba al monasterio. El benedictismo, norma de vida, aspiraba a colocar al hombre en la presencia de Dios, orando, meditando y cantando. A los niños que llegaban entregados por sus familias, era preciso educarlos e instruirlos para que fuesen luego adecuados instrumentos. En los m







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